Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Un hombre en una botella 11 diciembre 2010

Filed under: Amigos autores,Últimos post — marcoasantanas @ 1:49

Érase una vez, un naufrago en el mar de la vida, que movido por una intensa necesidad de romper con su soledad, comenzó a lanzar a las corrientes del destino mensajes en botellas. Anhelando, en lo más profundo de su ser, que estos, llegaran a las manos de alguien que se dignase a leerlos. Pero sus envíos, embarcados en un viaje sin retorno, desaparecían sin más, aumentando, en demasía, su soledad. Harto ya de no obtener respuesta, decidió enviarse así mismo en una botella, ya no para ser escuchado, si no, más bien, para tener constancia de la existencia de otros seres como él en el citado mar.

Tras soportar una travesía larga y tortuosa, sometido a las inclemencias del inconstante de venir de los tiempos, quedó varado en una playa. Quiso salir de la botella pero no pudo. Había pasado tanto tiempo dentro de ella que había acabo formando parte de la misma. Triste y solo se resigno a vivir en ese estado.

Una tarde, con una puesta de sol magnifica, una mujer que paseaba descalza por la orilla se topo con la botella, y en consecuencia, con el hombre que había en su interior.

– ¡Que suerte! ¡Un genio en una botella! ¿Has venido a solucionar todos mis problemas? – Dijo la mujer con el rostro iluminado por la alegría. A lo que el respondió con tono apagado: – No soy un genio, sólo una víctima de la soledad. No puedo solucionar tus problemas, pero, si puedo ayudarte a soportar el peso que generan.

Ella, sin perder la sonrisa, lo observó durante un rato. Luego, sin mediar palabra, rompió la botella, estrecho la mano del hombre y mirándole a los ojos le dijo: – Acepto tu propuesta.

De ese modo, el naufrago, dejo de estar solo.

La última vez que le vi, iba abrazado a su compañera, a la deriva pero felices, porque, amigos míos, en el mar de la vida, se navega mejor en compañía.

yrunay

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© Marco Antonio Santana Suárez


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La Pala

Filed under: Últimos post — marcoasantanas @ 0:59

Cuando mi hijo tenía cuatro años lo lleve a pasear por la playa. Era una tarde fría, por lo que no fuimos preparados para meternos en el agua. Eso si, él tenia que llevar su cubo y su pala para jugar con la arena. La tarde transcurrió tranquila, hasta que sonó mi móvil. Era mi mujer, que aprovechando un descanso en su trabajo, llamó para charlar un rato. Mi hijo, sintiéndose desatendido, empezó a tirar de mí, por lo que tuve que decirle que esperase un rato a que terminara de hablar, cosa que no le gustó en absoluto. En un arrebato de furia, cogió la pala y la lanzó, con todas sus fuerzas, al mar, quizá esperando que yo soltase el teléfono de inmediato y me lanzase al agua a buscarla, cosa que no hice. Me limité a comentarle, sin inmutarme, que luego le compraba otra, total, esas palas de plástico no son caras. Él se quedo en silenció, algo desconcertado. Para cuando comprendió lo absurdo de su acción, la pala ya cantaba el “bye, bye, my friends”, arrastrada por las olas. De súbito, mi hijo, comenzó a gritar, como si en ello le fuera la vida: – ¡SOCORRO! ¡SOCORRO! ¡MI PALA! ¡MI PALA! ¡QUE ALGUIEN HAGA ALGO!…

Yo, la verdad sea dicha, me quedé patidifuso. En cuestión de segundos todos los que se encontraban en la playa en aquel momento se acercaron a ver qué sucedía. Mientras, mi hijo seguía gritando y llorando a moco tendido: -¡SOCORRO! ¡MI PALA! ¡MI PALA!…

¡Que vergüenza!, no tenia donde escabullirme. Los curiosos, prácticamente, nos habían rodeado. No sabia que hacer. Los acontecimientos, habían tomado un rumbo de lo más inesperado. Contrariado, pero manteniendo el tipo, me dispuse a descalzarme, para zambullirme, en busca de la dichosa palita, pero, antes de que pudiera hacerlo, una amazona, surgida de no sé donde, se lanzo al mar, nadó hasta la pala, la cogió y con la misma regresó. – Toma, mi niño – Le dijo a mi hijo, mientras le entregaba la pala y me fulminaba con una mirada de desprecio.

En todo momento, permanecí con el móvil en la oreja, transmitiendo los acontecimientos, según iban pasando, a mi mujer, como si fuera un reportero cubriendo un suceso en directo.

Sin dejar de hablar, cogí a mi hijo de la mano y me abrí paso, como pude, entre los bañistas, alejándome sin volver la vista atrás, sintiendo sus miradas de desaprobación, clavándose en mi espalda como puñales.

En el trayecto de vuelta, fui rumiando maldiciones por el mal rato que me había hecho pasar. Una vez en casa, me percaté de que el dichoso chiquillo sólo tenía el cubo en la mano… por lo que le pregunté: “Cariño, ¿dónde está la pala?” Mirándome, con la inocencia propia de los niños, se encogió de hombros y, como si tal cosa, respondió: “No lo sé.”

yrunay

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© Marco Antonio Santana Suárez