Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Highway to hell 28 junio 2011

Filed under: Amigos autores,Últimos post — raúl @ 23:47

Cerré con llave y a la calle de nuevo. La plaza era un enjambre de fe, aparcados había lo menos siete autobuses. Gente de, por y para Torino. Querían ver la Sábana Santa y allí estaban todos, hispanos, italianos con sus familias, chinos, escandinavos, abuelos y nietos, gente con uniforme, azafatas, perros y perras.
No había una terraza donde hubiera sillas libres, hacía un día de primavera puro y directo, eran las seis de la tarde y mi único objetivo del día era llegar antes de que el supermercado cerrase para agenciarme unas cervezas.
Debería de ir a ver la Sindone, dicen que la sacan a exposición cada diez años y quién sabe donde coño estaré yo en diez años, quizás me arrepienta, quizás sea una buena anécdota para contar a una madre, o puede que le deba algún día dinero a un cura, aunque eso ya importe menos, y menos aún la sábana del hijo−de−virgen ese, ¡Cristo las cervezas!
Vittorio Veneto es una plaza enorme, está dividida en cuatro plazas peatonales articuladas en cruz por dos vías para los coches. Cada plaza tiene bajopórticos bares, cafeterías y restaurantes con terrazas. Es la parte de atrás de mi casa. En mis cascos se oía “Giving the dog a Bone” y los silencié, quería escuchar lo que decía el camión que en ese momento y bajando por Via Po adelantaba a los autobuses blancos y entraba en la plaza con gran alarma. Yo cruzaba la plaza camino de mi objetivo.
Eran cuatro comunistas en una camioneta descapotable, iban fumando y agarrando un gran bloque de altavoces, encima de los altavoces estaba la voz del camión. El tipo se me parecía físicamente, leía un panfleto. Lo que el yo comunista venía a decir es que basta ya de tanta mentira y tanto buscar el dinero y jugar con la fe, que mientras los niños se mueren de hambre, la iglesia venerada en oro se enriquece con un sábana científicamente datada en el miltrescientos, en fin, nada nuevo que no supiese la gente que había en la plaza.
Llegué a tiempo para comprar las cervezas, también compré dos bandejas de alitas de pollo y una pieza de queso. De regreso me encontré delante de una galería de arte en la que no me había fijado hasta ese momento. Suelo de madera, paredes blancas y cuadros. Y allí estaba en una esquina, a cinco metros de mi, el cuadro mas maravilloso jamás pintado. Estaba completamente convencido de ello. El cuadro mediría dos metros de ancho por dos metros de largo, un poco mas que la Sindone. Era un espacio negro alterado, había infinidades de trazos de diversos negros, y todos ellos gritaban y se movían. Y en el centro del cuadro dos trazos blancos, esos dos trazos blancos parecían tener la culpa de todo aquel revuelo, de aquella tormenta en la que me encontraba sumergido. ¡Era magnífico, sublime!, debería enseñarle al pintor alguno de mis relatos pensé.
Yo estaba mirando al cuadro desde la calle, desde una de las ventanas que la galería tenía; esta ventana, esto lo supe después, era la que peor visión tenía si lo que querías ver era el cuadro. No se cuanto estuve allí parado mirando el cuadro, creo que fue mucho tiempo, pasaron muchas personas por mi lado y ninguna de ellas fue capaz de adivinar lo que me mantenía absorto, pero pasaron muchas. Pensé en robarlo, en comprarlo y en copiarlo. También pensé en entrar en la galería y preguntar por el autor del cuadro; hice esto último.
Al entrar dejé al cuadro a la izquierda de mi campo de visión, era diferente. Me sentía bien andando por aquel pasillo, suelos de madera, paredes blancas y nada de decoración, creo que lo llaman nihilista o algo así. Todo estaba en silencio, no llegaba ningún ruido de la calle. Iba mirando a los lados mientras andaba por allí, en armonía. Había mas cuadros.
Al fondo de la galería y en una mesita a modo de secretaria estaba sentada una vieja que apuntaba cosas de forma frenética, solo apartó la vista de sus hojas cuando ya me tuvo justo enfrente. Parecía que llevase allí una vida. Llevaba una camisa de flores a juego con su pelo rizado, me miraba por encima de unas gafas de pasta blanca. Tenía una sonrisa profesional, de esas que admiras en los demás. La vieja me indicó las escaleras que daban al piso inferior, había tenido suerte me dijo, el autor de los cuadros en exposición se encuentra abajo, él podrá ayudarle. Me di media vuelta y bajé por las escaleras.
