Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

AGUA DE VIDA 27 febrero 2010

Filed under: Amigos autores — lolamontalvo @ 18:22


El primer agua de la que bebemos.

El agua en el que se genera la vida.


Abrió los ojos pero una sorda oscuridad hizo vano este gesto. Parpadeó con una cadencia perezosa, más por costumbre que por otra razón. Sus dilatados iris de desconocida tonalidad eran todavía un regalo de incierto valor. Aún así, no dejaba de abrir y cerrar los párpados y de dirigir sus enormes ojos a un lado y a otro buscando, siguiendo quizá, el origen de los misteriosos sonidos que le llegaban de vez en cuando amortiguados por el tibio y dulce líquido en el que flotaba. Un latido rítmico y pulsante llenaba su espacio.  La oscuridad era absoluta pero no podía añorar lo que aún no conocía. A veces, en sus ensoñaciones más gustosas, ramalazos de luces de fantásticos colores alegraban su corazón y lo hacían latir con la ilusión de lo que estaba por llegar.

Había dormitado placenteramente hasta que una inquietante sensación le despertó. Se acercó la menuda mano a los labios y se chupó uno de los tiernos y regordetes deditos. Le producía un placer inmenso tan sencillo gesto, pero en este momento el consuelo que le proporcionaba no era suficiente. Abrió la boquita y tragó varias bocanadas del maravilloso líquido que durante casi nueve meses había supuesto su reducido y generoso mundo.

Su agua de vida. Su alimento, su abrigo, su protector.

Agua de ancestrales reminiscencias, nutritiva, calentita, acogedora. Fruto de un milagro que sólo el amor puede hacer posible. Generosidad de mujer que guarda en lo más profundo de su seno todos los secretos, todas las esperanzas, todos los futuros. Origen de todos los hombres y mujeres, principio del fin de todas las vidas. Ajeno a tan grandioso milagro, la engulló con golosa delicia y sintió un reconfortante calor que recorrió todo su pequeño cuerpecito.

Una vez satisfecho su apetito, el pequeño dedito volvió a su boca. Animado por la cantarina voz que le había acunado desde el principio, buscó acomodo estirando un pié, brusco gesto que se vio correspondido con el empuje de una amorosa mano que lo retornó a un espacio menos molesto.

«Tranquilo, mi amor»

Esa cantarina voz le decía siempre cosas hermosas: «amor, mi vida, mi niño» y le contaba historias o le cantaba bellas canciones que acompasaban su corazón al de ella.

Dos empujones más y encontró la postura adecuada: la cabeza hacia abajo, las manitas en la cara, las piernas dobladas sobre la prominente tripa y los talones en las nalgas. En estos últimos tiempos el espacio era cada vez más escaso y su agua benefactora cada vez menos abundante. Aún recordaba cuando flotaba a sus anchas y giraba a placer, sin preocuparse de dónde colocar brazos o piernas. Había crecido mucho en poco tiempo y en muy contadas ocasiones podía estirar los miembros a su gusto sin que una mano amorosa pero firme le retuviera un talón o un codo. En este momento se había decidido por una postura aparentemente adecuada ya que no tuvo respuesta desde el exterior ni réplica de la voz cantarina. Cerró los enormes ojos y una sonrisa se dibujó en su rostro reflejando el placer de ese instante. Su pecho se contrajo en un hipido constante, rítmico y relajante. Sin duda ejercitaba algo, aunque no llegaba a entender el qué. Su cuerpo se preparaba, se entrenaba para una misión futura, desconocida. Daba igual, cuando llegara su tiempo lo sabría.

Se durmió y en su apacible ensoñación ausente de formas se vio flotando en una inmensidad de agua de vida sin fin conocido. En los labios, dulce; en la piel, cálida, protectora; en las manos, suave e inaprensible.

Una nueva sensación le produjo un impactante sobresalto. Algo le oprimía, le apretaba. Su espacio, ya de por si escaso, se redujo hasta sentir cómo las musculosas paredes que conformaban su cubículo se hincaban en su carne, en sus huesos. Amortiguado por las capas de líquido y tejidos le llegó un grito de dolor y miedo. El latido alcanzó un ritmo vertiginoso, mareante. Algo le empujaba instándole a abandonar su bendito aposento. La presión que le atenazaba en cada milímetro de su piel resultaba incómoda. Sí, sí, indiscutiblemente algo le instaba a salir de aquel nido oscuro, cálido y confortable. Su agua de vida casi se había consumido por completo y eso le indicaba que el fin de su tiempo en tan gustoso nido era cercano. Lo sabía. Pero lo inminente de tal momento, hasta ese instante desconocido, le atemorizó.

