Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

El argentino mefistofélico 15 febrero 2011

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EL ARGENTINO MEFISTOFÉLICO

Dedicado a Jorge Riofrio,
gran amigo y compañero.


Las ramas y las hierbas secas crujían bajo el cuerpo del pobre chico mutilado, que avanzaba con torpeza. La única pierna que le quedaba se agitaba frenéticamente tratando de impulsar su cuerpo hacia delante, huyendo de algo, o de alguien… Detrás de él unas pisadas más fuertes y persistentes se acercaban con espeluznante monotonía…

El chico miraba de un lado a otro, con el rostro desencajado por el terror, tratando de encontrar una salvación, o esperando despertar de esa pesadilla. Pero el terrible dolor que sentía en su pierna cortada, le aseguraba, lamentablemente, que eso no era ningún sueño.

Había perdido mucha sangre y el mundo estaba huyendo de él, escurridizo, como sombras vagas imposibles de atrapar, que persigues durante evos de ensueño… Pero entonces, de pronto, un ruido seco volvió a traerlo hacia la realidad. Giró la cabeza con lentitud, tratando de mirar hacia atrás, temiendo lo que podría ver… y ahí estaba él, sujetando dos cuchillos de cocina untados con sangre humana, el argentino mefistofélico…

-Les dije: “¡No me rompan los helados!” Les dije… se lo dije, sí, se lo dije: “¡No me rompan los helados!” ¡Se lo dije…! ¡Infiernos!- salían estas palabras de su boca que no dejaba de moverse, gesticulando con demencia -¡No me rompan los helados!- y gritando con cólera, él le rompió la cabeza por la mitad, al pobre muchacho mutilado…

¡Qué triste final para ese pobre chico! ¡Con una pierna menos, la cabeza abierta, muerto de sed y hambriento! Ahora os preguntaréis qué demonios tiene de importante que estuviera muerto de sed y tuviera hambre, cuando le habían cercenado una pierna y partido la cabeza. ¡Qué estúpida insignificancia! ¿No? ¡Pues no! Y para que lo comprendáis, ahora tengo que volver atrás, y contaros las circunstancias que llevaron a este pobre chico a su triste final.

Su nombre era Antonio, Antonio González. Muchos le llamaban Antoñete, pero bueno, no es muy importante. Prosigamos. El pobre infeliz se había quedado tirado en una carretera polvorienta en medio de la calurosa plana del Urgell, cuando la chatarra de su coche decidió que ya era momento de pasar a mejor vida.

Asqueado y muerto de calor, bajo unos crueles rayos de sol, anduvo durante horas en medio de la nada, tratando de llegar a algún pueblo, o zona habitada. Al rato, sus ojos contemplaron, aliviados y con esperanza, un bar restaurante que clavaba sus cimientos en un flanco de la carretera.

“La Dulcísima: endulza tu vida” rezaba el eslogan.

Entonces, Antoñete dudó unos instantes, pensando que si entraba en ese lugar le podrían confundir con algo que no es. Pero bueno, vayamos al grano. Antoñete tenía mucha hambre, y sed, tal y como os he contado en el último episodio de su vida. Así que decidido a medias, entró en el bar…

El lugar se veía bonito y limpio, eso no se podía poner bajo la sombra de la duda, pero la gente… mmmmmmm… la gente… era la clientela más rara que había visto nunca. Había caras de todo tipo, expresiones sardónicas y pretenciosas, voces lúgubres y otras tantas muy viriles… pero ninguna como la que de pronto empezó a brotar de las cuerdas vocales de alguien que estaba saciando su ludopatía en una máquina de lo más vanidosa:

-¡Eres más tonto! ¡Argentino tenías que ser! ¡Sudaca! ¡Ay…!- vomitó ese ser, con un gruñido de ultratumba. Un puñado de cacahuetes le rebotaron en la cabeza y por toda la cara, en respuesta a sus palabras. El camarero de la barra se los tiraba con una sonrisa en los labios, mientras decía:

-¡¿Qué dices, princeset?! ¡Hablá bien! ¡Hablá más fuerte! ¡Que no se te endiende! ¡Toma, come cacahuetes mono! ¡Pero qué tonto eres! ¡Pero qué tonto…!- y se ponía a reír con una postura de macho dominante que apabullaba a la pobre cocinera que en ese instante cruzaba la barra para entrar a su lugar de trabajo.

De mientras, otro camarero, muy diferente a este primero, no tan macho ni viril, corría de un lado a otro del bar atendiendo servilmente a la clientela. Se le veía cansado e irritado, y más aún cuando las viejecitas le hacían ese ruidito chispeante que se alarga entre dientes.

Sacando pecho y haciendo de tripas corazón, Antoñete se adentró en el bar, acercándose a la barra donde el primer camarero, el más machote y varonil, se pavoneaba hablando de mujeres, con un cliente de posturas fanfarronas.

-Por favor…- dijo, con un hilo de voz -¿Me pone una cerveza y uno de esos bocadillos?- pidió tímidamente, señalando la vitrina que tenía delante. Pero no obtuvo respuesta alguna. El camarero argentino siguió hablando de mujeres, sin prestarle atención.
-¿Por favor?- insistió pasados unos minutos.
-No me moleste- contestó el camarero -estoy ocupado trabajando, ¡¿no lo ve?!-.
-Oh, vaya…- suspiró Antoñete -pues cuando pueda…-.
-Sí, sí…- contestó el camarero viril.

Pero pasaron los minutos, y el pobre Antoñete seguía sin ser atendido. Por su cabeza pasaban pensamientos críticos y de desprecio que no osaba decir en voz alta. “Seguro que si fuera una tía bien guapa como algunas de las que habla este tío, me prestaría más atención. ¡Ostras! ¡Pero cómo soy un tío!” pensó en ese momento.

Entonces buscó con la mirada al otro camarero, a ver si éste le prestaba más atención. ¡¿Pero cuál fue su sorpresa?! ¡El otro también estaba hablando! Unas señoras le habían preguntado cómo se llamaba, según lo que parecía, interesadas en un anuncio puesto por el camarero en el que promocionaba su tercer libro que iba a publicar en agosto.

