Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

EL AÑO DE “LA JAMBRE” 27 agosto 2009

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EL AÑO DE “LA JAMBRE”


Era el día de la Virgen del Carmen y la ciudad lucía sus mejores galas.

Javierín Buitrago había dejado la pensión por la mañana, justo cuando las cornetas y tambores de la banda militar se dejaron caer bajo la ventana de su habitación. La señora Mariana, una cuarentona entradita en carnes, viuda de guerra para más señas, le había echado un guiño antes de despedirlo.

-Hasta luego buen mozo, ¿a dónde iras con tan buena planta? –Javierín sonrió con amabilidad; la señora bien podría ser su madre.

Llevaba las tripas pegadas desde el día anterior, así que echó mano de su cuadernillo de notas y carboncillo suficiente como para echar el día. La gente iba y venía con aire sonriente, como si los sones de fiesta alejaran por un momento la hambruna y la penuria que a diario asolaban las calles.

La Plaza Mayor estaba abarrotada de mujeres, que se peleaban en las esquinas para ver quien se quedaba con el mejor sitio; puestos de flores, de barquillos o de almendras garrapiñadas. El mercado de abastos era un hervidero. Los mayetos de las pedanías cercanas exponían sus productos en plena calle, en una exultante sinfonía de colores y olores.

A Javierín se le caía la baba con los tomates reventones, a punto de explotar de maduros que estaban; poco a poco se fue internando en el intrincado laberinto de calles del centro. Llegó a las puertas de “El Cafetín”; el Sinforio estaba en la puerta, con su cara colorada y su expresión siempre alegre; el olor a churros recién hechos le pegó un pellizco en la boca del estómago.

De camino a la Plaza de Las Galeras se cruzó con el “Sebas”; el viejo “limpia” estaba dale que te pego al lustre, liado a fondo con las botas de un señor mayor de aspecto estirado.

-Este al menos saca para llenar el buche. –Cavilaba Javierín, mientras continuaba caminando en dirección a los muelles.

-Buenos días “Sebas”. –Saludó al pasar.

-Con Dios chavalote. –Contestó el limpiabotas sin levantar la vista de los botines.

-Tú a lo tuyo “Sebas”. –Le recriminó el señor mayor, en medio de una vaharada de humo azul, procedente del enorme cigarro habano que estaba fumando.

-A mandá. –

Las campanas de la Prioral tañían por alegrías, justo cuando la banda del Tercio de Infantería de Marina se abrió paso desde las explanadas del puerto pesquero; los aburridos soldados llevaban formados desde por la mañana, con un café aguado y un par de churros en el estómago.

-¡Ya vienen, ya vienen! –Las cornetas se unieron a los sones de los tambores, como uno solo –un, dos, marchen, un dos, marchen –con el soniquete monocorde de las marchas militares.

-Y yo sin comer desde ayer. –Pensó Javierín, al pasar junto a las cajas de pescado que se amontonaban en el cantil del muelle; los ojos desmesuradamente abiertos de las brótolas de Conil, le hicieron agudizar el ingenio. En los tinglados del muelle, apoyados sobre unos tendejones, un grupo de guardiamarinas conversaba con indiferencia. El buen porte de los militares le hizo albergar esperanzas.

-Si me camelo a estos, hoy lleno la panza. –Aún le quedaba, que no era poca cosa, la opción de aferrarse a las hambrientas caderas de la señora Mariana; cuando el hambre aprieta y uno no tiene un mal chusco que echarse al gañote, más vale gallina vieja que retortijón de tripas.

-Buenos días, señores guardiamarinas. ¿Hacen unas caricaturas? A sus novias les van a encantar; también puedo dedicarles alguna rima; no son gran cosa, pero dan el pego.

-Mira tú el pintamonas ¡pues no nos quiere inmortalizar! –El comentario del más avispado fue seguido de una sonora carcajada. De repente, la imagen de la señora Mariana, deslizándose libidinosa entre las sábanas de su catre, se hizo realidad en la imaginación del pobre Javierín.

Siguió su camino, preso ya de la desesperanza.

El Barquillero

-¡Camarones, mojama! ¡Prueben el jamón del mar! –Anunciaban a voz en grito los vendedores ambulantes, adueñándose de las esquinas más concurridas de la ciudad. La gente pudiente, con sus estiradas levitas, sus chisteras y pamelas, se encaminaban con evidente buen humor hacia las tabernas de la ribera; hasta Javierín llegaba el aroma del arroz caldoso que se cocía en las perolas de cada tasca.

-Y yo sin un real. –Se lamentaba en silencio, cada vez más compungido. El agujero de su estómago crecía cada vez más. Javierín rebuscó en su faltriquera y comprobó que estaba tieso; más que la mojama que vendían por las esquinas.

La procesión de aquel año iba a ser la comidilla durante mucho tiempo; o al menos ese era el parecer general de la concurrencia. Javierín pasó de refilón frente a la puerta de la conocida Casa del Marqués de Purullena –éste si que puede –reflexionó mientras asomaba la cabeza al patio con curiosidad.

Con más hambre que un lagarto detrás de una pita husmeó el aire y cogió al volapié la fragancia dulzona del azafrán, adornado quizás con una pizca de perejil, lo justo para dar color. Entró de puntillas procurando no hacer ruido.

Al fondo del corredor se distinguía el entrechocar de cacharros y un alboroto inusual.

Acuciado por la curiosidad penetró hasta la cocina. La mulata no había visto una cosa como aquella en la vida. El animalito daba tumbos por la cocina intentando dar con una salida, mientras el agua borboteaba en la cazuela, anunciando que había dado el primer hervor.

-¡Ay señor! Tenga usted cuidado. –La criada dio un respingo echando el cuerpo hacia atrás. –La enorme langosta chasqueaba sus pinzas con aire amenazador.

-¡Tríncala ahora! –Animó Javierín, al tiempo que cortaba el paso del huidizo bicho. -¡Semejante barbaridad! ¡¿De dónde ha salido?! –Exclamó admirado por la presencia del crustáceo. La mulata se abalanzó sobre él por detrás; en menos de un santiamén estaba hirviendo en la perola, no sin antes haberse defendido a brazo partido.

-¡Ay señor, que me ha mordido la muy p…! –Se lamentaba la mulata, mientras le enseñaba un feo corte en el antebrazo.

-No te preocupes guapetona, esto no es ná. –Dijo llevándose la herida a los labios, a la vez que chupaba con fruición los bordes de la herida. Ya no sabía de que tenía más hambre, si de hembra o de hambre.

-¡Quita pa ya, ladrón! –La mulata se alejó meneando las caderas.

-Por lo menos déjame que pruebe el arroz, huele que alimenta. –La criada volvió al poco, con un plato de guiso humeante entre las manos.

-Anda “esmayao”, come a gusto, come contento, pero luego… -Javierín se arrellanó en la silla de esparto y echó mano de la cuchara. El caldo espeso y amarillo, preñado de tropezones, resbaló por la comisura de sus labios. Comió con avaricia hasta “jartarse”, con un instinto atávico, como el que arrastra un hambre centenaria. Aquella era “la jambre” de la que había oído hablar tanto a su madre en las cuevas de la Sierra San Cristóbal, y antes que a ella a su abuela, ni se sabe donde. Hambre de pobre, de miserable, de la que te seca por dentro.

Javierín Buitrago masticaba con miedo a perder bocado, como si le fueran a quitar la comida de la boca; mientras la mulata se reía a carcajadas apoyada en el umbral de la cocina.

-¡Come muerto de hambre, come que mañana Dios dirá!