El caos fue total cuando un desgarro sobre su cabeza hizo salir el poco líquido que le rodeaba con una fuerza que no dejó de atemorizarle. Se asustó, pero se dejó llevar. La presión en torno a su cuerpo era ya dolorosa, insoportable. Sus enormes ganas de llorar se confundieron con los gritos que le llegaban cada vez más cercanos, más desesperados. La cantarina voz chillaba y se dolía. Ambos estaban padeciendo un sufrimiento sin vuelta atrás.   Atisbó una claridad a través de sus apretados párpados. Sintió una extraña liberación de la presión que había mortificado su cabeza. La fuerza desconocida le hizo girarse. Era un muñeco sin voluntad. Un último empujón en sus glúteos y piernas hicieron avanzar la presión hacia sus hombros. Algo blando y firme le cogió de la cabeza y del cuello y tiró de su cuerpo. En ese momento la enorme presión cedió de golpe. El alivio fue instantáneo.

Ya no estaba rodeado de agua. Su agua había desaparecido y su cuerpo estaba solo, desnudo. Sintió frío. Sintió miedo. Una deslumbrante claridad que lo convertía todo en un cegador mar blanco llenó sus ojos de lágrimas.

Le habían sacado de su nido, le habían robado su agua protectora, le habían arrancado el rítmico latido que tanto consuelo le proporcionaba. Un resorte desconocido le llevó a mover el pecho, a expandir su nariz y su boca.

Y lloró.

Lloró con toda la desesperación que pudo reunir y el llanto le sonó ajeno. Pero no, era su propio llanto. Y escuchó a la voz cantarina, extrañamente cercana y diáfana, que le hablaba entre lágrimas. Ella también lloraba.

«Mi bebé, mi precioso bebé»

Unas manos le cogieron y le arroparon con algo rugoso, áspero, y le volvieron aquí y allá, tomándole las manos, la cabeza, las piernas. Por fin le depositaron sobre una superficie blandita y cálida. Un millón de sensaciones nuevas llenaron su espíritu. Su amodorrado y oscuro mundo había sido sustituido por una vorágine de sonidos, claridades, tactos… todos desconocidos, todos nuevos.

Así, acostado bocabajo, empezó a lamentar tan enorme pérdida, cuando reconoció un olor, el olor de su agua de vida. Volvió a escuchar el amado y rítmico latido que tanto consuelo le proporcionaba y, sobre todo, la cantarina voz que ahora le llegaba en todo su esplendor, vibrante, hermosa. Y supo que estaba otra vez en su nido. Una vez más se llevó el dedo a la boca y sintió ese gustoso placer que tanto le proporcionaba tan sencillo gesto. La cantarina voz le susurró, le acarició, le besó y sustituyó en sus labios el menudo dedito por algo más blando, más cálido, más reconfortante. Su boca reaccionó y succionó golosa; un sabroso y dulce líquido manó llenando su boca y su espíritu, rebosando sus labios. Chupó durante un ratito y, tras obtener el anhelado consuelo, se durmió.

Antes de sumergirse en la placentera oscuridad del sueño supo que su agua de vida no había desaparecido, no se la habían arrebatado. Seguía allí.

Y soñó.

Soñó que se sumergía nuevamente en el agua cálida y gustosa, su agua de vida. Soñó que se movía a placer abriendo y cerrando los brazos, las piernas; que giraba y daba volteretas sin fin.

Y una hermosa sonrisa iluminó su rostro.

FIN

Lola Montalvo Carcelén

Safe Creative #0910024619556

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Cómo añadir un código Safe Creative en vuestro relato 24 febrero 2010

Filed under: Últimas noticias,Información — catigomez @ 20:40
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Cómo alguno de vosotros me ha comentado que tiene dificultades para completar este proceso, voy a explicaros paso a paso cómo añadir el código de registro de vuestro relato en el editor de textos de WordPress. Vayamos por partes:



1-Supongamos que queréis publicar aquí un relato. Previamente me habéis hecho caso y lo habéis registrado en Safe Creative (¡¡gracias!! ;D). Lo primero que os encontráis en vuestra página de Safe Creative, es un listado con todas vuestras obras registradas. Elegid la que os apetece publicar aquí y pinchad en “Obtener etiquetas”:



2- La siguiente pantalla os muestra las distintas etiquetas que existen para identificar vuestra obra. Elegid la que más os guste y pinchad sobre ella:



3- Una vez elegida, os mostrará el cuadro con el texto en html de ese código. Seleccionad ese texto y copiadlo (Ctrl+C):



4- Ahora volved al blog y entrad en el editor de textos. Una vez escrito o pegado vuestro relato, pinchad en la pestaña “HTML” y bajad con el cursor hasta el final de la página. Allí, pegad el código de Safe Creative que habíais copiado (Ctrl+V). Después poned algún espacio en blanco (recordad, <!- – br – ->):



5- Volved a pinchar en la pestaña “Visual” y comprobad que el código se ha pegado correctamente. Ahora sólo falta editarlo para que, al seleccionarlo, envíe al lector a una nueva pestaña. Para eso pinchad sobre el código y elegid la imagen parecida a un paisaje:



6- Se os abrirá un cuadro de edición de la imagen. Seleccionad la pestaña “Opciones avanzadas”:

Y luego, marcad el cuadro “Abrid el enlace en una nueva ventana” . Luego pinchad en “Actualizar”:



Ya sólo os falta pinchar en “Publicar” para tener vuestro relato listo en el blog. Una vez publicado, pinchad sobre el código de Safe Creative para estar seguros de que os lleva al lugar correcto.