El piso inferior mantenía la misma decoración que el superior solo que allí no había cuadros. En un extremo de la habitación cerca de la pared y sobre un pedestal de un metro había una televisión encendida, en el otro extremo de la habitación había una barra capaz de emborrachar mil hombres. Nada más. En el centro de la habitación sentado en el suelo con las piernas cruzadas había un tipo. Se levantó, fue a la barra y sirvió dos tragos, era mucho mas alto que yo. Whisky del bueno. Era medio calvo y los pocos pelos que tenía le daban un aire de artista suficiente. Llevaba una chaqueta blanca, una camisa blanca y un pantalón blanco, el traje le estaba realmente bien. Nada de arrugas. Tenía una barba de tres o cuatro días e iba descalzo. Su nariz era aguileña, sus ojos azules. Sacó del bolsillo de su chaqueta un cigarro y se lo puso en la boca, no se como cojones lo hizo pero juro por Dios que lo sacó encendido.
−¿Fumas?
− fumar fumo, pero será mejor que deniegue tu invitación o luego no tendré cojones de subir las escaleras, llevo unos días jodidos con el asma. − últimamente me asfixio como si me lo mereciera.
− ya somos dos− dijo, y se bebió la copa de un solo trago − también yo ando jodido estos días.
− ¿también tienes asma? − pregunté, y liquidé mi vaso.
− no no… el negocio. La vida del artista, que se hace más complicada por momentos-. Vaya problema el tuyo pensé, si, una pena, no hay mas que verte…gilipollas, me joden mucho los que se lamentan por nada. Bebimos y le di la razón.
El artista suficiente me rellenó el vaso; estábamos apoyados en la barra mirando distraídos la televisión. En ese momento una rubia delgada de nariz afilada estaba diciendo que había muerto el rey.
− Bueno y dime, ¿en que puedo ayudarte?
− bueno en realidad vine por el cuadro de fuera, el negro, aunque ya me da un poco igual, ahora me interesa mas tu wisky. ¿Que marca es?
− La mayoría lo llama el cuadro de las dos líneas blancas…− dijo.
− Cuestión de percepción, no se como lo hubiera llamado si hubiese descubierto este wisky antes…
Volvimos a rellenar. Brindamos por el cuadro. Volvimos a rellenar. Brindamos por la rubia del telediario.
− No es wisky − aclaró el artista.
− Tampoco tu eres pintor − dije – te he visto, he leído sobre ti, se quién eres. Eres el diablo.
− ¿Y no puede el diablo pintar cuadros? − era un tipo listo. Sonreía. Tenía razón, así que brindamos. Seguimos hablando y bebiendo durante horas, nos sentamos en el suelo y acabamos un par de botellas de lo que fuese que estábamos bebiendo. Nos lo estabamos pasando bien. Hablamos sobre la Santa Sindone, le pregunté si tenía pensado ir a verla. Me dijo que odiaba las colas.
Brindamos por la Santa Sindone.
Me contó cuando estuvo bebiendo con Bukowski y terminó tirándose a su mujer. Brindamos por las mujeres que se había tirado Bukowski, creo que brindamos por todas y cada una de ellas.
También hablamos de guerras, de libros y del infierno…
Cantamos y bailamos…
Luego decidí irme.
− Me voy a ir yendo colega − dije. Tras varias botellas uno coge confianza hasta con el diablo.¬¬
− De acuerdo chico − dijo mi amigo.
− ¿ Sabes?, soy escritor.
− Sois demasiados… – respondió él.
− Quizás pase otro día a saludarte, eres realmente un diablo cojonudo − dije en plena fase de exaltación de la amistad.
− Yo también lo espero − nos dimos la mano y una palmadita en los hombros. Faltó darle un besito. Subí por las escaleras con la mayor borrachera de mi vida.
Cuando conseguí llegar hasta arriba volví a bajar para recoger mi mochila con el pollo, las cervezas y todo eso… El diablo ya no estaba, oí un ruido y supe que era una cisterna. El muy cabrón estaba meando. Subí de nuevo las escaleras y salí de allí.
Pegué tres pasos y me encontré con una cristalera enorme que daba perfectamente frente por frente al cuadro, desde ahí era desde donde la gente lo contemplaba. Ya me había puesto los cascos, las cervezas empezaban a pesarme en la espalda, también yo me estaba meando, sonaban de nuevo los AC/DC…
De ese modo pase de largo por la cristalera enorme no interesándome en nada de lo que ésta me ofrecía. Esa tarde me di cuenta también que había una camarera nueva en el bar de debajo de mi casa. Era rubia y tenia en el brazo tatuado varias estrellas. Cuando llegué a casa, puse a enfriar las cervezas y escribí. Luego, bebí y brindé por todas esas personas que no conoceré jamás.

