Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

El Guardian del Lago (II) 8 septiembre 2009

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(CONTINUACION de “El Guardián del Lago (I)”)

Y llegó el día esperado. Sarkan, Yuryl y una escolta de sus mejores soldados y caballeros se prepararon para emprender el viaje hacia Vyalar. Poco antes de partir, el señor de Voklat y su anciano consejero contemplaban la Torre desde la orilla del lago. Yuryl le dijo muy serio a su señor:

— He observado algunas cosas que me han hecho sentir inquieto. He visto, por ejemplo, que no guardáis en vuestra fortaleza ningún caballo.

–¿Para qué?—replicó Sarkan, mientras le ajustaban la armadura.–Mis caballos lo pasan mal cuando atraviesan el lago en barco. No les gusta el tremolar de las velas, ni los crujidos de la madera. Se vuelven nerviosos y difíciles. Prefiero tenerlos aquí, en la orilla, en el fuerte que guarda el camino hacia la villa de Karalya.

Yuryl frunció el ceño. Mirando de reojo a su señor, preguntó:

–¿No pensáis construir un puente para unir vuestra Torre con la orilla?

Sarkan rió a carcajadas.

–¿Un puente, Yuryl? ¡Esa sí que es buena!—exclamó—Fíjate: mi Torre está rodeada por el mayor foso natural que jamás se haya visto. Si quiero salir de ella, puedo hacerlo rápidamente en barco. No necesito puentes—terminó desdeñoso—Si construyo uno, estaré invitando a mis enemigos a tomar mi fortaleza por asalto.

–Mi señor —continuó Yuryl, algo enojado— es de alabar vuestra preocupación por mantener inexpugnable vuestra fortaleza. Sin embargo, con toda esa preocupación, parece que os habéis olvidado de vigilar la ladera norte de la montaña.

Sarkan suspiró impaciente. Estaba deseando partir de una vez hacia Vyalar. Allí le esperaban honores, un pacto que le haría poderoso y, lo que en el fondo más anhelaba encontrar: la bella princesa Heledya. De cabellos como el oro, esbelta como un junco, con la piel de alabastro y las mejillas del color de la aurora. Así se la habían descrito. Apenas podía esperar para conocerla. “Veintitrés años tengo ya”, se decía una y otra vez, molesto “ Si espero más para casarme, acabaré siendo demasiado viejo.” Se volvió ceñudo hacia su consejero y dijo:

–Mira, Yuryl: no necesito guardar la ladera norte. Sabes muy bien que es impracticable. Rocas afiladas recubiertas de hielo, simas profundas, grietas ocultas… haría falta tener muchísima fuerza y tesón para escalarla.

Yuryl no dijo nada. Se apoyó en su báculo y fijó la vista en las tranquilas aguas.

Algo más tarde, la comitiva del señor de Voklat dejaba atrás las estribaciones de la montaña. Sarkan recordó de pronto que debían pasar una vez más frente al molino de Klarvan. El joven guerrero se encogió, como dolorido. Pues Klarvan era para él como una dolorosa espina clavada en su costado. Consciente del poder que tenía sobre su señor, el molinero se entretenía jugando con Sarkan como se entretiene jugando con el ratón el gato. “El miserable bastardo”, pensaba furioso el señor de Voklat, “sabe muy bien cómo herirme sin desangrarme. Cómo torturarme sin llegar a matarme. ¿Cuál fue la última que te hizo, Sarkan?”, trató de recordar. Esbozó una sonrisa torcida. La última jugarreta de Klarvan tuvo que ver con sus caballos. El vencido rey de Kravok, como prueba de buena voluntad, había enviado a Iznir un valioso regalo: dos destreros de pura sangre, dos palafrenes bien entrenados para los caminos de montaña y dos esbeltas yeguas alazanas. Sarkan sonrió cuando le mostraron aquellos hermosos animales. Se fijó de inmediato en uno de los destreros: un corcel magnífico, de color azabache, de sangre caliente y temperamento fiero. “Este será, a partir de ahora, mi caballo de guerra”, pensó el señor de Voklat emocionado. Ya había pedido que se lo ensillaran, cuando descubrió que tenía a su lado a un mensajero.

–Vengo del molino de Klarvan, mi señor—dijo el muchacho—Me pidió que os hiciera llegar cuanto antes unas palabras.

Sarkan, nada más oír aquello, sintió en el corazón una terrible punzada. Un mensaje urgente de Klarvan solía tener para él los mismos efectos que una violenta herida de lanza. Para disimular, se retiró con la mano unos cabellos de la frente.

–Habla—dijo ceñudo. El joven continuó:

–Klarvan dice que ha visto pasar hace rato un hermoso caballo negro frente a la puerta de su casa. Le ha gustado mucho. Dice que vos ya se lo habéis reservado, y que será un buen animal para emplearlo en la labranza.

Sarkan apretó los puños, furioso. Contempló por última vez a aquel inigualable destrero, que trotaba brioso frente a sus ojos. Respiró hondo. Se preparó, como tantas otras veces, para soportar la humillación y la rabia. Después se volvió hacia el mensajero.

–Dile a Klarvan—murmuró—que se lo haré llegar antes de que termine la mañana.

El señor de Voklat apretó los dientes al recordar aquello. Lo que había ocurrido después había sido incluso peor de lo que esperaba. Klarvan, en su tremenda maldad, había sacrificado aquel hermoso corcel, y, junto a la pared del molino, había puesto a secar al aire su carne. Así, Sarkan, cada vez que pasaba frente a la casa de Klarvan, no podía evitar ver lo que había quedado de su maravilloso corcel de guerra. “Hijo de perra”, pensaba el señor de Voklat, con la sangre hirviéndole en las venas. Mientras escuchaba el sonido de las palas, cada vez más cerca, sentía su corazón latir desbocado. Sarkan el Grande, dueño de Voklat, de Iznir y de Kravok, conquistador de Zokar, vencedor de tantas batallas, se encogía como un niño asustado cada vez que oía el batir de aquellas palas bajo el impulso de la cascada.