¡¡Listo!!


Safe Creative #1003045687655

 

hogar inteligente 19 febrero 2010

Filed under: Amigos autores — wiskot @ 14:28


HOGAR INTELIGENTE

Miró a su alrededor, satisfecho de haber tomado una decisión y adquirido el

programa H.I. ; los instaladores estaban colocando los últimos sensores en el

dormitorio de la planta superior y el comercial, sentado de nuevo en el sofá

junto a él , le explicaba detalladamente los aspectos más complicados del

funcionamiento de su último capricho. Bien podía extenderse el comercial en

aquellas explicaciones teniendo en cuenta la jugosa comisión que percibiría

a cuenta de su compra.

-No olvide realizar el escaneado inicial de la mañana, es básico para el buen

funcionamiento del pack de software, sin el escaneado el programa es

incapaz de realizar las funciones de información de estado de salud y

asesoramiento personalizado, aparte del problema añadido de ralentización

del sistema. Si tiene alguna duda consulte la guía de utilización y si no lo ve

claro después de hacerlo llame al servicio de atención al cliente de H.I.,

estarán encantados de ayudarle a resolver cualquier problema, ¿de

acuerdo?.

Asintió con la cabeza, mirando el destello azulado e intermitente del sensor

del salón.

-¿Tiene alguna pregunta o duda, Sr. Juncosa?-preguntó solícito el comercial.

-Ahora mismo no se me ocurre nada, pero le aseguro que si surge llamaré a

H.I. de inmediato.

El comercial le dedicó su sonrisa más profesional y se levantó del sofá de

7.000 euros de su único cliente al tiempo que extendía la mano con gesto

firme hacia éste.

-Entonces, si me lo permite, me marcho ya, tengo otra cita con un cliente

dentro de media hora y no deseo llegar tarde.

Era mentira, por supuesto; el tipo de mentira que utilizaba siempre en su

trabajo para estimular a los clientes potenciales y crear ventas por impulso,

algunas veces no funcionaba, pero muchas otras sí, sobretodo con el tipo de

persona solvente y aburrida de la que era un digno representante el Sr.

Juncosa. Supo al instante que H.I. acabaría teniendo más problemas que

beneficios con aquel cliente pero su comisión ya había sido ingresada en su

cuenta corriente y su trabajo con él había finalizado tras la instalación del

producto; los problemas resultantes a partir de ahí los solucionarían desde la

centralita de la empresa. Se dirigió hacia su coche apretando el mando a

distancia y una vez en marcha el recuerdo del Sr. Juncosa fue abandonado

en el rincón de comisiones cobradas.

Los instaladores acabado su trabajo comenzaron a limpiar lo poco que

habían ensuciado y le pidieron algo para recoger el polvo resultante de la

aplicación del centro de datos a la pared de su dormitorio; les indicó donde

estaba la aspiradora desde el sofá y abrió la gruesa guía de utilización del

programa. Un ejército de letras formando escuadrones de palabras le

presentó combate a las dos páginas y él se batió en retirada cerrando la

guía, tranquilizándose a sí mismo con la excusa de un “después de cenar”.

Pero después de cenar no lo hizo, ni tampoco al día siguiente, así que no se

enteró de que debía pulsar la tecla que mostraba un pequeño rayo surgiendo

de una nube, la tercera de las diez que presentaba el panel de mandos, en

caso de tormenta, para evitar que un pico de electricidad afectase el

rendimiento del software.

Tras dos días sin prestar atención al programa decidió empezar a utilizarlo;

se acercó al panel y colocó su mano derecha en el relieve superior,

ocultando la forma hundida de una mano azul oscuro. El sistema se puso en

marcha y una luz celeste fosforescente iluminó el contorno de su mano. De

inmediato surgió una voz femenina que, con una dicción impersonal empezó

a escupir datos:

-Su presión arterial sistólica indica…- pequeña pausa y cambio de tonodoce.

Su presión arterial diastólica indica… ocho. Su temperatura corporal

indica… treinta y seis…con…cuatro. La lectura de su estado de ánimo le

recomienda…chill out… piano…o…clásica. El pronóstico meteorológico

facilitado por… Meteosat… es…soleado…con…riesgo de… chubascos… hacia

el…atardecer. Que tenga un buen día.

La luz celeste se apagó bajo su mano y el Sr Juncosa miró su reloj de

pulsera, marcaba las nueve y once de un sábado soleado.

Acabó de vestirse, impresionado aún por el escaneo, y cuando bajó al salón,

inconscientemente puso el CD The Piano de Michael Nyman en el

reproductor. Los cortes se fueron sucediendo entre pausas mientras él

desayunaba café con un par de tostadas. Una vez recogida la mesa de la

cocina se dispuso a salir para correr los dos kilómetros diarios que se había

impuesto para mantener el tipo hasta que su gimnasio volviese a abrir tras

las obras de reforma.

