Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Y mamá besó a Gaspar 5 enero 2010

Filed under: Amigos autores — rarevalo @ 9:40
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En la década de los 50, hubo un villancico inglés que popularizó Tommie Connor que se titulaba ‘I saw mommy kissing Santa Claus’. Era un villancico muy corto que hablaba de un niño que pillaba a su madre besando al gordo de la barba.

Permitidme que hoy haga una adaptación de ese villancico y lo convierta en un relato para celebrar la víspera de reyes, pero llevándolo a nuestras costumbres.



Y MAMÁ BESÓ A GASPAR

Era una noche de reyes de mucho frío. El viento soplaba fuerte y se respiraba un ambiente húmedo, como si fuera a llover en cualquier momento y nos fuera a estropear aquella cita tan especial. Iba de la mano de mamá, quién me llevaba al centro para ver la cabalgata de los Reyes Magos, algo que llevaba esperando desde el inicio de la Navidad, y que era lo que más ilusión me hacía.

No obstante, mamá parecía bastante enfadada. No dejaba de mirar su reloj y suspiraba muy a menudo cuándo, tras mirar por los alrededores, veía cómo papá llevaba tarde otra vez. Y eso que este año lo había prometido, asegurando varias veces que por fin estaría conmigo para ver a los Reyes.

A mí, sin embargo, me daba igual. Yo sólo quería ver a Gaspar. Mi rey favorito, el mejor de tres, con esa barba larga y marrón, y lleno de caramelos para regalar. Era el más simpático, para mí el más gentil, y el más alto y de camello más hermoso. Verle aquella noche, momentos antes de empezar a entregar regalos, era lo más bonito que me podía pasar, y tenía muy claro que el enfado de mamá no me lo iba a estropear, ni mucho menos la ausencia de papá.

Las calles estaban llenas de gente, de otras mamás y otros papás con sus niños a cuestas mientras desfilaban los carromatos, los camellos y los elefantes… Los pajes lanzaban caramelos y desde los tronos, los tres reyes saludaban y lanzaban besos. Pero para mí, sólo había ojos para uno de ellos: Gaspar.

A veces me volvía hacia mamá llena de ilusión y ella me dedicaba una sonrisa forzada mientras comentaba algo sobre papá. Pero yo no respondía. Sólo asentía para volver a mirar al frente y continuar viendo a mi rey favorito, a quien sólo podía ver en ese momento hasta el año siguiente.

Al final, papá no llegó a tiempo. El desfile había terminado y las dos ya nos disponíamos a irnos cuándo él llamó por teléfono. Entonces, mamá le dijo que estaba harta, que siempre la misma excusa y que había tenido que ver a los reyes otro año sin él. Y aunque yo le tiraba de la manga para decir que no pasaba nada, ella continuó reprendiéndole con la misma dureza que hacía conmigo cuándo no me terminaba la comida.

Tras colgar a papá, mamá me llevó a dar una vuelta antes de volver a casa. Nos paramos en un puesto para comer un churro y hablamos durante un rato. Seguía con la expresión extraña, pero parecía más distraída. Me preguntó si estaba nerviosa, si había pedido muchas cosas y si pensaba si el rey me lo traería todo. Claro, que a esa pregunta vino la de siempre:

- Si has sido buena, seguro que te lo trae… aunque no sé yo –me decía, pero a mí me daba igual. Con haber visto a Gaspar era suficiente.

Me comí el churro llena de felicidad. Había sido una tarde grandiosa, había visto a Gaspar, a mi Rey favorito, y ahora sólo tenía que irme a dormir para esperarle, aunque mi mayor ilusión, más incluso que los juguetes que me dejase a los pies del árbol, era poder verle y estrecharle entre mis brazos.

Cuál fue mi sorpresa que al entrar en casa, las luces de colores estaban encendidas y sentado en el sofá de mi casa ¡Estaba Gaspar! Yo me quedé helada, inmóvil sobre el sitio sin soltar la mano de mamá, mientras ella por fin sonreía de oreja a oreja. La miré y me soltó, animándome a correr tras Gaspar para darle ese abrazo que tanto había pedido. Y así lo hice. Corrí todo lo que pude hasta que me dejé caer en su regazo. Él sonreía y me llamaba por mi nombre. Me preguntaba si me había gustado el desfile y después me pidió que le diera un beso, algo que no dudé en hacerlo y, vaya, ¡Olía cómo papá!

Estuvo conmigo a solas durante más de una hora, mientras mamá hacía la cena sin dejar de sonreír, y lo hacía como nunca había visto. Y es que, claro, Gaspar estaba en nuestra casa. No era para menos.

Cuando acabó de hacer la cena, me la puso sobre la mesa y Gaspar se quedó conmigo viendo cómo comía sin dejar de contarme aventuras de su largo viaje junto a Melchor y Baltasar, y cuándo terminé, me llevó a la cama y me arropó. Fue entonces cuándo me dijo que tenía que irse. Él y sus dos amigos debían empezar a entregar regalos y no podía demorarse más. Yo asentí obediente, le di un beso y traté de dormir un poco. Pero si normalmente no dormía durante aquella noche ¡Cómo iba a hacerlo después de haber visto a Gaspar! Estaba tan emocionada que no dejaba de dar vueltas en la cama y por mi mente sólo pasaba un pensamiento. ¿Seguiría Gaspar en casa?

Fue en aquel momento cuándo, a pesar de haber prometido que me quedaría en la habitación sin moverme, salí y me asomé por la puerta del pasillo con timidez. Pero, no podía ser. Mis ojos estaban viendo algo que no podía creer. ¡Mamá estaba besando a Gaspar! Pero no un beso en la mejilla, cómo podía darle yo… ¡No!, era un beso de ésos como los que daba a papá, y el rey se reía intentando no hacer ruido, quitándole la ropa a mamá poco a poco y yo, escondida detrás de la puerta, no podía pensar en otro que no fuera papá.

Mamá le quitó la túnica, los zapatos y la corona, y le pidió que se quedase con la barba, algo que no entendí pero que imaginé que sería cosa de mayores, y cuando mamá se reclinó sobre el sofá, Gaspar se echó encima de ella… fue cuando ya no pude aguantar más, y corrí despavorida de nuevo hasta mi habitación, con los ojos abiertos de par en par sumida en la oscuridad azulaba que invadía mi habitación y pensando por qué tardaba tanto papá.

No pude dormir aquella noche. Me quedé en el silencio tratando de adivinar cuándo se iba Gaspar y llegaba papá, pero no llegué a saberlo. Cuándo el sol trajo el día de Reyes, salí con timidez de la habitación, andando con sigilo hasta la cama de mis padres. Sólo estaba mamá, dormida plácidamente, y ni rastro de papá. Salí de allí despacio y poco a poco llegué al salón. El árbol estaba encendido, con las luces parpadeando como a mí me gustaba. Sobre la estantería, mi bota estaba a rebosar de caramelos y a los pies de árbol había una gran cantidad de regalos, aunque no todos eran los míos. Había algunos de Gaspar que eran para papá… ¡Y yo me enfadé aún mucho más!

De pronto oí ruido en la cocina. Había alguien cocinando, haciendo el desayuno posiblemente, y yo corrí por si acaso todavía estaba el Rey. Pero no, era papá. Con su pijama azul y sus zapatillas con forma de garras de oso. Estaba despeinado, cómo todos los días nada más despertarse, por lo que había entrado y no le había escuchado. Me miró sonriente y yo me quedé contemplándole sin saber qué hacer o decir… ¡Y encima, él estaba más feliz de lo normal!

- ¿Qué pasa, pequeña? ¿No vas abrir los regalos? –me preguntó levantándome del suelo para darme un beso en la mejilla- un pajarito me ha dicho que ayer te visitó Gaspar ¿eh?

Y yo asentí, sin saber que hacer o decir… Y es que ¡¿Cómo le digo a papá, que ayer mamá besó a Gaspar?!


Roberto Arévalo Márquez


 

Disculpas a tiempo 5 noviembre 2009

Filed under: Amigos autores — rarevalo @ 19:30
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Disculpas a tiempo

Cuando terminé de arreglarme el cuello de la camisa, y tras asegurarme de haberme embadurnado del perfume que tanto te gustaba, me dispuse a salir bien acicalado hacia la puerta de tu casa. No era una distancia especialmente larga, aunque con mi ritmo pudiera hacerse pesada. Y es que tenía que pensar bien lo que iba a decir, memorizar las palabras de un discurso elaborado que consiguiera tu perdón.

Por suerte era un día soleado, de brisa suave y agradable, y que invitaba a dejarse embriagar por la alegría que flotaba en el ambiente. Y yo, envuelto en ese furor mañanero, empecé a andar, un paso tras otro, estando cada vez más cerca de ese momento tan temido.

De camino me detuve en el rosal que había sido testigo de nuestros encuentros furtivos en más de una noche cuando ya nadie caminaba por las calles. Me recliné dispuesto a oler una de esas flores y, sin pensarlo, arranqué una para ti, no sin evitar pincharme logrando que maldijese como si fuera un perro gruñón.

Ya con ella en mi mano izquierda, mientras me chupaba la poca sangre que emanaba de la otra, continué hasta tu casa pensando en mi disculpa. Porque por fin había descubierto lo importante que eras para mí, y de ahí que aquella mañana caminase, de tu casa a la mía, desconcertado y temeroso, pero seguro de lo que hacía y de lo que pretendía.

Me planté en la puerta de tu casa, cogí aire y anduve los últimos pasos. El corazón me latía tan rápido que pensé que se iba a desbocar del pecho y sentí cómo me temblaba la voz. Incluso llegué a pensar que me quedaría mudo en cualquier momento, pero aun así no iba a retroceder. Acaricié el timbre, dudando si apretar o esperar un poco más, y tras pensarlo dos veces, le di y escuché su agudo sonido que te avisaba que estaba ya aquí.

Tú tardaste en abrir, no supe si era porque no me querías recibir o si era porque estabas igual de nerviosa que yo, pero esperé paciente aprovechando esos minutos para recordar el discurso preparado. ¡Maldición, lo había olvidado! Entonces palidecí, lleno de dudas, miedo y vértigo, sensaciones que aumentaron cuando al fin noté tu presencia al otro lado de la puerta, y supe que mirabas por la mirilla, dudando si abrirme o hacerme pensar que no te encontrabas en casa.

Pero finalmente lo hiciste y tu mirada, seria y compungida, se fijó en la mía, asustada y temblorosa. Yo extendí la rosa para que la cogieras entre tus manos, susurrando un débil ‘Te quiero’ mientras en mi cabeza me decía a mí mismo que eso era lo que tenía que decir al final del discurso olvidado, y no al principio como había hecho.

Tú suspiraste, mirando hacia mis pies y después de nuevo a mis ojos. Entonces esquivaste la mirada, evitando que notase cómo la comisura de tus labios había hecho un amago de sonrisa. Y tras mirar al interior de tu casa, y recuperar la compostura, te volviste de nuevo: seria, firme, convencida que no había notado cómo habías bajado la guardia.

http://www.epaworld.net/blog/images/calimero_triste.jpgSin embargo me encontraste una vez más, y esta vez con esa mueca de niño triste, de perro abandonado: cabizbajo, con mi labio inferior doblado, los ojos achicados y la rosa sobre mi pecho. Era lo que llamabas la mirada de Calimero, a quien nadie quiere y al que todos abandonan. Entonces reíste, te sumergiste en miles de carcajadas y supe que esta vez la disculpa había llegado a tiempo, y susurré un casi imperceptible perdón.

Aún dudaste un poco. Pero al final saliste de tu casa y cogiste la rosa. Te la llevaste a tu nariz y respiraste un poco. Pero una avispa salió de entre los pétalos y empezó a revolotear entre tu pelo. Te pusiste nerviosa, tirando la flor y gritando como una loca implorando que se fuera, mientras yo intentaba cazarla al vuelo, entre saltos torpes que me hicieron caer de bruces contra el suelo.

Aquello hizo que te olvidases de la avispa y te rieras de mi torpeza con más ganas que antes. Te quedaste ahí enfrente, sin ayudar a levantarme, sólo riendo a carcajadas aún más sonoras que las otras, viéndome en el césped de tu entrada, como una cucaracha con las patas arribas intentando darse la vuelta, y yo sin entender lo que provocaba tanta risa, esperé a que acabaras. Pero no podías. Se te habían saltado las lágrimas y yo, divertido y derrotado por una avispa, confié en que al final tu compasión se apiadase de mi torpeza.

Tus risas se convirtieron en el escenario de aquel momento, hasta que moví mi pierna izquierda con rapidez, provocando que te cayeses encima de mí y aplastando la rosa que había cogido para ti. Entonces tus risas cesaron inmediatamente, y con tus ojos bien abiertos, me miraste desconcertada. Luego te volviste hacia la rosa, la cogiste del tallo y la miraste desolada.

- ¿Ves lo que has hecho? –me preguntaste con cierto tono recriminatorio mientras me enseñabas la rosa espachurrada.

- Lo siento –contesté yo, otra vez expectante y temeroso.

Pero entonces volviste a reír… la disculpa había vuelto a llegar a tiempo, tirados en tu jardín, con la rosa ya fuera de este encuentro. Entonces, abrazados, sentí cómo tus manos acariciaban mi rostro antes de que tus labios se posasen en los míos, recibiendo tu perdón en forma del dulce de tu lengua saboreando mi boca.

Aquella mañana conocimos lo mejor tras una discusión; una reconciliación intensa que no hizo otra cosa que reforzar los lazos que antes nos unían. A partir de entonces, nuestros pasos en este mismo camino compartido se hicieron más firmes y seguros… pero claro, esto sólo sucede así cuando las disculpas llegan a tiempo.


Roberto Arévalo Márquez


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Una familia normal 19 octubre 2009

Filed under: Amigos autores — lolamontalvo @ 18:38
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RELATO GANADOR DEL 2º PREMIO EN EL VI CERTAMEN DE RELATO CORTO AMFE-MUJER 2007 de Castilleja de la Cuesta. Sevilla

 

LOLA MONTALVO CARCELÉN

 

 

Los libros me permitieron, cuando era pequeña, que sus historias me llevaran lejos,
que la fea vida que me tocó vivir fuera menos espantosa y que un soplo de esperanza
iluminara mi corazón.
Os doy con este relato un trozo de mí.
Lola

UNA FAMILIA NORMAL

Anita cerró el libro. Su madre ya le había llamado tres veces y por el tono de voz se evidenciaba su enorme enfado. Papá se retrasaba otra vez para comer y Anita debía ir a buscarlo. La novela que había NIÑA LEYENDOcomenzado a leer esa mañana debía esperar. Suspiró con fastidio y ajustó mejor el papel de periódico que había utilizado para forrar el libro; mamá pocas veces se preocupaba de supervisar las lecturas que devoraba a un vertiginoso ritmo, pero debía ser cautelosa. No dudaba que su eterno mal humor empeoraría en segundos si comprobara que estaba leyendo Cumbres borrascosas, de E. Brontë. <<¡Una mocosa de once años no debería jamás posar sus ojos en esas sucias historias…!>>. Meses atrás la castigó durante dos semanas sin salir a la calle porque la había sorprendido leyendo La Dama de Blanco, de W. Collins. En un arranque de furia, su madre había roto el libro y no sólo no había podido saber en qué culminaba tan fascinante y misteriosa historia, si no que aún estaba ahorrando para poder sustituirlo por otro y devolvérselo a Paqui, su vecina. Anita todavía se sonrojaba al recordar el bochorno que había sentido al explicarle lo sucedido. Su madre era una ignorante y se avergonzaba por ello.

