Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Y SI…. 28 abril 2012

Archivado en: Últimos post,Mis relatos,Participa — escribiendosueños @ 17:58

Y si pudiera… volver a vivir

y si pudiera… detener el tiempo

y si pudiera… recordar tu cara

y si pudiera… ver tu sonrisa

y si pudiera …tocarte.

Sin embargo,

te llamo y no respondes

te busco y no te encuentro

entonces duermo

y allí estas

y en sueños pienso

y si pudiera… olvidarte

todo sería más fácil

pero al despertar

mis ojos se abren

y no consigo ver, recordar,sentir…

solo me queda dormir

para volver a vivir.

María José Henríquez.

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Microrrelato ganador del III Concurso de Microrrelatos del periódico Micro 8 noviembre 2011

Archivado en: Mis relatos — catigomez @ 16:18

¡¡¡Lo conseguí!!! Uno de mis microrrelatos, “El clan primigenio”, ha resultado ganador del III Concurso de Microrrelatos que organiza en mi ciudad el periódico local Micro (aquí os podréis descargar el número 136 o el 140 del periódico, en los que aparece mi relato). El premio se otorgará durante la Feria y Fiestas de Gandía, entre finales de septiembre y principios de octubre. ¡Gracias por vuestro apoyo!





microrrelato-ganador


Aquí podréis escuchar el microrrelato y la entrevista que me hicieron en la emisora de radio local Radio Gandía SER:


Entrevista-en-Radio-Gandía-SER-



Y aquí está la entrevista que me hicieron en el canal de televisión Localia Gandía con motivo de III Concurso de Microrrelatos, el mismo día en que recibí el premio:



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Catalina Gómez Parrado 11 octubre 2011

Archivado en: Mis relatos — catigomez @ 19:40
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Autora, hasta el momento, de la novela “El baúl de la tía Berta” y de varios cuentos infantiles, como “Jeremías, el ratón de biblioteca” (y su versión en valenciano “Jeremies, el ratolí de biblioteca”), “El misterioso vecino de los hermanos Jimeno” (que forma parte del libro solidario “Una Navidad, un niño, un libro”), el “Catálogo de obras: José F. Gómez Parrado” con la descripción de las esculturas de mi hermano, así como varios cuentos infantiles aún no publicados. Podréis encontrar mis obras en mi página de autora en Bubok y en mi página de autora en Libro Virtual.



Vivo en la ciudad donde nací, junto al Mediterráneo. Amo estar con mi familia, pasear por la playa y dejar que un libro me cuente su historia.

Déjame contarte unas cuantas, cierra los ojos y escucha el mar…



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Visita mi web, El Baúl de Cati. Siempre serás bienvenido/a.

Y si eres un lector ávido de nuevos descubrimientos, únete al Libro Trotamundos y al Bubok Trotamundos y pon la cultura en movimiento. No dejes que las editoriales te digan lo que debes leer, descúbrelo por ti mismo/a. Y si eres un autor aficionado, atrévete a dar el salto, ofrece con nosotros tu libro al lector de la calle y recibe así sus comentarios. ¿Qué mejor forma de darte a conocer?


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Mis apariciones en revistas online y blogs literarios:


Groenlandia (número 5), por gentileza de mi amigo Roberto Arévalo Márquez.

Revista Esnifando letras, recopilación del blog Cosas que nunca te diré, por cortesía de mi amiga Eva Márquez.

El Arte de la Literatura
, por invitación del blog.

Narrativas (número 19), muchas gracias a su director, Carlos Manzano, por interesarse por mi relato.

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¿Te apetece conocerme? Aquí te dejo la entrevista que me hicieron en el programa Culturàlia del canal de televisión local Gandia Televisió para hablar de mi novela.






Mis relatos en este blog:

-El silencio ensordecedor

-La burbuja de cristal

-Las fases de Aluk

-Microrrelato ganador del III Concurso de Microrrelatos del periódico Micro

-Microrrelato: El clan primigenio

-Ayiti, la agonía de la perla de las Antillas


Cuentos del baúl:

-Y Malena se deshizo cantando un tango



 

Ayiti, la agonía de la perla de las Antillas 24 enero 2010

Archivado en: Mis relatos — catigomez @ 20:54


Este artículo forma parte del libro solidario “Letras regaladas para aquéllos que quieren soñar”, cuyos beneficios irán a parar íntegramente a Haití. Infórmate en Facebook y en Libro Virtual.



Ayiti, la agonía de la perla de las Antillas



Hoy no voy a escribir un relato. Podría tratar de reflejar el terror del momento del terremoto, o la angustia de las víctimas sepultadas bajo los escombros en espera de un improbable salvamento, o la desolación de los supervivientes que lo han perdido todo, o la impotencia de los equipos de rescate ante la falta de medios para salvar a los heridos… pero no creo poder acercarme ni remotamente al infierno vivido por los haitianos, no veo forma posible de plasmar con suficiente exactitud el horror de la propia realidad. La forma más honesta que se me ocurre para tratar de ayudar en esta causa, es intentar recopilar toda la información posible sobre esta catástrofe y las direcciones de la Red a donde poder dirigirse para canalizar las ayudas.