Cuando estaba a mitad de camino de regreso a casa el cielo empezó a

oscurecer y unos gruesos goterones lo empaparon en pocos minutos;

aceleró la marcha y cuando llegó a la puerta insertó la llave húmeda en la

cerradura. Un hilo zigzagueante de color azulado trepó a su mano y recorrió

su cuerpo varias veces con una velocidad chispeante.

En su habitación la voz femenina hablaba con la lentitud de un juguete sin

pilas:

-Su presión arterial sistólica indica…cero. Su presión arterial diastólica

indica…cero. Su temperatura corporal indica…cuatro…con…dos. La lectura

de su estado de ánimo le recomienda…visitar a su psicólogo. El pronóstico

meteorológico facilitado por…Meteosat…es…lluvioso…con…riesgo

de…tormenta eléctrica. Que tenga un buen día.

Wiskott


 

INTRUSOS 10 febrero 2010

Filed under: Amigos autores — wiskot @ 12:16


INTRUSOS

-Estás muy seguro de lo que dices. ¿Te has parado a pensar que, dependiendo de a quién le expliques lo que me cuentas, acabarás con una camisa de fuerza?

-Ese no es el tema. Lo que pasa es que tú, como muchos otros, te niegas a apartarte de lo que das por hecho para no tener que cuestionarlo. Reconoce que tiene su parte de lógica.

-Solamente si me dices que es material para tu trabajo de investigación, Iris. Y aún así, seguiría siendo demasiado arriesgado.

-Vale. Olvídalo.

Se levantó y se fue.

Era imposible discutir si ya de entrada el tema era rebatido.

Pero él sabía que podía ser, ¿por qué no?

Ellos eran los únicos que alteraban el entorno en vez de adaptarse, los únicos que debían fabricar sus métodos de defensa o ataque porque no los llevaban incorporados, ellos eran los que modificaban, contaminaban, agotaban recursos que utilizaban mal y demasiado deprisa.

Ellos eran la pieza que no encajaba, la pieza que el planeta intentaba quitarse de encima a toda costa porque no la reconocía como suya, la enfermedad que estaba matando todo lo que se cruzaba en su camino.

De hecho solo eran células gigantes que se reproducían vertiginosamente, formas de vida compuestas de proteínas pero diferentes de los otros, que solo modificaban mínimamente su entorno para protegerse, sin destrozarlo.

Y él lo notaba simplemente mirando a su alrededor.

Los bosques se le antojaban gigantes agrupaciones de moho, el mar citoplasma escurriéndose del interior del sitio en que debía permanecer, salado y viscoso como clara de huevo. No reconocía aquel mundo como suyo.

Él entendía los desastres naturales como ataques a los invasores; los terremotos sólo eran las sacudidas del perro intentando deshacerse de las molestas pulgas,las frecuentes inundaciones intentos de limpiar la piel granulosa sobre la que caminaban y los vendavales suspiros de impaciencia y desesperación.

El problema era hacérselo ver a los demás.

Y lo que habían desenterrado en la zona Gris… él soñaba con eso desde hacía años; el mismo sueño ininterrumpido, noche tras noche, las mismas imágenes, grabadas en su retina.

Él sabía que fue su llegada lo que precipitó a la muerte a la especie que dominaba este mundo.

Evolución…. mentira. La evolución no cae del cielo en llamas creando oscuridad y destrucción.

Pero seguro que preferían llamarle loco a tener que investigar su hipótesis.

El problema era que el método del resto del grupo era transitar siempre por el camino principal sinmolestarse en recorrer atajos y desviaciones, pero si lo pensaran con detenimiento notarían que nada les conectaba con las otras formas de vida existentes.

No, ellos no pertenecían a ese lugar y él descubriría si podía su punto de origen inicial y el motivo por el cual se trasladaron aquí.

Se dirigió a la zona de recuperación y paseó por el límite barriendo con la mirada los pequeños grupos de trabajo en busca de Suti. No le costó mucho encontrarlo, apartado de los demás, revisaba un cilindro estrecho y alargado de color ámbar.

Se acercó y miró por encima del hombro de su amigo lo que sujetaba.

Suti giró la cabeza, sobresaltado.

-No hagas eso.-susurró.

-¿Qué?

-Acercarte con tanto sigilo. Sígueme, aquí ya no hago nada.

Apretaron el paso en dirección a las barracas donde dormían y Suti comenzó a hablar en tono conspirador.

-Creo que he encontrado algo que puede servirte.

-Bien.

No dijeron nada más hasta haber cerrado la puerta tras ellos.

Suti se sentó en un inmenso cojín y le lanzó al otro el cilindro.

-Dentro hay algo escrito.

-¿Y has esperado para que lo abra yo?- preguntó con un hilo de voz.

-No exactamente. Lo haremos juntos. ¿Preparado?

Iris cabeceó de arriba a abajo.

-Bien.