FIN


Diego Castro Sánchez

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La dama del viento 25 agosto 2009

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Habían caminado por un largo recorrido hasta llegar a su destino. Un camino que no había sido fácil, ni mucho menos divertido. Selena, acompañada de dos de sus siervos, Faustino y Claudio, no se había detenido en ningún momento. Su obsesión era llegar cuanto antes a la cima de la montaña y atender a la llamada de esa voz que había tronado en su mente en las últimas semanas y que le decía: Ven. Toma el cristal. Libera el aire.


Ella no sabía qué significaba, ni quién hablaba, pero instintivamente supo adonde debía dirigirse. Por supuesto que no iba a ir sola, bien sabía los peligros a los que podía estar expuesta caminando por lugares tan inhóspitos como aquél, y por eso llamó a sus siervos, con el fin de protegerla aunque ahora, al borde de lo que podía ser el fin del mundo, Faustino y Claudio estuvieran tan asustados que poca protección podían ofrecer a su dueña.


Era una montaña muy alta, rocosa, de tonos marrones y grises, y que se exhibía a la intemperie sin que ninguna otra la resguardase. A su alrededor una ráfaga corría envolviéndola, como si anunciase una tormenta de aire que pronto desencadenaría en un huracán que arrastraría a los tres intrépidos a una muerte segura. Pero por más que los dos hombres imploraban a Selena a volver, ella continuaba su ascenso como si no escuchase las suplicas. En realidad no las oía, pues en su mente, la voz dulce de otra mujer, que durante mucho tiempo le había rogado que acudiera hasta allí, continuaba retumbando como si de un hechizo se tratase y que impedía que retrocediese y no cumpliera el cometido para el cual le había llamado.


– Selena… Mi señora… Debemos volver. Más arriba el viento podrá con nosotros –gritó Faustino intentando hacerse oír entre el ruido del viento, al tiempo que luchaba por mantenerse en pie. El vendaval era tan fuerte que, aunque se habían agarrado con fuerza a las rocas, todos sentían como se venían hacia atrás sin remedio. Y aunque el hombre volvió a insistir, Selena prosiguió el ascenso, adelantando a sus dos siervos, y finalmente se volvió hacia ellos con la mirada helada, casi diabólica, y con los ojos iluminados de un verde vivo.


– Seguiremos hasta el final –ordenó y los dos hombres se miraron asustados. Selena parecía diferente.


Continuaron el ascenso muy pendientes de ella, quién había logrado un inyección de fuerzas sobrehumana que hizo que se fuera distanciando de ellos. Era como si el viento sólo los frenase a los dos hombres y ella, como si levitara mecida por el aire, ascendía sin mayor problema.


Momentos antes de llegar a la cima, Selena encontró una cueva con un gran techo por donde prosiguió su camino sin esperar a los dos hombres. Sentía una gran atracción por ese lugar y respondía a la llamada de la voz de su mente con una gran satisfacción. Minutos después, Faustino y Claudio aparecieron, mirándose asustados por el lugar por donde caminaban ahora; una cueva llena de piedras verdes que desprendían un haz de luz uniforme que la convertía en un lugar bastante tétrico. Al menos en el interior no soplaba el aire. Anduvieron aligerando el paso y siguieron la silueta de Selena que se perdía en la lejanía.


Finalmente los hombres alcanzaron a su dueña, quién se había detenido enfrente de un pedestal que sujetaba un cristal ovalado de ese mismo tono de las rocas que iluminaban el lugar. Era casi mágico, muy hermoso, y provocaba una atracción inusitada a todo aquél que lo mirase. Sobre todo en Selena, que permanecía de pie, con la boca abierta y embriagada por la sensación que la inundaba. Sus dos hombres se quedaron unos pasos atrás, también hechizados por la belleza del cristal, pero asustados al mismo tiempo.

De repente, la voz que sonaba en la mente de Selena se pudo oír en toda la cueva. Una voz de una mujer dulce, pero a su vez fuerte y dominante.


– Selena, coge el cristal –ordenó la voz-. Tómalo y libérame. Conviértete en mi aliada. Juntas seremos las dueñas del mundo.


Y Selena, sin vacilar, caminó hacia el altar dispuesta a tomar el valioso objeto entre sus manos. Claudio corrió hacia ella, interponiéndose entre el altar para impedir que obedeciera la voz de aquella mujer, y la agarró de los hombros cortándole el camino.


– Mi señora, no lo haga –imploró con la voz quebrada-. Marchémonos de aquí de inmediato.


– ¡Apártate de mi camino! –gritó ella y él negó levemente.


– No, mi señora. Estoy aquí para protegerla. –respondió asustado. Entonces los ojos de Selena volvieron a teñirse de un verde intenso y con una fuerza sobrenatural lanzó a su siervo contra las rocas.


– ¡No toques a la dama del viento! –gritó Selena, pero con la voz de aquella otra mujer.


Faustino se quedó perplejo, asustado, y contempló cómo Selena se acercaba al pedestal y tomaba el cristal entre sus manos, acariciándolo suavemente. Entonces el aire que soplaba afuera se detuvo y un gran silencio invadió el lugar, hasta que, de repente, Selena empezó a sentirse extraña, cómo si estuviera recorriendo por sus venas algún tipo de energía. Notaba cómo los músculos palpitaban, su respiración se aceleró y fue entonces cuando sucedió.


Claudio y Faustino fueron testigos de cómo Selena se convertía en una extraña criatura. Sus delgadas piernas se alargaron y se hicieron más corpulentas rompiendo sus vestimentas, sus pies se transformaron en unas garras, de la espalda empezaron a nacer unas fuertes alas de gran plumaje de color rojo y verde, las orejas se alargaron, las manos desarrollaron unas afiladas uñas y de su cara emergió un enorme pico de águila mientras su piel se llenaba de plumas. Los ojos cobraron intensidad y ella emitió un alarido de ira y furia.


Selena se había convertido en la bestia de aquella mujer, el instrumento con el que se valdría para someter al mundo, y ahora tenía enfrente a sus dos primeras víctimas; esos hombres asustados que contemplaban la figura la nueva criatura levitando sobre sus cabezas. Emitió un leve alarido, se cubrió con sus alas y empezó a girar sobre sí misma invocando el poder que le confería aquella diosa, absorbiendo todo el aire sin que ellos lo percibieran. Hasta que finalmente abrió las alas con fuerza extendiendo los brazos y dejando que la cueva se volatilizara. Se rompieron todas las paredes provocando el desmembramiento de esos infelices, partiendo la montaña en dos y dejando libre a la criatura que se erguía de un modo insinuante sobre un cielo teñido de rojo.


Y la diosa habló a su creación


– Ve, Garuda, a recuperar nuestro mundo. ¡Mátalos a todos!


Y Selena chilló iniciando su camino, preparada para cumplir su misión. La dama del viento había despertado.


Roberto Arévalo Márquez


 

Pregunte a los solitarios

Filed under: Amigos autores — rarevalo @ 19:30


Era una noche oscura, de ésas que no tienen luna y las estrellas parecen haber desaparecido del firmamento, con el cielo encapotado por una densa nube que impregnaba el aire de los olores que avisan de una próxima lluvia. Las calles estaban desérticas. Ya nadie caminaba por ellas. Permanecían vacías, inertes, ajenas a las historias de las personas que solían transitar a plena luz del día. Ahora todas estaban en sus casas; descansando, durmiendo, y sólo estaba yo, caminando sin rumbo definido, como un vagabundo que intenta encontrar el lugar idóneo para resguardarse antes de qué las primeras gotas empapen el empedrado de las calles.


