Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Despertar – Rutas de escape 25 noviembre 2011

Este el primer capítulo de mi novela “Rutas de escape”, que tratara acerca de tres jóvenes que emprenden una aventura recorriendo mi país, Perú. Encontrando en el camino una nueva forma de ver la vida, aunque el principio sea algo triste, la vida avanza y se renueva trayéndonos alegría para que así podamos dejar atrás todo lo demás…

Rutas de escape

Despertar

 

 

Una sombra vagaba errante entre las calles oscuras de la capital, el frio del invierno hacía que las calles estuviesen desiertas. Cualquiera que lo viese creería que es un fantasma, tal vez eso era, había dejado de ser humano había desterrado todo sentimiento humano para alejarse del dolor, se había vuelto un fantasma de sí mismo como un mecanismo de defensa aun inconscientemente lo había hecho. Se había encerrado en un sueño sin sentido desconectándose de la realidad solo caminaba y caminaba era todo lo que hacía. Ángel no creía en fantasmas pero si se hubiese visto en ese momento hubiese reconsiderado esa opinión. Se negaría a creer que era él, esos ojos perdidos orientados al suelo, esa figura desgarbada, esos pasos arrastrados, esa mascara con un gesto desolado que tenía por rostro fuese el suyo, simplemente él no era así.

Ángel camino aún muy aturdido, totalmente absorto había deambulado por la calles durante varias horas, cuando algo muy simple le sobresalto; había empezado a llover pero el solo lo sintió precisamente cuando ya está totalmente mojado, levanto su rostro al cielo estaba oscuro no sabía qué hora era tampoco le importaba, poco a poco las gotas que caían sobre su cara le hacían despertar de su ensoñación.

Su mente había bloqueado todo aquello en lo que se rehusaba a pensar, pero ya había pasado suficiente tiempo era hora de despertar. Poco a poco regresaba a ser él mismo, su mente regresaba a la realidad. “vamos despierta” se dijo “es hora de volver a casa, mamá va a estar preocupada y quizás ya ha llegado mi padre y… y…”

- ¡oh por dios! -murmuro con voz ronca.

La realidad lo golpeó con toda la fuerza de un tsunami, su cuerpo se estremeció, sus rodillas estaban aptas otra vez para sentir que la lluvia era realmente tormentosa. “en lima nunca ha llovido así” -pensó – “no que recuerdo al menos”. Pero eso no era lo espantoso, eso no era nada -se detuvo de repente –nada en comparación con lo que había pasado, ya no había un todo, solo quedaba nada, nada en su casa, estaba vacía, él lo sabía, ya no había más nada en absoluto esto era lo más espantoso que jamás pudo haber imaginado –se encontró caminado de nuevo – “y pensar que todo estaba bien ayer, tan solo ¿ayer? No, cuanto había pasado ¿Qué día es hoy?”  No recordaba mucho, no quería recordarlo.

Pero… toda esa gente vestida de negro con gesto serio o triste que se acercaba el -lo siento tanto -decían –. “¿sentirlo? No, yo lo siento, ¡esto es odioso! Ellos solo dicen para ayudarme sé eso, pero no puedo soportar esto ¿estoy solo? Me quede solo…”

“no, nunca estas solo, no lo permitiré siempre voy a estar contigo” No lo oyó pero lo sintió “esto es raro” pensó y siguió “esto no es real no puede serlo…” sintió un escozor en los ojos. Sí, hay estaba justo lo que había esperado por tanto tiempo; sus lágrimas, le ardían los ojos y sentía un nudo doloroso en la garganta –mi mundo se ha hecho pedazos en cuestión de horas, ni siquiera sé hacia dónde me dirijo, a donde iré ya no tengo a nadie –él sabía muy en el fondo de su ser que no era cierto lo que él estaba pensando, la frustración y el dolor desgarrador de haber perdido a sus padres lo que le hacía sentirse así. Se preguntaba si había sido su culpa tal vez un castigo por algo que había hecho en su corta vida de 18 años.

Él había estado ahí en el auto de sus padres pero había sobrevivido ileso un milagro tal vez, para él era un castigo. Todo pasó muy rápido, en un momento estaban hablando y luego otro auto se atravesó. El sonido de los vidrios al romperse fue tan estridente que fue todo lo que pudo oír , recupero a medias el conocimiento solo para ver el líquido rojo derramándose a su alrededor, un grito de dolor se escapó de su garganta, sabía lo que estaba pasando, su mente no lo soporto más, se desmayó para recuperar la conciencia en cuarto de un hospital, una enfermera que parecía apenada aun sin conocerle tuvo que darle la noticia, le dijo que sus padres habían muerto, ambos habían fallecido en el momento, pero el aún estaba dormido no despertaría hasta dos días después el no derramo una sola lagrima, ni un sollozo simplemente no comprendía lo que decía la enfermera , ni a ninguna persona que le hablara de ello, no quería entenderlo. Pero ahora ya había despertado tenía que enfrentarlo de alguna manera.

No podía pensar bien, luchaba férreamente por no dejar que las lágrimas cayeran de sus ojos no podía desmoronarse ahí bajo la incesante lluvia.

“No aquí, pero ¿Dónde?” Observo a su alrededor y se dio cuenta que había seguido caminado sin rumbo no sabía dónde estaba, se sentía totalmente desorientado “un momento” pensó ligeramente sorprendido al darse cuenta de donde estaba –reconoció este lugar -con la ligera luz del alumbrado pudo distinguir una figura conocida un gran árbol entre la pista y el jardín de la señora Mary en el que solía jugar hasta que su madre llegaba y le llamaba, su madre… con su cálida voz… No él solo no podía soportar ese dolor… su casa solo quedaba a algunas cuadras de este lugar.

Hay podría, podría… -sintió las llaves en su mano dentro del bolsillo –pero ¿qué haría en su casa? … solo, miro la puerta de madera detrás del enrejado de metal pintado de negro tan conocido como si fuese su propia casa, pero aun así no lo era.

Al fin tomo una decisión sin saber bien lo que hacía, subió los dos escalones y toco el timbre. Esto prometía ser lo más vergonzoso que jamás había hecho, era su única oportunidad su único consuelo, pero aun así…

La puerta se abrió justo en el momento en el que Ángel iba a emprender la huida con la comprensión de lo que iba a hacer pero ya estaba paralizado. La persona que abrió la puerta fue una muchacha de unos dieciséis años, tenía el cabello oscuro húmedo y el rostro fresco era obvio que acababa de salir de la ducha, vestía una camiseta color celeste y llevaba las zapatillas apenas atadas también evidente que se las había puesto aprisa para abrirle la puerta a Ángel , él lo notó y por un momento la vergüenza se apodero de él, el pesar de haberla molestado se evidencio en su rostro pero aun así sus demás sentimientos eras más fuertes, el dolor predominaba además del esfuerzo que hacía para que sus ojos se mantuvieran lo más secos posibles, no pudo hablar ni hablarle a los ojos, él era más alto, solo miro ausente, era todo lo que podía hacer, todo  lo que había hecho hasta ese momento.

 

 

 

Gabriela estaba secándose el cabello mirando ausente por la ventana de su habitación en el segundo piso, pensando, recordando y tal vez sufriendo, había comenzado a llover y las figuras afuera se veían cada vez más difusas, sin embargo pudo distinguir una silueta oscura afuera de su casa.

Sin lugar a dudas, era él, lo había conocido desde siempre, habían crecido juntos y por supuesto fue una de las personas que más sintió la terrible noticia…

-¡no! Eso no es posible ¡el señor y la señora Vilca! eso… eso es horrible –Gabriela se sentía desvanecer al escuchar la noticia y no era para menos ella les había conocido desde pequeña era como si fuesen su propia familia la señora Ana Vilca era amiga de su madre ellos eran los padres de…

-¡Ángel! Dios mío Ángel –grito Gabriela, tuvo que sostenerse dela mesa que tenía al frente sus piernas se sentían muy débiles, ella se puso en el lugar –Ángel –sintió su voz ronca, un dolor desgarrador en su corazón –… él es hijo único… no tiene más familia…Ángel –murmuro Gabriela.

Ella había estado presente en el funeral pero apenas y se había podido acercar a él.

El accidente ocurrió el lunes, el martes programaron el funeral y al día siguiente los enterrarían. Ella se levantó temprano el día martes apenas y pudo dormir con la noticia que le habían dado el día anterior, tuvo que asistir muy a su pesar a la escuela. Ella solo quería hablar con él lo más antes posible, seguro que el necesitaba alguien con quien hablar. Le había llamado la noche anterior pero su celular estaba apagado, lo intento varias veces en el día pero con el mismo resultado.

Emprendió el camino a casa, casi corriendo, sin haber entendido una palabra de lo que los profesores habían dicho durante el día, al llegar a su casa, muerta de cansancio, vio la cara de su madre tan triste como la había dejado por la mañana

-hola mamá, supiste algo de Ángel –pregunto Gabriela mientras se desprendía de la mochila que llevaba en el hombro

- no cariño, estuve por ahí un rato, pero solo estaba la familia de Ángel, a él no lo vi por ningún lado.

-um… yo… -Gabriela no pudo ordenar bien sus ideas “¿dónde se habrá metido? Parece que se lo trago la tierra, no soy insensible es solo que ya me estoy desesperando” meditaba Gabriela.

-el funeral será en su casa a las siete –indico su madre.

-iré a buscar Ángel –dijo un poco impaciente.

- no está ahí hija, una señora, que dijo ser su tía me dijo que él iba llegar recién para el funeral, dijo algo así como que tenía que hacer unos trámites.

-¿y Janet, su otra tía?

-tampoco la vi –

- iré a cambiarme, ya veré que hago luego –murmuro Gabriela y subió rápidamente las escaleras al segundo piso

Una vez en su cuarto se sentía tan triste, decepcionada… -pobre Ángel –no se dejaba de repetir, se deshizo de su uniforme se puso unos Jeans y un polo azul de manga larga, se desato la cola de caballo y sacudió su cabello mirando por la ventana esperando verlo caminando al frente de la calle, como siempre, serio en apariencia, luego cruzar la calle y lanzar una piedrecilla a su ventana antes de darse cuenta que ella ya estaba ahí. Solía pasar por ahí después de ir a la academia solo para saludar antes de ir a su casa, lo hacia todos los días hasta ahora, pero no venía desde ayer.

Cerro los ojos y respiro con dificultad, -Ángel… -murmuro una vez más, con un nudo en la garganta.

A las siete de la noche ella ya estaba cambiada, vestida con blusa, pantalones y zapatos negro –ese era el color que más detestaba pero no había nada que pudiese hacer. Por primera vez en mucho tiempo ella se quitó el broche rojo de su cabello y lo dejó sobre el tocador junto al espejo, bajo a toda prisa una vez abajo se encontró con el espejo del recibidor frente a ella y vio su propio reflejo, un rostro que no reconoció uno muy triste y sin color se dio cuenta. En ese momento corrió de nuevo arriba, entro apresuradamente a su cuarto, tomó el broche y salió corriendo otra vez “no voy dejarlo jamás”, lo puso en su bolsillo.

En el funeral apenas lo vio, siempre estaba rodeado de gente, tenía una mirada que ella no había esperado, parecía un ¿zombi? O algo bastante parecido. Su rostro carecía de expresión su postura era indiferente, no hablaba solo asentía en respuesta a las personas que se le acercaban a darle el pésame. Ella por alguna razón no tubo valor para hablar, cuando al fin pudo hacerlo él no pareció verla, eso era confuso ella nunca lo había visto así.

-lo siento tanto, Ángel -dijo tratando de que todo lo que sentía se transmitiese a él, así había sido siempre se comprendían al máximo… Pero hoy el solo asintió y siguió caminando, eso la había desconcertado.

Al día siguiente en el entierro él, que prometía ser el día más triste su vida, vio a su madre llorar, Gabriela también lloro, pero él estaba igual sin ninguna emoción, no derramo ninguna lagrima, imperturbable solo miraba a la nada, no podía  reconocerlo, ese, ese no era Ángel. El también había muerto en el accidente, aquella persona con su apariencia era un cascaron sin contenido…

Pero el Ángel que ahora estaba de pie frente a ella a él si lo reconocía a pesar de estar muy diferente a como siempre le había visto, estaba serio, su semblante mostraba mucho dolor tanto que hizo que Gabriela se estremeciera -el no podía con esto, no se lo merecía -

-Ángel… -murmuro ella una vez más.

El en ese momento la miro a ella. No, no era una casualidad que sus pasos sin rumbo le dirigieran hasta la casa de Gabriela, en el fondo él sabía que ahí era a donde debía ir.

-puedo pasar -pregunto Ángel, pero al darse cuenta De que estaba empapado, quiso retractarse avergonzado, pero Gabriela contesto de inmediato aun dándose cuenta de su ropa mojada.

-claro, entra -

-pero… -

-no importa ven, mi mamá no está en casa, subamos a mi cuarto -ella adivino en lo que estaba pensando él.

-¿tus hermanas?

-no hay nadie en casa, ya sabes a estas horas nunca hay nadie -Gabriela se esforzaba para parecer lo más normal posible el no necesitaba que alguien lo compadeciera y ella no lo iba a hacer, trato de sacar su mejor sonrisa para darle ánimos…

S. A. Paria

“Rutas de escape”

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Pedro Marchán 10 octubre 2011

Archivado en: Amigos autores,Página de autor — Pedro Marchán @ 15:23
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Autor de la novela “Donde todo se acaba”. Podréis encontrar ésta y sus futuras obras en su página de autor en Bubok.



Pedro Marchán nació en Reus en 1979 y desde pequeño siempre fue amante de la pintura, el dibujo y la literatura, consiguiendo varios galardones y publicando ilustraciones en revistas infantiles. En el año 2000 fue seleccionado en el Concurso de Cómic Murcia Jóven por su obra “Mundo-Violencia”, la cual formó parte de una exposición nacional que finalizó en el Saló del Cómic de Barcelona. El año siguiente repitió selección y exposición con la obra “Esta vida perdida”.

Con su trabajo “Hosppital central” consiguió una Mención Especial en el Concurso contra las Desigualdades Barcelona 2004 (por una vivienda digna) y colaboró fugazmente en el fanzine Cinco de la Asociación Dogma Cómics de Almería, publicando “El jardín del Edén”.

En 2008 participó con la venta de sus originales en el proyecto “Reinventando lo fantástico” de la página web “Es la hora de las tortas” para recaudar fondos a favor de la Asociación Española de lucha contra el Cáncer y ese mismo año se hizo con una Mención Especial en el II Premio de relatos mínimos Diomedea por su cuento “El ascensor”.

Donde todo se acaba es su primera incursión literaria.



Mis relatos en este blog:

-China ha despertado

-Estrellas




 

O. P. Wilkituski 13 septiembre 2011

Archivado en: Amigos autores,Página de autor — O.P. Wilkituski @ 19:00
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Autora, entre otras obras, de “El Fin del Mundo”, “Furtado”, “Yo Deseo” y “La Sonrisa de Duchenne” . Podréis descubrir los fantásticos mundos de esta creadora inquieta y precoz en su página, Fundación O.P. Wilkituski, y en su página de autora en Bubok.



Mi nombre es O.P. Wilkituski (О.П. Вилкитушка), y odio a los humanos. Nací con una extraña enfermedad conocida como sobredotación intelectual, que, a lo largo de mi vida, me supondría muchos quebrantos.
Desde los tres años, empecé a sentir el irrefrenable impulso de la creación. Me inicié en la escritura, la música y el dibujo de forma autodidacta. Recuerdo que la plastilina era mi juguete favorito, porque podía convertirla en cualquier otro juguete.
Escribí mi primera novela a los diez años. A los doce dibujé una serie de tiras cómicas que llegó a abarcar las ocho temporadas. Me inicié en la creación de videojuegos “indie” con catorce, lo que me permitía plasmar, al fin, los seis tomos de guión y reglamento que había diseñado para un proyecto de RPG que, realmente, nunca llegó a ver la luz al no conseguir contentarme nunca con el resultado final.
En el año 2010 terminé de escribir la primera novela que publicaría, El Fin del Mundo. A finales de ese mismo año concluí Furtado en un tiempo record para así participar en un amañado Premio Literario a nivel internacional.
Entre una y otra novela, escribí el relato corto Yo Deseo, que terminaría finalista del certamen Se Busca Escritor, organizado por Microsoft y Bubok.
Gracias a El Fin del Mundo y mi novela corta La Sonrisa de Duchenne, llegué a ganar alguna fama en internet. Un dibujante madrileño contactó conmigo para adaptar eFdM al formato de novela gráfica, pero el proyecto no pudo llevarse a cabo. Actualmente, el mismo dibujante se encuentra realizando una novela gráfica acerca de mi biografía.
Mis proyectos actuales son varios libros más y la colaboración con autores del mundo del webcómic español que, espero, lleguen a buen término.
Todo depende de vuestra colaboración ;D


Mis relatos en este blog:

-Yo deseo

-El día de la masa

-La chica de la bruma


 

José Gómez Parrado 13 septiembre 2011

Archivado en: Amigos autores,Página de autor — josegomezp @ 18:52
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Hoy es mi hermano José quien se une a nosotros para mostrarnos sus creaciones literarias, aunque su gran pasión es la escultura, a la que lleva dedicándose desde hace algunos años. Descubriréis sus obras en su página de artista en Artelista, y podréis disfrutarlas en su Catálogo de Obras.


Mis relatos en este blog:

-Reflexiones

-El reparto del pastel


 

Marco Santana 13 septiembre 2011

Archivado en: Amigos autores,Página de autor — marcoasantanas @ 18:47
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Marco Santana


Autor de relatos, cantautor y diseñador gráfico, descubriréis el refugio de este soñador en su blog
Un hombre en una botella (http://marcoasantanas.blogspot.com/).


Soy un despistado avispado. Un desmemoriado que recuerda sólo lo que le llama la atención. Un inculto enamorado de la cultura. Así, podría seguir y seguir definiendo esa especie de disfunción “defecto-virtud” que anida en mi desequilibrado universo interior. Pero tranquilos, no lo voy ha hacer. Sí, es verdad, soy un desastre, pero siempre llevo el icono de “Estamos mejorando” pegado en la frente.



Mis relatos en este blog:

-Un entrañable amigo

-La pala

-Un hombre en una botella

-Caída y resurrección


 

Wiskott 13 septiembre 2011

Archivado en: Amigos autores,Página de autor — wiskot @ 18:40
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http://www.bubok.es/archivo/avatares/eb94d25085ab649f81d89e90cbe12fee.jpg



Autora de multitud de relatos, como “Mar interior”, “Otoño”, “El guardián” o “Sin collar”, que podréis encontrar en su página de autora en Bubok.


Hola a todos/as.
Solo soy una aficionada más a la lectura y a la escritura. Creo que las palabras tienen un poder enorme si están ordenadas para hacernos pensar, soñar, sentir y crear. En cierto modo son mágicas y todos aquellos que consiguen interesar a los demás con las suyas, son magos.



Mis relatos en este blog:

-Escalera jubilada

-Llamada perdida

-Intrusos

-Hogar inteligente

-Protección especial

-El perro de sus sueños



 

Jaume Moreso i Mallofré 13 septiembre 2011

Archivado en: Amigos autores,Página de autor — Jaume Moreso i Mallofré @ 18:25
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Autor de poesía, narrativa fantástica, erótica, de súper héroes, de ciencia ficción, terror y misterio. En su página de autor en Bubok podréis encontrar sus obras: “OUTRE”, “Estimada Montse” (catalán) y “Jénova: la sombra de Sefirot”

Páginas web del autor:

jaumemoreso.bubok.es

jaumeadiel.blogspot.com

Novela “Jénova: la sombra de Sefirot” en PROYECTOJENOVA.WORDPRESS.COM


Jaume Moreso i Mallofré (12 de julio de 1981) escritor español/catalán especializado en la narrativa de terror, de fantasía y de ciencia ficción.
Parte de su obra destaca por un lenguaje lovecraftiano muy depurado, con detalladas descripciones y pasajes realmente visuales e impactantes. El vigor de su literatura pues, se debe en gran parte a la influencia de H.P.Lovecraft, pero también al terror oscuro y romántico de Poe, a la sutileza de Maupassant, al retorcido futurismo de Card o a la descripción sorprendente y poética de Tolkien. No obstante, todas estas influencias se visten y se funden en un estilo muy propio, definido y personal.
Su obra destaca por la variedad conceptual y temática. Desde la inocente, encantadora o rebelde poesía sentimental; pasando por la desenfadada y épica novela juvenil fantástica y de ensueño, hasta los relatos de fantasía o la novela de ciencia ficción y de horror extremo.

Mis relatos en este blog:

-El profeta loco

-El soldadito de plomo

-Alma

-Última carta desesperada

-Mastín del bosque

-La maniobra de Neferneferuatón

-La cosecha

-El extraño caso de Sara de la Poer

-Reptante destino

-La leyenda de San

-El argentino mefistofélico

-Sexo hasta el fin de los tiempos




 

Daniel Jerez Torns 13 septiembre 2011

Archivado en: Amigos autores,Página de autor — dajeto75 @ 17:51
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http://www.bubok.es/archivo/avatares/2119b8d43eafcf353e07d7cb5554170b.jpg


Autor de la novela “Al-Iksir”, del ensayo “Estudio sobre la percepción del riesgo en hostelería y siniestralidad”, del libro de poesía “Bosque de hojas caídas” y de los libros de relatos “Una portería en la pared”, “Una mirada, una lectura” y “Relatos tendidos”, que podrás encontrar en su página de autor en Bubok.




Nacido en Barcelona, Licenciado en Psicología y Postgrado en Prevención de Riesgos Laborales. Su primer libro “Al-iksir” supone la culminación de muchos años de sueños y temores que finalmente se ve cumplidos con la publicación de la novela. “Relatos tendidos” y “Una mirda, una lectura” son una declaración de amor hacia los relatos cortos que autores como Quim Monzó, Sergi Pamies y Kafka dejaron huella en el autor.



Mis relatos en este blog:

-Una portería en la pared

-La hora



 

Carmen Vera 13 septiembre 2011

Archivado en: Amigos autores,Página de autor — carveves @ 17:15
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Autora de “Sueños de poeta” y de las novelas románticas “Sobrevivir” y “¿Culpable o inocente?”, que podréis encontrar en su página de autora en Bubok.


Bienvenidos a todos:

Tengo 39 años y vengo escribiendo poemas y novelas desde que iba al colegio, pero son muy pocos los que han leído mis trabajos.

Ahora gracias a internet voy a compartirlos con todos ustedes.

Espero que les gusten y disfruten.


Mis relatos en este blog:

-Chispi


 

Lola Montalvo Carcelén 13 septiembre 2011

Archivado en: Amigos autores,Página de autor — lolamontalvo @ 16:53
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Autora de “Tras los cristales de aquel balcón”, “Si tú me cuidas”, “Zapatos de arena”, “Una familia normal”, “Frontera de agua”, “No deseado” y “A ambos lados”. Podréis encontrar sus obras, presentes y futuras, en su página de autora en Bubok.


Soy enfermera desde hace cerca de veinte años, madrileña de nacimiento, sevillana de corazón. He trabajado como auxiliar de enfermera y enfermera en hospitales, centros de salud, un centro de minusválidos y he ejercido como docente durante tres años. Además soy licenciada en Geografía e Historia por la UNED y he ganado varios certámenes literarios, todos muy modestos la verdad, pero que me han servido para animarme a afrontar una novela.

Con A Ambos Lados, mi primera novela -búsquenla en la tercera página de mis publicaciones-, quiero hacer un homenaje a los profesionales de la salud que a diario llevan a cabo su labor con un esfuerzo y responsabilidad pocas veces conocidos, eso sí con grandes dosis de ironía, humor y sin tremendismos, para no molestar las sensibilidades más delicadas.

Con mis relatos cortos pretendo contar historias sencillas dando voz a los que de una forma u otra sufren en este mundo en el que vivimos.

He terminado mi segunda novela hace unos pocos meses, Sanatio, que espero sea valorada más positivamente por las editoriales que la están leyendo.

Finalizada mi tercera novela que presento al certamen de Bubok, A través del pasado, esta vez dentro del genero policíaco, me sumerjo de pleno en el cuarto proyecto novelístico….

Punto y seguido.

¡VISÍTAME EN LibroVirtual.org Y PODRÁS LEER MIS OBRAS ON-LINE!:

Libro Virtual

Mi página de autora en Libro Virtual

VISITA MI NUEVO BLOG:

http://lolamontalvo.blogspot.com/


Mis relatos en este blog:

-Frontera de agua

-Zapatos de arena

-No deseado

-Tras los cristales de aquel balcón

-Si tú me cuidas

-Una familia normal

-Agua de vida


 

Pedro Avilés 12 septiembre 2011

Archivado en: Amigos autores,Página de autor — Pedro Avilés @ 19:31
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Autor de: “Las mariposas sobre la tumba”, “El whisky del muerto”, y “Mata al presidente”. En su página de autor de Bubok podréis encontrar sus obras.


Pedro Avilés (1956), madrileño desde los tres años, escritor, periodista y reportero experto en temas de tribunales y sucesos, formó parte de las plantillas del semanario El Caso y de la revista Interviú. Posteriormente, fue responsable durante tres temporadas de la sección de crímenes sin resolver en un magazine matinal de Telecinco. Actualmente, colabora con algunos medios escritos y asiste a diversos programas de televisión a los que es invitado como profesional especializado en sucesos.

Su larga experiencia como periodista experto en crímenes, en la que acumula casi un millar de reportajes, le ha llevado a materializar un viejo deseo: escribir novelas policíacas.

Con Las mariposas sobre la tumba inauguró en 2006 una saga de novelas de género negro que continuó en 2007 con El whisky del muerto .
Actualmente, trabaja sobre la tercera entrega de esta serie.
Pedro Avilés es también autor de Mata al presidente, una divertida novela interactiva en la que el lector elige su propia aventura, y de las obras inéditas Corpore insepulto (1976) y La inercia (1978).

Página oficial
www.pedroaviles.com

Y en Facebook



Mis relatos en este blog:

-Patrulla de rescate

-No va a pasar (Un cuentito erótico)



 

Antonio Pedro Grande Rey 12 septiembre 2011

Archivado en: Amigos autores,Página de autor — Tio Antonio @ 19:27
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Autor de “Flandes, el Vietnam español”, “Las aventuras de Star Gordo” y “Mercurita, la aprendiz de hada”, que podréis encontrar en su página de autor de Bubok o en la web



Nací en “Cai” (Cádiz-Spain) meses antes, de que muriera Kennedy, y a tiempo de escuchar a los Beatles, cantar “She loves you”. En junio del 2.004, sentí la llamada de la escritura. Me encanta Michael Ende, Conan Doyle, Tolkien y Adrián Goldsworthy.

En internet la gente pequeña se vuelve grande y la grande, pequeña.

Mi web

Mi blog

Galería

Acerca de mis libros






Mis relatos en este blog:

-Día del baño

-El capricho del tirano





 

Claudia Aynel 12 septiembre 2011

Archivado en: Amigos autores,Página de autor — claudiaynel @ 19:15
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Autora novel. En su página de autora en Bubok podréis encontrar y descargar sus obras “Último día en Estambul” y “El Guardián del Lago”.


Madrileña de nacimiento y mexicana de adopción, Claudia Aynel comenzó a inventar historias a los ocho años, y a escribirlas a los catorce.

Dejó la pluma para lanzarse a manejar lápiz, portaminas y estilógrafo durante los años que duró su época de estudiante de Arquitectura. En ese tiempo escribió poco pero, gracias al transporte público, leyó mucho, muchísimo. Entre sus autores favoritos se cuentan Paul Auster, Ian McEwan, Amelie Nothomb, Truman Capote y Philip Roth.

Es a la profesión de arquitecto a la que se ha dedicado durante diez años, y que constituye su otra pasión, aparte de la literatura. Claudia Aynel retoma ahora la escritura, tras casi veinte años de barbecho literario.




Mis relatos en este blog:

-El Guardián del Lago (I)

-El Guardián del Lago (II)

-Último día en Estambul

-Aguas, tierras, frutas y hierbas

-Poema diminuto

-La música ausente

-Sonrisa Invisible

-Color blanco

-Maldito mar

-LUNA NUEVA, LLUVIA DEL ALBA

-DEFINITIONS

-DEFINICIONES (Versión española)

-EENIE MEENIE EVENING SONG

-EENIE MEENIE-CANCIÓN VESPERTINA

-Ganas de quedarse



 

Diego Castro Sánchez 12 septiembre 2011

Archivado en: Amigos autores,Página de autor — tiberiocesar @ 19:12
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Autor de: “El peinador de playas” y “Una brecha en la memoria”. Podréis encontrar sus obras en su página de autor en Bubok.


Diego Castro, autor nacido en El Puerto de Santa María (Cádiz) en 1971. Afectado desde pequeño por una extraña enfermedad, que me obligaba a pasar las horas muertas delante de un papel en blanco, escribiendo extrañas historias que para nada compaginaban con mi edad, logré encontrar el antidoto que mantuvo la enfermedad controlada hasta el año 2006, cuando la virulenta infección de mis centros nerviosos comenzó a obligarme a escribir de modo compulsivo, la mayoría de las veces textos incoherentes y sin ningún valor literario.




Mis relatos en este blog:

-El séptimo sello

-Extracto de “Cartas desde Paraguay”

-El año de “la jambre”

-Camino

-De amantes

-Apetito carnal





 

Yolanda Díaz de Tuesta 12 septiembre 2011

Archivado en: Amigos autores,Página de autor — Díaz de Tuesta @ 19:06
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Autora de: “Sagas Oníricas 1: Pétalos de una Flor Mayor. Cinco nombres”, “Sagas Oníricas 2: En el bosque de Rinkaliast”, “Sagas Oníricas 3: Fugitivos en Ellim”, “Tartessos XV: Nave de Enlace. El despegue”, “Vocales de Próspera: El inicio”, “Historias de Oniria”, “El Imperio en el Crepúsculo: Signos para la Noche 1. El comienzo”. Podrás encontrar sus obras en su página de autora en Bubok.



- Blog de Díaz de Tuesta

- ROL EN RED

Saludos, seas quien seas ;D

Entra en la librería, pon “tuesta” en el Buscador, y verás todos mis libros con más detalle ;D

- Para saber algo más de mí (no demasiado, porque no soy la incógnita importante en esta ecuación), consulta la Wiki-Oniria Allí encontrarás, además, muchos textos (Relatos de Ynnhië) para leer.

- Para saber algo más del servidor de rol que permanece en la red desde 2003, y que ha dado base a muchas de las aventuras vividas en las Sagas Oníricas (aunque la historia y la ambientación tiene ya unos 20 años), no dejes de visitar nuestra página y nuestra comunidad, Rol en Red.

- Oniria es una parte de mis escritos pero no la única. Si te gusta el terror, o la cifi, puedes pasar un buen rato con alguna de las otras novelas.

Recuerda que todos los textos en la red se ofrecen bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported

Apoya la auténtica cultura. Regala a tus amigos, familiares, y conocidos LIBROS BUBOK. Míos, o de cualquier otro compañero. Echa un vistazo, comprueba que muchos tienen la calidad de cualquier otro de nombre reconocido (descarta para empezar, cualquier obra con graves faltas de ortografía), y colabora en ampliar posibilidades para todos.

En tu mano está que las grandes editoriales, con sus intereses de negocio, no sean los que decidan qué se lee y qué no, en este país.



Mis relatos en este blog:

-Hieródula

-Flores para los muertos

-El flautista



 

Roberto Arévalo Márquez 12 septiembre 2011

Archivado en: Amigos autores,Página de autor — rarevalo @ 18:06
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Autor de: “Crónicas del amor oscuro”, “Épsilon I-La Tierra Perdida”, “Épsilon II-El Hijo de la Luz” y “El manuscrito: La Orden de Demetrus”. En su página de autor de Bubok podréis encontrar sus obras.


Puede que escribir sea algo más que juntar letras, tener una gran imaginación y tener un manejo absoluto del lenguaje… Tal vez yo no sepa lo que es ESCRIBIR en mayúsculas con todo lo que ello implica, pero si sé lo que es inventar.

Llevo haciéndolo durante mucho tiempo, desde que era muy pequeño cuando aun no sabía ni como se juntaba las letras, con una necesidad innata en mí de crear e inventar cada día tantas historias que me serían imposibles plasmarlas en papel.

Ya apuntaba maneras estando en la EGB, donde ansiaba porque el profesor nos dejase escribir una historia de tema libre. Cuando esto sucedía, redactaba historias de tres o cuatro folios mientras mis compañeros llevaban media página, y por miedo a que estuviera mal, de haberme excedido en las normas impuestas, las escondía en mi pupitre prefiriendo una regañina por parte del profesor a compartirlas con toda la clase. Aunque al final siempre me descubrían y me tocaba leerla de pie a todos mis compañeros. Puede que estuviesen mal escritas, fallase la ortografía, la sintaxis, etc. pero se notaba que había mucha ilusión, no tanto por el escribir, sino por inventar.

Esta necesidad de crear aumentó hace diez años cuando diferentes motivos personales me llevaron a crear mundos paralelos y alternativos, a crear una realidad distinta donde fuera yo el único que tuviera el control absoluto. Evidentemente, fue el papel quien me ayudó y el bolígrafo mi mejor aliado. Así, con dieciséis años empecé a escribir historias en cuadernos de anillas. No eran diarios, ni siquiera escribía parafraseando mi vida. Lo que en el papel había era algo diferente a lo que vivía, un mundo al que me transportaba para evadirme de la realidad del momento.

Fue así como inicié a pasos demasiado lentos, a forjar un sueño, una meta, y sobre el papel cuadriculado escribí cuatro historias que por vergüenza, por miedo a que hubiese gente que no lo entendiese, no dejé que viera más luz que aquella que recibían cuando yo abría los cuadernos. Arrejuntaos , Proyectos de Futuro , El Día de mi Muerte y Misterios de Medianoche … Aún las guardo en un cajón y son muchos los recuerdos que me invaden cuando les echo un último vistazo.

Pasó el tiempo, y con él mi situación, haciendo que no fuese necesario que me retirase a mundos inventados. Sin embargo, algo quedó de aquella época: el placer de escribir, lo que me llevó a intentar mejorar, a leer mucho, a estudiar y de un modo casi autodidacta, aprender a contar historias pero esta vez para compartirlas con todo el mundo.

Ahora he vuelto a retirarme a mis mundos inventados, pero esta vez por placer, volviendo a crear historias de todo tipo, y esta vez aparcando mis miedos y temores para dejar que los demás las lean. Mundos como Crónicas del Amor Oscuro , El Manuscrito , Los Viteri , Épsilon – La Tierra Perdida y Épsilon II – El hijo de la luz . Uno de ellos ha quedado para el ámbito privado (De momento), mientras que El Manuscrito y las dos entregas de Épsilon están al alcance de cualquiera en entre en bubok y quiera leerlas. Pronto subiré una de las más antiguas.

Además, cada semana doy rienda suelta a mi imaginación y a mi deslenguada lengua para opinar de todo un poco en mi propio blog (www.rarevalo.es.tl) confiando en que poco a poco la gente me vaya leyendo, opine conmigo y disfrute de las cosas que escribo.

No soy un escritor. Soy un junta letras esperando ser leído.





Mis relatos en este blog:

-Me perteneces

-Pregunte a los solitarios

-La dama del viento

-Lo que Alejandra no sabía

-Disculpas a tiempo

-Y mamá besó a Gaspar

-El Vendedor de Miserias



 

Sans nom 16 agosto 2011

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Whitechapel, 1889

Dos vagabundos y algunas ratas se arrinconan en una esquina, sentados contra la pared, aprovechando los restos de comida de la basura. Una larga y esbelta silueta aparece en el callejón tras ellos, oculta por las sombras de la noche. Para cuando se dan cuenta, es demasiado tarde. Gritan por última vez en su vida, mientras el misterioso desconocido salta sobre ellos.

. . .

Lady Keane se ajustaba la gargantilla alrededor de su cuello, frente al espejo, cuando vio reflejado a un jóven que había aparecido tras las cortinas del balcón abierto. El muchacho, algo pálido y con dos finas líneas rojas resbalando desde las comisuras de sus labios, iba vestido con una camisa al estilo aristocrático por aquella época. Mientras Lady Keane se giraba sobre sí misma, él se acercó, la agarró por los brazos y colocó su boca casi junto a su oído.

Lucius: Lady Keane… He vuelto mi amor.

Lady Keane: No te esperaba tan pronto, Lucius.

Dijo ella mientras recorría su rostro con sus uñas pintadas de negro.

Lucius: Debemos irnos. Ahora.

Ella se separó de él un momento.

Lucius: No se cómo ha pasado. Esta vez, he hecho lo de siempre, pero me han seguido hasta aquí.

Lady Keane: ¿¡Cómo!?

Lucius: No lo sé. No me explico cómo ha podido pasar. Nos queda poco tiempo.

Lady Keane: No me iré de mi castillo sin más.

Lucius: Si nos encuentran aquí, nos matarán. A los dos.

Lady Keane: La condena a pagar por todas esas almas descarriadas es la horca.

Lucius: Ya están aquí.

Dijo Lucius, asomado al balcón.

Lucius: Es demasiado tarde.

Lady Keane: Pero un vampiro no puede morir colgado. Si me mordieses, estaríamos juntos eternamente, mi amor, más allá de la horca.

Lucius volvió a acercarse a ella y aproximó sus colmillos al fino cuello de su amada. La puerta se abrió de golpe, y varios policías armados irrumpieron en la habitación. El jefe de policía se adelantó para dirigirse al vampiro.

Comisario: ¡Lady Keane! ¡Apártate de ella!

Lucius arrancó la gargantilla del cuello de Lady Keane e hincó los dientes en ella. Las gotas de sangre recorrieron primero la distancia hasta su clavícula y luego bajaron por el escote que formaba su corsé negro.

Lucius: Ahora nuestro amor será para siempre.

Se separaron lentamente y él tiró de la muñeca de ella, hacia el balcón.

Lucius: ¡Huyamos! ¡Por la ventana!

Se giró hacia ella de nuevo y abrió los ojos con sorpresa cuando la descubrió, seria y aterradora, con el decidido gesto de clavarle una estaca en el corazón. Lucius se desplomó, aún con el gesto paralizado.

Lucius: ¿¿P-por qué??

Comisario: No eras lo suficientemente bueno para ella.

Dijo el jefe de policía, mientras Lady Keane se acercaba a él y colocaba sus manos y su cabeza reposando sobre el hombro de él, aún observando como la vida del vampiro se consumía. Entonces ella miró fijamente a los ojos del jefe de policía.

Lady Keane: Nuestro amor sí será para siempre.

Y hundió sus nuevos colmillos en el cuello de su verdadero amante.

FIN

O.P.Wilkituski


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El Misterio del Rico Asesinado 16 agosto 2011

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El señor Avery y el señor Pennywise, ambos reputados detectives y veteranos descubridores de soluciones para los casos más enrevesados, llegaron a la mansión Schwartzstein a eso de las 6:30 de la tarde. Avery era un hombre bajito y regordete, siempre ataviado de chaleco y bombín a juego, mientras que Pennywise era alto, delgado, con dos grandes y anchas patillas de aspecto descuidado y frondoso.

El señor Noam Schwartzstein, de 53 años de edad, había aparecido muerto en extrañas circunstancias a la hora del té. Con la cabeza fracturada y medio sumergida en un charco de espesa sangre, apenas si podía pensarse siquiera en dudar de la naturaleza homicida del suceso.

Los ojos del señor Pennywise volaron rápidamente por las líneas del documento que sostenía entre sus manos. Esa misma mañana, el señor Mourningwood, notario y amigo de la familia, había visitado al señor Schwartzstein para realizar una oportuna modificación de su testamento, y ese había sido el primer documento que el señor Pennywise había pedido revisar.

El señor Mourningwood, a quien había hecho llamar, esperaba a la conclusión de su rápida lectura, nervioso y frotándose compulsivamente las manos. Salvo por el pequeño detalle de que la mansión pasaba a ser propiedad de un sobrino del difunto, Solomon Schwartzstein, la completa totalidad de la fortuna del fallecido le había sido legada a su jovencísima mujer, la señorita Schwartzstein, de 26 años de edad.

―Ciertamente ha sido un sencillo caso esta vez, mi querido Pennywise ―dijo Avery―. La viuda, casualmente favorecida por un testamento recién elaborado, mata a su marido y se queda con su fortuna. Resuelto queda.