-Me llamo Jaume- respondió el camarero, haciéndose el interesante.
-¿Jaume qué más?- inquirió una señora de mediana edad que lo miraba con palpable interés.
-Ahhh…- balbuceó -Moreso…-
-Tendré que acordarme- dijo esta clienta, mirándolo de arriba abajo -así podré decir que te conozco cuando seas un escritor famoso…- y le guiñó un ojo con picardía.
-Bueno… no sé si seré famoso…- respondió tímidamente el camarero aprendiz de escritor.
-¡Ya verás que sí! ¡Con este estilo que tienes! ¡Mejor que un torero!- le volvió a guiñar el ojo.
El camarero escritorzuelo no supo qué decir, estaba ruborizado y miraba hacia otros lados.
-¿Y sobre qué es este libro que publicas?- se interesó la señora, que lo miraba hambrienta.
-Ah… bueno… son relatos cortos de fantasía, terror y alguno de erótico…-
-Oh, caramba, erótico… qué interesante…-
El camarero tragó saliva.
-Si bueno- se anticipó a decir -también tengo alguno de terror medio cómico… por ejemplo el que se titulará “El Argentino Mefistofélico”, y será algo como que… basado en algunas cosas reales…-
-¿Y me lo dejarás leer no?- preguntó la señora, con picardía.
-Sí, ¡claro! Cuando lo saque traeré algunos ejemplares aquí para vender…- terminó la frase débilmente, con un suspiro, cuando unos gritos le alertaron.
-¡Rompan con cuidado! ¡Rompan con cuidado! ¡Infiernos!- llegaba volando, como una bofetada, una voz masculina, potente y armónica -si total… ¡lo paga el jefe!-.
Otra voz, más debilucha, que no se llegaba a entender, respondía a esos comentarios mordaces. Pero la voz masculina era más potente, y llegaba con persistente intensidad, aplacando a la otra -¿Y el coso? ¡¿Qué no lo sabes? ¡¿Con qué sí?! ¡Ya te diré yo a dónde va el coso! ¡Mira!- de pronto se escuchó un golpe muy fuerte, precediendo a un crujido de huesos.

La mirada del camarero intento de escritor se tornó en sorpresa, y se acercó preocupado al lugar del misterioso ruido. Un hombre alto, con un suéter ridículo y un bigote de lo más curioso, salió de la cocina, con pasos anchos y decididos. Su cabeza no paraba de balancearse con entusiasmo, y su boca, debajo de ese mustacho rimbombante, se contorneaba frenéticamente de un lado a otro, abriéndose y cerrándose como si corriera una cremallera imaginaria.

-“¡Cuiden los vasos!” Les dije… ¡Sí! ¡Vaya si les dije! “Cuiden la vajilla, que es cara…” les dije… ¡Pero no! ¡Todo son pérdidas! ¡Todo… todo son pérdidas!- balbuceaba con rabia, como un rinoceronte después de una colonoscopia -¡Ay…! ¡Pero ya verán cuando les descuente del sueldo…!-.

El otro camarero, el macho alfa, no se había inmutado demasiado. Ahora hablaba de sus músculos y de los ejercicios que hacía en el gimnasio, demostrando algunos movimientos mientras sacaba pecho. De pronto miró de reojo al señor mayor cuando decía: “-¡Qué paciencia tengo que tener! ¡Me van a salir canas verdes! ¡Infiernos! ¡Canas verdes!-”. Y se desplazó discretamente en dirección a la puerta de salida, cruzándose un momento con dos viejetes que le pedían la cuenta al argentino bigotudo, que no paraba de renegar.
-Señor, señor…- decía un viejete -¿Quién me cobra los dos chocolates con porras?- preguntaba, con un billete de cincuenta euros entre los dedos. El argentino del bigote le arrebató el billete con un zarpazo de sus fornidas manos, antes que ni siquiera el pobre viejete pudiera reaccionar.

-¡Cincuenta dólares! ¡Ya está bien! Ahora les cobro yo y luego les vuelve a cobrar mi hijo. Así les cobro doble, y hacemos ganancia. ¡Qué les parece!-.
Los viejetes se intercambiaron miradas de incredulidad, pero no llegaron a pronunciar fonema alguno ya que de pronto llegó el otro camarero, el que soñaba con ser escritor, ¡qué iluso!
-Pero pibe… ¡Pero pibe!- tartamudeó el camarero rabino -¡¿Qué le has hecho a la cocinera?!-.
-¡Tú calla!- escupió el bigotudo -¡Que siempre estás hablando!-.
-¿Yo? ¿Yo?- balbuceaba -yo… yo no hablo… es el otro… todos hablan y yo soy el que trabajo…-
-¡Sí, claro! ¡Tú siempre diferente! ¡Estos catalanes! ¡Siempre quieren ser diferentes a los demás! ¿Pues sí? ¡Ahora te haré diferente!- y no terminó de pronunciar la última sílaba cuando atravesó el pecho del pobre iluso quijotesco  con un imponente cuchillo de carnicero.
-¡Toma! ¡Ahora sí que eres diferente! ¿Qué te parece?-.
-Oh… oh… vaya…- balbuceaba el catalufo, entre gorgoteos sanguinolientos -no lo he visto venir, me has pillado desprevenido…-
-¡Infierno! ¡Porque no prestas atención a las cosas!- respondió entre carcajadas de enajenación acumulada -¡Poder de observasión…! ¡Poder de observasión!-.
-Pe… pero… pero… si aquí… sólo, sólo… trabajo yo…- balbuceaba el camarero catalán, mientras todas sus energías le abandonaban y caía lánguidamente al suelo, cogiéndose patéticamente al ridículo suéter del argentino bigotudo -¡Joder!- gritó, terminando al fin con su vergonzoso drama, y su vida llena de ilusiones y pajaritos se desvaneció.

Toda la clientela gritó. Se levantaron precipitadamente de sus sillas, tirando platos y tazas en su patoso intento por huir.

-¡Eso! ¡Eso! ¡Eso!- gritaba el argentino, mefistofélicamente, alargando las “es” con un acento cantarín -¡Rómpanlo todo! ¡Rompan con cuidado! Total… ¡No lo pagan ellos!-.

Los rostros de pavor y de inquietud se mezclaban con aborrecible fealdad, gritando y suplicando que no les hicieran daño. Se empujaban unos a otros, como las viejecitas en las colas de los supermercados, cuando tratan de llegar primeras a la caja. Se abalanzaron todos en precesión hacia la salida, pero ahí estaba el otro camarero, el “macho man”, que con una sonrisa maliciosa de oreja a oreja, cerró a cal y canto la puerta de salida.

La gente fue presa de la ansiedad. Algunos desfallecieron al instante, otros vomitaron y algunos se mearon encima, patidifusos y perdidos en ataques de pánico. Entonces, el argentino mefistofélico saltó por encima de la barra, empuñando dos profusos cuchillos de carnicero que inspiraron horror a la clientela, encogiéndoles el corazón con agobio, y con la pesadilla de la carnicería que estaba por venir.