A mí me daba lo mismo que la lluvia empezase, que mojase mi cuerpo y lo enfriara. Tal vez así, al menos podría sentir una sensación diferente a la que entonces me anegaba, o quizás, si la tormenta me encontraba, podría caminar con un motivo, una misión, algo que me evadiera de ese pensamiento atroz que se cernía sobre mí cómo el virus más violento jamás inventado por los hombres… Pero ¿Acaso ya no estaba enfermo de él? ¿No estaba sufriendo en mi propia piel ese mal que tan extendido estaba en el mundo? Esa pandemia a la que muchos llamaban soledad.


Los primeros truenos rompieron el silencio de la noche y los destellos de los relámpagos me iluminaron un camino aún por definir. Todo indicaba que sería una gran tormenta, que lo lógico sería que me resguardase. Pero no quería quedarme en casa. Al menos en la calle el silencio parecía menos denso y no había nada que evocase a la verdadera tormenta que me ensombrecía, la que tenía lugar en mi interior. Porque, ¿Cómo vive uno en soledad cuando jamás ha estado solo? Y en la oscuridad de aquella noche, caminaba con la esperanza de encontrarme con el resto de solitarios para poder preguntarles.


Anduve largo rato hasta donde quisieron llevarme los pies, sin pensar en nada en concreto. Sólo me dejé llevar por el ambiente húmedo y la tranquilidad propia de las altas horas de la madrugada, hasta que al fin rompió a llover. Me empapé en muy poco tiempo, el agua caía con gran virulencia, pero proseguí sin acelerar el ritmo hasta que me topé con la entrada de un bar que aún permanecía abierto.


Entré, sacudiéndome previamente para evitar mojar el suelo, y observé el local con sumo detenimiento. Había poca iluminación, tan sólo dos lámparas y una serie de velas rojas dispuestas en cada mesa, pero la suficiente cómo para reparar en la amplia gama de marrones que coloreaba el ambiente: Con grandes cuadros de paisajes en tonos sepia con marcos dorados dispuestos en las paredes, ceniceros oscuros, y mesas y sillas de madera maciza.


Sólo había dos personas; el camarero y una mujer sentada en la barra, abandonándose en el fondo de su vaso de whisky, sin intercambiar palabra alguna y dejando que el leve susurro del televisor prevaleciera a cualquier otro sonido. Yo me acerqué, me senté en uno de los taburetes y alcé la mano para llamar al hombre vestido de camisa blanca y mandil y pajarita negra. Pedí un ron y permanecí ahí sentado en compañía de esos dos desconocidos con quienes compartí el silencio que nos separaba. Era como si hubiera encontrado la sede de algún club de solitarios, aquéllos a los que buscaba para preguntarles cómo se vivía sin alguien a su lado.


Así estuvimos bastante rato, no reparé cuanto tiempo pasó, hasta que al final surgieron las palabras entre nosotros, emergiendo desde lo más hondo de nuestras almas para poner en manifiesto lo que ya todos sabíamos. Éramos tres solitarios; mujer y camarero ya muy experimentados en estos menesteres, mientras yo me estrenaba en este nuevo estado, estigma en tiempos pasados.


Y les pregunté y ellos respondieron con tristes historias de almas desoladas, de amores perdidos que abandonaron a su suerte confiando en que otros nuevos aparecerían, aunque éstos todavía no habían llegado. Me dijeron que jamás te acostumbras, que cuando te crees lo suficientemente fuerte y grande para hacerlo todo sin ayuda, te das de bruces contra el suelo. Afirmaron conocer el dolor y la angustia, algo que emergía con frecuencia: Al ver cómo en la mesita de noche del otro lado de la cama seguía sin haber nada más que una triste lámpara, al comprobar que otra vez les ha salido comida para dos, al no tener con quién salir en las fotos de los viajes que hacían solos, al alzar la copa al viento para desearse un feliz año nuevo…


Escuché atentamente hasta que los hielos de mi vaso quedaron completamente deshechos. Me bebí el ron aguado y regresé a mi casa cuando todavía no había salido el sol, horrorizado por los testimonios de la mujer y el camarero, unos testimonios que me atormentaron durante todo lo que quedó de noche, pues al volverme en la cama reparé en el hueco que había quedado libre. Pensé en todo lo que me habían dicho y al día siguiente no pude hacer otra cosa que volver para que me dieran la respuesta que no me habían dado.


Ya han pasado diez años desde entonces y aún sigo sentado en la barra de este bar en las altas horas de las noches oscuras. Ahora eres tú quien ha entrado por esa puerta. Te has sentado en el mismo taburete y has pedido al camarero que te sirva del mismo tipo de ron que yo bebí entonces, dejando que el silencio nos acompañase de nuevo, hasta que lo has roto para preguntarme cómo viven los solitarios. Y esta ha sido mi respuesta, la misma que me dio la mujer que está sentada en el fondo del bar, la misma que le dio el camarero cuando ella se sentó por primera vez en esta barra.


Ahora ya sabes donde encontrarnos: Ésta es nuestra sede y éste nuestro club. Recuerda que el bar sólo abre por las noches, de doce a cuatro de la madrugada. A esta ronda invito yo. Te veré mañana.


Roberto Arévalo Márquez



 

El septimo sello 18 agosto 2009

Filed under: Amigos autores — tiberiocesar @ 22:56

EL SÉPTIMO SELLO


El sacerdote se entretuvo todavía unos instantes en la sacristía; antes de salir asomó la cabeza, como un hurón curioso antes de abandonar su madriguera. Miró el calendario que colgaba en la pared, justo al lado de una imagen de la Virgen María sonriente. Era cinco de agosto de 2001.

Se ajustó el alba y fijó la estola sobre sus hombros. Echó un último vistazo a su aspecto, y cuando quedó conforme, penetró en el templo.

Pocos corderos hay en este rebaño. –Reflexionó mientras se dirigía hacia el altar. Cuando llegó a su altura, realizó una leve genuflexión.

Se situó frente a los feligreses, y se lamentó de la vasta soledad que lo acompañaba cada tarde. Apenas unas viejas que parecían rumiar sus oraciones en silencio, componían la exigua parroquia; carraspeó, y sus gruñidos llenaron el silencio del templo, a través de la megafonía. Una de las viejas salió de su sopor de forma repentina, y bostezo con pereza, mientras abría los ojos con estupor.

-En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; el Evangelio, según San Juan… por la Señal de la Santa Cruz… -Desgranó el sacerdote con desgana. –Hermanos, hoy voy a hablaros del Apocalipsis… -Los ojos de los feligreses parecieron tomar renovado interés.

-…Cuando el tercer ángel tocó la trompeta, cayó del cielo una gran estrella, la cual ardió sobre la tercera parte de los ríos y las fuentes de las aguas.

El anciano se ocultaba entre las columnas que jalonaban el ábside de la iglesia, como si quisiera huir de las miradas recriminadoras, que en su cabeza, lo perseguían desde hacía ya más de cincuenta años.

-¿Qué demonios sabía aquel cura del Apocalipsis? –Se dijo a si mismo; el lo había presenciado, es más, lo había provocado. Aquellas pavorosas imágenes de destrucción, lo torturaban cada maldito día de su despreciable existencia. El viejo cerró los ojos, y la pesadilla tomó forma de nuevo en su mente.

Alamogordo, primeros días de agosto de 1.945. El desierto es espantoso, un abrumador terreno vacío que se extiende hasta el infinito; el coronel Paul Tibbets detiene la marcha del jeep, al vislumbrar a lo lejos la torre de acero que cobija al artilugio. Echa mano de sus prismáticos de campaña y otea el horizonte. Allí está, enorme, cubierta con un toldo que oculta su compleja naturaleza a los ojos de cualquier curioso. Tibbets intenta tragar saliva, pero tiene la boca seca –puto polvo del desierto– maldijo entre dientes, antes de reanudar la marcha.