―No aventures tan prestamente una solución, estimado Avery. No hasta conocer todas las variables del caso ―le reprendió amistosamente el señor Pennywise.

―¿Yo ya me puedo ir? Tenía una cita ahora ―interrumpió el señor Mourningwood.

―Por supuesto, amigo mío, vaya con Dios ―asintió Pennywise.

La pareja de detectives caminó hasta el amplio vestíbulo tras los pasos del señor Mourningwood, pero se separaron de él para ir escaleras arriba. Una voz a sus espaldas llamó su atención con un carraspeo. El mayordomo.

―¿Buscaban algo en especial? ―preguntó el estirado y apergaminado hombre.

―Sólo información ―dijo el señor Pennywise, girándose sobre sí mismo y comenzando a bajar los escalones de mármol en dirección al mayordomo.

―Pues pueden empezar conmigo mismo ―propuso el anciano.

―Por eso no se preocupe ―intervino el señor Avery.

―Y bien, ¿qué tal era la relación entre el señor y la señorita Schwartzstein? ―interrogó el señor Pennywise.

―No quisiera parecer un taimado ―comenzó―, pero lo cierto es que la señorita y el señor discutían a menudo. Francamente, me sorprende que aún viviesen bajo el mismo techo.

―¿Y podrían esas discusiones haber sido causa de un desenlace tal?

―¡Ah, no! ―exclamó el mayordomo― Sobre eso prefiero no manifestarme a favor ni en contra. Que luego no se diga.

―Según tengo entendido ―comentó Avery―, fue usted quien encontró el cadáver, ¿no es cierto?

―Así es.

―¿Y dónde estaba entonces la señorita Schwartzstein?

―La señorita se encontraba en el piso de arriba, tomando un baño.

―Interesante… ¿Podría indicarnos su cuarto, si es tan amable?

―Por supuesto ―asintió el mayordomo―. Escaleras arriba, a la derecha. Es ésa puerta.

El señor Pennywise agradeció con un gesto de su cabeza antes de aferrar el pomo de la puerta. Se detuvo unos instantes antes de girarlo y pudo ver cómo la puerta tenía una pequeña marquita, un rayón junto al pomo.

―¿Señorita Schwartzstein? ―preguntó, por simple cortesía.

―Adelante ―respondió una voz femenina.

El señor Pennywise se aventuró un paso dentro de la habitación, al tiempo que un ruido proveniente del piso exterior, o puede que del exterior de la mansión, los sobresaltaba. El señor Pennywise y el señor Avery aguzaron el oído. Sonaba como un coche que acababa de llegar frente a la casa. El señor Pennywise le hizo un gesto al señor Avery para que fuese a ver y se adentró en la habitación de la viuda, cerrando la puerta tras de sí.

―Mis condolencias por este terrible suceso ―dijo Pennywise.

―No me las dé, ya que ninguna persona puede sentir verdadera pena por un desconocido ―le soltó ella.

―¿Y usted? ¿Usted siente pena por él?

―¿Insinúa algo? ―acusó la señorita Schwartzstein.

―Sólo pregunto ―se defendió Pennywise―. Pero… ¿y el mayordomo? ¿Era buena la relación del señor Schwartzstein con su mayordomo?

―Inmejorable ―declaró ella―. Se conocían desde su juventud, cuando el hermano gemelo de mi marido se lo presentó en una fiesta universitaria. Acudían a la misma universidad y allí se conocieron.

―¿Un hermano gemelo? Interesante… ―murmuró Pennywise.

―Si está pensando en un cambiazo, eso no habría sido posible. Según tengo entendido, su hermano gemelo murió el año pasado de un ataque al corazón… o algo similar ―informó la señorita.

―¿Usted sabe de alguien con quien su marido tuviese una cierta enemistad, o que existiese alguna razón económica de por medio?

―¿Piensa usted en alguien? ―le devolvió su pregunta la mujer.

―A decir verdad, sí ―empezó a decir Pennywise, caminando lentamente hacia la ventana para echar un vistazo, tratando de averiguar si Avery había descubierto algo―. Nada más llegar, leí el testamento del señor Schwartzstein, en el que le legaba la práctica totalidad de sus bienes a usted. Eso fue un dato claro. Muy claro. Quizás demasiado claro… ―sonrió él, aspirando profundamente el aire del campo a través del amplio ventanal― Para la mayoría de personas, ese dato habría sido tan revelador que no hubiesen prestado la suficiente atención al resto de pruebas. Una buena distracción, sí señor. No obstante, el notario presentaba una inusual prisa por marcharse de la casa y Noam… Noam Schwartzstein. Sabía que había oído ese nombre antes. Usted ha dicho que cree que su hermano gemelo murió un año atrás, ¿no es cierto? Por otra parte, no pude evitar fijarme en una pequeña marca cuando entré en su habitación, señorita… ¡Oh!

Un soplo de aire, mitad quejido, mitad sorpresa, escapó de entre los labios del señor Pennywise cuando un pesado cenicero de bronce le impactó en la parte trasera de la cabeza. Su cuerpo cayó por la ventana, volteándose en el aire como un pelele de trapo hasta estrellarse contra el suelo y quedar inmóvil.

―A veces, algo es tan obvio que resulta la mayor de las sorpresas, ¿no cree, Pennywise? ―sonrió malévolamente la señorita Schwartzstein mientras dejaba de nuevo en la mesa el pesado cenicero.

O.P.Wilkituski


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Atentamente, a mis Padres 12 agosto 2011

Archivado en: Amigos autores,Últimos post — O.P. Wilkituski @ 23:45


Levanté la vista y esa mirada de hijo de puta se me clavó como un cuchillo. Tenía una pistola. Y me iba a matar.
Terminé de garabatear unas palabras más en el papel. Realmente, esperaba que alguien pudiese encontrar mi último mensaje y se lo entregase a mis padres. Quizás solucionase algo con ello. Aún no sabía el qué, pero quizás solucionase algo.
Una gota de sudor frío resbaló por mi frente y se precipitó sobre el papel que me había obligado a escribir. No es que yo tuviese muchas ganas de escribir en aquel momento, pero, aún así, me había obligado y debía hacerlo. Debía hacerlo, eso sí que lo tenía claro.
Mis ojos volvieron a dirigirse al frente. El rostro que tenía ante mí estaba pálido y marcado por profundas arrugadas. Bajo los ojos, oscuras ojeras delataban un cansancio vital y un hartazgo por la vida que no conocía igual. Los lacios cabellos negros, húmedos, caían sobre la frente, descuidados. Pero lo más terrible de todo era el fantasmagórico resplandor del revólver, que parecía intentar devolver un reflejo dentro de otro reflejo. Frío como el metal que era y, al mismo tiempo, hermosamente simétrico. Era el revólver que acabaría en unos segundos.
La mano que sostenía el arma se alzó lentamente, llenándome de un profundo terror insondable, irracional y violento, que me hacía desear gritar y perder por completo el control de mi cuerpo. Pero, aún así, no lo hice. Delicadamente, el cañón del arma se posó sobre mi frente, deslizándose muy poco a poco hasta alcanzar mi sien.
Lo pensé durante un instante, aunque me arrepentí. La bala me entraría por el lateral de la cabeza, destrozando mi hueso temporal en su avance del mismo modo en que un martillo de obras hace explotar una sandía en mil pedacitos. Luego, mientras todos esos fragmentos y astillas de mi propio cráneo saltaban hacia adentro, incrustándose y clavándose en mi blando cerebro, el proyectil continuaría su camino, perforando un camino en la materia gris y, más allá, en la tierna materia blanca de mis sesos, destrozándola y convirtiéndola en papilla. El camino de salida sería similar, el otro extremo de mi cabeza reventaría en el impacto con la bala como la cáscara de un huevo crudo. Los trozos de mi cabeza, incluyendo fragmentos del cráneo con piel desgarrada e incluso pelo adherido a ellos, se dispersarían en un abanico de direcciones bastante amplio al tiempo que un veloz chorro de sesos machacados y sanguinolentos saldrían disparados a presión por el orificio, impulsados por la bala, focalizados en, más o menos, una misma dirección, como quien dispara un cañón cargado con picadillo de carne fresca, y toda esa masa se estrellaría contra la pared con un sonido viscoso, dejándolo todo perdido de sangre con trozos de cerebro, en un perfecto puré plagado de repugnantes grumos.
Si tenía suerte, aquello me mataría en el instante. Si no tenía tanta, posiblemente me hiciese caer de mi silla entre fuertes convulsiones, chorreando espuma por mi boca incontrolada y temblorosa y machacándome lo que quedase de mi maltrecha calavera contra el suelo a causa de los espasmos, como si fuese un niño epiléptico retrasado, con una mueca estúpida en la cara y los ojos medio bizcos, medio en blanco. Después de eso, seguramente me ahogase en mi propia sangre, me obstruyese las vías respiratorias con mi propia lengua o muriese por un derrame cerebral. Una vez que eso pasase, la relajación involuntaria de mis esfínteres haría que me mease y me cagase encima. Todo un espectáculo visual para quienes me encontrasen. Esa era una posibilidad a tener en cuenta, después de todo, el hueso temporal es muy duro.
La pistola resbaló hacia abajo, borrando de mi cabeza todas esas imaginaciones mías. Estaba temblando ante el negro abismo de vacío encarnado que es la muerte. Los acusadores ojos se me clavaron una vez más, mientras el cañón del revólver se introducía en mi boca y, no sé por qué, esbocé una tonta sonrisa. Esperaba con toda mi alma que aquel fuese un disparo certero. Apuntar demasiado abajo una pistola en la boca de alguien supondría que, al disparar, a pesar de abrasarle el paladar con una nube de polvo y gases ardientes, a pesar de volarle por los aires las muelas, parte de la lengua que acabaría saltando en pedacitos o colgando de un hilo carnoso a medio desgarrar y destrozándole por completo la campanilla, a pesar de agujerearle la blanda carne del fondo de la garganta, a pesar de llenarle la boca de su propia carne mutilada y de sangre, a pesar de atravesarle la columna vertebral, quebrándole las vértebras, partiéndole la médula espinal y clavándole astillas de hueso en ella, a pesar de dejarle tetrapléjico, apenas con mandíbula inferior y con los sentidos truncados de por vida, a pesar de todo eso, no resultaría mortal. Tan sólo le condenaría a una vida inútil de por vida. Prefería que me apuntase bien. Sí, personalmente, eso prefería.
Agaché la cabeza, al borde del sollozo, y cerré los ojos. Apreté el gatillo y mis sesos saltaron sobre el espejo, resbalando hasta la nota de suicidio.
Y después… Oscuridad. Silencio. Nada.

O.P.Wilkituski

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Zapatos Nuevos 9 agosto 2011

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El señor Menéndez, que tenía un respetable negocio en plena Plaza de la Plata, podía considerarse uno de los afortunados empresarios de éxito de Cimera. O puede que no tan afortunado en ese momento, aún ataviado con un pulcro traje, corbata y sus zapatos nuevos, con la vista fija en las revueltas aguas que golpeaban y se arremolinaban frente a los muros de los muelles cimereños.
Cuando, dos días atrás, su socio en los negocios había aparecido muerto en su casa, con la garganta completamente rajada, casi separando su cuerpo de su cabeza, y su lengua sobresaliendo a través de la sangrienta ranura, colgando como una parodia burlona de una carnosa corbata escarlata, entonces, el señor Menéndez había decidido considerarlo como “daños colaterales”. Nada de importancia, hasta que él mismo empezó a temer correr su misma suerte.
Hacía una semana que aquellos dos hermanos gemelos se habían presentado delante de su casa. Menéndez no sabría decir muy bien si les llamaban o si simplemente ellos se hacía llamar “Los Gemelos de Sacramento”. La verdad es que era un nombre bastante descriptivo, sobre todo por el hecho de que vivían precisamente en ese barrio. Aquellos tipos le habían amenazado, le habían dado un ultimátum, le habían dicho que se arrepentiría si no les retribuía de alguna manera por aquello que habían pagado. Claro que, por aquel entonces, Menéndez no sólo no les dio ninguna credibilidad, sino que estaba confiado en que llevaba las de ganar, ya que, técnicamente, lo que el hacía era perfectamente legal.
De hecho, en los Términos y Condiciones que les había hecho firmar dos semanas antes de verse en su comprometida situación actual se especificaba claramente lo que estaban comprando. No era su culpa que ellos no hubiesen leído la treintena de páginas que componían el documento en su totalidad antes de firmarlo, aunque eso a él le venía muy bien. Unos días antes de la venta, la abuela de aquellos dos, que tenían fama de ser los narcotraficantes más influyentes de la zona norte de la ciudad, había enfermado de una extraña enfermedad. Y a “Los Gemelos de Sacramento” nada les importaba más que su abuela.
Ciertamente, a Menéndez aquella repentina enfermedad le había venido de perlas. Se había alegrado, eso no podía negarlo. Su empresa se dedicaba a investigar en tratamientos médicos y medicamentos pioneros en general. “Los Gemelos de Sacramento” necesitaban un medicamento revolucionario y novísimo que curase la desgraciada condición de su abuela paterna y, casualmente, Menéndez tenía un equipo de personas trabajando en el feradol, la única y, por supuesto, terriblemente cara solución a su problema. El feradol había recibido su nombre en honor a Rudolf Feran Hauss, quien había servido como base teórica de muchos, muchos de los experimentos de Menéndez.
Así que los hermanos habían pagado muy gustosamente la friolera de 30.000 cimas por la dosis necesaria de feradol para curar a su abuela. Por supuesto, Menéndez y sus asociados habían obviado el detallito sin importancia de que el medicamento aún estaba en fase de desarrollo y no recibirían su dosis hasta pasados tres años, si había suerte… Diez a lo sumo. Pero eso había sido únicamente porque ellos mismos lo habrían visto si hubiesen leído los Términos y Condiciones por completo. Estaba claramente especificado en la página vigésimo-octava, ningún juez podría haberles dado la razón en una reclamación en ese aspecto.
Pero allí no había ningún juez, ni iba a haberlo. Uno de los hermanos agarró al empresario por la parte posterior de su americana de marca y lo manipuló violentamente hasta terminar por lanzarlo a las aguas. Y mientras estaba en el aire, Menéndez pensó que, quizás, se había pasado de listo. Por eso había acabado allí con sus zapatos nuevos.
Sus zapatos nuevos de cemento…

O.P.Wilkituski


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La Chica de la Bruma 6 agosto 2011

Archivado en: Amigos autores,Últimos post — O.P. Wilkituski @ 12:49


Cuentan las historias que en un lugar no muy lejos de Cimera, en una carretera perdida en medio de la nada, donde no hay más que un bosque de coníferas alejado de toda civilización, el espíritu de una muchacha de rasgos hermosos se aparece entre la bruma a los conductores incautos y, una vez que estos la recogen, termina por matarlos.
Por supuesto, Derek nunca había creído en ese tipo de historias. Su Ferrara Spinoza avanzaba lentamente entre la bruma por la serpenteante carretera forestal. Puede que no fuese un coche realmente bueno, de hecho, era el intento de Ferrara por acercarse a un público menos pudiente y, además, de segunda mano, pero tenía un maletero muy grande en el que cogían todas las herramientas que Derek utilizaba cotidiana y no tan cotidianamente.
El coche atravesó un bache y botó, haciendo claquetear las partes metálicas del contenido del maletero. El chico tomó una curva y continuó durante unos cuantos metros hasta que la vio. Allí, en uno de los laterales de la carretera, una jovenzuela que muy posiblemente no llegase a la veintena de edad esperaba de pie, inmóvil, aguardando pacientemente la llegada de un vehículo. Era una chica muy hermosa, de largos cabellos negros como la noche más oscura y piel pálida.
Derek detuvo su coche lentamente y desbloqueó el seguro de la puerta del copiloto de su descapotable. Ella se inclinó sin prisa alguna y le clavó sus penetrantes ojos azules, casi blanquecinos, antes de despegar los labios.
―¿Vas a Cimera? ―preguntó ella.
―Sí ―respondió él―, a la zona de Sacramento. Sube.
Ella, sin decir una palabra más, se subió al coche y cerró con un portazo. Llevaba un largo vestido blanco manchado de barro y algo desgarrado. Derek la miró de arriba a abajo mientras arrancaba y, una vez en marcha, se presentó:
―Derek.
―Dama ―dijo ella, a su vez.
―¿Es ese tu nombre real? ―insistió él― ¿Qué hace una chica como tú en un lugar abandonado como este?
―¿No tienes miedo de las historias? ―interrogó ella, ignorando las preguntas de su interlocutor.
―¿El espíritu?
―Sí. Dicen que hace algunos años, un hombre violó y asesinó a una joven y, después, enterró su cadáver en estos bosques para que nadie pudiese encontrarla jamás…
―Ya… ―interrumpió Derek, cambiando de tema― ¿No vas a decirme qué te trae por aquí a estas horas?
―¿Y a ti? ―le devolvió ella, con la mirada fija en la carretera.
―Trabajo ―dijo él―. Soy jardinero y tengo que volver a Cimera para dormir cada día ―tomaron otra curva más y los utensilios que guardaba en el maletero se desplazaron, produciendo un ruido pesado al entrechocarse―. ¿Oyes las herramientas?
La muchacha guardó silencio por un tiempo, hasta que, finalmente, volvió a murmurar:
―Mucha gente tiene miedo de recoger a una autoestopista en esta zona, sobre todo por la noche.
―¿Tú te crees esas historias? ―preguntó él mientras ajustaba su retrovisor para poder contemplar el reflejo de los ojos azules blanquecinos de la pálida muchacha.
―Dicen que desde que aquel hombre enterró aquí a su víctima, su espíritu espera a ser recogido por conductores desprevenidos en las noches de bruma para después hacer que sus corazones se detengan de puro terror.
―¿Tú te crees esas historias? ―repitió él.
―Pues sí, porque… ―dijo ella― Yo era esa chica…
Derek detuvo lentamente su coche y observó a su pasajera fijamente a través del retrovisor, miró a sus blanquecinos ojos una vez más, en completo silencio.
―Sólo bromeaba ―dijo ella― ¿Asustado?
―Pues no, verás, porque ―empezó― resulta que yo sí que era ese violador ―sonrió él, mientras la pala para cavar resonaba una última vez en su maletero.

O.P.Wilkituski


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El Día de la Masa 3 agosto 2011

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Santa Lucía era un pequeño pueblecito al norte de Cimera, al menos, antes del Día de la Masa. Era el perfecto ejemplo de la ruralidad más aislada, situado en medio de una inmensa nada de polvo y tierra árida.

Surcado en su mitad por una larga y recta carretera, casas destartaladas y algunas tiendas viejas se alzaban a lado y lado, recordando en cierta manera a un escenario del salvaje oeste. El polvo de las tierras yermas se arremolinaba en las esquinas, formando pequeños torbellinos en miniatura, y los estepicursores cruzaban la carretera de aquí para allá, arrastrados por el viento.

Una azada golpeó la tierra con un sonido metálico, interrumpiendo el silencio. Con un gesto sorprendido, el granjero flexionó sus rodillas y escarbó en la tierra con sus manos hasta revelar algo cobrizo y cubierto de una pátina polvorienta. Una sonrisa iluminó su rostro y sus dedos se hundieron con afán codicioso aún más, arrancando del suelo grandes puñados arenosos de arcilla. Al fin, una figura de aspecto macizo y una altura aproximada de un palmo salió a la luz del día.

El pequeño tótem representaba una persona poco más alta que ancha, rodeada por una escolopendra que se enroscaba en torno a su cuerpo como una hélice. El tiempo bajo la tierra le había arrebatado su brillo, pero el granjero se apresuró en llevarlo hacia el interior de la casa y sumergirlo bajo el chorro del grifo más cercano.

Paulatinamente, el brillo dorado del tótem resurgió bajo la capa de suciedad, al mismo tiempo en que el fregadero se cubría de barro, al mismo tiempo en que una mueca de avaricia se dibujaba en el rostro del anciano granjero y al mismo tiempo en que sus dedos comenzaban a derretirse sobrenaturalmente en medio de una delirante carcajada de locura.

Al mismo tiempo, en otro lugar de Santa Lucía, dos adolescentes tomaban un batido en la cafetería local. Clara era alta, de abundante pelo castaño y ojos verdes. Pierre era un chico delgado y pálido de cabello crespo. Después de sorber las últimas gotas de su copa, Clara colocó diez céntimos de cima en el platillo de las propinas y se dirigió hacia la puerta junto con su amigo. Pero un súbito temblor que sacudió sus pies los hizo detenerse antes de alcanzar la puerta.

La parte delantera de la cafetería colapsó bajo el peso de algo que se apoyaba sobre su tejado y los cascotes cayeron a los pies de Pierre, quien se apresuró en echarse atrás. Ante sus ojos una masa gelatinosa de un verde brillante desfiló siguiendo la dirección de la carretera, pasando por encima de las casas y demás construcciones, aplastándolas y devorándolas. Al mismo tiempo, esa masa comenzó a colarse por la derruida parte delantera del local, desatando el terror entre los clientes.

Clara y Pierre corrieron hacia la puerta trasera, pero estaba atrancada. El dueño de la cafetería se acercó rápidamente hacia ellos con un manojo de llaves exageradamente rústicas y envejecidas, chocando por el camino con un hombre que corría en sentido contrario, con la cara iluminada de pura euforia, ataviado con traje y corbata y que gritaba:

―¡Dinero! ¡¡Dinero!!

El viejo se tambaleó un instante ante el golpe, miró al enloquecido hombre del traje un instante, se rascó la calva con confusión y volvió a retomar su labor de abrir la puerta trasera del establecimiento.

―Debe de ser un derrame de productos químicos o algún tipo de corrimiento de cieno o algo así ―comentó el hombre mientras hacía girar la llave, produciendo un chasquido en el cerrojo―, será mejor que nos vayamos de aquí…

Su frase se interrumpió bruscamente por una nueva inundación de la gelatinosa masa verde, que se coló por la puerta nada más que esta se hubo abierto. Al mismo tiempo, un grito de agonía les llegó desde el otro extremo del local. El hombre del traje había alcanzado la enorme masa amorfa, y no sólo eso, si no que prácticamente se había arrojado a ella como quien se lanza a por un tesoro y, en esos instantes, su cuerpo estaba siendo engullido por la enorme monstruosidad verde, que lo derretía dantescamente al tiempo que se expandía, sepultándolo en sus profundidades. Pero lo más espeluznante de todo era que otras personas en la cafetería, cada una a su manera, habían empezado a imitarlo.

Clara y Pierre movieron la cabeza de un lado a otro, frenéticamente, buscando con la vista a todos los suicidas del local, y entonces escucharon una voz, casi un susurro, muy cerca de ellos.

―¿Rose?

Era el viejo dueño de la cafetería, y el nombre que salió de sus labios le puso los pelos de punta a Clara. Ella y Pierre habían estado yendo a esa cafetería desde que eran niños y, hasta hacía apenas 3 años, hasta el invierno del año 2017, Rose, la esposa del dueño, una afable mujer de pelo canoso, había estado ayudando a su marido a mantener el negocio. Aquel invierno, una fuerte neumonía se había llevado a Rose al cementerio…

La chica desvió lentamente la mirada hacia el buen hombre, que parecía estar viendo realmente a su esposa muerta, como quien ve a un ser querido que vuelve de un largo viaje. Salvo que allí no había nada. El viejo extendió una mano, extendió sus dedos hacia el muro de gelatina verde que se colaba por la puerta trasera y, finalmente, los hundió en ella. Él no reaccionó en absoluto, ni siquiera cuando la masa monstruosa lo succionó hacia su interior con macabra lentitud y el hombre desapareció para siempre sin dejar ni rastro.

―¿¡Pero qué demonios les pasa!? ―chilló Clara.

Ella tendría su respuesta pronto. Pierre miró un momento hacia la superficie brillante y gelatinosa de la masa, pero ya no pudo apartar la mirada. La reluciente superficie le devolvió un reflejo en cuanto sus ojos se posaron sobre ella, el reflejo de sí mismo, pero al mismo tiempo de otra persona. Podía reconocerse, pero ya no era un adolescente, era un adulto bien vestido y peinado, pulcramente aseado y portando un dossier repleto de documento. A su alrededor podía verse una sala de juicios a rebosar, con sus jueces, su tribunal y todo lo demás incluido.

Él siempre había querido ser abogado. Ése era su sueño. Ser un buen abogado y defender a las personas, ése había sido siempre su sueño…

Un golpe en las costillas le devolvió a la realidad y la sala de juicios se desvaneció junto con su mismo reflejo. Su embelesamiento se rompió tan rápidamente como se había creado.

―¡Pierre!

El chico tomó el brazo de su amiga y la arrastró lejos de la masa, hacia el centro de la cafetería, en donde empezaban a quedarse acorralados.

―Ves aquello que más quieres en el mundo ―anunció Pierre, con un tono de voz como el de quien cuenta un secreto―. Cuando miras directamente a la masa, ves aquello que más quieres.

―¿Pero cómo es esto posible? ―preguntó ella sin esperar realmente una respuesta.

La masa siguió avanzando imparable, inundándolo todo a su paso, tragándoselo todo, creciendo y creciendo sin descanso hasta estar tan cerca de los jóvenes que casi no podían evitar volver a mirarla de nuevo. Hasta que, de pronto, se abalanzó sobre ellos y luego… Nada.

La cafetería se desvaneció como si nunca hubiese existido, Clara y Pierre se desvanecieron, todo se desvaneció, y el fregadero sucio de barro y el tótem volvieron a aparecer ante los ojos del granjero.

El anciano agricultor, aún riendo, continuaba sosteniendo el tótem frente a sus ojos mientras sus dedos se transformaban en una sustancia fangosa muy lentamente. Los últimos reflejos de la cafetería desaparecieron por completo de la masa verde y gelatinosa que brotaba sin descanso de los ojos del tótem, hasta que el brillo le devolvió al granjero únicamente la efigie de su rostro desfigurado.

―Sí, ya me has mostrado qué es lo que YO más quiero en este mundo ―dijo―. Ahora cúmplelo, ve y devóralo todo. Devóralo para mí…

O.P.Wilkituski


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Sexo hasta el fin de los tiempos 29 julio 2011

Archivado en: Amigos autores — Jaume Moreso i Mallofré @ 0:58
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Personas de todo tipo se reunían cada noche en ese bar. Todas, sin excepción, eran untadas con azúcar y miel, con la dulzura del erotismo, con las emociones a flor de piel de la sensualidad.

Centenares de vidas se cruzaban, algunas convergían, se fusionaban en el arte del sexo. Algunas veces hasta la chispa del amor nacía entre dos personas, otras veces simplemente surgía un rato de charla, y otras tantas los caminos no llegaban a conectar. Pero en el global, ese era un sitio de encuentro de muchas vidas, donde multitud de miradas, orquestras enteras de voces diversas y una sinfonía sin igual de alientos, olores y fragancias se mezclaban como en el lujurioso palacio de un exultante y lascivo sultán.

Esa noche tenía que ser una de muchas tantas, una más en los incontables sucesos del tiempo. Pero sus anales estaban excitados y encrespadas sus semanas, calientes las fechas… ¡y más deseosos cada uno de los pequeños días!

Algo fluctuaba esa noche, algo especial y único que la convertía en un suceso singular. El Destino se dio cuenta, la misma Tierra lo percibió. Artemisa estaba expectante, Venus anhelaba que se desarrollara, que sucediera lo que se avecinaba…

Entonces, esas aromas mágicas que volvían locas a las estrellas, que llenaban de envidia al universo entero, volvieron navegando por la infinita noche, entre la eternidad del cosmos, a su única dueña, ahí, en el cénit, en un punto irrisorio en medio de la vastedad.

Por su melena y alrededor de cada cabello danzaban las encimas de su perfume, cuales luciérnagas nocturnas en los más grandes pilares de la magnífica Karnak. Las curvas de su cuello transportaban innumerables deseos carnales, sueños y fantasías indescifrables, pero tan vivos que casi se podían sentir, y tocar…

Ese era el deseo que cualquier hombre, y mujer, sentía y le crecía dando tamborazos en su interior.

Esa mujer despertaba hasta los secretos más antiguos y antediluvianos de nuestra existencia, los más ocultos legados de las semillas de Eva y Adán. Poseía la lujuria, era dueña de la sensualidad, la reina del erotismo y la poseedora de toda belleza. Sus pechos resaltaban con un busto perfecto, y lucían un bronceado y un cálido color más jugoso que el fruto quimérico y de fantasía de la perdida Lemuria, o de la Atlántida. El escote que los decoraba abrazaba tiernamente unos pezones que se adivinaban voluminosos y perfectamente redondos bajo la fina tela de la blusa.

Cuando se movía, con la agilidad del viento, sus pechos danzaban sutilmente con la gracia de una yegua, briosa e indómita, bajo el velo violeta y carmesí de una nebulosa salpicada de estrellas.
Dos volcanes se encendían en la cumbre de esos dos frutos y explotaban en un maremágnum de estremecimientos que recorrían de arriba abajo cada hilo de su blusa. El vientre descendía como las sábanas dulces y desembocaba en el puerto de una isla paradisíaca. Sus caderas sinuosas, con un arte que envidiaría la más atrevida de las bailarinas, dibujaban el mito del Grial y de su deseado contenido.

Entonces la copa de ese magnífico brebaje se inclinó ligeramente hacia un lado cuando unas de sus piernas se posó suavemente encima de la otra, con esbelto y alegre movimiento.

Todo su cuerpo vibró, como conducido por notas invisibles de una orquestra quimérica. Y su pecho se irguió, siguiendo la curvatura de los movimientos de su cabeza.

El aire se desplazó, la luz y la oscuridad se fusionaron en respuesta al movimiento de sus brazos, sus manos crearon el aura que la envolvió.

Mientras su mirada se paseaba por el ambiente, su grácil melena saltaba como una alegre potrilla, y su tierno flequillo, fiel confidente, acariciaba su frente dorada como una gota la brisa de primavera, como el polen la flor de un prado.

Y fue en ese preciso momento, acariciada, abrazada y navegando, cuando su mirada se posó en él. Vio sus ojos y sus miradas se quedaron enganchadas. Sus almas conectaron entonces, su pupila entró en su pupila y sus voces, inaudibles, se escucharon mutuamente.

Se quedaron mirándose con tanta intensidad que hasta las dimensiones y las perspectivas se ruborizaron. El espacio se comprimió, y de pronto los dos estaban tan cerca que se podían tocar…

Ella acarició su hombro dulcemente, y él la respondió con el contacto de sus robustas pero delicadas manos en su cintura.

Sus miradas bailaron un tango, mientras sus cuerpos se acercaban cada vez más y sus cinturas, acompasadas, dibujaban el símbolo de la fertilidad que en eras remotas tan deseado y tan venerado hubiera sido por las tribus de Ra.

Entonces nacieron las palabras, y también se abrazaron, encadenándose, como se encadenaban los suspiros, uno a uno.

Las primeras caricias trotaron por sus cuerpos. Primero suavemente, luego a toda velocidad, como una camada de bueyes salvajes o quizá de caballos.

Luego vino la estampida de sueños, y la erección casi perfecta pudo sentirla ella muy cerca de su sexo… acercándose, rozando, palpando el valle entre sus caderas.

Quiso sentirla también en su culo, entre sus nalgas, ese contacto la había encendido, más ardientemente que cualquier ifrit del desierto.

Giró lentamente sobre sí misma, cogiendo las manos de él y dirigiéndolas hacia sus nalgas, fregando sus voluptuosos muslos hasta llegar a su sexo escondido, pero que él podía sentir, latir, vibrar de excitación.

Ella también pudo sentir, muy cerca de su ano, posándose en la esponjosa cama del río que pasaba entre sus nalgas y unía sus dos destinos más erógenos, el caliente e hinchado glande que empezaba a desprender esa aroma tan especial del sexo masculino.

La chica apretó su cuerpo contra el de él, moviendo su culo arriba y abajo y empujándolo contra la dureza de ese miembro viril que conseguía ese protagonismo abrumador golpeando suavemente, con potentes tamborazos de viva pasión, ese lugar secreto y privado en la carne de la hija de Lilith.

Cada vez más, la prominencia de ese potente pene adquiría más presencia, bajo los pantalones, e incluso a través de los tejidos de sus ropas ella lo sentía arder, privilegiado, en el centro de su ano.

Poseída por la lujuria que desprendía esa polla, bajó la mano con rapidez, cogió las suyas, y las envió cual pájaro mensajero hacia esas cumbres de altura de reto y aventura que se erigían en el seno de su pecho.

Y mientras él cogía con hambre los frutos de ella, suaves, deliciosos, de capricho… las manos de la excitada mujer volvían a descender como una decidida águila hacia la bragueta que contenía esa polla que se batía por salir.

Las manos del joven amante no paraban de estrujar y acariciar aleatoriamente los carnosos pechos de la bella hija de Lilith. Sus dedos, de vez en cuando, trazaban torbellinos vertiginosos sobre los pezones de esas cumbres que hubieran dejado sin aliento al mismísimo Imperio Inca.

Los dulces y esponjosos pechos de esa Afrodita moderna se fusionaban con las manos del joven amante. Parecía como si los pechos cobraran vida propia, y con un movimiento decidido se volcaran entre las manos de él, fregando y acariciando con adulación los dedos intrépidos y veloces, cuales hijos de Urano y Gea.

Entonces los dos amantes se apropiaron y robaron un “aleluya” desvergonzadamente, mancillando con atrevimiento los dominios de la sagrada iglesia. Se rieron de ella, con un “aleluya” humedecido de las primeras segregaciones de esa polla que asomó su rosado glande al exterior cuando los sinuosos dedos de la impetuosa soñadora lo abrazaron, lo acariciaron y lo acompañaron hacia fuera.

Las aromas se bañaban unas con otras, ungiéndose de colores huidizos, imposibles de atrapar. Sólo ellos dos se bañaban con esos colores de otro mundo, que ni la más bella Perséfone, Diosa de la Fertilidad, habría llegado a contemplar.

El pene erecto y duro del amante salió entonces, cobijado entre los dedos cálidos que lo abrazaban y lo poseían. Se pegó en el valle entre las nalgas de la excitada mujer, golpeando con una sacudida el ano que allí se escondía. Ella, con ligereza, pero muy lentamente, siguiendo un itinerario sinuoso de esbeltas curvaturas empezó a subirse la falda tejana. Debajo de ella las bragas empezaban a humedecerse con el líquido dulce que hubiera conquistado a la lujuriante Dánae.

Esas nalgas firmes y voluptuosas, envueltas por unas sedas finas y agradables, dignas de la más exquisita obra de Aracne, se destaparon y nacieron como lo hace el sol en el este. Sus carnes formaban una figura redondeada perfecta que haría soñar al mismísimo Arquímedes. Parecían flotar y levitar con gallardía, al ritmo del respirar de los intrépidos amantes. Los dos jadeaban sedientos de placer, con un deseo inexpugnable, potente e inexpugnable, pero con la parsimonia y el deleite de dejarse llevar suavemente, con ternura, saboreando cada instante, cada caricia, cada roce, cada sabor y cada olor, cada movimiento…

Y fue con el siguiente movimiento cuando ella se apartó a un lado la fina tela de las bragas. La estiró con suavidad y se la puso, sujeta, a un lado de su nalga. El ano parecía latir, ahora descubierto, y se abría osadamente ante el sibarita y enorme glande que se hospedaba lentamente en su carne. La piel húmeda del pene remojaba ese cobijo de doradas dunas que lo llamaba a entrar.

Un dedo fugaz de la fogosa mujer llegó de su boca al ano, mojado con la saliva gustosa y escurridiza que se ungió con sutil diligencia por todo el exterior del ano, y un poco hacia dentro, cuando el dedo se internó ligeramente, sólo para volver a salir y dar paso a la entusiasta polla que se humedeció con esa misma saliva.

El caluroso glande abarcó todo el orificio, abriéndolo aún más, y penetró con fuerza hacia dentro. La mujer lanzó un gemido cuando notó que la polla le entraba. Abrió un poco más las piernas, para dejar paso al miembro viril que se adentraba con potencia. Cada vez estaba más adentro y su imponente tamaño se clavaba entre las nalgas de la Afrodita de nuestro tiempo. Mientras desaparecía en su interior y sus venas se hinchaban con lujuria, parecía que aumentara en grosor y que la piel se tensara hasta el límite.

De pronto, con un golpe seco que produjo un sonido húmedo y jabonoso, el amante penetró totalmente a la ardiente mujer. Ella se abalanzó hacia delante con un gesto bravío, rebotando una y otra vez con salvajería contra el cuerpo musculoso de su amante. Luego se abalanzó finalmente, con un movimiento amortiguado y flexible, hacia delante, para quedar su torso transversal al de él, y así, su culo y su ano más recto y amoldado a su polla.

El pene iba para atrás, pero sin salir, y volvía a penetrar con fuerza hasta el máximo, hasta el interior total. Su glande chocaba con las paredes y la piel de ese miembro se estiraba y se tensaba tan salvajemente que le llegaba a producir cierto dolor, pero sobre todo le ardían unas llamas bravas como si estuvieran crepitando alrededor de la polla y el ano.

La carne de la polla se mezclaba con el interior de la mujer, mientras su vagina empezaba a salivar el jugo dulce de una corrida. Él seguía y seguía, dándole fuerte con esa lanza de Jasón que salía, alejándose por un espacio sugerente que creaba por momentos una visión excitante que lo ponía más y más cachondo.

Cuando veía su polla salir de ese culo precioso y perfecto, y esa imagen le envolvía, le conquistaba el cerebro, el amante se ponía hirviendo, con la sangre circulando por todo su cuerpo a una velocidad inmedible.

Sus caderas alrededor de las esponjosas carnes y rosada piel de ese cuerpo escultural, su fuerte polla hinchada y con las venas palpitando, tensa y rígida, clavada en el ano que se abría rojo y fogoso en ese lecho de fantasía… las reacciones nerviosas y las sacudidas en respuesta a la penetración salvaje, los movimientos en las caderas de la hija de Lilith, y sus estremecimientos con cada penetración total, sus manos agitándose de un lado para otro con cada nueva sacudida, las convulsiones de su espalda mientras el semen ardiente y dulce llenaba toda la cueva y la polla escupía con cólera rociando todo el interior…

En efecto, entonces el entusiasta amante se corrió, golpeando al mismo tiempo con mucha más potencia el ano de la mujer. Sus gemidos volaban espoleados, con decisión y entusiasmo; pero entre el ruido del local y la música que sonaba con magnificencia llenándolo todo, se disolvían rápidamente sin llegar a ser oídos por nadie.

Poco a poco él fue saliendo del interior de esa reina del sexo, y mientras el pene surgía del interior del ano, mil y una aromas y olores afloraban a la vez, con suculenta elegancia.

El aire se espesaba a su alrededor, con esas aromas dulces y pesadas cuales frutos de ensueño de la perdida isla de Mu.

Se quedaron unos largos instantes abrazados, unidos y en contacto… con sus tórridas pieles acariciándose, arrimadas, rozándose… entre los líquidos de golosina que se vertían entre sus sexos.

El tiempo pasaba casi sin dar testimonio, con descuido omitido, y corría lánguidamente mientras la nueva Afrodita se volvía a poner formalmente sus finas ropas. Sensualmente se giró, hacia su salvaje amante, y los dos desataron la más grande tormenta alrededor del beso que sus labios concibieron.

Las dos lenguas se bañaron en unos mares de espumosas oleadas, que chocaban unas con otras y se fusionaban en dulces y salados.

Como un rayo fulminante, una tormenta, un volcán calcinador, un huracán, un tifón, un tsunami, un viento arrasador, ¡y cuántas cosas más! El beso les llevó volando hasta lugares insospechados, para volver a bajar, suave y plácidamente, hasta la penumbra protectora de ese rinconcito que los había amparado.

Sus miradas entonces lo dijeron todo, y no hizo falta palabra alguna. Se cogieron de la mano y avanzaron decididamente entre la muchedumbre. Travesaron con presteza toda la ancha sala y pronto llegaron a la salida de ese palacio de lozana lujuria.

Ante ellos se abrieron los vientos frescos de una noche neptuniana, oscura y violeta a la vez. La frescura del ambiente les animó a moverse ágilmente, correteando a veces, otras tantas saltando, y otras muchas jugando a osados juegos.