Suti retiró la tapa de uno de los extremos del cilindro que Iris sostenía en las manos; un polvillo azul brillante salió del interior y quedó suspendido en el aire entre ellos.

-Está bien conservado-comentó Iris.

-Aún no lo has visto. ¿Cómo puedes saberlo?

-He visto otros y el polvo era color cobre en todos los que se corrompieron.

-Bueno. Todo tuyo.¿Crees que podrás interpretarlo?

-Sí. He estado haciendo prácticas y ejercicios de alteración de la lengua para un supuesto caso de aplicación de recursos y la máquina me ofreció las traducciones básicas que nos negaba cuando tecleábamos investigación.

-Ingenioso. Empieza, pues. ¿Necesitas material de escritura para hacerlo?

-No. Lo tengo todo aquí.- Se tocó la frente por encima de un ojo.

-Perfecto.

Iris se sentó junto al reflector de luz y comenzó a pasar lentamente el índice por las líneas del documento. La textura rugosa le acarició la yema del dedo.

Empezó a leer en silencio, moviendo los labios.

Al cabo de unos minutos levantó la cabeza y miró a Suti.

-Lo hemos encontrado.

No se atrevió a añadir nada más pero en su cerebro empezaron a girar las palabras en un tornado de nerviosismo feliz.

“Tenía razón. Yo he sido el que ha hecho el descubrimiento más importante de todo este sistema de trabajo. Tendrán que escucharme, por fin.”

Enfocó de nuevo la mirada en Suti al oír su voz.

-¿Qué dice exactamente sobre el origen de nuestro pueblo?. Suponiendo que estés seguro al cien por cien de que trata sobre nosotros.

-Lo primero de lo que habla es de una revuelta entre iguales como consecuencia de una lucha de poder entre dos clanes. Explica como uno de ellos desterró al otro tras un asesinato de crueldad insuperable. Mediante una proposición de diálogo un grupo encerró al otro en un transporte y los pusieron en secuencia de búsqueda de entorno habitable. Los desterrados despertaron de la hibernación inducida aquí. Deliberaron sobre las consecuencias de sus actos y decidieron tomar ejemplo de las diversas formas de vida que hallaron a su llegada. Todo encaja.

-Pues no logro ver cómo.

Iris se levantó con el documento en la mano y miró a Suti con una expresión entre el excepticismo y el enojo.

-Por eso estamos encontrando tantas referencias a híbridos.

-¿Qué?

-Recuerda las mujeres con cabeza de rana o hipopótamo. El hombre chacal, el hombre águila, la mujer que lleva un escorpión sobre la cabeza.

-Sigo sin entender nada, Iris.¿Dónde encajan esos híbridos en nuestro origen?

-En la culpa. Recuerda, Suti, que acabaron desterrados aquí por cometer un asesinato en el lugar al que pertenecían. Cuando despertaron aquí estaban demasiado avergonzados de ellos mismos por ello y decidieron cambiar su cultura, tomando como referencia los seres vivos que medraban en este sitio.

Alguien golpeó la puerta haciendo que saltaran al unísono.

-Iris. ¿Estás ahí dentro?

El aludido respiró aliviado.

-Sí. Estoy revisando mi trabajo de investigación.-contestó mientras abría la puerta con aire de triunfo.

-Ubis quiere verte. Será mejor que le expliques todo lo que me contaste esta mañana. Han encontrado algo que apoya tu teoría y Ubis habló conmigo sobre ti. Va en serio. No se te ocurra usar con él ese tono de voz conque me abriste la puerta o lo echarás todo a perder.

-¿Ubis ha hablado contigo de mí?

-Es lo que he dicho.

Iris se apoyó en una pared, sin poder creer el cambio en el curso de los acontecimientos.

Suti lo devolvió a la realidad con un empujón al tiempo que hablaba.

-Si no te das prisa todavía mandará alguien a buscarte. Ve.

Iris lo miró.

-¿Vienes?

-No es a mí a quien llama. Ya hablaremos más tarde. Suerte.

-Si no te importa a mí si me gustaría estar presente.

-De acuerdo, Orus. Pero que conste -los miró a ambos- que si alguien tiene realmente derecho a estar en esa conversación es Suti, no tú.

-Me doy por aludido.

-No seas rencoroso, Iris- contestó Suti-. Sabes de sobras que incluso a mí me costó plantearme esa cuestión desde tu punto de vista.

-Tienes razón. Lo siento, Orus. Vamos.

Ubis permanecía sentado en su cojín mientras daba las órdenes finales.

Sabía que Iris no tardaría en llegar pero no le preocupaba, hasta que él no lo ordenase no podría acceder a la sala y ya estaba todo preparado de todas formas.

No era la primera vez que interpretaba esa pequeña función y no sería la última, estaba seguro de ello.

Lo que le molestaba era el trajín que comportaba la escenificación de su interés por el supuesto “descubrimiento” de Iris y el posterior trabajo de limpieza.