Tibbets sólo ha podido ver al físico Oppenheimer una vez, desde que fuera trasladado al mando del 509 Air Group; no le tiene simpatía, para él no es más que un jodido nazi renegado, pero a pesar de todo admira su inteligencia, el destello especial que brilla detrás de sus destartaladas gafas, y que lo sitúa a años luz de cualquiera de los mortales que conoce.

Hace apenas unas horas que ha recibido la orden, y todavía no ha tenido tiempo de digerir la magnitud de su misión, tan sólo de llamar por teléfono a sus subordinados. El único que ha titubeado un poco ha sido Parsons; antes de iniciar el vuelo tendrá que encargarse de que se encuentra en condiciones de realizar el trabajo que se espera de él, en esta ocasión no caben vacilaciones.

Las islas del Japón parecen un montón de cagarrutas de mosca esparcidas sobre el mapa de campaña. Los componentes de la misión se miran unos a otros disimuladamente, ninguno quiere mostrar temor, pero es evidente, por la lividez de sus rostros, que conocen de sobra a lo que se enfrentan.

Hay poco que contar, las instrucciones ha sido repetidas una y otra vez, hasta la saciedad, de forma que cada uno de los miembros del equipo, conoce su cometido a la perfección.

Todavía no ha amanecido sobre Alamogordo, y los motores de los B-29 ya han comenzado a rugir; antes de embarcar en su aparato, Tibbets se ha entretenido en retocar la inscripción que luce el bombardero en su morro: Enola Gay, en honor a su madre. Ha notado un cierto temblor en su mano derecha, apenas perceptible, pero está ahí.

Cielo despejado sobre Hiroshima.- El control meteorológico llega de forma nítida a la escuadrilla. Ya es día seis, el desierto de Nuevo México va quedando atrás poco a poco, y la ciudad secreta de El Álamo, es apenas una mancha en medio de la vastedad del páramo.

Tibbets es un hombre duro, no en balde ha visto morir a mucha gente, está seguro de que no habrá problemas, cumplirá la misión sin vacilar, igual que en Dresde o Berlín. Sin embargo, no puede quitarse de la cabeza los cientos de miles de personas que va a desintegrar en apenas unas horas. “Desintegrar”, la palabra retumba en su mente, con el martilleo constante del remordimiento.

A las ocho de la mañana, Hiroshima aparece con nitidez ante los ojos del coronel; los B-29 de reconocimiento, ya han dado el visto bueno. Tibbets reza un padrenuestro, es algo íntimo, no sabe muy bien si pide por el alma de los que van a morir, o por la suya propia.

Las compuertas del sollado se abren, y la bomba comienza su caída libre, en apenas cuarenta y cinco segundos, se habrá desatado el Apocalipsis sobre Japón, ni tan siquiera San Juan Evangelista, hubiera podido imaginar semejante devastación. Liberado del peso del artilugio atómico, el Enola Gay sufre un impulso que le hace remontar altura rápidamente; 42, 43, 44, los segundos van cayendo sobre la conciencia del coronel Tibbets, que ni tan siquiera se atreve a mirar hacia abajo.

Un fulgor prodigioso se abre paso ante sus ojos, la luz lo inunda todo, sin embargo todo es silencio. Un hongo atómico, de dimensiones pavorosas, se levanta desde el suelo. Tibbets está ciego, o al menos eso piensa, mientras intenta calibrar la magnitud de la explosión. Por mucho que lo intenta no puede hacerse una idea exacta del resultado de la misión, la luz rojiza procedente de la fusión atómica, se dispersa rápidamente por el cielo, al tiempo que un arrasador ciclón de fuego se abate sobre Hiroshima, reduciendo la ciudad y a sus confiados habitantes, a cenizas; calcinados sin tan siquiera una oportunidad para reaccionar, como si realmente, la ira divina hubiese caído sobre ellos.

-O.K. –Repiten una y otra vez desde la escuadrilla de reconocimiento. –Regresamos a casa. –Tibbets todavía está perplejo, incapaz de reaccionar. El Enola Gay emprende el largo regreso, dejando a su paso la mayor devastación que el hombre haya conocido jamás. Tibbets dedica un pensamiento a su familia –¿Dónde estarán ahora?– cavila con un pellizco de angustia atenazándole las tripas.

Ya es de día sobre Alamogordo; los B-29 se precipitan como aves de presa sobre la pista de aterrizaje, arrancada al desierto por los ingenieros del ejército. Si mira hacia atrás, parece que no ha sucedido nada, el cielo es luminoso sobre el desierto de Nuevo México, el inmenso secarral parece incluso hermoso.

Tibbets desciende del aparato, y se reúne con el resto del equipo, todos guardan un sepulcral silencio, como si se hubiera tratado de una misión cualquiera sobre cielo enemigo. Nada fuera de lo normal. El coronel tiene la boca seca, y escupe un gargajo entre sus pie, el cual se desparrama sobre una hilera de hormigas rojas, que queda atrapada entre la mucosidad blanquecina. Tibbets las estruja con la punta de la bota, y cuando aparta el pie del suelo, contempla horrorizado el amasijo apelmazado de diminutos cadáveres, envueltos en sus propios mocos. Por un instante su imaginación vaga sin control sobre los rescoldos de Hiroshima, sabe que las imágenes que acuden a su conciencia, como mudos espectros, ya no le abandonaran jamás.


Diego Castro Sánchez



 

Extracto de “Cartas desde Paraguay”

Filed under: Amigos autores,Últimos post — tiberiocesar @ 22:52

III


Un mes antes había desembarcado en Buenos Aires. La travesía desde Nápoles había sido apacible, aún así, Krebbs no era amante de la vida marinera, y en cuanto pudo, puso pie en tierra, jurándose a sí mismo no volver a embarcarse en semejante aventura. Los viejos mamparos de su desvencijado camarote, rezumaban humedad por los cuatro costados, y las ratas bodegueras pronto se hicieron asiduas de su compañía, acudiendo cada noche a visitarlo. Las oía roer en la oscuridad, y desplazarse con sus pequeñas patitas de un lado a otro. Durante el día, buscaba con ahínco el recóndito lugar por donde accedían al cuarto; llegando al punto en que decidió reservar parte de su ración diaria, para alimentar a los únicos amigos, que por lo visto tenía a bordo del carguero “Isabelita”.

Los marineros usaban continuamente una jerga ininteligible para Krebbs, una lengua deformada y plagada de extrañas expresiones, que era incapaz de descifrar. Los domingos, el capitán, un hombre de cristianas costumbres, le solicitaba que ejerciera para la tripulación el sacramento de la eucaristía; entonces Krebbs, se colocaba el alba, que llevaba plegada cuidadosamente en su maleta, y recitaba la misa. Lo hacía en latín, ya que era el único idioma en el que podía comunicarse con aquellos hombres, que lo miraban con una expresión cercana a la devoción, y que pocas veces habían contado con la fortuna de viajar con un sacerdote a bordo.

Al principio, pedía perdón entre dientes, cada vez que cometía el sacrilegio de mancillar el Cuerpo de Cristo. Después, poco a poco, fue entrando de tal manera en su papel, que nadie hubiera dicho que se trataba de un falso sacerdote, de hecho, ya no lo era.

Cuando por fin pudo despedirse de sus compañeros de travesía, reconoció en sus expresiones de afecto, verdadero agradecimiento, tanto que no dudo en darles su bendición, y rogar a Dios para que gozaran de un agradable regreso al hogar; aunque dudaba mucho, que ninguno de ellos considerara su casa a algún lugar, más allá de la cubierta del “Isabelita”.

