Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Campaña solidaria: Una navidad, un niño, un libro 27 noviembre 2009

Filed under: Últimas noticias — catigomez @ 13:54
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Fuente: Libro Virtual.org


Esta Navidad, haz algo bueno de verdad por los niños.

CAMPAÑA SOLIDARIA: Una navidad, un niño, un libro

DURANTE EL MES DE DICIEMBRE

Los autores de LibroVirtual.org han aportado relatos, cuentos, poemas e ilustraciones en su mayoría inéditos para la realización de un libro que tiene como tema principal la Navidad y los niños.

Este Libro Solidario, que tiene como título el nombre de la campaña, estará disponible en los formatos eBook más populares, y se ofrecerá para lectura y descarga en la web, bajo la firma Escritores Solidarios.
Los lectores podrán descargarlo o hacer una donación a Escritores Solidarios por el importe que ellos decidan.
También podrán adquirir la versión impresa a través de Bubok.

De igual forma se ofrecerá a todas las empresas y particulares que quieran enviarlo como felicitación a sus clientes y amigos -en lugar de los christmas de siempre-, u ofrecerlo en su web para descarga gratuita, a cambio de una donación voluntaria o a través del sistema Partner LV.

TODOS LOS BENEFICIOS QUE SE OBTENGAN POR DESCARGAS, DONACIONES O VENTAS SERÁN ENTREGADOS A LA ONG DE AYUDA INFANTIL “FUNDACIÓN PEQUEÑO DESEO”, que ha sido elegida por votación entre los mismos autores del libro.

¿CÓMO SE PUEDE COLABORAR CON ESTA CAMPAÑA SOLIDARIA?

Son múltiples las maneras de ayudar a esos niños,y cada cual puede elegir la/s que quiera para aportar su contribución:

REGALANDO LIBROS PERSONALIZADOS A QUIEN QUIERAS, POR UNA ÚNICA DONACIÓN IGUAL O SUPERIOR A 10€
La portada del libro (en formato PDF) se personalizará para cada empresa o particular que aporte su contribución a partir de 10 €, con su logotipo o nombre, junto al lema “… ha ayudado a conseguir una Navidad mejor para los niños” y un enlace a la dirección web que deseen.
Enviar el libro por email a tus clientes o amigos es una manera diferente, original y solidaria de ayudar a la causa.
Quienes participen de esta forma también aparecerán en la lista de agradecimientos de esta página.
Pasos para ayudar a la campaña solidaria de esta manera:

  1. Haz tu donación a través de PayPal o mediante ingreso o transferencia bancaria en la cuenta de CCM: 2105 0036 18 1290026030
  2. Envíanos un correo a solidario@librovirtual.org dándonos algún dato para localizar tu donación.
    Indícanos tu nombre o el de la empresa, adjúntanos tu logotipo si procede, y la página web donde quieres que enlace la portada del Libro Solidario.
  3. En apenas unas horas recibirás en tu email el PDF personalizado del Libro Solidario, para que lo envíes a todo el que quieras.
    ATENCION: El Libro Solidario ya está disponible.

HACIENDO UNA DONACION A ESCRITORES SOLIDARIOS O DESCARGANDO EL EBOOK POR POCO MÁS DE 1 €
Te costará eso, solamente 1 € (si es donación), 1€ y algo (si es descarga) o lo que tú decidas. Menos de lo te cuesta un café, una cerveza, un viaje en autobús… y será para los niños que más lo necesitan.

  • Haz una donación a Escritores Solidarios por PayPal ahora o envíanos un correo a solidario@librovirtual.org diciéndonos cuánto quieres dar, y te enviaremos la solicitud de pago.
  • Descárgate el Libro Solidario en formato eBook (PDF, LRF y EPUB) desde LibroVirtual.org
    o añádelo a tu Librería Personal si estás registrado e identificado
    o descárgalo desde Bubok.

ATENCION: El Libro Solidario ya está disponible.