El terremoto que sacudió Haití el 12 de enero de 2010 –de 7,0 grados en la escala de Richter y con epicentro a 15 kilómetros al sudoeste de la capital y a una profundidad de 10 km.– no es ni mucho menos el primero sufrido por este pequeño país caribeño, pero sí ha sido el peor en doscientos años. En 1770, Puerto Príncipe fue devastado por otro seísmo de 7,5 grados. Y otros muchos sacudieron la isla en los siglos XVIII, XIX y XX. El último, un terremoto de 8,0 grados ocurrido en 1946 en la vecina República Dominicana, produjo un tsunami que mató a 1790 personas. Y es que la isla La Española se encuentra justo en medio de la placa tectónica del Caribe, que se desplaza continuamente hacia la placa norteamericana, a razón de 20 mm. por año. Dicha placa caribeña tiene dos ramas bajo Haití, la falla septentrional (en el norte) y la falla de Enriquillo (en el sur). Al parecer el terremoto se desencadenó sobre esta última, que había estado bajo presión durante 240 años, acumulando tanta energía potencial que finalmente liberó durante el terremoto una fuerza equivalente a la explosión de 200.000 kilos de dinamita. Y al terror del propio terremoto se suman las réplicas: hasta el momento se han registrado 44 réplicas, la mayor –de 6 grados, con epicentro situado a 60 kilómetros de la capital– se ha producido hoy, 20 de enero de 2010, causando el derrumbe de edificios ya afectados en el terremoto anterior. Y por desgracia no será la última.

Aunque casi todas las imágenes de devastación que hemos visto en los noticiarios son de la capital, el terremoto y sus réplicas han afectado a casi todo el país, en especial a los veinte municipios del departamento de Oeste (en especial, Carrefour, Grand-Goâve, Gressier, Léogane, Petit-Goâve y Puerto Príncipe) y a los diez del departamento de Sureste (sobre todo su capital, Jacmel).

Archivo:2010 Haiti earthquake USAID intensity map 2.svg

(Mapa de intensidad del terremoto. Imagen aparecida en Wikipedia)



Cualquier terremoto es terrible, pero se convierte en una tragedia si ocurre en un país sin recursos. Haití es el país más pobre de América, el 80% de su población se encuentra por debajo de la línea de pobreza, y la economía del país es básicamente de subsistencia (es decir, que viven prácticamente para alimentarse). A esto se une, lógicamente, una carencia dramática de infraestructuras, sobre todo de hospitales y servicios básicos de salud, de medios, de coordinación… La mayor parte de los hospitales de Puerto Príncipe resultaron afectados por el seísmo, además de infinidad de edificios, entre ellos viviendas, hoteles, centros comerciales, la sede de la ONU o el mismísimo Palacio Presidencial. Otra de las consecuencias del terremoto fue el colapso de las líneas telefónicas; los haitianos residentes en otros países tuvieron que recurrir a Internet para informarse sobre la situación en su patria; las redes sociales están significando un verdadero apoyo, un punto de encuentro e información para los haitianos, además de un lugar de coordinación para donativos y ayudas.

Pero, ¿cómo se ha llegado a esta dramática situación? ¿Por qué este bellísimo país caribeño, antaño colonia de Francia conocida como “la perla de las Antillas”, no disfruta de una economía amparada por la exuberante vegetación que debería procurarle su clima, de las exportaciones de productos naturales o del turismo amante de sus playas de arenas de nácar y aguas turquesa? Como explica muy bien Hortensia Fernández Medrano, la respuesta está en una palabra: codicia. Haití nació del hastío, del valor de sus antiguos pobladores, los esclavos, arrancados de su tierra y sus familias en África para ser obligados a trabajar en condiciones infrahumanas en las plantaciones de caña de azúcar. Y fue este monocultivo el causante del empobrecimiento de la tierra, obligada a producir por encima de la capacidad de reposición de los nutrientes del suelo, llevando a la desertificación a un país antes rico y fértil. Haití nació pobre. Tuvo que pagar cara la osadía de su independencia al Gobierno Francés desde el mismo momento de su nacimiento, una deuda que estuvo obligada a pagar durante un siglo. A lo largo de la historia, el resto de países desarrollados hizo aumentar esa deuda externa con sus ayudas, nunca desinteresadas. Y sin tener en cuenta jamás la inmensa deuda moral que el mundo entero tenía con Haití por haberla llevado a la desertificación con su ansia de consumo de azúcar indiferente a los recursos del país; por haber empobrecido aún más a la población con la subida del precio del arroz, que obligó a los campesinos a abandonar sus campos y hacinarse en las afueras de la capital en busca de alguna forma de subsistencia, buscando leña para cocinar sus alimentos en las montañas más cercanas, acabando de deforestar y erosionar el país; y, sobre todo, una impagable deuda por la infamia de la esclavitud. Por todo ello es necesario que la desgracia ocurrida este año sirva para cambiar el planteamiento de la política mundial, es necesaria la anulación de su deuda exterior y la revisión de políticas comerciales y económicas que han estado asfixiando el país durante décadas, impidiendo su desarrollo.

También la periodista Nancy Roc lo expresa con suma sensatez en Fride: “La crisis del medio ambiente en Haití es muy grave: deforestación, erosión de los suelos, escasez de agua, insalubridad urbana, pérdida de la biodiversidad, aumento del número de chabolas y explosión demográfica constituyen factores que agravan la vulnerabilidad del pueblo haitiano. La situación está en el límite. La falta de energía y electricidad, el uso del carbón, además de la falta de políticas públicas indica que el medio ambiente no constituye claramente una prioridad del gobierno.”.

El empobrecimiento del país no ha sido su único infierno. Los sucesivos gobiernos, bien dictatoriales o bien apáticos y negligentes, han explotado a sus ciudadanos, los han enfrentado unos a otros, han sembrado la violencia y el caos y han impedido el desarrollo y el crecimiento de Haití. Bajo la superficie, la política intervencionista de Estados Unidos ha supuesto el cáncer que impedía sanar el país.