“¡¿Pero qué fue de Antoñete?!” Muchos os preguntaréis.

De pronto parecía que hubiese desaparecido, ¡pero no! El pobre Antoñete seguía en la barra, ¡sin ser atendido! Y en medio de cabezas volando, y rodando por el suelo, miembros descuartizados, sangre brotando por doquier y salpicando toda la estancia, el pobre Antoñete, muerto de hambre y sediento, se arrastraba a gatas por el suelo, esquivando los cuerpos despellejados, que le caían encima; las cabezas rebanadas, que le rebotaban como pelotas de fútbol; los brazos cortados y arrancados, que se le pegaban como si quisieran agarrarlo; y las tazas y vasos que seguían rompiéndose.

-¡Eso! ¡Eso!- continuaba gritando, mefistofélicamente, ese argentino bigotudo, de ridículo suéter encima de una feliz barriguita.

Antoñete aprovechó la confusión para escabullirse hacia atrás, pensando que en el almacén habría una ventana por donde pudiera escapar. Pero repentinamente una garra se le clavó en el tobillo.

-¡Tú! ¡Ven aquí, pendejo boludo! ¡Que eres un lerdo, un lerdo!- y escupiendo estas palabras sarcásticamente, clavó su temible cuchillo en la rodilla de Antoñete, que gritó como un friki dopado al conseguir la última edición de su serie Manga favorita. Volvió a levantarlo en el aire, desgarrando la pierna del pobre infeliz, y salpicando el techo con un chorro rojizo. Y entonces, con una expresión de divertimiento, volvió a golpear la pierna, con una arremetida contundente, que seccionó el miembro en dos. Antoñete gritó desesperado, y se impulsó atormentado hacia delante, tratando de huir. El argentino sanguinario, divertido con su entretenimiento, se descuidó por un instante y no se percató de la huida de nuestro triste protagonista.

Antoñete subió como pudo hacia la ventana, que efectivamente, se abría en el almacén hacia el exterior. Se despeñó por ella, y huyó arrastrándose tan lejos como pudo. Sin haber sido atendido, sediento y muerto de hambre, para terminar, ay sí… terminar, como ya sabemos…

Jaume Moreso i Mallofré

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La leyenda de San

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LA LEYENDA DE SAN

Para Kasandra, la belleza ptolemaica
y una auténtica luchadora.


Kapokianas son sus ropas, ¡de kilims oscuros y ligeros como gotas!
Ataviada con suma ligereza, ¡sus gráciles movimientos son una belleza!
Siempre activa, siempre vital, ¡siempre luchando contra el mal!
Aunque se desate el mismo infierno, ¡ella siempre luchará in aeterno!
Ningún enemigo la detendrá, ¡con fulminantes ataques ella vencerá!
Discreta y simple, pura y natural, ¡su gloria relucirá con brillo inmortal!
Rápida como el rayo, veloz como el viento, ¡lucha con todo su aliento!
Ahora se va, la victoria nos ha dado, ¡pero volverá con un propicio hado!

“Canción de la sureña”


En las vastas tierras de Antanis, los Humanos vivían replegados en la más absoluta subyugación bajo las garras de Cainathoth, una bestia infernal que imperaba con la ley del acero y la muerte. Sus huestes oscuras de bestias y demonios se paseaban por las anchas tierras sembrando el horror y el castigo de la muerte.

Sólo una pequeña facción de humanos resistía, y mantenía en pie su dignidad y su bienestar, en la ciudad fortaleza de Esanis. Pero fuera de sus murallas la Sombra lo cubría todo. La muerte vagaba caprichosamente, a lomos de la locura y la codicia, y las gentes Humanas vivían con la congoja en su corazón, asediados por el miedo que acecha, por el terror que encoje, que encarcela la libertad.

Las constantes incursiones de hordas infernales se cobraban con muchas vidas Humanas, esclavismo y la subyugación tiránica en el pago de tributos. Los pueblos Humanos, repartidos por todo el continente, vivían aterrorizados bajo la Sombra que provenía del norte, en la matriz del mal, en su morada más allá de las Montañas Negras, en la tierra volcánica de Shug Gorgosh, donde moraba la maldad. Sus miradas, cubiertas por una sombra, miraban taciturnas y tristes hacia el norte, temiendo constantemente nuevos asaltos, incursiones, saqueos y matanzas indiscriminadas. Sus ilusiones habían muerto. Sus expectativas, aplastadas por la tiranía. Su futuro, negro y vacío.

Hasta que un día, algo empezó a suceder…

Los ejércitos de Esanis se estaban movilizando. Durante mucho tiempo y en silencioso secreto, se habían estado trazando planes contra Cainathoth. Los generales Esanienses habían dedicado largo tiempo en idear sus estrategias, en crear planes de ataque para asesinar de una vez por todas a esa criatura infernal.
Demasiado tiempo había pasado. Demasiado sufrimiento, demasiada muerte… ya se había aguantado suficiente. Era hora de actuar.

En la ciudad fronteriza de Nomil, en el borde del mundo Humano con Shug Gorgosh, los ejércitos Humanos estaban listos para la gran batalla de su tiempo, quizá para la última batalla en la que la mayoría perderían la vida, por una noble causa, para liberar el pueblo de la tiranía de Cainathoth.

Los ciudadanos y ciudadanas de esa noble ciudad rezaron por la victoria de los ejércitos Esanienses, mientras los veían adentrarse en la tierra de la Sombra, y las figuras de treinta mil soldados se perdían en la oscuridad. No se sabe qué pasó en esa tierra infernal, ni los horrores que vivieron esos soldados, pero de todos ellos, sólo un centenar volvieron con vida. La mayoría desquiciados, enloquecidos o trastornados.

El mundo estaba perdido.

Ni el más grande ejército Humano, que se unió en una desesperada incursión, pudo derrotar a la bestia Cainathoth, quién estalló en cólera y mandó una hueste de demonios hacia la ciudad de Nomil, para impartir su castigo de muerte.

El azote fue terrible.
Los ejércitos negros volvieron entonces al castillo de Murgol, habiendo saciado su sed de sangre, dejando tras de sí columnas de humaredas, fuegos extendiéndose entre cenizas y miles de cadáveres ensangrentados que cubrían los pavimentos, la tierra, los cultivos y la hierba…

Los pocos supervivientes enterraron con el horror impregnado en sus retinas los cadáveres devastados, sin vida, de sus familiares y gente querida. Se tragaron sus recuerdos y memorias, vomitando el odio, la pena y la desesperación, hundiéndose en la apatía, perdiéndose en los laberínticos caminos de la derrota y la renuncia.

