Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Hieródula 10 agosto 2009

Archivado en: Amigos autores — Díaz de Tuesta @ 14:51
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La estatua de oro de la diosa mostraba un semblante serio.


En sus hermosos y fríos rasgos casi podía detectarse una acusación; los labios, que hubieran debido resultar apasionados, formaban una línea inflexible, y los ojos de metal muerto provocaban una impresión de eterno reproche.


Al menos, así lo percibía Sae, hija de Luen, hieródula en el pequeño templo, y la mejor de todas sus prostitutas sagradas, en opinión de los fieles que acudían asiduamente al lugar. Había sido entregada al servicio de la diosa a la edad de doce años, cuando su cuerpo abandonó las líneas tiernas de la infancia para curvarse suavemente en las de una joven mujer. Su conversión en hieródula no fue algo premeditado. Luen, campesino ignorante, viudo resignado, y hombre de poca suerte, siempre manifestó el temor y la reverencia debidos a la diosa, pero la razón principal que le llevó a sumir a su hija en aquella esclavitud perpetua, fueron las deudas. El pequeño campo que labraba se mostró poco agradecido con las miles de horas de trabajo que enterró en él, y sólo ofreció a cambio hambre y miseria. Luen no tuvo opciones. La dejó en la entrada del templo, apartando los ojos con vergüenza…


Pobre Luen, qué poco conocía a su hija.


Claro que, era lógico que temiese por ella, y se sintiera culpable. Más allá del brillo de los rituales y las parafernalias del templo, y de las palabras una y otra vez repetidas hasta perder todo sentido, las prostitutas sagradas no dejaban de ser eso, prostitutas. Gozaban de una vida cómoda, pero el servicio sagrado no lo soportaba bien todo el mundo. Los fieles acudían a recibir el amor de la diosa a través de sus esclavas, y ellas no tenían capacidad de elección posible. Había que atenderlos a todos, darles aquel remedo de amor a todos, altos, bajos, viejos, jóvenes, guapos, feos, gordos, delgados…


Sin embargo, Sae guardaba un secreto: a ella le gustaba el papel que le había deparado el destino. Le gustaba de verdad. Se sentía una mujer afortunada, y, de alguna manera, una triunfadora. Habían intentado utilizarla, siempre, todos: su padre para alejar su miseria, la diosa para usar su cuerpo como medio para llegar a los fieles, el templo, para enriquecerse con los pagos por sus servicios, los creyentes, para liberar su lujuria… ¿No resultaba tremendamente satisfactorio, y sutilmente irónico, que, en realidad, ella fuera la que los manipulase a todos?


La diosa no la utilizaba para dar amor, era ella la que utilizaba a la diosa, y todo lo que suponía, para liberar sus inagotables apetitos, y su pasión.


Y la diosa lo sabía.


Cada caricia entregada por Sae en su nombre, era una mentira. Cada beso, un engaño. No había comunicación entre los fieles y su divinidad, Sae no se consideraba un vínculo, sino un fin en sí mismo. Nada llegaba a la diosa, nada surgía de la diosa; todo empezaba y terminaba en el anhelante tacto de Sae, en los deliciosos escalofríos de su piel, en el lánguido crepitar de su carne, en el largo y glorioso ascenso que la llevaba una y otra vez a las siempre codiciadas alturas de lo voluptuoso, al erótico mundo de los sentidos, de los deleites carnales.


Todas las bocas podían dar placer, si sabías buscarlo, todas las manos eran capaces de arrastrarte en el lento, armónico fluir del deseo, si sabías dejarte llevar. Por eso, no le importaba que, muchas veces, los fieles fueran hombres viejos, o poco agraciados, en su mayoría campesinos de dedos callosos y carnes marchitas, quebradas por el trabajo duro y la pobreza. Además, no podía quejarse. Ocasionalmente, disfrutaba de algún premio inesperado, soldados o aventureros que estaban de paso por la zona, hombres de armas acostumbrados a buscarse la vida rondando la muerte. Entre sus brazos, enérgicos, entendidos, incansables, Sae ardía como una tea, como las brasas de los incensarios sagrados, perdiéndose jubilosa en aquella marea eterna, eternamente buscada…


Pero, el día en que llegó Meren, el mundo perfecto en el que vivía Sae, dio un brusco vuelco.