Se envaró tenso cuando pasaron frente a la puerta despintada. Mas esta vez tuvo suerte. Nadie asomó por la puerta su mugrienta cabeza. Sarkan enarcó las cejas. Se volvió hacia Yuryl, que se encogió de hombros. Sarkan esbozó una sonrisa. Tal vez algo terrible le había sucedido a Klarvan. “¿Y si ha muerto, Sarkan? ¿Qué será de ti?”, se preguntó preocupado el joven guerrero. Porque, a pesar de todo el daño que le causaba, Sarkan necesitaba de veras a Klarvan. La protección de su Lago Sagrado dependía enteramente de la habilidad inigualable de aquel cruel y miserable molinero.

No pensó más en Klarvan, ni en su dolor y su rabia. Sonrió feliz todo el camino hacia Vyalar, con la mente y el corazón puestos en lo que allí le esperaba. Cuando la comitiva del rey Arwan salió a recibirles, Yuryl dejó escapar un grito de sorpresa. Oro, plata, piedras preciosas, refulgían en las ropas y en los arreos de los caballos de aquellos que les aguardaban. El rey Arwan quería impresionar al joven señor de Voklat. Aunque, por el momento, no lo lograba.

Pues Sarkan no se fijaba en sus joyas o sus riquezas. Sólo tenía ojos para una persona: la princesa Heledya. Nada más verla, se sintió extraño, apocado. Ninguna descripción de las que le habían hecho hacía justicia a la hermosura de aquella doncella. Sarkan, por primera vez en su vida, bajó los ojos al saludar a una dama. Cuando tomó sus manos suaves entre las suyas, sintió que el corazón le palpitaba con fuerza.

DamaClaudia2¿Se había imaginado, acaso, que Heledya tenía una mirada tan serena como las aguas de su lago? ¿Había esperado que su sonrisa fuera tan dulce y tan bondadosa? ¿Le habían hablado de su voz, suave y amable? ¿O de sus manos, de dedos finos y tan pequeñas?

Mientras tenía lugar la ceremonia nupcial, Sarkan se dio cuenta. Acababa de comprender por qué él se había esforzado tanto por construir sobre el lago de sus antepasados una fortaleza. Era por Heledya. Nada más que por ella. Era para que aquella bellísima princesa pudiera vivir allí, y bendecir aquel lugar para siempre con su presencia. Una vez terminó la ceremonia, Sarkan le dijo a Yuryl:

–Volvamos a Iznir. Quiero llegar a mi Torre cuanto antes.

El anciano frunció el ceño.

–¿Por qué tanta prisa?—gruñó, y Sarkan resopló impaciente.

–Porque quiero pasar sobre el Lago mi primera noche con Heledya—dijo enojado– Es ella la que, tras pisar Iznir con su pie divino, lo convertirá para siempre en una sagrada tierra.

Yuryl abrió la boca sorprendido al oír aquello. Inclinó la cabeza. Le asaltó un presentimiento y dijo:

–Mi señor, no vayáis a Iznir todavía. Esperad unos días, aquí en Vyalar.

Sarkan se irguió en toda su estatura. Con las manos en la cintura, le dijo a Yuryl:

–Creo que mis palabras estaban claras ¿no te parece, consejero?

Yuryl sostuvo su mirada y suspiró. Se guardó las ganas de decirle a su señor lo que pensaba: que siendo Heledya tan bella, y estando Sarkan tan enamorado ¿Qué más le daba yacer con ella en Vyalar, en Karalya, en un bosque por el camino, o incluso en la misma cuadra donde guardaba su caballo? Prefirió callarse. Hacía tiempo que Sarkan había dejado de escuchar sus consejos. El señor de Voklat era cada vez más quisquilloso, engreído, caprichoso y descuidado. Preparándose para lo que les deparaba el destino, Yuryl se agarró fuertemente a su báculo.

De acuerdo con los deseos del señor de Voklat, una vez terminado el encuentro, Sarkan, Heledya, escoltas y séquitos se pusieron de inmediato en marcha. Aunque la jornada de viaje era larga, la princesa la aguantó bastante bien. Era fuerte, a pesar de su aspecto delicado. Sarkan, cabalgando junto a ella, la miraba de cuando en cuando y sonreía. Ella, algo azorada, le devolvía con ojos brillantes la sonrisa. Así transcurrió aquel viaje, que para Sarkan, fue una delicia. Tan embelesado estaba mirando a su princesa, que no se daba cuenta ni de por dónde pasaban. Hasta que escuchó una voz conocida.

–¡Mi señor!—dijo la voz, quejumbrosa, estridente e irritada.

Sarkan pegó un respingo. No se había percatado de que estaban ya junto al molino de Klarvan. El hombrecillo paseó sus ojos burlones por encima de la comitiva, y se plantó firmemente junto a Sarkan. El joven guerrero se estremeció al ver su sonrisa. Nunca le había parecido tan ruin, tan lasciva y tan taimada.

–Mi señor—murmuró el molinero, contemplando de arriba abajo a la bella princesa—Sois de veras afortunado. Viajáis siempre en muy buena compañía—se retorció las manos—Pero yo… estoy siempre solo. No sabéis lo abandonado que me siento…

Klarvan calló. Sarkan contuvo el aliento. Entonces, el molinero, dijo en tono socarrón:

–Ayudadme, señor—y señaló a Heledya—Concededme a esa doncella, para que venga a calentarme el lecho.

El silencio que siguió a la petición de Klarvan fue tan absoluto, que pareció que el tiempo se hubiera detenido. Yuryl miró hacia el cielo. Sentía, más que oía, el cantar de la cascada y el rumor de las hojas en el viento. Heledya, ruborizada, miró por un momento a su marido. Asustada al verle vacilar, se ocultó de inmediato tras su velo.