El turismo podía haber supuesto un pulmón para su economía, pero la falta de inversión en las infraestructuras, la dejadez en la organización a nivel estatal y el limitado circuito habilitado para los visitantes, han hecho que el efecto de estos ingresos sea meramente anecdótico.

¿Por qué el terremoto ha producido efectos tan devastadores? En el momento del terremoto, las ciudades de Haití (en especial su capital, Puerto Príncipe) se encontraban hacinadas, con multitud de viviendas de construcción casera sin cimientos apropiados, o con edificios de construcción levantados sin ningún tipo de control para ganar dinero rápido. A miles de personas se les vino el mundo encima el 12 de enero de 2010, sin ningún remedio. Otros miles de ellos permanecieron bajo los escombros sin ayuda inmediata posible, pues no existían ni los medios ni la coordinación necesaria para llevarlos a cabo. Y otros miles más murieron en los hospitales improvisados, ante la desesperación y la impotencia de los sanitarios que no disponían de material para atender a los heridos. Ahora quedan el hambre, la desnutrición, las enfermedades. La desesperación de aquellos que no encuentran a sus familiares. La capital y otras muchas ciudades arrasadas, sin medios económicos ni humanos para volver a levantarlas. Sin recursos, sin fondos, sin presupuestos. Un futuro desesperanzador…

Por eso toda ayuda, por pequeña que sea, es vital; pero debe hacerse con inteligencia, siempre asegurándose de estar colaborando con una auténtica ONG o, al menos, informándose de adónde exactamente va a parar nuestro donativo. Es muy útil la información de la página web Ayuda Haití (http://www.ayudahaití.es). Según manifestaciones de la Coordinadora ONG para el Desarrollo-España, es preferible el donativo económico que aquél que se pretende hacer en especie (comida, mantas) o en forma de voluntariado humano, pues los bienes donados pueden no ser adecuados para la situación del país además de suponer un gasto logístico adicional (almacenamiento, trámites de aduana, etc.) y los voluntarios, pese a su admirable disposición, pueden no estar preparados física y moralmente para afrontar las circunstancias a las que deberán enfrentarse.

También podemos ayudar colaborando con los muchos eventos que se están organizando en apoyo de esta causa (conciertos, exposiciones, libros solidarios como éste…), o enviando SMS. En este último caso, aunque es cierto que las ONG no recibirán la ayuda de forma inmediata, pues las operadoras telefónicas abonan los donativos entre 30 a 90 días tras la recaudación, si es cierto que servirán para mantener un flujo de ayuda posterior a los primeros días, en que la ayuda es masiva. Porque es cierto que el mundo entero se está movilizando para ayudar a Haití, pero también es necesario que todos seamos conscientes de que esta ayuda no debe cesar una vez termine el interés de los informativos por la noticia. La Coordinadora ONGD-Españaagradece las numerosas muestras de apoyo de la ciudadanía española durante los primeros días tras el terremoto de Haití. Sin embargo, también debe seguir apelando a su solidaridad y a la responsabilidad del gobierno con las víctimas puesto que la situación en el país, lejos de mejorar, empeora con el paso de los días. Según las autoridades haitianas ya son más de 100.000 los muertos, aunque podrían ser muchos más, y las ONGD que trabajan en la zona apenas dan abasto para intentar mitigar algunas necesidades básicas de los millones de afectados. Haití es un país literalmente devastado y su reconstrucción no se llevará a cabo en los pocos días que los medios de comunicación mantengan su interés informativo.”.

Y es vital que todas esas ayudas humanitarias tengan un flujo activo una vez lleguen a Haití, que se facilite su almacenamiento y su distribución por todos los puntos que las ONGs ya están habilitando por todo el país. Pero no está siendo así, por el momento. El ejército de Estados Unidos está controlando los accesos al país: sus buques de guerra controlan las aguas y sus tropas tomaron literalmente el aeropuerto de Puerto Príncipe, obligando a los periodistas extranjeros a abandonarlo e impidiendo la llegada de los vuelos con ayuda humanitaria, aunque ya se ha habilitado una pista para el aterrizaje. Según una información de Kaos en la Red.net “la falta de coordinación hace que en el puerto aéreo se acumulen los suministros enviados desde diversos países y centenares de pobladores acuden al sitio en busca de trabajo o alimentos para sí mismos y sus familiares sobrevivientes.”. Esto no puede seguir sucediendo, la comunidad mundial debe actuar. “Se trata de ayudar a Haití, no de ocuparlo”, sentenció recientemente el ministro de Cooperación de Francia, Alain Joyandet, al presentar una protesta formal ante el gobierno de Estados Unidos a través de la embajada en París.

Así como tampoco debemos seguir permitiendo que las entidades bancarias sigan cobrando comisiones por los donativos ingresados por los ciudadanos; para despertar sus conciencias dormidas todos deberíamos firmar el llamamiento realizado por 20 minutos.es por la devolución de las comisiones bancarias cobradas en donaciones solidarias (http://www.petitiononline.com/comis20m/petition.html).

Para que las ayudas no sean meramente un acontecimiento mediático, también sería conveniente apoyar aquellos grupos y organizaciones que piensan en el futuro del país, con planes de reconstrucción de sus ciudades (como Architecture for Humanity), de reforestación (como Haiti Green Project) o de agricultura sostenible (como The Lambi Fund). Sea como sea, que la ayuda no se quede en buenos propósitos y en una forma de lavar nuestras conciencias, sino que fundamente un verdadero cambio político y social para Ayiti. Cualquier desgracia ocurrida en cualquier parte del mundo nos afecta a todos, porque todos formamos parte de la comunidad mundial. No olvidemos que las fronteras no son más que líneas trazadas en un papel, que todos nosotros somos ciudadanos del mundo. Y que nuestra fuerza está en la solidaridad.