Al contemplar la figura elegante, gallarda y atractiva, de aquel extranjero, el corazón se aceleró en su pecho como nunca antes le había ocurrido. Sintió que los dedos se le crispaban por el puro afán de tocar esa piel, esa, exactamente esa, y ninguna otra. Sintió la boca reseca, agrietada, sedienta, ansiosa de recibir los besos de esos labios. Su cuerpo se tensó, totalmente alerta, esperando recibirle, mezclarse con él en esa inacabable danza atávica en la que ambos llegaría a ser puro gozo, carne que palpita.


Meren era un hombre hermoso, alto, bien proporcionado, con aire digno y noble.


Y Sae iba a tenerlo…


Avanzó hacia él, contoneando las caderas con suavidad, muy segura de sí misma, de su belleza, de la ciencia meticulosamente aprendida entre los susurros de sus sábanas. Sólo se oyó el tintineo de sus largos zarcillos, de los mil abalorios y cadenillas que adornaban su cabello, tobillos, brazos, y la túnica dorada de hieródula. Los rasgos de su rostro permanecieron inmóviles observando a Meren, fijamente, manteniendo su mirada; nada dejó entrever cuánto deseaba arrancarle la capa, y la armadura de cuero blando, cómo suspiraba por apartar el último rastro de ropa y aferrarse con uñas y dientes a su piel, probar su sabor, contaminarle con aquella abrumadora necesidad…


– ¿Deseas recibir el amor de la diosa, creyente? – preguntó, siguiendo el ritual. Los ojos de Meren se deslizaron un segundo hacia la estatua de la diosa, luego volvieron a ella… Agitó la cabeza.


– No, creo que no – dijo, sorprendiéndola – No temas. No seré yo quien se aproveche de tu triste situación muchacha, ni quien te tome, cuando me consta que no puedes rechazarme. Debe ser terrible tener que prostituirte de esta manera, perder… la dignidad, perder el respeto que todo el mundo debe poder sentir por sí mismo, sin ni siquiera quedarte con el oro ganado a costa de tu humillación – Sae se quedó tan desconcertada, que no supo qué replicar. Él le entregó una bolsa, bien nutrida – Toma. Este oro, que sea para ti, y sólo para ti. Escóndelo – alzó una mano, y le acarició la mejilla. El roce provocó una sensación devastadora, una descarga absolutamente deliciosa de dolor y calor que recorrió con furia su cuerpo. Sae se estremeció. Él no pareció darse cuenta, sumido en su propia lucha – Y no creas, no resulta fácil, renunciar a disfrutar de tus encantos. Eres una joven muy hermosa. Quizá, en otras circunstancias… Pero soy un hombre de honor, y debo tratarte con el respeto que te mereces.


Respeto… El hambre de sensaciones que tensaba dolorosamente su cuerpo, que hacía arder por completo su alma, la inducía a revelarle la verdad, y de inmediato. Quería decirle que no tenían por qué negarse la satisfacción que ambos deseaban, porque ella, ella en concreto, no era una víctima. Muy por el contrario, se consideraba un ser tremendamente dichoso, situado por la vida en el lugar donde más libre podía sentirse. De haber seguido en la casa de Luen, hubiese terminado casada con cualquier campesino, un hombre áspero, rudo, y sólo inspirado por su propio placer. Un único hombre, al que hubiera pertenecido, al que se hubiera visto sujeta, limitada a sus momentos y sus caprichos, sin posibilidad de desatar sus apetitos en otras pieles…


Pero, no, no…


Sae titubeó, sintiéndose atrapada en una absurda broma del destino. Si no le sacaba de su error, aquel extranjero se iría, dejándola con su espejismo de virtud, su deferencia, y sus brazos vacíos; pero, si le decía la verdad, perdería aquel inesperado respeto, aquella emoción peculiar que nunca nadie le había regalado, y que se sentía inclinada a conservar. Incluso, quizá, llegara al desprecio. No podría soportarlo… Era capaz de irse, de todos modos, y ella se quedaría sin la satisfacción carnal, y sin su respeto.