Un nuevo grito de su madre hizo respingar a la niña. Con temblorosas manos decidió esconder su nuevo libro bajo el colchón de su cama. Arregló la colcha y corrió a la cocina.

Eran más de las dos y media y hacía un calor insoportable. La calle estaba desierta. <<¡Normal –pensó Anita-, a estas horas y con este calor la mayor parte de la gente estaría comiendo al fresco de sus cocinas!>>. Por la empedrada calle sólo correteaban algunas lagartijas y cuatro moscas revoloteaban sobre unos restos de basura. Anita entornó los ojos en un intento vano de evitar el resplandor cegador del sol. A través de una ventana abierta le llegó el sonido amortiguado de un noticiario radiofónico y una chicharra chirriaba entre las macetas de los balcones. El sudor le empapaba la espalda y la cara. ¡Cómo odiaba el calor, el implacable sol! ¡Cómo odiaba tener que ir a buscar a su padre por los bares del pueblo! Fermín, que así se llamaba, solía frecuentar cinco tascas distintas, cada una en una punta de la población. Cuando estaba con sus amigotes y con un tinto en la mano se le olvidaba que tenía mujer e hijos y era capaz de pasarse horas y horas sin molestarse en regresar a casa. Marisol, su madre, se negaba a dejarle hacer su santa voluntad y a la hora de comer o de cenar, si no había vuelto –lo que pasaba una vez sí y otra también- enviaba a uno de sus hijos a buscarlo. Marisol luchaba por tener una familia normal y una familia normal come y cena junta, por lo menos las escasas veces que su trabajo como sirvienta se lo permitía. Poco le importaba que, las contadas ocasiones que se sentaban todos a la mesa, Fermín no probara bocado y apartara el plato de guiso con gesto de asco y hastío y dejara caer la cabeza sobre el mantel, anestesiado por los vapores del alcohol.

Anita asomó la cabeza por la puerta del bar Ambrosía. La fresca penumbra del establecimiento fue un agradable alivio para su congestionada carita. Tardó unos segundos en poder ver entre las sombras. La barra estaba vacía y Bruno, el dueño, comía sentado en una de las mesas al tiempo que veía el noticiario en uno de los escasos televisores que existían en el pueblo. <<Tu padre hace rato que se fue>>. El hombre no apartó ni un momento la vista de la pantalla mientras le hablaba con la boca llena. Anita volvió a sumergirse en el aplastante calor de la calle. El sol era cada vez más insoportable.

Por fin, la niña encontró a Fermín en el cuarto bar en el que buscó. Estaba recostado en el mostrador con un vaso de vino en una mano y un cigarrillo en la otra. El rizado pelo le caía en descolocados y grasientos mechones sobre la frente, los oscuros ojos entrecerrados por efecto del humo y de la borrachera, los pantalones medio caídos y la camisa fuera del cinturón. Estaba solo. El dueño se había cansado de esperar a que se largara y le había dejado el vaso lleno de vino mientras almorzaba con su esposa en la trastienda de la tasca. Anita les vió a través de una cortinilla de cintas de plástico que había clavada en el dintel de la puerta de la cocina, sentados alrededor de una mesa demasiado baja y comiendo en silencio.

Antes de mirar a su hija, Fermín tiró el cigarrillo al suelo y apuró el vino de un sólo trago. Anita pensó que se atragantaría, pero su capacidad de trasegar alcohol parecía infinita y lo tragó sin dejar escapar ni una gota entre sus húmedos labios. <<Me extrañaba que no hubiera llegado aún mi perro guardián>>. Su lengua se negaba a responder a sus deseos y las palabras salieron de su boca pastosas y torpes; susurrantes y roncas. Dejó el vaso en la mesa con un estrepitoso golpe. Hizo un gesto con la mano a modo de despedida dirigido al dueño y a la mujer y, sin mediar palabra, apoyó su manaza en el hombro de Anita. La niña tropezó por efecto de la inesperada carga por lo que decidió agarrar a su padre por la cintura. Salieron del bar y se encaminaron a casa. Anita recordó agradecida que el trayecto hacia su calle sería todo cuesta abajo. Su padre caminaba con paso torpe, tropezaba constantemente y daba zancadas demasiado largas. La niña no podía adaptar su paso al de Fermín y éste se dejaba caer cada vez más sobre ella. El hombre resopló. Anita sintió un inmenso asco al llegarle a la cara el rancio y ebrio aliento. Pensó con alivio que la mayor parte de sus vecinos estarían sesteando o descansando en los frescos interiores de sus hogares y su penosa estampa, zigzagueando agarrada a su padre, escaparía de sus críticas miradas. Se avergonzaba de él y odiaba que la vieran así. Su vida era un asco y su casa un infierno. Menos mal que se podía permitir ciertos ratos de libertad leyendo sus novelas.

Apretó los brazos alrededor del corpachón de su padre y se enderezó lo que pudo bajo su excesivo peso; un nudo le agarrotaba la garganta y las lágrimas pugnaban por salir.

Una vez en casa la bronca fue inevitable. Marisol estaba harta de tanta ausencia y de tanta borrachera. Los gritos y los insultos brotaron del menudo cuerpo de la mujer pero traspasaron a Fermín sin afectarle lo más mínimo, como si de Rayos X se tratara. Anita estaba segura de que la mayoría del vecindario estaría enterándose de todo; las ventanas estaban abiertas de par en par y en la calle el silencio era desolador. Los vecinos comentarían con pesar el drama de Marisol y su marido el borracho <<¡Pobre mujer y pobres niños!>>, exclamarían con exagerados aspavientos. Mientras, el marido borracho, ajeno a todo y pasando de largo a su enfurecida esposa, se dejó caer como un saco de patatas sobre el desvencijado sofá de la salita, ignorando la mesa que estaba dispuesta para comer desde hacía varias horas. Fermín se encontraba ya inconsciente segundos antes de que su cabeza se posara con sordo rebote sobre uno de los cojines.

Anita sabía que debía apartarse de la furia de su madre. Se sentó a la mesa del comedor y engulló a toda prisa el gazpacho y el pescado guisado, ya frío y gelatinoso. Retiró todos los platos de la mesa y quitó el mantel. Marisol se encontraba en la cocina fregando los cacharros mientras lloraba y sorbía por la nariz, a la vez que murmuraba su eterna retahíla de asco y dolor. Ni se fijó en la pequeña que aprovechó la ocasión para escabullirse a su cuarto y poder seguir con la única diversión que le hacía soportable su existencia. Leer.

Dani escuchó toda la trifulca acostado en su cama. Cualquiera podría pensar que estaba dormido; en camiseta y calzoncillos sobre la colcha, los brazos bajo la cabeza, los ojos cerrados. Sólo su agitada respiración y sus mandíbulas fuertemente apretadas delataban el enorme esfuerzo que estaba realizando para impedir que el llanto hiciera convulsionar su cuerpo y su alma. Odiaba a su padre; odiaba a su madre por permitir que siguiera amargándoles la existencia y odiaba su vida. Sólo existía una pequeña luz entre tanto pesar. Anita. Por ella aguantaba ese infierno, sólo por ella seguía en la casa. Él era el único que se ocupaba de que su hermana llevara una vida medianamente normal. La llevaba al colegio y la recogía, se encargaba de que comiera y de que se bañara todos los días. El trabajo de Marisol la alejaba de casa durante más de doce horas al día e impedía que se cuidara de la niña. Su padre ignoraba a todos y se dejaba llevar por su vicio. Dani no recordaba cuándo fue la última vez que trabajó más de una semana seguida, pero seguro que hacía mucho, mucho tiempo. Aparte de borracho era un vago; una sanguijuela que se bebía sin pudor los pocos duros que entraban en la casa gracias a su trabajo y al de su madre. Dani se lo decía a la cara cuando tenía ocasión y a cambio recibía los erráticos pero contundentes golpes de su padre, a los que jamás correspondía. No dudaba que si él no estuviera en casa sería su pequeña hermana la que se llevaría la tunda el día que tocara bronca. Desde que se levantaba hasta que se acostaba tenía que contener unas irresistibles ganas de largarse y mandar a sus padres al infierno, pero sabía que no debía hacerlo; no, sin su hermana no. Él no debía irse de aquella casa sin llevarse a Anita y el ridículo sueldo que recibía como aprendiz de mecánico no era suficiente para costear sus planes. Debía esperar.

El joven escuchó a su madre coger las llaves y salir a la calle, cerrando tras de sí con un portazo que hizo temblar las endebles puertas y los cristales de las ventanas. No se despidió de nadie. Hacía tiempo que nunca lo hacía. Ya no recordaba cuándo fue la última vez que le dio un abrazo, un beso o le regaló una sonrisa. Dani se giró en la cama, colocándose de lado, y se abrazó las piernas. Algo debía hacer. Algo podría hacer para posibilitar que esta situación terminara. Así no se podía vivir.

Harto de estar acostado, se levantó de la cama y se puso el pantalón. Su habitación daba directamente a la salita, así que lo primero que vió al abrir la puerta fue a Fermín acostado en el sofá, roncando. El hombre giró la cabeza con gran esfuerzo y el sonido cesó como por arte de magia. Dani evitó mirarle y se aproximó al cuarto de Anita. La puerta estaba cerrada, pero aseguraría que se oían voces en el interior. Se aproximó y aplicó la oreja en la desgastada y roída madera. ¡Sí, sí, Ana estaba hablando en susurros y sola! Quizá estaba leyendo en voz alta. Pegó lo más que pudo la oreja a la puerta. Se asombró al comprobar que su hermana dirigía preguntas a alguien, pero lógicamente nadie le daba la réplica. Tras un breve instante la niña rompió el sepulcral silencio de la casa con una sonora y alegre carcajada; el sonido era hermoso y sería muy deseado si no fuera por que seguidamente añadió: <<¡Qué ocurrencias tienes! Sabes cómo hacerme reír>>.

Dani se estremeció y sintió cómo se le ponía la carne de gallina aún teniendo en cuenta que ese día de julio era especialmente caluroso y bochornoso. Llamó a la puerta con pequeños golpes de los nudillos. <<¡Pasa, Dani!>>. Anita estaba sentada en su cama con las piernas cruzadas y un libro sobre la almohada. Sonreía de oreja a oreja y estaba completamente sola.

Subió la empinada cuesta corriendo. Su hermana estaba al final de la calle. Eran casi las diez y media de la noche y no había apenas nadie; sólo algún que otro parroquiano tomaba el fresco sentado a la puerta de su casa. La mayoría de los habitantes del pueblo se dedicaban a las tareas del campo y tan dura labor obligaba a irse pronto a la cama. Dani apretó el paso. Estaba claro que la pequeña iba a buscar una vez más a su padre. La había visto a lo lejos cuando regresaba a su casa tras dar una vuelta al salir del taller. Su menuda figura resaltaba a la pálida luz de las pocas farolas que había en la calle, saltando y jugando en la acera. Cuando el muchacho consiguió alcanzarla y se acercó a ella escuchó, una vez más, cómo Anita hablaba sola. Sí, sin lugar a dudas estaba manteniendo una animada charla con alguien; pero Dani no veía a nadie. ¿Se estaría volviendo loca? Quien sabe, pero quizá su madre estaba en lo cierto y tanto leer la estaba llenando la cabeza de paja. Anita se giró al escuchar a su hermano llamarla, mientras corría hacía ella casi sin aliento. Su hermosa sonrisa iluminó lo que las farolas dejaban en sombras.

- ¿Con quién hablas? -, preguntó Dani.

- Contigo -, respondió sin perder la sonrisa, pícara.

- Y antes, ¿con quién hablabas antes de llegar yo? -. Su sonrisa se ensanchó aún más.

- Con un amigo, pero ya se ha ido.

Anita no dio a su hermano ninguna explicación y él no quiso preguntar. Quizá no se había fijado bien y esa persona torció por la bocacalle que habían dejado atrás. Dani miró a su espalda intentando, deseando más bien, dar forma al hilo de su pensamiento.

Juntos recorrieron los bares que su padre solía frecuentar pero no lo encontraron. En el último establecimiento, La Bodega Rage, la dueña, una mujer muy guapa y muy resuelta, les dijo con los brazos en jarras que Fermín se había ido y que le dijeran que no se le ocurriera volver hasta que no hubiera pagado la cuenta, que ya pasaba de varios duros. A su padre hacía tiempo que nadie le fiaba y debía abonar cada consumición al marcharse. A Dani le extrañó que en este bar le hubieran dado de beber a crédito.

Decidieron regresar a casa. Anita ya no reía ni saltaba y, con temblorosos dedos, tomó la mano de su hermano que encontró fría y sudorosa. Unidos por un nefasto presentimiento, se miraron y echaron a correr a su casa todo lo rápido que las cortas piernas de Anita les permitían. Al llegar a la entrada de su casa encontraron la puerta abierta. Se pararon en seco. Dentro se escuchaban gritos y objetos chocar contra el suelo y las paredes. Su padre rugía ciego de furia y su madre le insultaba con voz chillona y desesperada. Anita, sin soltar la mano de su hermano tiró de él hacia el interior de la casa, cerrando tras de sí. Dentro, en la sala de estar, la imagen era desoladora. Marisol y Fermín; sangre, cristales rotos, furia y odio. Consiguieron separarlos. Fermín, lleno de ira cogió la pata de una silla rota y se abalanzó sobre ellos. Marisol se interpuso entre la bestia y sus hijos, empujándoles fuera de la salita. La mujer resbaló y cayó al suelo. La puerta de la calle estaba cerrada así que los jóvenes se metieron en la habitación de Dani. Anita empezó a llorar y a gritar histérica, mientras su padre golpeaba la puerta del cuarto haciéndola zarandear. El muchacho sujetaba por dentro las embestidas pero aguantaría poco. A cada golpe la puerta se abría un poco más. Pero, cuando creía que no resistiría un nuevo empellón, la puerta se cerró súbitamente. Fermín empujaba y pateaba, pero no se abrió ni un milímetro. Dani se quedó de piedra y dio un paso atrás. ¡Él no estaba sujetando, ni siquiera estaba apoyado y la puerta no se movía bajo la brutal fuerza de Fermín! Miró a su hermana, asombrado, asustado. Anita miraba al frente, hacia una pared vacía. Y sonreía.

Los ruidos cesaron.

Al poco, una pareja de la guardia civil se llevaba a Fermín esposado al cuartelillo y una blanca y destartalada ambulancia se llevaba a Marisol a un hospital de la ciudad. Dani y Anita pasaron la noche en casa de Paqui, la amiga de la niña.

Todo había acabado.