Se perdieron entre las serpenteantes calles que se cruzaban laberínticamente a los pesados pies de las torres babilónicas y elefantinas que se erguían colosales, como grandes titanes, hacia la Luna que ese día resplandecía con la gracia del velo de Selene.

Las nubes danzaban en el aire, congregándose cada vez más, y relatando una nueva luminosidad que se recortaba entre sus curvas y entre sus pliegues esponjosos. La luz de la Luna, plateada y amable, se dispersaba por doquier en finos halos que se hilaban en trenzas y tridentes, cada cual más bello y entrañable.

-¡Me gusta tu nombre!- pronunció de pronto el intrépido aventurero -Freyja… tiene una sonoridad muy elegante… y no sé porque me trae cadencias muy remotas y quizá divinas…-

-El tuyo también me gusta mucho- respondió ella, liberando de nuevo esas notas y esos acordes mágicos que flotaban por la noche neptuniana como una biguidibela de mil y un colores -Eros… me transmite mucha seguridad, y deseo…-

Él se giró inmediatamente al escuchar esas últimas palabras, la cogió por la cintura con atrevimiento, y la elevó hacia el cielo, abrazándola cariñosamente contra su pecho. Los dos amantes rieron y se besaron, cantaron y hablaron durante horas, sobre lo magnífica que estaba siendo esa noche y cuán afortunados se sentían por haberse conocido.

-¡Qué noche más entrañable!- suspiró Eros -¡ojalá no acabara nunca…!-

-¡Ojalá no acabara nunca!- repitió con deseo Freyja -pero la realidad es un tanto diferente… pues esta mañana, a primera hora, parto en dirección a mi país, Tailandia, la bella y virgen Tailandia…-

-¡Tailandia! ¡Qué país tan precioso! ¡Me encantaría visitarlo alguna vez!- respondió con emoción el joven amante.

-¿De verdad? ¡Pues quizá el destino nos depare un nuevo encuentro!- exclamó Freyja con excitación -¿Está muy lejos tu hogar… de mi exótica tierra?- preguntó entonces.

-¡Hay una larga distancia!- emitió Eros con entusiasmo -¡Pero nada que no se pueda superar!-.

-¿Y dónde se halla esta lejana tierra de la que provienes?- preguntó Freyja con interés.

-En el borde de Europa con Rusia, se llama Estonia, ¡y yo vivo en la ciudad costera de Tallin!-.

-¿Es bonita esta ciudad?- preguntó Feyja animadamente.

-Ohhh…- murmulló Eros -de noche el cielo se esconde, la ciudad brilla en medio la oscuridad total… arde el horizonte, y se encienden las estrellas mientras las olas del mar reflejan las luces de las calles y de los puertos…-

-Vaya… sí que debe ser bonita… me gustaría visitarla alguna vez…-

-Entonces, ¡ahí te recibiré yo!-.

-¡Me encantaría! ¿Iremos a ver los puertos y el cielo arder?- exclamó Freyja con fruición.

-¡Claro! ¡Veremos los puertos y las estrellas, el cielo arder y las montañas nevadas flotando entre la niebla y el fuego del éter!-

-¡Oh! ¡Qué belleza! ¡Me encantaría ver el mar de tu país…! En mi ciudad no tenemos mar, y lo echo de menos…- confesó la dulce soñadora.

-¿Cuál es el nombre de tu bienaventurada ciudad? ¡Seguro que es igual de preciosa cómo tú!- recitó Eros cada palabra con romanticismo, halagando las cualidades femeninas de la dulce Freyja.

-Su nombre es Bangkok, ¡aunque también se la conoce por “La Ciudad de las Sonrisas”!- respondió emocionada y con orgullo la audaz soñadora.

Y así, durante horas, tan intensas que parecían eternas vidas estelares, hablaron sobre ellos y sobre el futuro, cantaron, rieron y se enamoraron…

Entonces, de pronto sus miradas descubrieron que los dominios del asfalto y del alquitrán estaban terminando. Se encontraban muy cerca de sus límites, y a partir de ahí una vasta extensión de arena titilaba con sosiego bajo la luz plateada de la Luna, que en ese momento relucía completa, entre la magia del velo de Selene.

Cogidos de la mano se divirtieron al pisar ese nuevo terreno, y corrieron hacia la nueva playa desconocida. El territorio les recibió amablemente, chisporroteando polvo de hadas e iluminando el sendero hacia el agua, pero sin encender la oscuridad que les salvaguardaba de los alrededores.

Cuales Rati y Kama, se lanzaron riendo sobre la arena, se revolcaron en ella, untándose de la magia de su sal. Sus manos acariciaban sus cuerpos desenfrenadamente, sin pudor y sin miedos. La timidez se había quedado en la ciudad, no había sitio para ella. Ahora, los dos osados amantes, se despojaban de sus ropas con audacia. Se tiraban uno encima del otro, para sentir el contacto de sus pieles, y de sus carnes, que se calentaban con excitación y lujuria.

Cuando Eros le quitó la falda y las bragas a Freyja, ella tuvo que levantar las piernas ligeramente hacia arriba, juntas, para luego volverlas a bajar y separarlas alrededor del cuello de Eros, quién en esa posición, se acercó con ánimo y lascivia hacia el sexo húmedo de la impúdica amante.

Lamió el clítoris delicadamente, con suavidad, para después acariciar los labios vaginales con sus dedos, abrirlos ante su boca e introducirles la lengua, esponjosa y húmeda. Cada vez iba más rápido, agitaba y removía la lengua arriba y abajo, circularmente, con fuertes sacudidas que despertaban los gemidos auténticos y de verdadero placer de la ardiente concubina.

Poco a poco él fue subiendo, en dirección a sus pechos, sin dejar de lamer todo su cuerpo. Se deleitó unos instantes con esos frutos erógenos, mientras ella se contorneaba de placer, abriendo sus piernas con fuerza y arrimando su vagina contra el vientre y la mano del intrépido amante que seguía masturbándola con energía.

Freyja subía su pecho con cada nuevo gemido de placer, contorneando su silueta con un movimiento reptilesco de gran sensualidad. Su pecho se erguía, subiendo sus pechos hacia arriba, como dos grandes cumbres, perfectamente redondas y con un volumen de ensueño.

Entonces el libidinoso amante llegó hacia su boca, y los dos se juntaron en un lúbrico beso, y en un lascivo abrazo. Las piernas de Freyja rodearon a Eros, mientras el miembro viril del intrépido amante se posaba encima del sexo de la amada soñadora, abriendo sus labios, y acariciando su interior.

Los líquidos untaron los dos sexos, y entre ese mar lujurioso y de dulces sabores, el pene entró con ímpetu dentro de las carnes de Freyja, penetrando su vagina y desatando la orquesta morbosa de gemidos y palabras de obscena lujuria.

Selene columpiaba la bóveda celeste con su velo, mientras los cuerpos desnudos de los dos amantes se mecían en una fusión de líquidos excitantes. Y así, durante intensos minutos de gozo y placer, los dos amantes se fusionaban en el arte del sexo…

Freyja asumió de pronto el dominio orquestal, girando con su impúdico amante y poniéndose encima de él. Sentada en esa nueva posición, clavada al portentoso, duro y ardiente pene que la penetraba, volvió a gemir y a sacudir su cabeza arriba y abajo.

Se puso un momento de pie, en cuclillas, como si quisiera sentarse en una silla, amoldando sus nalgas, su culo y su sexo, encima del miembro tenso y duro que la penetraba. Y apoyada con sus manos en el vientre de Eros, movió con energía sus nalgas y su culo arriba y abajo, sacando el pene de su interior, para volver a clavarse en él con golpes energéticos. Sus pechos bailaban con fuertes arremetidas, acurrucada su perfecta forma entre los brazos tensos de la excitada hija de Lilith.

Los dos gimieron, gritaron y sacaron a volar por el viento, palabras de lujuriosos significados. Sus sombras se imprimían en la arena, dejando huella, un recuerdo inmortal que sólo ellos dos conocerían, y que en el futuro podrían revivir, repetir y renacer en él.

Los minutos pasaban, intensos, veloces, raudos y audaces; mientras en su interior el sexo les dibujaba la idea de un futuro brillante, juntos y enamorados para la posteridad. La imagen de ese futuro cada vez cobraba más cuerpo y claridad, del mismo modo que la Luna, fantásticamente brillante arriba en el cielo. El Astro Gris brillaba con una intensidad magnífica y nunca vista, reflejándose en el mar y en sus olas, como el velo de Selene, volando con ondulada languidez encima del agua salada.

¡¿Pero qué fue eso?!

Una expresión de terrible horror se reflejó entonces en el agua. Los mares cambiaron, se estremecieron ante tal imagen. La playa se quedó muda.

Arriba, en las alturas, un llanto suave, tímido y débil murmullaba detrás de la Luna. Fugazmente se veía la figura de Selene moverse de un lado a otro. Su velo se desprendió, y cayó succionado hacia los espacios exteriores, y de pronto se destapó algo horrible, la pavorosa verdad escondida, ¡que de pronto se asomaba al mundo!

El rostro de Selene salió detrás de la Luna, llorando, con la mirada perdida, y gritando confusas palabras de desorientación.

“¡Huid! ¡Huid!”

“¡Huid! ¡Huid!”

Pero nadie podía escuchar esas palabras… algo empezaba a suceder, algo que acalló a la Diosa griega. Su rostro se desencajó del horror, se mirada, totalmente perdida, con los ojos espeluznantemente abiertos, sucumbieron a las tinieblas.

La Luna, ahora brillaba con una luz espectral, mostrando su apócrifa giba que se hinchaba y crecía como el cuerpo gomoso de un sapo. Crecía y crecía, cada vez más. En el cielo, las nubes se dispersaron, los pájaros dejaron de volar y la noche neptuniana se apagó.

La Luna, con su espantoso tamaño llenó todo el horizonte, emitiendo con sus destellos fríos y mordaces, la fealdad, el espanto y la locura. El horizonte se tambaleó, en el momento que la Luna llegó hasta él. Su tacto raspó las montañas, que cayeron al compás, como pisadas por los pies de un castillo inmenso.

Ya estaba tan cerca la Luna, ¡que parecía poderse tocar! Y en ese instante, cuando el océano se estremecía ante el inexorable contacto con ese cáustico astro de maliciosa frialdad, las olas se agitaron, arremolinadas y abriéndose hacia el cielo.

Sería insensato y de locura pensar que el agua, las olas y cada una de sus gotas pudieran salpicar la superficie polvorosa de la Luna, pero cuando Eros y Freyja se giraron, sorprendidos, asustados y asqueados por un nuevo ruido que asomaba de dentro del mar, de las profundidades insondables de oscuras latitudes, sus ojos contemplaron como esa giba corrompida se mojaba con el agua salada de un mar benevolente y amable, adulterando cada una de sus gotas bajo los influjos detestables de un mal acechante.

Entonces, los dos amantes, unidos, compenetrados en el arte del sexo, vieron como la Luna caía en medio del mar Mediterráneo, como un pesado titán de quimérica fantasía, y abría las aguas que se estremecían, se agitaban y se convulsionaban creando un inmenso tsunami que crecía y crecía hasta ocultar la luz de las estrellas.

Con los ojos muy abiertos, vieron como el tsunami se abalanzaba sobre ellos, sobre las ciudades y las costas europeas. Pero no tuvieron miedo de eso, no, para ellos fue fácil asumir que lo que un día se irguió artificialmente, de nuevo, ahora, el tiempo hubiera decidido que ya había llegado el momento de volverlo a hundir.

No tuvieron miedo de ello, no… había otra cosa… algo antinatural, ciclópeo e inhumano… algo que latía, algo que vibraba y zumbaba entre las olas…

Incontables protuberancias de horrendas formas, imposibles de detallar, se abrían repartidas por todo el tsunami, como siniestros gérmenes y horripilantes virus gigantes que pretendían invadir el planeta. Entonces se supo la verdad. La verdad oculta bajo la fingida falsedad, bajo la tergiversada imagen que los ojos de Eros y Freyja percibían con asco:

>> Un enjambre innominable de pura maldad, que volaba por el cielo esparciéndose por doquier, sembrando el caos y la locura. Turbando el mismo aire, haciendo temblar a las estrellas, retorciendo de horror a la vida misma. Eran interminables ríos de ilimitada corrupción, de una inacabable depravación que se mezclaba, bullía y hervía como los impuros y degenerados líquidos de la ultratumba, trayendo con infinito desenfreno, la muerte y la putrefacción, la infinita contaminación que contagiaba con inmortal perversión la locura y la perdición absoluta.

Un enjambre innombrable de indestructible calamidad, un torrente de malicie y depravación maldita que traía consigo nefastas catástrofes, una hecatombe interminable que llevaba el devastador mensaje del pandemónium eterno. Una mefistofelia torrencial, un hervidero de pura maldad que desataba los fuegos del purgatorio y nos hacía ver los mismísimos límites del fuego del Éreb. <<

Las explosiones se sucedieron repentinamente, con inagotable intensidad, por todo el planeta, por todo el mundo, alrededor de la existencia, en todo el universo.

En los ojos de los dos amantes destellaban los fuegos de la muerte, brillaban y resplandecían con horripilante belleza. Sus cuerpos temblaron, el espeluznante temor encogió sus corazones. Se abrazaron y se besaron, intentando ignorar lo que sucedía a su alrededor. Haciéndose un espacio infranqueable, único para ellos dos. Desplazando el horror hacia sus confines, al exterior, evitándolo, superándolo…

-Creo que nunca podré visitar tu “Ciudad de las Risas”…- dijo Eros, con pesar, pero con seguridad.

-Y yo jamás podré ver el cielo arder, el éter envuelto en llamas, flotando encima de las montañas nevadas y cristalinas de tu ciudad de Tallin…- susurró Freyja acompañando un suspiro.

-Pues hagámoslo ahora…- musitó Eros.

-Sí… hagámoslo ahora…- suspiró Freyja -visitémoslas ahora y hagamos de éste, el más grande de todos los momentos… ¿sí?-.

-Sí…-

Y con estas últimas palabras, los dos intrépidos amantes apremiaron un movimiento acompasado y armonioso, de suaves pero energéticos balanceos, arriba y abajo, rozándose y acariciándose en sus sexos. Dedicaron todas sus energías, todo su ímpetu y toda su voluntad. Dieron toda su vida, hasta el máximo en el sexo más grande y magnífico de toda la historia, que estaba a punto de desencadenar el súmmum placer.

Las arenas de la playa se ondulaban ante el paso de las naves alienígenas que sembraban la muerte a su alrededor. Todo se despeñaba, todo caía, todo era destruido… pero los dos intrépidos amantes seguían haciendo el amor, en medio del caos absoluto. Impertérritos, valientes, con gallardía e ímpetu. Los dos cuerpos se mecían energéticamente, se movían vertiginosamente a gran velocidad. Sus sexos se acariciaban y se rozaban, como sus manos, sus cuerpos, y sus abrazos. Los orgasmos empezaron a llegar, asomándose con una potencia que acallaba el ruido de las explosiones.

En medio del universal pandemónium, de los fuegos de la cólera y la devastación, los gemidos volaban raudos por el aire, salpicando el fuego y la ceniza, el humo y la ruina. Los líquidos de fabulosa dulzura subían por el pene erecto que penetraba a Freyja, mientras las aromas que salían de su vagina anunciaban ya sus propios líquidos, que empezaban a salir acompañando un orgasmo apoteósico.

Las explosiones seguían sucediéndose, acompasadamente, monótonamente. Un grito locuaz y libidinoso de Eros emancipó entonces estas explosiones, que se descontrolaron. El joven amante empezó a correrse, su orgasmo era total, reverberando movimientos y sonidos hacia la vagina de su joven amante. Ella los percibió, y fueron el desencadenante de su orgasmo. Freyja apretó muy fuerte las caderas, sacudiendo todo su cuerpo y tensándolo arriba, contra el de su joven amante. Entonces los dos orgasmos vibraron, palpitaron, trepidaron y estallaron inspirando a la invasión alienígena, que explotó con la candencia del fuego y se lo tragó todo, en medio de la eterna oscuridad del cosmos.



Jaume Moreso i Mallofré


 

Highway to hell 28 junio 2011

Archivado en: Amigos autores,Últimos post — raúl @ 23:47

Cerré con llave y a la calle de nuevo. La plaza era un enjambre de fe, aparcados había lo menos siete autobuses. Gente de, por y para Torino. Querían ver la Sábana Santa y allí estaban todos, hispanos, italianos con sus familias, chinos, escandinavos, abuelos y nietos, gente con uniforme, azafatas, perros y perras.
No había una terraza donde hubiera sillas libres, hacía un día de primavera puro y directo, eran las seis de la tarde y mi único objetivo del día era llegar antes de que el supermercado cerrase para agenciarme unas cervezas.
Debería de ir a ver la Sindone, dicen que la sacan a exposición cada diez años y quién sabe donde coño estaré yo en diez años, quizás me arrepienta, quizás sea una buena anécdota para contar a una madre, o puede que le deba algún día dinero a un cura, aunque eso ya importe menos, y menos aún la sábana del hijo−de−virgen ese, ¡Cristo las cervezas!
Vittorio Veneto es una plaza enorme, está dividida en cuatro plazas peatonales articuladas en cruz por dos vías para los coches. Cada plaza tiene bajopórticos bares, cafeterías y restaurantes con terrazas. Es la parte de atrás de mi casa. En mis cascos se oía “Giving the dog a Bone” y los silencié, quería escuchar lo que decía el camión que en ese momento y bajando por Via Po adelantaba a los autobuses blancos y entraba en la plaza con gran alarma. Yo cruzaba la plaza camino de mi objetivo.
Eran cuatro comunistas en una camioneta descapotable, iban fumando y agarrando un gran bloque de altavoces, encima de los altavoces estaba la voz del camión. El tipo se me parecía físicamente, leía un panfleto. Lo que el yo comunista venía a decir es que basta ya de tanta mentira y tanto buscar el dinero y jugar con la fe, que mientras los niños se mueren de hambre, la iglesia venerada en oro se enriquece con un sábana científicamente datada en el miltrescientos, en fin, nada nuevo que no supiese la gente que había en la plaza.
Llegué a tiempo para comprar las cervezas, también compré dos bandejas de alitas de pollo y una pieza de queso. De regreso me encontré delante de una galería de arte en la que no me había fijado hasta ese momento. Suelo de madera, paredes blancas y cuadros. Y allí estaba en una esquina, a cinco metros de mi, el cuadro mas maravilloso jamás pintado. Estaba completamente convencido de ello. El cuadro mediría dos metros de ancho por dos metros de largo, un poco mas que la Sindone. Era un espacio negro alterado, había infinidades de trazos de diversos negros, y todos ellos gritaban y se movían. Y en el centro del cuadro dos trazos blancos, esos dos trazos blancos parecían tener la culpa de todo aquel revuelo, de aquella tormenta en la que me encontraba sumergido. ¡Era magnífico, sublime!, debería enseñarle al pintor alguno de mis relatos pensé.
Yo estaba mirando al cuadro desde la calle, desde una de las ventanas que la galería tenía; esta ventana, esto lo supe después, era la que peor visión tenía si lo que querías ver era el cuadro. No se cuanto estuve allí parado mirando el cuadro, creo que fue mucho tiempo, pasaron muchas personas por mi lado y ninguna de ellas fue capaz de adivinar lo que me mantenía absorto, pero pasaron muchas. Pensé en robarlo, en comprarlo y en copiarlo. También pensé en entrar en la galería y preguntar por el autor del cuadro; hice esto último.
Al entrar dejé al cuadro a la izquierda de mi campo de visión, era diferente. Me sentía bien andando por aquel pasillo, suelos de madera, paredes blancas y nada de decoración, creo que lo llaman nihilista o algo así. Todo estaba en silencio, no llegaba ningún ruido de la calle. Iba mirando a los lados mientras andaba por allí, en armonía. Había mas cuadros.
Al fondo de la galería y en una mesita a modo de secretaria estaba sentada una vieja que apuntaba cosas de forma frenética, solo apartó la vista de sus hojas cuando ya me tuvo justo enfrente. Parecía que llevase allí una vida. Llevaba una camisa de flores a juego con su pelo rizado, me miraba por encima de unas gafas de pasta blanca. Tenía una sonrisa profesional, de esas que admiras en los demás. La vieja me indicó las escaleras que daban al piso inferior, había tenido suerte me dijo, el autor de los cuadros en exposición se encuentra abajo, él podrá ayudarle. Me di media vuelta y bajé por las escaleras.
El piso inferior mantenía la misma decoración que el superior solo que allí no había cuadros. En un extremo de la habitación cerca de la pared y sobre un pedestal de un metro había una televisión encendida, en el otro extremo de la habitación había una barra capaz de emborrachar mil hombres. Nada más. En el centro de la habitación sentado en el suelo con las piernas cruzadas había un tipo. Se levantó, fue a la barra y sirvió dos tragos, era mucho mas alto que yo. Whisky del bueno. Era medio calvo y los pocos pelos que tenía le daban un aire de artista suficiente. Llevaba una chaqueta blanca, una camisa blanca y un pantalón blanco, el traje le estaba realmente bien. Nada de arrugas. Tenía una barba de tres o cuatro días e iba descalzo. Su nariz era aguileña, sus ojos azules. Sacó del bolsillo de su chaqueta un cigarro y se lo puso en la boca, no se como cojones lo hizo pero juro por Dios que lo sacó encendido.
−¿Fumas?
− fumar fumo, pero será mejor que deniegue tu invitación o luego no tendré cojones de subir las escaleras, llevo unos días jodidos con el asma. − últimamente me asfixio como si me lo mereciera.
− ya somos dos− dijo, y se bebió la copa de un solo trago − también yo ando jodido estos días.
− ¿también tienes asma? − pregunté, y liquidé mi vaso.
− no no… el negocio. La vida del artista, que se hace más complicada por momentos-. Vaya problema el tuyo pensé, si, una pena, no hay mas que verte…gilipollas, me joden mucho los que se lamentan por nada. Bebimos y le di la razón.
El artista suficiente me rellenó el vaso; estábamos apoyados en la barra mirando distraídos la televisión. En ese momento una rubia delgada de nariz afilada estaba diciendo que había muerto el rey.
− Bueno y dime, ¿en que puedo ayudarte?
− bueno en realidad vine por el cuadro de fuera, el negro, aunque ya me da un poco igual, ahora me interesa mas tu wisky. ¿Que marca es?
− La mayoría lo llama el cuadro de las dos líneas blancas…− dijo.
− Cuestión de percepción, no se como lo hubiera llamado si hubiese descubierto este wisky antes…
Volvimos a rellenar. Brindamos por el cuadro. Volvimos a rellenar. Brindamos por la rubia del telediario.
− No es wisky − aclaró el artista.
− Tampoco tu eres pintor − dije – te he visto, he leído sobre ti, se quién eres. Eres el diablo.
− ¿Y no puede el diablo pintar cuadros? − era un tipo listo. Sonreía. Tenía razón, así que brindamos. Seguimos hablando y bebiendo durante horas, nos sentamos en el suelo y acabamos un par de botellas de lo que fuese que estábamos bebiendo. Nos lo estabamos pasando bien. Hablamos sobre la Santa Sindone, le pregunté si tenía pensado ir a verla. Me dijo que odiaba las colas.
Brindamos por la Santa Sindone.
Me contó cuando estuvo bebiendo con Bukowski y terminó tirándose a su mujer. Brindamos por las mujeres que se había tirado Bukowski, creo que brindamos por todas y cada una de ellas.
También hablamos de guerras, de libros y del infierno…
Cantamos y bailamos…
Luego decidí irme.
− Me voy a ir yendo colega − dije. Tras varias botellas uno coge confianza hasta con el diablo.¬¬
− De acuerdo chico − dijo mi amigo.
− ¿ Sabes?, soy escritor.
− Sois demasiados… – respondió él.
− Quizás pase otro día a saludarte, eres realmente un diablo cojonudo − dije en plena fase de exaltación de la amistad.
− Yo también lo espero − nos dimos la mano y una palmadita en los hombros. Faltó darle un besito. Subí por las escaleras con la mayor borrachera de mi vida.
Cuando conseguí llegar hasta arriba volví a bajar para recoger mi mochila con el pollo, las cervezas y todo eso… El diablo ya no estaba, oí un ruido y supe que era una cisterna. El muy cabrón estaba meando. Subí de nuevo las escaleras y salí de allí.
Pegué tres pasos y me encontré con una cristalera enorme que daba perfectamente frente por frente al cuadro, desde ahí era desde donde la gente lo contemplaba. Ya me había puesto los cascos, las cervezas empezaban a pesarme en la espalda, también yo me estaba meando, sonaban de nuevo los AC/DC…
De ese modo pase de largo por la cristalera enorme no interesándome en nada de lo que ésta me ofrecía. Esa tarde me di cuenta también que había una camarera nueva en el bar de debajo de mi casa. Era rubia y tenia en el brazo tatuado varias estrellas. Cuando llegué a casa, puse a enfriar las cervezas y escribí. Luego, bebí y brindé por todas esas personas que no conoceré jamás.

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Yo Deseo 16 junio 2011

Archivado en: Amigos autores,Últimos post — O.P. Wilkituski @ 16:18


¿Alguna vez habéis deseado haber nacido en otro tiempo o en otro lugar? ¿Vivir una vida sin preocupaciones? Yo sí. Pero a veces, los deseos se cumplen…

Cuando desperté, tenía la cara enterrada en el fango y no sabía dónde me encontraba. Me incorporé lentamente y sacudí la cabeza, intentando despejarme. Pronto me dí cuenta de que allí había alguien más. Tenía la vista borrosa, pero podía oírlos. Y tocarlos.

Me tambaleé hacia mi izquierda y mi costado acabó apoyado en una fría barra metálica, mientras yo trataba de acostumbrarme a la sensación de mareo. Al fin, comprendí que estaba en una jaula, y esa masa que se agitaba, quejándose, a mí alrededor, eran mis compañeros. Docenas… No, cientos de ellos.

¿Habría funcionado mi deseo? Desde luego, estaba en otro lugar, y probablemente en otro tiempo. Pero debía existir una explicación lógica. Yo nunca había creído en ridiculeces como los pozos de los deseos.

Al otro lado de los barrotes, una puerta metálica se abrió con un chirrido, iluminando el interior en penumbra del edificio. Un grotesco hombre, bastante sucio, entró con un saco al hombro, que dejó caer a algunos metros de mí, en el borde de la verja.

-Vuestra ración de hoy -gruñó el hombre.

-¡Espere! -le grité yo- Yo no debería estar aquí, señor. ¡No se vaya! ¡Sáqueme de aquí!

Demasiado tarde. La puerta se cerró con un fuerte golpe, al mismo tiempo que una lenta estampida, formada por mis nuevos vecinos, se dirigía hacia el lugar donde el tipo había volcado el saco. Procuré apartarme hacia un lado para que no me arrollasen, y fue entonces cuando me di cuenta de lo débil que estaba. Mis piernas apenas podían sostener mi cuerpo.

Me senté en una esquina mientras observaba a mis hambrientos compañeros alimentarse, entre chillidos y empujones. Algunos ni siquiera podían llegar a la comida, incluso pude entrever algunos cuerpos tumbados en el suelo, pisados accidentalmente una y otra vez por el tránsito de la masa.

¿En qué infierno me había metido? Miré mi antebrazo. Allí descubrí un número tatuado entre los montones de barro que tenía pegados y las magulladuras. Recordaba que el día anterior, habíamos estado hablando de las vidas más fáciles que se podían tener. Habíamos pensado en varias opciones que consistían únicamente en vivir sin preocupaciones, dormir, la comida y el sexo. Recordaba también que al final, entre risas y bromas, habíamos arrojado unas monedas al pozo de los deseos, sin tomárnoslo muy en serio… ¿Qué había pedido yo al final? Había pensado en vivir como en la prehistoria, pero obviamente, eso no era la prehistoria. No tenía ni idea de qué había deseado, aunque notaba algo distinto en mi cuerpo que no conseguía identificar. Tenía que recordarlo. Tenía que recordar cuál había sido mi deseo.

Algo mojado y caliente me despertó de pronto, salpicándome la cara. Me había dormido sin darme cuenta, y ya había pasado toda una noche. Levanté la cabeza y pude percibir un fuerte olor a vómito. Cuando escuché de nuevo el característico sonido de una garganta regurgitando, alcé la vista un poco más hasta encontrarme con la cara de uno de mis compañeros. Algo me resultaba familiar. Supuse que el cuerpo en el que ahora estaba tendría sus propios recuerdos, pero una parte de mí, la parte que quería hacerme recordar mi vida anterior, gritaba dentro de mi cabeza para hacerme ver que había algo extraño en mis compañeros.

Salté hacia atrás de sorpresa y terror cuando vi que a mi compañero le faltaba uno de sus ojos, en cuyo lugar había un agujero mal curado, cubierto de sangre seca. Y cuando abrió de nuevo la boca, pude ver que la bilis se escurría a través de unos dientes demasiado desgastados como para deberse a una erosión natural. Alguien los había pulido mecánicamente.

-¿Te encuentras bien? -le pregunté- ¿Te ha sentado mal la comida?

Silencio.

-¿Cómo te has hecho eso? ¿Has tenido un accidente?

De nuevo, silencio fue la respuesta que obtuve. La puerta se abrió otra vez y el mismo hombre del día anterior entró, esta vez sin ningún saco sobre el hombro.

-¡Menos mal que ha vuelto! -exclamé con alegría- Esto es un error. Tiene que sacarme de aquí… y debería atender a mi compañero, creo que se ha puesto enfermo. Pero ¿¡qué hace!? ¡Oiga! -chillé mientras me agarraba bruscamente y me arrastraba sin ninguna consideración junto con otros prisioneros de aquella celda.

Aquel enorme hombre acabó por meterme en la parte trasera de un camión, también abarrotado de otros como yo. Todos marcados con un número en su antebrazo. Uno de ellos parecía respirar con dificultad.

Varias horas después, por fin, las puertas traseras del camión se abrieron. Me moría de sed y de hambre. Esperaba que nos diesen algo, cualquier cosa, aunque volviesen a meternos otra vez en otro de esos lugares, en aquella especie de “campos de concentración”. Pero no fue así. Varios tipos más, cada uno con un aspecto más aterrador que el anterior fueron bajándonos del vehículo.

Eché un último vistazo hacia el interior del compartimento, buscando con los ojos a aquel compañero que casi no podía respirar al comienzo del trayecto. Al fin, lo vi, y definitivamente, ya no iba a respirar nunca más…

Un miedo terrible me invadió ante la posibilidad de que pudiese sucederme a mí lo mismo. Me agité con nerviosismo, por lo que aquellos tipos se apresuraron en contenerme, agarrándome y llevándome de vuelta al grupo sin ninguna delicadeza.

Formábamos una fila que iba avanzando hacia el interior de un edificio con lentitud. Con una cruel lentitud. Lo que me colocaba en una situación de miedo que no podría soportar durante mucho más tiempo.

-¡Yo no debería estar aquí! -traté de convencerlos una vez más, sin éxito alguno.

Cuando llegó mi turno para entrar en la imponente construcción, intenté retroceder unos pasos hacia atrás. Veía la puerta al final de un largo pasillo. Reconocía lo que era. Intenté caminar hacia atrás, retrasando lo inevitable.

-¡Camina! -me gritó uno de los hombres, arreándome una patada en el trasero que me hizo dar un traspiés y caer al suelo.

Era una cámara de gas.

Poco a poco, el destino al que me había enviado mi deseo se iba aclarando en mi mente. Pero no debía ser así. No debería haber sido así. No tuve todas las posibilidades en cuenta. Me lamenté, con lágrimas brillantes deslizándose por mi rostro. O por el rostro de mi nuevo cuerpo. Aquella ni siquiera era mi verdadera cara…

Y sin darme cuenta, allí estaba. En el interior de la cámara de gas. Tosí. Tosí de nuevo. No podía parar de toser. Sentía el gas deslizarse dentro de la sala y la sensación de picor en mi garganta. Escocía mucho. Caí de costado. De pronto, casi dejé de sentir. Me adormecí. Y la puerta se abrió, o al menos, noté que sus visagras hacían un ruido metálico.

-¿Ya está bien atontado? -escuché a uno de los hombres, casi como un eco lejano.

-¿Qué más da? -dijo el otro- Tenemos prisa.

Sentí el suelo deslizarse debajo de mi, o quizás era yo quien me deslizaba sobre él. Noté también que colgaban mi cuerpo boca abajo, suspendido en el aire. Y olía ese terrible olor… El olor de la sangre.

Un líquido caliente, espeso, de sabor ferruginoso, me salpicó una mejilla y rozó mis labios. Ni siquiera tenía fuerzas para rebelarme contra el asesino de mis compañeros o escapar antes de que me tocase a mí. Pero mi turno llegó.

Quise usar mis brazos para golpear al hombre, que se me acercó despacio, sin prisas, cubierto de rojo y con un enorme cuchillo que emitía destellos plateados. Mis músculos no respondían, ninguno de ellos. ¡Si apenas podía mantenerme consciente!

Finalmente, sentí el frío acero deslizarse a través de la carne. Cuando el cuchillo se retiró de mi cuello, una catarata de sangre se derramó en el suelo, y pude notar perfectamente como el líquido se deslizaba a través de mi garganta, llenando mi boca con el sabor de mi propia sangre, que se filtraba entre mis labios, precipitándose en largos hilos que iban a morir al suelo enrejado.

Supuse que todos mis compañeros habrían muerto ya, y que yo, inmóvil y cubierto por aquel tinte macabro, lo parecería, sin lugar a dudas. Bajaron uno a uno los cadáveres y nos colocaron en una cinta que nos llevó hacia un lugar que preferiría no haber conocido jamás.

Seguramente, muy pocos habrían seguido vivos y conscientes como yo llegados a este punto. Mientras la cinta se acercaba a su final, yo recordé perfectamente mi deseo. Comprendí lo que me había resultado chocante en cuanto a mi propio cuerpo y a mi compañeros…

“Quiero irme a mi casa” intenté articular.

Quedaban muy pocos metros para el final del trayecto. Quedaban muy pocos metros para los tanques de agua hirviendo que separarían mi piel, mi grasa y el resto de mi cuerpo. Quedaban muy pocos metros para mi muerte, cuando…

Deseé con todas mis fuerzas no haber pedido nunca haber nacido siendo un cerdo.

O.P.Wilkituski


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EL REPARTO DEL PASTEL 17 mayo 2011

Archivado en: Amigos autores,Últimos post — josegomezp @ 10:03

PARA EMPEZAR TENGO QUE AVISAR QUE ESTE PASTEL NO ES MUY DULCE QUE DIGAMOS, YA QUE SE TRATA DEL PASTEL DEL MUY NOMBRADO FRACASO ESCOLAR POR TODOS TAN CONOCIDO COMO IGNORADO Y QUE DESPUES DE DARLE MUCHAS VUELTAS NADIE SE ATREVE A COJER SU PARTE, PUES TODOS SAVEMOS QUE NO ES PRECISAMENTE DEL SABOR QUE MAS NOS GUSTA. AL ESTAR HECHO CON UNA RECETA QUE POR DESGRACIA NO ES NI LA MAS ACERTADA NI LA QUE MEJORES RESULTADOS TIENE.
COMO BASE DEL PASTEL TENEMOS UNA LEY DE EDUCACION CON ERRORES TAN BASICOS COMO MEZCLAR ALUMNOS DE EDADES TAN DISPARES EN UN MISMO CENTRO, DANDO COMO RESULTADO QUE LOS DE MENOR EDAD COPIEN LOS AVITOS DE LOS MAYORES, SIEMPRE LOS MENOS FAVORABLES DESGRACIADAMENTE.
EL HECHO DE IMPLANTAR UNA LEY SIN DOTAR PRIMERO A LOS CENTROS DE LOS MEDIOS NECESARIOS TANTO TECNICOS COMO HUMANOS, COMO DE NO SER CONSECUENTE CON LA REALIDAD SOCIO-FAMILIAR EN EL TEMA DE LA EDUCACION HACE QUE DICHA LEY ACABE CON LA TASA ACTUAL DE FRACASO ESCOLAR.
ESTO IMPLICA A TODAS LAS ADMINISTRACIONESY GRUPOS POLITICOS, TANTO POR LA FALTA REAL DE INTERES, AL NO DOTAR DE LOS SUFICIENTES RECURSOS PARA EDUCACION EN LOS PRESUPUESTOS, COMO DE PERDER EL TIEMPO Y PARTE DE ESOS RECURSOS EN DISCUSIONES, BOICOTEAR PLANES EDUCATIVOS PROMOVIENDO CONTENCIOSOS EN CONTRA DE ASIGNATURAS, A TODAS LUCES ACERTADAS, ENFRENTANDO A LOS PROPIOS PROFESORES Y RETRASANDO LA PLANIFICACION DEL CURSO.
EL SIGUIENTE INGREDIENTE SERIAN LOS RESPONSABLES DE LOS CENTROS Y PROFESORES, CON POCOS MEDIOS EN MUCHOS CASOS, CON POCA MOTIVACION EN
OTROS, CON IMPLICACIONES EXTRA ESCOLARES QUE MUCHAS VECES INTERFIEREN EN SU LABOR (EN PERJUICIO DE SUS ALUMNOS) INTERESES PERSONALES QUE SE ANTEPONEN A SUS OBLIGACIONES DESCUIDANDO SUS RESPONSAVILIDADES Y EN OCASIONES HASTA LA SEGURIDAD DE LOS ALUMNOS.
SI ELLOS MISMOS NO SON EJEMPLO DE PROFESIONALIDAD, SERIEDAD, PUNTUALIDAD, RIGOR, …DIFICILMENTE LO INCULCARAN EN SUS ALUMNOS, TODO ELLO EN DEFINITIVA FORMA PARTE DEL FRACASO ESCOLAR.
LA DOCENCIA ES UNA LABOR DURA. NO SIEMPRE RECONOCIDA NI AGRADECIDA PERO QUIEN LA ELIGE COMO PROFESION DEVE TENERLO EN CUENTA DE ANTEMANO POR QUE LA RESPONSAVILIDAD QUE ADQUIERE AL ELEGIRLA ES MUY GRANDE, EN SUS MANOS ESTA EN GRAN MEDIDA EL FUTURO DE SUS ALUMNOS. EL QUE ACABA EN ESTA PROFESION COMO UNA SALIDA, NO COMO UN OBJETIVO ACABA POR FRACASAR Y ARRASTRA EN SU FRACASO A SUS ALUMNOS.
OTRA PARTE DEL PASTEL SON LOS PADRES, EN LA MAYORIA DE LOS CASOS PREOCUPADOS DE INFINIDAD DE COSAS TAN IMPORTANTES QUE LES ES IMPOSIBLE OCUPARSE DE LA LABOR DE EDUCAR A SUS HIJOS, LABOR QUE NO HAY QUE OLVIDAR ES DE LOS PADRES,
LA DE LOS PROFESORES ES FORMAR AUNQUE SE LE LLAME EDUCAR,Y EN DEMASIADAS OCASIONES SE CAE EN EL ERROR DE CONFUNDIR LOS TERMINOS.
SI NO LES EDUCAMOS EN CASA DIFICILMENTE NADIE PODRA EDUCARLES FUERA, SI NO NOS RESPONSABILIZAMOS DIFICILMENTE LES HAREMOS SER RESPONSABLES
SI NO NOS COMPROMETEMOS DE VERDAD EN SU EDUCACION NO PODEMOS ECHAR LA CULPA A LOS DEMAS, ALGO A LO QUE SE RECURRE CON DEMASIADA FRECUENCIA, EN PERJUICIO DE NUESTROS HIJOS Y QUE COMO CONSECUENCIA LES LLEVA AL FRACASO ESCOLAR.
LA PARTE FINAL DE ESTE PASTEL LA FORMAN COMO NO LOS PROPIOS ALUMNOS, LOS MAS AFECTADOS EN ESTE PASTEL PERO QUE POR DESGRACIA SUELEN SER LOS MENOS ESCUCHADOS, LOS MENOS INVOLUCRADOS Y LOS MAS PERJUDICADOS.
SI BIEN ES VERDAD QUE SON VICTIMAS TANTO DE PADRES, PROFESORES, GOVERNANTES, LEYES Y CONTEXTO SOCIAL EN GENERAL, TAMBIEN ES CIERTO QUE PARTE DE CULPA TAMBIEN TIENEN (EN MAYOR O MENOR MEDIDA SEGUN SEA SU EDAD) AL NO TOMARSE SU PROPIA EDUCACION COMO ALGO BASICO PARA SU DESARROYO PERSONAL Y SU FUTURO EN GENERAL.
LA FALTA DE VALORES SOCIALES ES ALGO A LO QUE SE RECURRE COMO ESCUSA CON MUCHA FACILIDAD. PERO LO QUE MUY POCOS ESTAN DISPUESTOS ES HACER QUE FORMEN PARTE DE SUS NORMAS DE CONDUCTA. POR LO GENERAL SE DEJAN ARRASTRAR POR LA CORRIENTE QUE ESTE MAS DE MODA EN ESE MOMENTO, QUE SIEMPRE ES MAS COMODO QUE NADAR CONTRA CORRIENTE.