COMPRANDO EL LIBRO SOLIDARIO IMPRESO
Si prefieres sentir el tacto del papel, o quieres regalar (o regalarte) la versión impresa del Libro Solidario, está disponible en Bubok.

ATENCION: El Libro Solidario ya está disponible.

PARTICIPANDO COMO COLABORADOR SOLIDARIO
Si eres un particular o representas a una empresa que quiere aportar su donación o participar en el programa Partner LV con este libro, o en general ayudar de la manera que sea posible, escribe a solidario@librovirtual.org con el Asunto “Quiero ayudar en la campaña solidaria de Navidad”.

¡Muchas gracias por adelantado a todos los que ayudaréis a darle una mejor Navidad a los niños!

Autores solidarios que han participado en el libro:

Ilustraciones

Blanca Bk (portada)
Ana Cristina Martín
Agustín Garriga
Mario de la Cruz
NinaR
Fernando Prats
Alexandrina Pinto
Miguel Angel Martínez
Juan Carlos García del Blanco

Relatos y cuentosSilvia Ochoa Ayensa
Conchita Ferrando
Mª Dolores Alonso
Manuel Ferrer
Marta Bolet
Antonio Arteaga
Antonio Constán Nava
Lola Montalvo
Federico Fayerman
José Gómez Muñoz
Niobe
Belén Arteaga (11 años)
Daniel Hernández
Harol Gastelú Palomino
Celsa Barja
Daniel Hernández Rodríguez
Mario Jesús Salomón Escobar (9 años)
Daniel Hermosel
Natalia Linares
Almudena Romea García (8 años)
Diego Castro Sánchez
Mayte Moro Artalejo y
José Luis Latorre Rivas
Catalina Gómez Parrado
Emcharos
Carmen Gómez Ojea
Toño Prado
Daniyecla
Silvia Penedo Torres
Carolina Lorenzo (12 años)
Benet M. Marcos
Yolanda Díaz de Tuesta
Poemas

José Manuel López Martín
José Ramón Marcos Sánchez
Rosario Bersabé Montes
Paquita Dipego
Mari Carmen Espinosa
Emmanuel Quiñones
Emili Gallego Sampedro
Fernando Sabido Sánchez

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De amantes 13 noviembre 2009

Filed under: Amigos autores — tiberiocesar @ 19:23


PRIMER PREMIO DEL XX CERTAMEN BISEMANAL DE BUBOK



Si alguien en la ciudad de Roma
Ignora el arte de amar, lea mis páginas, y ame
Instruido por mis versos…

Publio Ovidio (El arte de amar)




Cuando mis pies pisaron por primera vez el magnífico escenario del anfiteatro, mi preceptor Arelio Fusco, afirmó:
-Roma, la puta que te hará llegar al clímax para después abandonarte hecho jirones a orillas del Tiber. No lo olvides nunca Ovidio: jamás ames a una ramera.
Yo era joven, y por ende inexperto en cualquier cosa que no fuera seguir a pies juntillas a mi maestro; Sulmona quedaba lejos y había tanta belleza que abarcar que apenas si tenía tiempo de respirar.
Habíamos huido de la intransigencia de mi padre, el cual deseaba hacer de mí un hombre de provecho, en contra de mi deseo de convertirme en poeta; con nuestras actuaciones a lo largo del camino conseguimos reunir lo suficiente para arrendar un cubiculum maloliente, en una de las muchas insulae que jalonaban el discurrir del Tiber a su paso por Roma. En aquellos días empecé a escribir; aprovechaba las horas nocturnas, cuando el bueno de Arelio Fusco salía para no regresar hasta altas horas de la madrugada, y esbozaba ideas que venían a mi mente, más bien de forma inconexa. Algunas veces un verso, otras un ripio, incluso alguna vez dejaba que mi imaginación divagara a su aire por los vastos páramos de la épica. Jamás pensé que un día mis escritos pudieran gozar del beneplacito del público. Menos aún de ella.
A medida que los días y las semanas iban pasando, el ambiente pútrido en el que nos movíamos a diario iba infectando el alma de mi maestro. Que triste sinrazón la del querer y no poder; a menudo regresaba a casa con la mirada perdida en si mismo, con sus pergaminos debajo del brazo y el ánimo encorvado sobre su espalda. Él, que tanto empeño había puesto en emprender aquella aventura, flaqueaba en su voluntad y parecía querer dejarse ir a merced de la derrota.
Pero hay que comer todos los días; ése fue el sino inmutable que me impulsó a cometer un acto del cual mucho después tendría que arrepentirme.
Una noche, después que Arelio volviera a nuestro cubiculum, borracho y ahíto de desesperación, colé entre sus papeles una de mis poesías. No era gran cosa, una estúpida oda al amor, palabras que apenas engarzaban las unas con las otras. ¿Quién sabe si el designio de las musas no acabaría por sonreírnos? Fue así como la conocí; Livia, la mayor embaucadora que jamás conoció la Ciudad Eterna, la esposa del Divino Augusto.
Recuerdo aquellos versos como si los hubiera escrito hoy mismo, en el ocaso decrépito de mis días:

Si alguien en la ciudad de Roma
Ignora el arte de amar,
Lea mis páginas, y ame instruido por mis versos

Continuaba de igual modo, en rimas de medida más o menos nítida. Hablaban de barcos cuyas velas hinchaba el viento del amor, de remos que herían las límpidas aguas de un mar sereno; un melifluo canto que acabó embriagando el alma de Livia. Aquella noche Arelio regresó con el ánimo renovado. Su semblante tétrico y mortecino había cambiado, se sentó en el suelo y junto al débil fuego del hogar escribió sin parar hasta quedar extenuado. Cuando se durmió repasé sus notas. El mismo estilo rígido y falto de armonía de siempre; suspiré y me dejé llevar de nuevo en alas de la emoción.

-¿Qué valor tiene la palabra? –Declamó Arelio Fusco; parecía el mismísimo Cicerón. Se plantó en mitad del escenario con el cetro en la mano y la mirada perdida en la lumbre de los hachones que iluminaban la escena. -¿Qué esencia esconde la poesía, capaz de moldear el espíritu?–Aquella noche me había llevado con él. Estaba nervioso y se movía sin parar de un sitio a otro.
-Mis papeles Ovidio, no olvides mis papeles. –Repetía una y otra vez.
-Quizás esta noche cambié nuestro destino, mi buen Ovidio. La fama me espera a las puertas del anfiteatro. Saldré en triunfo de su mano y Roma entera me aclamará por fin. Yo sonreí para mis adentros y accedí a acompañarle; la función debía continuar.
El pueblo se acomodaba en graderías de césped; como abejas que acudieran a libar el polen de las flores, hombres y mujeres de toda condición se amontonaban para deleitarse con aquellas palabras declamadas en la noche.
Ella estaba allí, como una diosa –Venus riéndose desde su templo –que se deleitara de placer.

Ya nos marchábamos cuando el pretoriano interrumpió a mi preceptor. Arelio levantó la cabeza; el pelo hirsuto y enmarañado le daba el aspecto de un fauno despistado.
-¿Eres tú el poeta? –Preguntó sin apenas mover su cuadrada mandíbula.
Mi preceptor asintió.
-Acompáñame.