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Cómo cambiar tu nombre y tu imagen en el blog 22 junio 2011

Filed under: Últimas noticias,Últimos post,Información — catigomez @ 18:56


Supongamos que estás harto de verte siempre con la misma foto o que ya no quieres seguir utilizando tu nombre o pseudónimo, y que quieres cambiar tu imagen y tu nombre en las entradas, en lo que aquí llaman “tu gravatar”. Imaginemos que hasta ahora te llamabas mastercharly y tu imagen era el maestro Yoda, y que ahora quieres mostrar al mundo tu verdadera cara (vamos, tu foto real) y tu verdadero nombre, que podría ser Carlos Pérez. Imaginemos además que tu nombre de usuario para entrar en el blog era también mastercharly. Bien, vayamos por partes:


Un primer punto que debe quedarte claro, es que lo que vas a cambiar es el nombre con el que se te conoce, vamos, tu “alias”, (en nuestro ejemplo, mastercharly) pero nunca se puede cambiar el nombre de usuario con el que entras en el blog (aunque ése sólo lo sabrás tú, no aparecerá en el cuadro de autores). Lo que quiero decir, es que cambiarás el nombre y la imagen que aparece en el cuadro “Autores” y en los comentarios, así como el nombre que aparecerá en tus relatos, y a partir de ahora serás Carlos Pérez; pero cuando quieras acceder al blog, deberás seguir poniendo mastercharly y tu contraseña, como hacías hasta ahora. Creo que, para el caso, daría igual, porque lo que cuenta es que para el mundo tú serás Carlos Pérez y no mastercharly, ¿verdad?

Bueno, pues vamos a ver cómo conseguir cambiarlo.


Una vez entras al blog y llegas a tu escritorio, pincha en el el cuadro gris de la izquierda “Perfil” y allí en “My Profile”. Ahora viene lo divertido… Allí tendrás que cambiar tres cosas. Ten en cuenta que al pinchar en cada una de ellas te puede llevar a otras páginas, pero tú no te preocupes por eso y recuerda que si seleccionas un lugar con el botón derecho antes de pinchar en él, puedes elegir “Abrir en una pestaña nueva” para que cada cosa se abra en su pestaña correspondiente y no te pierdas con tanto cambio (o también, si pulsas en tu teclado la techa Control o Ctrl y al mismo tiempo haces “click” en el lugar deseado). Vamos a ver cada una de esas tres cosas:



-Primero verás a tu derecha un cuadro grande en gris con tu imagen de Gravatar (Current Gravatar) y una opción debajo, “Cambia tu Gravatar”. Esa página (Gravatar) está conectada a WordPress, de modo que cuando cambies allí la imagen (o tu contraseña) también cambian en WordPress. Una vez en Gravatar, pincha en My Account y Edit My Profile. Allí podrás cambiar tu nombre de usuario en la casilla Display Name. Ahora pincha en el menú de la izquierda en My Images y cambia la imagen por la que quieres tener a partir de ahora. Salva los cambios y vuelve al blog.