<<Aún hoy, si cierro los ojos y me dejo llevar por los recuerdos, veo a mi hermana sentada junto a mí en un banco de la estación de autobuses. Nuestra maleta descansa entre nosotros. Mamá está muy enferma y no puede ocuparse de nosotros, así que nos envían a casa de la tía Nati. No sabemos si volveremos a casa. Pero yo creo que no.

<<Anita casi no habla desde aquella noche y no quiere separarse de mí, por lo que Paqui se vió obligada a dejarnos dormir en el cuarto que tenía preparado para sus hijos, una bonita habitación empapelada con alegres colores y con dos camitas. Ana no quiere contestar a mis preguntas. No contestó tampoco las de los médicos. Todos insisten en que esa reserva es efecto del miedo que pasó y que se curará con el tiempo. Sólo habla de cosas banales, de libros, de cómo será la casa de tía Nati.

<<No para de leer. Paqui le ha regalado varios tomos de una colección de niños llamada Los cinco. La pobre mujer se siente culpable y me asegura que se arrepiente de haberle prestado novelas más propias de mayores que de niños de su edad. Yo no creo que ese haya sido el problema. El verdadero problema ha sido vivir en una casa con un padre borracho y violento. Nada más.

<<Sigue hablando sola; yo la escucho a veces, pero ya no le pregunto. Sólo temo que haya perdido la razón y no se recupere nunca. Una vocecilla en mi interior, insistente y quisquillosa, me repite una y otra vez que algo ocurrió aquella noche en mi habitación. Pero he decidido no escucharla, no pensar; no quiero entender.

<<El autobús entra en el andén. Paqui mete nuestra maleta en el maletero y ayuda a Anita a subir. Nos da un beso y nos asegura que nos escribirá. Yo sé que es sincera y que nos ha cogido cariño. Ella nos ha dado en una semana los besos que no hemos recibido en meses. Nos sentamos en la parte trasera del vehículo. No viaja apenas nadie y los asientos están prácticamente vacíos. Paqui nos saluda con la mano y se va. El autobús arranca. Anita se asoma por la ventanilla y yo pego mi cara a la suya. No hay nadie en los andenes, pero mi hermana hace un gesto con la mano, saluda y se despide de alguien. <<¡Adiós, adiós!>>, dice sonriendo pero con lágrimas en los ojos. Dirijo mi mirada hacia donde creo que se dirige la suya. Pero no hay nadihttp://ceaugmas.files.wordpress.com/2009/08/viajar-en-bus-01.jpg?w=280&h=210e. Aún así, creo que mi hermana en verdad está hablando con algo real, así que me sumo a su gesto y a su despedida. El autobús gira y se mete en la carretera nacional, aumentando la velocidad con un intenso rugido. Mi mano coge la de mi hermana y nos dejamos llevar.

<<Si cierro los ojos y me abandono a los recuerdos, soy capaz de sentir como si fuera hoy mismo, la felicidad que me embargaba y que fluía por nuestras manos entrelazadas al alejarnos de nuestro pueblo, aquélla cálida y luminosa mañana de julio de mil novecientos setenta>>.

FIN

Lola Montalvo Carcelén


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Si tú me cuidas 24 septiembre 2009

Filed under: Amigos autores — lolamontalvo @ 14:04
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SI TÚ ME CUIDAS


La vida puede empezar cualquier día, en cualquier momento


El hombre estaba acostado en el ataúd. Tenía las manos entrelazadas sobre el pecho. Los ojos cerrados. El gesto grave. El tono marfil de los satenes contrastaba con la hermosa y pulida madera oscura, bellamente trabajada. Una lejana música religiosa, interpretada al órgano, proporcionaba al ambiente un tono de melancolía y recogimiento como sólo la música sacra es capaz de lograr. Tras un silencio en el hilo musical el hombre del ataúd abrió los ojos. Se incorporó con inesperada agilidad y se puso en pie. El vendedor le ayudó a salir de la caja sujetándolo por los brazos mientras sonreía satisfecho.

- No me diga, Paco, que no es cómodo. Paco se ajustó el pantalón y la chaqueta. Sacó un peine del bolsillo de la camisa y se atusó el cano cabello con un coqueto gesto hasta que todo estuvo en su sitio. El peine desapareció nuevamente en el bolsillo.

- Sí. La verdad es que es muy cómodo. Pero también es muy caro y no sé yo si me lo puedo permitir.

- Paco, ya sabe que se le puede financiar con unos plazos muy cómodos y…

- Sí, sí, ya me lo has explicado. Pero yo no creo que me quede mucho tiempo para tanta letra. Lo necesito ya. No me queda mucho tiempo, no. El vendedor se acercó a Paco y le pasó un brazo por el hombro. Le dio un cariñoso apretón y le zarandeó suavemente.

- Paco, usted no tiene ninguna enfermedad grave y está como un roble. ¡Si no tiene ni sesenta y cinco años, por Dios! ¡Cómo puede decir que no le queda tiempo, hombre! ¡Tiene mucha vida por delante!

- Yo me entiendo, Blas, yo me entiendo. La tristeza. Esa es la enfermedad que tengo y sé de buena tinta que se ha llevado a muchos… ¡y me llevará a mí! Desde que me dejó mi querida Clara la vida se me hace muy cuesta arriba. ¡Si por lo menos hubiéramos tenido hijos…! Ya no trabajo, ya no hago nada, ¡ya no sirvo para nada!

Blas palmeó con calidez la espalda de su amigo. Era muy evidente la falta de ilusión que dominaba a ese hombretón de metro noventa. Arrastraba las palabras al hablar y arrastraba su enorme corpachón al caminar. No quedaba casi nada de la impresionante vitalidad que siempre había manifestado desde que Blas le conoció, cuando ambos eran niños. Únicamente sus hermosos ojos verdes dejaban ver un resto de emociones cuando algo le fastidiaba o se le contradecía. Por lo demás, era muy notable el cambio que Paco había sufrido tras la muerte de su esposa, un año atrás. Blas se negaba a darle por perdido y, siempre que le veía, intentaba inyectarle unos ánimos y una alegría que hacía muchísimo tiempo había enterrado junto con su amada compañera.

Se dirigieron a la salida de la tienda. Ya continuarían la venta en otro momento. A Blas no le agradaba atender a su amigo en estos negocios. Y dos veces en menos de un año, dos ataúdes en tan poco tiempo, eran demasiado. Paco necesitaba un poco de ánimo, algo en lo que demostrar que todavía le quedaba muchas cosas por hacer en esta vida. Aún se sentía triste, pero sólo era cuestión de tiempo, de algo más de tiempo.

Paco se pasó por la tienda de doña Elvira para comprar algo de fruta y algo de pan para la comida. Cuando pagó a la dueña, no fue consciente de que Lola, su vecina de dos casas más arriba en su misma calle, se acercaba rauda a saludarlo con un brillo especial en los ojos. Paco salió del comercio sin escuchar el saludo que la pobre mujer le dedicó junto con una amplia sonrisa, que no pasó en absoluto desapercibida para Elvira que la miró con un brillo burlón mientras le preguntaba:

- ¿Te cobro ya, Lola?

Doña Elvira se zambulló en sus pensamientos mientras con la mirada seguía el caminar lento y pesado de Paco dirigiéndose a su casa. Desde que se había quedado viudo muchas mujeres le observaban bajo una luz diferente. Era un hombre bueno y se había quedado solo. Indiscutiblemente era un objetivo estupendo para tanto corazón solitario como había en aquel pueblo de la sierra de Madrid. Paco, ajeno a tanto interés por su persona, subió la empinada calle hasta su casa, en la parte más alta de la población, cerca de la iglesia y de la plaza vieja. Esa zona del pueblo estaba quedándose deshabitada. Se trataba de casonas viejas y frías, sin los adelantos y las comodidades que hoy día deseaban las personas más jóvenes cuando buscaban un hogar para empezar una vida con sus parejas, con sus hijos. Por el contrario, cerca del valle, junto al río que nacía en la hermosa sierra que coronaba aquél bello paraje, las casitas adosadas no paraban de crecer. Interminables hileras de pequeñas construcciones siamesas estaban haciendo muy rentable el suelo urbanizable del pueblo, que rápidamente se había llenado de coches nuevos, de jardincitos de diseño y de sillitas infantiles. Pero en la parte alta, donde Paco había compartido más de cuarenta años con su esposa, las abandonadas viviendas se estaban empezando a caer por el descuido y el olvido. En poco tiempo, la vieja iglesia sería la única construcción útil de esa zona. Sólo los gatos campaban por aquellas ruinas aprovechando los huecos en los cristales de las ventanas que infantiles manos habían horadado con enormes pedruscos. Debía ser un entretenimiento muy divertido porque no había ni un cristal indemne en toda la calle. Únicamente la casa de Paco y la de la señora Lola permanecían sorprendentemente vivas y luminosas por el encalado reciente y por las macetas con geranios. Parecían dos faros de color y pulcritud en medio de tanto abandono y tristeza gris.

Paco se acercó a su casa con la llave preparada para abrir. Por el rabillo del ojo le pareció ver algo que se movía en la casa contigua a la suya. No pudo evitar el impulso de pararse y mirar. Cuando pensó que se encontraría con uno de los miles de gatos que haraganeaban por las vacías casas, se encontró con una carita que le miraba a través de uno de los resquebrajados cristales de la casona. Unos bonitos ojos rasgados le sostuvieron la mirada durante unos segundos y después se perdieron en la oscuridad. Paco se sorprendió. No había sido una ilusión, había visto la cara de un niño a través de esa ventana. Bueno, no era nada extraño que los niños del pueblo, que cada vez eran más gracias a las nuevas construcciones, se divirtieran entrando y explorando en las viejas viviendas. Seguro que estarían recopilando tesoros y viviendo aventuras. Terminó de cenar y lavó su plato en el fregadero de piedra. Clara le había acostumbrado a lavar y guisar durante el tiempo que habían vivido juntos. Y, la verdad, siempre estaría agradecido por esa insistencia que, en esos días de soledad y tristeza, tanto le estaba ayudando a sobrevivir. Aún recordaba a su Clara con los brazos en jarras, los puños sobre las orondas caderas, mientras le reñía sonriendo por dejarse los platos sucios con restos de comida y fruta. <<Tienes que aprender, Paco. Si algún día me pongo mala o, Dios no lo quiera, falto tienes que saber valerte y hacer las cosas>> Quizá ella siempre supo que sería la primera en marcharse y necesitaba estar tranquila al saber que su querido marido se bandeaba a las mil maravillas con las tareas de casa. El sonido de un llanto sacó a Paco de sus recuerdos. Era un llanto infantil, sin duda. Se escuchaba en el patio de la cocina. Se acercó a la puerta y aguzó el oído. Un susurro impaciente acabó con el llanto. Una ventana se cerró de golpe dejando los cristales temblando. <<Bueno –pensó Paco-, está claro que aquí viven algo más que gatos>>. Recordó la carita infantil que esa mañana le había observado. Ruido de sillas al ser arrastradas y otra vez el gimoteo del niño. La puerta principal se cerró de golpe haciendo respingar a Paco. Y nada más. Escuchó con atención por si captaba algún otro ruido. Dos, tres minutos. Nada. Eran las diez de la noche. No le apetecía ver la televisión, así que decidió irse a dormir. No tenía nada mejor que hacer. Sentía cómo su solitaria casa, antes tan alegre y vital, le aplastaba y le hacía el aire casi irrespirable. Con el pijama ya puesto se sentó en el borde de la cama. No pudo evitar una mirada al otro lado del lecho, vacío y frío. Se le llenaron los ojos de lágrimas y se le atenazó la garganta. Abrió el cajón de su mesilla y sacó una caja de medicamento. Sacó del envase una pequeña pastilla. Tras dudar un instante, sacó otra. Se las tragó con un buche de agua. Se recostó, apagó la luz de la mesilla y se tapó con las frescas y limpias sábanas que había puesto esa mañana. Clara estaría muy orgullosa de él. Se giró hacia el vacío que hasta hacía un año había ocupado su gran amor. Lo acarició y, dejando la mano sobre la inmaculada almohada, como si acariciara su tan anhelado rostro, cerró los ojos y se durmió. Las lágrimas no dejaron de rodar por sus mejillas hasta que la respiración fue acompasada y relajada por el medicamento.

Por la mañana salió temprano. Tenía cita a primera hora con el médico de cabecera. Siempre dejaba la Cartilla de Largo Tratamiento en el buzón de la consulta, pero esta vez don Pedro, a parte de las recetas, le había incluido una nota con una cita y un escueto mensaje: No te receto más hasta que vengas a verme. Y allá se dirigía. Sabía lo que el médico le iba a decir. Desde el primer día que le pidió pastillas para poder conciliar el sueño le había insistido en que debía ser visto por un psicólogo. Paco se había negado en redondo. ¡Ni hablar, él no iba a un loquero, sólo necesitaba dormir! Pedro lo había dejado pasar y no había insistido hasta después de varias recetas. El ultimátum llegó el pasado viernes con la nueva remesa de medicamentos.

Cerró la puerta de su casa. Quitó un par de hojas marchitas de los geranios de la ventana y se anotó mentalmente no dejar de regarlos cuando regresara. Ya iba haciendo calor y la tierra estaba muy seca. Al pasar junto a la ventana de sus nuevos vecinos, miró buscando la cara infantil. Acercó la cara al roto cristal y se hizo pantalla con las manos. No vio nada. Cuando se erguía para irse a su cita una vocecita le asustó.

- ¡Hola!

Volvió a asomarse por la ventana. Nada.

- ¡Hola, hola!

Giró la cabeza y vio la carita asomando por la puerta principal. Un bonito rostro infantil le miraba sonriendo de oreja a oreja. Tenía los claros ojos rasgados como los de los orientales. El pelo lacio, rubio muy claro y muy sucio se le pegaba a la frente y las mejillas. No debía tener más de cinco o seis años. Paco no supo calcularlo con certeza. Su contacto con niños había sido muy limitado. No estaba seguro de si era un niño o una niña. Los roñosos mechones de cabello no bajaban más allá de las orejas y aparecía desgreñado y cortado como a mordiscos.

- ¡Hola, gigante!- asomó el resto del cuerpo por la puerta.

No tenía zapatos y se cubría con un sucio y andrajoso vestido de tirantes. <<Debe ser una niña… si lleva vestido>>. La niña estaba ahí plantada delante de él y parecía una muñeca abandonada. Pero a ella parecía no importarle demasiado. Estaba encantada de hablarle y de estar frente a él.

- ¿Cómo te llamaz? Yo me llamo Lucía.- Se señaló con el pulgar.

- Paco, mi nombre es Paco.- Asomó lo que pudo la cabeza por la entreabierta puerta y comprobó que la pequeña estaba, aparentemente,    sola – ¿Dónde está tu mamá?

La niña entró corriendo, entre risas, en la casa y cerró la puerta de golpe. Paco se quedó ahí plantado sin saber muy bien qué hacer. Se fijó en que la madera necesitaba un buen lijado y una mano de pintura y que la cerradura aparecía oxidada y agrietada. Con un brusco gesto miró el reloj. ¡Era tardísimo, perdería el turno y después los muchos pacientes que a diario se agolpaban a la puerta de la consulta de don Pedro le sacarían las entrañas si intentaba entrar con la hora pasada! Apretando el paso y olvidando instantáneamente su encuentro se encaminó al Centro de Salud. La bronca, por un lado o por otro, estaba asegurada.