En cuanto a Sarkan, el joven señor no percibía el silencio. Mientras apretaba con fuerza la empuñadura de su espada, escuchaba las voces que corrían por sus venas. Eran las de sus antepasados guerreros, que le hablaban desde el fondo de su alma. Le gritaban que no esperara más, que sacara la espada de su vaina y que descuartizara con ella a aquel miserable hijo de perra.

No dijo nada. Tan sólo picó espuelas. La comitiva le siguió presta. Mientras se alejaban, Klarvan gritaba risueño:

–¡Antes de que caiga la noche, mi señor! ¡Esperaré tan sólo ese tiempo!

Sarkan avanzó un corto trecho en silencio. Súbitamente, detuvo el caballo. Se volvió hacia Yuryl y le dijo:

–¿Qué debo hacer? ¿Qué me aconsejas?

Yuryl se mordió los labios, sin atreverse a hablar. Por fin, con un hilo de voz, contestó:

–Lo más prudente sería darle lo que pide.

Sarkan clavó los ojos en los del anciano. Echando mano de su látigo, enloqueció de repente.

–¡Maldito bastardo!—gritó –¡Tú y tus consejos!

Yuryl trató de parar el golpe. No le sirvió de nada. Acabó en el suelo, dolorido y magullado, viendo cómo Sarkan se alejaba galopando camino abajo, mientras lanzaba su grito de guerra. Yuryl cerró los ojos. Se volvió compungido hacia la joven princesa. “El destino ya está cerrado”, se dijo el anciano. Se puso en pie y se sacudió el polvo. Examinó su hombro ensangrentado. Recogió su báculo. Se puso en marcha. La única que le vio partir fue la bella Heledya: una figura oscura que se perdía entre los árboles. Eso fue lo último que se vio del gran Yuryl, creador de la Torre y de la Isla del Lago. De aquel sabio anciano, que se desvivió por ayudar a su señor a conseguir honores y gloria, una vez se desvaneció entre las sombras del bosque, nunca más se escuchó una palabra.

En cuanto a Sarkan y Klarvan, el molinero recibió de manos del señor de Voklat la paliza de su vida. Sus poderes y su cargo de Guardián del Lago no le sirvieron de nada. Sarkan se lanzó contra él con la fuerza de un guerrero vencedor de batallas, con la ira de un hombre joven que ha sido afrentado, con la desesperación del prisionero que ha sufrido un tormento demasiado largo. Descargó su látigo sobre cada miembro del cuerpo de Klarvan. Lo descargó sobre su rostro, sobre su espalda, sus piernas y sus huesudas nalgas. Klarvan terminó por caer al suelo. Se arrastró gimiendo sobre el polvo. Sarkan detuvo su ataque y le dijo con voz tonante:

–Se acabó. No volverás a humillarme. Nunca más, hijo de perra, se te ocurra volver a pedirme nada.

Klarvan, a través de sus ojos hinchados, vio cómo su señor se alejaba. El maltrecho molinero rodó dolorido por el suelo. Mas, en medio de su dolor, sonrió satisfecho. Había conseguido de su incauto señor lo que tanto deseaba.

Se puso trabajosamente en pie. Se preguntó si podría hacer bien su trabajo. “Claro que podrás”, se animó. “Con lo mucho que te vas a divertir enseñándole a ese engreído Sarkan quién es el verdadero señor del Lago.”

Así, tomando de su cochambroso cobertizo una herramienta parecida a una pértiga, Klarvan caminó hacia la cascada. El agua cantarina caía por una pared escalonada de roca. Aunque a simple vista no se percibían, sobre aquella pared había múltiples aberturas, cubiertas por grandes trozos de piedra. Klarvan paseó su vista sobre ellas. ¿Por cuáles se decidiría? “La de más arriba primero”, pensó, “luego, la tercera empezando por la izquierda. Y, por último, esa pequeña que está toda cubierta de hiedra.” Haciendo un tremendo esfuerzo, trepó hasta donde estaba cada una de aquellas piedras. Con la ayuda de su herramienta, hizo que se desprendieran de sus huecos, y contempló cómo manaba el agua tras ellas.

Agua, pensó. La razón de su vida. ¿Cuándo supo por primera vez que tenía el don? Aun era muy pequeño. Recordó a los hombres del pueblo, poniéndole en las manos dos varas de avellano, y obligándole a caminar, mientras cruzaban sus apuestas. Klarvan, entonces, dejaba de ser un huérfano pobre y despreciado. Se convertía en el dueño del lugar. Caminaba sobre el llano, hasta que veía, como si corrieran sobre la tierra, vías de agua subterráneas, que brillaban como la plata. No necesitaba las varillas. Pero con ellas creaba cierta emoción. Cuando llegaba al lugar que mejor le parecía, del que manaría el chorro de agua más violento, se detenía y cruzaba las varas. Y, una vez que el pozo estaba terminado, todos le palmeaban con admiración la espalda y exclamaban “¿Cómo lo consigues Klarvan?”.

Tenía un don, eso era todo. Veía correr el agua bajo la tierra, como veía, con toda claridad, correr los pensamientos de los hombres dentro de las cabezas. El señor de Voklat era irresistible. Tan joven, tan fogoso, tan limpio de corazón, tan inconsciente. Cómo disfrutaba Klarvan hiriéndole. Cómo se vengaba en aquel guerrero afortunado y victorioso de su existencia miserable y doliente.

Una vez comprobó que su recién terminado trabajo estaba dando los resultados que esperaba, Klarvan se dispuso a emprender camino. Tomó su escuálida mula y, mientras se alejaba de su molino, sonreía taimado. “Mi joven señor, qué poco observador sois ¿no os habéis dado cuenta? La cascada que cae junto a mi casa nunca lleva mucha agua. Esa es mi tarea, señor, retener el agua en vuestro Lago, y es una tarea sagrada. Iznir existe porque soy yo el que detiene los torrentes que lo desaguan. Soy insustituible, señor de Voklat. Aunque os pese, debéis protegerme, cuidarme y hasta obedecerme. Debisteis contener vuestra ira, mi señor. Ahora vuestra suerte está echada.”