Catalina Gómez Parrado

21 de enero de 2010

Documentación y lugares de interés:

Wikipedia: “Terremoto de Haití de 2010”: http://es.wikipedia.org/wiki/Terremoto_de_Haití_de_2010

Hortensia Fernández Medrano: “Nuestra deuda con Haití”: http://www.kaosenlared.net/noticia/nuestra-deuda-con-haiti

Nancy Roc: “Haití: De «Perla de las Antillas» a la desolación”: http://www.fride.org/publicacion/493/haiti-de-perla-de-las-antillas-a-la-desolacion

Ayuda Haití: http://www.ayudahaiti.es/

Coordinadora ONG para el Desarrollo-España: http://www.coordinadoraongd.org/index.php/contenido/especial_terremoto_en_haiti

Kaos en la Red.net: “Ejército de EE.UU. desaloja periodistas de aeropuerto de Haití bajo amenaza de arresto”: http://www.kaosenlared.net/noticia/ejercito-ee-uu-desaloja-periodistas-aeropuerto-haiti-bajo-amenaza-arre

20 minutos.es: “Campaña para pedir a bancos y cajas que devuelvan las comisiones de los donativos”: http://www.20minutos.es/noticia/610573/0/bancos/comisiones/haiti/

Por la devolución de las comisiones bancarias cobradas en donaciones solidarias: http://www.petitiononline.com/comis20m/petition.html

Planet Green: “Haití: Ayuda inmediata y donaciones por un futuro más verde”: http://blogs.tudiscovery.com/descubre-el-verde/2010/01/hait%C3%AD-ayuda-inmediata-y-donaciones-para-un-futuro-m%C3%A1s-verde.html

Architecture for Humanity: http://www.architectureforhumanity.org/updates/2010-01-13-haiti-quake-appeal-long-term-reconstruction

Haiti Green Project: http://www.haitigreenproject.org/

The Lambi Fund of Haiti: http://www.lambifund.org/aboutus.shtml

Diccionarios español-criollo haitiano (creole):

Scribd: Dictionary haitian creole-spanish-english: http://www.scribd.com/doc/3256649/dictionaryhaitian-creole- spanish-english

Haitiano para hispanohablantes (Básico):
http://fieldsupport.dliflc.edu/products/haitian/hc-qb/Haitian_Spanish_basic.pdf

Página de Wikipedia sobre Haití en criollo haitiano (creole): http://ht.wikipedia.org/wiki/Ayiti

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Microrrelato: El clan primigenio 29 diciembre 2009

Archivado en: Mis relatos — catigomez @ 19:50


http://www.crepusculo-es.com/Tests/vampiro.jpgDarak era el mejor cazador de la tribu. Todo el clan dependía de él desde que una mala cacería se llevó a cinco de sus hombres. Pero ya nada de eso le importaba. No desde que apareció aquella extraña mujer de piel blanca como el invierno. Llegó a él una noche, envuelta en bruma, hermosa y distinta. Encontraron un lugar privado en una gruta escondida. Apenas recordaba sus encuentros, retazos de caricias prohibidas, sangre y pasión… Sólo sabía que le pertenecía, que aquella mujer poseía su cuerpo y su mente, nublando su voluntad. Darak permanecía confinado en la cueva, pues su piel ardía al contacto con la luz. Ella llegó con las sombras y le dio el último beso. Ahora ya estaba preparado. Pronto visitarían el poblado para crear su propio clan: los primeros hijos de la noche….


Catalina Gómez Parrado

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Pinchando aquí, os podréis descargar el precioso ebook recopilatorio “Esnifando letras” de Eva Márquez, en donde aparece este microrrelato junto a las estupendas obras de otros autores, aparecidos en su blog Cosas que nunca te diré. ¡Mil gracias, Eva!


Esnifando letras



 

Y Malena se deshizo cantando un tango 7 noviembre 2009

Archivado en: Mis relatos — catigomez @ 13:10

Éste es uno de los trece relatos que podréis encontrar en mi novela, El baúl de la tía Berta. Si os apetece leerla, podréis hacerlo con toda comodidad en Libro Virtual, o podréis comprarla o descargarla gratis como ebook en Bubok. Espero que os guste.



http://img.allposters.com/6/LRG/19/1921/UZN9D00Z.jpg

"Tango Argentino II" de Pedro Álvarez

De todo el barrio de Mirambel, el Cambalache era la taberna de baile más famosa y concurrida. Las tablas de sus paredes rezumaban tango como sus parroquianos sudor, pero no el tango fino de barrio alto, sino el arrabalero, ceñido y arrastrao. Al caer la tarde, obreros y estibadores, prostitutas, soldados, chulos y marineros se arrastraban hasta allí, dejaban sus miserias en la puerta y se entregaban al tango con frenesí, dejándose la piel sobre el serrín y las colillas del entarimado. El tango entraba por sus oídos y se metía en sus venas, les llenaba, les poseía, les limpiaba del alma las desgracias cotidianas y la henchía de ritmo sensual, que derrochaban con sus parejas, cuerpo a cuerpo, por toda la sala. Entrada ya la madrugada, salían rebosantes de vigor, pero sus desdichas les aguardaban en la puerta para arrastrarles de nuevo a sus pequeñas vidas, hasta la noche siguiente.