Esa tarde decidió sentarse en su patio y leer un rato. Los días ya eran más largos y cálidos, por lo menos mientras duraba la luz del sol. Sin duda se trataba de un mes de marzo extraño. Casi no hacía frío por las noches y los días eran bastante calurosos. Al fondo, en su cocina, se escuchaba la radio de la que salían unas cálidas y hermosas notas. No era un experto en música clásica pero sabía lo que le gustaba y lo que no. Celebraban algún evento relativo a Mozart y todos los días emitían una obra de este compositor. Indudablemente esa música le extasiaba. Sabía que si Clara pudiera escucharla estaría completamente de acuerdo y…

- ¡Hola, gigante!

La carita asomaba por el borde del tabique que separaba ambos patios. Estaba algo más limpia y alguien intentó recoger los cabellos hacia un lado con una horquilla. Paco la miró con algo más de detenimiento y entendió el porqué de esos ojos rasgados. La niña no sonreía. No había visto muchos casos pero entendió que se trataba de uno de esos críos que nacían con el Síndrome de Down. Lucía era muy guapa. Apoyaba la barbilla sobre las manitas y éstas descansaban sobre el borde del muro.

- ¿Qué haces? ¿Qué lees? ¿Un cuento? ¿Me lo puedes leer?

- ¿Estás sola? –Paco se asomó por encima de la gastada piedra y vio todo el destartalado patio de la casa vecina. La niña estaba sobre cajas apiladas unas sobre otras en peligroso e inestable equilibrio- ¿Y tu mamá, no está contigo?

- No. Ha ido a hacer cozaz.- La sonrisa iluminó nuevamente la carita- ¿Me lees el cuento?

- Creo que será mejor que te bajes de ahí o te caerás

La agarró por debajo de las axilas y la levantó, haciéndola pasar sobre el muro y bajándola al suelo de su patio. La niña, aún sonriente, lo agarró la mano y tiró de él hasta la mesa donde descansaba el librote que Paco había estado leyendo. Lo tocó con un dedito sucio y levantó la vista hacia él. Desde su enorme altura era evidente que la niña era muy menuda. Se sentó en la única hamaca que estaba junto a la mesa. Tomó el libro y le enseñó la portada. Se trataba de El Señor de los anillos. La niña se sentó en el suelo y, sin dejar de mirarle, apoyó la barbilla sobre las rodillas flexionadas mientras que se abrazaba ambas piernas. Paco leyó en voz alta desde el punto en el que lo había dejado. A Lucía no pareció importarle demasiado que fuera por la página quinientos veinticuatro. La niña no perdía palabra y estaba extasiada, los ojos de par en par, casi redondos, la boquita abierta. Una hora más tarde ambos tomaban leche con galletas en la fresca cocina de Paco. Ninguno hablaba. Sólo se escuchaba el masticar desordenado de Lucía y los grandes sorbos que le daba a la leche, que le goteaba sin control por las comisuras de la boca, la barbilla y el cuello. Cuando acabaron le explicó a la niña la importancia de dejarlo todo recogido. La enseñó a fregar los vasos y a recoger las migas y guardar la servilleta. Después la llevó al baño y, subida en una banqueta, le mostró cómo debía lavarse la cara y las manos con agua calentita y jabón. La niña miraba con adoración a Paco. Todo le parecía bien y todo lo repetía hasta que conseguía hacerlo correctamente. Cuando la luz del sol hacía rato que se había ido, Paco llevó a Lucía a su casa. La puerta de la calle estaba entreabierta y no había nadie. La niña se metió en la casona y mirándole se despidió con su cantarina voz hasta el día siguiente, cerrando la puerta tras de sí. Esa noche Paco estuvo un buen rato despierto en la cama, boca arriba, con las manos bajo la cabeza. Lucía pasaba mucho tiempo sola. Iba desaseada y andrajosa. Estaba un poco descuidada, sin duda. No sabía si sería prudente, pero tendría que hablar con su madre al día siguiente sin falta. Apagó la luz de su lamparita de noche, se giró en la cama hacia el lado vacío y cerró los ojos. Esa noche sólo tomó una pastilla. Estaba cayendo en un agradable sopor cuando un llanto le volvió bruscamente a la conciencia. Un llanto infantil. El llanto de Lucía se escuchaba al otro lado del tabique. La escuchaba suspirar lastimeramente. Un pellizco le atenazó el corazón. ¿Estaría sola? ¿Tendría miedo? Se la oía con sorprendente cercanía, como si no hubiera una pared por medio, un lloriqueo agudo, con hipo, angustioso. Paco se incorporó y hablo a la pared:

- ¡No llores, nena!- su voz le sonó extraña y estridente en la noche- ¡No llores, Lucía, mañana seguiremos con la historia de Frodo y de Trancos y de los elfos! ¡No llores, nena!

Al poco, el llanto cesó. Paco se descubrió acariciando el papel pintado de la pared como si de la entrañable carita se tratara. Se recostó nuevamente y lanzó a la noche:

-¡Duerme, Lucía, duerme y buenas noches! ¡Yo estoy aquí, estoy aquí!

Lucía tenía los párpados apretados, arrugados, en un vano intento de que no le entrara jabón en los ojos. Era evidente que no estaba acostumbrada a la sensación del champú y el agua en su cabeza y se removía mientras palmoteaba a Paco en los brazos. El suelo del cuarto de baño estaba anegado de agua jabonosa y un agradable perfume a flores rebosaba en el ambiente. La niña daba pataditas en las patas de la banqueta en la que estaba subida para que llegara al lavabo. No lloraba, pero chillaba con tal intensidad que a Paco le pareció que le estallaban los tímpanos. Media hora después, Lucía sonreía al ver su reflejo en el espejo mientras la peinaba con la raya al lado y le sujetaba el sedoso pelito rubio con un pasador en forma de osito que esa mañana le había comprado cuando pasó frente al escaparate de la mercería de la señora Consuelo. La dependienta le vendió el pasador sin dejar de sonreírle y aguantándose unas irrefrenables ganas de sondearle, de interrogarle, sobre la destinataria de tan sorprendente compra. Paco salió del establecimiento sin dar ni la más mínima explicación, caminando con una soltura y una agilidad desconocidas en él desde hacía mucho tiempo y apretando en su manaza su bonito regalo. La niña estaba preciosa. A parte de la mugre del pelo le había liberado también de la suciedad de la cara, manos y pies. Descubrió que la nena tenía la piel blanca y llena de pequeñas pequitas rosadas. Con los días se fueron haciendo inseparables. La niña no contestaba ninguna pregunta referente a su madre o a algún otro familiar. Pero era evidente que, a parte de la voz de mujer que escuchaba a través del tabique todas las noches, Lucía estaba totalmente sola. La niña hablaba muy mal y ceceaba. En un par de días Paco consiguió que usara las letras de forma más o menos adecuada y que fuera aseada y peinada. Leyeron todo el libro del Señor de los Anillos y empezaron con avidez La Historia Interminable. Lucía tenía una memoria impresionante. Se acordaba de todos los personajes y de todas las historias y todos los lugares en los que las aventuras se iban sucediendo. Adoraba a Paco. Lo abrazaba y lo agarraba como si no se creyera la suerte que tenía de haberle encontrado. Casi nunca le llamaba por su nombre sino que se refería a él como Gigante. Todos los días la daba de desayunar y de comer. Si a alguien le molestaba que la niña estuviera con él, no lo hacía saber. La compró unas zapatillas de lona y varios pares de calcetines que él mismo fue cambiándole y lavándole. Poco a poco la niña fue tomando un aspecto más saludable gracias a la variada alimentación que Paco le iba proporcionando. En sólo una semana desde su primer encuentro la transformación de Lucía era asombrosa. E, indiscutiblemente, la transformación de Paco también.

Lola fue testigo desde el primer día de la amistad de Paco y la niña. Vio cómo se hicieron amigos inseparables y fue escuchando cómo, poco a poco, un mar de venenosos rumores arrasaba todos los rincones del pueblo. Eso a ella le causaba un enorme malestar dado el gran aprecio –y algo más, para qué negarlo- que sentía por su vecino. Se había divorciado hacía cinco años y sabía perfectamente lo penoso y desagradable que resultaba ser el objeto de los cotilleos y los comentarios dañinos que la gente soltaba sin pudor, agigantándolos y retocándolos al gusto del maledicente de turno. Nadie parecía entender que su vida personal le pertenecía sólo a ella y que, además, no tenía por qué soportar a un tarugo que la pegaba e insultaba cuando le parecía. Sabía lo que era sufrir los juicios errados de sus vecinos y el ostracismo consecuente. Y eso mismo estaba pasándole a su vecino Paco. Los rumores que le llegaban como puntas de flecha ponzoñosas hacían referencia a una amistad no muy sana entre un viejo –verde- y una tierna niña discapacitada. Sabía a ciencia cierta que las personas que actuaban como mensajeras disfrutaban soltándoselo a Lola como quien no quiere la cosa. Estaba claro que la atracción que ella sentía por su vecino era más intuida que conocida, pero el gremio cotilla del pueblo había dado de pleno en el clavo. Lola no podía soportar que despellejaran a Paco con esos comentarios malintencionados y embusteros por lo que decidió tomar cartas en el asunto.

Esa mañana, antes de que Paco pasara a la casa de al lado para ir a recoger a la niña, Lola ya estaba preparada en su puerta, atenta a la salida de su vecino. Se notó nerviosa como una adolescente esperando ver al hombre que no podía quitarse de la cabeza. La relación no era fluida entre ambos. Ella llevaba poco tiempo en el pueblo, sólo tres años. Él había estado muy ocupado atendiendo a su mujer en los años que estuvo enferma hasta su fallecimiento. Desde ese día, Paco se había encerrado en sí mismo y no había reaccionado como Lola hubiera deseado ante sus estériles intentos de iniciar una amistad. Sin explicarse cómo, sabía que él era una buena persona, le gustaba su porte enorme y robusto y sus inteligentes ojos verdes dejaban mostrar muchas cosas, pero ninguna era parecida a la maldad o a la mentira. Siempre miraba de frente y eso era muy importante para ella.

Los cerrojos de la puerta de Paco resonaron al abrirse desde dentro y Lola sintió cómo le latía el corazón con una fuerza rabiosa en el pecho, en la garganta. Cuando le vio aparecer, afeitado y arreglado, estuvo tentada de meterse de nuevo en su casa y en sus asuntos. Pero, no, se dijo, debía intentar explicarle a ese buen hombre lo que estaba pasando.

- ¡Paco!-. Escuchó su voz y no se reconoció. Él giró la cabeza y la miró. Lola creyó que no le saldría la voz- ¡Buenos días! ¿Podría hablar un momentito con usted?

La voz se le quebró en un gallo y notó cómo se ruborizaba. Él la miró dudando. Hizo un gesto hacia la casa vecina, pero no se movió. Lola decidió ser ella la que se acercara. A su lado se sintió demasiado menuda y acogotada, pero nada en el gesto de Paco la hizo echarse atrás en su decisión. Él se mostraba intrigado y, quizá, algo incómodo, pero no molesto o enfadado.

- Buenos días, señora Lola. –su voz sonaba amable y tranquila.- Usted dirá.

- Bueno… la verdad es que se trata de algo delicado y no deberíamos hablar en medio de la acera. Si usted lo desea podemos pasar a mi casa y le invito a un café.- Lola enrojeció hasta quemársele las mejillas. Lo que había dicho podía sonar muy mal… Como él dudaba, añadió: – Se trata de la niña.

Paco hizo un gesto defensivo inconsciente. Con voz apagada espetó:

- Preferiría que habláramos en mi casa, si no le importa.

Lola asintió. Entraron en el recibidor y dejaron la puerta de la calle abierta. Si alguien les veía, allí de pié, no podría murmurar memeces. Decidió explicarle sin tapujos lo que estaba pasando en el pueblo, los rumores que le afectaban de una forma tan injusta. Le explicó que ella sabía quién era la madre de la niña. La había ayudado el día que se mudó y había podido hablar unos momentos con ella. Esa mujer era evidente que estaba enferma. Tuberculosis en tratamiento, dijo ella. Alcohol o drogas, dedujo Lola por la delgadez extrema, por el color y aspecto de su piel, por los ojos vacíos y la mirada ausente, por la lengua pastosa y las palabras caídas, por la torpeza de sus movimientos y la falta de equilibrio… Paco la escuchó sin interrumpirla. Sus ojos iban arrugándose o entrecerrándose según asimilaba la información, pero en ningún momento se apartaron de la cara de Lola.

- Es evidente que la niña está mal cuidada por su madre -continuó Lola consciente de que su vecino no mediaría palabra hasta que terminara su explicación-. Aparece sucia y mal alimentada, mal vestida para la época que estamos, está sola en la calle todo el día y quién sabe qué más. Usted la está atendiendo en lo que puede, eso es evidente, pero quizá no sea suficiente. Es una niña con necesidades especiales, debería ir al colegio. En definitiva, quizá, se debería advertir a las autoridades para que se hagan cargo y la atiendan como es debido. Estamos obligados a denunciar todo maltrato o abuso a un niño y este caso puede que lo sea.

Paco bajó la mirada a sus zapatos. Estaba sopesando todo lo que esa vecina, con la que nunca había cruzado más de tres palabras, le estaba soltando, así, de sopetón. Y le había cogido desprevenido. Nunca se habría imaginado que la gente del pueblo interpretara de una forma tan repugnante su interés por una niña pequeña. Debía haber mucha mente retorcida. Todos le conocían de toda la vida y eran capaces de juzgarle tan mal. Volvió a mirar a Lola a la cara. Esta mujer parecía sincera, parecía realmente preocupada, pero Paco no sabía qué decir. Iba a intentar explicarle a la mujer lo que creía que debían hacer cuando, de repente, escucharon un estruendo de cristales y de algo metálico al caer. Inmediatamente, un grito desgarrador les llegó como un mazazo. Paco supo inmediatamente de dónde procedía. Lola también. Como movidos por un resorte salieron corriendo a la calle y se encaminaron a la casa de al lado. La puerta de la calle se abrió temblando por la patada que le dio y fue a golpear la pared rebotando y volviéndose a cerrar. Paco golpeó otra vez y la sujetó con el pie. Cuando entraron se encontraron a la niña bajo una estantería metálica y rodeada de cristales rotos. Paco se aturulló por los gritos sin control de la niña. Estaba sentada entre dos baldas del mueble de aluminio y con varios reguerillos de sangre corriéndole por la cara, el pecho y los brazos que agitaba como una loca. Cuando Lucía vio a Paco se levantó y corrió hacia él. Lola suspiró aliviada. Parecía que, más que graves heridas, la niña sólo se había llevado un gran susto. Tomó una toalla aparentemente limpia que había sobre una silla y abrigó a la nena, que sólo llevaba un fino camisón de tirantes. Él cogió a Lucía en brazos y salió por la puerta como una exhalación hacia su propia casa. Lola no lo dudó y le siguió, a su vez. Él no cerró la puerta de la calle al entrar, pero la mujer no pudo evitar cierta vacilación a entrar sin ser invitada. Paco la llamó desde una zona interior de la casa pidiéndole ayuda, que trajera no sé qué del mueblecito del cuarto de baño. Lola entró y cerró la puerta tras de sí.