Cainathoth estaba satisfecho con la matanza.

Los Humanos ahora sabían con quién trataban, y que las osadías eran castigadas, que enfrentarse a él conllevaba represalias terribles. Los vientos de muerte soplaban por toda la región, la monotonía y la rendición se olían en el aire, la total sumisión se percibía en la tierra.

Pero algo diferente empezó a flotar en el ambiente… algo que Cainathoth, con toda su arrogancia y pedantería, no había llegado a imaginar.

En las alturas del castillo de Nomil, ciudad invadida por las huestes de Demonios, una silueta oscura se recortaba contra la puesta de sol. Su capa ondeaba con el viento, dibujando contornos y trazados sinuosos que traían el mensaje de una épica venganza. De pronto algo brilló en ella, una luz circular que navegaba como el fulgor centelleante de las estrellas. Los Demonios se percataron de ello, observaron hacia las alturas y allí vieron esa silueta, empuñando dos espadas fantásticamente brillantes que emitían destellos y luces enigmáticas.

Los gritos de desafío fueron horrendos y desquiciantes. Lo que salía de sus gargantas -si se les podía llamar gargantas a esos informes, abominados y deformados cuellos- era la antítesis de todo lo sano, era una vorágine de fiebres enfermizas y fobias espeluznantes.
Ningún guerrero, soldado, bárbaro, gladiador o caballero, hubiera podido aguantar en pie, dentro de los dominios de la cordura, ante ese espectáculo de repulsiva perversión y locura.

Pero esa figura, impertérrita, impávida, respondió con un gesto estoico a las horrendas criaturas que se balanceaban ahí abajo en un baile de obscena repugnancia. Levantó las dos espadas en alto, y de inmediato éstas empezaron a brillar con una luz estentórea y eléctrica que crujía y crepitaba, liberando rayos coléricos de electricidad.

Entonces empezó a correr por las alturas del castillo de Nomil, dirigiéndose hacia la plaza central. Las criaturas infernales la persiguieron, y ante sus ojos llameantes pudieron contemplar con arrogancia y odio un espectáculo acrobático, en el que la figura misteriosa se deslizaba con la elegancia de un cisne, como si estuviese esquiando en una pendiente tremendamente empinada, y con un gran salto se presentaba con osadía en medio de la hueste de Cainathoth, en la plaza central de Nomil, ahora devastada, destruida, envuelta en cenizas y fuego, y cubierta por la Sombra… Todas esas bestias gritaron al unísono, y se abalanzaron salvajemente a la captura de esa sombra enigmática que las estaba retando.

Su larga melena, negra como el carbón, más oscura y profunda que la propia Sombra, empezó a volar con determinación y protagonismo, remarcándose en medio de la oscuridad al ritmo de sus movimientos acrobáticos.

Atacaba con la contundencia de un toro, y con la precisión de un águila. Sus movimientos felinos mareaban a los Demonios, quienes no podían acertar sus estocadas ni adivinar los ataques de la guerrera misteriosa. Se movía y se deslizaba con una velocidad pasmosa. Sus cabriolas y piruetas eran resueltas, repentinas y fugaces. De pronto, podía estar abatiendo a dos Demonios de espalda a otros tantos, quienes la atacarían con furia, pero con un salto ágil y veloz, esquivaría todos sus ataques, se posicionaría girando sobre ella misma y volteando su cuerpo en el aire, como un hada o una ninfa voladora, en el flanco o las espaldas de esos seres, para derrotarles con un ataque repentino y fulminante.

Sus espadas parecían dos pinceles gigantes que pintaban trazos sinuosos en el aire. Y al mismo tiempo que esgrimía sus estocadas, también las ilustraba con esos filos mágicos que conducían haces resplandecientes de una luz rosada, crepitante como un rayo.

Y así, fulminadas, una a una la bestias fueron cayendo, bajo las raudas y electrizantes arremetidas de esa sombra misteriosa que por momentos se destapaba, brillando con luz propia entre las tinieblas de la Sombra, mostrando en sus movimientos ágiles y diestros, una elegante y delicada belleza femenina.
Tiró abajo los estandartes horrendos del ejército de Cainathoth, expulsando a los Demonios restantes, que huyeron despavoridos ante un único adversario contra el que ni todos juntos pudieron plantarle cara.

La voz corrió rápidamente, y en poco tiempo todo el mundo hablaba de lo mismo, cuchicheando, entre dientes, pero con esperanza. La noticia de la derrota de las huestes oscuras sorprendió a todos, propagándose por el ancho mundo.

Algo brillante se encendió en esas habladurías, en esas historias que volaban de boca en boca. Las gentes, marchitas, y con el espíritu decaído, empezaron a revivir entonces, alabando las hazañas de esa guerrera misteriosa que había desafiado a la Oscuridad con una valentía imperturbable.

El Mal se agitó entonces en las tierras de Shug Gorgosh, rugiendo con furia y despertando el horror volcánico. En el trono de Murgol, el Emperador Cainathoth estalló en cólera. No podía tolerar este desafío, esta burla insensata de una muchacha cualquiera que había atacado con ilusas pretensiones los ejércitos de la Sombra. Llamó a armas a todas sus bestias, y las envió bajo el mando de sus mejores lugartenientes hacia la ciudad fortaleza de Esanis. El castigo sería terrible, los Humanos nunca volverían a plantarle cara.

El final estaba próximo. La mayoría de los Esanienes se preparaban para huir, hacia las escarpadas Tierras Marchitas del sur. Estaban haciendo sus bolsas y organizando sus provisiones cuando una voz, de singular belleza y entonación, les sorprendió:

-¡¡Amigos norteños!!- resonó armoniosa y cristalina a través de las anchas calles adoquinadas de Esanis -¡No debéis huir! ¡No tengáis miedo! ¡No temáis a la Oscuridad!-.

Los ciudadanos y ciudadanas entonces levantaron los ojos y la vieron por primera vez, a las puertas de esa honorable ciudad. Ahí estaba, la guerrera misteriosa de la que se cantaban gestas y hazañas contra la Oscuridad. La enigmática guerrera, tan deseada y admirada, y que era la última esperanza del pueblo Humano…

-¡Mi nombre es San Danarkas! ¡Y he venido de las lejanas tierras del sur para traeros esperanza! ¡No temáis buenas gentes, yo plantaré cara a lo abominable! ¡Y os doy mi palabra que lucharé hasta mi último aliento!-.