 



-Estamos de vuelta en el blog. Recuerda que estamos en “Perfil” y “My Profile”. Lo primero que aparece dentro del apartado “Basic Details” es Username (tu nombre de usuario) y la opción “Change”. Pincha ahí y te llevará a otra página dentro de WordPress. No te apures, luego volvemos al Perfil. En esa nueva página, (¡también en inglés, puñetas!) nos aparece “Account Details” y “Nombre de usuario” con la opción “Cambiar”. Pincha ahí de nuevo y (¿a que no adivinas qué?) nos lleva a otra página más. Allí ya te sale por fin la página con las casillas para cambiar tu nuevo nombre (New Username) y Confirmar. Selecciona sólo la opción “No matching blog adress” y dale a “Continue”. Recuerda que sólo puedes escribir tu nuevo nombre en minúsculas con o sin números



-Ahora ya has vuelto de nuevo a “Perfil” y “My Profile” y seguimos en el apartado “Basic Details”. Allí verás otra casilla que pone “Display name publicly as”: pon allí también tu nuevo nombre. Si quieres, puedes poner toda la información que tú quieras en sus casillas correspondientes, pero ten en cuenta que toda esa información será pública. Ahora baja en la misma página, y más abajo verás que pone “Photos”. Si continúa saliendo tu antigua imagen, pincha sobre ella para borrarla y sube una nueva (la que quieres tener ahora). Sube de nuevo al principio de esa misma página y pincha en Update Profile para que se guarden todos los cambios.




Y, en teoría, ya debería estar todo hecho. Ahora ve al blog, búscate en el cuadro “Autores” a ver si se han hecho bien los cambios. Ármate de paciencia porque tarda un buen rato en actualizarse. Primero cambiará la imagen y muuuuucho más tarde, tu nuevo nombre. Si no, refresca la página o sal del blog y vuelve a entrar; al final, verás los cambios realizados.



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Yo Deseo 16 junio 2011

Filed under: Amigos autores,Últimos post — O.P. Wilkituska @ 16:18


¿Alguna vez habéis deseado haber nacido en otro tiempo o en otro lugar? ¿Vivir una vida sin preocupaciones? Yo sí. Pero a veces, los deseos se cumplen…

Cuando desperté, tenía la cara enterrada en el fango y no sabía dónde me encontraba. Me incorporé lentamente y sacudí la cabeza, intentando despejarme. Pronto me dí cuenta de que allí había alguien más. Tenía la vista borrosa, pero podía oírlos. Y tocarlos.

Me tambaleé hacia mi izquierda y mi costado acabó apoyado en una fría barra metálica, mientras yo trataba de acostumbrarme a la sensación de mareo. Al fin, comprendí que estaba en una jaula, y esa masa que se agitaba, quejándose, a mí alrededor, eran mis compañeros. Docenas… No, cientos de ellos.

¿Habría funcionado mi deseo? Desde luego, estaba en otro lugar, y probablemente en otro tiempo. Pero debía existir una explicación lógica. Yo nunca había creído en ridiculeces como los pozos de los deseos.

Al otro lado de los barrotes, una puerta metálica se abrió con un chirrido, iluminando el interior en penumbra del edificio. Un grotesco hombre, bastante sucio, entró con un saco al hombro, que dejó caer a algunos metros de mí, en el borde de la verja.

-Vuestra ración de hoy -gruñó el hombre.

-¡Espere! -le grité yo- Yo no debería estar aquí, señor. ¡No se vaya! ¡Sáqueme de aquí!

Demasiado tarde. La puerta se cerró con un fuerte golpe, al mismo tiempo que una lenta estampida, formada por mis nuevos vecinos, se dirigía hacia el lugar donde el tipo había volcado el saco. Procuré apartarme hacia un lado para que no me arrollasen, y fue entonces cuando me di cuenta de lo débil que estaba. Mis piernas apenas podían sostener mi cuerpo.

Me senté en una esquina mientras observaba a mis hambrientos compañeros alimentarse, entre chillidos y empujones. Algunos ni siquiera podían llegar a la comida, incluso pude entrever algunos cuerpos tumbados en el suelo, pisados accidentalmente una y otra vez por el tránsito de la masa.