Klarvan era feliz. Ya no tenía que servir más a Sarkan. Ahora trabajaría para otros. Una espléndida recompensa le esperaba. “El señor de Zokar estará contento de verme”, pensaba, “a menos que se haya olvidado de su promesa.” Aunque viajó toda la noche, no llegó a la tierra de Zokar hasta el amanecer. Para cuando traspasó las murallas, se sentía deshecho. Hekli, el señor de Zokar, le recibió de inmediato. El viejo señor se quedó anonadado al ver su terrible aspecto.

–En nombre del Cielo, Klarvan ¿qué te ha ocurrido?

–El señor de Voklat y yo discutimos por una mujer. —contestó el molinero con un hilo de voz–No llegamos a ponernos de acuerdo.

Hekli sonrió ladinamente.

–Lo has conseguido ¿verdad?—dijo.

Klarvan asintió diciendo:

–Me ha liberado. Me ha atacado con violencia. Ya no tengo por qué respetar mi cargo.

Hekli se acarició la barbilla y preguntó:

–¿De cuanto disponemos?

–Tres días, mi señor—alcanzó a decir Klarvan antes de desmayarse. Hekli se dispuso a alistar a sus tropas de inmediato. No le interesaba perder el tiempo.

El amanecer entró a través del panel de alabastro de la ventana. El señor de Voklat abrió los ojos. Se incorporó en el lecho y, volviéndose hacia un lado, contempló lo que aquella luz tan pura iluminaba. Se preguntó extasiado “¿Habías visto alguna vez algo más hermoso que lo que tienes a tu lado, Sarkan?”.

La figura dormida que él contemplaba era tan cálida y real y, al mismo tiempo, tan etérea y tan pálida, que al señor de Voklat le pareció por un instante que no era sino un rastro de blanca luz sobre su cama. Acarició con suavidad los rizos rubios que cubrían las sábanas. Entonces se acordó. “¡Qué necio eres! ¡Lleváis tres días aquí y aun no le has mostrado ni las nubes ni las montañas!” Apartó algunos rizos para descubrir una oreja delicada. Susurró dentro de ella: “Despierta, amor mío. Quiero enseñarte algo.” La melena rubia se movió levemente. Sarkan sonrió. Se puso en pie y se cubrió con su manto rojo y dorado. Después envolvió el cuerpo de su princesa con una túnica celeste y plateada. Tomó a la joven, aun dormida, en sus brazos. Con mucho cuidado, comenzó a subir los escalones que llevaban a la alta plataforma almenada.

Se detuvo a mitad de camino, sin poder evitarlo, para besar los labios rojos, la frente blanquísima, las mejillas sonrosadas. Imaginaba la alegría de su esposa cuando él le descubriera todo lo que desde su Torre se dominaba. Le mostraría a Heledya una maravillosa vista de pájaro de su tierra natal, Vyalar. Le enseñaría todos sus dominios: Kravok, Voklat, Zokar. Le señalaría el mar lejano, y le diría que era del color de sus ojos. Por último, se besarían frente a los picos nevados, bajo el cielo azul y las nubes blancas, en el sagrado lago de sus antepasados. Y, si la mañana no era demasiado fría, Sarkan extendería sobre el suelo su manto rojo. Tendería sobre él a su bella esposa. Le pediría que contemplara las nubes y, echándose sobre ella, le haría el amor allí mismo, a salvo de cualquier mirada. Se abrazarían envueltos en sus mantos, rojo, oro, azul celeste, plata. Saltando ágilmente por encima del último escalón, Sarkan se acercó a las almenas, con Heledya en sus brazos. La muchacha, ya despierta, suspiró y se abrazó a él. Sarkan la dejó con cuidado en el suelo. La besó en los labios y le susurró:

–Te mostraré el lugar del que ahora eres dueña.

La tomó de la mano y la acercó a una de las almenas. Estuvieron a punto de caerse del susto. Sarkan ahogó un grito cuando vio que el sereno lago de sus antepasados ya no existía. La base de su Torre ya no descansaba entre las tranquilas aguas. Ahora su fortaleza inexpugnable era un inestable edificio encaramado a una colina de suaves laderas, fácil de acceder a caballo, atravesando aquel valle lodoso, en cuyo fondo agonizaba un parduzco y somero anillo de agua.

Deshaciéndose del abrazo de Heledya, Sarkan se acercó al lado sur de la plataforma. Escuchó voces, tambores, trompetas. Cuando vio de dónde procedían se mordió la mano. Los soldados de Hekli de Zokar ya estaban atacando el fuerte que protegía el camino de la villa de Karalya. Sarkan se preguntó ceñudo cómo se habían enterado tan rápido de lo que le había sucedido al Lago. “Llegarán aquí enseguida”, se dijo furioso y alarmado. Escuchó más sonidos, esta vez desde el lado norte de su fortaleza.

–No es posible… —murmuró. Se acercó lentamente hasta el tramo de almenas desde el que pensaba mostrar Vyalar a su princesa. No había duda. Los hombres de Zokar habían logrado lo que parecía imposible: habían alcanzado el lago desde aquella impracticable ladera.

Estaba atrapado entre el martillo y el yunque. No había gran cosa que pudiera hacer. No tenía caballos para él y sus hombres, allí en su fortaleza. “Mi espada”, se dijo,”Quiero morir con ella en la mano.”

Se volvió hacia Heledya y le dijo entristecido:

–Conviértete en pájaro, mi amor.

La besó por última vez y, con un grito de guerra, bajó corriendo las escaleras. Heledya, que ignoraba el verdadero significado de aquella frase tan antigua, no saltó desde la almena. Permaneció temblorosa en lo alto de la Torre, envuelta en su manto azul, preguntándose qué sería de ella.