La gente gritó, vitoreando y aplaudiendo, aclamando su nombre, exaltando sus palabras. Muchos se acercaron emocionados y maravillados hacia ella, contemplando ensimismados su magnífico porte, su sensual belleza…:

>> San era de constitución fuerte, con una musculatura discreta pero energética y briosa. De figura atlética y estilizada, era más alta que muchos hombres, y sobresalía con protagonismo entre toda la gente que la rodeaba, admirándola.

Su agilidad era espectacular, y más sus destrezas marciales que la convertían en una ninja respetada y temida en las lejanas tierras del sur. De entre todas sus habilidades en el arte de la batalla la que dominaba mejor era la esgrima. Blandía dos espadas de considerable tamaño con una rapidez y una celeridad casi imposibles de atajar. Estas dos espadas, de un color rosado, con sombras y reflejos violetas que por momentos parecían moverse en el filo como si tuvieran vida, eran ligeramente curvadas como las cimitarras, y lucían con singular personalidad runas mágicas y símbolos cabalistas totalmente desconocidos para el hombre de ese tiempo.

Algo excepcional dentro de las habilidades de San era su dominio absoluto del combate a distancia, con arco, ballesta o lanza. Y cabe remarcarlo, ya que la doctrina y la disciplina ninja no presume de este dominio. Pero San, con toda su pericia y talento, manejaba magistralmente un arco mágico de jade que disparaba flechas encantadas como verdaderos rayos caídos desde el cielo.

Su pelo, negro como el carbón, lucía brillante y energético como ríos babilónicos de fértil vida. Del mismo modo que sus cejas, de sinuosidad sutil, delicado y fino trazo y saludable volumen. Su piel morena, oscura y con exquisitos reflejos dorados, transmitía energía y vitalidad inagotable. En sus brazos, o sus tersas, fuertes y atléticas piernas era donde se podía apreciar más, esta vida sin fin, esta inacabable energía.

Sus puños, robustos pero delicados y suaves a la vez, blandían con ímpetu y rigor sus espadas fantásticamente brillantes. Y es que, aunque fuese una guerrera entrenada y curtida en la guerra, su feminidad y belleza no habían menguado en absoluto, todo al contrario. Con toda esa fuerza, entrenamiento, vigor y vitalidad, su cuerpo lucía con energética belleza unos pechos firmes y voluminosos, unas nalgas y unos contornos sensuales, preciosos, firmes y fuertes, y más su vientre, plano y terso, que dibujaba los soñados caminos de ensueño entre prados de infinita lujuriante belleza.

Todo su cuerpo era deseado y admirado, una belleza sobrenatural en un mundo de mundana vulgaridad… <<

-¡Volved a vuestras casas amigos! ¡Quedaos en vuestra ciudad!- retumbó de nuevo la bella voz de San -y no tengáis miedo por la fragua de la batalla, ¡por el conflicto que acaecerá! Yo les detendré, aquí, aquí mismo, ¡una línea debe trazarse!- y al instante de terminar de pronunciar estas últimas palabras, miles de tambores sonaron al acorde anunciando el inicio de la batalla que decidiría el destino del pueblo Humano.

San se adelantó unos pasos, saliendo fuera de las murallas de Esanis.

Los ciudadanos la observaron desde sus ventanas, con una preocupación extrema que llenaba sus miradas, y cogiéndose fuertemente de las manos, desearon fervientemente el buen augurio a la joven heroína.

Su única esperanza era una guerrera que vino de unas tierras tan lejanas y desconocidas que ni siquiera su nombre conocían. La guerrera sureña San DanarKas que vino a traerles esperanza en estas horas aciagas… y si ella no conseguía expulsar ese inconcebible ejército de criaturas abisales que avanzaban como una avalancha hacia la ciudad de Esanis, nadie más podría…

Los tambores volvieron a tronar aún con más potencia, y su ensordecedor bramido voló implacable por el viento que ondeaba descontroladamente los espantosos estandartes demoníacos. Los corazones de los últimos habitantes de Esanis se encogieron con el terror, y conteniendo las lágrimas, dedicaron una última mirada anhelante a San para luego ocultarse y rezar por la victoria.

San estaba sola, absolutamente sola ante el avance estrepitoso de un millar de Demonios, que cubrían la loma de la montaña como un espeso follaje infernal. Por todas partes, desde todos los rincones, llegaban más y más Demonios, asediando cada vez más cerca a la única y última defensora de los pueblos libres.

San levantó las espadas en el aire, que brillaron con una intensidad fulgurante, y liberaron miles de chispas en todas direcciones. Gritó y pronunció unas palabras desconocidas en su dialecto de las tierras del sur. Entonces, en respuesta a sus palabras y oraciones, el cielo estalló en una gran tormenta, lanzando rayos fulminantes en dirección a las dos espadas que San empuñaba hacia el firmamento.

Los rayos caían una y otra vez, a una velocidad de vértigo e instantáneamente envolvían los filos de las espadas con su luz centelleante. A su vez los filos de las espadas propagaban a su alrededor rayos eléctricos de un color violeta, que flotaban con agilidad y una vivaz presteza alrededor de San, creando una especie de escudo protector.

Varias explosiones respondieron al espectáculo de San, quién abrió los brazos, inclinó las espadas hacia delante, y se preparó para el ataque.

Repentinamente una bola gigantesca de fuego cayó encima de la sureña, generando una terrible explosión que llenó varios metros a la redonda de un fuego infernal y abrasador. Muchas más bolas de fuego emergieron en el cielo, lanzadas por enormes catapultas situadas en las últimas filas del ejército de Cainathoth.

El cielo chispeante y electrizado con la magia de San se tiñó de rojo. Los rayos relamían las bolas de fuego que surcaban el aire, emancipando la furia ígnea de las rocas candentes del ejército negro, que estaban a punto de caer sobre San y la ciudad sitiada de Esanis.

Pero entonces algo se revolvió entre las llamas, y hubo una gran explosión cegadora. Rutilantes rayos eléctricos atravesaron el fuego infernal y se expandieron por el aire, chocando contra las rocas incendiadas, y haciéndolas añicos antes de que cayeran a su objetivo. San emergió entre el fuego, refulgiendo con una luz que palpitaba y se expandía por momentos. Innumerables rayos coléricos se fundían con ella, y otros más salían disparados de su cuerpo. Sus brazos tensados hacia el aire describieron un movimiento giratorio, y a la velocidad de la luz un rayo gigantesco saltó desde el cielo para chocar en la espada de San, arremolinarse en su filo y volver a salir disparado, guiado por el movimiento de la sureña que atrapó el rayo, lo controló, lo dominó y lo dirigió como un cohete hacia una de las catapultas de las huestes oscuras.