¿En qué infierno me había metido? Miré mi antebrazo. Allí descubrí un número tatuado entre los montones de barro que tenía pegados y las magulladuras. Recordaba que el día anterior, habíamos estado hablando de las vidas más fáciles que se podían tener. Habíamos pensado en varias opciones que consistían únicamente en vivir sin preocupaciones, dormir, la comida y el sexo. Recordaba también que al final, entre risas y bromas, habíamos arrojado unas monedas al pozo de los deseos, sin tomárnoslo muy en serio… ¿Qué había pedido yo al final? Había pensado en vivir como en la prehistoria, pero obviamente, eso no era la prehistoria. No tenía ni idea de qué había deseado, aunque notaba algo distinto en mi cuerpo que no conseguía identificar. Tenía que recordarlo. Tenía que recordar cuál había sido mi deseo.

Algo mojado y caliente me despertó de pronto, salpicándome la cara. Me había dormido sin darme cuenta, y ya había pasado toda una noche. Levanté la cabeza y pude percibir un fuerte olor a vómito. Cuando escuché de nuevo el característico sonido de una garganta regurgitando, alcé la vista un poco más hasta encontrarme con la cara de uno de mis compañeros. Algo me resultaba familiar. Supuse que el cuerpo en el que ahora estaba tendría sus propios recuerdos, pero una parte de mí, la parte que quería hacerme recordar mi vida anterior, gritaba dentro de mi cabeza para hacerme ver que había algo extraño en mis compañeros.

Salté hacia atrás de sorpresa y terror cuando vi que a mi compañero le faltaba uno de sus ojos, en cuyo lugar había un agujero mal curado, cubierto de sangre seca. Y cuando abrió de nuevo la boca, pude ver que la bilis se escurría a través de unos dientes demasiado desgastados como para deberse a una erosión natural. Alguien los había pulido mecánicamente.

-¿Te encuentras bien? -le pregunté- ¿Te ha sentado mal la comida?

Silencio.

-¿Cómo te has hecho eso? ¿Has tenido un accidente?

De nuevo, silencio fue la respuesta que obtuve. La puerta se abrió otra vez y el mismo hombre del día anterior entró, esta vez sin ningún saco sobre el hombro.

-¡Menos mal que ha vuelto! -exclamé con alegría- Esto es un error. Tiene que sacarme de aquí… y debería atender a mi compañero, creo que se ha puesto enfermo. Pero ¿¡qué hace!? ¡Oiga! -chillé mientras me agarraba bruscamente y me arrastraba sin ninguna consideración junto con otros prisioneros de aquella celda.

Aquel enorme hombre acabó por meterme en la parte trasera de un camión, también abarrotado de otros como yo. Todos marcados con un número en su antebrazo. Uno de ellos parecía respirar con dificultad.

Varias horas después, por fin, las puertas traseras del camión se abrieron. Me moría de sed y de hambre. Esperaba que nos diesen algo, cualquier cosa, aunque volviesen a meternos otra vez en otro de esos lugares, en aquella especie de “campos de concentración”. Pero no fue así. Varios tipos más, cada uno con un aspecto más aterrador que el anterior fueron bajándonos del vehículo.

Eché un último vistazo hacia el interior del compartimento, buscando con los ojos a aquel compañero que casi no podía respirar al comienzo del trayecto. Al fin, lo vi, y definitivamente, ya no iba a respirar nunca más…

Un miedo terrible me invadió ante la posibilidad de que pudiese sucederme a mí lo mismo. Me agité con nerviosismo, por lo que aquellos tipos se apresuraron en contenerme, agarrándome y llevándome de vuelta al grupo sin ninguna delicadeza.

Formábamos una fila que iba avanzando hacia el interior de un edificio con lentitud. Con una cruel lentitud. Lo que me colocaba en una situación de miedo que no podría soportar durante mucho más tiempo.

-¡Yo no debería estar aquí! -traté de convencerlos una vez más, sin éxito alguno.

Cuando llegó mi turno para entrar en la imponente construcción, intenté retroceder unos pasos hacia atrás. Veía la puerta al final de un largo pasillo. Reconocía lo que era. Intenté caminar hacia atrás, retrasando lo inevitable.

-¡Camina! -me gritó uno de los hombres, arreándome una patada en el trasero que me hizo dar un traspiés y caer al suelo.

Era una cámara de gas.