Contuvo el intenso deseo que pugnaba por estallar en su interior, y le dejó marchar, apretando disimuladamente los puños. No podía librarse de la incómoda idea de que, ya, nada sería como antes, nunca. A partir de ese momento, buscaría el aroma de Meren en otros aromas, el sabor de esa piel que ni siquiera había probado, en otros cuerpos, el frenesí devastador que había desatado aquel roce en su mejilla…


Y le dio la impresión de que, la estatua de la diosa, sonreía.


Yolanda Díaz de Tuesta

 

Flores para los Muertos

Archivado en: Amigos autores — Díaz de Tuesta @ 14:48
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Para Jorge, era un trabajo sencillo.

La vieja no pagaba mucho, cierto, pero saltar la tapia del cementerio suponía un esfuerzo mínimo, y el traslado de las flores, las grandes coronas, los hermosos ramos, no dejaba de ser un agradable paseo. Incluso le permitía sonreír, en el camino de vuelta, a la chica que había empezado a hacer la calle junto a la tasca de Alberto. Siempre llegaba con las sombras, como si la noche tomara forma en su piel oscura. Era morena, de grandes ojos y largas piernas, líneas cimbreantes que hubieran debido tener mejor destino que el de ser tocadas por toda clase de pieles a cambio de unas pocas monedas. No hablaba su idioma, lo supo la tercera noche, al preguntarle su nombre y recibir una risita nerviosa por respuesta, y él jamás pagaba por un servicio; era una cuestión de principios que no pensaba romper, ni siquiera por ella.

No les quedaba, por tanto, más que la sonrisa, el lenguaje internacional de las expresiones luminosas. En eso, se entendían perfectamente.

Jorge no podía decir cuándo aquel encuentro se había vuelto importante. Quizá lo fue desde el principio, desde el mismo instante en que se hicieron reales el uno para el otro, llenándose de color, de facetas y detalles, superponiéndose al gris decorado que formaba el mundo. Adoraba la sonrisa de aquella muchacha, era su única conexión con esa parte de las relaciones humanas que tan extraña le parecía. Amor, afecto, amistad, cariño… Muchas veces se había preguntado qué sensación provocaban realmente aquellos términos tan valorados por la mayoría de la gente, y sólo ahora empezaba a intuirlo. Antes pensaba en ellos con desdén; ahora, con auténtica codicia. ¡Le resultaban tan raros y fascinantes! Él se había criado en la calle, había tenido que luchar duramente por cada bocado, por cada noche bajo techo, por huir del frío y de la miseria. No es que en esos momentos fuera rico, ni mucho menos, pero se estaba haciendo un hueco en el mundo, la clase de huecos que se buscan por la fuerza los que nada tienen. Hubiera podido conseguir mucho más, en menos tiempo, pero no era tonto y sabía que los vivos eran muy celosos de sus pertenencias.

Él prefería robarle a los muertos.

Las flores. Las deliciosas, aterciopeladas, perfumadas flores de los muertos…

Alguna vez, se había acercado a los ramos de rosas, en la floristería de Elvira, a sus jazmines, a sus crisantemos, a sus gladiolos solitarios. No olían igual, en absoluto. Estaban allí, a disposición de cualquiera; eran flores iluminadas fieramente por la luz del sol, destinadas a festejar cumpleaños o la existencia de una pasión, o para adornar un templo, o cualquier otra cosa que atañía únicamente a los vivos. Sólo las Elegidas, las arrastradas por la fuerza del destino a la oscuridad de las sombras, las obligadas a traspasar la línea entre mundos, eran capaces de emitir aquel perfume único que le envolvía en sus paseos nocturnos, del cementerio a la casa de la vieja.

Y en la casa de la vieja.