Por la tarde la niña dormía tranquila en la habitación principal. Paco y Lola tomaban café en la sala contigua, sentados alrededor de una mesa camilla. Habían hablado durante horas. Él había aceptado el prudente criterio de la mujer. Curaron las superficiales heridas que Lucía presentaba por diversas partes del cuerpo, la habían bañado y la habían acostado tras darle un vaso de leche calentita con galletas. Inmediatamente se había dormido y así seguía. Habían decidido esperar a que la madre regresara y hablar con ella. Ese día no pasaría sin que Lucía tuviera una solución adecuada. Eran las cuatro de la madrugada. Lola y Paco se habían quedado dormidos. Ella en el sofá. Él, en el sillón de orejeras. El ruido de la puerta vecina les despertó bruscamente. Retirando con un súbito movimiento la manta de cuadros que la tapaba y desprendiéndose a duras penas del espeso velo del sueño, Lola salió junto a Paco a la calle. En la acera vieron cómo se encendían las luces de la casona de al lado. Llamaron a la puerta. Escucharon una voz de mujer pero no entendieron lo que decía. Volvieron a llamar. La mujer gritó con lengua pastosa varias palabrotas. Paco golpeó la puerta con los puños. Estaba impaciente y sentía cómo una rabia desconocida le instaba abrirla a patadas. Lola se mantuvo cerca de la casa abierta de su vecino por si la niña se despertaba o lloraba. Al fin, la desvencijada puerta se abrió. Ambos vieron un espectro. Debía ser una aparición porque no podía tratarse de un ser humano. Era una mujer muy alta, esquelética. La ropa, demasiado grande, colgaba de su cuerpo como de una percha pequeña y estaba sucia, raída. En la boca le faltaban varios dientes y presentaba en cara y brazos varias manchas marrones, quizá alguna herida tras un muy posible tropiezo. Se encontraba bajos los evidentes efectos de alguna droga o de un exceso de alcohol. Casi no podía abrir los ojos que aparecían como dos ranuras escamosas. Se tambaleaba de tal manera que tuvo que sujetarse al quicio de la puerta para no caer. Ladró algún improperio e, inmediatamente, cayó al suelo. Paco intentó sostenerla y ella manoteó con torpe desdén. Intentó volver a levantarse pero fue del todo imposible. El hombre tuvo que alejarse porque pateaba con una violencia increíble en un cuerpo tan desmadejado, mientras balbucía y escupía. Paco y Lola se miraron sin saber qué hacer. La mujer se quedó quieta de golpe. Ambos la miraron acercándose con prudencia. Parecía inconsciente. Él se agachó para recogerla. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para vencer la repugnancia que esa criatura le producía. La tomó en brazos y se giró hacia Lola. Parecía dudar a dónde debía llevarla. Ella le hizo un gesto silencioso hacia la casa de Paco, que sin mediar palabra entró con ella. Lola le siguió y, nuevamente, cerró la puerta tras ella. La madre de Lucía entró en un sueño profundo e inquieto. Lola se preocupó cuando comprobó que le había subido la fiebre. Tras retirar el termómetro, vio que tenía más de treinta y nueve y medio. La habían acostado en una cama pequeña que Paco tenía en un cuarto que aparecía abarrotado de estanterías con libros. La desnudaron y la lavaron con agua fresca. Tenía el cuerpo flaco, descarnado, lleno de úlceras en diversos grados de curación. Tenía marcas de pinchazos en los brazos, en las piernas y los pies, en el abdomen. No debía tener más de cuarenta o cuarenta y cinco años y parecía una anciana de cien. Paco llamó al Servicio de Urgencias del Centro de Salud. Al poco rato apareció Pedro, su médico de cabecera, que esa noche estaba de guardia. No dejó de mostrar cierta sorpresa ante la presencia, en casa de Paco, de una paciente en esas lamentables condiciones, pero, inmediatamente, se encontraba explorando y auscultando con delicadeza y atención. Al poco, les extendió un informe para Urgencias y un volante para la ambulancia. Debía enviarla al Hospital. Su situación era muy grave y extrema. Lola se ofreció a acompañarla. Una hora más tarde la mujer, aún inconsciente, era introducida en una ambulancia. Paco cerró la puerta de su casa tras observar cómo las luces anaranjadas se perdían al fondo de la calle.

Antonia seguía un reposo obligado en cama. No sabía cómo había llegado al hospital, no recordaba nada coherente. Se encontró a una mujer, a la que recordaba vagamente, sentada a su lado con ojos cansados pero amables. Le explicó que su hija estaba a cargo de un vecino y que no debía preocuparse. Dedujo que debía de tratarse del hombre gigante del que su hija no cesaba de contarle cosas, el que la cuidaba mientras que ella se ausentaba. No le conocía pero Lucía estaba muy contenta y eso la tranquilizaba. Su hija tenía un sentido especial para las almas buenas y no se fiaba de cualquiera. Cerró los ojos y recordó su hermosa carita, mientras se le llenaban los ojos de lágrimas.

Antonia sabía que iba a morir. Lo sabía desde hacía mucho tiempo y por eso había dejado de luchar. Todos los días esperaba que fuera el último. No, no lo esperaba. Intentaba que fuera el último, pero se veía incapaz de hacerlo por ella misma. Hasta llegar a ese pueblo, a la que fue la casa de unos tíos lejanos, había intentado salir del infierno y cuidar de su hija. Trabajar, luchar y darle a Lucía lo que necesitaba, en forma de un centro especializado que la estimulaba adecuadamente y la educaba. Pero no había sido suficiente. La enfermedad la había vencido y la roía lenta pero mortalmente. Un día se abandonó. Las drogas la ayudarían a acabar con todo. Perdió el trabajo, perdió su casa, perdió su dignidad. No podía caer más bajo. Pero, ¿y su hija Lucía? No tenía familia. Todos habían fallecido y nunca tuvo hermanos. El centro privado en el que la tenía interna se la envío a casa con una nota, muy amable eso sí, en la que le recordaban que si no pagaba las cuotas no podía volver a matricularla después de las vacaciones de Navidad… bla, bla. Se encontró sin trabajo, sin casa, con una hija querida pero desconocida, y cayendo en un infierno en el que no había retorno y en el que sólo había una salida: la tan anhelada muerte.

El mismo día que llegó a la vieja casa del pueblo su hija le hablo del gigante. Quien fuera ese personaje la alimentaba, la cuidaba y la mantenía limpia. ¿qué mas podía desear? Ella salía a diario con la esperanza de no volver. Pero siempre volvía y había un día más. Y ahora estaba en un hospital. ¡No podía más!

Se despertó cuando una enfermera la avisó, rozándole ligeramente las manos, que tenía una visita. Abrió los ojos y se encontró junto a su cama a un hombre enorme. Peinaba el cano cabello con la raya al lado. Tenía unos hermosos y francos ojos verdes. Se le notaba nervioso y se pasaba compulsivamente la mano por el pelo, intentando que un rebelde mechoncillo volviera a su sitio. Tras un eterno instante de duda se sentó en la única silla cercana a su cama, mientras susurraba una obsoleta solicitud de permiso por tomarse tal libertad ante una señora. El hombre esperaba por parte de Antonia alguna pregunta de curiosidad, pero ella no abrió la boca. Sólo lo miraba expectante. Sabía el motivo de tan inesperada visita. Lucía.

Tras unos incómodos minutos de silencio Paco se decidió. Le contó cómo estaba su hija. En ningún momento le hizo referencia a que la pequeña la echase de menos. Sabía que no era así. La explicó su deseo de ocuparse de la niña y de cuidarla. Necesitaba saber si Antonia estaba de acuerdo.

- Claro que estoy de acuerdo. Mi hija es lo único bueno que tengo en mi vida –articulaba las palabras trabajosamente. -Pero no sé si usted sabe que yo me voy a morir- una fría pausa. Paco la miraba a los ojos y a Antonia le costaba mantener esa mirada. ¡Claro que sabía que le quedaba poco tiempo, por eso estaba allí!-. Cuando yo muera no creo que la dejen que se quede con usted.

- Por eso estoy aquí, señora. Lola, nuestra vecina, me ha dicho que la niña no tiene padre. ¿Es eso cierto?- su voz era suave, amable.

- Sí, soy madre soltera. Mi vida ha sido algo complicada. Ni siquiera recuerdo quién podría ser el padre…

- No vengo a juzgarla, señora- la cortó Paco con educación.- He cogido mucho cariño a Lucía y creo que ella también me lo ha cogido a mí. Yo puedo darle todo lo que precisa, puedo ocuparme de ella, pero necesito saber si usted desea que ella se quede conmigo cuando usted…, cuando usted falte.

Antonia le miró con curiosidad. ¿Qué se le habría ocurrido a este hombre? No medió palabra. El silencio era insoportable. Pero decidió esperar a que Paco dijera todo lo que tenía que decir. No le ayudaría a soltarlo. A ver cómo se las apañaba…

- Señora…

- Prefiero que me llame Antonia.

- Antonia –Paco tragó saliva con evidente nerviosismo-. Si a usted le parece bien yo podría reconocer legalmente a Lucía. Si yo fuera su padre adoptivo de forma legal, cuando usted…

- … me muera…

- … falte nadie podrá llevársela porque no estará sola, me tendrá a mí.

Antonia reconoció, con cierto gustillo interno, que la había sorprendido. ¡No se esperaba esa salida por parte del viejo! ¡Reconocerla, adoptarla! ¡Qué ingenioso, qué tío más listo!, pensó. Guardó nuevamente silencio haciendo ver que sopesaba la respuesta. Tenía delante de ella una fabulosa solución para su hija. Nunca lo habría imaginado pero podría morirse con ese problema resuelto. El hombre la miraba mucho más seguro de sí mismo que hacía unos instantes. Sabía que le había planteado una posibilidad difícil de rechazar si realmente le importaba la niña. Eso le daba un aplomo hasta entonces ausente. La mujer se revolvió en la cama ajustando su cuerpo y buscando una postura más cómoda. Estaba haciendo tiempo. Estaba buscando las palabras más adecuadas para decirle lo que realmente deseaba su corazón y no asustar al viejo. No, no, asustar no era la expresión adecuada, más bien era no provocar su rechazo. Las palabras pugnaban por salir de su boca y le quemaban en los labios.

- Paco, ese es su nombre, ¿verdad? –El otro asintió con un gesto-. Me parece una idea muy buena. Ahorraría muchas molestias en muchos aspectos. Creo que usted puede ser una buena persona, pero en mi fuero interno podría tener ciertas dudillas ¿no cree? –Paco hizo un gesto de protesta, pero ella le cortó con un movimiento de su mano-. No se ofenda, por favor. Mire, le voy a ser sincera: yo no quiero morirme en una aséptica cama de hospital, sola. Me gustaría poder irme a mi casa y acabar mis días allí. Sin médicos, sin pinchazos. Me gustaría estar cerca de ella, de mi niña, y de personas conocidas. Creía que no iba a ser así, pero tengo miedo. Si a usted no le importara ocuparse de mí para que no tenga que volver a ingresar en el hospital… -se le quebró la voz- yo le conocería y vería lo que mi hija ve en usted. Hoy me doy cuenta de que necesito no estar sola. Quiero tener lo que Lucía ha tenido y tendrá cuando yo no esté. Por favor…

Fueron tres meses de mucho ajetreo llenos de abogados y notarios, de papeles y documentos. Todo fue solucionado con solicitud y cierta premura. Aún así, sobraron semanas para hablar, para entender y para conocer. El aspecto de Antonia mejoró considerablemente y su cara y sus ojos aumentaron en luminosidad, como la luz de una vela antes de apagarse para siempre. Una mañana ya no se despertó. Su muerte fue mucho más benévola de lo que había sido su vida y se la llevó con cuidado y sin despertarla. Amaneció con un gesto relajado que dejó tranquilos a Paco y a Lola. Lucía lo comprendió todo y lo vivió todo con total naturalidad. La velaron y la acompañaron en su última salida de la casona los tres juntos, abrazados.

Y así, los tres juntos, se fueron de aquél bello pueblo de la sierra. Dejaban muchas cosas tras ellos. Optaron como nuevo destino por una gran ciudad que tuviera todo lo preciso para las necesidades de la pequeña. Lola formó parte de la vida de Paco y de Lucía como si se conocieran de toda la vida y les amó como si desde siempre lo hubiera hecho. Ella estaba junto a ellos porque ahí es donde debía estar. La vida puede empezar cualquier día, en cualquier momento. La vida de Paco comenzó, otra vez, cuando Lucía le eligió aquél día. Y con esa elección le dio la oportunidad de cuidar de ella y de quererla. Paco siempre supo que recibió mucho más de lo que dio. La niña, al tomarle de la mano aquella tarde, le dio la esperanza que creía definitivamente perdida. Le dio una hija, le dio un amor, le dio una nueva vida.


FIN

Lola Montalvo Carcelén



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Tras los cristales de aquel balcón 17 septiembre 2009

Filed under: Amigos autores — lolamontalvo @ 19:00
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Este relato se lo dedico a tantas personas que sufren

el infierno en vida que supone la soledad y el aislamiento.

Cuidemos de nuestros mayores.

Lola Montalvo



Tras los cristales de aquel balcón



Le habían acercado al balcón y podía ver el mundo a través de los impolutos cristales. La tarde era espléndida. El parque aparecía muy hermoso con sus doradas galas otoñales. Unos niños jugaban con el barro, resultado de la lluvia del día anterior; tenían sus sonrientes caritas embadurnadas, las manos pringosas. Un perrillo correteaba a su alrededor esperando ser incluido, sin éxito, en el infantil ritual. Una bicicleta reposaba inerte en la hierba esperando a que su dueño se acordara de ella y la hiciera volver a la vida.

El pálido sol de octubre iluminaba sin calentar; sus tenues rayos se posaban sobre la piel de sus rugosas manos, su calidez era casi una caricia. ¡Cómo añoraba su resplandor en los cabellos, la brisa en la cara!

Emilia necesitaba cambiar de postura. El mullido asiento de silicona, recubierto de suave felpa, resultaba un duro sillar de granito cuando llevaba más de una hora sobre él. Habían olvidado alisar del todo la tela y una arruga le estaba mortificando los glúteos, dificultando que pudiera concentrar su atención en la lectura que Elisa desgranaba con voz monótona e irritante, atascándose en las sílabas, asesinando las palabras.

Emilia intentó tragar sin éxito. A veces su lengua, sus labios y su garganta se negaban a coordinarse de forma voluntaria. Una pequeña cantidad de saliva se le escurrió por la comisura de sus paralizados labios. Elisa le limpió con un brusco movimiento utilizando un pañuelo de perfumado algodón, mientras protestaba entre dientes. Estaba claro que su objetivo en esta vida era mantener todos los enseres de la casa limpios como una patena y eso incluía a la anciana de la silla de ruedas.