Poco a poco, el destino al que me había enviado mi deseo se iba aclarando en mi mente. Pero no debía ser así. No debería haber sido así. No tuve todas las posibilidades en cuenta. Me lamenté, con lágrimas brillantes deslizándose por mi rostro. O por el rostro de mi nuevo cuerpo. Aquella ni siquiera era mi verdadera cara…

Y sin darme cuenta, allí estaba. En el interior de la cámara de gas. Tosí. Tosí de nuevo. No podía parar de toser. Sentía el gas deslizarse dentro de la sala y la sensación de picor en mi garganta. Escocía mucho. Caí de costado. De pronto, casi dejé de sentir. Me adormecí. Y la puerta se abrió, o al menos, noté que sus visagras hacían un ruido metálico.

-¿Ya está bien atontado? -escuché a uno de los hombres, casi como un eco lejano.

-¿Qué más da? -dijo el otro- Tenemos prisa.

Sentí el suelo deslizarse debajo de mi, o quizás era yo quien me deslizaba sobre él. Noté también que colgaban mi cuerpo boca abajo, suspendido en el aire. Y olía ese terrible olor… El olor de la sangre.

Un líquido caliente, espeso, de sabor ferruginoso, me salpicó una mejilla y rozó mis labios. Ni siquiera tenía fuerzas para rebelarme contra el asesino de mis compañeros o escapar antes de que me tocase a mí. Pero mi turno llegó.

Quise usar mis brazos para golpear al hombre, que se me acercó despacio, sin prisas, cubierto de rojo y con un enorme cuchillo que emitía destellos plateados. Mis músculos no respondían, ninguno de ellos. ¡Si apenas podía mantenerme consciente!

Finalmente, sentí el frío acero deslizarse a través de la carne. Cuando el cuchillo se retiró de mi cuello, una catarata de sangre se derramó en el suelo, y pude notar perfectamente como el líquido se deslizaba a través de mi garganta, llenando mi boca con el sabor de mi propia sangre, que se filtraba entre mis labios, precipitándose en largos hilos que iban a morir al suelo enrejado.

Supuse que todos mis compañeros habrían muerto ya, y que yo, inmóvil y cubierto por aquel tinte macabro, lo parecería, sin lugar a dudas. Bajaron uno a uno los cadáveres y nos colocaron en una cinta que nos llevó hacia un lugar que preferiría no haber conocido jamás.

Seguramente, muy pocos habrían seguido vivos y conscientes como yo llegados a este punto. Mientras la cinta se acercaba a su final, yo recordé perfectamente mi deseo. Comprendí lo que me había resultado chocante en cuanto a mi propio cuerpo y a mi compañeros…

“Quiero irme a mi casa” intenté articular.

Quedaban muy pocos metros para el final del trayecto. Quedaban muy pocos metros para los tanques de agua hirviendo que separarían mi piel, mi grasa y el resto de mi cuerpo. Quedaban muy pocos metros para mi muerte, cuando…

Deseé con todas mis fuerzas no haber pedido nunca haber nacido siendo un cerdo.

O.P.Wilkituski


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Fuentes gratuitas para vuestro ordenador 10 junio 2011

Filed under: Últimas noticias,Últimos post,Información — catigomez @ 20:54



EDITADO Y AMPLIADO

Hace unos meses comencé un nuevo proyecto. No sé vosotros, pero yo ya estaba harta de escribir siempre con los mismos tipos de letra. Tenía muchas ganas de encontrar alguna fuente nueva, distinta, en especial de tipo clásico, que le fuera como anillo al dedo a este proyecto del que os hablaba. Y navegando por Internet encontré un montón de sitios donde descargar fuentes gratuitas. Pero, ojo, una fuente puede ser libre y gratuita para uso personal (para ser usada de forma privada) y no serlo para uso comercial (para, por ejemplo, utilizarla en un libro que vayáis a publicar, o en carteles, o publicidad…). Como regla general, os aconsejo fijaros muy bien en el tipo de licencia de la fuente que queráis descargaros, para evitar problemas. Voy a daros algunas direcciones en donde encontraréis fuentes gratuitas de ambos tipos.



FUENTES LIBRES DE USO PERSONAL

Os voy a dar algunas de esas direcciones, las que más me han llamado la atención (las hay a decenas), en donde podréis encontrar fuentes fantásticas y preciosos ornamentos.