Y los viernes cantaba Malena. El local se llenaba de gente solitaria, algunos desperdigados en las mesas frente a la tarima, los más de pie, apretujados cerca de la barra, esperando a que apareciese Malena y les sacudiese el alma. Y Malena salía y, sin mirar a nadie, comenzaba a cantar. Acompañada tan sólo por el lamento del bandoneón, les contaba historias cercanas de amores desgraciados, en los que cada uno de ellos se reconocía. Pasiones, traiciones, esperanzas y sueños rotos, que les hacían sentirse un poco menos solos en las tristes noches de arrabal. El tango unía así los corazones de aquellas gentes que, aunque tan dispares, amaban y sufrían de igual modo. Todos, salvo Malena. A ella, aquellas historias desdichadas le eran ajenas. Aunque había tenido a muchos hombres, jamás había experimentado el sufrimiento, jamás se había enamorado. Usaba a un hombre hasta que encontraba otro mejor y entonces se deshacía del primero sin vacilar. Sin preguntas, sin reproches. Malena mantenía intacto su orgullo y poco le importaba el de sus amantes. Hasta que conoció a Roberto.


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"Tango Argentino" de Pedro Álvarez

Roberto llegó al Cambalache la noche de un viernes de abril. Apoyado en la barra, no dejó de mirarla mientras cantaba, altivo… perfecto… Malena sintió su mirada atravesándole la piel hasta hacerle despertar su corazón dormido. Cantó para él, bailó con él y se entregó a él sin condiciones. Por primera vez en su vida, Malena se desnudó el alma antes que el cuerpo, y aquel hombre se tragó ambas cosas a un tiempo, sin compasión. Durante muchas noches la tuvo, la usó… y cuando se cansó de ella, la abandonó sin vacilar. Malena le había entregado todo el amor que llevaba dentro y que jamás antes había utilizado, el amor que sólo podía entregar una vez, y Roberto, indiferente, lo había arrojado a la escupidera. Malena se quedó vacía y pronto el vacío se le llenó de dolor y deseó hacer cualquier cosa para dejar de sentirlo. Se humilló, suplicó, se arrastró y tan sólo logró provocar la repugnancia de Roberto. Por primera vez Malena supo lo que era la tristeza de un amor desgraciado. Por primera vez, sintió el tango bajo su piel. Y una noche de noviembre, lo dejó salir.


En el local la aguardaban los de siempre, deseosos de escuchar sus tristes vidas plasmadas en una canción. Ninguno imaginaba que Malena, la impasible, iba a entregarles la suya. Con la pena anidada en la garganta, Malena comenzó a cantar. Vertía su tristeza en cada nota, en cada gesto, hasta impregnar el aire de ella. La derrota en su voz les llegó a los presentes como una confesión y pronto un respetuoso silencio se adueñó del Cambalache. La reconocieron como a una igual, como a su comadre y sufrieron con ella. Sollozos apagados recorrieron la sala en una corriente de pena común. En la barra, agarrado a una mujer, Roberto la ignoraba, centrada toda su atención en las caderas de su nueva amante. La tristeza de Malena le resultaba cómica y sólo le inspiró desprecio. Malena cantó de nuevo para él, como hiciera la primera noche, pero ahora las miradas de él eran burlonas y sus labios se llenaban del sabor de otra mujer. La amargura se le hundió a Malena hasta enredarse en sus entrañas y el dolor la desgarró por dentro hasta quebrarle el corazón. Los que se encontraban más cerca de ella, pudieron oír el tintineo de los pedacitos cayendo sobre la tarima. Malena, con el corazón roto, siguió volcando su desdicha en la voz, transmitiéndola a cuantos la escuchaban, provocando por toda la sala los llantos silenciosos de sus compañeros de desgracias. Roberto y su amante, hastiados ya, abandonaron el local sin reprimir su regocijo. El eco de sus risas atravesó a Malena hiriéndola de muerte. Su sufrimiento llegó a tal intensidad que la destrozó y, ante la mirada atónita de sus compadres, comenzó a deshacerse lentamente por los pies. Con su último aliento siguió exhalando su tango mientras se derretía hasta formar un charquito sobre la tarima, que se coló por las rendijas y desapareció, mientras el eco de su voz seguía resonando en los oídos de los infortunados clientes del Cambalache.


En la calle, indiferente a todo, Roberto recorría la piel de otra mujer. Y vendría otra, y otra más tras ella. Para él todas eran iguales… Hasta que un día conoció a la cruel Estrella… y Roberto sintió el tango bajo su piel.


Relato de “El baúl de la tía Berta”
de Catalina Gómez Parrado

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Las fases de Aluk 9 agosto 2009

Archivado en: Mis relatos — catigomez @ 19:39



Hoy os contaré por qué la diosa Aluk cambia de forma, dijo la anciana señalando la esfera plateada del firmamento, mientras la luz de la hoguera embrujaba su rostro y la tribu entera guardaba silencio.


Mucho tiempo atrás, cuando nacieron los primeros clanes, Aluk siempre estaba completa y las noches eran claras como el día. Uno de los nuestros, Taron, amaba cazar bajo su luz. Dormía durante el día y por la noche atrapaba a sus presas con la agilidad del tigre. Taron era muy apreciado en la tribu, con él nunca faltaba el alimento.