No pasó mucho tiempo en Buenos Aires, lo justo para contactar con un empleado de la embajada de Paraguay, el cual había recibido instrucciones para organizar el viaje de Krebbs, al interior del Gran Chaco –una tierra inhóspita y cenagosa, de donde Dios se ha marchado hace mucho tiempo. –según las palabras del encargado de negocios de la embajada paraguaya, Don Natal Maluenda.

Krebbs tenía serías dudas de que la aparente bondad de Don Natal, no fuera en verdad más que una actitud fingida, un burdo artificio, mediante el cual, intentaba disimular el verdadero impulso que le movía a ayudarle, y que no era otro que las ingentes sumas de dinero, que alguien o algo desconocido, se estaba encargando de proporcionarle bajo cuerda.

-No tiene que preocuparse de nada. Todo está resuelto, en unos días cruzaremos la frontera; yo mismo iré con usted. –A Don Natal le sudaban las manos cada vez que hablaba del tema; se movía nervioso, mientras se secaba el sudor en un pañuelo amarillento, que siempre llevaba colgando del bolsillo de su chaqueta, y que al tercer día, emanaba una hedionda fragancia difícil de encubrir.

Si la travesía a bordo del “Isabelita”, fue toda una aventura, el viaje a lo largo de la frontera entre Argentina y Paraguay, en busca del páramo chaqueño, fue toda una odisea.

-Yo de usted me quitaría esa ropa. –Sugirió Don Natal, con aire risueño, refiriéndose a la sotana, la cual se había convertido en su segunda piel. –El terreno es difícil, y a menudo tendremos que caminar, cruzar arroyos, quebradas… –Krebbs recordó por un fugaz instante el invierno ruso, las largas marchas en retirada, acosados por las emboscadas de los partisanos rusos, y los ataques de la aviación.

Después de varias semanas de recorrer tortuosos caminos, carreteras polvorientas, de dormir al raso, bajo un cielo que Krebbs, jamás había contemplado de forma tan nítida, avistaron los márgenes del Río Pilcomayo; recreándose en la grandiosidad del universo, que se mostraba ante sus ojos, tal cual, por un momento estuvo a punto de reconciliarse consigo mismo. Pero no lo suficiente como para evitar que las sombras de su pasado, aquellas que afloraban cada noche desde algún lugar de su mente, se recostaran junto a él, impidiéndole conciliar el sueño.

-Ya casi estamos. –Afirmó Don Natal, sacando el cuerpo por la ventanilla de la camioneta.

-¡Venga pues! ¡Apúrese! –Exclamó, llamando la atención de Krebbs, que parecía ensimismado con el lento discurrir de la corriente. En la otra orilla, un grupo de capibaras parecía juguetear entre los juncos de la orilla.

A pesar de sus reticencias, no tuvo más remedio que embarcarse en la desvencijada barcaza; el hombrecillo que la dirigía, los miró con ojos curiosos, antes de estirar la mano abierta.

-Indios. –Escupió Don Natal con despreció. El hombrecillo pareció ignorar el comentario, se guardó las monedas bajo el poncho, y comenzó a perchar con indiferencia. La barcaza comenzó a moverse con lentitud, provocando pequeñas ondas en la superficie del agua, que acababan lamiendo la orilla, oculta detrás de una densa marisma.

-¿Queda mucho? –Quiso saber Krebbs, sin poder disimular la aprensión que sentía por el medio acuático.

-No mucho, padrecito, a la vuelta de la esquina. –Krebbs miró al horizonte, que se adivinaba como una estrecha franja sobre amplios esteros, e isletas cubiertas de quebrachales*.

El Pilcomayo se doblaba hasta el infinito, en un largo meandro que arrojaba una gran llanura aluvial a lo largo de su cauce. De vez en cuando, el indio mascullaba algo entre dientes, abandona la percha, y echaba mano de una vieja carabina. Los disparos provocaban una gran algarabía en la marisma, y bandadas de garzas y patos serruchos levantaban el vuelo, para perderse entre los lapachos.

El mes de Marzo tocaba a su fin, y con él la estación lluviosa; apenas unos chaparrones dispersos rompieron la monotonía del viaje; una lluvia cálida, que no calmaba el calor sofocante del humedal.

Por las noches, el indio se aproximaba a tierra firme –por llamarlo de alguna manera –cavilaba Krebbs mientras buscaba un pedazo de tierra seca en donde recostarse. Después de rebuscar en medio de la frondosa galería que formaba la vegetación, el indio regresaba con un cargamento de retama y retales de quebracho, con los que encendía una buena candela. El crepitar de las llamas sobre los rescoldos apaciguaba el inquieto espíritu de Krebbs, y el aroma del capibara asado despertaba sus ansias por seguir viviendo; entonces aparecía de nuevo ella, sentada junto la lumbre, calentándose los pequeños pies, y con su pálido rostro alumbrado por las volutas incandescentes que formaban remolinos entre su pelo.

*(Quebrachales: Arboledas compuestas fundamentalmente por quebrachos; árboles típicos de la fauna del Gran Chacó, en la frontera entre Argentina y Paraguay.)


Diego Castro Sánchez



 

Hieródula 10 agosto 2009

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La estatua de oro de la diosa mostraba un semblante serio.


En sus hermosos y fríos rasgos casi podía detectarse una acusación; los labios, que hubieran debido resultar apasionados, formaban una línea inflexible, y los ojos de metal muerto provocaban una impresión de eterno reproche.


Al menos, así lo percibía Sae, hija de Luen, hieródula en el pequeño templo, y la mejor de todas sus prostitutas sagradas, en opinión de los fieles que acudían asiduamente al lugar. Había sido entregada al servicio de la diosa a la edad de doce años, cuando su cuerpo abandonó las líneas tiernas de la infancia para curvarse suavemente en las de una joven mujer. Su conversión en hieródula no fue algo premeditado. Luen, campesino ignorante, viudo resignado, y hombre de poca suerte, siempre manifestó el temor y la reverencia debidos a la diosa, pero la razón principal que le llevó a sumir a su hija en aquella esclavitud perpetua, fueron las deudas. El pequeño campo que labraba se mostró poco agradecido con las miles de horas de trabajo que enterró en él, y sólo ofreció a cambio hambre y miseria. Luen no tuvo opciones. La dejó en la entrada del templo, apartando los ojos con vergüenza…


Pobre Luen, qué poco conocía a su hija.


Claro que, era lógico que temiese por ella, y se sintiera culpable. Más allá del brillo de los rituales y las parafernalias del templo, y de las palabras una y otra vez repetidas hasta perder todo sentido, las prostitutas sagradas no dejaban de ser eso, prostitutas. Gozaban de una vida cómoda, pero el servicio sagrado no lo soportaba bien todo el mundo. Los fieles acudían a recibir el amor de la diosa a través de sus esclavas, y ellas no tenían capacidad de elección posible. Había que atenderlos a todos, darles aquel remedo de amor a todos, altos, bajos, viejos, jóvenes, guapos, feos, gordos, delgados…


Sin embargo, Sae guardaba un secreto: a ella le gustaba el papel que le había deparado el destino. Le gustaba de verdad. Se sentía una mujer afortunada, y, de alguna manera, una triunfadora. Habían intentado utilizarla, siempre, todos: su padre para alejar su miseria, la diosa para usar su cuerpo como medio para llegar a los fieles, el templo, para enriquecerse con los pagos por sus servicios, los creyentes, para liberar su lujuria… ¿No resultaba tremendamente satisfactorio, y sutilmente irónico, que, en realidad, ella fuera la que los manipulase a todos?