BeautifulFonts.com

Cosas sencillas

Fontennium

Search Free Fonts

TypOasis

Super Fuentes

Pick A Font



FUENTES LIBRES DE USO COMERCIAL

Si queréis poder utilizar vuestras nuevas fuentes en vuestros proyectos profesionales sin ningún problema, os aconsejo buscar fuentes con licencia de uso comercial o profesional, revisando bien la licencia para aseguraros de que se trata de una fuente libre. En estas páginas y en muchas otras encontraréis cientos de ellas, de gran calidad:

FontSquirrel.com

Open Font Library

Google Web Fonts


Recordad que el proceso para instalar esas fuentes en vuestro ordenador es muy sencillo. Yo os voy a dar las instrucciones para Windows, que es el que conozco. Lo siento, no tengo ni idea de cómo se hace para Linux, pero seguro que si lo buscáis en la Red lo encontraréis enseguida. Vamos allá:


Lo primero que debéis hacer es elegir una fuente de una de estas estupendas páginas que os he indicado. Luego, descargadla pinchando sobre la fuente. Os aconsejo guardarla en vuestro escritorio de Windows, pues suelen estar comprimidas. Si lo habéis hecho asi, vais al escritorio, pincháis con el botón derecho sobre el Rar o el Zip y elegís “Extraer aquí”; de esta forma extraerá todo su contenido en el propio escritorio y no tendréis que ir buscando por ahí (¡a mí me suele pasar montones de veces!). Elegid el archivo con forma de página con una letra en medio, que tiene el tipo de archivo terminado en .ttf 



Ahora vamos a instalarla en vuestro ordenador. En Windows (concretamente en XP), pinchad en “Inicio” y allí seleccionad Mi PC/ Disco local C:/Windows. Dentro de la carpeta “Windows” veréis una que pone “Fonts”. Arrastrad allí el archivo anterior (el que acababa en .ttf) y soltadlo. Veréis que, automáticamente, comienza a instalarse la fuente. Ahora abrid esa carpeta y comprobad que se encuentra la nueva fuente instalada. Sólo tenéis que abrir el Office de Word y veréis que vuestra nueva fuente está en la lista, junto a las que ya teníais. Si trabajáis con OpenOffice, sólo tenéis que reiniciar el ordenador y la nueva fuente se incorporará a las demás automáticamente.


Os dejo ejemplos de algunas de las nuevas fuentes de uso personal que me he instalado. Espero que este post os sirva para darle a vuestras obras el ambiente que necesitan.




También os aconsejo que os descarguéis una utilidad llamada FontView. La podréis encontrar aquí o aquí. Sirve para que podáis ver todas las fuentes que tengáis instaladas en vuestro ordenador con un texto a elegir, para que veais el resultado antes de utilizarla. Incluso podéis buscar una aplicación para ordenar y clasificar vuestras fuentes, para que os sea más fácil elegir la que buscáis. En este blog encontraréis varias de esas interesantes aplicaciones, con explicaciones claras y detalladas.

Hay gente fantástica por la Red, desinteresada y profesional. Desde aquí, muchas gracias a todos por vuestro buen trabajo. ¡Viva la cultura libre!


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“Despierta…” (un relato de 855 palabras) 7 junio 2011

Filed under: Últimos post,Participa — Federico Manuel @ 18:49

Al principio percibió el rumor de unos tambores, tan lejanos que confundió con el propio latido de su corazón. No quiso abrir los ojos, aunque sabía que estaba despertando; porque no ignoraba cuan dura podía ser la vida y lo dulce que era soñar. Ni siquiera los brazos de “Amanecer”, su prometida, competían en bienestar. La inconsciencia que ronroneaba en sus pensamientos, era más complaciente y no exigía proezas para ofrecer sus dones.

La mirada azul de Alejo se enturbiaba en los viajes largos, incluso cuando había descansado las horas necesarias la noche anterior. Debería considerar que conducir turismos no era tan peligroso como trasladar toneladas de sustancias químicas, porque en sus treinta y cinco años de conductor de camiones nunca se había dormido. Probablemente porque su esposa Alba siempre le preparaba un termo de café.

“Ojos azules” se removió bajo la piel maloliente de un cérvido. La fiebre estaba bajando, quizás porque los dioses no querían la compañía de un muchacho. De pronto su corazón se aceleró, tanto que parecía retumbar en la cueva entera. El muchacho se retorció, tal vez moría y su alma marchaba a ciegas hacia la eternidad. Abrió los ojos y el ritmo frenético de los tambores cesó, dejando paso a un silencio que ensordecía.