Allí, a la luz de las dos velas que apenas conseguían contener las hambrientas sombras contra las esquinas, las flores tenían un perfume más intenso todavía, de ser posible. Virulento, penetrante, denso… brutal. Tras pagarle con las monedas que sacaba sigilosamente del armario situado en el centro de la habitación, arrastrada por aquel anhelo, aquella urgencia incomprensible, la vieja hacía caso omiso de su presencia, y empezaba a arrancar los pétalos, a llevar a cabo su extraño ritual, mirando de vez en cuando hacia el armario, como vigilando que siguiera allí.

Jorge la observaba en silencio, entre fascinado y repelido, intentando deducir las razones de tal proceder. ¿Sería algún conjuro? ¿Alguna clase de magia insólita? A su pesar, Jorge, Catedrático de las Calles, Doctorado en Puños, Experto en Todas las Formas del Dolor, temía a la vieja. Temía sus ojos blancos que parecían ciegos pero que lo veían todo. Temía su tacto reseco, sus uñas rotas siempre manchadas de tierra negra, y el olor dulzón que emitía. Era como si las flores la envolvieran, sofocantes, y se pudrieran lentamente sobre su piel, fermentándose en una esencia tan odiosa como sugestiva. Más de una vez se había preguntado si no estaría ya muerta, si no sería la tierra de sus uñas tierra de su propia tumba, prueba de haber escarbado con desesperación para escapar y volver al ámbito de los vivos. Pero era tan absurdo… Jorge creía firmemente en la línea, en la zona de nadie que separaba los mundos. Sólo las flores podían traspasarla.

La vieja arrancaba uno a uno los pétalos de las hermosas coronas, con cuidado exquisito, tratando de no romperlos. Los iba pegando en la pared, asegurándose de no dejar nunca espacios vacíos, usando como engrudo su espesa saliva. Jamás, ningún pétalo osó soltarse tras ser añadido al grupo con aquel pegamento repugnante. Y ella, murmuraba con su voz rasposa, llena de espinas: “Flores para los Muertos. Flores para las Almas Perdidas. Flores para Aquellos de los que Nada queda…”.

A la luz del día, recordarlo hasta le inspiraba algo de hilaridad. Bajo el tembloroso palpitar de las velas, resultaba total y absolutamente aterrador. Así, sin más, sin términos medios, sin palabras que pudieran suavizarlo. Aterrador por lo tétrico, por lo inexplicable, por lo absurdo que era todo. Las paredes, las cuatro paredes del pequeño cuartucho, estaban casi completas. Podía haber terminado al menos tres, de hecho, pero seguía una línea, igual que seguía un ritual, y cuidaba de continuar las hileras por los cuatro lados, con precisión milimétrica.

Jorge se sentía enfermo, y se iba.

Era un trabajo, se decía, y trataba de no pensar más en ello. Pasaba el día en la Oficina del Paro, la versión mortal del Purgatorio de las Almas en Pena, en la tasca de Alberto, el Cielo Ilusorio para quienes sólo quedaban los sueños distorsionados en el fondo de un vaso vacío, y en la calle, el mundo hostil del asfalto y de la espalda, donde nadie conocía a nadie, donde todos buscaban la manera de ser más fuertes que el contrario.

Y, con la llegada de una nueva luna, reiniciaba su rutina.

Una noche, al regresar con las flores, vio a la chica apoyada contra la pared, junto a su esquina habitual. Supo que estaba llorando por la forma suave en que vibraban sus hombros, aunque algo le dijo que lo hubiera intuido en cualquier caso. Jorge cargaba con una enorme corona en la que una cinta juraba que NUNCA TE OLVIDAREMOS. Estaba formada por decenas de pequeñas rosas blancas, que habían sido puras, inmaculadas bajo la luz del sol, pero que ahora mostraban los colores del hueso, la esencia de la muerte, el perfume intenso del otro lado. ¿Acaso no pertenecía ella también, en parte, al otro lado? Era un ser como él, sin lugar en el mundo de los vivos pero aún no aceptada entre los muertos, una criatura mixta, perdida en la estéril tierra de nadie. Vivían porque sí, y morirían porque sí, y nadie les recordaría. Sólo se tenían el uno al otro.