La diosa no la utilizaba para dar amor, era ella la que utilizaba a la diosa, y todo lo que suponía, para liberar sus inagotables apetitos, y su pasión.


Y la diosa lo sabía.


Cada caricia entregada por Sae en su nombre, era una mentira. Cada beso, un engaño. No había comunicación entre los fieles y su divinidad, Sae no se consideraba un vínculo, sino un fin en sí mismo. Nada llegaba a la diosa, nada surgía de la diosa; todo empezaba y terminaba en el anhelante tacto de Sae, en los deliciosos escalofríos de su piel, en el lánguido crepitar de su carne, en el largo y glorioso ascenso que la llevaba una y otra vez a las siempre codiciadas alturas de lo voluptuoso, al erótico mundo de los sentidos, de los deleites carnales.


Todas las bocas podían dar placer, si sabías buscarlo, todas las manos eran capaces de arrastrarte en el lento, armónico fluir del deseo, si sabías dejarte llevar. Por eso, no le importaba que, muchas veces, los fieles fueran hombres viejos, o poco agraciados, en su mayoría campesinos de dedos callosos y carnes marchitas, quebradas por el trabajo duro y la pobreza. Además, no podía quejarse. Ocasionalmente, disfrutaba de algún premio inesperado, soldados o aventureros que estaban de paso por la zona, hombres de armas acostumbrados a buscarse la vida rondando la muerte. Entre sus brazos, enérgicos, entendidos, incansables, Sae ardía como una tea, como las brasas de los incensarios sagrados, perdiéndose jubilosa en aquella marea eterna, eternamente buscada…


Pero, el día en que llegó Meren, el mundo perfecto en el que vivía Sae, dio un brusco vuelco.


Al contemplar la figura elegante, gallarda y atractiva, de aquel extranjero, el corazón se aceleró en su pecho como nunca antes le había ocurrido. Sintió que los dedos se le crispaban por el puro afán de tocar esa piel, esa, exactamente esa, y ninguna otra. Sintió la boca reseca, agrietada, sedienta, ansiosa de recibir los besos de esos labios. Su cuerpo se tensó, totalmente alerta, esperando recibirle, mezclarse con él en esa inacabable danza atávica en la que ambos llegaría a ser puro gozo, carne que palpita.


Meren era un hombre hermoso, alto, bien proporcionado, con aire digno y noble.


Y Sae iba a tenerlo…


Avanzó hacia él, contoneando las caderas con suavidad, muy segura de sí misma, de su belleza, de la ciencia meticulosamente aprendida entre los susurros de sus sábanas. Sólo se oyó el tintineo de sus largos zarcillos, de los mil abalorios y cadenillas que adornaban su cabello, tobillos, brazos, y la túnica dorada de hieródula. Los rasgos de su rostro permanecieron inmóviles observando a Meren, fijamente, manteniendo su mirada; nada dejó entrever cuánto deseaba arrancarle la capa, y la armadura de cuero blando, cómo suspiraba por apartar el último rastro de ropa y aferrarse con uñas y dientes a su piel, probar su sabor, contaminarle con aquella abrumadora necesidad…


– ¿Deseas recibir el amor de la diosa, creyente? – preguntó, siguiendo el ritual. Los ojos de Meren se deslizaron un segundo hacia la estatua de la diosa, luego volvieron a ella… Agitó la cabeza.


– No, creo que no – dijo, sorprendiéndola – No temas. No seré yo quien se aproveche de tu triste situación muchacha, ni quien te tome, cuando me consta que no puedes rechazarme. Debe ser terrible tener que prostituirte de esta manera, perder… la dignidad, perder el respeto que todo el mundo debe poder sentir por sí mismo, sin ni siquiera quedarte con el oro ganado a costa de tu humillación – Sae se quedó tan desconcertada, que no supo qué replicar. Él le entregó una bolsa, bien nutrida – Toma. Este oro, que sea para ti, y sólo para ti. Escóndelo – alzó una mano, y le acarició la mejilla. El roce provocó una sensación devastadora, una descarga absolutamente deliciosa de dolor y calor que recorrió con furia su cuerpo. Sae se estremeció. Él no pareció darse cuenta, sumido en su propia lucha – Y no creas, no resulta fácil, renunciar a disfrutar de tus encantos. Eres una joven muy hermosa. Quizá, en otras circunstancias… Pero soy un hombre de honor, y debo tratarte con el respeto que te mereces.


Respeto… El hambre de sensaciones que tensaba dolorosamente su cuerpo, que hacía arder por completo su alma, la inducía a revelarle la verdad, y de inmediato. Quería decirle que no tenían por qué negarse la satisfacción que ambos deseaban, porque ella, ella en concreto, no era una víctima. Muy por el contrario, se consideraba un ser tremendamente dichoso, situado por la vida en el lugar donde más libre podía sentirse. De haber seguido en la casa de Luen, hubiese terminado casada con cualquier campesino, un hombre áspero, rudo, y sólo inspirado por su propio placer. Un único hombre, al que hubiera pertenecido, al que se hubiera visto sujeta, limitada a sus momentos y sus caprichos, sin posibilidad de desatar sus apetitos en otras pieles…


Pero, no, no…


Sae titubeó, sintiéndose atrapada en una absurda broma del destino. Si no le sacaba de su error, aquel extranjero se iría, dejándola con su espejismo de virtud, su deferencia, y sus brazos vacíos; pero, si le decía la verdad, perdería aquel inesperado respeto, aquella emoción peculiar que nunca nadie le había regalado, y que se sentía inclinada a conservar. Incluso, quizá, llegara al desprecio. No podría soportarlo… Era capaz de irse, de todos modos, y ella se quedaría sin la satisfacción carnal, y sin su respeto.


Contuvo el intenso deseo que pugnaba por estallar en su interior, y le dejó marchar, apretando disimuladamente los puños. No podía librarse de la incómoda idea de que, ya, nada sería como antes, nunca. A partir de ese momento, buscaría el aroma de Meren en otros aromas, el sabor de esa piel que ni siquiera había probado, en otros cuerpos, el frenesí devastador que había desatado aquel roce en su mejilla…


Y le dio la impresión de que, la estatua de la diosa, sonreía.


Yolanda Díaz de Tuesta

 

Flores para los Muertos

Filed under: Amigos autores — Díaz de Tuesta @ 14:48
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Para Jorge, era un trabajo sencillo.

La vieja no pagaba mucho, cierto, pero saltar la tapia del cementerio suponía un esfuerzo mínimo, y el traslado de las flores, las grandes coronas, los hermosos ramos, no dejaba de ser un agradable paseo. Incluso le permitía sonreír, en el camino de vuelta, a la chica que había empezado a hacer la calle junto a la tasca de Alberto. Siempre llegaba con las sombras, como si la noche tomara forma en su piel oscura. Era morena, de grandes ojos y largas piernas, líneas cimbreantes que hubieran debido tener mejor destino que el de ser tocadas por toda clase de pieles a cambio de unas pocas monedas. No hablaba su idioma, lo supo la tercera noche, al preguntarle su nombre y recibir una risita nerviosa por respuesta, y él jamás pagaba por un servicio; era una cuestión de principios que no pensaba romper, ni siquiera por ella.

No les quedaba, por tanto, más que la sonrisa, el lenguaje internacional de las expresiones luminosas. En eso, se entendían perfectamente.