Hoy había descubierto que era prescindible para la empresa, que sus jefes habían traspasado el negocio a otros que tuvieran más ganas de defender el patrimonio que esos holgazanes que llamaban hijos… Y Alejo enfermaba sólo de recordar las veces que había suplicado por su empleo.

—¡Me quedan unos pocos años para jubilarme!

—Razón de más para dejar hueco a los jóvenes…

(Un zarpazo).

—Pero es que a mi edad nadie va a contratarme, y yo tengo gastos que pagar…

—Escribe una carta al presidente, yo no tengo la culpa…

(Otro zarpazo).

“Ojos azules” descubrió unas llamas encerradas dentro de un círculo de piedras cerca de sus pies. El crepitar de unos maderos infundió la dosis ajustada de realidad y paz a su delirio. Pero el rostro de un anciano, que abarcaba todo su campo visual, le arrebató la calma.

—Tu alma me pertenece… ¡Se la he ganado a los espíritus de la noche! —gritó el chamán agitando unos cráneos humanos por encima del muchacho, haciendo un sonido de cascabel a lo largo de su cuerpo.

¿Cómo anunciar a Alba semejante noticia, a ella, que siempre se jactaba de tener un marido tan trabajador? El único modo en el que podía pensar, después de tantos años de trabajo en la carretera, era conduciendo. Deformación profesional. Alejo viajó sin rumbo y sin tacógrafo, sintiéndose pequeño, ridículamente pequeñito, en su fiat punto.

Tras recorrer sin prisas unos cuantos pueblos de la periferia de la capital, lo único que consiguió dejar atrás fue su amor propio. Sintió que el mismo asfalto le repudiaba, que los demás conductores le miraban mal.

—No estoy llegando a ninguna parte —se dijo Alejo en voz baja.

—No… —susurró el muchacho.

Sabía que su corazón no había golpeado con fuerza el pecho, que su alma no quería abandonar el mundo de los vivos y que, por lo tanto, “Serpiente inmortal”, el hechicero, no había ganado nada.

—¡Despierta! —gritó el anciano acercando aún más las pinturas de su cara al joven.

Alejo sintió un respingo en la espalda, notó que agarraba con fuerza el volante, como si repentinamente se hubiera dormido y se aferrara inconscientemente a la realidad. Supo que tan sólo había perdido la consciencia una fracción de segundo. Se estaba adormeciendo. Bajó la ventanilla de su lado y apagó la radio, el soniquete de unos tertulianos no ayudaban demasiado en mantenerle despierto.

—Joder con el viejo —masculló Alejo, recordando el rostro de un anciano que no había conocido en su vida.

Pudiera ser que hubiese visto una película o documental que no recordara y que luego proyectase su rostro desde la inconsciencia, porque nadie, ni siquiera en carnavales, se había disfrazado con pieles de lobo y abalorios de hueso colgados del cuello y las orejas. Y por más que lo intentó, no recordó a nadie que luciera con tanto orgullo sus arrugas.

Entre sus arrugas, se dibujaban unos círculos rojos y negros, concéntricos alrededor de cada ojo. Y de la boca salían rayos, también rojos y negros. Entre el sudor de la faz del joven, se perfilaban unos cortes profundos y negros, de los que destilaban unos hilillos rojos.

Ambos conocían la verdad.

—No vas a morir… Te perderás en las brumas de los sueños que la gente olvida… Pero yo te buscaré a través de las nieblas del tiempo, te buscaré en los sueños… y te salvaré… ¡Despierta!

“Ojos azules” no volvió abrir los párpados, pero Alejo los abrió tanto como sus cavidades oculares permitían. Se había vuelto a dormir… y le habían despertado.

Final feliz:

…con el tiempo justo para evitar un accidente.

Final realista:

Se descubrió con parte de la grasa del motor esparcida por su cara, por unas facciones que sangraban, rojo sobre negro, como el muchacho de sus sueños; y un fuego a sus pies. Comprendió cuan dulce podía ser la inconsciencia, aunque fuera para siempre.

Federico Manuel Rodríguez Sluismans

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