Un observador casual lo hubiese descrito como un viejo cocodrilo al acecho. Su persona era el único elemento carente de belleza en la estancia que ocupaba, como si se hubiese rodeado de cosas hermosas para acentuar más la fealdad rayana en la repugnancia de su rostro.

Ante las puertas de la sala Iris apretó el brazo de Orus.

-¿Cómo es?

-Oh. Como una serpiente.

Iris lo miró en silencio tratando de interpretar bien el tono de Orus.

Como de costumbre Orus interpretó mal su falta de respuesta.

-Venga, sabes que todos lo llamáis así en las barracas. No te hagas el tonto conmigo.

Dos hombres lanza arrastraban un pesado objeto compuesto de metal dorado y diversos colores lacados delante de Ubis.

-Ahí- dijo este.

Los lanza dejaron de empujar.

-Podéis marcharos.-Su voz era arrugada y rasposa como la tierra de las excavaciones situadas al este.

Las puertas se abrieron sin previo aviso e Iris se encontró delante del recinto más grande que hubiera visto jamás en toda la zona del pueblo.

Orus lo empujó disimuladamente y de forma automática encaminó sus pies al encuentro del anciano al que todos temían.

A medio camino se detuvo ante un objeto de tonos dorado y multicolor con una tapa plateada que reflejaba la luz del atardecer.

-Puedes acercarte a observarlo- graznó Ubis.

Iris extendió la mano y tocó aquella superficie resbaladiza.

-¿Qué es?- preguntó.

-Un regalo.

Se miraron.

-En reconocimiento a la labor a la que te has dedicado con tanta obstinación.

Iris sonrió. Era la primera vez que interpretaba mal algo que se le decía.

-¿Qué es?- preguntó de nuevo.

-Es la respuesta a todas tus preguntas. Solo tienes que entrar.

Como si reaccionase a las palabras de Ubis la tapa se deslizó mostrando un hueco del tamaño y forma exactos al cuerpo de Iris, forrado en un suave terciopelo de color granate. Iris se descalzó e introdujo un pie dentro, una sensación mullida se adaptó a él; metió el otro pie y se estiró de espaldas en el interior, el terciopelo se adaptó a la totalidad de su cuerpo ejerciendo primero una presión muy leve que fue aumentando a medida que la tapa se movía, tapando de nuevo el objeto.

Al cabo de unos instantes un líquido granate y espeso mostró un sinfín de puntos en los laterales del sarcófago que empezaron a convertirse en gruesas líneas que chorreaban a cámara lenta hacia el suelo. Los gritos de Iris sólo ensordecieron sus propios oídos mientras en el silencio de la sala la voz de Ubis ordenaba a los hombres lanza que recogiesen las sandalias que esperaban manchadas en el suelo y empezasen a limpiar.

Wiskott


 

Álbum de fotos 2 febrero 2010

Filed under: Últimas noticias,Información — catigomez @ 19:35
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Voy a ir mostrando aquí las preciosas fotos que me estáis enviando para ilustrar vuestros relatos. Así, si alguien ve alguna que le guste para su relato, no tiene más que copiarla o pedírmela, y yo se la pondré encantada. ¡Además de escritores, sois unos fotógrafos estupendos! Recordad que si alguien quiere poner algún tipo de licencia a sus fotografías o prohibir su distribución por Internet, deberá avisar cuando las envíe. ¡Gracias a tod@s, artistas!


Claudia Aynel

LagoClaudia2

Claudia Aynel-Jotunheim

https://relatossorprendentes.files.wordpress.com/2009/09/kjosfossen-ii.jpg?w=237&h=381

Claudia Aynel-Kjosfossen

https://relatossorprendentes.files.wordpress.com/2009/09/istanbul-i.jpg?w=500&h=332

Claudia Aynel-Istambul

https://relatossorprendentes.files.wordpress.com/2009/09/santa-sofia-i-copia.jpg?w=439&h=252

Claudia Aynel-Santa Sofía

https://relatossorprendentes.files.wordpress.com/2009/09/ayasofia-i.jpg?w=280&h=416

Claudia Aynel-Ayasofía

https://relatossorprendentes.files.wordpress.com/2009/09/bluemosque-i.jpg?w=600&h=440

Claudia Aynel-Bluemosque


Wiskott

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Apetito carnal

Filed under: Amigos autores — tiberiocesar @ 16:00

I

APETITO CARNAL


El ventilador removió el aire caliente, estancado en la habitación durante todo el día. En el exterior el verano tendía sus redes; una calima que ahogaba los sentidos y atoraba la voluntad. Nestor había pasado todo el día adormilado, tendido en el sofá cutre de la habitación que ocupaba en el “Motel Yucatán”, un anodino tugurio de carretera.

Ya no sabía cuanto tiempo llevaba allí, ni le importaba; se incorporó pesadamente y se sintió mareado, miró a su alrededor y contempló, con una mezcla de angustia e indiferencia, los restos esparcidos de su última comida: pizza y un par de latas de cerveza. Rebuscó en su interior, intentando poner en orden sus sensaciones. Nada, absolutamente nada.