Jorge sintió una extraña congoja. Extrajo una rosa de la corona, y se acercó a la muchacha. Piel negra, golpeada, un labio roto, un ojo morado. Durante unos segundos, ella le miró sin verle, luego, al reconocerle, sorbió las lágrimas y sonrió. Jorge hubiese querido matar con sus propias manos a quien le había hecho eso, pero no tenía sentido preguntar. Quizá, ni aunque hubiese sabido el nombre, ni aunque hubiese conocido su idioma, se lo hubiera dicho. Cada uno tenía su parcela de realidad, perfectamente delimitada, ella, con sus clientes, él, con sus flores, sólo enlazados por la sonrisa.

Jorge le tendió la flor.

La chica parpadeó, sorprendida. Sus ojos de ébano brillaron como cristales. Una nueva lágrima se deslizó por su mejilla, y la sonrisa se extendió, trémula, algunos milímetros más. No dijo nada. No era necesario que dijera nada. Sólo cogió la flor, casi reverente, y la olió, cerrando los ojos, sumergiéndose en el perfume, y en la sensación de sublime maravilla que le producía aquel inesperado obsequio. Jorge la dejó así, y prosiguió su camino.

Si la vieja echó de menos la flor, no lo dijo. No es que tuviera mayor importancia, pero todo lo relacionado con ella resultaba tan extraño que no le hubiera sorprendido verla furiosa, exigiendo su restitución, o un nuevo viaje al cementerio, gratis. Pero, no, se limitó a temblar de gozo anticipado al ver el estupendo material logrado esa noche, y Jorge quedó convencido de que en medio de la profusión de rosas, su ausencia había pasado completamente desapercibida. Cobró, y se fue.

Apenas pudo dormir esa noche, sintiéndose sumamente inquieto, y durante el día, en la Oficina del Paro, en la tasca de Alberto, en la calle, pensó en el labio roto de la chica, en sus sensibles ojos de ébano, y en aquella lágrima solitaria. Pensó tanto en todo ello, que sus principios cambiaron, y decidió que si no podía convencerla con su sonrisa, pagaría por tocar aquella piel y tratar de alcanzar, más allá, su luz oscura. Alcanzarla, y atraparla, a ser posible, y arrancarla de la esquina en la que vivía, y ser dos en la misma lucha, ahuyentando definitivamente la soledad. Les unía una sonrisa, una sonrisa auténtica y resplandeciente. Era mucho más de lo que había unido a otros.

Pero, esa noche, la chica no estaba.

No era la primera vez, todo dependía de un cliente, de un momento de buena fortuna, de una concatenación de circunstancias. Jorge dudó un instante, aun sabiendo que no había lugar para las dudas. Tenía que verla esa misma noche, y llegar a un acuerdo sobre su futuro. Dejó la corona que había conseguido bien oculta tras unas cajas y entró en la abarrotada tasca de Alberto, a preguntar por ella.

Entonces, supo lo que había pasado.

La habían encontrado al amanecer, con el cuello roto, en uno de los callejones cercanos al muelle. Mala suerte, dijeron todos, agitando tristemente las cabezas, con la resignación propia de quienes saben que la vida es algo que te puede ser robado en cualquier momento, como todo lo demás. Fue una noche de pura mala suerte. El cliente anterior, la había pegado con saña, con esa violencia de la que sólo son capaces los más cobardes, los que tienen que liberar sus frustraciones con quienes saben que no pueden defenderse, pero según la policía, para entonces aquel hombre tenía una coartada oportuna en su mundo socialmente aceptable de próspera clase media. Nadie sabía con quién se había ido, después. Y nadie sabía nada de una rosa.