Pero todo cambió una tarde, justo antes del anochecer, cuando conoció a una extraña mujer venida del Norte que le hechizó con su belleza. No pertenecía a ningún clan que Taron conociese. Tenía el cabello plateado como una anciana y la piel blanca como el invierno. Era hermosa y distinta. Taron descuidó sus obligaciones, su pueblo comenzó a pasar hambre, pero a él no le importó pues sólo deseaba estar junto a ella. Sus encuentros eran breves, siempre con las últimas luces del día, pero tan intensos que quedaba desesperado cuando ella se marchaba. Desconocía su origen, incluso su nombre; sólo sabía que cada anochecer, cuando el dios Maluk derramaba su última luz tras las montañas, ella le abandonaba.


Taron decidió poner fin a aquella angustia y una tarde, a pesar de sus prohibiciones, la siguió. Caminó agazapado entre las rocas, tal como acechaba a sus presas. Ya las sombras comenhttp://blufiles.storage.msn.com/y1p25JHGVIBQ1Ds_jbdOxrLZJ8gsAXX-Df9hiDDo99jLgwrsUPiAe2AhjTsOFu1TSO-lph9J5oLcpozaban a envolverle cuando la vio, en lo alto de un risco, con los brazos extendidos hacia el cielo. Cuando casi la había alcanzado, la oyó llorar: «Dejad que me quede junto a él», suplicaba a los dioses. Pero éstos no la escucharon. Y Tar on vio horrorizado cómo la joven, como cada noche, se transformaba en una brillante luz que flotó hacia lo más alto del firmamento, tomando allí su verdadera forma. Al fin supo su nombre y lo gritó desesperado hacia el cielo, tratando de hacer volver a su amada. Dicen que pasó allí los días y las noches, sin comer ni dormir, llamándola sin cesar, tratando de conmover a los dioses. Y tanto fue su sufrimiento que dejó de ser hombre y se transformó en lobo para que así, cada noche, su aullido enamorado llegase hasta ella. Incluso ahora, si escucháis con atención, podréis oír cómo pronuncia su nombre en un largo lamento…


Y es por eso que ella cambia. Por eso hay noches brillantes como el día, cuando se muestra entera a los ojos de Taron. Y por eso mengua poco a poco hasta desaparecer. Porque es entonces, en esa noche oscura, cuando Aluk logra escapar para estar de nuevo con su amado.



Gandía, 4 de junio de 2009

Catalina Gómez Parrado

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La burbuja de cristal 7 agosto 2009

Archivado en: Mis relatos — catigomez @ 21:02

Nunca me ha interesado la política. En realidad, como dice Adolfo, para qué me iba a interesar si nunca la he comprendido. Sólo soy una mujer sencilla a quien le ha tocado vivir una época que algunos llaman convulsa, aunque yo no sé muy bien lo que quieren decir. Sí, veo por televisión las revueltas y me asustan un poco; pero como dicen Adolfo y mi Ricardito, nuestro Presidente tiene las riendas muy bien tomadas y no nos han de preocupar cuatro gatos desagradecidos. También oigo cosas en el mercado, historias de gente a la que sacan a rastras de su casa durante la noche… Ahí sí que Adolfo afirma siempre tajante que “algo habrán hecho” y que “la gente de bien no tiene nada que temer, sino los alborotadores y conspiradores que no nos dejan vivir en paz y en orden”. Y a mí me deja así tranquila con su calma y su temple, bendito sea. O al menos me dejaba hasta hace seis días, contando el de hoy…


Recuerdo muy bien lo que hacía esa tarde. Ricardito había invitado a cenar a su prometida y a sus futuros suegros, y Adolfo se había empeñado en que les preparase mi famoso asado de buey, que no es sino la mejor receta de su difunta madre, que en paz descanse. Yo estaba sola en la cocina, esforzándome en seguir la receta lo más fielmente posible, pues sé lo mucho que le gusta a mi Adolfo y lo orgulloso que se siente de mí cuando lo consigo. Ya me costó lo mío que mi difunta suegra me regalase su tesoro culinario más preciado, pues la mujer siempre afirmó que una “gallega” como yo nunca sabría apreciar los matices de la mejor cocina chilena. Nunca se lo tuve a mal, siempre supe que la mujer no lo decía con mala intención. Aunque nunca entendí por qué se empeñaba en llamarme gallega, habiendo nacido yo en Salamanca…


Estaba completamente concentrada en mi tarea, vigilando al mismo tiempo el reloj del horno y el de la pared de mi cocina, procurando tener la cena lista antes de que mis hombres volviesen del trabajo, cuando escuché el primer lamento. Reconozco que en principio no le presté demasiada atención, pues me preocupaba más que el buey se me quedase seco a cualquier otra cosa en el mundo. Volví a mis ocupaciones y, siguiendo las instrucciones de mi suegra, saqué el asado del horno exactamente a los ocho minutos de cocción para rociarlo por segunda vez con caldo de carne y vino blanco. Pero el segundo grito fue ya inconfundible y, temiendo que algo le hubiese ocurrido a alguna vecina, abrí la ventana que comunica con el patio. Agucé el oído y a punto estuve de preguntar a gritos, cuando escuché un nuevo lamento con toda claridad. Y al momento supe de dónde venía. No era de una vecina. Ni siquiera era una voz conocida. Y sin embargo, caló tan hondo en mí que olvidé por completo lo que estaba haciendo y me asomé sin cautela por la ventana. Adolfo me tiene prohibido hacer tal cosa. Siempre dice que lo que ocurra en el edificio de enfrente, no es cosa nuestra. Que nuestro ejército sabe muy bien lo que tiene que hacer para mantener el orden, y que algún día acabarán con todos los endemoniados que están queriendo llevar al traste al país. Pero yo oigo cosas en el mercado. Y sé las historias que cuentan sobre la Academia de Aviación. Y sé lo que dicen que hacen con los que tienen allí encerrados. Nunca supe quién gritó aquella tarde. Sólo sé que su voz sonaba femenina y muy joven, tal vez apenas una muchacha, que llamó angustiada a su madre, a una madre que nunca escuchó su llamada. Y aunque nunca tuve hijas, en aquel momento sentí que era a mí a quien llamaba. Sentí su lamento arañando mis entrañas. Me quedé muy quieta, esperando, anhelando volver a oír su voz, pero nunca volvió. Y, sin saber por qué, rompí a llorar. Lloré amargamente, como nunca lo había hecho en mi vida. Lloré por ella y por esa madre que nunca estuvo ahí para oír su lamento y que, sin embargo, yo sabía que escucharía todas las noches durante el resto de su vida. Como hice yo a partir de ese día.