COMO GUINDA FINAL DEL PASTEL ESTAN LAS ESCEPCIONES QUE CONFIRMAN LA REGLA, COMO SE SUELE DECIR,QUE ESPEREMOS QUE CON EL TIEMPO SEAN CAPACES DE ENDULZANOS DEL TODO ESTE PASTEL POR EL BIEN DE LA SOCIEDAD EN GENERAL.

José Gómez Parrado

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REFLEXIONES 16 mayo 2011

Archivado en: Amigos autores,Últimos post — josegomezp @ 17:07

UN DÍA DE VACÍO INTERIOR

No puedo parar… no quiero parar.
La necesidad me invade.
¿Por qué yo no puedo hacerlo?
¿Es que no tengo el mismo derecho?
¿Es que acaso no nací desnudo igual que todo el mundo?
He de seguir, necesito seguir…
No sé adónde he de llegar, si el camino es la meta o es el fin…
Tengo que seguir, no debo parar, no me he de rendir.
Que sea hasta el final, que no quede nada por intentar.
Que el mismo camino me lleve al fin o vuelta a empezar…
Y tengo que seguir, quiero seguir…
Necesito intentarlo, he de hacerlo, que sea hasta el fin.
Si no, ¿qué me quedará? ¿La melancolía del pasado?
¿El sufrimiento de no haberlo intentado?
No quiero parar… no puedo parar…


UN MOMENTO DE ENSIMISMAMIENTO

ME SORPRENDO A MI MISMO AL NO REACCIONAR ANTE TANTA INJUSTICIA
ME SORPRENDO A MI MISMO AL REACCIONAR SABIENDO EL RIESGO
ME SORPRENDO A MI MISMO POR EMOCIONARME ANTE LA TERNURA
ME SORPRENDO A MI MISMO POR REACCIONAR CON TANTA FRIALDAD
ME SORPRENDO A MI MISMO SI DEMUESTRO EGOISMO
ME SORPRENDO A MI MISMO SI DEMUESTRO DESINTERES
ME SORPRENDO A MI MISMO CUANDO REACCIONO
ME SORPRENDO A MI MISMO CUANDO NO SE COMO REACCIONAR
ME SORPRENDO A MI MISMO NO QUERIENDO COLABORAR
ME SORPRENDO A MI MISMO NO PARANDO DE AYUDAR
ME SORPRENDO A MI MISMO CADA DIA AL DESPERTAR
ME SORPRENDO A MI MISMO CADA NOCHE AL ACABAR
ME SORPRENDO A MI MISMO SOBRE TODO AL EMPEZAR
ME SORPRENDO A MI MISMO SOBRE TODO EN EL PROCESO
ME SORPRENDO A MI MISMO EN EL INICIO DE UN PROYECTO
ME SORPRENDO A MI MISMO EN EL DESARROLLO DEL MISMO
ME SORPRENDO A MI MISMO CON CADA PASO
ME SORPRENDO A MI MISMO CON CADA GOLPE
ME SORPRENDO A MI MISMO…. Y ESPERO VOLVERME A SORPRENDER

José Gómez Parrado

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Ganas de Quedarse 18 abril 2011

Archivado en: Amigos autores,Últimos post — claudiaynel @ 17:00

Juego de colores en somnolienta nube,

violeta por fuera, rosa por dentro,

fruta volátil que sabe a reloj inmóvil,

a deseo consentido y a deber ignorado,

fruta que viaja como un coco en la corriente

navegando sobre el eco de una voz.

Quiero exhibir esa voz

en público homenaje,

mostrando los restos de un día:

mañana sin tiempo con destello de plata,

alegría por la tierra conocida y encontrada,

cascabel en el pecho, con sonido de selva y agua,

rincón de negra lluvia

que cubre con sus gotas

un desnudo y aterciopelado sol…

Homenaje a la fruta lustrosa

en mi recién inaugurado museo de palabras:

homenaje al poeta que deshace leyes y leyendas

curando con auténticas mentiras las inciertas verdades.

Homenaje a aquel que, cierto día, mostró

ganas de quedarse, ganas de volver…

Y ahora el oscuro deseo llena mi blanco vacío,

la voz oscura, lustrosa, me marca el ritmo

y aquí estoy,

trenzando palabras

con ese sueño oscuro y volátil del día de ayer.

©  Claudia Aynel,  Abril 2011


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Caída y Resurrección 27 marzo 2011

Archivado en: Amigos autores,Últimos post — marcoasantanas @ 18:32

No es nada fácil emular al ave Fénix. Resurgir de las cenizas en proyección ascendente al firmamento envuelto en llamas purificadoras. La resurrección no es tarea sencilla. No basta con lamerse las heridas. Recomponerse requiere tiempo. Reunir los pedazos esparcidos y hacer que encajen del mismo modo es imposible. Una vez te has roto nunca vuelves a ser el mismo. Te transformas en otra cosa. Te reinventas por pura necesidad de supervivencia y el resultado consecuente no deja de sorprenderte. Aunque tu aspecto físico no se aleje de lo que siempre ha sido, no te reconoces ante el espejo. ¿Quién será ese que habita ahora en tu cuerpo?… Nuevamente, deberás aprender a conocerte, a saber hasta donde puedes llegar, no sea que vuelvas a caer y tus pedazos se esparzan por doquier.

Vivir es cambiar, evolucionar de un modo u otro, marcar objetivos, metas a alcanzar, dicho de otro modo, tener razones para existir. Lo curioso del caso, es que esas mismas razones suelen ser las causantes de nuestras caídas en picado al vació. Por ello, recomiendan que establezcas metas a corto plazo y, a ser posible, no demasiado ambiciosas, ya que el grado de decepción se mide por el tamaño de la aspiración. Supongo que esa premisa dependerá del nivel de aguante de cada uno. Si eres capaz de resistir los impactos de las caídas con entereza podrás afrontar retos mayores que si te hundes a la primera de cambio. Aun así, si un Dios joven tarda tres días en resucitar… ¿Cuanto se supone que tarda un mortal?…

Que gran proeza esa de resurgir de las cenizas, sacudirse el polvo del camino y sonreír como si no hubiese pasado nada. Ante esa perspectiva quién se reprime a la hora de alcanzar sus sueños. Los más inalcanzables suelen ser los más atrayentes. Cuesta ignorarlos. Sus sugerentes propuestas nos atraen como insectos a la miel, eso si, siempre con la sombra de la frustración siguiéndonos los pasos. Repulsiva ave carroñera que se relame ante la posibilidad de un nuevo fracaso, momento en el cual, aprovecha para nutrirse con nuestro dolor, ralentizando la ascensión del purgatorio al que somos catapultados según nuestro grado de ambición.

No, no es nada fácil emular al ave Fénix, pero tampoco lo es ignorar la seductora llamada de nuestros sueños. Somos títeres de nuestros anhelos, pero sin ellos, somos cascarones insulsos, amasijos de células desplazándose por inercia en un mundo plagado de sugerentes expectativas. Así pues, nunca dejare de soñar, de estrellarme y caer para luego resurgir envuelto en llamas purificadoras, felizmente preso en este bucle hasta el fin de mis días.

yrunay

© Marco Antonio Santana Suárez


 

El argentino mefistofélico 15 febrero 2011

Archivado en: Amigos autores,Últimos post — Jaume Moreso i Mallofré @ 17:45

EL ARGENTINO MEFISTOFÉLICO

Dedicado a Jorge Riofrio,
gran amigo y compañero.


Las ramas y las hierbas secas crujían bajo el cuerpo del pobre chico mutilado, que avanzaba con torpeza. La única pierna que le quedaba se agitaba frenéticamente tratando de impulsar su cuerpo hacia delante, huyendo de algo, o de alguien… Detrás de él unas pisadas más fuertes y persistentes se acercaban con espeluznante monotonía…

El chico miraba de un lado a otro, con el rostro desencajado por el terror, tratando de encontrar una salvación, o esperando despertar de esa pesadilla. Pero el terrible dolor que sentía en su pierna cortada, le aseguraba, lamentablemente, que eso no era ningún sueño.

Había perdido mucha sangre y el mundo estaba huyendo de él, escurridizo, como sombras vagas imposibles de atrapar, que persigues durante evos de ensueño… Pero entonces, de pronto, un ruido seco volvió a traerlo hacia la realidad. Giró la cabeza con lentitud, tratando de mirar hacia atrás, temiendo lo que podría ver… y ahí estaba él, sujetando dos cuchillos de cocina untados con sangre humana, el argentino mefistofélico…

-Les dije: “¡No me rompan los helados!” Les dije… se lo dije, sí, se lo dije: “¡No me rompan los helados!” ¡Se lo dije…! ¡Infiernos!- salían estas palabras de su boca que no dejaba de moverse, gesticulando con demencia -¡No me rompan los helados!- y gritando con cólera, él le rompió la cabeza por la mitad, al pobre muchacho mutilado…

¡Qué triste final para ese pobre chico! ¡Con una pierna menos, la cabeza abierta, muerto de sed y hambriento! Ahora os preguntaréis qué demonios tiene de importante que estuviera muerto de sed y tuviera hambre, cuando le habían cercenado una pierna y partido la cabeza. ¡Qué estúpida insignificancia! ¿No? ¡Pues no! Y para que lo comprendáis, ahora tengo que volver atrás, y contaros las circunstancias que llevaron a este pobre chico a su triste final.

Su nombre era Antonio, Antonio González. Muchos le llamaban Antoñete, pero bueno, no es muy importante. Prosigamos. El pobre infeliz se había quedado tirado en una carretera polvorienta en medio de la calurosa plana del Urgell, cuando la chatarra de su coche decidió que ya era momento de pasar a mejor vida.

Asqueado y muerto de calor, bajo unos crueles rayos de sol, anduvo durante horas en medio de la nada, tratando de llegar a algún pueblo, o zona habitada. Al rato, sus ojos contemplaron, aliviados y con esperanza, un bar restaurante que clavaba sus cimientos en un flanco de la carretera.

“La Dulcísima: endulza tu vida” rezaba el eslogan.

Entonces, Antoñete dudó unos instantes, pensando que si entraba en ese lugar le podrían confundir con algo que no es. Pero bueno, vayamos al grano. Antoñete tenía mucha hambre, y sed, tal y como os he contado en el último episodio de su vida. Así que decidido a medias, entró en el bar…

El lugar se veía bonito y limpio, eso no se podía poner bajo la sombra de la duda, pero la gente… mmmmmmm… la gente… era la clientela más rara que había visto nunca. Había caras de todo tipo, expresiones sardónicas y pretenciosas, voces lúgubres y otras tantas muy viriles… pero ninguna como la que de pronto empezó a brotar de las cuerdas vocales de alguien que estaba saciando su ludopatía en una máquina de lo más vanidosa:

-¡Eres más tonto! ¡Argentino tenías que ser! ¡Sudaca! ¡Ay…!- vomitó ese ser, con un gruñido de ultratumba. Un puñado de cacahuetes le rebotaron en la cabeza y por toda la cara, en respuesta a sus palabras. El camarero de la barra se los tiraba con una sonrisa en los labios, mientras decía:

-¡¿Qué dices, princeset?! ¡Hablá bien! ¡Hablá más fuerte! ¡Que no se te endiende! ¡Toma, come cacahuetes mono! ¡Pero qué tonto eres! ¡Pero qué tonto…!- y se ponía a reír con una postura de macho dominante que apabullaba a la pobre cocinera que en ese instante cruzaba la barra para entrar a su lugar de trabajo.

De mientras, otro camarero, muy diferente a este primero, no tan macho ni viril, corría de un lado a otro del bar atendiendo servilmente a la clientela. Se le veía cansado e irritado, y más aún cuando las viejecitas le hacían ese ruidito chispeante que se alarga entre dientes.

Sacando pecho y haciendo de tripas corazón, Antoñete se adentró en el bar, acercándose a la barra donde el primer camarero, el más machote y varonil, se pavoneaba hablando de mujeres, con un cliente de posturas fanfarronas.

-Por favor…- dijo, con un hilo de voz -¿Me pone una cerveza y uno de esos bocadillos?- pidió tímidamente, señalando la vitrina que tenía delante. Pero no obtuvo respuesta alguna. El camarero argentino siguió hablando de mujeres, sin prestarle atención.
-¿Por favor?- insistió pasados unos minutos.
-No me moleste- contestó el camarero -estoy ocupado trabajando, ¡¿no lo ve?!-.
-Oh, vaya…- suspiró Antoñete -pues cuando pueda…-.
-Sí, sí…- contestó el camarero viril.

Pero pasaron los minutos, y el pobre Antoñete seguía sin ser atendido. Por su cabeza pasaban pensamientos críticos y de desprecio que no osaba decir en voz alta. “Seguro que si fuera una tía bien guapa como algunas de las que habla este tío, me prestaría más atención. ¡Ostras! ¡Pero cómo soy un tío!” pensó en ese momento.

Entonces buscó con la mirada al otro camarero, a ver si éste le prestaba más atención. ¡¿Pero cuál fue su sorpresa?! ¡El otro también estaba hablando! Unas señoras le habían preguntado cómo se llamaba, según lo que parecía, interesadas en un anuncio puesto por el camarero en el que promocionaba su tercer libro que iba a publicar en agosto.

-Me llamo Jaume- respondió el camarero, haciéndose el interesante.
-¿Jaume qué más?- inquirió una señora de mediana edad que lo miraba con palpable interés.
-Ahhh…- balbuceó -Moreso…-
-Tendré que acordarme- dijo esta clienta, mirándolo de arriba abajo -así podré decir que te conozco cuando seas un escritor famoso…- y le guiñó un ojo con picardía.
-Bueno… no sé si seré famoso…- respondió tímidamente el camarero aprendiz de escritor.
-¡Ya verás que sí! ¡Con este estilo que tienes! ¡Mejor que un torero!- le volvió a guiñar el ojo.
El camarero escritorzuelo no supo qué decir, estaba ruborizado y miraba hacia otros lados.
-¿Y sobre qué es este libro que publicas?- se interesó la señora, que lo miraba hambrienta.
-Ah… bueno… son relatos cortos de fantasía, terror y alguno de erótico…-
-Oh, caramba, erótico… qué interesante…-
El camarero tragó saliva.
-Si bueno- se anticipó a decir -también tengo alguno de terror medio cómico… por ejemplo el que se titulará “El Argentino Mefistofélico”, y será algo como que… basado en algunas cosas reales…-
-¿Y me lo dejarás leer no?- preguntó la señora, con picardía.
-Sí, ¡claro! Cuando lo saque traeré algunos ejemplares aquí para vender…- terminó la frase débilmente, con un suspiro, cuando unos gritos le alertaron.
-¡Rompan con cuidado! ¡Rompan con cuidado! ¡Infiernos!- llegaba volando, como una bofetada, una voz masculina, potente y armónica -si total… ¡lo paga el jefe!-.
Otra voz, más debilucha, que no se llegaba a entender, respondía a esos comentarios mordaces. Pero la voz masculina era más potente, y llegaba con persistente intensidad, aplacando a la otra -¿Y el coso? ¡¿Qué no lo sabes? ¡¿Con qué sí?! ¡Ya te diré yo a dónde va el coso! ¡Mira!- de pronto se escuchó un golpe muy fuerte, precediendo a un crujido de huesos.

La mirada del camarero intento de escritor se tornó en sorpresa, y se acercó preocupado al lugar del misterioso ruido. Un hombre alto, con un suéter ridículo y un bigote de lo más curioso, salió de la cocina, con pasos anchos y decididos. Su cabeza no paraba de balancearse con entusiasmo, y su boca, debajo de ese mustacho rimbombante, se contorneaba frenéticamente de un lado a otro, abriéndose y cerrándose como si corriera una cremallera imaginaria.

-“¡Cuiden los vasos!” Les dije… ¡Sí! ¡Vaya si les dije! “Cuiden la vajilla, que es cara…” les dije… ¡Pero no! ¡Todo son pérdidas! ¡Todo… todo son pérdidas!- balbuceaba con rabia, como un rinoceronte después de una colonoscopia -¡Ay…! ¡Pero ya verán cuando les descuente del sueldo…!-.

El otro camarero, el macho alfa, no se había inmutado demasiado. Ahora hablaba de sus músculos y de los ejercicios que hacía en el gimnasio, demostrando algunos movimientos mientras sacaba pecho. De pronto miró de reojo al señor mayor cuando decía: “-¡Qué paciencia tengo que tener! ¡Me van a salir canas verdes! ¡Infiernos! ¡Canas verdes!-”. Y se desplazó discretamente en dirección a la puerta de salida, cruzándose un momento con dos viejetes que le pedían la cuenta al argentino bigotudo, que no paraba de renegar.
-Señor, señor…- decía un viejete -¿Quién me cobra los dos chocolates con porras?- preguntaba, con un billete de cincuenta euros entre los dedos. El argentino del bigote le arrebató el billete con un zarpazo de sus fornidas manos, antes que ni siquiera el pobre viejete pudiera reaccionar.

-¡Cincuenta dólares! ¡Ya está bien! Ahora les cobro yo y luego les vuelve a cobrar mi hijo. Así les cobro doble, y hacemos ganancia. ¡Qué les parece!-.
Los viejetes se intercambiaron miradas de incredulidad, pero no llegaron a pronunciar fonema alguno ya que de pronto llegó el otro camarero, el que soñaba con ser escritor, ¡qué iluso!
-Pero pibe… ¡Pero pibe!- tartamudeó el camarero rabino -¡¿Qué le has hecho a la cocinera?!-.
-¡Tú calla!- escupió el bigotudo -¡Que siempre estás hablando!-.
-¿Yo? ¿Yo?- balbuceaba -yo… yo no hablo… es el otro… todos hablan y yo soy el que trabajo…-
-¡Sí, claro! ¡Tú siempre diferente! ¡Estos catalanes! ¡Siempre quieren ser diferentes a los demás! ¿Pues sí? ¡Ahora te haré diferente!- y no terminó de pronunciar la última sílaba cuando atravesó el pecho del pobre iluso quijotesco  con un imponente cuchillo de carnicero.
-¡Toma! ¡Ahora sí que eres diferente! ¿Qué te parece?-.
-Oh… oh… vaya…- balbuceaba el catalufo, entre gorgoteos sanguinolientos -no lo he visto venir, me has pillado desprevenido…-
-¡Infierno! ¡Porque no prestas atención a las cosas!- respondió entre carcajadas de enajenación acumulada -¡Poder de observasión…! ¡Poder de observasión!-.
-Pe… pero… pero… si aquí… sólo, sólo… trabajo yo…- balbuceaba el camarero catalán, mientras todas sus energías le abandonaban y caía lánguidamente al suelo, cogiéndose patéticamente al ridículo suéter del argentino bigotudo -¡Joder!- gritó, terminando al fin con su vergonzoso drama, y su vida llena de ilusiones y pajaritos se desvaneció.

Toda la clientela gritó. Se levantaron precipitadamente de sus sillas, tirando platos y tazas en su patoso intento por huir.

-¡Eso! ¡Eso! ¡Eso!- gritaba el argentino, mefistofélicamente, alargando las “es” con un acento cantarín -¡Rómpanlo todo! ¡Rompan con cuidado! Total… ¡No lo pagan ellos!-.

Los rostros de pavor y de inquietud se mezclaban con aborrecible fealdad, gritando y suplicando que no les hicieran daño. Se empujaban unos a otros, como las viejecitas en las colas de los supermercados, cuando tratan de llegar primeras a la caja. Se abalanzaron todos en precesión hacia la salida, pero ahí estaba el otro camarero, el “macho man”, que con una sonrisa maliciosa de oreja a oreja, cerró a cal y canto la puerta de salida.

La gente fue presa de la ansiedad. Algunos desfallecieron al instante, otros vomitaron y algunos se mearon encima, patidifusos y perdidos en ataques de pánico. Entonces, el argentino mefistofélico saltó por encima de la barra, empuñando dos profusos cuchillos de carnicero que inspiraron horror a la clientela, encogiéndoles el corazón con agobio, y con la pesadilla de la carnicería que estaba por venir.

“¡¿Pero qué fue de Antoñete?!” Muchos os preguntaréis.

De pronto parecía que hubiese desaparecido, ¡pero no! El pobre Antoñete seguía en la barra, ¡sin ser atendido! Y en medio de cabezas volando, y rodando por el suelo, miembros descuartizados, sangre brotando por doquier y salpicando toda la estancia, el pobre Antoñete, muerto de hambre y sediento, se arrastraba a gatas por el suelo, esquivando los cuerpos despellejados, que le caían encima; las cabezas rebanadas, que le rebotaban como pelotas de fútbol; los brazos cortados y arrancados, que se le pegaban como si quisieran agarrarlo; y las tazas y vasos que seguían rompiéndose.

-¡Eso! ¡Eso!- continuaba gritando, mefistofélicamente, ese argentino bigotudo, de ridículo suéter encima de una feliz barriguita.

Antoñete aprovechó la confusión para escabullirse hacia atrás, pensando que en el almacén habría una ventana por donde pudiera escapar. Pero repentinamente una garra se le clavó en el tobillo.

-¡Tú! ¡Ven aquí, pendejo boludo! ¡Que eres un lerdo, un lerdo!- y escupiendo estas palabras sarcásticamente, clavó su temible cuchillo en la rodilla de Antoñete, que gritó como un friki dopado al conseguir la última edición de su serie Manga favorita. Volvió a levantarlo en el aire, desgarrando la pierna del pobre infeliz, y salpicando el techo con un chorro rojizo. Y entonces, con una expresión de divertimiento, volvió a golpear la pierna, con una arremetida contundente, que seccionó el miembro en dos. Antoñete gritó desesperado, y se impulsó atormentado hacia delante, tratando de huir. El argentino sanguinario, divertido con su entretenimiento, se descuidó por un instante y no se percató de la huida de nuestro triste protagonista.

Antoñete subió como pudo hacia la ventana, que efectivamente, se abría en el almacén hacia el exterior. Se despeñó por ella, y huyó arrastrándose tan lejos como pudo. Sin haber sido atendido, sediento y muerto de hambre, para terminar, ay sí… terminar, como ya sabemos…

Jaume Moreso i Mallofré

 

La leyenda de San 15 febrero 2011

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LA LEYENDA DE SAN

Para Kasandra, la belleza ptolemaica
y una auténtica luchadora.


Kapokianas son sus ropas, ¡de kilims oscuros y ligeros como gotas!
Ataviada con suma ligereza, ¡sus gráciles movimientos son una belleza!
Siempre activa, siempre vital, ¡siempre luchando contra el mal!
Aunque se desate el mismo infierno, ¡ella siempre luchará in aeterno!
Ningún enemigo la detendrá, ¡con fulminantes ataques ella vencerá!
Discreta y simple, pura y natural, ¡su gloria relucirá con brillo inmortal!
Rápida como el rayo, veloz como el viento, ¡lucha con todo su aliento!
Ahora se va, la victoria nos ha dado, ¡pero volverá con un propicio hado!

“Canción de la sureña”


En las vastas tierras de Antanis, los Humanos vivían replegados en la más absoluta subyugación bajo las garras de Cainathoth, una bestia infernal que imperaba con la ley del acero y la muerte. Sus huestes oscuras de bestias y demonios se paseaban por las anchas tierras sembrando el horror y el castigo de la muerte.

Sólo una pequeña facción de humanos resistía, y mantenía en pie su dignidad y su bienestar, en la ciudad fortaleza de Esanis. Pero fuera de sus murallas la Sombra lo cubría todo. La muerte vagaba caprichosamente, a lomos de la locura y la codicia, y las gentes Humanas vivían con la congoja en su corazón, asediados por el miedo que acecha, por el terror que encoje, que encarcela la libertad.

Las constantes incursiones de hordas infernales se cobraban con muchas vidas Humanas, esclavismo y la subyugación tiránica en el pago de tributos. Los pueblos Humanos, repartidos por todo el continente, vivían aterrorizados bajo la Sombra que provenía del norte, en la matriz del mal, en su morada más allá de las Montañas Negras, en la tierra volcánica de Shug Gorgosh, donde moraba la maldad. Sus miradas, cubiertas por una sombra, miraban taciturnas y tristes hacia el norte, temiendo constantemente nuevos asaltos, incursiones, saqueos y matanzas indiscriminadas. Sus ilusiones habían muerto. Sus expectativas, aplastadas por la tiranía. Su futuro, negro y vacío.

Hasta que un día, algo empezó a suceder…

Los ejércitos de Esanis se estaban movilizando. Durante mucho tiempo y en silencioso secreto, se habían estado trazando planes contra Cainathoth. Los generales Esanienses habían dedicado largo tiempo en idear sus estrategias, en crear planes de ataque para asesinar de una vez por todas a esa criatura infernal.
Demasiado tiempo había pasado. Demasiado sufrimiento, demasiada muerte… ya se había aguantado suficiente. Era hora de actuar.

En la ciudad fronteriza de Nomil, en el borde del mundo Humano con Shug Gorgosh, los ejércitos Humanos estaban listos para la gran batalla de su tiempo, quizá para la última batalla en la que la mayoría perderían la vida, por una noble causa, para liberar el pueblo de la tiranía de Cainathoth.

Los ciudadanos y ciudadanas de esa noble ciudad rezaron por la victoria de los ejércitos Esanienses, mientras los veían adentrarse en la tierra de la Sombra, y las figuras de treinta mil soldados se perdían en la oscuridad. No se sabe qué pasó en esa tierra infernal, ni los horrores que vivieron esos soldados, pero de todos ellos, sólo un centenar volvieron con vida. La mayoría desquiciados, enloquecidos o trastornados.

El mundo estaba perdido.

Ni el más grande ejército Humano, que se unió en una desesperada incursión, pudo derrotar a la bestia Cainathoth, quién estalló en cólera y mandó una hueste de demonios hacia la ciudad de Nomil, para impartir su castigo de muerte.

El azote fue terrible.
Los ejércitos negros volvieron entonces al castillo de Murgol, habiendo saciado su sed de sangre, dejando tras de sí columnas de humaredas, fuegos extendiéndose entre cenizas y miles de cadáveres ensangrentados que cubrían los pavimentos, la tierra, los cultivos y la hierba…

Los pocos supervivientes enterraron con el horror impregnado en sus retinas los cadáveres devastados, sin vida, de sus familiares y gente querida. Se tragaron sus recuerdos y memorias, vomitando el odio, la pena y la desesperación, hundiéndose en la apatía, perdiéndose en los laberínticos caminos de la derrota y la renuncia.

Cainathoth estaba satisfecho con la matanza.

Los Humanos ahora sabían con quién trataban, y que las osadías eran castigadas, que enfrentarse a él conllevaba represalias terribles. Los vientos de muerte soplaban por toda la región, la monotonía y la rendición se olían en el aire, la total sumisión se percibía en la tierra.

Pero algo diferente empezó a flotar en el ambiente… algo que Cainathoth, con toda su arrogancia y pedantería, no había llegado a imaginar.

En las alturas del castillo de Nomil, ciudad invadida por las huestes de Demonios, una silueta oscura se recortaba contra la puesta de sol. Su capa ondeaba con el viento, dibujando contornos y trazados sinuosos que traían el mensaje de una épica venganza. De pronto algo brilló en ella, una luz circular que navegaba como el fulgor centelleante de las estrellas. Los Demonios se percataron de ello, observaron hacia las alturas y allí vieron esa silueta, empuñando dos espadas fantásticamente brillantes que emitían destellos y luces enigmáticas.

Los gritos de desafío fueron horrendos y desquiciantes. Lo que salía de sus gargantas -si se les podía llamar gargantas a esos informes, abominados y deformados cuellos- era la antítesis de todo lo sano, era una vorágine de fiebres enfermizas y fobias espeluznantes.
Ningún guerrero, soldado, bárbaro, gladiador o caballero, hubiera podido aguantar en pie, dentro de los dominios de la cordura, ante ese espectáculo de repulsiva perversión y locura.

Pero esa figura, impertérrita, impávida, respondió con un gesto estoico a las horrendas criaturas que se balanceaban ahí abajo en un baile de obscena repugnancia. Levantó las dos espadas en alto, y de inmediato éstas empezaron a brillar con una luz estentórea y eléctrica que crujía y crepitaba, liberando rayos coléricos de electricidad.

Entonces empezó a correr por las alturas del castillo de Nomil, dirigiéndose hacia la plaza central. Las criaturas infernales la persiguieron, y ante sus ojos llameantes pudieron contemplar con arrogancia y odio un espectáculo acrobático, en el que la figura misteriosa se deslizaba con la elegancia de un cisne, como si estuviese esquiando en una pendiente tremendamente empinada, y con un gran salto se presentaba con osadía en medio de la hueste de Cainathoth, en la plaza central de Nomil, ahora devastada, destruida, envuelta en cenizas y fuego, y cubierta por la Sombra… Todas esas bestias gritaron al unísono, y se abalanzaron salvajemente a la captura de esa sombra enigmática que las estaba retando.

Su larga melena, negra como el carbón, más oscura y profunda que la propia Sombra, empezó a volar con determinación y protagonismo, remarcándose en medio de la oscuridad al ritmo de sus movimientos acrobáticos.

Atacaba con la contundencia de un toro, y con la precisión de un águila. Sus movimientos felinos mareaban a los Demonios, quienes no podían acertar sus estocadas ni adivinar los ataques de la guerrera misteriosa. Se movía y se deslizaba con una velocidad pasmosa. Sus cabriolas y piruetas eran resueltas, repentinas y fugaces. De pronto, podía estar abatiendo a dos Demonios de espalda a otros tantos, quienes la atacarían con furia, pero con un salto ágil y veloz, esquivaría todos sus ataques, se posicionaría girando sobre ella misma y volteando su cuerpo en el aire, como un hada o una ninfa voladora, en el flanco o las espaldas de esos seres, para derrotarles con un ataque repentino y fulminante.

Sus espadas parecían dos pinceles gigantes que pintaban trazos sinuosos en el aire. Y al mismo tiempo que esgrimía sus estocadas, también las ilustraba con esos filos mágicos que conducían haces resplandecientes de una luz rosada, crepitante como un rayo.

Y así, fulminadas, una a una la bestias fueron cayendo, bajo las raudas y electrizantes arremetidas de esa sombra misteriosa que por momentos se destapaba, brillando con luz propia entre las tinieblas de la Sombra, mostrando en sus movimientos ágiles y diestros, una elegante y delicada belleza femenina.
Tiró abajo los estandartes horrendos del ejército de Cainathoth, expulsando a los Demonios restantes, que huyeron despavoridos ante un único adversario contra el que ni todos juntos pudieron plantarle cara.

La voz corrió rápidamente, y en poco tiempo todo el mundo hablaba de lo mismo, cuchicheando, entre dientes, pero con esperanza. La noticia de la derrota de las huestes oscuras sorprendió a todos, propagándose por el ancho mundo.

Algo brillante se encendió en esas habladurías, en esas historias que volaban de boca en boca. Las gentes, marchitas, y con el espíritu decaído, empezaron a revivir entonces, alabando las hazañas de esa guerrera misteriosa que había desafiado a la Oscuridad con una valentía imperturbable.

El Mal se agitó entonces en las tierras de Shug Gorgosh, rugiendo con furia y despertando el horror volcánico. En el trono de Murgol, el Emperador Cainathoth estalló en cólera. No podía tolerar este desafío, esta burla insensata de una muchacha cualquiera que había atacado con ilusas pretensiones los ejércitos de la Sombra. Llamó a armas a todas sus bestias, y las envió bajo el mando de sus mejores lugartenientes hacia la ciudad fortaleza de Esanis. El castigo sería terrible, los Humanos nunca volverían a plantarle cara.

El final estaba próximo. La mayoría de los Esanienes se preparaban para huir, hacia las escarpadas Tierras Marchitas del sur. Estaban haciendo sus bolsas y organizando sus provisiones cuando una voz, de singular belleza y entonación, les sorprendió:

-¡¡Amigos norteños!!- resonó armoniosa y cristalina a través de las anchas calles adoquinadas de Esanis -¡No debéis huir! ¡No tengáis miedo! ¡No temáis a la Oscuridad!-.

Los ciudadanos y ciudadanas entonces levantaron los ojos y la vieron por primera vez, a las puertas de esa honorable ciudad. Ahí estaba, la guerrera misteriosa de la que se cantaban gestas y hazañas contra la Oscuridad. La enigmática guerrera, tan deseada y admirada, y que era la última esperanza del pueblo Humano…

-¡Mi nombre es San Danarkas! ¡Y he venido de las lejanas tierras del sur para traeros esperanza! ¡No temáis buenas gentes, yo plantaré cara a lo abominable! ¡Y os doy mi palabra que lucharé hasta mi último aliento!-.

La gente gritó, vitoreando y aplaudiendo, aclamando su nombre, exaltando sus palabras. Muchos se acercaron emocionados y maravillados hacia ella, contemplando ensimismados su magnífico porte, su sensual belleza…:

>> San era de constitución fuerte, con una musculatura discreta pero energética y briosa. De figura atlética y estilizada, era más alta que muchos hombres, y sobresalía con protagonismo entre toda la gente que la rodeaba, admirándola.

Su agilidad era espectacular, y más sus destrezas marciales que la convertían en una ninja respetada y temida en las lejanas tierras del sur. De entre todas sus habilidades en el arte de la batalla la que dominaba mejor era la esgrima. Blandía dos espadas de considerable tamaño con una rapidez y una celeridad casi imposibles de atajar. Estas dos espadas, de un color rosado, con sombras y reflejos violetas que por momentos parecían moverse en el filo como si tuvieran vida, eran ligeramente curvadas como las cimitarras, y lucían con singular personalidad runas mágicas y símbolos cabalistas totalmente desconocidos para el hombre de ese tiempo.

Algo excepcional dentro de las habilidades de San era su dominio absoluto del combate a distancia, con arco, ballesta o lanza. Y cabe remarcarlo, ya que la doctrina y la disciplina ninja no presume de este dominio. Pero San, con toda su pericia y talento, manejaba magistralmente un arco mágico de jade que disparaba flechas encantadas como verdaderos rayos caídos desde el cielo.

Su pelo, negro como el carbón, lucía brillante y energético como ríos babilónicos de fértil vida. Del mismo modo que sus cejas, de sinuosidad sutil, delicado y fino trazo y saludable volumen. Su piel morena, oscura y con exquisitos reflejos dorados, transmitía energía y vitalidad inagotable. En sus brazos, o sus tersas, fuertes y atléticas piernas era donde se podía apreciar más, esta vida sin fin, esta inacabable energía.

Sus puños, robustos pero delicados y suaves a la vez, blandían con ímpetu y rigor sus espadas fantásticamente brillantes. Y es que, aunque fuese una guerrera entrenada y curtida en la guerra, su feminidad y belleza no habían menguado en absoluto, todo al contrario. Con toda esa fuerza, entrenamiento, vigor y vitalidad, su cuerpo lucía con energética belleza unos pechos firmes y voluminosos, unas nalgas y unos contornos sensuales, preciosos, firmes y fuertes, y más su vientre, plano y terso, que dibujaba los soñados caminos de ensueño entre prados de infinita lujuriante belleza.

Todo su cuerpo era deseado y admirado, una belleza sobrenatural en un mundo de mundana vulgaridad… <<

-¡Volved a vuestras casas amigos! ¡Quedaos en vuestra ciudad!- retumbó de nuevo la bella voz de San -y no tengáis miedo por la fragua de la batalla, ¡por el conflicto que acaecerá! Yo les detendré, aquí, aquí mismo, ¡una línea debe trazarse!- y al instante de terminar de pronunciar estas últimas palabras, miles de tambores sonaron al acorde anunciando el inicio de la batalla que decidiría el destino del pueblo Humano.

San se adelantó unos pasos, saliendo fuera de las murallas de Esanis.

Los ciudadanos la observaron desde sus ventanas, con una preocupación extrema que llenaba sus miradas, y cogiéndose fuertemente de las manos, desearon fervientemente el buen augurio a la joven heroína.

Su única esperanza era una guerrera que vino de unas tierras tan lejanas y desconocidas que ni siquiera su nombre conocían. La guerrera sureña San DanarKas que vino a traerles esperanza en estas horas aciagas… y si ella no conseguía expulsar ese inconcebible ejército de criaturas abisales que avanzaban como una avalancha hacia la ciudad de Esanis, nadie más podría…

Los tambores volvieron a tronar aún con más potencia, y su ensordecedor bramido voló implacable por el viento que ondeaba descontroladamente los espantosos estandartes demoníacos. Los corazones de los últimos habitantes de Esanis se encogieron con el terror, y conteniendo las lágrimas, dedicaron una última mirada anhelante a San para luego ocultarse y rezar por la victoria.

San estaba sola, absolutamente sola ante el avance estrepitoso de un millar de Demonios, que cubrían la loma de la montaña como un espeso follaje infernal. Por todas partes, desde todos los rincones, llegaban más y más Demonios, asediando cada vez más cerca a la única y última defensora de los pueblos libres.

San levantó las espadas en el aire, que brillaron con una intensidad fulgurante, y liberaron miles de chispas en todas direcciones. Gritó y pronunció unas palabras desconocidas en su dialecto de las tierras del sur. Entonces, en respuesta a sus palabras y oraciones, el cielo estalló en una gran tormenta, lanzando rayos fulminantes en dirección a las dos espadas que San empuñaba hacia el firmamento.

Los rayos caían una y otra vez, a una velocidad de vértigo e instantáneamente envolvían los filos de las espadas con su luz centelleante. A su vez los filos de las espadas propagaban a su alrededor rayos eléctricos de un color violeta, que flotaban con agilidad y una vivaz presteza alrededor de San, creando una especie de escudo protector.

Varias explosiones respondieron al espectáculo de San, quién abrió los brazos, inclinó las espadas hacia delante, y se preparó para el ataque.

Repentinamente una bola gigantesca de fuego cayó encima de la sureña, generando una terrible explosión que llenó varios metros a la redonda de un fuego infernal y abrasador. Muchas más bolas de fuego emergieron en el cielo, lanzadas por enormes catapultas situadas en las últimas filas del ejército de Cainathoth.

El cielo chispeante y electrizado con la magia de San se tiñó de rojo. Los rayos relamían las bolas de fuego que surcaban el aire, emancipando la furia ígnea de las rocas candentes del ejército negro, que estaban a punto de caer sobre San y la ciudad sitiada de Esanis.

Pero entonces algo se revolvió entre las llamas, y hubo una gran explosión cegadora. Rutilantes rayos eléctricos atravesaron el fuego infernal y se expandieron por el aire, chocando contra las rocas incendiadas, y haciéndolas añicos antes de que cayeran a su objetivo. San emergió entre el fuego, refulgiendo con una luz que palpitaba y se expandía por momentos. Innumerables rayos coléricos se fundían con ella, y otros más salían disparados de su cuerpo. Sus brazos tensados hacia el aire describieron un movimiento giratorio, y a la velocidad de la luz un rayo gigantesco saltó desde el cielo para chocar en la espada de San, arremolinarse en su filo y volver a salir disparado, guiado por el movimiento de la sureña que atrapó el rayo, lo controló, lo dominó y lo dirigió como un cohete hacia una de las catapultas de las huestes oscuras.

La explosión hizo añicos el artefacto de Cainathoth y fulminó a varios Demonios que estaban cerca.

San volvió a atacar decididamente. Los rayos volaban por el cielo como verdaderos arcanos fulgurantes del dios supremo del Olimpo. Una a una las máquinas de guerra demoníacas fueron desintegradas, aniquilando a decenas de Demonios que estaban demasiado cerca.

La hueste de Cainathoth gritó con furia, y las primeras filas iniciaron una estrepitosa carga llena de alaridos, gritos, gruñidos, crujidos de madera y roca bajo los cascos de los guerreros y todo tipo de trompeteos demenciales tocando sacrílegas melodías.