El ordenador portátil seguía encendido. Nestor se aproximó algo más vivo, como si de repente hubiera recobrado el control sobre sí mismo. El programa de descargas seguía activado, varios archivos bajaban de la red a velocidad de vértigo. Tecleó algo y la pantalla parpadeó; al momento tenía frente a él decenas de carpetas ordenadas en columnas; puso el cursor sobre la primera de ellas y esperó a que el sistema le mostrara los archivos fotográficos que contenía.

Los ojos de Nestor brillaban maliciosos, resbalaban sobre las fotos relamiéndose en las impúdicas imágenes. Decenas de muchachas, algunas apenas unas niñas, se mostraban ante él, sólo para él. Sudaba copiosamente, sintió como el pulso se le aceleraba, agolpándose en las sienes. La imperiosa necesidad de masturbarse le arrebató nuevamente la voluntad. Ya no era suficiente, necesitaba más… y la noche estaba tan cerca; el chillido incoherente de una orquesta de grillos en el pinar cercano anunciaba el ocaso. Nestor se relajó, por un momento pensó que podría vencer nuevamente sus anhelos, su apetito irreprimible. Instintivamente se llevó la mano al tobillo, la luz roja de la pulsera telemática, parpadeaba amenazante. ¿Valía la pena? El impulso era cada vez más fuerte; Nestor deambulaba frenético por la habitación, las cuatro paredes parecían reducir su espacio vital, y la sensación de ahogo y claustrofobia era cada vez mayor. Necesitaba salir a la calle, respirar aire puro, alejarse de aquella pantalla de ordenador, que despertaba en él un hambre atávica, incrustada en sus genes, y que era incapaz de saciar por más que alimentase sus instintos.

Se vistió apresuradamente y salió al exterior. El aparcamiento del motel estaba prácticamente vacío, apenas un par de coches aparcados disimuladamente en la parte trasera; ninguno de los clientes del establecimiento estaba demasiado interesado en ser localizado en semejante lugar. El motor del destartalado Ford Fiesta rugió, en medio de un gran estrépito. Se incorporó a la circulación con una maniobra temeraria; las ruedas chirriaron sobre el asfalto, antes de dirigirse a la ciudad.

Las luces de neón flanqueaban la avenida principal, Nestor se sentía en medio de un carrusel adictivo, un laberinto de pasiones desatadas, un buffet libre para saciar el apetito que lo enajenaba.
Había de todo para elegir, el alimento de su lujuria desfilaba ante él, como un coro complaciente que le atraía con sus voces sugerentes –Todo para ti, todo para ti – Las voces retumbaban en su cerebro, transformando el deseo en un estímulo físico, difícil de disimular. Ocultó el vehículo en un callejón, las luces parpadeantes deformaban su rostro, ahora sí, ahora no. Su instinto de cazador hambriento le hizo internarse en un pequeño parque, allí la luz era más escasa; las farolas rotas sembraban de sombras los senderos, rodeados de vegetación. Tenía hambre, cada vez más; ya no importaban las consecuencias, ni la pulsera telemática, ni la cárcel, aquella jaula de abstinencia que tanto temía.
Olisqueó el aire, una amalgama repugnante invadió sus fosas nasales; hedor a orines, excrementos y bajos instintos esparcidos tras cada matorral, en cada banco. Necesitaba una presa de la que alimentarse, antes de que los flujos de su apetito, se esparcieran sin sentido.

La muchacha se despidió, con un gesto cariñoso; todavía estuvo un rato quieta, pensativa, mientras la motocicleta se alejaba rugiendo por la avenida. Nestor sintió el vacío en el estómago, las mariposas cosquilleando en la entrepierna acrecentada; un hormigueo que precedía al bombeo excesivo de sangre, hizo que se le nublara la vista. Deseaba aquel bocado, aquella hembra de movimientos oscilantes, de carnes frescas; estaba ávido de saborear la salina esencia de su piel. La muchacha dudo un instante, hasta que finalmente penetró en la oscuridad del parque. Nestor la vio disiparse entre los claroscuros, y la siguió entre los matorrales. Se había convertido en una bestia hambrienta; en realidad era una bestia, siempre lo había sido. Ya podía oler la fragancia que emanaba la muchacha, oír sus pequeños pasos arrastrándose sobre la zahorra del camino. Tenía hambre, mucha hambre.

No pudo reaccionar, Nestor se abalanzó sobre ella surgiendo de la espesura. Ni siquiera tuvo la oportunidad de gritar; estaba sobre ella desgarrando sus carnes, arrancándole el pelo a bocados, lambiendo su piel, y a cada momento deseaba más y más probar su sangre. La presa pataleó y arañó en vano, sus fuerzas se fueron agotando poco a poco, y la resistencia se hizo cada vez más débil, hasta quedar anulada por completo.