Adolfo y Ricardo llegaron a un tiempo. Y después los invitados. Traté de ser la anfitriona perfecta, aunque el asado estaba seco y había olvidado la guarnición. Adolfo no me lo reprochó, pero por su mirada sé que aquel día le defraudé un poquito. Cualquier otro día me habría dolido su mudo reproche, pero aquella noche no me importó. Aquella noche sólo pensaba en que mi mundo era un poco más pequeño, un poco más triste y mucho, mucho menos ordenado de lo que había sido hasta entonces. Sigo sin comprender la política, pero desde aquel día he dejado de prestar atención a las opiniones de Adolfo y Ricardito y comienzo a preguntarme, por primera vez en mi vida, si tendrán siempre la razón.


Cada tarde, cuando mis hombres no están en casa, vuelvo a asomarme a escondidas a la ventana de la cocina. Me asusta volver a oír un lamento como aquél, pero al mismo tiempo, lo espero. Porque pienso que de esta forma están menos solos. De esta forma hay una madre acompañándoles en su último momento. Aunque no sea la suya.




Gandía, 20 de mayo de 2009
Catalina Gómez Parrado

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El silencio ensordecedor 7 agosto 2009

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A mi madre y a mi abuela Ana,

que se refugiaban como podían en el Madrid

de la Guerra Civil, mientras las bombas caían a su alrededor.


Hace ya horas que se marcharon las chicas. Me encanta que vengan al pueblo a pasar unos días conmigo, pero después de dos semanas reconozco que añoraba un poco de tranquilidad. Yo, que tanto disfrutaba con el bullicio de la ciudad… Será la anciana en la que me he convertido la que habla por mí. Tampoco es algo que me importe. Ya hace tiempo que aprendí a convivir con esa extraña del espejo que me devuelve una mirada burlona desde un par de ojos vidriosos enmarcados de arrugas. Y aunque quisiera negar mis años, ahí están mis chicas –hija, nieta y biznietas– para revelar sin tapujos cada etapa pasada de mi vida.


Mis chicas… Adoro que hayan sido todas mujeres. Con ningún hombre he tenido nunca discusiones tan feroces ni conversaciones tan inteligentes. Mi pobre Andrés se limitaba a sobrevivir entre nosotras, calmando las aguas como buenamente podía, aunque sospecho que en el fondo disfrutaba de su papel de capitán de un barco ingobernable. Jamás podría haber encontrado un hombre más digno para ese cargo. Mi adorado Andrés…


No me pesa la soledad. Creo que nos hemos acostumbrado la una a la otra a lo largo de los años. Desde que Andrés me dejó, suelo disfrutar de cada minuto de mi tiempo como si fuera el último; así esperaba hacerlo en cuanto las chicas se marchasen. Y sin embargo, algo me desasosiega. He recuperado mi espacio y mi forma de hacer las cosas, he vuelto a poner orden en el delicioso caos que habían creado las niñas. Pero aún así, no encuentro en mi interior la paz que suelo sentir. No he sabido explicarme el motivo, hasta que hace un rato me he sorprendido a mí misma tratando de ahogar el silencio. Durante dos semanas la casa no había estado en calma ni un sólo momento; ahora, de pronto, la algarabía ha dado paso a la quietud que tanto anhelaba. Y tal vez sea precisamente eso, este silencio repentino, el que ha rescatado de mi memoria otro muy distinto. Otro que resuena en mis oídos como un clamor.