San se posicionó para la carga. Flexionó las piernas inclinando el torso ligeramente hacia delante, y extendiendo su brazo derecho hacia atrás, apuntando diagonalmente hacia el cielo, volvió a realizar el mismo movimiento giratorio que atraía los rayos. Daba la impresión de como si fuera a lanzar algo sumamente pesado, y flexionaba las piernas de tal modo que todo el peso lo recibiera la de delante.

La hueste estaba cada vez más cerca, se le tiraba encima, las primeras líneas estaban a punto de chocar contra ella… un estallido cegó los Demonios que intentaban envolver a San, y cuando recobraron la vista vieron como la guerrera sureña les lanzaba un rayo fulminante que cayó sobre ellos, destrozando sus cuerpos y abriendo una brecha en el suelo.

Los Demonios que venían por detrás saltaron entre el humo y las chispas, y con sus enormes cuerpos se lanzaron sobre San, quién giró sobre sí misma, como si llevara algún artefacto en los pies que le permitiera patinar, y con un gesto sublime esquivó todos los golpes, se internó en medio de las filas de Demonios y mandó una serie de raudas estocadas que hicieron caer a muchos de ellos.

Un enorme mandoble cayó en dirección a su cabeza, asido a los puños de una bestia grotescamente infernal y enorme. San paró el golpe con las dos espadas, para luego tirarse al suelo evitando el terrible hachazo de otro Demonio, dar una serie de volteretas, burlando una sucesión de golpes contundentes que hicieron añicos las rocas y levantarse de nuevo para detener las espadas envenenadas de un Demonio ponzoñoso, devolverle un golpe tajante que separó su cabeza del cuerpo, girase de espaldas para frenar una multitud de proyectiles lanzados por unos artefactos que parecían fusiles, guiar su brazo derecho al flanco, con la hoja de la espada bien levantada para chocar contra una lanza que la amenazaba, dar un doble giro vertiginoso, haciendo serpentear sus dos espadas en curvaturas helicoidales que cercenaron los cuerpos de sus adversarios, levantarlas en el aire, llamar dos rayos mortales y lanzarlos al frente para hacer volar por los aires a un centenar de bestias horripilantes que le frenaban el paso.

El humo lo llenó todo. Las rocas chasqueaban con los rayos recién producidos, pero las bestias infernales seguían llegando por todas direcciones. Había tantas que inexorablemente iban a aplastar a la guerrera sureña por muy rápida que fuese.

Ella lo sabía.

Decidió tomar la iniciativa y adentrarse hasta el interior de las filas de Demonios a toda velocidad, sin que las bestias tuvieran la oportunidad de lanzarse encima y dejarla sin espacio.

Empezó a correr hacia el frente, primero a baja velocidad, con los brazos tendidos hacia atrás, y apuntando sus dos espadas hacia el cielo, que estrepitosamente volvía a encenderse con miles de rayos coléricos. Aceleró la carrera, sus piernas se agitaban a una velocidad pasmosa, y chafaban el suelo con tanta fuerza que sus huellas quedaban rodeadas por pequeñas grietas.

Ya tenía los Demonios encima, quedaban muy pocos metros para el choque de masas. Saltó en el aire, con gran propulsión, y conjurando dos rayos de rutilante energía eléctrica, los lanzó hacia las primeras bestias que tenía a tiro. Cayó entre la humareda y los cuerpos devastados, y tuvo que moverse rápidamente hacia atrás para no ser embestida por una mole gigantesca que manejaba dos hachas del tamaño de un hombre con tal fuerza que reventó una roca de más de diez metros de envergadura con su terrible ataque.

Siguió esquivando golpes y ataques brutales, y derrapando con una pierna estirada y todo su cuerpo agachado a ras de suelo, disparó un nuevo rayo a las criaturas abisales que la sitiaban. Saltó por encima de uno, dejando atrás su cuerpo partido por la mitad. Giró hacia el flanco, y fulminó varios Demonios que se le acercaban, esquivó un sable dentado que se dirigía a su estómago, bloqueó la maza de otro enemigo, y volviendo a girar sobre sí misma, atrajo un rayo de las alturas, lo hizo girar alrededor de su espada, como si jugara con algún malabarismo, y lo lanzó imitando el disparo de un fusil sobre el cuerpo de una bestia de tamaño ciclópeo que estaba a punto de atacar con su enorme maza. El monstruo salió a la vista, por detrás de los humos levantados, con el torso agujereado y todo su vientre carbonizado.

San reactivó la marcha hacia delante, hacia las últimas filas del ejército, dividiéndoles y perforándoles, como una larga bobina perfora una pared de roca. Zigzagueaba y giraba, saltaba y retozaba con agilidad, rebotaba en las rocas y se lanzaba por el suelo, se impulsaba de nuevo y corría como una gacela para atacar con decisión a las criaturas aberrantes que la hostigaban.

Y en medio del bullicio de gritos y gruñidos, de los estridentes metales al chocar, de chirridos y chasquidos de las rocas y los rayos, de los estallidos del fuego y el fragor de la batalla, San siguió luchando, enemigo tras enemigo, asalto tras asalto, en un hervidero de enemigos cuyo número y valor cada vez era más reducido. Pero ellos no eran los únicos que se veían mermados por la duración de la batalla, las energías de San también se debilitaban, y cada vez se sentía más cansada.

Continuamente corría, esquivaba los ataques, alargaba la espada hacia el cielo para atraer nuevos rayos, y los lanzaba en todas direcciones, teniendo que pisar muy fuerte con sus piernas para poder aguantar los fuertes empellones que le lanzaban las exhalaciones de los rayos, empujándola hacia atrás.

Pero al fin el curso de la batalla parecía ponerse de su lado. Las huestes negras empezaron a retirarse, huyendo hacia las montañas en desbandada. San había conseguido reducirlas significativamente, y las que quedaban ya no osaban enfrentarse a sus rayos fúlgidos.

La tierra se despejó, los humos se disiparon, el fuego se apagó…

Las gentes de Esanis salieron de sus escondites, para alabar a San y glorificar su gran hazaña, mientras desde la loma de las montañas una nueva figuraba se acercaba con pasos contundentes. San lo percibió, sintió su poder en lo más hondo del alma, y se estremeció con el nuevo enemigo que le deparaba su destino.

Todo el mundo se paró a media carrera, la voz se deshizo en sus lenguas, las palabras cesaron de inmediato.

La oscura figura se acercaba decididamente, y el ruido de sus pisadas cada vez era más audible, y se expandía con estridencia como si un gran martillo de roca golpeara una ancha placa de metal. Era tan insoportable que todo el mundo gritó. Pero ese grito no fue nada comparado con el siguiente, cuando la figura del nuevo ser apareció a la vista, y su cuerpo mutante asaltó las visiones de las pobres gentes que caían al suelo patidifusas ante tan repentina aparición.

No tardó un segundo en atacar. No hubo un instante para respirar. La bestia se impulsó con sus enormes patas de león encima de San, quién cayó al suelo bajo las voluminosas garras de lobo que estrujaban el cuerpo de la guerrera sureña, impulsadas por la portentosa fuerza de un torso hinchado y hercúleo del toro más gigante que ha pisado la faz de la tierra.

Su cabeza se inclinó desde lo alto de un cuerpo descomunal, hacia el cuerpo de su presa. Sus fauces rugían pausadamente, soltando grandes vahos de aliento putrefacto. Observó con deleite la presa, desvalida e indefensa, y paseando su larga lengua de serpiente, abrió una enorme boca reptiliana que de un solo bocado podría tragarse un ser Humano.

Levantó a San en el aire con deleite. Sus espadas mágicas cayeron al suelo. La sacudió un poco, viendo su cuerpo inerte balancearse sin control, y al observar que no había fuerza alguna en esa criatura, la arrojó hacia los afilados colmillos que formaban la colosal dentadura de esa cabeza titánica de caimán.

Estaba a punto de tragársela, convencido de su victoria, cuando todo el cuerpo de San se enderezó y se tensó en el aire. Sus miembros se agitaron con fuerza, y desenvainando un arco misterioso de su espalda, lanzó una saeta electrificada sin que ninguna flecha hubiera sido puesta en su cuerda.

La saeta impactó de lleno en el rostro de Cainathoth, que cayó de espaldas al suelo y rugió desesperadamente tapándose el rostro animalesco y mutante con las dos garras.

San aterrizó dificultosamente, y casi sin poder ponerse en pie volvió a apuntar con su arco jade a la bestia reptiliana y bestialmente mutante que aullaba como un lobo.

Incognoscible es el horror oculto que ha vivido desde los arcanos del mismo submundo hasta las nuevas eras de las bestias, y se ha mezclado con ellas y ha mutado formándose a base de lo más inconcebible…

Los dedos de San cogieron la cuerda invisible del arco que brillaba con la fuerza de la naturaleza, la acariciaron como el hilo mágico del arpa de un mito griego. La tensaron amablemente y unas palabras enigmáticas flotaron alrededor… se encendió una chispa, que correteó eléctricamente por todo el hilo y lo envolvió con una serpentina centelleante. En la punta de sus dedos un fulgor mayor surgió, atrayendo toda la refulgencia del hilo, y con un movimiento suave soltó la cuerda mágica…

Se produjo una rápida y chispeante explosión delante del arco. Fue un instante fugaz, un breve momento. Pero desde dentro, en su interior, algo que latía con una fuerza quimérica, emergió como el tridente de un dios marino y se abalanzó en dirección a la bestia Cainathoth liberando un ruido parecido al de frotar una piedra sobre una superficie rugosa.

La flecha mágica perforó el cuello abominable de Cainathoth, despertando en él un rugido caótico que parecía provenir de diferentes gargantas animales. La bestia se levantó de un salto, como avivada por un flagel, y pateó con sus enormes piernas leónidas a la guerrera sureña, que estando debilitada y herida no pudo esquivar el ataque.

Cainathoth siguió atacando con sus portentosas extremidades, cegado en un ojo y con el cuello perforado. Sus golpes eran brutales y agujereaban la misma tierra. San casi no podía esquivar esas duras arremetidas. Saltaba y se arrastraba por el suelo entre las piedras que volaban, el polvo que se levantaba en grandes cortinas y las rocas que estallaban en añicos, mezclándose con la ceniza que se extendía alrededor del cuerpo de la bestia infernal.

San sabía que no podía batirse cuerpo a cuerpo con ese enorme monstruo, que su fuerza no podía rivalizar con la de Cainathoth y que un solo golpe más de ese monstruo seguramente la mataría… tenía que esquivar, correr y arrastrarse y alejarse tanto como pudiera de los ataques descontrolados del general de los ejércitos demoníacos.

Debía encontrar una posición favorable que le diera la posibilidad de volver a disparar su arco mágico.

El momento llegó pronto. San saltó a un lado, cayendo de espaldas, se levantó de nuevo para volver a caer mientras esquivaba la zarpa de Cainathoth, que perdiendo el equilibro, tropezaba con unas rocas y caía al suelo produciendo un caos que protegió la huída de San.

Y entonces, estando a una distancia favorable, San volvió a conjurar su saeta mágica… la envió directa a la cabeza.
Esa tenía que haberle matado. Los ojos de San brillaron con esperanza al contemplar que el cuerpo de Cainathoth no emitía ruido alguno, ni se movía en absoluto. Se acercó con precaución, tambaleándose y tropezando con los agrestes desniveles y depresiones de una tierra devastada y surcada de grietas.

La bestia aún parecía respirar. San se horrorizó al contemplarla de más cerca, de verla ahora con claridad, estando abatida en el suelo. Dio un paso atrás, sin poder contener su espanto ante una risa sardónica que la bestia infernal exhalaba con su último aliento. Todo su cuerpo empezó a brillar con el color del fuego, sus latidos se intensificaron llegando a convertirse en tremendas explosiones…

San trató de huir, pero carecía del tiempo suficiente… El Demonio Cainathoth estalló desintegrándolo todo a su alrededor, abriendo un cráter profundo y oscuro que se tragó media ciudad de Esanis.

Cuando los supervivientes Esanienses salieron de sus escondites en busca de su Heroína, vieron aterrados el resultado, y aunque sus deseos eran fuertes, jamás encontraron a su salvadora…

>> A los veinticinco años, la valiente, la estoica, la legendaria San DanarKas desapareció entre los fuegos de la muerte que destruyeron para siempre y se llevaron al mismo purgatorio al general Cainathoth.

San desapareció dejando tras de sí un legado de valor y gloria inmortal, sus hazañas dieron la vuelta al mundo y la leyenda empezó a cobrar forma.

Hay algunos que piensan que aunque San haya muerto, ella nunca nos abandonó. Que aquella valiente y estoica guerrera continúa aquí, en algún lugar, velando por nuestra seguridad.

Y hasta hay algunos otros, más atrevidos, que no creen que San haya muerto. Aseguran que nuestra heroína sobrevivió a la gran catástrofe, y que ahora, encubierta por el velo de la falsa muerte, sigue luchando, protegiéndonos de los males del mundo, haciendo frente a la Oscuridad, poniéndola a raya…

Sola, anónima… simple, natural y pura, sin la codicia de una recompensa, de los halagos, los festejos o cualquier reconocimiento. Sólo con el deseo de dar al mundo la libertad y la prosperidad de un nuevo futuro…
Esto es lo que muchos desearían, aunque la innegable catástrofe y sus terribles resultados nos priven de ello…

Al menos, a mí, me gusta pensar, es más, quiero y estoy seguro de saber que San sigue viva, pues en los países del sur, más allá de las montañas azuladas, donde todos los caminos se acaban, ha llegado el murmullo, débil y plácido, de las hazañas de una espadachina que maneja dos espadas rosadas más rápidas que el viento, más vertiginosas que un rayo… y que su arco verde jade nunca tiene flechas, pero siempre acaba con sus adversarios. <<

Jaume Moreso i Mallofré


 

EENIE MEENIE-CANCIÓN VESPERTINA 8 febrero 2011

Archivado en: Amigos autores,Últimos post — claudiaynel @ 14:11

Eenie meenie,

café frío,

Miney mo,

mundo aburrido.

Comportémonos como dos niños chicos.

Nos lo merecemos,

la Hora del Vago ha llegado;

podemos hacerlo,

somos competentes, tenemos talento…

podemos permitirnos

una breve pausa

para saborear una caja,

de bombones de palabras en cuentos privados.

Tan habilidosos,

que levantamos hermosos castillos

sobre la arena de nuestros sueños insanos.

Tan duros,

que nos olvidamos

de lecciones aburridas,

direcciones, normas,

mapas, guías…

Tan atrevidos,

que nos internamos en los bosques en llamas

dejando a un lado nuestros caminos diarios…

–0–

Día Eenie-Meenie,

yo me siento en mi lujosa silla

y espero a que vengas a jugar:

tú vendrás y compartiremos

gotas secretas

de champán rosa

largo tiempo guardado en un cajón…

Traerás como regalo

pensamientos espumosos

envueltos en un poema

que me mostrará mi nombre secreto…

Hoy,

Miney Mo,

te quitarás tu abrigo-armadura,

te vestirás con ropas elegantes;

serás un ferviente peregrino en las Fuentes de la Vida,

deseoso

de llenar con dulce agua sagrada

tu copa vacía…

–0–

Amigo Miney,

todos los cuentos, todos los viajes

tiene sus vueltas y llegan a un final:

tras la Fiesta Nocturna,

desandaremos nuestro oscuro camino

desde ese brillante Manantial.

Llegará

La hora del cierre en las cuevas secretas,

la Hora de las Mentiras:

fuera luces, agacha la cabeza,

deja que el corazón gotee

palabras extrañas y doloridas…

–0–

Olvida la historia

que jamás nos contaremos.

Se acabó el juego,

Eenie Meenie,

márchate,

ya es tarde,

Miney Mo,

tienes miedo y tienes frío.

Vuelta al Mundo Silencioso y Aburrido.

Olvida las notas

De nuestra hermosa Canción.

–0–

En cierta calle privada

este brillante Castillo de Terciopelo.

quedará escondido…

Afuera,

en el mundo serio, frío y aburrido,

luces,

cuentos,

Horas de Niños Traviesos,

desaparecerán…

dulces,

tristes,

locas,

gentiles,

se funden

lentamente

ya…

© Claudia Aynel, Enero 2011

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EENIE MEENIE EVENING SONG 8 febrero 2011

Archivado en: Amigos autores,Últimos post — claudiaynel @ 14:10

Eenie meenie,

cold coffee,

Miney mo,

weary world.

Let´s behave like two naughty children now.

We deserve it,

for our Lazy Hour has come;

We can manage it,

for we are both talented and proficient enough:

we can afford a break to share

a box of private fairytales

made from chocolate words.

Skilled enough

to raise amazing castles

from the sand of some crazy dreams.

Tough enough

to forget about boring lessons,

compass roses, heavy rules,

maps or guiding books…

Bold enough

to leave aside our safe daily roads

and walk deep into the fiery woods…

–0–

Eenie-Meenie-Miney-Day:

Today, I´m sitting on my luxurious chair,

waiting patiently for my time to play.

You will come to share with me

some secret drops

of long-time-hidden-in-a-drawer

pink champagne…

You will bring as a present

some bubbly thoughts

wrapped into a poem

that might show me my secret name…

Today,

Miney Mo,

you will take off your armour coat,

you will get dressed with some elegant clothes;

you will become a faithful pilgrim at the Fountains of Life,

so eager to fill with sweet sacred water

your empty cup…

–0–

But,

Miney friend,

every journey and every tale

have their turns and come to an end:

after the Evening Party,

we might have to take the dark Road back

from our glittering Fountainhead;

closing time at the secret caves,

Liar´s  Hour would come instead;

lights off, faces down,

dripping of clumsy runaway words

at the inner corners of two painful hearts…

–0–

So I think, my friend,

we better forget the story,

that we did not tell each other today:

enough with this game,

Eenie Meenie,

I think you should leave.

It´s so late,

Miney Mo,

you look so afraid and cold…

Let´s go back to the Silent World,

forgetting every note

of our beautiful Evening Song…

In this private street

we might keep hidden

the Velvet Castle we built today…

Outside,

in the window´s weary world,

every light,

every crazy fairytale,

every Naughty Children´s Hour,

is disappearing,

sweetly,

sadly,

quickly,

madly

fading away,

right now…

© Claudia Aynel, January 2011

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Un hombre en una botella 11 diciembre 2010

Archivado en: Amigos autores,Últimos post — marcoasantanas @ 1:49

Érase una vez, un naufrago en el mar de la vida, que movido por una intensa necesidad de romper con su soledad, comenzó a lanzar a las corrientes del destino mensajes en botellas. Anhelando, en lo más profundo de su ser, que estos, llegaran a las manos de alguien que se dignase a leerlos. Pero sus envíos, embarcados en un viaje sin retorno, desaparecían sin más, aumentando, en demasía, su soledad. Harto ya de no obtener respuesta, decidió enviarse así mismo en una botella, ya no para ser escuchado, si no, más bien, para tener constancia de la existencia de otros seres como él en el citado mar.

Tras soportar una travesía larga y tortuosa, sometido a las inclemencias del inconstante de venir de los tiempos, quedó varado en una playa. Quiso salir de la botella pero no pudo. Había pasado tanto tiempo dentro de ella que había acabo formando parte de la misma. Triste y solo se resigno a vivir en ese estado.

Una tarde, con una puesta de sol magnifica, una mujer que paseaba descalza por la orilla se topo con la botella, y en consecuencia, con el hombre que había en su interior.

- ¡Que suerte! ¡Un genio en una botella! ¿Has venido a solucionar todos mis problemas? – Dijo la mujer con el rostro iluminado por la alegría. A lo que el respondió con tono apagado: – No soy un genio, sólo una víctima de la soledad. No puedo solucionar tus problemas, pero, si puedo ayudarte a soportar el peso que generan.

Ella, sin perder la sonrisa, lo observó durante un rato. Luego, sin mediar palabra, rompió la botella, estrecho la mano del hombre y mirándole a los ojos le dijo: – Acepto tu propuesta.

De ese modo, el naufrago, dejo de estar solo.

La última vez que le vi, iba abrazado a su compañera, a la deriva pero felices, porque, amigos míos, en el mar de la vida, se navega mejor en compañía.

yrunay

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© Marco Antonio Santana Suárez


 

Un entrañable amigo 23 noviembre 2010

Archivado en: Amigos autores,Últimos post — marcoasantanas @ 19:01

Si de verdad me amas, haz de mí un libro vagabundo. Deja que pasee libre con mis relatos por el mundo. Permite que me acaricien otras manos. No les prives de tenerme. Del goce de pasar mis páginas, abducidos por las emociones que anidan en las historias, que habitan en mí mundo interior. Esas residentes complacientes, que se prestan generosas, a compartir mis penas y alegrías, en el trayecto que me toca, del agridulce sendero de la vida.

No cometas la atrocidad, de olvidarme en un estante apartado. De relegarme al olvido. De convertirme en pasto de insectos, humedad y polvo. No permitas que envejezca de ese modo. Solo, sin compartir miradas, sin recibir caricias, sin transmitir afecto. Encausado, a ser reciclado antes de tiempo, sin la presunción de inocencia. Terminando mis días, triturado y compactado en otro cosa, que, aunque útil, nunca será igual de hermosa.

No me conserves como prueba irrefutable al merito de haberme leído. Trofeo inconsistente, si otros ignoran los secretos de mi contenido. Deja que me conozcan en otras tierras y que me lean en otras lenguas. Deja que la prolongada exposición solar amarillee mis páginas, decolore mí portada, exaltando la longevidad de los matices azules y plegando mis esquinas hacia afuera. Deja que me arrugue y deteriore por el uso desmedido en el transcurso de los años. Que, al cabo del tiempo, las experiencias adquiridas, superen a las narradas. Que la impronta de cada lector quede latente en mi fachada. Déjame ser lo que soy. Un mensajero de sueños. Un portador de realidades. Un recipiente de fantasías. Una entidad pasajera que te regala un pedazo de su vida.

Si haces lo que te pido, no me olvidaras nuca, estaré siempre contigo, en un punto indefinido, donde se cruzan: vida, alma y emoción. Y si por casualidad, se encuentran nuevamente nuestros caminos, al margen de mi aspecto erosionado y desvalido, revivirás con cariño las historias compartidas, y me veras, como lo que siempre he sido, un entrañable amigo.

yrunay

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© Marco Antonio Santana Suárez


 

DEFINICIONES (versión española) 23 septiembre 2010

Archivado en: Amigos autores,Últimos post — claudiaynel @ 12:45

AMOR:

fantasma divino,

con el rostro de una Diosa,

y los colmillos de un Tigre.

Este fantasma taimado

hechiza a las pobres almas mortales,

extiende su red brumosa,

y los convierte en sus esclavos.

Puedes ver

A los pobres esclavos del amor,

con las manos atadas, los ojos soñadores,

el pecho abierto,

caminar en carne viva,

pobres almas en desdicha,

arrastrando

sus desdichados corazones

atados a sus tobillos

con una pesada cadena.

CAMA:

Es el nombre

de una llanura sagrada y no terminada,

el hermoso reino

que tú, como príncipe, y yo, como princesa,

compartíamos.

Su paisaje es todo fuego,

jungla neblinosa, rocío matutino,

lluvia y cálidas tormentas.

Cruzada por mil ríos,

salpicada por la sal de un mar amargo:

miles de lágrimas,

miles de temores,

miles de olas

de sueños jamás confesados,

el dolor y la rabia, mensajes embotellados,

girando y contaminando,

nuestra amistad

perdida para siempre

en las corrientes silenciosas.

TU:

Qué palabra tan difícil,

de amor y de odio.

La palabra que jamás pronuncio

porque prefiero utilizar tu nombre.

Tu nombre, amor,

se ha convertido en el nombre de un Dios:

lo menciono cada día cuando rezo.

Tu nombre Divino

me hace pensar en un rey,

me hace soñar con innombrables pecados.

Es una palabra prohibida en mi discurso público

pero una palabra obligatoria en mis cuentos privados.

Tu nombre

define

mi peor debilidad,

mi alegría más oscura,

mi error más dulce,

mi dolor más luminoso.

—-

Trato de definir

Cómo me siento

Cuando lucho a diario contra tu fantasma adorado.

Cómo me siento

cuando gobierno a solas

este país devastado,

desierto árido, llanura infinita,

que es mi cama solitaria

flotando en su frío y amargo Mar de la Soledad.

©Claudia Aynel, Agosto 2010

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DEFINITIONS 23 septiembre 2010

Archivado en: Amigos autores,Últimos post — claudiaynel @ 12:43

LOVE:

is a Divine ghost,

with the face of a Goddess,

and the fangs of a Tiger.

This devious ghost

haunts poor mortal souls,

spreads its hazy web,

makes them fall into slavery.

You can see

those poor slaves of love,

tied hands, dreamy eyes,

wide open chests,

walking around in raw flesh,

poor wretched souls

dragging their poor wretched hearts

tied to their ankles

with such a heavy chain.

BED:

Is the name

of an unfinished sacred plain,

the beautiful kingdom

you, as a prince, me, as a princess

used to share.

Its landscape is  all fire,

misty jungle, dew in the morning,

warm thunderstorms and rain.

Crossed by a thousand rivers,

spilled with the salt of a bitter sea:

a thousand tears,

thousand fears,

thousand waves of unconfessed dreams,

sorrow and anger, like two bottled messages,

whirling around, contaminating,

our friendship

forever lost in the silent streams.

YOU:

Such a difficult word,

sounds  of love and hate.

The word I never pronounce,

for I prefer to use your name instead:

Your name, love,

has become the name of a God,

I mention it daily when I pray.

Your Divine name

reminds me of a king,

makes me dream of unspeakable sin,

is now a forbidden word in my public speech,

but a compulsory word in my private tales.

Your name

defines

my worst weakness,

my darkest joy,

my sweetest error,

my brightest pain.

—-

I´m just trying to define

how I feel

when I fight daily against your heavenly ghost.

How I feel

When I rule alone

this wasted country,

barren desert, infinite plain

which is my lonely bed,

floating in its cold and bitter Solitude Sea.

© Claudia Aynel, August 2010

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LUNA NUEVA, LLUVIA DEL ALBA 26 agosto 2010

Archivado en: Amigos autores,Últimos post — claudiaynel @ 20:56


Explotó mi corazón,

mi ser se convirtió en sangre,

mi alma se derramó como si fuera agua.

El sol, el fuego y las estrellas,

sin dejar de cantar su canción,

me dieron la espalda.

—–

El dolor quiso saber

si el sol, el fuego y las estrellas

llegaron a ofrecerme, en algún momento, sus lágrimas.

No, dije yo, sólo cantaban,

y aguardaban la llegada del alba.

—–

Dijo el dolor: has de curar esta herida.

Debes recorrer la ruta del Norte

para aprender una vez más tu canción antigua.

Luminosa gema tallada,

tu trono aguarda, esculpido en luz,

rodeado de nubes y blanquísima escarcha.

——

Niña risueña fui, dije yo,

ingenua y llena de esperanza,

abrí las puertas de par en par,

y el rojizo huracán, avieso y tenaz,

se adueñó de mi casa de plata.

——-

El dolor dijo: aún son tuyos

esos prados en los que florecen la música y las palabras.

No te apures, dije yo,

esta noche no saldré a recorrer el cielo,

me quedaré soñando en calma.

El dolor sonrió,

y la luna plateada

que gobierna las mareas del alma

se tornó, de repente, tibia y rosada.

——-

Y, como dios en llamas, apareció el sol en el alba,

y se asomó a un vacío lecho de rocío y madrugada.

Ansiaba contemplar su fiero reflejo,

en el dulce espejo de un alma pálida.

Y encontró

unos ojos llenos de luz y de nieve,

los blancos dedos de unos pies

sobre la falda de la montaña;

una flor abierta entre las nubes,

que le mostraba, despierta y gentil,

una luminosa y rotunda espalda.

——–

El rey del sueño y de las mañanas

se deshizo sobre su llama apagada,

y abandonó el reino del nácar rosado y la altiva escarcha.

Se marchó con un hostil viento helado;

dejó algo de lluvia en el alba.

Y yo, como un músico errante,

camino ahora en pos de una nueva luna.

——–

Camino aprendiendo mi canción,

escuchando la voz del dolor,

añorando tontamente el calor del indigno sol

enjugando, como niño infeliz,

unas inútiles lágrimas.

Claudia Aynel   Agosto 2010

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MALDITO MAR 3 agosto 2010

Archivado en: Amigos autores,Últimos post — claudiaynel @ 0:17

Cierra bien todas las puertas,

rásgate el pecho

y vuelca sobre el papel tus vísceras de tinta.

¡Maldito mar! ¡Malditas horas!

Yo, capitana de un barco maltrecho,

y tú, perdido en tu propia vida,

buceando en el barro de tu estanque de sueños.

—-

Dios multiforme que llora en su templo,

abro una y otra vez el baúl de los recuerdos

para adorarte de nuevo:

niño torpe en un columpio,

hombre de negocios, jugador orgulloso,

pescador sin suerte, animal feliz,

viajero que sonríe muriendo por dentro.

—-

¿Has atesorado alguna vez en un cofre mi voz?

¿Has soñado palabras divinas con la forma de mi cuerpo?

¿Has repetido alguna vez mi nombre en la noche?

Creo que no lo has hecho,

y ya no te queda tiempo:

la rueda del mundo gira,

y Sansón se cansó de colgar de las columnas del templo.

—–

Y, como me he liberado, voy hacia la luz,

y Dios guía mi barco, desarbolado y deshecho

hacia la Tierra de los Círculos Cerrados.

Allí te espero,

con tu nombre en la frente,

tu recuerdo en mis palabras,

tu sabor en la piel,

promesas de amistad antigua brotando en el pecho.

——

Para cuando inicies tu viaje,

¿Habrás aprendido a navegar?

¿Sabrás leer bien las estrellas,

o rogar por tus deseos?

¿Serás un verdadero dios?

—–

¿Habrás aprendido a reír y a llorar,

a permitir y a suplicar

y a descubrir todos los nombres secretos?

——

¿Serás capaz de rasgar tu alma y llenarla de tinta?

¿De pronunciar en voz alta palabras divinas?

—–

Espero,  dios maltrecho y vencido,

que hayas aprendido.

Pues tengo ganas de terminar este loco viaje,

para dejar sobre tu umbral la llave de mis sueños.

Me he cansado de trenzar mensajes, canciones y risas,

y quiero que el Maldito Mar

deje de una vez, y para siempre,

de bailar la Danza de las Horas entre tu pecho y mi pecho.

Claudia Aynel 2010.


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Color Blanco 4 julio 2010

Archivado en: Amigos autores — claudiaynel @ 16:07

Nature's Maze (detalle) de Peter Callesen

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Vida sobre un papel,

Blanco, puro, recto y limpio,

donde escribo sin temor ensuciarme

pulcras, y rectas líneas.

En ese papel no hay manchas

ni borrones

ni señales de dedos sucios de tinta.

No hay olores, colores,

sabores,

no hay rojo pasión de sangre encendida,

verde esmeralda de espera incierta,

azul profundo de sueño infinito.

amarillo dorado de inicio,

naranja brillante de mitad del camino,

violeta ardiente de la cima.

—-

Color blanco,

puro y frío.

De nube llena,

de nieve helada,

de sábana limpia.

—-

Blanco

de ausencia doliente,

de escasez y de añoranza.

Blanco de labor perdida.

—-

Blanco

de deseo en la cuerda floja,

de silencio implacable

de llamada no respondida.

—-

Blanco de caminar lento,

de vacío.

Se acabó la danza antigua

de  las pieles mojadas,

los cabellos trenzados,

el fuego en el barro,

la lluvia en el viento…

—-

Blanco de perdón.

Blanco de despedida.

Blanco de miradas serias,

de abandono de lugares…

Blanco de muerte fría,

de sangre blanca,

que ya no es roja,

se secó.

—-

Y sobre ese blanco,

frío y puro,

el negro ardiente de la tinta;

negra sangre de mis sueños,

sueños de amor,

que huelen a luz,

que saben a vida…

—-

Sobre un papel blanco, puro y limpio,

trazo mi entramado de pulcras y rectas líneas.

Volando sobre ese desierto de hoja helada y lisa,

donde no hay caminar de viajeros,

no hay huellas de pisadas,

no existen los borrones,

no se ven los errores,

no hay colores, olores, sabores,

no hay luz, no hay salida…

donde brilla el blanco color de la amargura,

escribo el olvido de esta vida

doliente,

blanca,

lisa,

pura,

pulcra,

recta,

limpia.

Claudia Aynel, Junio 2010

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REPTANTE DESTINO 5 abril 2010

Archivado en: Amigos autores — Jaume Moreso i Mallofré @ 16:16


REPTANTE DESTINO

Muchas veces me pregunto si lo natural de las casualidades, si la sencillez de los sucesos es simplemente el enlace casual de cadenas arbitrarias y aleatorias o, por el contrario, existe algo más en esta realidad, algo ajeno a nosotros, algo que tiene un poder distinto e imposible de comprender por la mente humana.

Esto sonaría muy normal si procediese de una persona de fe, de fuertes convicciones espirituales. Hasta sonaría comprensible y adecuado para una persona estándar, de clase media y con una vida de lo más ordinaria. Pero ninguno de estos es mi caso.

Soy doctorada en física y mi carrera profesional me ha llevado a los peldaños más altos de la investigación científica. Toda mi vida, la ciencia ha sido mi guía, mi norte y la solución de todas mis cuestiones. Pero… pero recientemente, ha sido asaltada mi cordura con una cuestión que la ciencia no puede responder.

Sin poder comprender lo sucedido, estoy perdida, levitando y flotando entre ecos vacíos de horas muertas. Mi reloj ha perdido todos los instantes, y la ciencia, orgullosa y vanidosa, ha caído en un pozo de ignorancia, cuyas negras paredes, son la oscuridad de lo desconocido.

Por eso, ahora, perdida y perdidas mis creencias, no he podido sino encaminarme a la búsqueda de respuestas en lo intangible, en lo etéreo y fugaz de lo espiritual. Me he encaminado a la búsqueda del destino, y del significado que éste pueda tener.

Si hoy os cuento mis experiencias, si hoy me siento decantada a contar esta singular historia, no es para diversión de mis lectores, es porque necesito encontrar un poco de paz en mi corazón, porque, porque… es tan incomprensible lo que me pasó este viernes día 21 de septiembre, que no puedo guardármelo en mi interior.

Mis propios sentimientos se contradicen, se niegan a aceptar su propio testimonio, y yo habría de estar totalmente loca si lo aceptara. No obstante, no estoy loca, y con toda seguridad, no sueño.

Lo que pasó este viernes es una simple cadena de sucesos domésticos que, separados uno a uno e individualmente, no se les puede atribuir nada especial ni sobrenatural, pero es en el conjunto cómo se les debe ver, y este terrible conjunto es el que me ha dejado anonadada y perdida; anonadada y perdida una mente con amplios conocimientos científicos, con fuertes convicciones racionales.

Así que, si hoy me siento decantada a contar esta singular historia es porque todos mis intentos de esclarecer los pormenores que se han visto implicados, han sido totalmente en vano.

Y es en los pormenores, en estas implicaciones, dónde se deben buscar las respuestas, pues lo global es tan complejo y tan sobrenatural, se aleja tanto del raciocinio humano, que es inútil tratar de esclarecerlo por los métodos y las herramientas que nosotros conocemos.

Seguramente nadie podrá dudar del carácter, un tanto outré, de la historia que os voy a relatar y tengo que decir que todo sucedió como lo voy a contar. No es fantasía, ni ficción. Ni ningún delirio… Aunque sería comprensible pensar esto, y yo lo pensaría, sin duda alguna, si fuera una lectora ajena. Pensaría que, sin duda, la persona que lo ha escrito está desequilibrada, ha enloquecido o fantasea. Pero el caso es muy diferente, pues yo no estoy loca ni tengo fantasías.

Para poder contaros lo sucedido este viernes 21 de septiembre tengo que remontar en el tiempo muy, muy atrás. Cuando yo tan sólo era una muchacha de quince años de edad…

Era el verano del 86. Nos fuimos yo y mi familia a pasar unas vacaciones en una confortable cabaña en el bosque, al lado de un pueblo diminuto y poco conocido. Los sucesos empezaron a producirse el segundo día, tomando un curso imparable y que guió completamente nuestros actos.

Salimos todos a dar un paseo por el claro de un bosque. Al cabo de un rato, y habiéndonos separado ligeramente, me di cuenta que, en el borde del claro, se desplazaba un brillante riachuelo que serpenteaba por la falda de una alta montaña. Divertida, me metí en el río. Me cubría sólo hasta las nalgas, y el agua era tan clara que te invitaba a chapotear en ella. Y así lo hice.

Fui corriendo, chapoteando y saltando, curso a bajo por el río. De pronto oí un grito ahogado de terror, y reconocí, sin ningún tipo de duda, la voz de mi madre. Aceleré el paso, angustiada, hacia la procedencia del grito de la mujer que me había dado la vida. La vi muy pocos segundos más tarde. Estaba al otro lado del riachuelo, con la mirada presa del pánico. Ante ella reptaba y se contorsionaba una terrible y a la par magnífica serpiente.

En ese momento llegaron mi padre y mi hermana pequeña. No pudieron contener su espanto al ver a tan terrible bestia, y mi hermana sólo era una niña de diez años y no pudo controlar sus instintos. Gritó horrorizada, y eso alteró al formidable reptil, que se abalanzó salvajemente contra el cuerpo de mi madre. La mordedura fue terrible, y la mujer que me había traído a la vida cayó inconsciente al suelo.

Mi padre cogió desesperado a su mujer y, viendo que no abría los ojos, se puso muy nervioso y empezó a gritar. Mi hermana se puso a llorar sonoramente, que no es de extrañar para una niña tan pequeña, pero sí que era extraña la tranquilidad y la seguridad que se había posado en mí. Ordené a mi padre que cogiera a su mujer en brazos y me siguiera. “Rápido” le dije “No hay tiempo que perder. Cogeremos el coche y la llevamos al hospital de la ciudad más cercana”. Y así fue. En menos de media hora llegamos al hospital, espoleados por una prisa vertiginosa y por el miedo a las funestas consecuencias que podría traer el veneno que se extendía por el cuerpo de mi pobre madre.

Los médicos le sacaron la ponzoña y la salvaron, pero necesitaría mucho descanso hasta poder recuperarse. Así que, aquel viaje que pretendía ser el de unas divertidas vacaciones, se convirtió en una triste espera y en un consternado velatorio para la salud y la recuperación de mi madre.

Mi padre se pasaba los días enteros en el hospital, al lado de su mujer, y nosotras casi nunca lo veíamos, así que pasamos casi todos los días solas y las inquietudes y el miedo no tardaron en hacer acto de presencia.

La metamorfosis empezó muy pronto, justo cuando volvimos a la casa de vacaciones. Al poner el primer pie en el hall ya me di cuenta de que algo no cuadraba. Todo estaba ordenado, diferente a cuando una familia ajetreada con ganas de diversión llega a una casa y se instala en ella con prisas y ganas de salir a tomar el aire.

Y mis sospechas se acrecentaron aún más cuando entré en la cocina. Me di cuenta que la silla no estaba en el lado correcto de la mesa. Es decir, recuerdo perfectamente dónde se dejó la silla cuando salimos a pasear, y lo sé porque fui yo quién se sentó en ella y la dejó mal puesta al lado de la nevera al salir.

Observando aún más atentamente, vi que faltaban los cuchillos grandes de cortar la carne y una ventana (recuerdo haberlas cerrado todas antes de ir al lamentable paseo) estaba abierta de par en par. Algo no cuadraba en la composición de la escena. No recordaba perfectamente el estado de la cocina en el momento que salimos (a excepción de las cosas que yo toqué), ya que sólo pasamos escasas horas en la casa, pero estoy segura que cuando llegamos del hospital, la cocina estaba diferente. Eran sutiles y casi imperceptibles para alguien poco observador, sí, pero yo me di cuenta de ellos, de esos cambios…

Pensé sobre el asunto toda la tarde y hacia la hora de dormir me vino a la mente una angustiosa inquietud: ¿la cocina había sido utilizada mientras estábamos ausentes? ¿pero cómo? ¿por quién?

Esa cavilación me desconcertó, y de pronto me sentí asustada y desprotegida, yo sola con mi hermana pequeña…

Al día siguiente corroboré la veracidad de mi angustia: también faltaban alimentos en la despensa y alguien había sacado la bolsa de las basuras. Me subió un escalofrío por la espalda y me asusté. Ahora estaba segura que alguien se había colado en nuestra casa aprovechando nuestra ausencia, ¿pero quién?