Hekli, el señor de Zokar, daba saltos de alegría. Todo había salido a pedir de boca. Suspiró al recordar lo difícil que había sido convencer a sus hombres para que escalaran la montaña por el norte. Un saco lleno de monedas, otro, y otro más, hasta que aceptaron. Tremendo gasto. Pero había merecido la pena. Se habían esforzado de veras. Cumplieron a la perfección su cometido, bien pertrechados con sogas, ganchos, calzado recio, un duro entrenamiento, promesas de botín, deseos de venganza insatisfechos y el oro resonando en sus faltriqueras.

Así fue como Hekli, el señor de Zokar, conquistó la Torre de Iznir, el fuerte de la orilla del Lago, y el castillo y la villa de Karalya. Se adueñó de todos los dominios de Sarkan el Grande, aunque pronto perdió gran parte de ellos a manos de su nuevo enemigo, el padre de Heledya, el rey Arwan de Vyalar.

En cuanto a la infortunada Heledya, los narradores no se ponen de acuerdo sobre su destino. Muchos dicen que, animada por las palabras de su marido, invocó a los espíritus del lugar y se transformó en un pájaro blanco. Voló por encima de las almenas, del valle cubierto de barro y algas y de los picos nevados, hasta que alcanzó la orilla del mar en Vyalar, su bienamada tierra. Pero es una historia harto increíble. Lo más probable es que la desdichada acabara mal: en manos de Hekli de Zokar, metida en un carro, con la túnica hecha jirones y atada de pies y manos.

Klarvan, el molinero, no quedó contento con la recompensa que recibió por sus servicios. Se encaró con el señor de Zokar, primero con suavidad y prudencia, luego, creyéndose aun Guardián del Lago Sagrado, con altanería y violencia. Hekli no era como Sarkan. Su mente no era un valle abierto por el que fluía un manantial de aguas puras y rápidas. Era más bien un retorcido nudo de rocas duras, secas y afiladas. Klarvan no podía entrar tan fácilmente en aquella inhóspita mente. Decidió desistir y retirarse. Hekli, hombre desconfiado, muy ofendido por las palabras que un simple molinero le había dedicado, esperó a que Klarvan se diera la vuelta. Entonces cargó su ballesta con un dardo.

Klarvan murió. Nadie fue capaz de sustituirle. Las gentes de la villa de Karalya, bajo la dirección de su nuevo señor, Hekli de Zokar, trataron de recuperar el Lago Sagrado. Taparon las vías que Klarvan había dejado abiertas. Recorrieron las laderas en busca de nuevos manantiales. Nada de lo que hicieron sirvió de nada. Finalmente, se tomó una drástica decisión: el río que bajaba de la montaña fue contenido con un enorme dique. El molino dejó de girar y se silenció para siempre la canción de la cascada. Pasó el otoño. Todo parecía ir bien. Llegó el invierno con sus lluvias. “Para la primavera, tendremos agua en Iznir”, decían todos. Lo que realmente había de ocurrir, no se lo esperaban.

Una mañana, los habitantes de Karalya escucharon un gran estruendo. Cuando vieron Kjosfossen IIlo que se aproximaba, les faltó el tiempo para abandonar a toda prisa sus casas. El río, bien cargado de agua gracias a las lluvias invernales, había conseguido derribar el dique. Furioso, desbocado, impetuoso, bajaba como al galope desde lo alto de la montaña. “Es Sarkan”, decían algunos, “Viene contra Hekli, a cobrarse su venganza.”

La villa de Karalya resultó arrasada. Hekli de Zokar fundó otra villa no muy lejos, pero apenas disfrutó de sus nuevos dominios: no tardó en morir en batalla. En cuanto a la Torre de Iznir, el maravilloso lugar creado por Yuryl el Sabio a partir de una simple roca que apenas sobresalía de las aguas, no quedó incólume. La mezcla mágica de piedra, arcilla y polvo de su base, no soportó la exposición a la intemperie. Bajo la acción del sol y el viento, no tardó en secarse y resquebrajarse. Las grietas avanzaron sobre sus muros como si fueran heridas. La torre acabó desalojada y abandonada.

El lago sagrado jamás volvió a llenarse. La Torre de Iznir, sin embargo, aun no ha terminado de caer. Parte de sus muros siguen allí, en el centro del seco y desolado valle, para recordar a los narradores de historias que una vez existió Sarkan el Grande, el joven guerrero, de brazo aguerrido, corazón limpio y sangre fogosa. Recuerdan que en aquel lugar vivió sueños de grandeza, contempló orgulloso sus amplios dominios, ignoró las palabras de un sabio anciano y abrazó enamorado a una bella princesa.


Claudia Aynel


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El Guardián del Lago (I)

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Sarkan, señor de la tierra de Voklat, contempló escéptico lo que le mostraba Yuryl, su anciano consejero.

–¿Aquí?—preguntó Sarkan, frunciendo el ceño. Yuryl sonrió y asintió. Sarkan, apretando los labios, paseó una vez más la vista sobre el paisaje. Frente a él se abría un valle redondo, como un tazón, rodeado por una corona de picos nevados. Aquel valle cóncavo estaba ocupado hasta la mitad de su profundidad por un extenso lago. Sarkan recorrió con los ojos la lisa superficie de agua, que reflejaba las nubes como si fuera un espejo, dejando que se volcara sobre ella el azul luminoso del cielo. Se acarició el mentón, pensativo. Por muchas dudas que tuviera, no podía dejar de reconocer que se trataba de un hermoso lugar. “Podría vivir aquí para siempre”, se dijo sonriendo. Cuando se volvió de nuevo hacia Yuryl, se le borró la sonrisa. Al sentir sobre sí la mirada penetrante del anciano, tan inquisitiva, no pudo evitar encogerse, intimidado. Yuryl, con su larga barba blanca y sus brillantes ojos azules, de pronto ya no era más su sabio consejero. Se había convertido en un espíritu del lugar. Un dios de agua, cielo azul y nieve. El anciano habló con voz solemne:

–Mi señor, estáis a punto de dar el paso que no fue capaz de dar Tarkan el Magnífico, vuestro glorioso ancestro. ¿Estáis dispuesto a terminar su tarea?