Cuando mi hija Alicia era pequeña vivíamos en Madrid, en una de las viviendas de un destartalado edificio de la calle Santa Engracia, a pocos metros de la glorieta de Cuatro Caminos. Era el año 36, Madrid vivía asediada y los madrileños sobrevivíamos a duras penas, con más entereza que medios. Lo peor no era la escasez –no hablaré aún de hambre; ésa vino después–, sino el miedo constante a la muerte. Los bombardeos habían empezado a desdibujar la ciudad en la que nací, hasta hacerla irreconocible. Por todas partes había restos de edificios destruidos, como cicatrices abiertas, que despertaban el instinto egoísta de agradecer al destino el no haber sido, por esa vez, los elegidos. Pero eso no suponía un gran consuelo sino, más bien, la sensación de vivir siempre de prestado. Cuando comenzábamos a recuperar la rutina de la vida cotidiana, volvía a rondar la muerte sobre nuestras cabezas. El pánico empezaba con las sirenas que advertían de un ataque inminente, a menudo sin dar tiempo apenas a escapar de las primeras bombas. Todavía recuerdo el maldito silbido de una bomba al caer. Es un sonido estremecedor, que va creciendo en intensidad hasta hacerse insoportable. Y la explosión que lo sigue… sólo puedo decir que retumba en tu interior como si cada órgano de tu cuerpo estallase con ella. Cuando el bombardeo comenzaba, siempre de forma inesperada, todos corríamos a guarecernos lo mejor que podíamos. Algunas veces entrábamos en algún comercio cuyas puertas habían sido protegidas con sacos de tierra; otras, nos limitábamos a apretarnos los unos contra los otros bajo los soportales, rezando para que aquel lugar no fuera el destinado al derrumbe y llorando de puro nervio cuando el peligro pasaba. En una ocasión me refugié en el metro, pero a Alicia le angustió de tal modo la idea de quedar sepultada en aquel agujero que no volví a hacerlo nunca más. Casi siempre corríamos hacia nuestra casa, pues se había dispuesto un refugio, más o menos acondicionado, en el sótano del edificio. He visto a hombres hechos y derechos llorar como niños cuando una bomba estallaba sobre nuestras cabezas, tan cerca de nosotros que el inmueble entero se sacudía como si fuera de papel. Y en una de aquellas ocasiones, durante un bombardeo especialmente cruento, Alicia se me escapó de las manos. Recuerdo que era noviembre, no recuerdo qué día del mes. Pero, fuese cual fuese, aquel día volvimos a nacer.

Fotografía de Robert Capa


Mi pobre Alicia siempre tuvo claustrofobia. Para ella los bombardeos eran doblemente angustiosos, pues al miedo que le causaban las bombas se sumaba la tortura de tener que permanecer recluida en un refugio. Era muy pequeña, apenas tenía cinco años cuando comenzó la guerra y era imposible hacerla entrar en razón cuando el pánico la invadía. Y aquel bombardeo fue terrible, el peor que habíamos sufrido hasta entonces. Una de las bombas estalló tan cerca que el suelo se sacudió haciendo temblar la caldera, que comenzó a resoplar de un modo alarmante. El techo de escayola crujía y el polvillo del yeso nos caía como lluvia fina sobre el pelo y la ropa. Doña Paquita, una de mis vecinas, comenzó a rezar en voz muy alta, casi a gritos, y las muchachas más jóvenes empezaron a gimotear. Traté de calmar a doña Paquita, recuerdo que la abracé para intentar infundirle ánimo. Supongo que en aquel momento solté a Alicia, que había permanecido aferrada a mi cintura con tanta fuerza que temí me quebrase alguna costilla. Lo único que sé es que cuando dejé de abrazar a doña Paquita, Alicia ya no estaba. Pregunté angustiada a mis vecinos, tratando de hacerme oír entre sus lamentos y el estruendo de las explosiones, pero nadie supo darme razón de su paradero. Aterrada, salí al exterior para buscar a mi hija, aunque mis vecinos me rogaron que no lo hiciera. La encontré cerca ya de la glorieta, sentada en el suelo, abrazada a sus rodillas y pegada a la única pared que quedaba en pie de un bar en ruinas. La cogí en mis brazos y corrí en busca de refugio, sin saber bien qué camino tomar, pues las bombas caían a mi alrededor cortándome el paso una y otra vez. Finalmente, exhausta, me metí a rastras en la oquedad formada por dos muros medio derruidos que habían quedado apoyados el uno contra el otro. Era incapaz de razonar, el pánico me dominaba. Sólo podía llorar abrazada a mi pequeña, pensando que seríamos los próximos cuerpos hallados entre las ruinas, como tantas veces había tenido que ver horrorizada en los días precedentes. No sé cuánto duró el bombardeo, perdí la noción del tiempo. Cuando los aviones se alejaron, los supervivientes fuimos saliendo de nuestros refugios poco a poco, temerosos aún de un nuevo ataque. Recuerdo que traté de volver a casa pero no supe encontrar el camino, incapaz de reconocer el lugar que me rodeaba, en la ciudad donde me había criado. Las calles que yo conocía habían desaparecido, ocultas bajo los escombros, conformando ahora un nuevo paisaje macabro. Tras mucho vagar de un lado a otro, al fin encontré la tienda de ultramarinos de Victorino Callejas, milagrosamente intacta. Pero, junto a ella, en donde debería haber estado nuestro edificio, tan sólo había una montaña informe de piedras que se desparramaba sobre la acera. Horrorizada, me dirigí hacia mi hogar destruido, aferrando la mano de Alicia, que aún temblaba de pies a cabeza. Nos acercamos con cautela a los escombros, cuidándonos de un nuevo derrumbamiento. Nos quedamos muy quietas, tratando de escuchar la voz de los supervivientes pidiendo auxilio. Tras el infierno vivido hacía unos pocos instantes, con el eco de las explosiones resonando aún en nuestros maltratados oídos, ansiábamos un grito, un lamento, una queja. Pero no escuchamos nada. Tan sólo el silencio inundando nuestros sentidos.


Fotografía de Kati Horna



No hubo ningún superviviente. Todavía hoy me pregunto qué impulsó a mi hija a salir del refugio aquel día. Todavía hoy escucho sus voces rogando que me quedase con ellos. Y una parte de mí lo hizo. Una parte de mí sigue viendo sus caras un instante antes de abandonarles. Por si les sirve de consuelo, sólo puedo decir que he tenido una vida plena. Que he amado y me han amado. Que tanto Alicia como yo hemos dado vida a otras vidas. Y que nunca, a pesar de los años transcurridos, he dejado de escuchar el sonido atronador de aquel silencio.


Gandía, 27 de mayo de 2009

Catalina Gómez Parrado



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