La anciana sólo tenía dos o tres años más que Elisa, la mujer que se encargaba de su cuidado, pero esta mínima diferencia de edad no impedía que, de forma reiterada, se refiriera a ella llamándola abuela o anciana o vieja, las escasas veces que la familia de Emilia llamaba por teléfono interesándose por su salud o por el devenir de su monótona y asquerosa vida.

El cuerpo de Emilia era una cárcel. Su alma se encontraba encerrada en una carcasa vacía e inerte, pero su espíritu gritaba anhelante de libertad y de vida. En su interior no balbuceaba sonidos sin sentido, no gemía, no babeaba, no se hacía sus necesidades encima. En su interior gritaba reclamando su libertad robada por un coágulo de sangre que, sin aviso, sin piedad alguna, había paralizado su cuerpo y la había dejado tirada en una fría celda para siempre. Para siempre.

De eso hacía ya tres años.

Elisa dio por terminada su mortificante lectura y cerró el libro con un golpe sordo. Emilia suspiró aliviada. Cada día le resultaba más difícil soportar la hora que dedicaban a esa tarea. Las pocas ganas que su cuidadora le ponía a tan sencilla labor hacían que el bello relato resultara un tormento a sus oídos.

Era evidente que los libros nunca habían sido uno de los entretenimientos de primera elección para esa mujer. Consideraba esta faena una obligación rutinaria, imprescindible para estimular el encogido cerebro de la vieja y como tal lo llevaba a cabo. Por ello el resultado no pasaba de ser un ronroneo monótono e irritante.

Los niños del parque se levantaron del suelo, se sacudieron las sucias ropas y se fueron corriendo. Uno de ellos cogió la bicicleta y, con la agilidad propia de su edad, se fue pedaleando a toda velocidad, dejando un rodal en el húmedo barro del suelo. La mujer sentada en la silla de ruedas envidió a la bicicleta. Unos segundos antes estaba olvidada en el suelo y ahora era un elemento enérgico y fuerte, casi con vida propia. Emilia sintió cómo se le atenazaba la garganta por el llanto, pero de su torpe glotis no salió sonido alguno. Sólo sus húmedos ojos dejaron caer tibias lágrimas de sufrimiento y dolor, que no escaparon a la atención escrupulosa de Elisa; la mujer sacó su siempre presente y perfumado pañuelo y la limpió mientras indicaba en voz alta su intención de no olvidar que debía pedir cita para el oftalmólogo. Tanta lágrima sólo podía deberse a una rija. ¡Como si la vieja le diera pocas cosas que hacer, encima, una más!

Elisa retiró los frenos de las ruedas y llevó la silla al salón; la situó al lado de uno de los mullidos sillones y encendió la televisión; subió el volumen del aparato dejándolo demasiado alto. Jamás se había molestado en saber que el ictus había dejado a la anciana paralizada, no sorda. Ése era el motivo por el cual nunca se preocupaba de contener su verborrea delante de ella, y por ello la criticaba o la reñía cuando lo creía necesario. Emilia ignoró el absurdo programa que llenaba la enorme pantalla. Cerró los ojos y se abandonó a sus recuerdos. Era lo único que le quedaba de su vida. Era lo único que podía controlar a su antojo haciéndolos volver una y otra vez.

Recordó el amado rostro de Santiago, su esposo. En su mente recreó cada detalle, cada gesto, cada arruga del añorado rostro del que fue su único y más auténtico amor. En su imaginación le devolvió la vida y la sonrisa. Le devolvió la capacidad de abrazarla y hacerla sentirse excepcional, hermosa, inteligente. Junto a él volvió a ser joven, esbelta y ágil. Agarrada a su brazo saltó, bailó, corrió y amó como cuando, muchos años atrás, Santiago rebosaba vida y Emilia era la persona más feliz del mundo.

Recordó a sus hijos cuando eran pequeños. En su memoria le decían a cada instante que la querían. Abrazaba sus prietos cuerpecitos y aspiraba su dulce fragancia a jabón y caramelo. Las pequeñas manitas, siempre pringosas, acariciaban su rostro con tacto de terciopelo…

La televisión enmudeció de repente y la mujer abrió los ojos. Le costaba volver a la cruda realidad que su cuerpo le imponía. Elisa volvió a limpiarle las lágrimas refunfuñando. ¡Dichosa rija!; no debía olvidar pedir cita al oftalmólogo. Una enorme servilleta de cuadros fue colocada alrededor de su cuello y otra cubrió su regazo. Apareció ante su cara una cuchara que le acercó una humeante pasta grumosa de color verde a la boca. Emilia la abrió mecánicamente. De nada serviría resistirse. Otras veces lo intentó y su implacable cuidadora no dudó en utilizar las más variadas armas ofensivas hasta que consiguió abrirle la boca y apretarle los labios, de tal forma que no tuvo más remedio que tragar el repugnante mejunje que solía prepararle como comida. A Emilia le encantaría decirle, si pudiese, que los purés que le cocinaba a diario tenían un sabor muy desagradable, pero eso a Elisa le habría traído sin cuidado. Su obligación, entre otras muchas, era alimentarla; y eso es lo que hacía. Mezclaba varios ingredientes en una olla, los cocía, los trituraba y los ponía en un plato. En ningún momento se planteaba si su comida era o no sabrosa.  Emilia recordó lo mucho que le gustaba saborear las fresas en primavera, los aterciopelados melocotones en verano…

Otra cucharada de grumoso puré y sus recuerdos fueron bruscamente relegados a un recóndito e inhóspito rincón.

La dura tarea de acostar, lavar y cambiar de ropa a Emilia la realizaba Elisa sola. Se ayudaba de una grúa electrónica que le permitía levantarla y girarla casi sin esfuerzo. Por la noche, antes de acostarla, la aseaba y le colocaba un pañal limpio. Masajeaba con crema hidratante las zonas enrojecidas en la piel de los glúteos, piernas y talones, resultado de las horas de presión sobre el asiento de la silla de ruedas, y la acostaba en la cama de lado, sujeta entre almohadones. Esta ardua labor la realizaba murmurando entre dientes, increpando a Emilia, riñéndola por no moverse o por no colaborar en su aseo y su cuidado. ¡Como si ella fuera capaz! La giraba hacia un lado y hacia otro como si su cuerpo fuera un saco de patatas, con indiferencia, casi con desprecio. Cuando por fin su cuidadora se marchaba y la dejaba sola en el cuarto, Emilia lloraba sin control intentando lavar su desesperación, su rabia y su dolor. Rogaba para que un milagro la librara de su tortura. Rezaba a Dios pidiéndole que se la llevara. Estaba segura de que la vida, su vida, no mejoraría nunca y que su única salida era morirse. Sabía que muerta estaría mucho mejor que de esa manera tan horrenda.

Una mañana Emilia presintió que algo nuevo pasaba. Elisa estaba más nerviosa de lo normal. No la había sacado a pasear por el parque, como solía hacer a diario, porque estaba muy atareada, según se dignó a explicarle. Trajinaba de un lado a otro como una locomotora; su enorme trasero esquivaba a duras penas las esquinas de los muebles y los marcos de las puertas. La escuchó canturrear mientras trabajaba largo tiempo en la habitación del fondo, la de las dos camas, que nunca se usaba y que llevaba cerrada más de cinco años. ¿A qué se debería? ¿Qué estaría pasando? Elisa no se molestaría en explicarle el motivo de tanto movimiento y tanta furia limpiadora. Ella tampoco podía preguntar, así que esperó.

Pronto saldría de dudas.

Sonó un timbre. Emilia escuchó cómo abrían la puerta de la calle. Unas voces lejanas le llegaron por el largo pasillo. Varios pies acompañaron a los de Elisa hasta la sala. Una fresca vaharada de perfume impregnó el aire de la amplia estancia. Era un aroma delicioso, familiar. Nadie hablaba. Emilia no podía ver de quienes se trataba, ya que su cuidadora le había colocado ante el balcón para que pudiera disfrutar de la hermosa vista del parque.

Un par de pies se acercaron a su silla. Una voz de mujer susurró a su oído. Su aliento olía a menta. <<Abuela>>. Un reconocimiento instantáneo. Elena. Un beso en la mejilla con unos labios firmes y carnosos. Una piel suave y fresca. Un roce con la fibrosa bufanda que le había protegido del frío de la mañana otoñal. <<¿Cómo estás, abuela?>>

Su nieta se arrodilló colocándose frente a ella. Cogió sus manos y las apretó. Era un gesto cálido y sincero. Hacía tanto tiempo que nadie le había tocado así. Elena estaba muy hermosa. La piel de sus mejillas aparecía enrojecida por el frío de la calle. Aún conservaba unas pequitas en la nariz, de las muchas que habían poblado su rostro durante la niñez. Los ojos color miel, de dulce mirada, enmarcadas por tupidas pestañas negras. Había crecido mucho y ya era toda una mujer. Una vocecilla llamó desde atrás; apenas un susurro. <<¡Mamá!>> Emilia se quedó helada. ¡Elena tenía un hijo! ¿Se habría casado? La anciana fue consciente de que su estéril y lacio gesto no reflejaba la sorpresa y la curiosidad que le reconcomían por dentro. ¡Habría deseado preguntar tantas y tantas cosas! <<Abuela, esta es mi hija, Estrella>> Una carita se asomó por encima del brazo de Elena, mostrando, apenas, unos ojillos negros y un mechón de pelo rubio y rizado.

Emilia fue consciente de que su vida iba cambiar por completo desde ese momento. Sintió una inmensa calidez en los inquietos ojos de la pequeña, al tiempo que un torrente de esperanza se abrió por su ajado cuerpo, guiado por la mano de su nieta que apretaba la suya con fervor; un gesto que, muy a su pesar, no pudo corresponder.

Se habían levantado muy temprano. Elisa no estaba acostumbrada a su nueva carga de trabajo y necesitaba desentenderse lo más pronto posible de la vieja. Así se lo hizo saber cuando encendió la potente luz del techo de su cuarto con malicioso rictus, cegándola por unos instantes. Desde su cotidiana ubicación ante el balcón del salón pudo escuchar cómo su nieta se iba a trabajar. Volvería tarde y no vendría a comer. Elisa puso la radio y se perdió por los dormitorios mientras acompañaba con agradables gorgoritos las canciones. Era una mujer ignorante y una cruel sargentona, pero cantaba muy bien. A Emilia casi le resultaba que Elisa se transformaba con la música, volviéndose casi humana. La vieja copla le trajo recuerdos rancios y tristes.

Algo la sobresaltó. Algo había caído sobre su regazo. No podía bajar la cabeza para mirar qué había sido. No fue necesario. Una manita cogió sus dedos y empezó a acariciar su piel. La niña se puso en su campo de visión. Sonreía de oreja a oreja. La habían peinado y perfumado y estaba muy bonita. <<Mamá se ha ido a trabajar. ¿Puedo quedarme contigo?>> El silencio de Emilia fue interpretado como un mudo asentimiento, así que Estrella desapareció momentáneamente trayendo consigo un taburete, que colocó a sus pies y en el que se sentó.

Observaron en silencio la mañana, el parque, la gente ir y venir. <<Tengo seis años y ya sé leer>> Como por arte de magia apareció entre sus menudas manos un libro con unos bonitos dibujos de animales en la portada. Lo abrió y comenzó a leer. La niña separaba las sílabas y se equivocaba con algunas letras y palabras; Emilia comprobó que su atención no podía despegarse del cantarín desgranar del relato infantil. <<¿Te ha gustado, abuelita?>> Una vez más, su silencio fue interpretado al gusto de la pequeña. <<Me alegro, a mí también. Es mi cuento preferido>>

A media mañana salieron a dar un paseo. La niña agarró la mano de la anciana y así caminó a su lado. Ignorando la impertérrita presencia de Elisa que empujaba la silla, le contó historias utilizando a los gorriones del parque como protagonistas. Le explicó cómo eran las casas de las hormigas. Le indicó  cuales eran los pensamientos de las lagartijas cuando se quedaban paradas bajo el sol. Le desveló el secreto nunca contado de las abejas: susurraban bellas canciones a las flores a cambio de su néctar.

Emilia se vio inmersa en el fabuloso mundo de Estrella. Comprobó que durante las horas que llevaban juntas no se había entristecido ni una sola vez. Se reía en su interior de las ocurrencias y de la imaginación de su bisnieta. Habría dado media vida por poder sentarla en su regazo y abrazarla y besarla y acariciar su inocente cabecita. Por su parte, Estrella, aún consciente de la inmovilidad y del silencio de la anciana, le hacía participar de su mundo como si dispusiera de su vitalidad y su fortaleza. No pareció amedrentarse ante el gesto afásico de Emilia, su boca torcida y su ojo derecho medio cerrado; su parálisis no representaba ningún obstáculo para permitirle compartir sus juegos y para hacerle viajar con ella por su fantasioso universo. Interpretaba, muy acertadamente, por cierto, sus silencios en completas respuestas y aseveraciones. Emilia disfrutaba mucho y casi –solo casi- olvidaba su odiosa parálisis. Su situación había cambiado con la llegada de la niña. Y se sentía muy feliz y agradecida por tan enorme regalo.

Pasaron los días. Estrella empezó a ir al colegio; Emilia ansiaba que llegara la hora en que la niña regresaba. Las mañanas no cambiaron, pero las tardes se transformaron en un fantástico bullicio de meriendas con chocolate caliente, lecturas de cuentos, deberes de lengua y matemáticas y juegos. Estrella lo compartía todo con la anciana. A escondidas de Elisa, le dio galletas y batidos de variados y desconocidos sabores. Sus días comenzaban y terminaban con la carita de la niña y con sus tiernos besos. Apenas veía a su nieta. Su intensa jornada laboral restringía su presencia en la casa. Gracias a las explicaciones de la niña pudo enterarse de que la joven se había quedado sin trabajo en su ciudad natal, que no estaba casada pero que mantenía contacto con el padre de Estrella al que veía cada quince días. Elena no había considerado oportuno explicarle a su abuela su situación o, quizá fuese lo más acertado, lo más probable es que pensara que la anciana no entendería sus explicaciones.

Así pasó un año y, para sorpresa de Emilia, pasó volando.

Aquélla mañana Emilia se despertó sobresaltada. Abrió los ojos y se encontró a Estrella acostada a su lado. La pequeña la miraba. <<Abuelita, mamá dice que el domingo nos vamos para siempre>>

La separación fue horrible. Estrella lloró desconsolada durante horas. Elena con el gesto compungido recogió sus pertenencias en dos enormes maletas; para sorpresa de la anciana, le explicó que volvía con su pareja, el padre de Estrella. Se iban a una nueva ciudad para empezar una nueva vida, sin lastres, sin recuerdos, dijo. Emilia gritaba en su interior enloquecida. Las lágrimas rodaron por su rostro sin freno ni control. Por primera vez en años, Elisa no la criticó al limpiarle el rostro con su impoluto y siempre presente pañuelo. Por su gesto se podía entender que ella también sentía en lo más profundo de su rocoso corazón la imprevista partida. Elena bajó las maletas al taxi que las esperaba. Estrella se abrazó a Emilia. Entre sollozos, hipidos y besos le aseguró que no la olvidaría, que la llamaría todos los días, que la nombraría en voz alta al acostarse y al levantarse para que los pájaros pudieran llevarle el sonido de su voz nada más despertarse… Elena tuvo que soltar, por la fuerza, sus pequeñas manitas de los brazos de la abuela. La besó y aseguró que la quería, con voz rota y queda, mientras la pequeña forcejeaba y gritaba histérica. Los pasos y las voces se alejaron por el largo pasillo. La puerta de la calle se cerró. El frescor del salón se tornó rancio y espeso. El silencio de la casa fue sepulcral.