Livia era una mujer elegante, o tal vez la elegancia hecha mujer.
-Dime, poeta. ¿Sabes cuanto daño pueden hacer tus palabras? –Arelio enmudeció. De repente se sentía un ser pequeño, diminuto; sus ojos vivaces miraban alrededor buscando una salida.
-¿El orador elocuente ha perdido el don de la palabra? ¿No parecías mudo hace unas horas? –Livia se aproximó como una serpiente, buscando enroscarse entre las piernas de su víctima inocente.
-No se que quieres decir. Si no te ha gustado mi recital, puedo hacer los cambios que desees. Mira, aquí mismo tengo mis papeles.
-No necesito leer tus papeles, llevo tus palabras grabadas a fuego en mi alma. “Si alguien en la ciudad de Roma…” –Livia deslizó sus dedos entre el vello revuelto que adornaba el pecho de Arelio. No era un hombre atractivo al sexo femenino, pero aquella noche de primavera romana, el triunfo parecía haberlo transformado en el mismísimo Apolo.
-¿Quién es el muchacho que aguarda en el peristilo? –Quiso saber.
-Se llama Ovidio, es mi pupilo. Es el hijo de un noble caballero de la ciudad de Sulmona. –Como bien había dicho Livia yo aguardaba a Arelio en el peristilo de la casa, jugando con unos peces de extraños colores que jugaban al escondite entre los nenúfares del impluvium.
-Despídelo. Entrégale unas monedas; ya es un muchacho, no le costará hacerse un hombre con alguna mujer en el barrio de las meretrices.
Un criado vino a buscarme; ni siquiera abrió la boca, dejó sobre la palma de mi mano unas monedas de oro, las más grandes que jamás había visto en mi vida, y se marchó tan sigilosamente como había venido.

El cuerpo desnudo de Livia era como un laberinto. Con el lenguaje de los dedos trazó su mensaje en la espalda de Arelio, el cual se estremeció con una mezcla de temor y pasión desenfrenada.
-Recita para mí, poeta. Embriágame con el dulce néctar de tus palabras. –Livia deslizó un murmullo de lujuria en los oídos de mi preceptor.
El vino predispone el ánimo. Y las frecuentes libaciones disipan la maraña de la vergüenza con suma facilidad.
-…la frescura de tú tez y las gracias de tú cuerpo ¿Habría de enumerar las virtudes que te ensalzan? Antes contaría las arenas del mar… -Arelio Fusco continuó, ebrio ante la desnudez de Livia, herido de pasión y frenado por la mano invisible de la cordura.
La noche se fue deslizando con pereza; Roma, la puta desdeñosa, amaneció. Las aguas del Tiber resbalaban cenagosas y pútridas bajo los puentes. Los que hallaron el cuerpo de Arelio Fusco dijeron que tenía una expresión idiota. Yo lloré a mi preceptor como el niño que era, pero más aún lloré por la desgracia que le habían supuesto mis palabras. Oculté el verso envenenado y seductor que le arrojó a lecho ajeno, lo escondí en la memoria y lo enterré bajo cientos de pergaminos que el tiempo fue acumulando sobre su recuerdo. Pobre Arelio Fusco que tan sólo quiso ser poeta, agradar a la puta de Roma con su lírica. Siempre he recordado sus palabras, incluso ahora que el mundo me reconoce como el gran Publio Ovidio. Nunca ames a una ramera, nunca ames a Roma.


Diego Castro Sánchez


 

Y Malena se deshizo cantando un tango 7 noviembre 2009

Filed under: Mis relatos — catigomez @ 13:10

Éste es uno de los trece relatos que podréis encontrar en mi novela, El baúl de la tía Berta. Si os apetece leerla, podréis hacerlo con toda comodidad en Libro Virtual, o podréis comprarla o descargarla gratis como ebook en Bubok. Espero que os guste.



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"Tango Argentino II" de Pedro Álvarez

De todo el barrio de Mirambel, el Cambalache era la taberna de baile más famosa y concurrida. Las tablas de sus paredes rezumaban tango como sus parroquianos sudor, pero no el tango fino de barrio alto, sino el arrabalero, ceñido y arrastrao. Al caer la tarde, obreros y estibadores, prostitutas, soldados, chulos y marineros se arrastraban hasta allí, dejaban sus miserias en la puerta y se entregaban al tango con frenesí, dejándose la piel sobre el serrín y las colillas del entarimado. El tango entraba por sus oídos y se metía en sus venas, les llenaba, les poseía, les limpiaba del alma las desgracias cotidianas y la henchía de ritmo sensual, que derrochaban con sus parejas, cuerpo a cuerpo, por toda la sala. Entrada ya la madrugada, salían rebosantes de vigor, pero sus desdichas les aguardaban en la puerta para arrastrarles de nuevo a sus pequeñas vidas, hasta la noche siguiente.