Jorge se sintió absolutamente desolado, como nunca, jamás, en toda su vida hasta entonces. Había perdido la sonrisa, había perdido los ojos de ébano, la brújula con la que había querido orientar el resto de su existencia. Tuvo miedo de llorar, y quizá lo hizo, porque Alberto, que no era dado a semejantes muestras de generosidad, le invitó a la primera copa, a la que siguieron dos más, y luego una tercera, tratando en vano de alcanzar ese punto en el que toda pena produce una risotada vacía. Para cuando recogió de nuevo la corona, se tambaleaba torpemente sobre los pies.

La vieja estaba ya fuera de sí cuando llegó. Se había retrasado respecto a su horario habitual, cierto, pero tampoco parecía tan importante. La mente de Jorge, embotada por el alcohol, no podía entender su angustia, ni su furia. Ella le arrebató la corona, y en vez de pagarle de inmediato, como hacía siempre, empezó a arrancar pétalos con manos temblorosas, a humedecerlos con una lengua ennegrecida por los encantamientos, a pegarlas en su línea exacta con fuertes golpes llenos de desesperación. “Flores para los Muertos. Flores para las Almas Perdidas. Flores para Aquellos de los que Nada queda…”.

El olor, la podredumbre, el cambio… Todo estaba teniendo lugar de forma acelerada, para intentar recuperar unos segundos vitales. Jorge sintió que se mareaba. El amargor de la bilis ascendió hasta su boca.

– Págueme – pidió, conteniendo la náusea, las ganas de vomitar, de expulsar de sí el alcohol y el espanto. Pero la vieja no le hizo caso. Siguió con su sonsonete, con su pegar pétalos enloquecido, arrancándolos de la corona a puñados, sin el cuidado con el que habitualmente llevaba a cabo el proceso.

Decidido a irse cuanto antes, Jorge se dirigió hacia el armario del que la vieja siempre sacaba las monedas. Estaba situado en el centro mismo de la habitación, para mantener despejadas las paredes y poder llenarlas por completo de pétalos, y él siempre lo había visto por su parte trasera. Por delante, resultaba un mueble igualmente anodino, de madera barata y diseño poco inspirado. Tenía cerradura, pero la llave no estaba echada.

La vieja había seguido sin prestarle atención, pero, en cuanto abrió las puertas, en cuanto descubrió el foco de aquel olor nauseabundo, en cuanto contempló, horrorizado, el cuerpo marchito que aguardaba dentro, colgando de una percha igual que ropa destrozada, chilló enloquecida. Dejó caer el puñado de pétalos que había tenido entre las manos, que revolotearon a su alrededor como si fuera la aberrante novia de una boda, y se lanzó a por él. Aturdido por la fetidez que había surgido del armario, Jorge no fue tan rápido como ella. Sintió que le clavaba las uñas rotas y negras, que tenían un tacto terroso y áspero; las clavó con saña, desgarrando piel y carne, derramando su sangre, buscando su completa destrucción. Jorge reaccionó de forma instintiva, lanzando el puñetazo que tantas veces le había salvado en otras ocasiones.

Notó cómo la carne se deshacía como algo viscoso y repelente bajo sus nudillos, cómo los huesos se astillaban igual que ramas secas, sin emitir un solo lamento. El impacto fue fulminante. Antes de tocar el suelo, cuan larga era, la vieja ya estaba muerta.

Jorge la miró sobrecogido, con un estremecimiento helado recorriendo su interior, atenazando sus articulaciones, impidiéndole respirar. No era la primera vez que mataba a alguien, bien lo sabían las calles y la siempre silenciosa noche, pero sí la primera en que no había deseado realmente matar, y en la que el otro no podía defenderse. Allí, tirada, inmóvil, la vieja parecía tan débil, tan absolutamente vulnerable…

Sintió un momento de vacío, de absoluta nada. Luego, los cabellos de su nuca se erizaron.

Lentamente, giró sobre sí mismo, enfrentándose al cuerpo guardado en el armario. Era poco más que un esqueleto, despojos irreconocibles, aunque los restos de su ropa, un traje de un negro sin más matices que los que le daba la suciedad, hacían suponer que se trataba de un hombre. No se había movido…

¿O sí?