Me decidí a llamar a la policía. El teléfono estaba en la mesilla de la entrada, pero… ¿y la guía telefónica…? Recuerdo claramente esa guía telefónica, pequeña como un libro de bolsillo y no más gruesa que una agenda. Y estoy segura que cuando nos instalamos en la casa, la guía estaba al lado del teléfono.

Rebusqué por todos sitios y al abrir el primer cajón, ahí estaba, guardada cuidadosamente. La abrí, y entonces me di cuenta de la página que había sido arrancada. Me estremecí aún más.

Sin saber hacia dónde conducir mis pensamientos volví otra vez a la cocina, para ver si encontraba otros indicios de la presencia del intruso.

Con la guía telefónica en las manos me senté en una silla delante de la mesa central. Miré a mí alrededor, y luego otra vez a la guía. ¡Las páginas siguientes a la arrancada estaban marcadas! ¡Claro! ¡El intruso había escrito algo y por eso lo arrancó, pero no pensó en que la presión y la fuerza del lápiz habrían dejado marca en las páginas siguientes!

La mente me iba a una velocidad vertiginosa. Excitada por el nuevo descubrimiento me puse a escudriñar detenidamente la siguiente página a la arrancada. Las marcas no habían quedado muy definidas, y desde la mesa estando, con la opacidad de la madera y la luz ambiental, me era imposible ver nada con claridad.

“Necesito luz y un filtro” pensé “algo que me muestre las marcas… a través… por dentro… ¡claro! ¡El cristal de la ventana!” y diciendo esta última palabra, arranqué la página con decisión. Me abalancé hacia la ventana y puse el papel contra el cristal, sujetándolo con las dos manos. Observé, con los ojos bien abiertos, con una atención frenética cada detalle y cada contorno de la hoja.

Ese círculo era demasiado claro, y además parecía trazado a conciencia, como si la mano del autor hubiera estado girando varias veces… Y además era un círculo perfecto y había quedado marcado con total claridad.

“¡¿Un círculo?!” vociferé por mis interiores “¿qué puede significar un solo círculo?”.

Y me quedé pensando, mientras los rayos del sol atravesaban el cristal de la ventana, y luego al papel para incidir directamente sobre mi cara. La luz era placentera, y me hacía ver con claridad, y no sólo hablando estrictamente del sentido de la vista, sino que también tenía un extraño efecto sobre mi intelecto. Pero entonces los rayos de luz se volvieron más agresivos, parecía que las nubes se habían abierto, dejando paso directamente, a un sol agobiado y lleno de cólera. Los ojos se me resintieron al impacto luminoso, pero sobre todo al ígneo que azotó mi mirada. Tuve que girar la cara, y mis manos se perdieron en el aire, dejando caer el papel que se interponía entre yo y el exterior. Y entonces se produjo un instante que colapsó al tiempo. Fue veloz, fue fugaz pero por un instante fue eterno. Como una hoja en una ráfaga de viento, como un fotograma en una escena de un minuto, como el electrón perdido en la chispa de un rayo… Cuando mi mirada giraba y se cerraba para evadir esos crueles rayos del sol, cuando dejaba de ver al frente, a ese papel que había estado observando y que ahora se desprendía hacia el suelo, dejando visible el exterior, mis ojos pudieron captar un minúsculo fotograma de la realidad, como si de pronto, una rendija entre la verdad y el tiempo se hubiera abierto, enlazando un momento imposible en un instante increíble, que llegó a mi cerebro y me produjo una visión monstruosamente vívida mientras mis ojos no veían nada.

El grito que soltó entonces mi garganta fue estrepitoso, pero la sombra que se cruzó en mi existencia aún fue peor.

Cuando desperté el rostro asustado de mi hermana estaba chillando a viva voz. Intenté pronunciar algo, no sé qué dije, pero su cara se apacentó y sus labios dejaron de temblar. Entonces me contó que había bajado corriendo al oírme gritar de una forma horrible, y que cuando llegó a la cocina yo estaba tumbada en el suelo, sin conocimiento.

“¿Qué te ha pasado hermanita?” me preguntó ella, pero yo no pude responder, ya que desconocía la razón de mi fuerte shock. Lo último que recordaba eran los fuertes rayos de sol, sardónicos y maliciosos, mareándome y nublando mi juicio. Luego todo se lo tragaron las tinieblas.

Al día siguiente la sombra de los hechos ya se había diluido, como el café en demasiada agua, como la energía mecánica con demasiada superficie de fricción. Pero mis dudas y mis sospechas continuaban.

A primera hora de la mañana salimos a comprar, y mientras recorríamos el camino hacia el pueblo, mis ojos no podían dejar de observar la frondosa maleza que crecía en los límites del bosque. La oscuridad que ahí se formaba, entre una densidad casi selvática, se podrían esconder ojos acechantes y envidioso. No dejaba de pensar en ello, y de vigilar cada rincón y evaluar todos los caminos y accesos.

Al cabo de unos minutos llegamos al pueblo. Pero mi desasosiego no se calmó, ya que cuando entramos a la primera tienda, nos encontramos dos hombres de aspecto preocupado que cuchicheaban palabras oscuras y repletas de misterio. Oímos que un poco más abajo del valle, a la orilla del río, la misma mañana de nuestro encuentro con la serpiente, se produjo un terrible asesinato. Un hombre nórdico, de pelo rubio y piel lívida, había matado a cuchilladas a una pobre mujer también de origen nórdico.

Nos quedamos heladas de espanto, pues nos dimos cuenta, que eso había sucedido a escasos metros del encuentro de mi madre con la serpiente. Si ese terrible reptil no se hubiera cruzado en el camino de mi madre, posiblemente hubiera chocado con el asesino, y no me atrevo a pensar lo que podría haber sucedido.

Trastornadas por la noticia, nos volvimos de camino a la cabaña. Cuando hubimos llegado a la entrada, donde se abría un extenso cultivo, mi hermana pequeña me avisó de algo extraño. “¿Lo oyes?” me preguntaba “¿Lo oyes? ¡Ese siseo mezquino de la serpiente!”. Me quedé helada de miedo, pues ahí delante, levantada como una magnífica criatura de mito, se alzaba tan temible criatura. Nos siseaba y nos amenazaba con sus terribles colmillos y en ese momento pude contemplar una alucinación más temible que cualquier pesadilla que acecha en las horas de insomnio.

La serpiente crecía imparablemente, todo su cuerpo se hinchaba y se expandía y entonces su cabeza cobraba unas dimensiones inimaginables. La boca se le abría, crujiendo, y de su garganta empezaba a brotar una especie de jadeo, o quizá era un gruñido, ronco e infernal, que sólo el delirio de la peor enajenación podría llegar a imitar.

Y fue cuando su propio cuerpo, gomoso y blando, empezó a ser devorado por esa cabeza titánica e infernal que vi de nuevo ese círculo. Se recortaba y propagaba una extraña oscuridad que rodeaba con un aura de magia primigenia y ancestral todo el contorno de la criatura reptil.

Entonces vi esos dos colmillos enloquecidamente suicidas, que perforaban la carne de su propio cuerpo, y como la criatura se enroscaba siguiendo el trazado del anillo, devorándose a sí misma entre un holocausto de ruidos perversos que se reverberaban como tiránicas oleadas de magma ardiente que incineraba mi mente y me hacía ver las mismísimas latitudes de un Hades de mito y leyenda.

Estaba rígida, paralizada por el horror. Pero al fin, desperté de ese terrible suplicio y vi como el reptil giraba su cabeza y se perdía reptando a través del bosque. Lo que me horrorizó entonces fue ver como mi hermana salía corriendo detrás de la bestia. “¡Hermana!” grité “¡Qué haces, vuelve!”. Nunca olvidaré lo que me contestó: “¡Tengo que seguirla, me lo ha pedido! ¡Natalia! ¡La serpiente me está hablando!”

Un desconcertante hormigueo recorrió mi espalda. Mis piernas no obedecieron al instante y me quedé paralizada, estancada en mis propios miedos. Pero cuando el cuerpo de mi “pequeñita” se fundió con la oscura naturaleza que se atiborraba ahí delante, me sobresalté instintivamente. Empecé a correr, aún más asustada que por la viva impresión que me causó ese monstruo.

No la veía, pero la escuchaba. Unas zancadas más adelante empecé a distinguir su voz, llamándome, y al cabo de unos segundos empecé a distinguir su silueta, contorneada vagamente por una especie de bruma que flotaba a su alrededor.

Su contorno se dibujaba cada vez más a mis ojos, y se recortaba entre la espesa naturaleza del bosque. Yo la seguía, a trompicones, arañándome contra las fuertes ramas. De pronto su figura desapareció entre la maleza. Grité su nombre con todas mis fuerzas, asustada e histérica, y salté entre los arbustos por los que ella había desaparecido.

La caída fue vertiginosa y sorprendente, pues me vi deslizándome a través de unos matorrales tan densos y tan cerrados que podría perfectamente asegurar que habían crecido artificialmente a modo de túnel o de tobogán.

Cuando salí al otro extremo, me di cuenta que había traspasado toda la ladera este de la montaña, que había recorrido varios centenares de metros en poquísimo tiempo.

Entonces alcé la vista y vi un hombre albino, con una tez extraordinariamente lívida y reluciente, con unos ojos abultados y vidriosos como los de un pez. El cuchillo de cocina que se asía a su puño goteaba de sangre y manchaba la verde hierba del terrible color de la muerte. A sus pies, una mujer que parecía estar embarazada, se tapaba el cuello con las dos manos, intentando contener la sangre que le borboteaba de la terrible herida que le había seccionado ese detestable hombre rubio.

Creo que entonces grité y vi como el hombre se abalanzaba sobre mí, con el terrible cuchillo hacia delante. Pero algo paso muy a ras de suelo, como impulsado desde una gran distancia, y el monstruo albino tropezó cayendo fatalmente al suelo. Se oyó un grito pegajoso, y un suplicio de rabia. Su mismo cuchillo había travesado su cuerpo.

Antes de caer inconsciente, vi a mi pequeña hermana, levantándose fatigosamente del suelo, después de una potente caída, y detrás de ella, una serpiente portentosa siseaba al son del balanceo de los árboles.
Cuando salí de las sombras, estaba en el mismo hospital al que habíamos traído a mi madre. Ella ya estaba totalmente recuperada y todos me abrazaron emotivamente cuando me desperté. Instantes después me confirmaron la muerte de ese monstruoso hombre albino y el de su pobre víctima. Jamás volvimos a ese pueblo ni a hablar de él. Todo se perdió en los rincones oscuros de nuestra memoria.

Hasta el pasado día 12 de septiembre, veintitrés años después de lo sucedido.

Era media tarde. Yo andaba por un callejón poco transitado de la ciudad. A mano derecha fluía el río Sena, con toda su pompa y su grandeza. El cantar de los pájaros coqueteaba con mis oídos mientras una agradable y fresca brisa mesaba mis cabellos. La explosión me cogió totalmente desprevenida, pues yo andaba con la mirada perdida, y no pude advertir que un camión de alto tonelaje estaba perdiendo el control, dirigiéndose inexorablemente hacia unos pesados muros que se alzaban al inicio del puente.

Muchos coches derraparon en todas direcciones. Algunos consiguieron evitar el accidente, otros no tuvieron tanta suerte, y colisionaron contra las vallas del Pont du Guillaume le Conquérant, contra el mismo camión, o contra otros coches… el caos fue tremendo, pero al cabo de unos instantes, los espectadores que ahí nos congregábamos, pudimos ver, aliviados, que nadie había resultado herido.

Observé un poco más el espectáculo. Como la policía, diversas ambulancias y hasta camiones de bomberos y un par de grúas llegaban por la misma carretera y desde el otro lado del puente. Entonces me lamenté de la hora que era, y de que el puente estaba totalmente extraviado. Tendría que elegir otro camino de regreso a casa, pues el que yo cogía habitualmente ahora estaba sumido en la confusión y era imposible pasar por ahí.

Así que me desvié de mi ruta inicial cogiendo la Voie sur Berge, resiguiendo el ancho curso de agua de un río memorable que había visto multitud de sucesos históricos. Sucesos que se reflejaban en la superficie de esa agua oscura y opaca, tan oscura y opaca como ese círculo que de pronto se había formado en el centro de mi visión. Ese círculo que de un instante a otro había aparecido delante de mí, ¡encima del mismo río, encima del mismo aire, encima de la misma tierra, encima de la misma Ruan! Y entonces un cúmulo de recuerdos pasó por mi mente, en forma de imágenes que se deslizaban frenéticamente por las aguas del Sena. Las veía flotar, una a una, imágenes de años olvidados y resentidos en las profundidades más oscuras de las pesadillas que cualquier persona se negaría a haber vivido.

Vi los cuchillos, untados de alguna sustancia roja y pegajosa; vi la hoja de la guía telefónica, recortándose contra el cristal de la ventana; y vi los malditos rayos de sol, ¡que relampagueaban detrás de un cuerpo delgado, zigzagueante y oscuro!; vi una silla, girando con locura; una habitación vacía y una silueta agazapada en la oscuridad; vi también una mujer hinchada, ¡otra vez ese líquido viscoso!, la maleza y un túnel hecho de ramas y hierbas… y volví a ver el papel que resbalaba y descubría fugazmente el exterior, unos colmillos amarillentos, tiránicos y viles como las malas artes de la tortura… otra vez el papel y una silueta verde que se asomaba… el papel y el círculo… ¡y una silueta escamada, gomosa y reptil que se succionaba a ella misma! Y entonces fue cuando la volví a ver, esa visión escalofriante y nauseabunda que la cordura había sepultado en el rincón más oscuro y estigio de mi mente bajo las rencorosas lápidas del olvido.

La visión volvió a emerger a la superficie y esos colmillos horripilantes se volvieron a clavar en mi cuerpo. Grité y grité y grité de dolor bajo esa terrible tortura. Su lengua lamía todo mi cuerpo y me succionaba hacia sus entrañas. Unos gases nauseabundos de otro mundo me penetraban todo el cuerpo, y ese líquido… ¡ese líquido escalofriante y abrasador me corroía la piel!

Y así, siendo devorada de nuevo por ese monstruo primigenio y subterráneo, caí desmayada, gritando de horror pero no sin luchar ante tan temible amenaza.

Cuando las tinieblas se disolvieron me encontré tumbada en el suelo, en el mismo sitio donde sucumbí a una alucinación que había despertado después de dormir un letargo de veintitrés años.

Por la posición del sol en el cielo deduje que no había estado mucho rato inconsciente, sólo unos pocos minutos. Aún tenía la sensación que algo me amenazaba y que un poder siniestro y caprichoso estaba jugando conmigo. ¡Pero cómo podía pensar yo eso! Era irracional y descabellado, sin sentido, pero después de lo que había experimentado… ¿cómo no podía creerlo? Cualquier cosa era posible ya.

Me tuve que sentar. Mi mente estaba siendo asaltada por un maremágnum de ideas y pensamientos. La ciencia, la física… me había entregado a ellas durante todos estos años, y mi mente estaba entrenada y preparada para descifrar los secretos del universo. Yo estaba preparada y trabajaba día a día siguiendo el método científico, desentramando los enigmas de la realidad, con seriedad y rigor, basándome en los hechos, en lo tangible, en lo probable.

Cosas como éstas… no tenían cabida en la ciencia, era impensable, era irracional, ¡era insensato! Pero no obstante, yo lo estaba viviendo, aquí, ahora, en mi piel, en mi intelecto, en mi alma… ¡Por el Cielo! ¡Nunca me había sentido tan perdida y tan atacada!

La información me llegaba de numerosas fuentes. Del pasado, del presente… del futuro. Porque, ¿qué más podía suceder? Lo que yo había visto y sentido no era una enajenación, no era el delirio de una loca.

De pronto pensé en todos mis conocidos y colegas de trabajo, en todos los científicos del mundo, en la misma ciencia… ¿Qué es eso? Dime ¿Qué es eso…?

La Humanidad se guiaba por la ciencia, mis compañeros de carrera y de escuela trabajaban duro, entregaban sus vidas en ello y para estas personas, para toda la comunidad científica, la ciencia es la verdad y nuestra luz, la luz que ilumina la oscuridad y desvela todos los enigmas. Pero, pero… ¿y si estamos equivocados? Ellos trabajan, ahora mismo, en este instante, siguen estudiando, pensando y siguiendo el método científico… ellos, la comunidad, todos… ¿y si estamos ignorando algo? Se nos escapa… se escurre de nuestro conocimiento, nos evade, esquiva nuestras capacidades… estamos ciegos, no lo vemos, ¡pero ahora yo lo he visto! He visto y he comprendido que estamos perdidos.

Ya no siento el respaldo de la ciencia, la guía en ella. De pronto veo que todos están equivocados, que son unos ilusos e ignorantes y siguen ciegos un camino vanidoso que sólo se alimenta a sí mismo, ¡ignorando las otras realidades que pueden existir!

¿Realidades? ¿Realidades paralelas… podría ser eso?

Les compadezco, compadezco a toda la Humanidad, somos ciegos y estúpidos, a nuestro alrededor pasan cosas que nunca llegaremos a contemplar, y si las contemplamos, nunca las llegaremos a entender…

¿Qué pasó entonces? Un hombre albino, monstruoso y antinatural, un cuchillo ensangrentado, una mujer embarazada, un túnel incomprensible, un momento que se había perdido entre el humo y la bruma, ¡pero que de pronto había vuelto a emerger a la superficie como un cadáver mal enterrado!

Yo estaba experimentando algo horroroso y macabro, algo que el resto del mundo ignora, en su propia isla en medio de océanos negros. Los envidio, ¡ojalá nunca hubiera visto lo que vi! Es lo más misericordioso del universo, la ignorancia de la Humanidad. Sí… ya lo creo. No hay nada más misericordioso que la ciencia. Cada una en su propio camino nunca llegará muy lejos. Por separado, sin control, sin coordinación; no estamos destinados a emprender grandes viajes.

Ya lo creo… ¿pero si un día esto que me sucede a mí se manifiesta a escala mundial? No puedo llegar a imaginar el caos y la locura, ¡ante la revelación de la verdad! ¡De que no estamos solos! De que hay otros seres, más antiguos y ancestrales, más perversos y caprichosos que juegan a nuestro alrededor y nos utilizan a su antojo…

Sin duda que entonces la Humanidad expirará su último aliento, y despavoridos los últimos supervivientes huiremos de esta funesta luz, para refugiarnos en una nueva era de tinieblas…

No, no puede ser así. La ignorancia no es un regalo, el universo no es misericordioso, ¡es un farsante! La Humanidad vive en esta farsa de realidad, y lo que yo he vivido, me da las respuestas que tan ansiosamente en la ciencia he buscado, y nunca encontrado…

No, no es misericordioso, porque no hay nada misericordioso, la realidad es cruel, pero conocerla, para mí, ahora es una fortuna.

Ante el horror puedo volver a vislumbrar la luz, ahora me levanto. ¡Sí…! Vuelvo a sentir las piernas, las energías me vuelven. ¡Ya lo creo! El río Sena vuelve a fluir, la vida de Ruan vuelve a hervir… siento el suelo, siento el espacio. ¡Ahora noto el Planeta moverse! ¡Oh, por el Cielo! ¡Veo las estrellas y las galaxias! ¡Oh, Dios! Nunca hubiera pensado que utilizaría esta palabra, jamás… la había descartado de mis creencias… pero ¿qué es lo que acabo de ver? Dios mío, si existes aquí o en algún otro sitio ayúdame, dame fuerzas porque esas luces, ¡esas auras y esas criaturas azuladas de otra dimensión me han mirado! He visto los confines de la realidad y del universo, y ahora sé que algo tiene que volver a ocurrir.

No sé si para bien o para mal, pero algo debe ocurrir. Necesito valor y fuerza, no me esconderé, no huiré. Sea lo que sea lo afrontaré… Pero debo plantearme mis acciones y prepararme.

Sin darme cuenta, aún maravillada y a la vez horrorizada, subí por las escaleras hacia el puente Jeanne d´Arc. Estaba decidida. Primero debía avisar a mi hermana y contarle lo sucedido.

Así que emprendí el camino hacia su casa, trazando mentalmente el itinerario más corto a seguir. Ella vivía cerca del teatro De la Pie Rouge en la Rue du Cordier, así que por ahora debía seguir recto por la Rue Jeanne d´Arc hasta llegar delante de la chef-d´ouvre de la arquitectura gótica del Palais de Justice. A mano derecha quedaba la Rue Saint-Lö, una de las avenidas más concurridas y agitadas de toda la belle Ruan. Seguí adelante, ignorando ese magnífico complejo comercial de la Galerie de l´Espace du Palais; y dejando atrás los más emblemáticos recintos culturales de la ciudad.

A partir de ahí la caminata empezó a ser más ágil, pues el barrio que ahí se hospedaba era muy tranquilo y poco agitado, todo lo contrario a la zona que había dejado atrás, que era el centro neurálgico, comercial y económico de Ruan.

Al cabo de unos minutos de angustiada carrera, giré a la derecha por la Rue Bailliage. Ya quedaba poco, a unas tres o cuatro manzanas de ahí se encontraba el edificio de mi hermana. Ya quedaba poco… ¿Pero qué demonios era eso? ¡Había una serpiente, una serpiente dibujada en un cartel! Miré a mi alrededor, ¿dónde estaba? ¿Qué era eso? ¡El museo de las Bellas Artes! No podía ser una casualidad. El cartel rezaba algo de una exposición de pinturas sobre reptiles y varias criaturas centro africanas. Pero no, eso no podía ser una casualidad.

Crucé la acera y me acerqué al cartel. ¡Por el Cielo! ¡Esa criatura mezquina! Era la misma, ¡la misma criatura del bosque que atacó a mi madre! Pero no podía divagar, tenía que seguir adelante. Miré el reloj, eran ya las 19:25, las luces de las farolas empezaban a encenderse, los últimos rayos del sol se perdían detrás de los tejados y las sombras de la noche se cernían sobre la ciudad.

Di la espalda al museo y entonces, cuando me disponía a reemprender el paso el extraño cimbreo de unas bombillas que se encendían en ese instante me alertó. Giré la cabeza, asqueada con ese ruido, y vi una congregación de luces fosforescentes que brillaban y cimbreaban al son de espasmos eléctricos.

Las luces se encendían y se apagaban, como traumatizadas por un error eléctrico, trazando signos y formas geométricas sin sentido. Pero entonces vi algo claro, una figura se formaba en el juego de esas bombillas, una figura serpenteante que de algún modo parecía que se moviese y con la cabeza señalaba la siguiente calle que se dirigía hacia el norte.

Un poco atemorizada, pero no indecisa, me acerqué hacia la esquina de esa callejuela estrecha y oscura. No había ni un alma, ni un sonido, todo estaba dormido, tan quieto y silencioso como una tumba. El suelo parecía recién asfaltado y, en general el contorno de la calle era irregular y se adivinaba anticuado.

Aún quedaba en pie una valla de las obras, que en ese momento se tambaleó hacia delante y hacia atrás llevado por una fuerte ráfaga de aire que se internó como un espasmo hacia dentro del callejón, para perderse su sonoridad y su helada friega entre las espesas sombras del interior.

El cemento aparentaba estar recién seco y perfectamente alisado, pero parecía verse una irregularidad marcada. Era una línea, de un palmo de ancho que avanzaba zigzagueante por esa callejuela hasta perderse en la oscuridad.

Me adentré en el callejón, con cautela y temor. Si había un mensaje en todo eso, tenía que descifrarlo. Ese camino me desviaba un poco para llegar al piso de mi hermana, pero no podía obviar que algo estaba ocurriendo, así que saqué pecho y puse rumbo hacia ese Palacio de Cnosos de oscuridad laberíntica que se insinuaba ante mí.

Avanzando lentamente con todo el cuerpo rígido y tenso empecé a sentir como el eco se ponía juguetón. En medio de la oscuridad total, entre unos negros muros que escondían la mirada de los astros y de la Luna, sólo podía oír el eco recrearse con mis tacones en su juego infantil e irritante. La oscuridad anegaba mi visión y no podía discernir nada, cada vez me sentía más rodeada y más abrazada por unas tinieblas que parecían materiales y que en cualquier momento podrían sacar sus garras y atraparme en ese callejón interminable.

De pronto empecé a oír una especie de soplido. Pero no el soplido ágil y libre de una ráfaga de aire, que vaga por doquier; sino que era un soplido encarcelado, saliendo fatigosamente de su prisión, como si fuera escupido con gran esfuerzo y emergiera con una presión enfurecida.

Cada vez lo sentía más cerca, y a medida que avanzaba entre la oscuridad, abriéndome paso entre el negro absoluto, sentía con más claridad ese sonido y poco a poco empecé a percibir su naturaleza. Parecía un líquido, un líquido muy poco denso, ya que alrededor del sonido principal se podían percibir una multitud de sonidos chispeantes que se dispersaban por todos sitios.

Una sensación de alerta crecía vigorosamente en mi interior, asediando mis sentidos y poniendo en guardia todos mis instintos. Estuve a punto de girar y salir corriendo varias veces, pero al final me pude mantener íntegra ante el miedo y seguí adelante.

El sonido continuaba, y no estaba inmóvil, parecía que se moviera por ahí delante, oscilando de un lado a otro, inquieto, nervioso.

Aceleré el paso, estaba harta de ir a tientas y quería llegar de una vez por todas al otro extremo de la callejuela, y salir por fin a dónde me tuviera que conducir ese fortuito camino.

Entonces se produjo lo inesperado. Primero lo sentí en la pierna, cuando me agarró con fuerza y me arrastró al suelo. Resbalé un buen trecho y sentí que el suelo se untaba de algún tipo de líquido. Intenté reincorporarme pero las piernas me patinaron por encima de ese líquido. Me lastimé un tobillo y el golpe en la cabeza fue realmente fuerte. Me quejé sonoramente, y maldije  mientras el eco se reía de mí.

Sentí de nuevo esa presencia enemiga que se acercaba otra vez contra mí. Me reincorporé rápido, lista para saltar o contraatacar si era necesario. El silbido giraba y volvía, casi lo tenía encima. Sentí el frío de una ráfaga líquida que empapaba todo mi cuerpo y el sonido de un arroyo de agua que corría impasible por detrás de un ser rubio, fantásticamente lívido, con una piel blanquecina y escamada como la de un anfibio; empuñaba un cuchillo ensangrentado y corría hacia mí, con una horripilante expresión en la cara.

Entonces grité aterrorizada, pero también enfadada y llena de rabia; y en ese instante noté como el enemigo estaba a punto de golpearme. Salté a un lado, mientras con las manos cazaba el arma de ese hostigador oscuro.

Algo se agitó y se revolvió al otro lado, con energía, con ímpetu, pero yo apreté más y estiré con todas mis fuerzas. Algo estalló y el agua empezó a fluir a borbotones, salpicando todo mi cuerpo. La manguera rebotó contra la pared, con tal violencia que destrozó parte del cemento.

Tanteé a mi alrededor… ¿había sido sólo eso, una manguera? No, no era sólo una manguera… un respirar maligno me confesó que mi asaltante no era una alucinación.

Sus pisadas se acercaron, poco a poco, traicioneramente entre la oscuridad. Cogí la manguera con fuerza, rodeando todo su extremo en mi brazo y la hice volar con toda mi energía contra ese enemigo oscuro y cobarde que me asediaba en medio de la noche.

Su grito horripilante y odioso dibujó una sonrisa en mis labios, mientras me esforzaba para evitar que el pánico se apoderara de mí. Pero el cuerpo ya empezó a temblarme inconscientemente y temí su nueva ofensiva.

El nuevo sonido me heló la sangre. Era un siseo, mezquino y burlón que se paseó a mi alrededor. Entonces mi asaltante entrecortó su respiración y se quedó en silencio, hasta el mismo eco calló, asustado. Me balanceé hacia un lado, desplazándome unos pasos hacia la pared. Noté que mi invisible enemigo también se movía, pero no hacía mí, sino hacia lo lejos. ¿Qué pretendía? Empecé a moverme, en dirección hacia la salida del callejón, y sentí que él también se desplazaba.

“No puedo dejarle escapar” pensé por mis adentros, y aceleré el paso, persiguiendo el ruido de las pisadas de mi agresor. Pero era muy rápido y cada vez le oía más lejos. Y allí, al final del callejón, donde por fin se filtraba la bendita luz de las farolas, pude ver su silueta humana. Era de verdad, estaba sucediendo, todo era real.

Aceleré mi persecución, a toda carrera, histérica por atraparle, por atrapar la verdad.

Entre la poca gente que ahí deambulaba, podía seguir su silueta, vestida con ropas oscuras, que avanzaba sinuosamente y a toda velocidad por la Rue de la Glacière.

Mis pulmones estaban a punto de estallar y sentía que me faltaba el aire. La garganta me dolía como mil demonios, y entre bocanada y bocanada mi cabeza iba de un lado para otro. La nueva luminosidad de la enorme avenida del Boulevard de l´Yser impactó en mis ojos como el flash de una cámara, y con tanta intensidad de luces, de colores y de movimiento me sentí mareada y exhausta. El contraste era demasiado exagerado, y la silueta oscura y encorvada de mi perseguido se difuminaba y se perdía en el decorado como un trazo demasiado líquido en un lienzo a la acuarela.

Seguí corriendo, a trompicones, entre la gente que se alteraba y se asustaba ante mi frenético paso. Tenía que esquivar y apartarme de delante el gentío que se cruzaba en mi camino, como si de un sueño se tratase y todo se volviera confuso e inaudito y necesitara sacudir, zarandear y empujar a un lado todo lo que se ponía en mi línea de visión.

La figura que perseguía cada vez se volvía más borrosa y cada vez más tuve que guiarme por mis instintos para poder seguir su estela. Era como una mancha negra, que dejaba rastro en el aire, y se propagaba como una enfermedad.

Al fondo vi que esa guía se alzaba varios pies en el aire, por encima de un banco y unas jardineras. A la velocidad que iba en un momento me encontré delante del banco. No podía vacilar, si dudaba todo podía fracasar por culpa de una mala reacción en un instante tan preciso. Sin pensar en nada, sin importarme lo demás, sólo me concentré en prepararme para un salto como cualquier otro que hubiera hecho en mi vida.

Pisé con fuerza, al ritmo de mi alocado corazón. Cada latido era un tamborazo que me llenaba de vital energía. Entonces levanté una pierna, mientras la otra me impulsaba encima del banco. Lo pisé fuerte, escuchando como sus maderas crujían bajo mi bota y me propulsé con todas mis energías mientras con la otra pierna ascendía por encima del respaldo metálico golpeándolo con contundencia y saliendo disparada por encima de flores y arbustos; y travesando dos abetos con los brazos cruzados y el cuerpo inclinado hacia delante.

Durante unos segundos que parecían que se congelaban, me vi volando por encima de ese verde parapeto. La distancia era larga y entre fogonazos de ideas y vacilaciones dudé de si lo podría superar. Mi cuerpo caía, a una velocidad de vértigo hacia el extremo de la cerca. Me estiré tanto como pude quedándome totalmente vulnerable a una mala caída. El duro asfalto golpeó contra mis pies, la fuerza de la caída me fue devuelta por el gris hormigón y avanzó por mis piernas hacia mis rodillas. Tenía que flexionarme y amortiguar esa fuerza de reacción, pero eso no era suficiente, necesitaba canalizar toda esa velocidad producida o sino el impacto sería desastroso.

La acera terminaba a dos palmos de mi cabeza, y el desnivel hasta la calle era de poco más de un palmo. Era peligroso pero seguramente me sería de beneficio ya que tendría más espacio para inclinarme hacia delante con el hombro preparado para voltear sobre mí misma.

El impacto fue doloroso pero conseguí reimpulsar todo mi cuerpo para dar una voltereta y caer de nuevo con las piernas hacia delante. La energía cinética hizo el resto, y en un instante volví a estar de pie y seguí mi persecución frenética evitando cualquier obstáculo que se pusiera en mi camino.

Su figura aún seguía en mi campo de visión y todo se movía de un lado a otro, todo temblaba y se zarandeaba. Mis visiones se entrecortaban entre edificios que bailaban, mis piernas que se agitaban incesantemente, personas de todo tipo que vibraban, otra vez mis piernas, moviéndose constantemente y pisando fuerte; coches que se sacudían, farolas y postes que se cruzaban por mi camino con movimientos abruptos, otra vez mis piernas, enloquecidas que palpitaban al ritmo de los tamborazos de mi corazón; ahora mis brazos, oscilando de un lado a otro, nerviosos y tensos; una valla, dos, tres; una cabina telefónica que se agitaba, un transeúnte que se lanzaba angustiado a un lado, otro transeúnte, asustado, que se apartaba patosamente de mi camino; más transeúntes que vibraban y se contorsionaban…

¡Oh no! La figura había desaparecido, mi enemigo me había evadido, ¡ya no lo veía! Y mientras todo temblaba y mi cuerpo corría a toda velocidad, mi cabeza no dejaba de moverse de un lado a otro, buscando a ese maldito bastardo.

Entonces la Rue de l´Avalasse se bifurcaba y no sabía hacia donde seguir. Se me acababa el espacio, tenía que decidirme, no podía parar, tenía que decidirme sin aflojar la carrera, ¿pero a dónde? ¿Dónde habrá ido ese maldito…? ¡Oh no! ¡Oh no! En mi interior gritaba enfurecida esperando que mis gritos me revelaran una respuesta. Pero mi voz pronto pasó a segundo plano, cuando toda mi atención fue captada por un perro, ronco y seco, que me alertó. ¡Por vida! ¡¿Qué problema tenía ese perro?! Me ladraba con frenesí desde la otra calle y no dejaba de perseguirme con la mirada. Entre todo el gentío que ahí se movía, había fijado su mirada y sus ladridos atentamente hacia mi dirección. Su dueño, atónito, casi no lo podía controlar, y yo, siguiendo otra vez mi instinto, esperando que no me fallara, seguí el camino que creía que el perro me estaba indicando.

Subí, subí y subí todo recto por la Rue Louis Malliot, sin ver a mi enemigo pero también sin darme por vencida. En la siguiente esquina me paré un segundo, a mirar a izquierda y derecha. Buscaba una pista, una intuición que me guiara por el buen camino.

¡Fue un siseo! ¡Eso fue un siseo! Entre el ruido de los automóviles, los tubos de escape y todos los gases que silbaban por la gran metrópoli se hizo protagonista el siseo de la serpiente, ¡otra vez! Lo busqué con la mirada, ¿de dónde había venido? ¡Entonces algo cayó del cielo! Y chafándose contra el suelo, produjo un ruido tosco pero a la vez cristalino y armónico. Y allí, al otro extremo de la calle, vi hecha añicos y mezclada entre tierra y flores, una torreta de barro que había caído de algún balcón.

No dudé un solo instante y salí corriendo en esa dirección, subiendo aún más en dirección norte por la Rue du Champ des Oiseaux. La garganta me ardía como si llevara el mismo infierno en mi interior. Mi cuerpo me decía que parase, me pedía que aflojase esa carrera; y a veces no podía aguantar y me sentía débil y quería darme por vencida, pero resistía, resistía y los ojos empezaron a llorarme perlas saladas que se mezclaban con el agua que había salpicado todo mi cuerpo.

Y mientras resoplaba el aire fatigosamente, teniendo la sensación de que no habría suficiente para mis pulmones, vi a lo lejos un fogonazo eléctrico que se propagó por los cables eléctricos colgados en las fachadas, emitiendo una ruidosa comparsa de chasquidos y chispas anaranjadas que se difuminaban por el aire.

Muchos vecinos se alertaron. Los que estaban en la calle gritaron palabras de sorpresa, otros sacaron la cabeza por la ventana, sorprendidos y a la vez irritados, viendo qué es lo que había sucedido.

Yo me quedé igual de estupefacta, pero sabía que eso tampoco era otra casualidad. Tres de esas calles habían quedado a oscuras, con todos los vecinos correteando de un lado para otra sumidos en la confusión. Sólo quedó una calle con luz, el Passage Begin, el cual quedaba a mi izquierda.

Me adentré al estrecho pasaje con agilidad, esquivando los trastornados y a la vez enfadados vecinos, pero de pronto una voz familiar hizo que despertara de esa persecución de pesadilla.

“¡Natalia! ¡Natalia!” gritaba la voz de mi hermana. Me giré hacia la procedencia de su voz, totalmente pasmada y sin saber cómo reaccionar. “¡Natalia! ¡Hermana! ¡Aquí, aquí! ¿A dónde vas tan rápido? ¡Corrías como una liebre!” me dijo acercándose a paso ágil hacia mí.

“¡Hermana!” balbuceé “¡¿Qué haces aquí?¡ ¡¿Por qué no estás en casa?!”

“Tenía un asunto de trabajo y he tenido que salir de improviso…” me respondió ella sin darle importancia “¡¿Pero qué demonios ha pasado aquí?! ¡De pronto todo ha estallado y se ha quedado a oscuras! ¡Y luego te he visto a ti correr como una loca! ¿Estás bien? ¿Dónde ibas?”

“¡Por el Cielo hermana, está volviendo a suceder!” grité con dificultad, sin poder controlar mi voz.

“¿El qué? ¿Qué está volviendo a suceder?”

“Él… ¡Él…!”

“¡¿Quién?!” preguntó ella, con los ojos muy abiertos y alertada por el tono de mi voz “el… ¿el monstruo albino…?” preguntó al final, al cabo de unos segundos.

“¡Sí, sí…! Me ha atacado…” dije entre resoplidos y con la voz rasposa “¡y lo he estado persiguiendo por media ciudad!”

“¡Oh Dios mío!” gritó ella “¡¿Pero cómo puede ser?!”

“No lo sé hermana, estoy muy perdida…” tomé aire fatigosamente y me agaché, apoyándome con las manos en mis rodillas “la serpiente…”

“¡¿Qué?!”

“La serpiente también ha vuelto…”

Mi hermana se quedó muda, horrorizada al volver a ver imágenes siniestras de un pasado reprimido. Los recuerdos iban y venían y no podíamos pararlos, lo único que podíamos hacer era estar preparadas contra el mal que se cernía sobre nosotras.

“Tenemos que salir de aquí hermana…” le dije, conciliadoramente “¿Hermana? ¿Estás bien?”

“¿Eh…? Sí… sí…” respondió ella con expresión asustada.

“Tranquila cariño…” le susurré flojito “no dejaré que pase nada malo, ¿De acuerdo? Ahora vámonos…”

La cogí de la mano y nos alejamos de esa oscuridad que me infundía muy malas vibraciones, y tenía un mal presentimiento por el encuentro con mi hermana. Me retorcía el estómago la sola idea de que le pudieran hacer daño…

Ahora ella también estaba aquí. Habían sucedido muchas cosas, una cadena imparable de sucesos que al final nos condujeron hasta aquí, al Passage Begin. Entonces pensé en como hubiera llegado mi hermana hasta ahí en ese momento en concreto, y en como “algo”… algo que no puedo explicar ni comprender me guió a mí y condujo mi camino hasta este momento… ¿A mi hermana también le habría ocurrido lo mismo? ¿También su camino había sido manipulado y conducido hasta este momento…?

Entonces pensé que si… que si todo esto se había producido por la fuerza y la voluntad de algo ajeno a nosotras… algo primigenio… todo ya estaría marcado, todo ya estaría decidido y el destino ya habría echado sus cartas. Lo único que a nosotras nos quedaba hacer, era echar las nuestras…

Estaba segura que algo tenía que ocurrir y que el ataque que sufrí sólo fue un primer asalto. Debía estar preparada. ¡Tenía que estar preparada! Ahora no sólo por mí, sobre todo por mi hermana.

El mejor camino sería volver atrás, por el mismo camino, no adentrarnos en la oscuridad ya que si él… nos volvía a atacar seguramente buscaría el amparo de las sombras para perpetrar sus abyectos planes.

Entonces me pareció extraño notar que las voces ya no eran ni tan intensas ni tan multitudinarias como antes. Giré la cabeza hacia el camino por el cual había venido y lo único que vieron mis ojos fueron los negros espacios de la oscuridad. En las alturas, algo chispeaba y cimbreaba, creando una tenue luz que permitía entrever las siluetas babilónicas de la piedra y la madera.