Emilia vio cómo se alejaba el taxi por la avenida. La carita de Estrella pegada al cristal de la ventanilla trasera mientras que con las manitas le decía adiós y le tiraba besos. Las copas de los árboles que engalanaban la vía engulleron el coche. La anciana mujer dirigió su mirada al parque.

Los vacíos columpios se mecían perezosos con la brisa de otoño. Algunos gorriones picoteaban entre los bancos de madera. Un perrito solitario se acercó corriendo y los pajarillos salieron volando en desordenada bandada. Aburrido y sin saber dónde ir olisqueó el aire frío. Levantó la vista al cielo y buscó, quién sabe el qué. Al pasear la mirada por el edificio de enfrente no encontró nada de su interés; sólo se topó con la mirada húmeda y triste de una anciana que se tapaba las piernas con una gruesa manta de cuadros y que le miraba con gesto vacío e inerte a través de los cristales de su balcón.

FIN

Lola Montalvo Carcelén



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Lo que Alejandra no sabía 10 septiembre 2009

Filed under: Amigos autores — rarevalo @ 9:40
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Lo que Alejandra no sabía

Hola, mamá. ¿Te acuerdas de Alejandra? Sí, esa muchacha joven, de piel morena y pelo oscuro que había venido de Argentina a España con su familia y que estaba estudiando en la Universidad Complutense. Se pagaba los estudios cuidando niños. Así la conocimos ¿La recuerdas?

Alejandra era una chica simpática, con ese inconfundible acento tan característico, muy risueña. Era muy inteligente y nos enseñó muchísimas cosas, aunque hoy sólo nos acordemos de aquel momento en el que, jugando, David amenazó con cogerla y ella se ruborizó. Claro, luego nos explicó que, en su país, coger era follar.

Esta muchacha llegó a nuestras vidas en un momento muy complicado. Ella tenía que venir a casa a las ocho de la tarde y se quedaba a dormir durante toda la noche, cuidando de los cuatro niños varones, porque, según explicaste, tú trabajabas en los servicios de limpieza de Metro de Madrid y las jornadas eran nocturnas. Claro, ante este panorama, no tenías a nadie que se quedase con tus niños y de ahí la necesidad de contratar a una niñera.

Lo que Alejandra no sabía era que tú no trabajabas por las noches en ningún sitio. Tú no podías quedarte a dormir en casa porque dormías en otro lado, en la casa de ese borracho, al que luego dejaste por su hermano, y que no quería saber nada de unos hijos que no fuesen los suyos.

Alejandra durmió durante muchos meses en nuestra casa, de domingo a jueves, para así poder garantizar que hubiera algún adulto por la mañana que nos prepararse para ir a la escuela. Ella pensaba que eran los días que trabajabas, pero lo que no sabía era que, si tenía que hacer esa jornada, era para evitar que recibieras otra carta del colegio avisando que tus hijos iban a clase con síntomas de abandono familiar, con la consiguiente amenaza de avisar a los servicios sociales. Antes nos cuidaba mis hermanas, las mayores. Pero claro, ellas eran malas, o eso decías. La mayor se había marchado para vivir una vida llena de libertinaje y la otra se había convertido en tu Satanás. Ya no quería ayudarte. Lo que no nos contaste era que ellas se habían cansado de jugar a ser mayores, y que te habían pedido que te quedases en casa, con tus hijos, para ellas poder ser las adolescentes que aún eran. Y durante muchos meses estuvimos los cuatro solos, sin más control que el que nos prestábamos los unos a los otros… Hasta que recibiste la carta y llamaste a Alejandra.

Ella sabía que teníamos unas hermanas mayores. Le distes unas instrucciones por si ellas aparecían, y eso era algo que no entendía. No obstante, para Alejandra lo importante era cobrar, que tenía que ayudar a su familia y pagarse la carrera. Así que nunca preguntó. Ella; ¡A mandar!

Posiblemente Alejandra no entendía muchos de los avatares de la casa. No entendía cómo me podía estar pegando con mis hermanos pequeños a todas horas, y exigirles el pago de una deuda que ascendía a un millón de pesetas, y que habían contraído conmigo debido a una apuesta. Claro, entonces mis tres años de diferencia eran suficientes cómo para poder ganarles en retos que para ellos eran imposibles, y luego, cuál matón por el patio de recreo, exigirles un tributo como si fuese un canon sobre la paga de veinticinco pesetas. Luego crecieron y, por supuesto que se me quitaron las ganas de seguir exigiendo. Tampoco entendía por qué David no quería hacer los deberes, quién se negaba en rotundo a tocar un libro si no era bajo una amenaza, como tampoco entendía por qué no había día donde Daniel no llorase tras el cristal de la ventana mientras observaba cómo te marchabas y José, en su línea de siempre, le decía que ya te vería mañana, como siempre.

Alejandra no entendía muchas cosas que le contábamos, a pesar de tu insistencia en no decir nada, cómo ese miedo que habitaba en nosotros respecto a la abuela. Repetíamos como loros que ella era mala, “que mamá nos lo había dicho” y le contábamos las aventuras que teníamos que pasar cuando ella, así, sin avisar, se presentaba en la puerta del colegio. Claro, ella no subía a casa. No quería verte… bueno, no queríais veros. Aunque lo cierto era que jamás os hubierais encontrado. Tú sólo venías a las ocho de la tarde, traías la compra, recogías un poco y te marchabas: A tu otra casa, con tu otra familia.

Alejandra nos cuidó durante varios meses. Llegaba a casa, se sentaba con nosotros para ver si teníamos problemas con los deberes del colegio, nos pedía que nos fuésemos a la ducha (Que si no íbamos, nos duchaba ella y nos daba mucha vergüenza), nos daba la cena y después conversaba con nosotros un poco antes de pedirnos que nos fuéramos a la cama. Nos daba dos besos y hasta mañana. Y era muy curioso para mí, porque no guardaba el recuerdo de que tú hicieses este proceso que repetimos durante el tiempo que ella estuvo en casa. Era extraño, me decía a mí mismo.

Ella solía quedarse hasta tarde viendo la televisión y después se iba a la cama, a tu cama, siempre vacía, aunque entonces pasó a ser ocupada por ella. Decías que así, al menos, nadie usaría tus sábanas para fornicar y ya por aquel entonces, que empezaba a convertirme en tu nuevo confidente, supe por qué lo decías… o mejor dicho, por quién. Y aunque Alejandra jamás subió un chico delante de nosotros, diría que una noche, en el silencio donde todo se escucha, cierto ruido de muelles llegó hasta mi habitación. Al despertar no había nadie con ella, pero siempre pensé que Alejandra usó tus sábanas para algo más que dormir. Una extraña usando tu cama… aunque en realidad a ti te daba igual, aquella queja que tanto acuñabas, sólo era tu instrumento para protestar.

El tiempo que estuvo Alejandra con nosotros, no lo recuerdo muy bien. Creo que fueron cinco meses. Hasta que un día le dijiste que te habían cambiado de centro de trabajo y ya no necesitabas a alguien que se quedase por las noches. La liquidaste y ella se marchó. Lo que Alejandra nunca supo fue que, en realidad, habías roto tu relación con el borracho (y ya germinaba la otra, con el hermano), que ya podías volver a tu cama olvidada y que por tanto no necesitabas de sus servicios. Se marchó sin entender muchas cosas, las mismas que aún hoy yo no entiendo… pero claro, ella sólo era la niñera y yo el niño que dejabas en casa.


Roberto Arévalo
http://rarevalo.es.tl
http://esperandoserleido.blogspot.com


 

No deseado 9 septiembre 2009

Filed under: Amigos autores — lolamontalvo @ 18:19
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RELATO GANADOR DEL 2º PREMIO EN EL V CERTAMEN DE RELATO CORTO AMFE-MUJER 2006 de Castilleja de la Cuesta. Sevilla

 


LOLA MONTALVO CARCELÉN


 

NO DESEADO


La sala de espera de la consulta estaba llena de mujeres. Sólo había un señor, al fondo, leyendo el periódico. Cati deseó que no se tratara de otro abogado con ganas de pleitos y denuncias. Últimamente habían recibido dos y, reconoció muy a su pesar, esto le había producido una inmensa molestia y le había quitado bastante de la confianza profesional de la que siempre hacía gala. Cruzó la sala lo más rápidamente que le permitieron sus gruesas botas mientras saludaba con un gesto a las mujeres que repetían visita. Cerró la puerta de su consulta tras de sí. El hombre del periódico no se movió ni levantó la vista de su lectura. Bueno, ya afrontaría el problema cuando se le planteara… ¿Para qué adelantarse? Quizá sólo estaba resguardándose del frío y la lluvia que arrasaba la ciudad aquella horrorosa mañana. Paco no había llegado aún. Con un gesto de fastidio recordó que le había dado permiso para que asistiera a un curso que organizaba el Hospital Comarcal. No iba a ser un buen día, seguro que no.

Se dispuso a preparar su consulta para empezar a visitar a sus pacientes. Todo estaba muy limpio. Un agradable olor a jabón y desinfectante le garantizó que el hombre que había contratado para que se ocupara de las labores de limpieza había cumplido con su trabajo la tarde anterior. Un examen riguroso de los suelos, las mesas y demás enseres le confirmaron que todo estaba impoluto. Estaba claro que Emilio, que así se llamaba, no la había engañado cuando le aseguró tres días atrás que sabía limpiar y que le gustaba hacerlo. Además, le había ordenado los libros de la estantería y le había regado todas las macetas. Puso una sábana limpia en la camilla de exploración ginecológica. No le agradaba utilizar esos grandes rollos de papel de celulosa. Consideraba que ese material es excesivamente rígido y áspero a la piel. Además, las sabanillas de algodón se podían lavar miles de veces y no ponían en peligro los bosques. Su espítiru ecologista estuvo absolutamente conforme con su sentido común.

Suspiró profundamente mientras se colocaba la bata blanca. Comprobó que la habían lavado y planchado. Desde luego este hombre no tiene desperdicio, pensó con satisfacción. Pero, ¿cuando lo ha hecho? ¿El fin de semana? Aún asombrada, se sentó en el borde de la mesa de despacho mientras hojeaba las historias de las pacientes que visitaría esa mañana. Paco, el auxiliar de enfermería que, además, llevaba las tareas administrativas, le había pegado unos papelitos amarillos en las carpetas que correspondían a las pacientes nuevas. Había tres papelitos, tres nombres nuevos. Tres caras por conocer. Tres vidas por descubrir. Ellas eran las primeras en su registro de visitas. Esa jornada vería a más de veinte mujeres. Su trabajo en la consulta de Ginecología, Obstetricia y Planificación Familiar, perteneciente a una conocida ONG, lejos de menguar, aumentaba cada día más. Cogió la primera carpeta y se dirigió a la puerta. Al estar ausente Paco, debería encargarse ella de ir llamando a cada una de las mujeres. Bueno, no pasa nada.

- ¿Adoración Castro?-una mujer se puso de pie-. Por favor, entre.

Dori había llegado pronto. Dejó los niños en casa de su hermana y tomó el tren que la llevaría a la ciudad. http://newsimg.bbc.co.uk/media/images/45166000/jpg/_45166576_02embarazo.jpgEn el mostrador de atención le indicaron muy amablemente que la doctora se retrasaría un poco. El tráfico, la lluvia, hoy es lunes… ya sabe. Se sentó en la concurrida sala de espera. Estaba muy nerviosa. Una enorme preocupación se le había agarrado en las vísceras desde que había tomado la decisión. Y Arturo no podía enterarse nunca. ¡Nunca! Los ataques de miedo y angustia le aceleraban dolorosamente el corazón. Estuvo a punto de irse varias veces. Se hallaba ya de pie dispuesta a hacerlo cuando vió entrar a una mujer madura. Vestía vaqueros y un gigantesco jersey que le llegaba a la mitad de los muslos. Al verla entrar con decisión en una de las salas supo que se trataba de la doctora. Se sentó otra vez.

Arturo nunca le había tratado mal pero era inmensamente egoísta. No la ayudó jamás con los niños ni con nada de la casa y eso que trabajaban los dos fuera. No la chillaba nunca. No la insultó jamás. Pero la ignoró desde el mismo día de la boda. Una vez a la semana, con absoluta puntualidad, los sábados por la noche, le bajaba la ropa interior y desahogaba en ella todo lo que llevaba acumulado sin preocuparse de si la persona que estaba bajo él sentía o penaba. Una vez que había terminado se giraba en la cama dándole la espalda y se quedaba dormido. Así desde hacía diez años. Y así había tenido cinco hijos y un aborto.

Dori no deseaba tener más hijos. Alguna vez se había atrevido a insinuárselo. Había reunido todo el valor que encontraba en su débil espíritu y se lo había soltado cuando creía que Arturo estaba más tranquilo: tras una buena comida o cuando su equipo de fútbol favorito ganaba. Y lo único que había recibido por respuesta fue una espantosa mirada de desprecio. Era capaz de dejarla paralizada cuando la miraba de esa forma. Y al sábado siguiente durante los diez minutos que duraba el asalto sobre su flaco cuerpo notaba toda la rabia y toda la furia que sus palabras habían provocado en él. A veces, incluso, sangraba varios días a consecuencia de la violencia de sus acometidas. No, nunca le había pegado, ni gritado, ni insultado pero le tenía tanto miedo, su sola presencia le causaba tanto espanto, que la anulaba y la esclavizaba con solo mirarla u ordenarla algo.

Cuando Dori vió que otra vez se le retrasaba el periodo supo que ya no podría soportar otro embarazo. En el último casi pierde la vida por las muchas complicaciones que sufrió. Cuando por fin tuvo a su querido Pepín, Arturo la vigiló estrechamente para que no tomara medicación anticonceptiva ya que la religión de ambos lo prohibía expresamente. Además, el farmacéutico era su hermano y no le dispensaría nada similar. A ella no. Sería inevitable que otra vez la preñara y, efectivamente, así sucedió.

Estaba aterrorizada ante el nuevo embarazo. No sabía que hacer. La angustia le impedía dormir o comer. Su marido la vigilaba estrechamente oliéndose algo. Una mañana, nunca podría recordar si por accidente o si fue que ella, inconscientemente, buscó la ocasión, se cayó rodando por la escalera de la azotea al terminar de tender una colada de ropa blanca. Estuvo inconsciente en el suelo del pasillo más de una hora. El resultado, miles de hematomas, una brecha en la ceja, otra en la barbilla y un legrado de urgencia. Eso fue hace quince días. Al día siguiente de que le dieran el alta llamó a la ONG que le había recomendado una enfermera en el hospital, en los únicos diez minutos que Arturo la había dejado sola para ir a comprar el Marca. Sabía que no debía dar marcha atrás y seguir adelante con su decisión. Cuando despertó de su accidente sólo tenía en mente una cosa. Liberarse. Y eso pasaba, necesariamente, por evitar otra posible preñez. Iría paso a paso. Cada día le echaría un poco más de valor. Otros, sabía que flaquearía. Otros muchos, el terror no la dejaría pensar o moverse. Pero un día se liberaría de su yugo.