Sarkan se encaró con Yuryl, ceñudo. ¿Por qué no iba a estarlo? ¿Acaso no era él Sarkan el Grande, conquistador victorioso, respetado y temido señor de una codiciada tierra? Sacudió su melena de rizos rubios y se irguió echando hacia atrás su manto. Desafió orgulloso la mirada del anciano. Yuryl observó todos sus movimientos con los ojos entornados. Dijo, con un amago de sonrisa:

–Veo que estáis dispuesto, mi señor. Como de costumbre, frente al desafío, no sólo no retrocedéis, sino que, además, os mostráis decidido y resuelto—su sonrisa se hizo más amplia–Eso me agrada. Os ayudaré gustoso a cumplir vuestros deseos. Mas debo advertiros: puede que os cueste más caro de lo que pensáis el hacer realidad todos esos sueños.

Sarkan resopló enojado.

–Nada ha sido fácil para mí, hasta ahora—dijo apoyando la mano sobre el pomo de su espada—He luchado muy duro para conseguir todo lo que poseo. Ya me conoces, Yuryl. Yo no me arredro ante nada. Dime lo que hay que hacer. Te aseguro que no voy a echarme atrás, por difícil que sea la tarea.

–Por supuesto que no—contestó Yuryl, aun sonriendo.—Conozco vuestro temperamento—dejó de sonreír y suspiró—Pero esta vez no será como en otras ocasiones. No se tratará de entrar en batalla y luchar hasta la muerte. Tampoco de arremeter contra el enemigo—Se apoyó en su báculo y miró a Sarkan fijamente– Mi señor, esta vez os tocará resistir. Aguantar hasta lo indecible. Esta vez tendréis que agachar la cabeza y tener paciencia.

Sarkan arqueó las cejas, sorprendido. Yuryl continuó:

–Paciencia, resistencia, perseverancia. Tendréis que estar dispuesto a hacer sacrificios. Os esperan las más duras pruebas.

Sarkan rió fuertemente y palmeó la espalda del anciano. ¿De qué hablaba Yuryl? ¿Qué eran duras pruebas para él? Que le dieran lo que fuera: crudos inviernos, feroces alimañas, hambre, sed… Sarkan el Grande tenía una voluntad de hierro.

Yuryl conocía desde hacía tiempo a su joven señor, y era capaz de interpretar hasta el más leve de sus gestos. Cuando vio la expresión de aquel rostro juvenil, tan arrogante y segura de sí misma, estuvo a punto de aconsejarle que se olvidara de aquel proyecto.

Sarkan, sonriendo, aguardó a que el anciano hablara. Pues Yuryl se había quedado inmóvil, apoyado sobre su báculo, hundiendo su mirada pensativa en las azules y tranquilas aguas. Así dejaron pasar unos instantes.

Por fin, Yuryl se incorporó.

–Allí hay un anillo de pequeñas olas, mi señor ¿Alcanzáis a verlo?—dijo señalando hacia el centro del lago. Sarkan aguzó la vista. Lo veía, sí, aunque apenas se distinguía. Varios anillos concéntricos sobre el agua, que se movían hacia dentro y hacia fuera.

–Hay algo allí—dijo en voz alta–¿Qué es?

Yuryl golpeó indeciso la tierra con su bastón. Tarkan el Magnífico también había preguntado eso. Cuando él, Yuryl, le habló de sacrificios, también se había mostrado dispuesto. Hasta que Yuryl le desveló el secreto: el delicado hilo del que penderían su felicidad y sus más anhelados deseos. Tarkan, nada más escucharle, no lo pensó dos veces: subió a su caballo, picó espuelas, y se olvidó del lago y las montañas. Construyó un hermoso castillo en la villa de Karalya. Vivió feliz hasta que, siendo ya un hombre maduro, encontró la muerte en una batalla.

Sarkan escudriñaba la superficie del lago. Yuryl contempló el regio perfil de su joven señor. Tal vez aquel guerrero aguerrido pero de corazón limpio, era, después de todo, el designado, pensó el anciano consejero. Decidió abrirle las puertas al destino. Dijo lentamente:

–Lo que hay en el centro del lago, mi señor, es la primera piedra de vuestra nueva fortaleza.

Un año después, Sarkan, envuelto en un manto bordado, contemplaba de nuevo aquel paisaje: luminoso cielo, picos nevados, piedra gris y agua mansa de lago. “Sólo ha pasado un año”, se decía contento. Mientras oteaba el horizonte, el viento arremolinó sus rubios cabellos.

Yuryl, en cuanto tuvo claro que Sarkan aceptaba el reto, se puso en marcha. Ordenó cortar grandes bloques de piedra gris de las laderas de la montaña. Mandó traer gruesos troncos de árboles del cercano bosque de Latya. Y envió a mensajeros hasta los confines de Voklat para que le trajeran arcilla del río Salya y polvo de las canteras de Balkar.

–No lo entiendo—dijo Sarkan riendo, en cuanto se enteró de lo último—Si lo que necesitas es un poco de barro y de polvo ¿Por qué envías a mis mensajeros tan lejos?

–Mi señor, ese barro y ese polvo tienen virtudes que los hacen únicos—replicó el anciano, muy serio.— Así ocurre a veces. Hasta la materia más despreciable puede llegar a ser insustituible.—fijó sus ojos en los del joven y añadió—No tardaréis, mi señor, en daros cuenta.

Sarkan contempló, asombrado, cómo, bajo las órdenes de Yuryl, los esclavos mezclaban trozos de la piedra gris de la montaña con arcilla de Salya y polvo de Balkar. Después, tomando como base la roca plana que turbaba en el centro del lago la superficie del agua, Yuryl hizo que los esclavos esparcieran la mezcla rodeando aquella roca hasta que, al contacto con el agua, aquel conglomerado se volvía tan duro como la piedra. Al cabo de unos días Sarkan, asombrado, caminaba por encima de su nuevo territorio: una isla circular, de unos cincuenta pasos de ancho, en el centro mismo de aquel maravilloso lago.