Y los viernes cantaba Malena. El local se llenaba de gente solitaria, algunos desperdigados en las mesas frente a la tarima, los más de pie, apretujados cerca de la barra, esperando a que apareciese Malena y les sacudiese el alma. Y Malena salía y, sin mirar a nadie, comenzaba a cantar. Acompañada tan sólo por el lamento del bandoneón, les contaba historias cercanas de amores desgraciados, en los que cada uno de ellos se reconocía. Pasiones, traiciones, esperanzas y sueños rotos, que les hacían sentirse un poco menos solos en las tristes noches de arrabal. El tango unía así los corazones de aquellas gentes que, aunque tan dispares, amaban y sufrían de igual modo. Todos, salvo Malena. A ella, aquellas historias desdichadas le eran ajenas. Aunque había tenido a muchos hombres, jamás había experimentado el sufrimiento, jamás se había enamorado. Usaba a un hombre hasta que encontraba otro mejor y entonces se deshacía del primero sin vacilar. Sin preguntas, sin reproches. Malena mantenía intacto su orgullo y poco le importaba el de sus amantes. Hasta que conoció a Roberto.


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"Tango Argentino" de Pedro Álvarez

Roberto llegó al Cambalache la noche de un viernes de abril. Apoyado en la barra, no dejó de mirarla mientras cantaba, altivo… perfecto… Malena sintió su mirada atravesándole la piel hasta hacerle despertar su corazón dormido. Cantó para él, bailó con él y se entregó a él sin condiciones. Por primera vez en su vida, Malena se desnudó el alma antes que el cuerpo, y aquel hombre se tragó ambas cosas a un tiempo, sin compasión. Durante muchas noches la tuvo, la usó… y cuando se cansó de ella, la abandonó sin vacilar. Malena le había entregado todo el amor que llevaba dentro y que jamás antes había utilizado, el amor que sólo podía entregar una vez, y Roberto, indiferente, lo había arrojado a la escupidera. Malena se quedó vacía y pronto el vacío se le llenó de dolor y deseó hacer cualquier cosa para dejar de sentirlo. Se humilló, suplicó, se arrastró y tan sólo logró provocar la repugnancia de Roberto. Por primera vez Malena supo lo que era la tristeza de un amor desgraciado. Por primera vez, sintió el tango bajo su piel. Y una noche de noviembre, lo dejó salir.


En el local la aguardaban los de siempre, deseosos de escuchar sus tristes vidas plasmadas en una canción. Ninguno imaginaba que Malena, la impasible, iba a entregarles la suya. Con la pena anidada en la garganta, Malena comenzó a cantar. Vertía su tristeza en cada nota, en cada gesto, hasta impregnar el aire de ella. La derrota en su voz les llegó a los presentes como una confesión y pronto un respetuoso silencio se adueñó del Cambalache. La reconocieron como a una igual, como a su comadre y sufrieron con ella. Sollozos apagados recorrieron la sala en una corriente de pena común. En la barra, agarrado a una mujer, Roberto la ignoraba, centrada toda su atención en las caderas de su nueva amante. La tristeza de Malena le resultaba cómica y sólo le inspiró desprecio. Malena cantó de nuevo para él, como hiciera la primera noche, pero ahora las miradas de él eran burlonas y sus labios se llenaban del sabor de otra mujer. La amargura se le hundió a Malena hasta enredarse en sus entrañas y el dolor la desgarró por dentro hasta quebrarle el corazón. Los que se encontraban más cerca de ella, pudieron oír el tintineo de los pedacitos cayendo sobre la tarima. Malena, con el corazón roto, siguió volcando su desdicha en la voz, transmitiéndola a cuantos la escuchaban, provocando por toda la sala los llantos silenciosos de sus compañeros de desgracias. Roberto y su amante, hastiados ya, abandonaron el local sin reprimir su regocijo. El eco de sus risas atravesó a Malena hiriéndola de muerte. Su sufrimiento llegó a tal intensidad que la destrozó y, ante la mirada atónita de sus compadres, comenzó a deshacerse lentamente por los pies. Con su último aliento siguió exhalando su tango mientras se derretía hasta formar un charquito sobre la tarima, que se coló por las rendijas y desapareció, mientras el eco de su voz seguía resonando en los oídos de los infortunados clientes del Cambalache.