Jorge no podía decir cuándo aquel encuentro se había vuelto importante. Quizá lo fue desde el principio, desde el mismo instante en que se hicieron reales el uno para el otro, llenándose de color, de facetas y detalles, superponiéndose al gris decorado que formaba el mundo. Adoraba la sonrisa de aquella muchacha, era su única conexión con esa parte de las relaciones humanas que tan extraña le parecía. Amor, afecto, amistad, cariño… Muchas veces se había preguntado qué sensación provocaban realmente aquellos términos tan valorados por la mayoría de la gente, y sólo ahora empezaba a intuirlo. Antes pensaba en ellos con desdén; ahora, con auténtica codicia. ¡Le resultaban tan raros y fascinantes! Él se había criado en la calle, había tenido que luchar duramente por cada bocado, por cada noche bajo techo, por huir del frío y de la miseria. No es que en esos momentos fuera rico, ni mucho menos, pero se estaba haciendo un hueco en el mundo, la clase de huecos que se buscan por la fuerza los que nada tienen. Hubiera podido conseguir mucho más, en menos tiempo, pero no era tonto y sabía que los vivos eran muy celosos de sus pertenencias.

Él prefería robarle a los muertos.

Las flores. Las deliciosas, aterciopeladas, perfumadas flores de los muertos…

Alguna vez, se había acercado a los ramos de rosas, en la floristería de Elvira, a sus jazmines, a sus crisantemos, a sus gladiolos solitarios. No olían igual, en absoluto. Estaban allí, a disposición de cualquiera; eran flores iluminadas fieramente por la luz del sol, destinadas a festejar cumpleaños o la existencia de una pasión, o para adornar un templo, o cualquier otra cosa que atañía únicamente a los vivos. Sólo las Elegidas, las arrastradas por la fuerza del destino a la oscuridad de las sombras, las obligadas a traspasar la línea entre mundos, eran capaces de emitir aquel perfume único que le envolvía en sus paseos nocturnos, del cementerio a la casa de la vieja.

Y en la casa de la vieja.

Allí, a la luz de las dos velas que apenas conseguían contener las hambrientas sombras contra las esquinas, las flores tenían un perfume más intenso todavía, de ser posible. Virulento, penetrante, denso… brutal. Tras pagarle con las monedas que sacaba sigilosamente del armario situado en el centro de la habitación, arrastrada por aquel anhelo, aquella urgencia incomprensible, la vieja hacía caso omiso de su presencia, y empezaba a arrancar los pétalos, a llevar a cabo su extraño ritual, mirando de vez en cuando hacia el armario, como vigilando que siguiera allí.

Jorge la observaba en silencio, entre fascinado y repelido, intentando deducir las razones de tal proceder. ¿Sería algún conjuro? ¿Alguna clase de magia insólita? A su pesar, Jorge, Catedrático de las Calles, Doctorado en Puños, Experto en Todas las Formas del Dolor, temía a la vieja. Temía sus ojos blancos que parecían ciegos pero que lo veían todo. Temía su tacto reseco, sus uñas rotas siempre manchadas de tierra negra, y el olor dulzón que emitía. Era como si las flores la envolvieran, sofocantes, y se pudrieran lentamente sobre su piel, fermentándose en una esencia tan odiosa como sugestiva. Más de una vez se había preguntado si no estaría ya muerta, si no sería la tierra de sus uñas tierra de su propia tumba, prueba de haber escarbado con desesperación para escapar y volver al ámbito de los vivos. Pero era tan absurdo… Jorge creía firmemente en la línea, en la zona de nadie que separaba los mundos. Sólo las flores podían traspasarla.

La vieja arrancaba uno a uno los pétalos de las hermosas coronas, con cuidado exquisito, tratando de no romperlos. Los iba pegando en la pared, asegurándose de no dejar nunca espacios vacíos, usando como engrudo su espesa saliva. Jamás, ningún pétalo osó soltarse tras ser añadido al grupo con aquel pegamento repugnante. Y ella, murmuraba con su voz rasposa, llena de espinas: “Flores para los Muertos. Flores para las Almas Perdidas. Flores para Aquellos de los que Nada queda…”.

A la luz del día, recordarlo hasta le inspiraba algo de hilaridad. Bajo el tembloroso palpitar de las velas, resultaba total y absolutamente aterrador. Así, sin más, sin términos medios, sin palabras que pudieran suavizarlo. Aterrador por lo tétrico, por lo inexplicable, por lo absurdo que era todo. Las paredes, las cuatro paredes del pequeño cuartucho, estaban casi completas. Podía haber terminado al menos tres, de hecho, pero seguía una línea, igual que seguía un ritual, y cuidaba de continuar las hileras por los cuatro lados, con precisión milimétrica.

Jorge se sentía enfermo, y se iba.

Era un trabajo, se decía, y trataba de no pensar más en ello. Pasaba el día en la Oficina del Paro, la versión mortal del Purgatorio de las Almas en Pena, en la tasca de Alberto, el Cielo Ilusorio para quienes sólo quedaban los sueños distorsionados en el fondo de un vaso vacío, y en la calle, el mundo hostil del asfalto y de la espalda, donde nadie conocía a nadie, donde todos buscaban la manera de ser más fuertes que el contrario.

Y, con la llegada de una nueva luna, reiniciaba su rutina.

Una noche, al regresar con las flores, vio a la chica apoyada contra la pared, junto a su esquina habitual. Supo que estaba llorando por la forma suave en que vibraban sus hombros, aunque algo le dijo que lo hubiera intuido en cualquier caso. Jorge cargaba con una enorme corona en la que una cinta juraba que NUNCA TE OLVIDAREMOS. Estaba formada por decenas de pequeñas rosas blancas, que habían sido puras, inmaculadas bajo la luz del sol, pero que ahora mostraban los colores del hueso, la esencia de la muerte, el perfume intenso del otro lado. ¿Acaso no pertenecía ella también, en parte, al otro lado? Era un ser como él, sin lugar en el mundo de los vivos pero aún no aceptada entre los muertos, una criatura mixta, perdida en la estéril tierra de nadie. Vivían porque sí, y morirían porque sí, y nadie les recordaría. Sólo se tenían el uno al otro.

Jorge sintió una extraña congoja. Extrajo una rosa de la corona, y se acercó a la muchacha. Piel negra, golpeada, un labio roto, un ojo morado. Durante unos segundos, ella le miró sin verle, luego, al reconocerle, sorbió las lágrimas y sonrió. Jorge hubiese querido matar con sus propias manos a quien le había hecho eso, pero no tenía sentido preguntar. Quizá, ni aunque hubiese sabido el nombre, ni aunque hubiese conocido su idioma, se lo hubiera dicho. Cada uno tenía su parcela de realidad, perfectamente delimitada, ella, con sus clientes, él, con sus flores, sólo enlazados por la sonrisa.

Jorge le tendió la flor.

La chica parpadeó, sorprendida. Sus ojos de ébano brillaron como cristales. Una nueva lágrima se deslizó por su mejilla, y la sonrisa se extendió, trémula, algunos milímetros más. No dijo nada. No era necesario que dijera nada. Sólo cogió la flor, casi reverente, y la olió, cerrando los ojos, sumergiéndose en el perfume, y en la sensación de sublime maravilla que le producía aquel inesperado obsequio. Jorge la dejó así, y prosiguió su camino.

Si la vieja echó de menos la flor, no lo dijo. No es que tuviera mayor importancia, pero todo lo relacionado con ella resultaba tan extraño que no le hubiera sorprendido verla furiosa, exigiendo su restitución, o un nuevo viaje al cementerio, gratis. Pero, no, se limitó a temblar de gozo anticipado al ver el estupendo material logrado esa noche, y Jorge quedó convencido de que en medio de la profusión de rosas, su ausencia había pasado completamente desapercibida. Cobró, y se fue.