–Y ahora, mi señor—dijo el anciano, cuando Sarkan sonrió satisfecho, tras examinar su islote gris—comienza el verdadero trabajo.


“Tan sólo un año”, se dijo de nuevo Sarkan, admirado. Era lo que había llevado construir la Torre de Iznir, como todos la llamaban. Una gran fortaleza circular que se erguía recia e imponente por encima de las serenas aguas del lago. La piedra gris de las montañas con la que estaba construida, brillaba al amanecer, en el ocaso, o bajo el sol intenso del verano. Entonces, más que realizada en piedra, la fortaleza de Sarkan parecía bellamente trabajada sobre plata.

Y la vista que se dominaba desde la plataforma almenada que remataba aquella Torre era amplísima. Desde allí Sarkan podía contemplar por entero su señorío de Voklat; También, si se giraba hacia el sur, alcanzaba a ver el vecino reino de Kravok; Y si se volvía hacia el norte, llegaba a vislumbrar el mar con el que lindaba el cercano reino de Vyalar. Todos esos lugares eran ahora bien visibles desde su atalaya. “Cuantos territorios por conquistar”, se decía ambicioso y sonriente Sarkan.

Yuryl, por supuesto, fue espléndidamente recompensado por su magnífico trabajo. El anciano recibió sus honores con orgullo y alegría. Sentía que había culminado con éxito la labor de toda una vida. Sentado junto a su señor, en un momento en el que nadie les escuchaba, Yuryl se inclinó hacia Sarkan y murmuró:

–Mi señor, lo habéis conseguido. Al erigir esta fortaleza, os habéis adueñado del Lago Sagrado de vuestros antepasados. Ahora ya nada os detendrá. De estas benditas aguas recogeréis fuerza y fortuna. Expandiréis vuestras fronteras. Venceréis en cada batalla. Gracias al poder de las aguas de Iznir, conseguiréis honores, territorios, riquezas y alabanzas.

Sarkan sonrió satisfecho.¿Qué no llegaría a ser suyo ahora? Su mente se deslizó por encima de las tierras que a diario oteaba. Yuryl interrumpió sus pensamientos.

–No va a ser fácil, mi señor, como ya os expliqué. Por todo lo que consigáis tendréis que pagar a cambio un altísimo precio.

Así dijo el anciano, algo adusto. Sarkan se volvió hacia él, ceñudo. Yuryl continuó sin amedrentarse:

–¿Recordáis el consejo que os di, mi señor?

El rostro de Sarkan se ensombreció. ¿Cómo no iba a recordarlo?. Murmuró con voz ronca:

–Ya te lo dije hace tiempo, Yuryl. Sarkan el Grande jamás se arredra ante nada.

Yuryl, al escucharle, se sintió inquieto. Había percibido la duda y la vacilación en sus palabras…

El día anterior, Sarkan había tenido su primer encuentro con Klarvan. El señor de Voklat bajaba a caballo hacia el castillo que había construido Tarkan el Magnífico en la villa de Karalya. Iba acompañado por Yuryl y por su séquito. Caía la noche. Nada más dejar atrás el empinado camino de la montaña, se encontraron rodeando una destartalada casa. Yuryl le hizo una señal de advertencia.

–Es aquí, mi señor—murmuró. Sarkan contempló ceñudo aquel feo edificio. El dueño no se preocupaba, desde luego, por mantener aquella casa habitable y aseada. La descuidada paja del tejado se desprendía a trozos. Los muros de piedra estaban sucios y agrietados. Nadie barría el umbral polvoriento. Todo en aquel lugar respiraba desaliño y vagancia. Tan sólo un elemento de aquella casa parecía bien conservado: el molino de madera de grandes palas, que remataba una de las fachadas, y que giraba sin cesar, empujado por el agua que derramaba una cantarina cascada.

–¿Klarvan es molinero, pues?—preguntó Sarkan. Yuryl asintió diciendo:

–Esa es su ocupación aparente.

Cuando estaban a punto de pasar de largo, una cabeza de cabellos ralos e hirsutos de desvaído color dorado, apareció por la desgastada puerta. Sarkan se irguió tenso sobre su montura. Aquella cabeza era espantosamente fea. Dos acuosos y ladinos ojos verdes fijaron su vista en el joven guerrero. La nariz achatada y deforme se arrugó despectiva. La boca esbozó una sonrisa taimada y casi por completo desprovista de dientes.

–Vaya, vaya—dijo el hombrecillo con voz estridente— Qué sorpresa. Mirad quien acaba de bajar de la montaña.

Sarkan, recordando el consejo de Yuryl, contuvo su ira frente a aquella falta de respeto, y apretó los labios. Hizo por sonreír y esbozó un saludo. Klarvan, sonriendo burlón, no se molestó en devolvérselo.

–¡Fijaos! ¡Si es el engreído señor de Voklat! —exclamó risueño– ¡Rodeado por su corte de arrogantes caballeros!¿Cómo estáis hoy, mi señor?

Sarkan no contestó, e hizo ademán de apresurarse. Pero Klarvan no le dejó continuar camino. Con sorprendente agilidad, se apartó de la puerta y se plantó frente al caballo de Sarkan. Este no tuvo más remedio que detener a su animal, pues no podía avanzar sin arrollar a Klarvan. Al ver que su señor se hallaba por completo a su merced, la sonrisa del molinero se hizo aun más amplia.

–Veo que estáis dispuesto a conversar—dijo paseando sus ojos acuosos por encima de Sarkan y sus hombres—Qué bonitos sobrevestes llevan vuestras tropas. Y vos, mi señor, qué precioso manto bordado lucís.—suspiró–¿Sabéis? Paso mucho frío aquí, en mi molino, junto al río. Ese bonito manto que lleváis me vendría muy bien para calentarme.