En la calle, indiferente a todo, Roberto recorría la piel de otra mujer. Y vendría otra, y otra más tras ella. Para él todas eran iguales… Hasta que un día conoció a la cruel Estrella… y Roberto sintió el tango bajo su piel.


Relato de “El baúl de la tía Berta”
de Catalina Gómez Parrado

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Imágenes 6 noviembre 2009

Filed under: Últimas noticias — catigomez @ 21:40

Me gusta ilustrar los relatos con las imágenes que me parecen más adecuadas. De todas formas, si prefieres que tu relato no tenga ilustraciones o no te gustan las que he elegido, no tienes más que decírmelo y las quitaré o cambiaré enseguida. ¡Tú eres el dueño de tu imaginación! Y si prefieres ponerlas tú mismo y no te pertenecen, recuerda poner el enlace a la página donde las encontraste.


Siempre pongo el enlace al lugar en donde encontré la imagen, con sólo pinchar sobre ella. No obstante, si eres el dueño de los derechos de la imagen o el propietario de la página donde la encontré, y no quieres que la imagen aparezca en este blog, por favor, ponte en contacto conmigo y la retiraré de inmediato.

 

Disculpas a tiempo 5 noviembre 2009

Filed under: Amigos autores — rarevalo @ 19:30
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Disculpas a tiempo

Cuando terminé de arreglarme el cuello de la camisa, y tras asegurarme de haberme embadurnado del perfume que tanto te gustaba, me dispuse a salir bien acicalado hacia la puerta de tu casa. No era una distancia especialmente larga, aunque con mi ritmo pudiera hacerse pesada. Y es que tenía que pensar bien lo que iba a decir, memorizar las palabras de un discurso elaborado que consiguiera tu perdón.

Por suerte era un día soleado, de brisa suave y agradable, y que invitaba a dejarse embriagar por la alegría que flotaba en el ambiente. Y yo, envuelto en ese furor mañanero, empecé a andar, un paso tras otro, estando cada vez más cerca de ese momento tan temido.

De camino me detuve en el rosal que había sido testigo de nuestros encuentros furtivos en más de una noche cuando ya nadie caminaba por las calles. Me recliné dispuesto a oler una de esas flores y, sin pensarlo, arranqué una para ti, no sin evitar pincharme logrando que maldijese como si fuera un perro gruñón.

Ya con ella en mi mano izquierda, mientras me chupaba la poca sangre que emanaba de la otra, continué hasta tu casa pensando en mi disculpa. Porque por fin había descubierto lo importante que eras para mí, y de ahí que aquella mañana caminase, de tu casa a la mía, desconcertado y temeroso, pero seguro de lo que hacía y de lo que pretendía.

Me planté en la puerta de tu casa, cogí aire y anduve los últimos pasos. El corazón me latía tan rápido que pensé que se iba a desbocar del pecho y sentí cómo me temblaba la voz. Incluso llegué a pensar que me quedaría mudo en cualquier momento, pero aun así no iba a retroceder. Acaricié el timbre, dudando si apretar o esperar un poco más, y tras pensarlo dos veces, le di y escuché su agudo sonido que te avisaba que estaba ya aquí.

Tú tardaste en abrir, no supe si era porque no me querías recibir o si era porque estabas igual de nerviosa que yo, pero esperé paciente aprovechando esos minutos para recordar el discurso preparado. ¡Maldición, lo había olvidado! Entonces palidecí, lleno de dudas, miedo y vértigo, sensaciones que aumentaron cuando al fin noté tu presencia al otro lado de la puerta, y supe que mirabas por la mirilla, dudando si abrirme o hacerme pensar que no te encontrabas en casa.