Apenas pudo dormir esa noche, sintiéndose sumamente inquieto, y durante el día, en la Oficina del Paro, en la tasca de Alberto, en la calle, pensó en el labio roto de la chica, en sus sensibles ojos de ébano, y en aquella lágrima solitaria. Pensó tanto en todo ello, que sus principios cambiaron, y decidió que si no podía convencerla con su sonrisa, pagaría por tocar aquella piel y tratar de alcanzar, más allá, su luz oscura. Alcanzarla, y atraparla, a ser posible, y arrancarla de la esquina en la que vivía, y ser dos en la misma lucha, ahuyentando definitivamente la soledad. Les unía una sonrisa, una sonrisa auténtica y resplandeciente. Era mucho más de lo que había unido a otros.

Pero, esa noche, la chica no estaba.

No era la primera vez, todo dependía de un cliente, de un momento de buena fortuna, de una concatenación de circunstancias. Jorge dudó un instante, aun sabiendo que no había lugar para las dudas. Tenía que verla esa misma noche, y llegar a un acuerdo sobre su futuro. Dejó la corona que había conseguido bien oculta tras unas cajas y entró en la abarrotada tasca de Alberto, a preguntar por ella.

Entonces, supo lo que había pasado.

La habían encontrado al amanecer, con el cuello roto, en uno de los callejones cercanos al muelle. Mala suerte, dijeron todos, agitando tristemente las cabezas, con la resignación propia de quienes saben que la vida es algo que te puede ser robado en cualquier momento, como todo lo demás. Fue una noche de pura mala suerte. El cliente anterior, la había pegado con saña, con esa violencia de la que sólo son capaces los más cobardes, los que tienen que liberar sus frustraciones con quienes saben que no pueden defenderse, pero según la policía, para entonces aquel hombre tenía una coartada oportuna en su mundo socialmente aceptable de próspera clase media. Nadie sabía con quién se había ido, después. Y nadie sabía nada de una rosa.

Jorge se sintió absolutamente desolado, como nunca, jamás, en toda su vida hasta entonces. Había perdido la sonrisa, había perdido los ojos de ébano, la brújula con la que había querido orientar el resto de su existencia. Tuvo miedo de llorar, y quizá lo hizo, porque Alberto, que no era dado a semejantes muestras de generosidad, le invitó a la primera copa, a la que siguieron dos más, y luego una tercera, tratando en vano de alcanzar ese punto en el que toda pena produce una risotada vacía. Para cuando recogió de nuevo la corona, se tambaleaba torpemente sobre los pies.

La vieja estaba ya fuera de sí cuando llegó. Se había retrasado respecto a su horario habitual, cierto, pero tampoco parecía tan importante. La mente de Jorge, embotada por el alcohol, no podía entender su angustia, ni su furia. Ella le arrebató la corona, y en vez de pagarle de inmediato, como hacía siempre, empezó a arrancar pétalos con manos temblorosas, a humedecerlos con una lengua ennegrecida por los encantamientos, a pegarlas en su línea exacta con fuertes golpes llenos de desesperación. “Flores para los Muertos. Flores para las Almas Perdidas. Flores para Aquellos de los que Nada queda…”.

El olor, la podredumbre, el cambio… Todo estaba teniendo lugar de forma acelerada, para intentar recuperar unos segundos vitales. Jorge sintió que se mareaba. El amargor de la bilis ascendió hasta su boca.

– Págueme – pidió, conteniendo la náusea, las ganas de vomitar, de expulsar de sí el alcohol y el espanto. Pero la vieja no le hizo caso. Siguió con su sonsonete, con su pegar pétalos enloquecido, arrancándolos de la corona a puñados, sin el cuidado con el que habitualmente llevaba a cabo el proceso.

Decidido a irse cuanto antes, Jorge se dirigió hacia el armario del que la vieja siempre sacaba las monedas. Estaba situado en el centro mismo de la habitación, para mantener despejadas las paredes y poder llenarlas por completo de pétalos, y él siempre lo había visto por su parte trasera. Por delante, resultaba un mueble igualmente anodino, de madera barata y diseño poco inspirado. Tenía cerradura, pero la llave no estaba echada.

La vieja había seguido sin prestarle atención, pero, en cuanto abrió las puertas, en cuanto descubrió el foco de aquel olor nauseabundo, en cuanto contempló, horrorizado, el cuerpo marchito que aguardaba dentro, colgando de una percha igual que ropa destrozada, chilló enloquecida. Dejó caer el puñado de pétalos que había tenido entre las manos, que revolotearon a su alrededor como si fuera la aberrante novia de una boda, y se lanzó a por él. Aturdido por la fetidez que había surgido del armario, Jorge no fue tan rápido como ella. Sintió que le clavaba las uñas rotas y negras, que tenían un tacto terroso y áspero; las clavó con saña, desgarrando piel y carne, derramando su sangre, buscando su completa destrucción. Jorge reaccionó de forma instintiva, lanzando el puñetazo que tantas veces le había salvado en otras ocasiones.

Notó cómo la carne se deshacía como algo viscoso y repelente bajo sus nudillos, cómo los huesos se astillaban igual que ramas secas, sin emitir un solo lamento. El impacto fue fulminante. Antes de tocar el suelo, cuan larga era, la vieja ya estaba muerta.

Jorge la miró sobrecogido, con un estremecimiento helado recorriendo su interior, atenazando sus articulaciones, impidiéndole respirar. No era la primera vez que mataba a alguien, bien lo sabían las calles y la siempre silenciosa noche, pero sí la primera en que no había deseado realmente matar, y en la que el otro no podía defenderse. Allí, tirada, inmóvil, la vieja parecía tan débil, tan absolutamente vulnerable…

Sintió un momento de vacío, de absoluta nada. Luego, los cabellos de su nuca se erizaron.

Lentamente, giró sobre sí mismo, enfrentándose al cuerpo guardado en el armario. Era poco más que un esqueleto, despojos irreconocibles, aunque los restos de su ropa, un traje de un negro sin más matices que los que le daba la suciedad, hacían suponer que se trataba de un hombre. No se había movido…

¿O sí?

¿Estaba antes la cabeza inclinada hacia ese lado? ¿La mandíbula había caído de ese modo, en aquella especie de burlona carcajada, como si acabase de presenciar algo realmente divertido? No estaba seguro, y, de alguna forma, saberlo era importante. Los ojos de Jorge recorrieron la figura, buscando cuidadosamente todos los posibles cambios.

Y entonces, vio la rosa.

La tenía aferrada entre los descarnados dedos de su mano derecha. Mano de huesos, firme y dura, mano capaz de arrebatar vidas, de romper cuellos… Jorge contuvo la respiración, horrorizado, culpable, enloquecido, sofocado por el olor, cada vez más fuerte, más intolerable, del cadáver y las flores.

Una sobrecogedora sensación de urgencia le embargó por completo. No sabía por qué, pero debía completar aquellas paredes, debía evitar… algo que, de tan horrible, no podía ni imaginar, no quería ni imaginar. Quizá fue en ese momento cuando se quebró su mente, aunque de ser así, no llegó a darse cuenta, porque ya no pensaba en nada, no pensaba en sí mismo, ya no existía. No tuvo mucho que ver tampoco con el hecho de que su cuerpo se moviera por la habitación, que se dirigiera a la corona, que empezara a arrancar pétalos convulsionado, mirando de vez en cuando al armario, con el alma en vilo.

– Flores para los Muertos – dijo una voz, que le costó reconocer como la suya, y su saliva era pegamento, y su lengua empezó a ennegrecerse con las sílabas del sortilegio – Flores para las Almas Perdidas. Flores para Aquellos de los que Nada queda…


Yolanda Díaz de Tuesta