Al amanecer, los restos de la muchacha quedaron expuestos como carroña. Nestor, la bestia, regresó a su cubil. La lúgubre habitación del “Motel Yucatán”, parecía menos asfixiante.
Las sirenas de los coches policiales rompieron la tranquilidad de la calle vacía. Las luces de neón yacían frías, sin vida; los dos hombres, con aspecto somnoliento, se aproximaron al cuerpo destripado y cubierto de sangre. Echaron un vistazo y se retiraron a un aparte, lejos de las miradas curiosas de los agentes uniformados, que conversaban indiferentes alrededor del cordón policial.
-Es él. –Afirmó el que parecía más veterano. Se rascó el pelo entrecano y resopló fastidiado.
-¿Tú crees? –Preguntó el otro, mientras volvía a mirar el cadáver, por encima del hombro de su compañero.
-¿Seguro…? Tú has visto eso igual que yo, la ha matado a dentelladas, literalmente a mordiscos, ¿no te recuerda nada? –El otro se encogió de hombros, era demasiado temprano y no estaba para gaitas.
-Si tú lo dices. –Aceptó resignado.

El subinspector Celso Madariaga era un hombre curtido, como solía decir él mismo, “un caimán de colmillo retorcido”; miró a su compañero de hito en hito y escupió entre sus pies.
-¿No tienes hambre? –El otro miró de reojo hacia el lugar en donde yacía el cadáver.
-No mucha, la verdad. –Admitió.
-¡Bah! –Espetó el subinspector Madariaga. –Yo voy a pillar unos churros. Eso es lo mejor para asentar el estómago. –Y sin mediar palabra regurgitó un sonoro eructo y un tufillo hediondo salió de su boca.
Varios agentes uniformados le saludaron al pasar; Madariaga los miró de refilón sin hacerles ni caso. Justo en la acera contraria, junto a una solitaria palmera, estaba la churrería; una vistosa gitana, cargada de cadenas de oro y con un voluminoso rodete sujetándose el pelo, removía la masa en el aceite hirviendo, la tiempo que canturreaba una conocida copla sin demasiada fortuna. Al verle aproximarse, se puso tiesa como una vara.
-Tranquila mujer, yo ya he tenido bastante por hoy. Ponte un par de ruedas de ésas, de las que estás haciendo. No me vayas a endiñar una esponja frita.
La gitana no dijo ni “mu”, envolvió los churros en papel de estraza y se los ofreció a Madariaga.
-Invita la caza. –La gitana, que sudaba a chorros, sonrió mostrando sus colmillos de oro.
-¡Vaya! ¡Rubito! ¡¿Seguro que no quieres unos churros?! –El rubio hizo un gesto negativo con la mano.
-Otro día hermosota… es maricón, pero no lo digas muy alto. –La gitana se rió por lo bajo. Madariaga cruzó de nuevo en dirección al parque. Los agentes tenían pinta de estar aburridos y hambrientos, el olor a churros que desperdigaba el subinspector los despabiló.
-¡Anda que has dicho algo pisha! –Le espetó al paso uno de los uniformados.
-¡Qué te jodan gaditano! –Contestó Madariaga, sin dejar de masticar.

El subinspector Ibor era bastante más joven que Madariaga, el cual le doblaba la edad. Se había incorporado recientemente a la Brigada de Homicidios de la Comisaría de Algeciras, y según su veterano compañero, estaba más verde que una vara de olivo.
-¿Qué pasa maricón, se te ha cerrado el estómago? –Ibor torció el gesto.
-Oye Celso, te considero un amigo, y se que ésos comentarios homófonos, los haces sin intención de joderme, pero te agradecería que no lo convirtieras en algo habitual… no quiero que perdamos la confían… -Madariaga le puso los dedos en la boca, estaban aceitosos, e Ibor no tuvo más remedio que recular para apartarse de ellos.
-A lo mejor prefieres que te llame gay… pero ¿tú tienes un coche caro… un chalet en…? –En esta ocasión fue Ibor el que cortó en seco a su compañero.
-No sigas, ya conozco el chistecito, y no tiene ni puta gracia ¿vale? –Era la primera vez desde que se conocían, que Ibor le ponía las cositas claras a Madariaga; empezaba a estar harto de sus pullitas.
-Vale, vale, joder con el mar… -Madariaga se cortó a tiempo. –A lo nuestro; te digo que a esta desdichada se la ha cargado nuestro amigo, no tengo la menor duda. –Afirmó con rotundidad, mientras hurgaba con sus dedos en el papelón de grasientos churros.
-¿Pero cómo puedes estar tan seguro? Ni siquiera hemos hecho una inspección ocular como Dios manda. –Era un cabrón redomado, de eso no cabía duda, pero era bueno e Ibor lo sabía. Reunía como investigador todas las características que el jamás tendría. Era sagaz, o más bien perspicaz, y un jodido sabueso; jamás olvidaba un crimen, jamás daba por cerrado un caso hasta no haber encerrado al culpable. Ni un solo chorizo, que se hubiera cruzado en el camino del sargento Celso Madariaga podía descansar tranquilo, siempre estaría en el punto de mira.
-Lo sé. –Fue la única respuesta de Madariaga.


Diego Castro Sánchez