Para llegar a esa sala de espera había sufrido mucho. Y, aún ya sentada, había estado a punto de volver a casa dejándose llevar por el temor. Pero la puerta de la consulta se abrió y aquella mujer de los vaqueros y el enorme jersey la llamó por su nombre. Se levantó. Agarró su paraguas, su bolso y su abrigo y con paso lento se dirigió a la puerta que la doctora mantenía abierta mientras la miraba a la cara y la sonreía abiertamente. Entró y la puerta se cerró tras ella. Ya estaba hecho.

Ascen vió cómo la doctora cerraba la puerta tras la demacrada mujer. Ella sería la siguiente. Sabía que tardaría un buen rato en llamarla. Ya se sabe, las consultas de ginecología son así. Mientras tanto decidió ponerse a leer un ratito la novela que Marian, su hermana, le había recomendado. Pero cuando llevaba la mitad de la primera página se dio cuenta de que no se estaba enterando de nada de lo que leía. Las palabras corrían ante sus ojos pero su mente estaba en otro sitio. Intentaba mantener la calma pero estaba muerta de miedo.

Las fiestas de su barrio fueron un estupendo paréntesis en la rutina de sus estudios en la universidad. Le encantaba estudiar pero, la verdad, una alegría al cuerpo de vez en cuando no le sentaba nada mal. Además, le vendría de perlas para poder retomar las clases con energías nuevas. Su amiga Paqui estaba entusiasmada hasta rozar la histeria. Había conocido a un buen mozo que correspondía a sus atenciones y le devolvía las llamadas con solicitud. Quería presentárselo en una de las fiestas privadas que sus amigos celebrarían y, de paso, le llevaría al amigo de su amigo para que no estuviera sola y se divirtiera y… Bueno, ¡tú me entiendes!, Le decía mientras su sonora risa llenaba el cable del teléfono y casi toda la casa. Total, que tenía un plan aceptable para las fiestas. La cosa prometía bien, sobre todo cuando Paqui le había asegurado que el chico en cuestión estaba de muy buen ver.

La noche del sarao fue tal y como se la había imaginado. El joven era tal y como estaba previsto que fuera. Carlos era su nombre. A las pocas horas Paqui y su pareja decidieron buscar un sitio más cómodo para seguir su cálida conversación. Eso no molestó a Ascen en absoluto, más bien al contrario. Su nuevo amigo era muy divertido, agradable y de inteligente conversación, no como los mentecatos que había conocido en los últimos meses. La música era genial. El ambiente electrizaba. Y el alcohol que había ingerido sin parar bajó su cota de alerta a niveles bajo cero. Cuando se quiso dar cuenta, estaban los dos en un coche. En el de Carlos. Su ropa descolocada y sus prisas le hicieron perder el control. Pero, aún seriamente afectada por los vapores etílicos, algo se disparó en su conciencia. Oye, Carlos, tendrás protección, ¿verdad? El otro murmuró, quizá demasiado deprisa, eso lo supo después, que sí, que sí, todo está bajo control. Cuando terminó se dio cuenta que el estupendo muchacho que creía haber encontrado era un impresentable más. No sólo no había usado ningún medio ni nada, si no que, casi en cueros, la dejó en plena calle, a altas horas de la noche, medio ebria y ahumada por la porquería que salía de su tubo de escape. Lo último que vió de él fue las luces de su coche cuando se alejaba a toda velocidad.

No servía de nada lamentarse ni tampoco sentirse ridícula como una mema. Pero, la verdad, era así como se sentía. Cuando por fin llegó a su casa se lavó, se metió en la ducha y se restregó con la esponja hasta casi arrancarse la piel. Aun así, sabía que no serviría de nada. De nada. Y lo peor no era sólo que en quince días no le bajara la regla. Lo peor era que ese…, ese don Juan tuviera alguna infección que se pudiera contagiar por esa vía. ¡Qué boba, pero que lío más gordo, pero qué tonta soy!

A la mañana siguiente evitó mirarse al espejo. Se avergonzaba de su propia sombra y temía con espanto la llamada de su querida Paqui. La jaqueca y la resaca no la ayudaban demasiado. No sabía qué le diría ni cómo se lo explicaría. Justo después de comer sonó su móvil. Era su amiga. Con manos temblorosas apretó el botón verde del aparato y, casi sin tener conciencia de ello y en un trabalenguas inconexo, le relató su penosa experiencia, su vergüenza y su miedo. Las lágrimas de pesar se mezclaban con las de una creciente rabia. Paqui lo solucionó todo en quince minutos. Llamó a su amigo Paco, un auxiliar de enfermería que trabajaba en la consulta de Ginecología de una ONG, y le consiguió una cita de urgencia para el día siguiente, lunes, a primera hora. Ascen, aún se pueden intentar muchas cosas antes de preocuparse. Todo irá bien, ya verás.

La puerta de la consulta se abrió y salió la mujer. Estrujaba unos papeles en su mano. La doctora la apretó con calidez el hombro y ella asintió con decisión. Se giró y se dispuso a salir de la sala de espera. No parecía la misma que había entrado unos momentos antes. La doctora llamó:

- Ascensión Ríos, por favor.- Ascen se levantó y, casi corriendo, se dirigió a la puerta abierta.

http://1.bp.blogspot.com/_l8m5z6ZAGHM/STvp25RIGdI/AAAAAAAAAHg/SdUmgP3QGso/s320/embarazo_adolescente_3.jpgElisa vió cómo una joven pelirroja muy alta se ponía rápidamente en pie y trotaba con agilidad hacia la consulta, cuya puerta la doctora mantenía abierta. Ella entraría detrás de la pelirroja. Deseaba que todo pasara rápido. Se tocaba el vientre con movimientos mecánicos. Creía notar que algo caracoleaba en su interior. Quizá era demasiado pronto.

Una semana atrás tomaba el sol en la terraza de su amplio cuarto. Acababa de hacerse el test de gestación que había comprado en una farmacia y el resultado habían sido dos rayitas. No hacía falta ninguna prueba. Lo supo desde el mismo momento en que se le había retrasado la regla, hacía mucho más de un mes. Recostada en una cómoda tumbona acolchada, cerró los ojos mientras contenía las lágrimas que le escocían tras los párpados. Su amiga Charo le había asegurado que la primera vez que lo hacías era imposible quedarse preñada. Según ella, lo había leído en una de las revistas de su madre. Su novio también le aseguró que tenía experiencia en la marcha atrás, método infalible según su concurrido círculo de amigos, ya que a ninguno le había fallado jamás. Los preservativos, aseguró con tonillo de superioridad, tenían el grave peligro de quedarse dentro y hacer necesario acudir a un centro de urgencias. No, insistió, no debía estar preocupada, él sabía lo que hacía y no pasaría nada. Además, si después de todo se lavaba con agua fría a chorro durante diez minutos ningún espermatozoide sería capaz de soportarlo ni sobrevivir. Elisa lo recordaba todo con asco y rabia.

Cuando supo que la cosa era ya un auténtico y enorme problema, navegó por Internet y comprobó que toda la información que habían manejado estaba totalmente equivocada. ¿Por qué no habría hecho eso antes? ¡Todo, todo lo que le habían asegurado como una verdad demostrada, estaba establecido científicamente que se trataba de métodos ineficaces e inútiles para evitar un embarazo! Tenía quince años y toda su vida se había fastidiado para siempre, por crédula e ignorante. ¡Con la de planes que había hecho para su futuro! ¡Ella debía dedicarse a estudiar para su carrera universitaria, no dar biberones, ni cambiar pañales!

Mientras tomaba el sol escuchaba cómo su madre trajinaba de un lado a otro. La mujer asomó la cabeza por el balcón buscándola. Tenía el pelo lleno de rulos y sobre su labio superior una gruesa capa de crema depilatoria. Ella y su padre pasarían el fin de semana fuera y Elisa quedaría al cargo de Nati, la mujer que se ocupaba de la casa y que, se podría decir, había sido siempre casi su segunda madre.

- ¡Elisa, Elisa, ven, anda, que necesito que me ayudes! –asomó otra vez la cabeza por la puerta de la terraza y, haciendo visera con la mano sobre sus bonitos ojos, le dirigió un gesto nervioso. Elisa dejó a un lado la revista que había intentado leer y se levantó. Un ligero mareo amenazó con hacerla caer. Su madre no se dio cuenta de nada ya que se encontraba otra vez trasteando con la maleta.- Búscame en el cajón los gemelos de tu padre, nena. Me acabo de pintar las uñas…

Elisa contuvo a duras penas un suspiro de fastidio. Buscó en uno de los cajones de la cómoda y sacó una cajita de terciopelo verde. Su madre la tomó con la punta de los dedos y la dejó caer en uno de los bolsillos interiores de la maleta.

- Mami, necesito hablar contigo.

- Nena, ahora no puede ser. Tu padre vendrá en una hora y mira cómo estoy todavía.- Miró el reloj situado sobre la mesilla – ¡Pero qué tarde es, anda cielo vete a tomar el sol y no te pongas en medio!

- Mamá – insistió Elisa agobiada – es que me pasa algo muy, muy gordo y necesito hablar contigo.-Su voz se apagó en un susurro. El llanto le cerraba con furia la garganta. Su madre se quedó paralizada. Sujetaba unas zapatillas con dos dedos y una bolsita de felpa con otros dos. Estaba graciosa, pensó Elisa.- Mamá, necesito que me ayudes… –el llanto tanto tiempo contenido reventó con furia. La madre dejó caer las zapatillas y la bolsita y se acercó a la niña. Le cogió la cara con las manos y le apartó el pelo. Elisa notó el olor a limpio que siempre tenía su madre, incluso cuando venía de jugar al tenis o de correr. La miró muy seria, preocupada. El ceño fruncido, la boca apretada. La joven empezó a contarle. Primero con palabras entrecortadas, poco después atropellándose y atragantándose con las lágrimas y la vergüenza. Su madre no la interrumpió. No la soltó ni dejó de mirarla. Cuando terminó, Elisa tenía la mirada fija en el suelo, en las zapatillas caídas. No podía afrontar los ojos que tanto temía y respetaba.

La mujer cogió a la niña de las manos y con ella se dirigió al despacho. Se limpió la cara con la toalla que llevaba al cuello mientras que con la mano libre buscaba un teléfono en la agenda que siempre llevaba en su bolso. Marcó un número. Esperó mientras miraba a su hija a la cara. Varios timbres después alguien contestó. Hablaron durante unos minutos y quedaron en un lugar concreto un día y a una hora. Ese fin de semana su mamá no acompañó a su padre a su compromiso. Estuvo con ella todo el tiempo. Se encargó de llamar primero y de hablar personalmente con la madre de Javi, su novio. Hubo palabras de reproche. Hubo desesperación. Hubo angustia. Pero ambas madres eran conscientes de que los dos jóvenes se encontraban en un serio apuro y había que afrontarlo con responsabilidad y sin ira.

Elisa miraba con ansiedad la puerta de la consulta. Tardaban demasiado. Su madre, sentada a su lado, le enseñó una foto de un conocido de la familia que aparecía en una revista de sociedad, intentando que se relajara. Sabía que la niña estaba aterrada. El hecho de saber que la ginecóloga era la prima de su marido no ayudó demasiado. Las dos familias habían acordado, tras una cena de conciliación la noche anterior, que harían lo que los jóvenes decidieran tras la visita médica. La muchacha estaba de casi tres faltas. Se temía que, en pocos meses, su papel como madre tomaría nuevos derroteros y debería afrontar responsabilidades ya olvidadas. Estaba claro que algo había fallado. Su hija había confiado en amigos que la habían convencido con estupideces y rancias leyendas. Nunca había mantenido con Elisa una conversación sobre métodos anticonceptivos. No creyó que fuera el momento. Era una niña. Cuando tuviera suficiente edad ya se encargaría de informarla. El resultado había dejado de manifiesto su gran error. Y el embarazo de su nena era su culpa y siempre lo sería. Por ello no la había reñido ni había consentido que lo hiciera su marido. No sentía vergüenza por su familia. Sentía pena por el trance que Elisa debía afrontar cuando aún era tan niña. Pero ella la ayudaría hasta el final. La puerta de la consulta se abrió.

Cati apagó las luces de la consulta. Ya había recogido todas las historias de las pacientes y metido el material usado en líquido desinfectante para que Paco lo esterilizara a primera hora. Mariano, su señor de la limpieza, llegaría en breve. Estaba deseando verle para felicitarle por su buen trabajo. La puerta de la consulta estaba entornada y la única luz que había era la de la sala de espera. Cogió su bolso y salió. La sala estaba desierta. Increíble. El hombre del periódico que había visto por la mañana había desaparecido sin dejar rastro. Estaba claro que se preocupaba en exceso y sin motivo alguno. No tenía por qué dudar de lo correcto de su trabajo. Atendía a toda aquella mujer que lo precisara. No traspasaba ningún límite legal y no hacía nada inmoral. Sólo ayudaba. Y aún así ciertos grupos y asociaciones de orden moral se abanderaban como defensores de la vida y de la familia contra ella. ¡Como si Cati no defendiera y respetara a la familia como un orden de valor incalculable!

Estaba muy cansada. Salió de la sala de espera. Saludó a la recepcionista de la sede de la ONG. ¡Hasta mañana! El martes tendría menos pacientes que ver e iría al centro cívico y cultural del barrio. Le pedían una vez al mes que impartiera charlas a jóvenes sobre relaciones sexuales responsables, sobre la prevención de enfermedades de transmisión por esa vía y sobre medios anticonceptivos. Llevaba haciéndolo más de siete años y cada día había más embarazos en adolescentes, más embarazos no deseados y más infecciones graves. ¿Qué es lo que falla, qué? ¡Mi voz es un susurro en el desierto! Los jóvenes siguen haciendo caso de estupideces y cuentos arcaicos, se siguen tirando al vacío sin red y … Suspiró con fastidio. Todos los días sentía el mismo hastío, lo reconocía con pena y tristeza, pero no dejaría de hacer su trabajo mientras creyera que servía de algo. Y de algo serviría, ¿no? Por lo menos las mujeres que salían de su consulta se iban algo aliviadas al ser entendidas y escuchadas. Y algunas aprendían de sus errores.

Cati salió del edificio y, caminando a paso vivo, se perdió entre la gente que abarrotaba la luminosa calle comercial. La multitud la engulló y se tragó sus pensamientos. El hombre del periódico la vió alejarse, tal y como llevaba meses haciendo. Se cerró el abrigo, se subió la bufanda tapándose media cara y se lanzó calle abajo, en dirección opuesta a la de Cati. Mañana, quizá mañana será el día.

Lola Montalvo Carcelén



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