Los chasquidos se intensificaba, y la luz emitida palpitaba como si tuviera vida propia, dibujando en el ambiente sombras macabras y ruines que danzaban a nuestro alrededor. La sombra estaba a punto de caer encima de nosotras.

Empezamos a correr, dejando atrás la oscuridad y viendo como los chasquidos y el fuego recorrían los cables persiguiendo nuestros pasos. Era como si todo hubiera tomado conciencia y el fuego y la oscuridad nos estuvieran asediando a través del cableado eléctrico.

Ya quedaba poco para salir al final de la calle, pero de repente un portentoso chasquido y una confusión de fuegos, rayos, chispas y chorros de luz nos hizo frenar en seco.

Sostuve con más fuerza la mano de mi hermana, y ella se arrimó a mí, asustada y temblorosa.

De cada lado la oscuridad se propagaba hacia nosotras.

Estando ahí en medio, nuestros cuerpos, delgados y pequeños, se empezaban a recortar entre una tenue luminosidad que poco a poco se iba apagando. Por todos lados la oscuridad empezaba a abrazar nuestros contornos y en pocos segundos nos encontramos totalmente a oscuras. Sólo, de vez en cuando, un chasquido y una excursión de chispas que se perdían con el viento, nos daba un poco de luz para discernir a nuestro alrededor.

De pronto oí un siseo apagado, y me pareció ver, en la oscuridad de un rincón, el contorno zigzagueante de un temible ser reptador. Me quedé paralizada de espanto, mientras volvían a asaltar a mi mente recuerdos vociferantes de unos años lejanos y olvidados.

Entonces advertí unos pasos sigilosos a nuestra espalda. Me quedé quieta, obsesionadamente atenta a cada sonido que llegaba a mis oídos.

Los pasos eran claros y cada vez estaban más cerca… No podía ser nadie más que él… ese sonido “encharcado” de pies mojados me transmitía sensaciones de felonía entre la oscuridad.

Me giré poco a poco, empujando suavemente a mi hermana detrás de mí. Ella temblaba, se le escapaban cortas expiraciones y daba bocanadas de aire entrecortadas y frenéticas. Le acaricié el brazo mientras me preparaba para el inminente ataque.

Las chispas empezaron a rugir como si supieran lo que estaba a punto de suceder, y su brillo se reflejó en la hoja ponzoñosa, terriblemente afilada y mordaz que se dirigía hacia nuestros cuellos.

Los movimientos de ese ser monstruoso empezaron a dibujarse ante mí. A escasos metros pude ver una oscuridad material que se movía y se metamorfoseaba en espantosas visiones que helarían la sangre a cualquier mortal.

El puñal se asía en uno de sus deformados puños, desprendiendo una luz antipática y grosera que me susurraba palabras de amenaza.

Empecé a temblar sin control alguno, sintiendo que el corazón me saldría del pecho. El brazo retorcido de ese ser se elevó a una distancia muy corta, y el vil puñal volvió a emitir un resplandor blanquecino que rebotó en mis córneas. Luego bajó a toda velocidad, sesgando el mismo aire y directo a mi cuello.

Me moví rápidamente hacia el exterior, con un reflejo espasmódico que vibró por todo mi cuerpo. Mis manos chocaron contra su brazo, y lo cogí con todas mis fuerzas y empecé a gritar y a darle patadas que él recibía casi sin inmutarse.

El monstruo también gritó, pero lo que surgió de su garganta… ¡Por el Cielo! Que puedo jurar que eso no era humano ni animal… y no sabría deciros porque ese ruido me transmitió imágenes abstractas e imposibles de un mundo oculto y subterráneo que ni una mente enfermiza y degenerada podría llegar ni tan siquiera a soñar.

El horror se propagó rápido por todo mi cuerpo, y mis brazos empezaron a flojear ante esa fuerza antinatural del ser albino.

Pero tenía que resistir, no podía flojear ahora… ¡no…! ¡No podía! “¡Lucha Natalia, lucha! ¡Lucha por tu hermana!” bramó mi mente en medio de un holocausto de ruidos producidos por una garganta del inframundo.

Mis brazos se volvieron a erguir, con ímpetu, y todo mi cuerpo se enderezo. El monstruo retrocedió un paso y el cuerpo le flaqueó ligeramente. Yo empujé aún más, con todas mis fuerzas, con todo mi aliento, gritando con locura.

Sentí gritar también a mi hermana y pronunciar mi nombre entre sollozos.

Él gritó aún más y todos los demás sonidos fueron acallados. Mi voz se atoró en mi garganta, horrorizada por la monstruosidad que se balanceaba y me presionaba a escasos centímetros de mi cuerpo.

Sentí su aliento, pútrido y nauseabundo, que chocaba contra mi cara y me hacía venir vascas. Su rostro resquebrajó la oscuridad apareciendo repentinamente ante mí, y en sus rasgos se hospedaban como gérmenes las expresiones más diabólicas y satánicas.

Sus colmillos brillaban amarillentos, y sus ojos, abultados y vidriosos, reflejaban mi mirada perdida en la confusión y el horror.

Una de mis manos se desaferró de sus brazos, casi caí entonces y el puñal rozó mi pecho, rasgándome la chaqueta. Él se balanceó de lado y me atacó repentinamente con su otro puño, mientras en el mismo instante mi mano se lanzaba a una ofensiva desesperada contra su viscosa cara de anfibio. Las escamas de su rostro se despellejaron con el corte de mis uñas que le arrancaron la putrefacta piel y un grito de rabia y de dolor. Entonces su puño golpeó brutalmente contra mi hombro y caí de espaldas en el suelo.

Me intenté reincorporar desesperadamente pero su bota impactó contra mi estómago, con tal fuerza que sentí como si las entrañas me explotaran. Mi hermana continuaba gritando y gimiendo y mis lágrimas empezaron a asomar en mis ojos.

Recibí otra patada de ese maldito. Esta vez en las costillas que me estallaron en añicos rasgándome la carne desde el interior. Grité, y con ese grito lance una de mis piernas contra sus rodillas, moviéndome en un trazo circular y empujando mi otra pierna con un segundo golpe contra su espinilla que hizo que se tambaleara y cayera de rodillas casi encima de mí.

Oí la hoja metálica del cuchillo que chocaba contra el hormigón, y se perdía deslizándose varios metros entre la oscuridad. Él saltó sobre mí y me atacó con la mano abierta, que se cebó con fuerza en mi cuello.

Mis dos puños juntos impactaron contra su brazo, mientras sentía que mi garganta se iba a romper. Si puño se desaferró de mi cuello y el aire comprimido salió escupido por mi boca. Tosí con violencia y dificultad.

Él volvió a intentarlo, con los dos brazos a la vez, que se clavaron en mi garganta y me estrujaron con una fuerza portentosa. Le golpeé una y otra vez, llorando de pánico ante la muerte, llorando de dolor al sentir que mi garganta se estaba rompiendo y que sus dedos empezaban a clavarse en mi cuello.

Era el fin, ya no podía luchar más, no me llegaba el aire, me estaba ahogando y mis brazos cayeron inútiles en el suelo.

Y entonces, ya habiendo perdido todas las esperanzas, ese escalofriante siseo volvió a llegar a mis oídos. Creo que él también lo oyó y sus puños se aflojaron ligeramente de mi cuello. Una sombra voló muy rápido por encima de mi cuerpo, impactando contra el maldito monstruo albino y tumbándolo a un lado.

El monstro se levantó de un golpe, para volver a recibir una nueva embestida de esa sombra.

Los dos seres voltearon por el suelo, golpeándose con locura y girando uno encima del otro.

El aire me entraba a trompicones y el cuello me dolía muchísimo. Las lágrimas me perlaban toda la cara y estaba tan malherida que casi no me podía mover. Me volteé de lado, hacia donde creía que estaba mi hermana y alargué la mano. Sentí aliviada el tacto de la suya y como se acercaba a cuclillas para abrazarme…

Cuando sentí su cuerpo no pude evitar temblar y estremecerme del dolor que corría por mis costillas rotas, mi estómago amoratado y mi garganta. Ella me acarició y lloró conmigo. Nos abrazamos muy estrechamente, intentando no escuchar los gritos sardónicos e infernales que brotaban por doquier y rebotaban contra todas las superficies como libélulas enloquecidas y ciegas.

Los alaridos eran demenciales y esos gritos de duelo hacían temblar los mismos cimientos de las torres negras que se alzaban a nuestro alrededor. Y mientras proseguía la batalla entre la sombra desconocida y el monstruo albino sentí de nuevo ese siseo…

Esta vez muy cerca de mí… demasiado cerca… me estremecí al oír su lengua reptil sisear en mi oído, tan cerca que noté su tacto rasposo y rudo. Y al ritmo de los gritos de pelea, las serpiente me siseaba al oído… los segundos se congelaban, no quería abrir los ojos. Esa monstruosa encarnación del suicidio y la locura primigenia me rozaba con su piel escamosa. La serpiente me tocaba y jugaba conmigo y yo sólo podía apretar tan fuerte como pudiera mis ojos.

De pronto un bufido me alteró, la serpiente me rozó la cara con su cola y se deslizó a lo lejos, bufando con energía. Y al ritmo de sus bufidos, se oyeron unos berridos quejumbrosos que terminaban en un lamentable hilo deshinchado. Entonces se hizo el silencio total.

Abrí los ojos.

Podía ver a mi hermana delante de mí, se había desmayado por el horror. No quería mirar, no quería… “no mires Natalia, no mires…” me decía mi subconsciente, pero no podía evitarlo.

Me levanté casi sin quererlo, mis piernas iban solas. Temblaban y me hacían tambalear pero apoyándome en una pared me pude mantener erguida sin mucha dificultad.

Estaba terriblemente asustada y creo que mi horror aumentó aún más, cuando ese reptil escamosamente antinatural rozó mi pierna. No trataré de explicar la espeluznante sensación de horror que me infundió, pues es imposible de transmitir con meras palabras humanas. Ni aún ahora, sabría determinar si el cuerpo de la bestia que me rozó era realmente sólido, o estaba parcialmente licuado, o quizá era… gaseoso… Pues la serpiente rozó, y a la vez penetró y atravesó mi pierna, mientras volvía hacia el lugar del conflicto. No sé porqué la seguí, no pude evitarlo.

Entonces vi lo que más me ha anonadado estos últimos días, y lo que ha hecho que me cuestionara tantas cosas:

En el suelo estaba tendido el monstruo albino, monstruosamente lívido y con el reflejo de la muerte en su rostro; e inclinado sobre él, en cuclillas, se encontraba otro hombre. Cuando me miró, creí perder el conocimiento. Entonces me vino a la mente una imagen fantásticamente vívida. La imagen del rostro de una mujer, tapándose la herida del cuello.

Una sonrisa, idéntica a la que podrían haber dibujado los labios de esa mujer asesinada, se formó en el rostro del extraño. Sus ojos relampaguearon y si digo que me miró con afecto no exageraría en absoluto, todo lo contrario. Pues una cálida sensación de paz y amor se originó en mi interior.

Entonces, el extraño, se levantó repentinamente y desapareció corriendo entre la oscuridad, acompañado por esa fabulosa criatura reptil que un día nos guió a mí y a mi hermana para salvar una vida humana que se gestaba en el interior de una mujer asesinada.


Jaume Moreso i Mallofré

 

Sonrisa Invisible 12 marzo 2010

Archivado en: Amigos autores — claudiaynel @ 22:32

——
Si hubiera sabido que un baile y una canción imaginarios

iban a convertirme en la fiel seguidora de un rastro,

en alguien que espera noticias en la puerta,

en un corazón descubierto y sangrante,

no me habría sentado jamás a compartir contigo,

sonrisa invisible,

palabras de oro, calor, espuma y estrellas.

—-

Si hubiera sabido que por el tintineo de un vaso cambiaría mis planes,

asesinaría a mis dioses,

entregaría mis sueños,

y pondría a tus pies mi vida entera,

dueño del agua y de las mañanas,

jamás te habría dejado la puerta de mi corazón abierta.

—-

Aquí me tienes,

prisionera feliz

de una búsqueda que no acaba,

de una historia sin final,

de una mentira vergonzosa.

Te busco en cada esquina,

y prendo con dos dedos el eco de tu voz.

Mi único consuelo, señor de las horas,

es que tu también me buscas,

y me añoras.

Mi único consuelo es que, a veces,

cuando me visitas, ángel callado,

tus manos no me encuentran,

soy sólo una sombra,

y terminas lamentándote sobre mi huella silenciosa.

—-

Amo distante,

muero por zambullirme en la esencia de tu cuerpo,

por deslizar mis manos bajo tus colores,

por conocer tu humedad escondida,

por perderme en los paisajes

de tu tierra acogedora,

desconocida,

ardiente, febril,

oscura, voraz,

gentil, serena,

risueña y cálida.

—-

Señor del tiempo,

hoy te he enviado un mensaje;

Le he pedido a tu mano que viaje a través de los mares,

para estrechar durante unos momentos mi mano deseosa.

Si supieras, dios de mis sueños,

lo que ha sido para mí tu mano…

La luz de mis ojos cerrados.

La cavidad segura y confortable,

en la que ahora me refugio a cada rato

para añorarte, recordarte,

acariciarte,

besarte,

abrazarte…

¿Qué fue para ti mi mano, amor?

¿la promesa de una selva

poblada de flores,

sueños y luces,

húmeda y aromática…?

—-

En qué negocio ando metida,

amigo incierto;

En él, no gano nada.

Como cualquier otro enamorado soñador,

entregado a su causa sin condiciones,

cedo terreno en cada pausa.

—-

Sonrisa invisible,

hoy no has aparecido.

Hoy no he sabido de ti.

¿Te has marchado?

No creo…

Dijiste que querías sustituir el desierto gris de tus días

por un hueco en mi colorido y confortable diván.

—-

Señor del agua, señor del aroma de mi cuerpo,

si no vuelvo a tener noticias tuyas,

tendré que guardar mi corazón deshecho junto a tu voz y tus cartas.

—-

Ángel silencioso, sonrisa invisible,

rey del sueño, del tiempo y de las mañanas,

me duele el alma, me duele el cuerpo…

Me duele la vida.

Creo que Dios quiere castigarme

por haber convertido tu extraño y bello nombre en mi oración diaria.

—-


©   Claudia Aynel

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El perro de sus sueños 10 marzo 2010

Archivado en: Amigos autores — wiskot @ 18:51


EL PERRO DE SUS SUEÑOS

-Grrr…arf , grarf!

El sonido de aquellos gruñidos había ido aumentando como si una jauría se estuviera acercando a toda velocidad hasta él; abrió los ojos, amodorrado aún, y la presencia de la cabeza del husky, apoyada en las dos patas delanteras, que adornaban su cama por debajo de la almohada, le hizo incorporarse de un salto.

-¡Por los huesos de Lassie! Creía que no te ibas a despertar. ¿Sabes que cuando duermes babeas más que un dogo alemán?-El tono del perro era ronco, con un deje de impaciencia.-No me mires con esa cara de sorpresa, bípedo.

-¿Cómo? Esto no…ah, ya….sólo es un sueño.

-Vale. Consideras que soy un producto de la información residual de tu cerebro. Pronto cambiarás de idea, estúpido bípedo. De momento te hago saber que la bípeda con la que estás desde hace tres años espera un hijo tuyo.

El can guardó un silencio teatral y ladeó la cabeza esperando, seguramente, una reacción.

“Bueno, sólo es un sueño, le sigo la corriente y veremos cuanto da de sí”.

-Eres más presuntuoso que un caniche. Puedo oírte, bípedo; cuando te levantes por la mañana comprobarás que todo lo que te explico ahora es cierto; prepárate para lo que te espera: tener cachorros para un macho no tiene nada que ver con las sensaciones que experimentan vuestras hembras durante el proceso; las nuestras tardan dos meses en dar a luz, pero tú vas a padecer nueve meses de espera antes de conocer la locura de la paternidad, y te aseguro que no estoy exagerando. En primer lugar, y procura no olvidarlo, no tardarás mucho en ser invisible para tu pareja; oh, claro que cuando te dé la noticia será muy emotiva y cariñosa, pero pronto verás que se centra en ese conjunto de cromosomas que habéis mezclado…. ah, por cierto, lo que le concediste aquella noche fue una Y, así que olvídate de la pequeña Vanessa, vais a tener un machote que, dado tu metro sesenta y ocho, te estampará un cabezazo donde máduele cada vez que corra a abrazarte en cuanto tenga cuatro añitos, es una pena, te recomiendo que cuando lo veas venir te pongas en cuclillas o acabarás maldiciendo para tus adentros al pequeño rompepelotas.

Los ojos celeste y verde del perro brillaban de ironía.

-Y espera, que esto sólo acaba de empezar, ya verás cuando vaya a Primaria y tengas que ayudarle a hacer los deberes. Oh, sí…. cuando te pregunte que es una célula correrás a la nevera a buscar un huevo para mostrarle núcleo, citoplasma y membrana, pero, ¿qué pasará cuando te pregunte por las mitocondrias y los ribosomas?. Pero espera, estoy adelantando acontecimientos, primero tendrás que pasar por su estado de cachorro recién nacido y aguantar noches en vela sin saber qué bigotes le pasa, porque no es un ordenador, es un bebé, y no viene con un manual de instrucciones…Arrg, arrrg!

-¿Estás riéndote de mí o te ha dado un ataque de tos?-preguntó, intrigado, el bípedo.

-Lo segundo….Arghh Arrrf….¿No vas a tener la amabilidad de ofrecerme un lametón de agua, bípedo?

-Por supuesto que sí. ¿Vaso o copa?

-¿Es que me ves cara de pertenecer al alto pedigrí? En un plato hondo,¡no te roe!

En su mesilla de noche apareció justamente eso, un plato hondo con el nivel de agua casi rebosando el borde.

-Gracias. No eres tan lento de pensamiento como pareces- gruñó el husky antes de pasear toda la longitud de su lengua por la superficie líquida, salpicando así a aquél bípedo hijo de perra.

-Eh! ¡Que luego las sábanas huelen a humedad!- protestó, indignado por las manchas de agua y baba de husky que fueron a parar a la cama.

-Oh, no te preocupes, dentro de poco conocerás las exquisiteces de los orines y excrementos blandos de tu cachorro y el olor a humedad te parecerá un perfume, bípedo. Como te iba diciendo,- empezó a mover alegremente la cola mientras hablaba- vienen sin manual, así que ahora seré generoso contigo y te explicaré lo que debes hacer cuando te rompa el sueño en mitad de la noche.¡Nada! Haz ver que no lo oyes y espera a que se levante ella, no me interrumpas, esto tiene su razón de ser; déjame explicártelo, como te levantes y cojas al cachorrito ella se pondrá justo detrás tuyo a vigilar cómo lo coges, si lo sostienes bien, si le hablas con dulzura… ese tipo de cosas, así que mi más sincero consejo cuando te veas en esta situación es que dejes que ella se encargue del cachorro; de todas maneras el proceso es siempre el mismo: mirar el pañal, comprobar la temperatura y acabar poniéndole el morrito delante de una teta. Así que tu intervención está de más; es mejor que sigas descansando, porque si la noche es dura con un cachorro pegado a tu flanco, el día es infinitamente peor. La única excepción la harás si es multípara; en ese caso vas a tener que apechugar con un cachorro porque si no ella va a ponerse de un humor de perros. Despídete de tus pequeños caprichos matinales; se acabó leer el diario deportivo tomando café en el bar, ahora las mañanas de los sábados las vas a ver pasar mientras vas a comprar pañales, leches de continuación, etc… ya verás, es todo un mundo.

Se miraron de nuevo en silencio.

-Estaba pensando que me recordabas a alguien y ya lo tengo- dijo el bípedo.- David Bowie.

-¡Por todas las pulgas! ¡No me digas que crees en la transubstanciación! Y luego dicen que nosotros somos raros porque nos olfateamos el trasero. Deja de divagar y presta atención; falta poco para que pase el camión de la basura y perseguirlo forma parte de mi tabla de ejercicios; ya sabes, para estar en forma.

-¿Qué narices me bebí anoche para estar alucinando tanto?- murmuró el bípedo.

-Tranquilo, bípedo, el lametón de licor que tomaste en el club nocturno sólo era eso, licor; pero ten cuidado con la camarera: es una perra de campeonato y tú ya no estás en situación de hacer de semental con pedigrí; eso es, básicamente, lo más importante, y tienes que asumirlo ya: se acabaron los vagabundeos en busca de aventuras, es hora de sentarse y vigilar tu casa y a los tuyos. Si entiendes lo que te digo ladra una vez, si no, ladra dos veces…..era broma, bípedo…Arf aaaarrgf arrrghhf!!!

-¡Chucho asqueroso…!

-Vigila como me hablas no sea que decida esterilizarte al estilo Alejandro Magno versus Nudo Gordiano- gruñó el husky al tiempo que acercaba la cabeza al bípedo para mostrarle unos colmillos de blancura reluciente.-¿Todavía no entiendes por qué soy la voz de tu conciencia? Mira, bípedo, esto no tiene nada que ver con tu madre pero eres un auténtico hijo de perra, ¿comprendes? Por eso me han encomendado este puesto tan perro; puedo ayudarte muchísimo si dejas de lamerte en cada espejo que te refleja, ¿captas la idea? Deja de rascarte el ombligo y sigue mis consejos o vas a acabar de buffet gratuito para pulgas. ¿Sabes qué significa eso? ¿No? Pues que vas a terminar como uno de esos chuchos sarnosos a los que ni te dignas apartar a patadas cuando se te cruzan en el parque.

El bípedo bajó la cabeza como un cachorrito al que acaban de golpear el morro con un periódico enrollado.

-Escucha, es hora de dejar de hacer viejos trucos y aprender alguno nuevo. Procura dormir; mañana te espera un día de perros, ah! y ve a tu médico y pídele que te recete algo para dejar de roncar como un boxer.

Wiskott


 

Protección especial 10 marzo 2010

Archivado en: Amigos autores — wiskot @ 18:11


PROTECCIÓN ESPECIAL

La luz del sol convertía los colores del jardín en una postal idílica, la primavera llenaba de vida todos los espacios que habían permanecido desocupados durante el invierno; era agradable volver a ver aves atravesando el aire con sus aleteos, insectos zumbando entre las flores y los saltos de alguna que otra ardilla entre los árboles frondosos.

En un banco de piedra erosionada por los elementos, una mujer que debía rondar la treintena hablaba en voz baja, mirando de vez en cuando a su interlocutor, un joven de unos diecinueve o veinte años.

-Estuve a punto de morir cuando él era un bebé; claro, yo no podía imaginar que él…aunque hubo indicios, sí, pero no los relacioné debidamente. Tenía los pezones tan doloridos que apenas podía soportar amamantarlo, siempre sangraban cuando él se dormía tras hartarse, pero ¿cómo iba yo a imaginar que mi hijo fuese una criatura de esa clase? Incluso mi marido bromeaba cuando lo veía dormido en su cuna, con los labios manchados con mi sangre: ¿Ya se ha dormido el pequeño vampiro lácteo?. Sólo que se equivocaba; no era leche lo que quería de mí, quería mi fuerza vital; para desarrollarse, necesitaba mi sangre. Así que hice caso omiso de los consejos de la pediatra y hablé con mi marido. Cuando se lo expliqué me abrazó y dijo que él se encargaría de protegerme, que encontraría un lugar donde yo pudiese estar a salvo; tardó un poco pero consiguió meterme en este centro de protección. El problema es que yo soy una de ellos también; el pequeño debió concederme esa maldición a través de su saliva; intento no atacar a nadie y de momento voy pasando con pequeñas cantidades mensuales que provienen de mí misma…

El joven la interrumpió:

-¿Quieres decir que te provocas heridas para…

-Oh, no… las mujeres tenemos… ciertos recursos naturales… ya sabes…

-Me temo que no- contestó el joven; un desconcierto sincero cruzaba su rostro.

-¡Oh, perdona, Qüert! Olvidaba que no perteneces a este mundo! Te ruego que me disculpes; a veces me centro tanto en mí misma…

-No, por favor, no hay nada que disculpar, en serio; si mi sangre no fuese ácida te daría suficiente como para que no tuvieses que preocuparte en un año, yo no la necesito; el problema es que hasta que no entienda por completo cómo funciona vuestra especie no me dejarán volver a casa, así que cuando has hecho ese comentario me he dado cuenta de lo poco que sé sobre vosotros.

Apoyó los codos en las rodillas y hundió la cabeza, enredando el cabello entre los dedos.

-Echas de menos tu hogar, ¿eh?

-Sí. Mucho. Allí las cosas son más sencillas.

-Por favor, cuéntame otra vez tu historia.

-Preferiría que me explicases algo acerca de esos recursos naturales primero; es importante para mí, ¿sabes?

-Pues, verás…Aquí, la reproducción de la especie, depende de que dos individuos de sexos opuestos mantengan contacto físico. De la relación carnal, llevada a cabo de forma natural, en principio, puede surgir o no un nuevo individuo. Esta sería la explicación más sencilla a tu pregunta, aunque es bastante más complicado que eso.

-¿Relación carnal?

-Sí. Relación carnal, sexual, coito….

Qwert parecía más y más sorprendido con cada palabra de la vampiresa.

-Ya veo- dijo esta.- No tienes ni idea de qué te estoy hablando.

-Lo siento-murmuró él.- Allá de donde vengo sólo quedan algunos de los nuestros en estado físico. El resto pueden comunicarse por contacto mental pero no cuentan a efectos físicos en nuestra agrupación.

-¿No os reproducís?

-Ese es el problema: hace tanto tiempo que se prohibió esa práctica, debido a la carencia creciente de recursos imprescindibles para la supervivencia, que la reproducción cayó en el olvido; no puedo volver hasta que descubra cómo llevarle el don de la multiplicación al grupo.

-Pero entonces no deberían haber dejado que vinieses solo. ¿Cómo vas a descubrirlo sin una pareja de tu especie para practicar?

Qwert la miró con espanto.

-¿Qué quieres decir?

-Bueno, había pensado que, como tu aspecto físico es tan parecido al nuestro…

-¿Quieres decir que debo mantener contacto físico con alguien de mi especie para…?

-Creo que sí; no estoy segura.

-Entonces tal vez debería iniciar una secuencia de ensayos aquí, con alguien de vuestra especie, para valorar la posibilidad de éxito.

Ella lo miró; entreabriendo la boca y rozándose el cuello con las yemas de los dedos, sin atreverse a expresar su deseo de ser su voluptuoso conejillo de Indias.

Pero no tuvo tiempo para excitarse más con la idea de prestar su cuerpo al experimento; él se había levantado y corría ya hacia el edificio privado de los miembros de seguridad.

Desencantada, la vampiresa permaneció allí, intentando recobrar una dignidad que sólo ella sabía que acababa de perder.

Pasado un rato en el que el sol decidió ocultarse tras un sauce, se oyeron gritos y carreras.

La vampiresa se levantó y caminó lo justo para poder distinguir las palabras:

-¡Jodido maricón chalado! Pues, ¿no ha intentado bajarme los pantalones mientras buscaba la merienda en la mochila? Os habéis olvidado otra vez de darles la medicación, ¿o qué?

Wiskott


 

La música ausente 10 marzo 2010

Archivado en: Amigos autores,Últimos post — claudiaynel @ 0:45
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(Nota sobre mis relatos)

Me gusta ilustrar mis relatos con fotografías de viajes, de momentos especiales, a veces, de escenografías elaboradas en casa. Y me gustaría poder llegar más allá: ilustrarlos auditivamente, crear una banda sonora que ayudara al lector a imaginar los mundos que yo misma creo.

Me gustaría poder perfumar esos relatos, llenarlos de esencias…

En lo que a los aromas se refiere, puedo, simplemente, mencionarlos para ayudar al lector. En cambio, la música que falta en esas historias, la que se ha de escuchar de fondo, ha de ser aportada por mí.

El esfuerzo que he tenido que realizar para encontrar esa música, buscando en mis archivos de sonido, en la web, en discos antiguos, ha sido como el de tratar de encontrar sonidos huidizos que sólo se han escuchado en sueños.

Aquí está toda esa música ausente:


-El Guardián del Lago:

Para esta historia nórdica, de color de cielo azul, como el manto de Heledya, de color blanco de nieve, del color rojo sangre del manto y del corazón de Sarkan, he escogido notas limpias y puras, baladas tradicionales escandinavas, cuerdas medievales, tambores, sonidos broncos, gritos de guerra desgarrados y salvajes.

1-Sarkan y Yuryl contemplando el Lago:

Distant Hill   (Brian Eno)

2-Construcción de la Torre:

I fjol så (Last year) (Gjallarhorn)

3-Primer encuentro con Klarvan:

Dufwa (Hedningarna)

4-Avances y triunfos de Sarkan:

Skåne (Hedningarna)

5-Reflexiones de Sarkan y Yuryl:

Höga Berg (Ranarim)

6-Viaje y encuentro con Heledya:

I riden så… (Ye ride so carefully) (Gjallarhorn)

7-Ultimo encuentro con Klarvan:

Forshyttan (Hedningarna)

8-Sarkan lleva a Heledya a contemplar sus dominios:

När som jag var på mitt adertonde år (Tradicional, cantada por Elina Järventaus Johansson)

9-Conquista de la Torre:

Kulning (Gjallarhorn)

10-Conclusión final y venganza de Sarkan:

Glosoli (Sigur Rós)

Y, si pudiera añadirle aromas al relato:

“El Guardián del Lago” tendría olor a pino de montaña, a humedad de manantial, a humo de leña, a esencia de rosa sobre la piel de Heledya…

También olería a sangre, a sudor, a pelo de caballo, a polvo de camino… En algunos momentos, se llegaría a percibir la frialdad inodora de la nieve y el hielo.



-Último día en Estambul:

Me acordé de los muecines de las mezquitas, de los músicos que entonan canciones tradicionales de Anatolia, de las voces de los vendedores ambulantes, del sonido exótico y elegante del turco.

El relato tiene dos partes:

El paseo diurno por Estambul es melancólico, solitario, y rebosa anhelo insatisfecho y realidad gris, frustrante. Tan sólo se ilumina durante unos momentos, gracias a un encuentro fortuito, impregnado de buena fortuna, mágico…

El paseo nocturno es un sueño feliz. Un baile lento y cálido. La música es como la de un sueño: repetitiva, envolvente, sensual, cadenciosa, hipnótica…

1-Paseo diurno:

Sorma Kalbim (Tarkan Tevetoğlu)

2-Paseo nocturno:

Three Last Words (Omar Faruk Tekbilek)



En esta historia, estarían presentes todos los aromas que se mencionan en ella: café, canela, tabaco, menta, anís, esencia de naranja y sándalo. También, hierba nocturna, barro de fuente y mármol cálido. Olor a calles transitadas, sudor, crema de leche, miel y pistachos. En un determinado momento, se percibiría el perfume salado y espeso del mar. Y no me olvidaría de las especias del bazar: cúrcuma, orégano, laurel, azafrán, pimienta, tomillo, romero, clavo, nuez moscada… Terminaría con el olor a té, especias, cuero y papel viejo del ajado posavasos.


Si puedes, lector, escucha, huele y disfruta.

Si quieres, toma todo lo que te ofrezco arriba y envuélvete en los sonidos y los aromas de los mundos que he tratado de crear en mis dos primeros relatos.

© Claudia Aynel


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Poema diminuto 10 marzo 2010

Archivado en: Amigos autores — claudiaynel @ 0:39


Pequeño e inigualable

soplo de aire fresco,

fugaz rayo de sol,

diminuto poema a la esperanza.

Eres el futuro caminando con pasitos leves;

un elfo que, aun caminando entre lobos,

continúa habitando su mundo tenue, diminuto y mágico.

Qué lástima que esos pies minúsculos

se hayan ensuciado tan pronto con el barro de la vida.

Es una vergüenza que nadie

se haya dado cuenta de lo que realmente eres.

Ni una cosa, ni un animal,

ni un desecho o un bandido.

Tan sólo un delicado tejido que alguien se negó a continuar.

Un soplo de aire fresco, un fugaz rayo de sol,

un luminoso, tenue, diminuto poema a la esperanza.

Claudia Aynel

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No va a pasar (Un cuentito erótico) 3 marzo 2010

Archivado en: Amigos autores — Pedro Avilés @ 16:25
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Se dio la vuelta, me miró e intentó despistarme entre los repletos estantes. La seguí de cerca para no perder el rastro de su perfume, que se mezclaba con el aroma del papel de los libros de aquella librería de viejo, y porque tenía la fuerte presunción de que algo iba a ocurrir entre los dos, justo a esa hora absurda. Se detuvo a leer la contraportada de una novela de Balzac. Alguien intentó pasar por detrás de nosotros en el estrecho pasillo que formaban las estanterías. Me apreté contra ella para dejarle pasar. Al sentir contra mi entrepierna las firmes redondeces femeninas a través de su liviana falda, emití un respingo involuntario, como cuando uno entra en una piscina la primera vez en un verano que no ha hecho más que comenzar. Fue apenas un roce, pero era la primera vez que nuestros cuerpos entraban en contacto. Debió sentir lo mismo que yo, porque vi erizarse el suave vello de sus hombros. Volvimos a quedarnos solos, pero permanecí en aquella posición, muy pegado a ella, un contacto casi imperceptible, imantado, que no deseaba abandonar nunca. Aquella erección. Sabía que ella no protestaría. No era cosa de chiquillos. La idea de que pudiese disfrutar de su primera infidelidad me estimuló aún más. Así que el roce se fue haciendo más intenso mientras continuaba leyendo la contraportada del libro de espaldas a mí, como si no pasase nada. Me embriagué con la miel que emanaba de la parte posterior de su cuello de cisne atacado por mi convulsa respiración. El contacto se hizo más intenso, aun apenas perceptible, y ella volvió su carita hacia mí sin llegarse a dar la vuelta enteramente.Me atacó un intenso bocado en el hueco del estómago, como cuando se tiene mucha hambre, y tuve que contener el mismo gemido que sentí que ella sí exhalaba con aliento quemado de pasión contra mi boca entreabierta. Me clavó la mirada con sus ojos verde grises. Me temblaron las piernas. Y así estuvimos unos segundos que podían haber sido minutos largos. En silencio. Al borde.

Su mirada se llenó de preguntas que no queríamos contestar. Nuestros labios contactaron un ápice, eléctricos, y nos besamos; un roce apenas de las bocas entreabiertas, de la punta de una lengua contra la otra, mientras continuábamos aumentado la intensidad de los también discretos movimientos de nuestras caderas. Cuando el tono había subido a los límites del placer secreto que obnubila los sentidos, tuve la pírrica sensación de que aquello iba a acabar de un momento a otro.

— No va a pasar —se adelantó ella aún temblando como una hoja de otoño a punto de caer de su peciolo.
— Si tuviera que irme; ¿te acordarías de mí?—dije.
— No va a pasar —repitió.
— No va a pasar —convine yo.

Pedro Avilés ©


 

AGUA DE VIDA 27 febrero 2010

Archivado en: Amigos autores — lolamontalvo @ 18:22


El primer agua de la que bebemos.

El agua en el que se genera la vida.


Abrió los ojos pero una sorda oscuridad hizo vano este gesto. Parpadeó con una cadencia perezosa, más por costumbre que por otra razón. Sus dilatados iris de desconocida tonalidad eran todavía un regalo de incierto valor. Aún así, no dejaba de abrir y cerrar los párpados y de dirigir sus enormes ojos a un lado y a otro buscando, siguiendo quizá, el origen de los misteriosos sonidos que le llegaban de vez en cuando amortiguados por el tibio y dulce líquido en el que flotaba. Un latido rítmico y pulsante llenaba su espacio.  La oscuridad era absoluta pero no podía añorar lo que aún no conocía. A veces, en sus ensoñaciones más gustosas, ramalazos de luces de fantásticos colores alegraban su corazón y lo hacían latir con la ilusión de lo que estaba por llegar.

Había dormitado placenteramente hasta que una inquietante sensación le despertó. Se acercó la menuda mano a los labios y se chupó uno de los tiernos y regordetes deditos. Le producía un placer inmenso tan sencillo gesto, pero en este momento el consuelo que le proporcionaba no era suficiente. Abrió la boquita y tragó varias bocanadas del maravilloso líquido que durante casi nueve meses había supuesto su reducido y generoso mundo.

Su agua de vida. Su alimento, su abrigo, su protector.

Agua de ancestrales reminiscencias, nutritiva, calentita, acogedora. Fruto de un milagro que sólo el amor puede hacer posible. Generosidad de mujer que guarda en lo más profundo de su seno todos los secretos, todas las esperanzas, todos los futuros. Origen de todos los hombres y mujeres, principio del fin de todas las vidas. Ajeno a tan grandioso milagro, la engulló con golosa delicia y sintió un reconfortante calor que recorrió todo su pequeño cuerpecito.

Una vez satisfecho su apetito, el pequeño dedito volvió a su boca. Animado por la cantarina voz que le había acunado desde el principio, buscó acomodo estirando un pié, brusco gesto que se vio correspondido con el empuje de una amorosa mano que lo retornó a un espacio menos molesto.

«Tranquilo, mi amor»

Esa cantarina voz le decía siempre cosas hermosas: «amor, mi vida, mi niño» y le contaba historias o le cantaba bellas canciones que acompasaban su corazón al de ella.

Dos empujones más y encontró la postura adecuada: la cabeza hacia abajo, las manitas en la cara, las piernas dobladas sobre la prominente tripa y los talones en las nalgas. En estos últimos tiempos el espacio era cada vez más escaso y su agua benefactora cada vez menos abundante. Aún recordaba cuando flotaba a sus anchas y giraba a placer, sin preocuparse de dónde colocar brazos o piernas. Había crecido mucho en poco tiempo y en muy contadas ocasiones podía estirar los miembros a su gusto sin que una mano amorosa pero firme le retuviera un talón o un codo. En este momento se había decidido por una postura aparentemente adecuada ya que no tuvo respuesta desde el exterior ni réplica de la voz cantarina. Cerró los enormes ojos y una sonrisa se dibujó en su rostro reflejando el placer de ese instante. Su pecho se contrajo en un hipido constante, rítmico y relajante. Sin duda ejercitaba algo, aunque no llegaba a entender el qué. Su cuerpo se preparaba, se entrenaba para una misión futura, desconocida. Daba igual, cuando llegara su tiempo lo sabría.

Se durmió y en su apacible ensoñación ausente de formas se vio flotando en una inmensidad de agua de vida sin fin conocido. En los labios, dulce; en la piel, cálida, protectora; en las manos, suave e inaprensible.

Una nueva sensación le produjo un impactante sobresalto. Algo le oprimía, le apretaba. Su espacio, ya de por si escaso, se redujo hasta sentir cómo las musculosas paredes que conformaban su cubículo se hincaban en su carne, en sus huesos. Amortiguado por las capas de líquido y tejidos le llegó un grito de dolor y miedo. El latido alcanzó un ritmo vertiginoso, mareante. Algo le empujaba instándole a abandonar su bendito aposento. La presión que le atenazaba en cada milímetro de su piel resultaba incómoda. Sí, sí, indiscutiblemente algo le instaba a salir de aquel nido oscuro, cálido y confortable. Su agua de vida casi se había consumido por completo y eso le indicaba que el fin de su tiempo en tan gustoso nido era cercano. Lo sabía. Pero lo inminente de tal momento, hasta ese instante desconocido, le atemorizó.

El caos fue total cuando un desgarro sobre su cabeza hizo salir el poco líquido que le rodeaba con una fuerza que no dejó de atemorizarle. Se asustó, pero se dejó llevar. La presión en torno a su cuerpo era ya dolorosa, insoportable. Sus enormes ganas de llorar se confundieron con los gritos que le llegaban cada vez más cercanos, más desesperados. La cantarina voz chillaba y se dolía. Ambos estaban padeciendo un sufrimiento sin vuelta atrás.   Atisbó una claridad a través de sus apretados párpados. Sintió una extraña liberación de la presión que había mortificado su cabeza. La fuerza desconocida le hizo girarse. Era un muñeco sin voluntad. Un último empujón en sus glúteos y piernas hicieron avanzar la presión hacia sus hombros. Algo blando y firme le cogió de la cabeza y del cuello y tiró de su cuerpo. En ese momento la enorme presión cedió de golpe. El alivio fue instantáneo.

Ya no estaba rodeado de agua. Su agua había desaparecido y su cuerpo estaba solo, desnudo. Sintió frío. Sintió miedo. Una deslumbrante claridad que lo convertía todo en un cegador mar blanco llenó sus ojos de lágrimas.