La explosión hizo añicos el artefacto de Cainathoth y fulminó a varios Demonios que estaban cerca.

San volvió a atacar decididamente. Los rayos volaban por el cielo como verdaderos arcanos fulgurantes del dios supremo del Olimpo. Una a una las máquinas de guerra demoníacas fueron desintegradas, aniquilando a decenas de Demonios que estaban demasiado cerca.

La hueste de Cainathoth gritó con furia, y las primeras filas iniciaron una estrepitosa carga llena de alaridos, gritos, gruñidos, crujidos de madera y roca bajo los cascos de los guerreros y todo tipo de trompeteos demenciales tocando sacrílegas melodías.

San se posicionó para la carga. Flexionó las piernas inclinando el torso ligeramente hacia delante, y extendiendo su brazo derecho hacia atrás, apuntando diagonalmente hacia el cielo, volvió a realizar el mismo movimiento giratorio que atraía los rayos. Daba la impresión de como si fuera a lanzar algo sumamente pesado, y flexionaba las piernas de tal modo que todo el peso lo recibiera la de delante.

La hueste estaba cada vez más cerca, se le tiraba encima, las primeras líneas estaban a punto de chocar contra ella… un estallido cegó los Demonios que intentaban envolver a San, y cuando recobraron la vista vieron como la guerrera sureña les lanzaba un rayo fulminante que cayó sobre ellos, destrozando sus cuerpos y abriendo una brecha en el suelo.

Los Demonios que venían por detrás saltaron entre el humo y las chispas, y con sus enormes cuerpos se lanzaron sobre San, quién giró sobre sí misma, como si llevara algún artefacto en los pies que le permitiera patinar, y con un gesto sublime esquivó todos los golpes, se internó en medio de las filas de Demonios y mandó una serie de raudas estocadas que hicieron caer a muchos de ellos.

Un enorme mandoble cayó en dirección a su cabeza, asido a los puños de una bestia grotescamente infernal y enorme. San paró el golpe con las dos espadas, para luego tirarse al suelo evitando el terrible hachazo de otro Demonio, dar una serie de volteretas, burlando una sucesión de golpes contundentes que hicieron añicos las rocas y levantarse de nuevo para detener las espadas envenenadas de un Demonio ponzoñoso, devolverle un golpe tajante que separó su cabeza del cuerpo, girase de espaldas para frenar una multitud de proyectiles lanzados por unos artefactos que parecían fusiles, guiar su brazo derecho al flanco, con la hoja de la espada bien levantada para chocar contra una lanza que la amenazaba, dar un doble giro vertiginoso, haciendo serpentear sus dos espadas en curvaturas helicoidales que cercenaron los cuerpos de sus adversarios, levantarlas en el aire, llamar dos rayos mortales y lanzarlos al frente para hacer volar por los aires a un centenar de bestias horripilantes que le frenaban el paso.

El humo lo llenó todo. Las rocas chasqueaban con los rayos recién producidos, pero las bestias infernales seguían llegando por todas direcciones. Había tantas que inexorablemente iban a aplastar a la guerrera sureña por muy rápida que fuese.

Ella lo sabía.

Decidió tomar la iniciativa y adentrarse hasta el interior de las filas de Demonios a toda velocidad, sin que las bestias tuvieran la oportunidad de lanzarse encima y dejarla sin espacio.

Empezó a correr hacia el frente, primero a baja velocidad, con los brazos tendidos hacia atrás, y apuntando sus dos espadas hacia el cielo, que estrepitosamente volvía a encenderse con miles de rayos coléricos. Aceleró la carrera, sus piernas se agitaban a una velocidad pasmosa, y chafaban el suelo con tanta fuerza que sus huellas quedaban rodeadas por pequeñas grietas.

Ya tenía los Demonios encima, quedaban muy pocos metros para el choque de masas. Saltó en el aire, con gran propulsión, y conjurando dos rayos de rutilante energía eléctrica, los lanzó hacia las primeras bestias que tenía a tiro. Cayó entre la humareda y los cuerpos devastados, y tuvo que moverse rápidamente hacia atrás para no ser embestida por una mole gigantesca que manejaba dos hachas del tamaño de un hombre con tal fuerza que reventó una roca de más de diez metros de envergadura con su terrible ataque.

Siguió esquivando golpes y ataques brutales, y derrapando con una pierna estirada y todo su cuerpo agachado a ras de suelo, disparó un nuevo rayo a las criaturas abisales que la sitiaban. Saltó por encima de uno, dejando atrás su cuerpo partido por la mitad. Giró hacia el flanco, y fulminó varios Demonios que se le acercaban, esquivó un sable dentado que se dirigía a su estómago, bloqueó la maza de otro enemigo, y volviendo a girar sobre sí misma, atrajo un rayo de las alturas, lo hizo girar alrededor de su espada, como si jugara con algún malabarismo, y lo lanzó imitando el disparo de un fusil sobre el cuerpo de una bestia de tamaño ciclópeo que estaba a punto de atacar con su enorme maza. El monstruo salió a la vista, por detrás de los humos levantados, con el torso agujereado y todo su vientre carbonizado.

San reactivó la marcha hacia delante, hacia las últimas filas del ejército, dividiéndoles y perforándoles, como una larga bobina perfora una pared de roca. Zigzagueaba y giraba, saltaba y retozaba con agilidad, rebotaba en las rocas y se lanzaba por el suelo, se impulsaba de nuevo y corría como una gacela para atacar con decisión a las criaturas aberrantes que la hostigaban.

Y en medio del bullicio de gritos y gruñidos, de los estridentes metales al chocar, de chirridos y chasquidos de las rocas y los rayos, de los estallidos del fuego y el fragor de la batalla, San siguió luchando, enemigo tras enemigo, asalto tras asalto, en un hervidero de enemigos cuyo número y valor cada vez era más reducido. Pero ellos no eran los únicos que se veían mermados por la duración de la batalla, las energías de San también se debilitaban, y cada vez se sentía más cansada.

Continuamente corría, esquivaba los ataques, alargaba la espada hacia el cielo para atraer nuevos rayos, y los lanzaba en todas direcciones, teniendo que pisar muy fuerte con sus piernas para poder aguantar los fuertes empellones que le lanzaban las exhalaciones de los rayos, empujándola hacia atrás.