¿Estaba antes la cabeza inclinada hacia ese lado? ¿La mandíbula había caído de ese modo, en aquella especie de burlona carcajada, como si acabase de presenciar algo realmente divertido? No estaba seguro, y, de alguna forma, saberlo era importante. Los ojos de Jorge recorrieron la figura, buscando cuidadosamente todos los posibles cambios.

Y entonces, vio la rosa.

La tenía aferrada entre los descarnados dedos de su mano derecha. Mano de huesos, firme y dura, mano capaz de arrebatar vidas, de romper cuellos… Jorge contuvo la respiración, horrorizado, culpable, enloquecido, sofocado por el olor, cada vez más fuerte, más intolerable, del cadáver y las flores.

Una sobrecogedora sensación de urgencia le embargó por completo. No sabía por qué, pero debía completar aquellas paredes, debía evitar… algo que, de tan horrible, no podía ni imaginar, no quería ni imaginar. Quizá fue en ese momento cuando se quebró su mente, aunque de ser así, no llegó a darse cuenta, porque ya no pensaba en nada, no pensaba en sí mismo, ya no existía. No tuvo mucho que ver tampoco con el hecho de que su cuerpo se moviera por la habitación, que se dirigiera a la corona, que empezara a arrancar pétalos convulsionado, mirando de vez en cuando al armario, con el alma en vilo.

– Flores para los Muertos – dijo una voz, que le costó reconocer como la suya, y su saliva era pegamento, y su lengua empezó a ennegrecerse con las sílabas del sortilegio – Flores para las Almas Perdidas. Flores para Aquellos de los que Nada queda…


Yolanda Díaz de Tuesta

 

El Flautista

Archivado en: Amigos autores — Díaz de Tuesta @ 14:43
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Era extraño, aquel flautista… Olía a bosque, a tierra húmeda, a tormenta. Nunca llevaba zurrón, nunca compraba nada, nunca reverenciaba los lugares sagrados del pequeño reino, ni hacía las cosas que se presupone que hacen los seres vivos. Rondaba ocasionalmente la aldea que se alzaba junto al bosque, pero siempre a distancia, siempre evitando el contacto con los lugareños. Prefería la soledad y jamás hablaba.


Solía pasar su tiempo en lo más profundo del bosque, cerca de la negra montaña que marcaba, exactamente, el centro del reino mágico; un lugar que los aldeanos evitaban siempre que podían, como evitaban mirar la montaña. A él, sin embargo, no parecía importarle la sensación de magia demasiado antigua, demasiado agreste, que emanaba de aquella mole oscura. Sentado en una loma, junto al nacimiento del río, tocaba su flauta durante horas y horas, siguiendo el melódico rumor de la corriente, encadenando notas como otros encadenan palabras…


Decían que comía ratas. También decían que comía niños.


Nadie le vio, nunca, comer nada…


Lo único realmente vivo en él, parecían ser sus manos, una idea que surgía de su movimiento, no de su aspecto. Al igual que su rostro de ojos yermos, eran demasiado pálidas. La piel, translúcida, endeble como la de un pescado, daba la impresión de estar estirada hasta lo imposible sobre los finos huesos; y, en ella, se distinguía el ramaje de unas venas monstruosamente hinchadas, llenas de bultos y deformidades, que dibujaban signos perturbadores al entrecruzarse una y otra vez sobre sí mismas.


Sin embargo, esas manos se movían sorprendentemente ágiles, veloces, llenas de vital entusiasmo, por la larga flauta.


Nadie conocía el origen del flautista, nadie sabía qué había ido a hacer allí, qué podía haberle conducido a aquella parte recóndita del reino mágico, donde sólo había una aldea, un bosque, un río, y una oscura montaña; pero cuentan las leyendas que, una noche, la vieja Úrsula, la bruja que vendía pócimas, sacaba muelas y leía el futuro, le vio, en lo alto de su pequeña loma, recortado nítidamente contra una enorme luna llena. Y escuchó cómo empezaba a tocar su flauta, todo él inmerso en el ritmo lánguido de una música tensa, inquietante, angustiosa…


El bosque entero se puso en guardia cuando aquellas notas se extendieron por la maleza como un crepitar cansado, agitando los arbustos, multiplicando las sombras, dibujando a su paso runas extrañas, casi invisibles, en los troncos de los árboles. Los animales, las plantas, los seres mágicos, incluso los tremendamente antiguos, aquellos que vivían en el dibujo de las telarañas o reflejados en los charcos, intuyeron que había algo distinto en esa tonada, algo retorcido, y siniestro…


La música se acentuó y se quebró en una larga, larga nota.