Sarkan, ceñudo, apretó fuerte las riendas con las manos. Klarvan, encantado con aquella reacción, continuó espoleándole:

–Mi señor, no seáis tan tacaño y tan altivo ¿vais a negarle a vuestro más humilde siervo el calor de una prenda de abrigo?

Sarkan respiró hondo. Yuryl ya se lo había advertido. Con una forzada sonrisa, que más bien era una mueca de rabia, se desprendió de los hombros el manto. Tomándolo con una mano, se lo tendió amablemente a Klarvan.

–Tomad. Esta será una noche fría. Es la voluntad del señor de Voklat concederle esta merced a su molinero.

Klarvan estalló en carcajadas al oírle. No hizo movimiento alguno para alcanzar el manto. Sarkan, furioso y humillado, se dio cuenta de lo estúpido que parecía, permaneciendo allí con el brazo extendido, mientras aquel hombrecillo se carcajeaba despreciando su regalo. Klarvan balbuceó entre risotadas:

–¡Dejadlo caer al suelo, mi señor! ¡No os preocupéis si se mancha de barro!

Sarkan no tuvo más remedio que hacer lo que le decían. Dejó caer sobre el lodo del camino su manto bordado. Después, picó de inmediato espuelas a su caballo. Sus hombres, avergonzados por aquella afrenta a la que no podían responder, marcharon tras él apresurando el paso. Mientras se alejaban, pudieron escuchar la voz de Klarvan que decía burlona:

–¡Será una noche fría, mi señor, sin duda! ¡Sobre todo para algunos hombres que cabalgan hacia Karalya!

Yuryl lo había contemplado todo sin decir ni una palabra. Observó consternado a su señor mientras apuraban la marcha. Sarkan, respirando entrecortadamente y con el rostro enrojecido, apretaba las riendas con tanta fuerza que sus nudillos estaban pálidos. El joven guerrero no dijo ni una palabra hasta que estuvieron instalados en el castillo de Karalya. Una vez allí, Sarkan tomó del brazo a Yuryl y siseó:

–No pienso contenerme. Voy a matar a ese rufián de Klarvan.

Yuryl se encogió de hombros, sombrío.

–Si Klarvan muere, mi señor, ya sabéis lo que os aguarda.

Sarkan soltó el brazo de Yuryl. Se palmeó furioso las piernas.

–¿Por qué precisamente él, y no otro?—gritó iracundo. Yuryl se apoyó con cansancio en su báculo.

–Porque, mi señor—dijo lentamente—no hay otro como Klarvan. Es único. Conoce a la perfección los caminos del agua. Por eso fue elegido para encargarse de tan importante tarea. Por eso Klarvan, ese miserable, ese rufián, y no otro, fue designado para ser el Guardián del Lago.

Sarkan se pasó una mano por los ojos. Se dejó caer sobre una silla. Miró al anciano con ojos fieros y murmuró:

–Hablas de él como si fuera una especie de mago.

Yuryl sonrió y movió la cabeza diciendo:

–Algo así es, mi señor.

Sarkan quedó en silencio. Desde donde estaba, alcanzaba a vislumbrar una luz a través de la ventana. La reconoció de inmediato. Era la hoguera que algunas noches quedaba encendida en la alta plataforma de su Torre plateada. Suspiró desalentado. Qué humillado e infeliz dormiría esa noche. Y todo por mantener el brillo de aquella luz sobre las montañas.

Las predicciones que Yuryl hizo el día en que fueron reconocidos sus esfuerzos, resultaron ser del todo ciertas. Ningún rey o señor parecía capaz de detener el irresistible avance guerrero de Sarkan. El señor de Voklat se adueñó primero del vecino reino de Kravok. Ganó todas sus batallas sin apenas pérdidas de hombres o caballos. El rey Rawid de Kravok se dio por vencido. Sentía que no podía luchar contra un guerrero tan afortunado. Con Kravok ya en sus manos, Sarkan se dirigió hacia la tierra de Zokar. Tras varios encuentros en los que resultó victorioso, Hekli, el señor de Zokar terminó por rendirse. Fue entonces cuando Sarkan se dio cuenta de algo curioso: había forzado a los escribas a rehacer todos los mapas en menos de dos años. Se preparó para el siguiente paso: la conquista de Vyalar. Antes de lanzarse a su nueva campaña, Sarkan encendió una gran hoguera en su plataforma almenada. Mientras honraba a sus antepasados, contempló el cielo estrellado. Sintió de pronto una punzada en el alma. Intuyó que algo esencial para él, su más anhelado deseo, le estaba aguardando en Vyalar.

Pero nunca llegó a emprender aquella campaña. Pues el rey del Norte, Arwan, bastante nervioso por las noticias que le llegaban, decidió adelantarse a los acontecimientos y envió a Iznir una embajada. El día que sus lugartenientes se presentaron en el salón de la Torre, Yuryl le dijo en voz baja a Sarkan:

–El rey del Norte está asustado. Hará lo posible por hacerse amigo de vos y cerrar de inmediato un pacto. Tenéis todas las de ganar, mi señor, en este juego. Pues no lo olvidéis: es él, Arwan de Vyalar, el que viene a suplicaros.

Sarkan escuchó atentamente lo que le proponían aquellos enviados del Norte. Cesión de tierras, privilegios, alianzas… y ofrecían además algo muy valioso que serviría para atar aun más fuerte los lazos.

–¿Cómo es?—preguntó Sarkan, bastante interesado. El enviado sonrió con orgullo y contestó:

–Tan hermosa como un amanecer sobre las montañas.

Sarkan se irguió en su asiento. La expresión arrobada de aquel hombre no era fingida. Se acarició el mentón unos momentos. Luego dijo:

–Está bien, caballero de Vyalar. Decidle a vuestro rey que acepto.


(CONTINÚA EN EL GUARDIÁN DEL LAGO II)


Claudia Aynel