Pero al fin el curso de la batalla parecía ponerse de su lado. Las huestes negras empezaron a retirarse, huyendo hacia las montañas en desbandada. San había conseguido reducirlas significativamente, y las que quedaban ya no osaban enfrentarse a sus rayos fúlgidos.

La tierra se despejó, los humos se disiparon, el fuego se apagó…

Las gentes de Esanis salieron de sus escondites, para alabar a San y glorificar su gran hazaña, mientras desde la loma de las montañas una nueva figuraba se acercaba con pasos contundentes. San lo percibió, sintió su poder en lo más hondo del alma, y se estremeció con el nuevo enemigo que le deparaba su destino.

Todo el mundo se paró a media carrera, la voz se deshizo en sus lenguas, las palabras cesaron de inmediato.

La oscura figura se acercaba decididamente, y el ruido de sus pisadas cada vez era más audible, y se expandía con estridencia como si un gran martillo de roca golpeara una ancha placa de metal. Era tan insoportable que todo el mundo gritó. Pero ese grito no fue nada comparado con el siguiente, cuando la figura del nuevo ser apareció a la vista, y su cuerpo mutante asaltó las visiones de las pobres gentes que caían al suelo patidifusas ante tan repentina aparición.

No tardó un segundo en atacar. No hubo un instante para respirar. La bestia se impulsó con sus enormes patas de león encima de San, quién cayó al suelo bajo las voluminosas garras de lobo que estrujaban el cuerpo de la guerrera sureña, impulsadas por la portentosa fuerza de un torso hinchado y hercúleo del toro más gigante que ha pisado la faz de la tierra.

Su cabeza se inclinó desde lo alto de un cuerpo descomunal, hacia el cuerpo de su presa. Sus fauces rugían pausadamente, soltando grandes vahos de aliento putrefacto. Observó con deleite la presa, desvalida e indefensa, y paseando su larga lengua de serpiente, abrió una enorme boca reptiliana que de un solo bocado podría tragarse un ser Humano.

Levantó a San en el aire con deleite. Sus espadas mágicas cayeron al suelo. La sacudió un poco, viendo su cuerpo inerte balancearse sin control, y al observar que no había fuerza alguna en esa criatura, la arrojó hacia los afilados colmillos que formaban la colosal dentadura de esa cabeza titánica de caimán.

Estaba a punto de tragársela, convencido de su victoria, cuando todo el cuerpo de San se enderezó y se tensó en el aire. Sus miembros se agitaron con fuerza, y desenvainando un arco misterioso de su espalda, lanzó una saeta electrificada sin que ninguna flecha hubiera sido puesta en su cuerda.

La saeta impactó de lleno en el rostro de Cainathoth, que cayó de espaldas al suelo y rugió desesperadamente tapándose el rostro animalesco y mutante con las dos garras.

San aterrizó dificultosamente, y casi sin poder ponerse en pie volvió a apuntar con su arco jade a la bestia reptiliana y bestialmente mutante que aullaba como un lobo.

Incognoscible es el horror oculto que ha vivido desde los arcanos del mismo submundo hasta las nuevas eras de las bestias, y se ha mezclado con ellas y ha mutado formándose a base de lo más inconcebible…

Los dedos de San cogieron la cuerda invisible del arco que brillaba con la fuerza de la naturaleza, la acariciaron como el hilo mágico del arpa de un mito griego. La tensaron amablemente y unas palabras enigmáticas flotaron alrededor… se encendió una chispa, que correteó eléctricamente por todo el hilo y lo envolvió con una serpentina centelleante. En la punta de sus dedos un fulgor mayor surgió, atrayendo toda la refulgencia del hilo, y con un movimiento suave soltó la cuerda mágica…

Se produjo una rápida y chispeante explosión delante del arco. Fue un instante fugaz, un breve momento. Pero desde dentro, en su interior, algo que latía con una fuerza quimérica, emergió como el tridente de un dios marino y se abalanzó en dirección a la bestia Cainathoth liberando un ruido parecido al de frotar una piedra sobre una superficie rugosa.

La flecha mágica perforó el cuello abominable de Cainathoth, despertando en él un rugido caótico que parecía provenir de diferentes gargantas animales. La bestia se levantó de un salto, como avivada por un flagel, y pateó con sus enormes piernas leónidas a la guerrera sureña, que estando debilitada y herida no pudo esquivar el ataque.

Cainathoth siguió atacando con sus portentosas extremidades, cegado en un ojo y con el cuello perforado. Sus golpes eran brutales y agujereaban la misma tierra. San casi no podía esquivar esas duras arremetidas. Saltaba y se arrastraba por el suelo entre las piedras que volaban, el polvo que se levantaba en grandes cortinas y las rocas que estallaban en añicos, mezclándose con la ceniza que se extendía alrededor del cuerpo de la bestia infernal.

San sabía que no podía batirse cuerpo a cuerpo con ese enorme monstruo, que su fuerza no podía rivalizar con la de Cainathoth y que un solo golpe más de ese monstruo seguramente la mataría… tenía que esquivar, correr y arrastrarse y alejarse tanto como pudiera de los ataques descontrolados del general de los ejércitos demoníacos.

Debía encontrar una posición favorable que le diera la posibilidad de volver a disparar su arco mágico.

El momento llegó pronto. San saltó a un lado, cayendo de espaldas, se levantó de nuevo para volver a caer mientras esquivaba la zarpa de Cainathoth, que perdiendo el equilibro, tropezaba con unas rocas y caía al suelo produciendo un caos que protegió la huída de San.

Y entonces, estando a una distancia favorable, San volvió a conjurar su saeta mágica… la envió directa a la cabeza.
Esa tenía que haberle matado. Los ojos de San brillaron con esperanza al contemplar que el cuerpo de Cainathoth no emitía ruido alguno, ni se movía en absoluto. Se acercó con precaución, tambaleándose y tropezando con los agrestes desniveles y depresiones de una tierra devastada y surcada de grietas.

La bestia aún parecía respirar. San se horrorizó al contemplarla de más cerca, de verla ahora con claridad, estando abatida en el suelo. Dio un paso atrás, sin poder contener su espanto ante una risa sardónica que la bestia infernal exhalaba con su último aliento. Todo su cuerpo empezó a brillar con el color del fuego, sus latidos se intensificaron llegando a convertirse en tremendas explosiones…

San trató de huir, pero carecía del tiempo suficiente… El Demonio Cainathoth estalló desintegrándolo todo a su alrededor, abriendo un cráter profundo y oscuro que se tragó media ciudad de Esanis.