Algo se oyó, en la vertiente del río, un gorgoteo pesado…


Entonces, la noche se llenó de sonidos, chillidos fuertes, histéricos, que llegaron acompañados de una multitud de movimientos bruscos entre el boscaje, de ruidos de piedras, de tierra removiéndose violentamente, de chasquidos de ramas… Y, de pronto, de todas partes, empezaron a surgir ratas, ratas grandes y pequeñas, ratas gordas, flacas, largas, deformes, ratas enfermas, jóvenes, viejas, y pequeños ratones. Decenas, cientos, una marabunta, una cascada interminable de movimientos convulsos. Los enloquecidos animales pasaron por los lados de Úrsula, esquivándola apenas, golpeándola a veces, y se lanzaron al río.


La vieja Úrsula, que conocía bien el olor de la magia, dijo que pocas ratas estaban vivas para cuando llegaron a tocar el agua. Esa música aberrante las había matado ya, o las estaba matando mientras se acercaban, atravesando un bosque alterado por los hechizos de aquella nota. Y contó cómo, en un solo segundo, todo el río se encontraba completamente cubierto de cuerpos peludos y sucios, un agitar continúo de miembros temblorosos, agónicos.


Ninguna rata llegó a hundirse; mucho antes de que les diera tiempo a hacerlo, algo fluctuó, separándose de las primeras peñas de la montaña, de la inquietante cascada en la que nacía el río.


Era… eso, nadie sabe decirlo, con certeza; sólo podría asegurarse que se trataba de algo más antiguo incluso que los que se reflejaban en los charcos, o los que vivían en los enrevesados dibujos de las telarañas. Ante los ojos mortales de Úrsula, se mostró como una masa negra y repugnante, una profunda oscuridad que se extendía desde la negra montaña, unida a ella como por un largo cordón umbilical que rezumara sombras. Alcanzó las ratas, las tocó, las envolvió en su negrura, reventando sus cuerpos, aspirando con gula sus fluidos estancados, reduciendo carne y hueso, convirtiéndolas en una pasta maloliente, rojiza y espesa, que cubrió como una manta la superficie del agua…


La criatura empezó a alimentarse, lentamente, lentamente, al ritmo de aquella cadencia angustiosa.


Todo fue sangre. Todo fue muerte. Todo fue oscuridad…


El tiempo se detuvo. El sonido se detuvo.


En la loma, el flautista se quedó muy quieto, los brazos en alto, la espalda arqueada hacia atrás, la flauta en los labios, iluminada en frío por la luna… Aquel silencio antinatural se extendió durante un segundo eterno, y, luego, se rompió en una nueva nota, distinta, terrible.


No había sido suficiente. Incluso Úrsula, acostumbrada a no mirar directamente la montaña, a no pensar en esas magias antiguas y perversas, pudo sentirlo. Las ratas no lo habían aplacado. El hambre, un hambre terrible, ansiosa, cegadora, se palpaba en el aire, en la música, en el negro del cielo, en los turbadores remolinos que formaban las aguas del río.


Y, mientras le veía dirigirse con paso firme hacia la aldea, Úrsula se preguntó qué nuevo alimento conseguiría el flautista, para su monstruo.


Yolanda Díaz de Tuesta

 

Comenzamos… 7 agosto 2009

Bueno, amigos, ya podéis empezar a añadir vuestros relatos y a disfrutar con los que aquí encontréis. Estáis en vuestra casa. Pero, por favor, no olvidéis respetar las normas. Gracias y volved por aquí siempre que os apetezca disfrutar de la nueva literatura.

 

 
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