Pero finalmente lo hiciste y tu mirada, seria y compungida, se fijó en la mía, asustada y temblorosa. Yo extendí la rosa para que la cogieras entre tus manos, susurrando un débil ‘Te quiero’ mientras en mi cabeza me decía a mí mismo que eso era lo que tenía que decir al final del discurso olvidado, y no al principio como había hecho.

Tú suspiraste, mirando hacia mis pies y después de nuevo a mis ojos. Entonces esquivaste la mirada, evitando que notase cómo la comisura de tus labios había hecho un amago de sonrisa. Y tras mirar al interior de tu casa, y recuperar la compostura, te volviste de nuevo: seria, firme, convencida que no había notado cómo habías bajado la guardia.

https://i1.wp.com/www.epaworld.net/blog/images/calimero_triste.jpgSin embargo me encontraste una vez más, y esta vez con esa mueca de niño triste, de perro abandonado: cabizbajo, con mi labio inferior doblado, los ojos achicados y la rosa sobre mi pecho. Era lo que llamabas la mirada de Calimero, a quien nadie quiere y al que todos abandonan. Entonces reíste, te sumergiste en miles de carcajadas y supe que esta vez la disculpa había llegado a tiempo, y susurré un casi imperceptible perdón.

Aún dudaste un poco. Pero al final saliste de tu casa y cogiste la rosa. Te la llevaste a tu nariz y respiraste un poco. Pero una avispa salió de entre los pétalos y empezó a revolotear entre tu pelo. Te pusiste nerviosa, tirando la flor y gritando como una loca implorando que se fuera, mientras yo intentaba cazarla al vuelo, entre saltos torpes que me hicieron caer de bruces contra el suelo.

Aquello hizo que te olvidases de la avispa y te rieras de mi torpeza con más ganas que antes. Te quedaste ahí enfrente, sin ayudar a levantarme, sólo riendo a carcajadas aún más sonoras que las otras, viéndome en el césped de tu entrada, como una cucaracha con las patas arribas intentando darse la vuelta, y yo sin entender lo que provocaba tanta risa, esperé a que acabaras. Pero no podías. Se te habían saltado las lágrimas y yo, divertido y derrotado por una avispa, confié en que al final tu compasión se apiadase de mi torpeza.

Tus risas se convirtieron en el escenario de aquel momento, hasta que moví mi pierna izquierda con rapidez, provocando que te cayeses encima de mí y aplastando la rosa que había cogido para ti. Entonces tus risas cesaron inmediatamente, y con tus ojos bien abiertos, me miraste desconcertada. Luego te volviste hacia la rosa, la cogiste del tallo y la miraste desolada.

– ¿Ves lo que has hecho? –me preguntaste con cierto tono recriminatorio mientras me enseñabas la rosa espachurrada.

– Lo siento –contesté yo, otra vez expectante y temeroso.

Pero entonces volviste a reír… la disculpa había vuelto a llegar a tiempo, tirados en tu jardín, con la rosa ya fuera de este encuentro. Entonces, abrazados, sentí cómo tus manos acariciaban mi rostro antes de que tus labios se posasen en los míos, recibiendo tu perdón en forma del dulce de tu lengua saboreando mi boca.

Aquella mañana conocimos lo mejor tras una discusión; una reconciliación intensa que no hizo otra cosa que reforzar los lazos que antes nos unían. A partir de entonces, nuestros pasos en este mismo camino compartido se hicieron más firmes y seguros… pero claro, esto sólo sucede así cuando las disculpas llegan a tiempo.


Roberto Arévalo Márquez


https://i0.wp.com/4.bp.blogspot.com/_anUQOlD0tYw/SYJBGOpXh1I/AAAAAAAAAKc/bdwXtaO1zk4/s400/El+BESO+de+Klimt.bmp