Cuando los supervivientes Esanienses salieron de sus escondites en busca de su Heroína, vieron aterrados el resultado, y aunque sus deseos eran fuertes, jamás encontraron a su salvadora…

>> A los veinticinco años, la valiente, la estoica, la legendaria San DanarKas desapareció entre los fuegos de la muerte que destruyeron para siempre y se llevaron al mismo purgatorio al general Cainathoth.

San desapareció dejando tras de sí un legado de valor y gloria inmortal, sus hazañas dieron la vuelta al mundo y la leyenda empezó a cobrar forma.

Hay algunos que piensan que aunque San haya muerto, ella nunca nos abandonó. Que aquella valiente y estoica guerrera continúa aquí, en algún lugar, velando por nuestra seguridad.

Y hasta hay algunos otros, más atrevidos, que no creen que San haya muerto. Aseguran que nuestra heroína sobrevivió a la gran catástrofe, y que ahora, encubierta por el velo de la falsa muerte, sigue luchando, protegiéndonos de los males del mundo, haciendo frente a la Oscuridad, poniéndola a raya…

Sola, anónima… simple, natural y pura, sin la codicia de una recompensa, de los halagos, los festejos o cualquier reconocimiento. Sólo con el deseo de dar al mundo la libertad y la prosperidad de un nuevo futuro…
Esto es lo que muchos desearían, aunque la innegable catástrofe y sus terribles resultados nos priven de ello…

Al menos, a mí, me gusta pensar, es más, quiero y estoy seguro de saber que San sigue viva, pues en los países del sur, más allá de las montañas azuladas, donde todos los caminos se acaban, ha llegado el murmullo, débil y plácido, de las hazañas de una espadachina que maneja dos espadas rosadas más rápidas que el viento, más vertiginosas que un rayo… y que su arco verde jade nunca tiene flechas, pero siempre acaba con sus adversarios. <<

Jaume Moreso i Mallofré


 

EL ESPEJO

Filed under: Últimos post,Participa — morrigane06 @ 17:32

Sentada delante del espejo, con la luz matinal entrando a borbotones por la ventana entreabierta, empezó ensimismada a contarse las arrugas. – ¿Desde cuando estaban alli?, ¿ cuando se habian instalado en aquel rostro que casi le resultaba extraño? -. Sus ojos reflejados en el espejo le devolvian una mirada de sorpresa, como cuando te encuentras con un amigo que hace muchos años que no ves y casi no le reconoces…. porque eso exactamente era lo que habia pasado, no recordaba la última vez que se habia mirado detenidamente en un espejo, simplemente habia perdido la costumbre, habia dejado de ser algo importante, aunque tiempo atras habia sido algo vital, un ritual diario e ineludible en el cual complacerse.

Habia sido una mujer hermosa de tez nívea e inmaculada, de bellos y enígmaticos ojos negros y rasgados, tenia todos los hombres a sus pies y podria haber elegido a cualquiera, pero no eligió al mejor y su vida cambio radicalmente. A veces se preguntaba como habria sido su vida si se hubiera casado con aquel timido muchacho que la esperaba invariablemente todos los dias al salir de la universidad, pero se enamoró de Gabriel;  alto, guapo y con aquel punto canalla que tanto le atraia y esto era algo que nunca sabria. Se dedico en cuerpo y alma, primero a su marido, despues llegaron los hijos, tres y uno que murio al poco tiempo de nacer, se volcó en ellos y en su propio dolor, no existia nada más alla de los muros de su hogar, no tenia tiempo para nada más y su marido empezó a perder interes en ella lejos de comprenderla y ayudarla, no era ya la mujer de la que se habia enamorado,  ya no la consideraba su amante y compañera, era solo alguien que atendia a todas las necesidades familiares. Hasta que ella un dia encontró sobre la mesa de la cocina una escueta nota de despedida, fria e impersonal, sus ojos se detuvieron largo rato en la palabra “adios”, en ésto se resumian veinte años compartidos, en ésto y en la cobardia de no decirselo a la cara, de dejarle una simple nota que la arrrastro al hundimiento total. Tuvo que sacar fuerzas de donde ya no las habia para seguir adelante, fueron años dificiles en los que apareció también su madre; una mujer enferma y autoritaria a la que tuvo que cuidar postrada en la cama, sin ninguna ayuda, con solo la visita de su hermana una vez a la semana, una mujer frivola y despreocupada que disfrutaba de una vida regalada y a la que llegó a odiar profundamente.

De Gabriel nunca más tuvo noticias, tampoco le importaban, su vida se habia convertido en una sucesión de horas y dias monótonos. Sus hijos fueron creciendo y se marcharon de casa uno tras otro, ya no la necesitaban, solo le quedaba la tortura de cuidar a su madre que por mucho que hiciera por ella, solo recibia reproches. Por la noche se acostaba rendida y con la mente tan abotargada que ni siquiera podia soñar, asi se consumio su juventud, se marchitó su belleza y ella ni se dio cuenta.

Su madre habia fallecido tan solo unas horas antes y ahora se encontraba sola consigo misma enfrentada al espejo, intentaba hacer balance de los ultimos años, pero los recuerdos estaban envueltos en brumas, solo le llegaban algunos retazos como los de estos sueños inconclusos que a la mañana siguiente quieres recordar. De repente el ruido de la calle, los bocinazos de los coches, y la sirena siempre alarmente de una ambulancia la sacaron del sopor y la devolvieron a la realidad, un escalofrio de liberación le recorrio todo el cuerpo y no iba a sentirse culpable por ello, ni ahora ni nunca más por ninguno de sus actos. El rostro que la contemplaba desde el otro lado del espejo le sonrio, y en sus ojos le parecio ver un atisbo de esperanza, poco importaban ahora unas arrugas más o menos alrededor de sus ojos, ésto se podia mejorar, lo importante ahora era volver a ser ella, tener una nueva oportunidad para vivir y le pareció que su imagen del espejo asentia y que incluso le guiñaba un ojo con complicidad.

Se habia hecho tarde, debia arreglarse para el entierro, pero no iba a vestirse de negro…. se vestiria de blanco porque hoy renacia a la vida y se lo haria saber a todo el mundo, no le importaba ya lo que pensaran los demas, desde éste preciso instante seria siempre ella misma y ya no habia vuelta atras. Antes de salir por la puerta se aplicó un leve carmin en los labios y plantó un beso en los de su de su imagen del espejo, quedando alli impreso cuando ella se fue, como un recordatorio de su renovada autoestima.

M.P.  Morrigane