Le habían sacado de su nido, le habían robado su agua protectora, le habían arrancado el rítmico latido que tanto consuelo le proporcionaba. Un resorte desconocido le llevó a mover el pecho, a expandir su nariz y su boca.

Y lloró.

Lloró con toda la desesperación que pudo reunir y el llanto le sonó ajeno. Pero no, era su propio llanto. Y escuchó a la voz cantarina, extrañamente cercana y diáfana, que le hablaba entre lágrimas. Ella también lloraba.

«Mi bebé, mi precioso bebé»

Unas manos le cogieron y le arroparon con algo rugoso, áspero, y le volvieron aquí y allá, tomándole las manos, la cabeza, las piernas. Por fin le depositaron sobre una superficie blandita y cálida. Un millón de sensaciones nuevas llenaron su espíritu. Su amodorrado y oscuro mundo había sido sustituido por una vorágine de sonidos, claridades, tactos… todos desconocidos, todos nuevos.

Así, acostado bocabajo, empezó a lamentar tan enorme pérdida, cuando reconoció un olor, el olor de su agua de vida. Volvió a escuchar el amado y rítmico latido que tanto consuelo le proporcionaba y, sobre todo, la cantarina voz que ahora le llegaba en todo su esplendor, vibrante, hermosa. Y supo que estaba otra vez en su nido. Una vez más se llevó el dedo a la boca y sintió ese gustoso placer que tanto le proporcionaba tan sencillo gesto. La cantarina voz le susurró, le acarició, le besó y sustituyó en sus labios el menudo dedito por algo más blando, más cálido, más reconfortante. Su boca reaccionó y succionó golosa; un sabroso y dulce líquido manó llenando su boca y su espíritu, rebosando sus labios. Chupó durante un ratito y, tras obtener el anhelado consuelo, se durmió.

Antes de sumergirse en la placentera oscuridad del sueño supo que su agua de vida no había desaparecido, no se la habían arrebatado. Seguía allí.

Y soñó.

Soñó que se sumergía nuevamente en el agua cálida y gustosa, su agua de vida. Soñó que se movía a placer abriendo y cerrando los brazos, las piernas; que giraba y daba volteretas sin fin.

Y una hermosa sonrisa iluminó su rostro.

FIN

Lola Montalvo Carcelén

Safe Creative #0910024619556

 

hogar inteligente 19 febrero 2010

Archivado en: Amigos autores — wiskot @ 14:28


HOGAR INTELIGENTE

Miró a su alrededor, satisfecho de haber tomado una decisión y adquirido el

programa H.I. ; los instaladores estaban colocando los últimos sensores en el

dormitorio de la planta superior y el comercial, sentado de nuevo en el sofá

junto a él , le explicaba detalladamente los aspectos más complicados del

funcionamiento de su último capricho. Bien podía extenderse el comercial en

aquellas explicaciones teniendo en cuenta la jugosa comisión que percibiría

a cuenta de su compra.

-No olvide realizar el escaneado inicial de la mañana, es básico para el buen

funcionamiento del pack de software, sin el escaneado el programa es

incapaz de realizar las funciones de información de estado de salud y

asesoramiento personalizado, aparte del problema añadido de ralentización

del sistema. Si tiene alguna duda consulte la guía de utilización y si no lo ve

claro después de hacerlo llame al servicio de atención al cliente de H.I.,

estarán encantados de ayudarle a resolver cualquier problema, ¿de

acuerdo?.

Asintió con la cabeza, mirando el destello azulado e intermitente del sensor

del salón.

-¿Tiene alguna pregunta o duda, Sr. Juncosa?-preguntó solícito el comercial.

-Ahora mismo no se me ocurre nada, pero le aseguro que si surge llamaré a

H.I. de inmediato.

El comercial le dedicó su sonrisa más profesional y se levantó del sofá de

7.000 euros de su único cliente al tiempo que extendía la mano con gesto

firme hacia éste.

-Entonces, si me lo permite, me marcho ya, tengo otra cita con un cliente

dentro de media hora y no deseo llegar tarde.

Era mentira, por supuesto; el tipo de mentira que utilizaba siempre en su

trabajo para estimular a los clientes potenciales y crear ventas por impulso,

algunas veces no funcionaba, pero muchas otras sí, sobretodo con el tipo de

persona solvente y aburrida de la que era un digno representante el Sr.

Juncosa. Supo al instante que H.I. acabaría teniendo más problemas que

beneficios con aquel cliente pero su comisión ya había sido ingresada en su

cuenta corriente y su trabajo con él había finalizado tras la instalación del

producto; los problemas resultantes a partir de ahí los solucionarían desde la

centralita de la empresa. Se dirigió hacia su coche apretando el mando a

distancia y una vez en marcha el recuerdo del Sr. Juncosa fue abandonado

en el rincón de comisiones cobradas.

Los instaladores acabado su trabajo comenzaron a limpiar lo poco que

habían ensuciado y le pidieron algo para recoger el polvo resultante de la

aplicación del centro de datos a la pared de su dormitorio; les indicó donde

estaba la aspiradora desde el sofá y abrió la gruesa guía de utilización del

programa. Un ejército de letras formando escuadrones de palabras le

presentó combate a las dos páginas y él se batió en retirada cerrando la

guía, tranquilizándose a sí mismo con la excusa de un “después de cenar”.

Pero después de cenar no lo hizo, ni tampoco al día siguiente, así que no se

enteró de que debía pulsar la tecla que mostraba un pequeño rayo surgiendo

de una nube, la tercera de las diez que presentaba el panel de mandos, en

caso de tormenta, para evitar que un pico de electricidad afectase el

rendimiento del software.

Tras dos días sin prestar atención al programa decidió empezar a utilizarlo;

se acercó al panel y colocó su mano derecha en el relieve superior,

ocultando la forma hundida de una mano azul oscuro. El sistema se puso en

marcha y una luz celeste fosforescente iluminó el contorno de su mano. De

inmediato surgió una voz femenina que, con una dicción impersonal empezó

a escupir datos:

-Su presión arterial sistólica indica…- pequeña pausa y cambio de tonodoce.

Su presión arterial diastólica indica… ocho. Su temperatura corporal

indica… treinta y seis…con…cuatro. La lectura de su estado de ánimo le

recomienda…chill out… piano…o…clásica. El pronóstico meteorológico

facilitado por… Meteosat… es…soleado…con…riesgo de… chubascos… hacia

el…atardecer. Que tenga un buen día.

La luz celeste se apagó bajo su mano y el Sr Juncosa miró su reloj de

pulsera, marcaba las nueve y once de un sábado soleado.

Acabó de vestirse, impresionado aún por el escaneo, y cuando bajó al salón,

inconscientemente puso el CD The Piano de Michael Nyman en el

reproductor. Los cortes se fueron sucediendo entre pausas mientras él

desayunaba café con un par de tostadas. Una vez recogida la mesa de la

cocina se dispuso a salir para correr los dos kilómetros diarios que se había

impuesto para mantener el tipo hasta que su gimnasio volviese a abrir tras

las obras de reforma.

Cuando estaba a mitad de camino de regreso a casa el cielo empezó a

oscurecer y unos gruesos goterones lo empaparon en pocos minutos;

aceleró la marcha y cuando llegó a la puerta insertó la llave húmeda en la

cerradura. Un hilo zigzagueante de color azulado trepó a su mano y recorrió

su cuerpo varias veces con una velocidad chispeante.

En su habitación la voz femenina hablaba con la lentitud de un juguete sin

pilas:

-Su presión arterial sistólica indica…cero. Su presión arterial diastólica

indica…cero. Su temperatura corporal indica…cuatro…con…dos. La lectura

de su estado de ánimo le recomienda…visitar a su psicólogo. El pronóstico

meteorológico facilitado por…Meteosat…es…lluvioso…con…riesgo

de…tormenta eléctrica. Que tenga un buen día.

Wiskott


 

INTRUSOS 10 febrero 2010

Archivado en: Amigos autores — wiskot @ 12:16


INTRUSOS

-Estás muy seguro de lo que dices. ¿Te has parado a pensar que, dependiendo de a quién le expliques lo que me cuentas, acabarás con una camisa de fuerza?

-Ese no es el tema. Lo que pasa es que tú, como muchos otros, te niegas a apartarte de lo que das por hecho para no tener que cuestionarlo. Reconoce que tiene su parte de lógica.

-Solamente si me dices que es material para tu trabajo de investigación, Iris. Y aún así, seguiría siendo demasiado arriesgado.

-Vale. Olvídalo.

Se levantó y se fue.

Era imposible discutir si ya de entrada el tema era rebatido.

Pero él sabía que podía ser, ¿por qué no?

Ellos eran los únicos que alteraban el entorno en vez de adaptarse, los únicos que debían fabricar sus métodos de defensa o ataque porque no los llevaban incorporados, ellos eran los que modificaban, contaminaban, agotaban recursos que utilizaban mal y demasiado deprisa.

Ellos eran la pieza que no encajaba, la pieza que el planeta intentaba quitarse de encima a toda costa porque no la reconocía como suya, la enfermedad que estaba matando todo lo que se cruzaba en su camino.

De hecho solo eran células gigantes que se reproducían vertiginosamente, formas de vida compuestas de proteínas pero diferentes de los otros, que solo modificaban mínimamente su entorno para protegerse, sin destrozarlo.

Y él lo notaba simplemente mirando a su alrededor.

Los bosques se le antojaban gigantes agrupaciones de moho, el mar citoplasma escurriéndose del interior del sitio en que debía permanecer, salado y viscoso como clara de huevo. No reconocía aquel mundo como suyo.

Él entendía los desastres naturales como ataques a los invasores; los terremotos sólo eran las sacudidas del perro intentando deshacerse de las molestas pulgas,las frecuentes inundaciones intentos de limpiar la piel granulosa sobre la que caminaban y los vendavales suspiros de impaciencia y desesperación.

El problema era hacérselo ver a los demás.

Y lo que habían desenterrado en la zona Gris… él soñaba con eso desde hacía años; el mismo sueño ininterrumpido, noche tras noche, las mismas imágenes, grabadas en su retina.

Él sabía que fue su llegada lo que precipitó a la muerte a la especie que dominaba este mundo.

Evolución…. mentira. La evolución no cae del cielo en llamas creando oscuridad y destrucción.

Pero seguro que preferían llamarle loco a tener que investigar su hipótesis.

El problema era que el método del resto del grupo era transitar siempre por el camino principal sinmolestarse en recorrer atajos y desviaciones, pero si lo pensaran con detenimiento notarían que nada les conectaba con las otras formas de vida existentes.

No, ellos no pertenecían a ese lugar y él descubriría si podía su punto de origen inicial y el motivo por el cual se trasladaron aquí.

Se dirigió a la zona de recuperación y paseó por el límite barriendo con la mirada los pequeños grupos de trabajo en busca de Suti. No le costó mucho encontrarlo, apartado de los demás, revisaba un cilindro estrecho y alargado de color ámbar.

Se acercó y miró por encima del hombro de su amigo lo que sujetaba.

Suti giró la cabeza, sobresaltado.

-No hagas eso.-susurró.

-¿Qué?

-Acercarte con tanto sigilo. Sígueme, aquí ya no hago nada.

Apretaron el paso en dirección a las barracas donde dormían y Suti comenzó a hablar en tono conspirador.

-Creo que he encontrado algo que puede servirte.

-Bien.

No dijeron nada más hasta haber cerrado la puerta tras ellos.

Suti se sentó en un inmenso cojín y le lanzó al otro el cilindro.

-Dentro hay algo escrito.

-¿Y has esperado para que lo abra yo?- preguntó con un hilo de voz.

-No exactamente. Lo haremos juntos. ¿Preparado?

Iris cabeceó de arriba a abajo.

-Bien.

Suti retiró la tapa de uno de los extremos del cilindro que Iris sostenía en las manos; un polvillo azul brillante salió del interior y quedó suspendido en el aire entre ellos.

-Está bien conservado-comentó Iris.

-Aún no lo has visto. ¿Cómo puedes saberlo?

-He visto otros y el polvo era color cobre en todos los que se corrompieron.

-Bueno. Todo tuyo.¿Crees que podrás interpretarlo?

-Sí. He estado haciendo prácticas y ejercicios de alteración de la lengua para un supuesto caso de aplicación de recursos y la máquina me ofreció las traducciones básicas que nos negaba cuando tecleábamos investigación.

-Ingenioso. Empieza, pues. ¿Necesitas material de escritura para hacerlo?

-No. Lo tengo todo aquí.- Se tocó la frente por encima de un ojo.

-Perfecto.

Iris se sentó junto al reflector de luz y comenzó a pasar lentamente el índice por las líneas del documento. La textura rugosa le acarició la yema del dedo.

Empezó a leer en silencio, moviendo los labios.

Al cabo de unos minutos levantó la cabeza y miró a Suti.

-Lo hemos encontrado.

No se atrevió a añadir nada más pero en su cerebro empezaron a girar las palabras en un tornado de nerviosismo feliz.

“Tenía razón. Yo he sido el que ha hecho el descubrimiento más importante de todo este sistema de trabajo. Tendrán que escucharme, por fin.”

Enfocó de nuevo la mirada en Suti al oír su voz.

-¿Qué dice exactamente sobre el origen de nuestro pueblo?. Suponiendo que estés seguro al cien por cien de que trata sobre nosotros.

-Lo primero de lo que habla es de una revuelta entre iguales como consecuencia de una lucha de poder entre dos clanes. Explica como uno de ellos desterró al otro tras un asesinato de crueldad insuperable. Mediante una proposición de diálogo un grupo encerró al otro en un transporte y los pusieron en secuencia de búsqueda de entorno habitable. Los desterrados despertaron de la hibernación inducida aquí. Deliberaron sobre las consecuencias de sus actos y decidieron tomar ejemplo de las diversas formas de vida que hallaron a su llegada. Todo encaja.

-Pues no logro ver cómo.

Iris se levantó con el documento en la mano y miró a Suti con una expresión entre el excepticismo y el enojo.

-Por eso estamos encontrando tantas referencias a híbridos.

-¿Qué?

-Recuerda las mujeres con cabeza de rana o hipopótamo. El hombre chacal, el hombre águila, la mujer que lleva un escorpión sobre la cabeza.

-Sigo sin entender nada, Iris.¿Dónde encajan esos híbridos en nuestro origen?

-En la culpa. Recuerda, Suti, que acabaron desterrados aquí por cometer un asesinato en el lugar al que pertenecían. Cuando despertaron aquí estaban demasiado avergonzados de ellos mismos por ello y decidieron cambiar su cultura, tomando como referencia los seres vivos que medraban en este sitio.

Alguien golpeó la puerta haciendo que saltaran al unísono.

-Iris. ¿Estás ahí dentro?

El aludido respiró aliviado.

-Sí. Estoy revisando mi trabajo de investigación.-contestó mientras abría la puerta con aire de triunfo.

-Ubis quiere verte. Será mejor que le expliques todo lo que me contaste esta mañana. Han encontrado algo que apoya tu teoría y Ubis habló conmigo sobre ti. Va en serio. No se te ocurra usar con él ese tono de voz conque me abriste la puerta o lo echarás todo a perder.

-¿Ubis ha hablado contigo de mí?

-Es lo que he dicho.

Iris se apoyó en una pared, sin poder creer el cambio en el curso de los acontecimientos.

Suti lo devolvió a la realidad con un empujón al tiempo que hablaba.

-Si no te das prisa todavía mandará alguien a buscarte. Ve.

Iris lo miró.

-¿Vienes?

-No es a mí a quien llama. Ya hablaremos más tarde. Suerte.

-Si no te importa a mí si me gustaría estar presente.

-De acuerdo, Orus. Pero que conste -los miró a ambos- que si alguien tiene realmente derecho a estar en esa conversación es Suti, no tú.

-Me doy por aludido.

-No seas rencoroso, Iris- contestó Suti-. Sabes de sobras que incluso a mí me costó plantearme esa cuestión desde tu punto de vista.

-Tienes razón. Lo siento, Orus. Vamos.

Ubis permanecía sentado en su cojín mientras daba las órdenes finales.

Sabía que Iris no tardaría en llegar pero no le preocupaba, hasta que él no lo ordenase no podría acceder a la sala y ya estaba todo preparado de todas formas.

No era la primera vez que interpretaba esa pequeña función y no sería la última, estaba seguro de ello.

Lo que le molestaba era el trajín que comportaba la escenificación de su interés por el supuesto “descubrimiento” de Iris y el posterior trabajo de limpieza.

Un observador casual lo hubiese descrito como un viejo cocodrilo al acecho. Su persona era el único elemento carente de belleza en la estancia que ocupaba, como si se hubiese rodeado de cosas hermosas para acentuar más la fealdad rayana en la repugnancia de su rostro.

Ante las puertas de la sala Iris apretó el brazo de Orus.

-¿Cómo es?

-Oh. Como una serpiente.

Iris lo miró en silencio tratando de interpretar bien el tono de Orus.

Como de costumbre Orus interpretó mal su falta de respuesta.

-Venga, sabes que todos lo llamáis así en las barracas. No te hagas el tonto conmigo.

Dos hombres lanza arrastraban un pesado objeto compuesto de metal dorado y diversos colores lacados delante de Ubis.

-Ahí- dijo este.

Los lanza dejaron de empujar.

-Podéis marcharos.-Su voz era arrugada y rasposa como la tierra de las excavaciones situadas al este.

Las puertas se abrieron sin previo aviso e Iris se encontró delante del recinto más grande que hubiera visto jamás en toda la zona del pueblo.

Orus lo empujó disimuladamente y de forma automática encaminó sus pies al encuentro del anciano al que todos temían.

A medio camino se detuvo ante un objeto de tonos dorado y multicolor con una tapa plateada que reflejaba la luz del atardecer.

-Puedes acercarte a observarlo- graznó Ubis.

Iris extendió la mano y tocó aquella superficie resbaladiza.

-¿Qué es?- preguntó.

-Un regalo.

Se miraron.

-En reconocimiento a la labor a la que te has dedicado con tanta obstinación.

Iris sonrió. Era la primera vez que interpretaba mal algo que se le decía.

-¿Qué es?- preguntó de nuevo.

-Es la respuesta a todas tus preguntas. Solo tienes que entrar.

Como si reaccionase a las palabras de Ubis la tapa se deslizó mostrando un hueco del tamaño y forma exactos al cuerpo de Iris, forrado en un suave terciopelo de color granate. Iris se descalzó e introdujo un pie dentro, una sensación mullida se adaptó a él; metió el otro pie y se estiró de espaldas en el interior, el terciopelo se adaptó a la totalidad de su cuerpo ejerciendo primero una presión muy leve que fue aumentando a medida que la tapa se movía, tapando de nuevo el objeto.

Al cabo de unos instantes un líquido granate y espeso mostró un sinfín de puntos en los laterales del sarcófago que empezaron a convertirse en gruesas líneas que chorreaban a cámara lenta hacia el suelo. Los gritos de Iris sólo ensordecieron sus propios oídos mientras en el silencio de la sala la voz de Ubis ordenaba a los hombres lanza que recogiesen las sandalias que esperaban manchadas en el suelo y empezasen a limpiar.

Wiskott


 

Apetito carnal 2 febrero 2010

Archivado en: Amigos autores — tiberiocesar @ 16:00

I

APETITO CARNAL


El ventilador removió el aire caliente, estancado en la habitación durante todo el día. En el exterior el verano tendía sus redes; una calima que ahogaba los sentidos y atoraba la voluntad. Nestor había pasado todo el día adormilado, tendido en el sofá cutre de la habitación que ocupaba en el “Motel Yucatán”, un anodino tugurio de carretera.

Ya no sabía cuanto tiempo llevaba allí, ni le importaba; se incorporó pesadamente y se sintió mareado, miró a su alrededor y contempló, con una mezcla de angustia e indiferencia, los restos esparcidos de su última comida: pizza y un par de latas de cerveza. Rebuscó en su interior, intentando poner en orden sus sensaciones. Nada, absolutamente nada.

El ordenador portátil seguía encendido. Nestor se aproximó algo más vivo, como si de repente hubiera recobrado el control sobre sí mismo. El programa de descargas seguía activado, varios archivos bajaban de la red a velocidad de vértigo. Tecleó algo y la pantalla parpadeó; al momento tenía frente a él decenas de carpetas ordenadas en columnas; puso el cursor sobre la primera de ellas y esperó a que el sistema le mostrara los archivos fotográficos que contenía.

Los ojos de Nestor brillaban maliciosos, resbalaban sobre las fotos relamiéndose en las impúdicas imágenes. Decenas de muchachas, algunas apenas unas niñas, se mostraban ante él, sólo para él. Sudaba copiosamente, sintió como el pulso se le aceleraba, agolpándose en las sienes. La imperiosa necesidad de masturbarse le arrebató nuevamente la voluntad. Ya no era suficiente, necesitaba más… y la noche estaba tan cerca; el chillido incoherente de una orquesta de grillos en el pinar cercano anunciaba el ocaso. Nestor se relajó, por un momento pensó que podría vencer nuevamente sus anhelos, su apetito irreprimible. Instintivamente se llevó la mano al tobillo, la luz roja de la pulsera telemática, parpadeaba amenazante. ¿Valía la pena? El impulso era cada vez más fuerte; Nestor deambulaba frenético por la habitación, las cuatro paredes parecían reducir su espacio vital, y la sensación de ahogo y claustrofobia era cada vez mayor. Necesitaba salir a la calle, respirar aire puro, alejarse de aquella pantalla de ordenador, que despertaba en él un hambre atávica, incrustada en sus genes, y que era incapaz de saciar por más que alimentase sus instintos.

Se vistió apresuradamente y salió al exterior. El aparcamiento del motel estaba prácticamente vacío, apenas un par de coches aparcados disimuladamente en la parte trasera; ninguno de los clientes del establecimiento estaba demasiado interesado en ser localizado en semejante lugar. El motor del destartalado Ford Fiesta rugió, en medio de un gran estrépito. Se incorporó a la circulación con una maniobra temeraria; las ruedas chirriaron sobre el asfalto, antes de dirigirse a la ciudad.

Las luces de neón flanqueaban la avenida principal, Nestor se sentía en medio de un carrusel adictivo, un laberinto de pasiones desatadas, un buffet libre para saciar el apetito que lo enajenaba.
Había de todo para elegir, el alimento de su lujuria desfilaba ante él, como un coro complaciente que le atraía con sus voces sugerentes –Todo para ti, todo para ti – Las voces retumbaban en su cerebro, transformando el deseo en un estímulo físico, difícil de disimular. Ocultó el vehículo en un callejón, las luces parpadeantes deformaban su rostro, ahora sí, ahora no. Su instinto de cazador hambriento le hizo internarse en un pequeño parque, allí la luz era más escasa; las farolas rotas sembraban de sombras los senderos, rodeados de vegetación. Tenía hambre, cada vez más; ya no importaban las consecuencias, ni la pulsera telemática, ni la cárcel, aquella jaula de abstinencia que tanto temía.
Olisqueó el aire, una amalgama repugnante invadió sus fosas nasales; hedor a orines, excrementos y bajos instintos esparcidos tras cada matorral, en cada banco. Necesitaba una presa de la que alimentarse, antes de que los flujos de su apetito, se esparcieran sin sentido.

La muchacha se despidió, con un gesto cariñoso; todavía estuvo un rato quieta, pensativa, mientras la motocicleta se alejaba rugiendo por la avenida. Nestor sintió el vacío en el estómago, las mariposas cosquilleando en la entrepierna acrecentada; un hormigueo que precedía al bombeo excesivo de sangre, hizo que se le nublara la vista. Deseaba aquel bocado, aquella hembra de movimientos oscilantes, de carnes frescas; estaba ávido de saborear la salina esencia de su piel. La muchacha dudo un instante, hasta que finalmente penetró en la oscuridad del parque. Nestor la vio disiparse entre los claroscuros, y la siguió entre los matorrales. Se había convertido en una bestia hambrienta; en realidad era una bestia, siempre lo había sido. Ya podía oler la fragancia que emanaba la muchacha, oír sus pequeños pasos arrastrándose sobre la zahorra del camino. Tenía hambre, mucha hambre.

No pudo reaccionar, Nestor se abalanzó sobre ella surgiendo de la espesura. Ni siquiera tuvo la oportunidad de gritar; estaba sobre ella desgarrando sus carnes, arrancándole el pelo a bocados, lambiendo su piel, y a cada momento deseaba más y más probar su sangre. La presa pataleó y arañó en vano, sus fuerzas se fueron agotando poco a poco, y la resistencia se hizo cada vez más débil, hasta quedar anulada por completo.

Al amanecer, los restos de la muchacha quedaron expuestos como carroña. Nestor, la bestia, regresó a su cubil. La lúgubre habitación del “Motel Yucatán”, parecía menos asfixiante.
Las sirenas de los coches policiales rompieron la tranquilidad de la calle vacía. Las luces de neón yacían frías, sin vida; los dos hombres, con aspecto somnoliento, se aproximaron al cuerpo destripado y cubierto de sangre. Echaron un vistazo y se retiraron a un aparte, lejos de las miradas curiosas de los agentes uniformados, que conversaban indiferentes alrededor del cordón policial.
-Es él. –Afirmó el que parecía más veterano. Se rascó el pelo entrecano y resopló fastidiado.
-¿Tú crees? –Preguntó el otro, mientras volvía a mirar el cadáver, por encima del hombro de su compañero.
-¿Seguro…? Tú has visto eso igual que yo, la ha matado a dentelladas, literalmente a mordiscos, ¿no te recuerda nada? –El otro se encogió de hombros, era demasiado temprano y no estaba para gaitas.
-Si tú lo dices. –Aceptó resignado.

El subinspector Celso Madariaga era un hombre curtido, como solía decir él mismo, “un caimán de colmillo retorcido”; miró a su compañero de hito en hito y escupió entre sus pies.
-¿No tienes hambre? –El otro miró de reojo hacia el lugar en donde yacía el cadáver.
-No mucha, la verdad. –Admitió.
-¡Bah! –Espetó el subinspector Madariaga. –Yo voy a pillar unos churros. Eso es lo mejor para asentar el estómago. –Y sin mediar palabra regurgitó un sonoro eructo y un tufillo hediondo salió de su boca.
Varios agentes uniformados le saludaron al pasar; Madariaga los miró de refilón sin hacerles ni caso. Justo en la acera contraria, junto a una solitaria palmera, estaba la churrería; una vistosa gitana, cargada de cadenas de oro y con un voluminoso rodete sujetándose el pelo, removía la masa en el aceite hirviendo, la tiempo que canturreaba una conocida copla sin demasiada fortuna. Al verle aproximarse, se puso tiesa como una vara.
-Tranquila mujer, yo ya he tenido bastante por hoy. Ponte un par de ruedas de ésas, de las que estás haciendo. No me vayas a endiñar una esponja frita.
La gitana no dijo ni “mu”, envolvió los churros en papel de estraza y se los ofreció a Madariaga.
-Invita la caza. –La gitana, que sudaba a chorros, sonrió mostrando sus colmillos de oro.
-¡Vaya! ¡Rubito! ¡¿Seguro que no quieres unos churros?! –El rubio hizo un gesto negativo con la mano.
-Otro día hermosota… es maricón, pero no lo digas muy alto. –La gitana se rió por lo bajo. Madariaga cruzó de nuevo en dirección al parque. Los agentes tenían pinta de estar aburridos y hambrientos, el olor a churros que desperdigaba el subinspector los despabiló.
-¡Anda que has dicho algo pisha! –Le espetó al paso uno de los uniformados.
-¡Qué te jodan gaditano! –Contestó Madariaga, sin dejar de masticar.

El subinspector Ibor era bastante más joven que Madariaga, el cual le doblaba la edad. Se había incorporado recientemente a la Brigada de Homicidios de la Comisaría de Algeciras, y según su veterano compañero, estaba más verde que una vara de olivo.
-¿Qué pasa maricón, se te ha cerrado el estómago? –Ibor torció el gesto.
-Oye Celso, te considero un amigo, y se que ésos comentarios homófonos, los haces sin intención de joderme, pero te agradecería que no lo convirtieras en algo habitual… no quiero que perdamos la confían… -Madariaga le puso los dedos en la boca, estaban aceitosos, e Ibor no tuvo más remedio que recular para apartarse de ellos.
-A lo mejor prefieres que te llame gay… pero ¿tú tienes un coche caro… un chalet en…? –En esta ocasión fue Ibor el que cortó en seco a su compañero.
-No sigas, ya conozco el chistecito, y no tiene ni puta gracia ¿vale? –Era la primera vez desde que se conocían, que Ibor le ponía las cositas claras a Madariaga; empezaba a estar harto de sus pullitas.
-Vale, vale, joder con el mar… -Madariaga se cortó a tiempo. –A lo nuestro; te digo que a esta desdichada se la ha cargado nuestro amigo, no tengo la menor duda. –Afirmó con rotundidad, mientras hurgaba con sus dedos en el papelón de grasientos churros.
-¿Pero cómo puedes estar tan seguro? Ni siquiera hemos hecho una inspección ocular como Dios manda. –Era un cabrón redomado, de eso no cabía duda, pero era bueno e Ibor lo sabía. Reunía como investigador todas las características que el jamás tendría. Era sagaz, o más bien perspicaz, y un jodido sabueso; jamás olvidaba un crimen, jamás daba por cerrado un caso hasta no haber encerrado al culpable. Ni un solo chorizo, que se hubiera cruzado en el camino del sargento Celso Madariaga podía descansar tranquilo, siempre estaría en el punto de mira.
-Lo sé. –Fue la única respuesta de Madariaga.


Diego Castro Sánchez

 

Llamada perdida 29 enero 2010

Archivado en: Amigos autores — wiskot @ 15:22



Llamada perdida

Era un móvil de última generación pero más bien parecía un portátil en miniatura.
Por supuesto tenía acceso a Internet, y un montón de aplicaciones diversas que hacían de él una golosina muy apetecible, incluso dejando aparte su color chocolate a la taza, por parte de cualquier entusiasta de esos que están siempre a la última.
Estaba claro que el tipo lo había robado, si lo había sustraído de un establecimiento o de la mochila de un incauto sería lo que decidiera si valía la pena o no comprarlo.
No le gustaba pagar el precio que imponían fabricantes y distribuidores pero tampoco soportaba comprar objetos de segunda mano, usados a medias por otros.
Le preguntó al tipo si le dejaba ver el manual de instrucciones y cuando le tendió dos libretos de papel envueltos junto al cable de conexión al puerto USB, unos auriculares, un pequeño lápiz táctil, una tarjeta de memoria y el cable de alimentación de la batería supo que iba a comprarlo.
Una ganga, menos de la mitad de su precio en tienda.


Ya en casa estiró el plástico hasta romperlo y empezó a curiosear el contenido.
Olió el papel del manual pasando las hojas ante su nariz con rapidez, el aroma a papel impreso nuevo trepó por sus conductos nasales y cuando llegó al cerebro la conocida sensación de felicidad lo inundó.
Estuvo leyendo durante el resto de la mañana haciendo una pequeña pausa para mordisquear un bocadillo. El resto de la tarde lo dedicó a hacer pruebas introduciendo contactos inventados en la agenda, configurando la alarma para que sonara a las ocho y leyendo, con fastidio resignado, el mensaje “Configuración necesaria. Para más info. contacte con su operador o www.Zonyerikson.com/support ¿Configurar ahora?”
Apretó la tecla bajo la palabra no y volvió a la pantalla Menú.

Los cuatro dígitos del reloj en pantalla marcaban las 23:11 en blanco sobre fondo negro.
Dejó el móvil encima del sofá de tres plazas y fue a la cocina.
Después de aliñarse una ensalada de queso fresco con tomates cherry y servirse un trago de vino blanco en una copa de pie largo se dispuso a cenar en la mesa de la cocina mirando la oscuridad cuadrada asomada a la ventana.
Dejó los platos fregados en el escurridor y se metió en la cama con el móvil.
Buscó los juegos y pasó media hora haciendo girar y saltar a la figura del juego de snowboard por la pista.
Luego se fijó en que la única fuente de luz en su habitación provenía del móvil y decidió fotografiar esa semi-oscuridad.
Buscó la cámara y enfocó; el móvil, situado entre su cara y la negrura, le mostró una pantalla llena de diminutos puntos grises que zigzagueaban veloces en su interior, apretó la tecla correspondiente y los puntos quedaron inmóviles.
-Bien, muy bien- susurró-. Ahora de perfil.-Otra foto.- Las manos en el pelo y dále a la cámara tu mirada más sensual.-Otra foto.- Lo haces muy bien, nena. Sigue así.-Otra foto.

Al cabo de un rato de divertirse con la cámara empezaron a pesarle los párpados.
Bloqueó el móvil antes de ponerlo en la mesita de noche y se dispuso a descansar.


El móvil permaneció en esa mesita durante dos días con sus noches mientras él intentaba adelantar en un trabajo que le habían endosado en la empresa.
El segundo día la pantalla se iluminó durante unos segundos a las 17:28 y otra vez a las 19:42 pero él tenía toda su atención puesta en el trabajo.
Tras eso llegó el fin de semana.
El sábado se le escurrió en un club de carretera, regado de cava y acariciado por unas manos tan expertas como públicas.
El domingo lo empujó en una discoteca con la ayuda de una veinteañera para encontrar a la madrugada en el coche de ella aparcado junto a la playa.
Experiencias ambas igualmente insatisfactorias aunque por lo menos la segunda no le costó un euro.


De vuelta a casa, ligeramente ebrio a causa de los combinados ingeridos en la disco, se metió desnudo en su cama después de darse una ducha de quince minutos.
Entonces ocurrió.


Permanecía con los ojos abiertos pensando en la veinteañera cuando advirtió que el móvil se iluminaba.
Lo tomó de la mesita y miró la pantalla.
El cilindro que representaba el nivel de carga de batería tenía una pequeña línea roja.
A oscuras sacó el cable de alimentación del cajón superior y lo conectó a la base del móvil en un extremo y a la toma de corriente entre la mesita y la cama en el otro, sin reparar en el pequeño sobre amarillo que esperaba cerrado en la parte superior izquierda.


A eso de las cinco de la mañana del lunes despertó sobresaltado por un tableteo constante.
Cuando consiguió abrir los ojos localizó el origen del ruido y cogió el móvil con una sensación de confusión abriéndose paso en su mente.
Estaba seguro de haber desactivado la vibración.
Entonces vio el sobre.
-¡Joder!
Desbloqueó y entró en Mensajes.
Había dos envíos cuyo destinatario se anunciaba como M.
Abrió el primero.
“Presta mucha atención a lo que voy a explicarte, egocéntrico hijo de puta. Que viniera a visitarte hace unas noches no significa que renuncie a mis derechos de imagen, ¿entiendes?. Tienes cuatro fotos mías que te pertenecen tanto como el móvil conque las hiciste así que mueve ese asqueroso culo de gimnasio pijo y bórralas ya.”
-¡Oh, mierda!
Con dedos temblorosos abrió el segundo.
“Creo que no entiendes que está pasando así que te daré otra oportunidad. Te aconsejo que no la desaproveches o vas a lamentarlo más de lo que alcanza tu imaginación”
Mientras miraba la pantalla tratando de entender lo inexplicable llegó otro mensaje.
Lo abrió.
“Bien. Se acabó el tiempo. Ha sido tu decisión, no la mía.”
Mientras se levantaba de la cama el móvil emitió un chasquido y el cable de alimentación de la batería, aún conectado por ambos extremos, chisporroteó al tiempo que un hormigueo dolorosísimo le recorría el brazo desde la mano hasta el hombro.
Eso lo cogió por sorpresa y trastabilló en la alfombra, que se deslizó bajo su pie derecho mientras caía a plomo con todo el peso de su cuerpo impidiéndole recobrar el equilibrio.
La parte posterior de su cabeza golpeó violentamente la esquina afilada de la mesita de noche y quedó inconsciente tirado en el suelo, el móvil en su mano, chamuscada la pantalla.
Como en sueños oyó una voz que parecía arrastrarse en su conciencia en un murmullo quedo.
“Si que tenías ganas de verme, cabrón”.

Wiskott


 

Escalera jubilada 25 enero 2010

Archivado en: Amigos autores — wiskot @ 13:01

Es curioso cómo el entorno acaba copiando el aspecto de los moradores, usuarios o propietarios.

Cuando se instaló en aquel piso nunca hubiera imaginado que le tocaría ver, oler y escuchar las vidas casi caducadas de unos vecinos a los que apenas conocía de vista. Algunas veces les había cedido el paso para mirar la manera en que acarreaban con lentitud penosa sus cuerpos en un bloque que carecía de ascensor. Siempre llevando bolsas casi vacías y las llaves en la mano, la cabeza gacha, apenas conscientes de su presencia junto a ellos, como si se movieran en otra dimensión y no la vieran hasta el momento justo de murmurar un saludo o un agradecimiento por dejarles pasar primero.

Era la más joven en aquella escalera, junto con otra mujer, viuda ya, que solo le llevaba siete años y que le explicó de cabo a rabo los entresijos de los vecinos y los sucesos más interesantes del edificio.

Así fue como supo que el bloque, víctima del fuego en dos ocasiones estaba habitado por una anciana que ejerció el oficio más viejo del mundo durante su juventud, (“tiene un hijo que fue a un colegio de pago, interno, es muy buena persona.” ), un matrimonio que no se hablaba con la familia de él,( ” él está casi ciego.”) dos hermanas que tenían el televisor a un volumen escandaloso que solo enmudecía cuando se equivocaban de botón y lo apagaban, ( “la mayor tiene un ojo de cristal” – le susurró.) , otra anciana a la que le hacía la compra y que llevaba años sin salir a la calle, ( “cuando le subo la bolsa siempre me dice que se sentará en una silla a esperar a la muerte, que no se me ocurra llamar a una ambulancia.”)

El resto de pisos esperaba vacío la llegada de alguien nuevo.

La primera ocasión la propició el televisor.

Oyó que picaban a su puerta, no al interfono sino a la puerta del piso.

Cuando abrió se encontró a una anciana de pelo amarillento, vestida con ropas oscuras que delataban mejor la caspa y los cabellos y que despedía el olor de amoníaco inconfundible de un sexo húmedo y una ropa interior tan sucia como gastada.

- Buenos días.

-Buen día, joven. Es que no está la señora del tercero y mi hermana ha apagado la tele y no podemos encenderla. ¿ Le sabría mal entrar un momento a mirar el mando?

No quería hacerlo pero no se le ocurría nada convincente para negarse.

Cogió las llaves, cerró su puerta y siguió a la mujer un piso más arriba.

Un recibidor minúsculo con dos figuras de porcelana pasadas de moda conducía a una salita de estar con una mesa a un lado y un televisor que, pese a su antigüedad, aún era demasiado moderno y sofisticado para ellas, y que ocupaba su sitio frente a un sofá maloliente, cubierto parcialmente por la manta con la que debían taparse mientras lo miraban.

Le pusieron el mando en la mano, mirándola con una expresión de cachorro juguetón. Todos los botones estaban cubiertos por celo, excepto los que permitían cambiar de canal y los de encendido y apagado. Este último tenía rastros de goma y supuso que debía estar tapado también.

Apretó el botón ” On” y le preguntó a la anciana si tenía celo. Cuando se lo trajo volvió a tapar la tecla de apagado y le devolvió el mando.

La hermana ” Ojo de cristal” no apareció en todo el rato, cosa que agradeció, devolvió un ” No hay de qué” a la anciana y bajó a su casa.

Se metió en la ducha de inmediato y puso toda su ropa en la lavadora.

Horas después, aún tenía ese olor en la memoria.

Pasadas tres semanas del incidente del mando, bajó la viuda del tercero a pedirle ayuda.

-Es que vengo de hacerle la compra y no me abría, así que la he llamado a voces y me ha contestado que se ha caído y no puede levantarse. Yo tengo llaves pero no me hace gracia entrar sola.

-¿Por qué?- preguntó.

-Ya sabes como es la gente mayor de desconfíada.

Cuarto piso. Diferente televisor, diferente anciana, olor idéntico.

Había entrado al excusado y tropezado y caído al suelo del mismo. Tenía la ropa a la altura de las rodillas y un charco amarillo transparente delataba lo ocurrido.

Tuvieron que alzarla entre las dos y sentarla en la cama, limpiarla, cambiarle la ropa y las sábanas y después de eso, sin saber por qué, se encontró mirando su reloj de pulsera y preguntándole a la anciana si había desayunado algo. Un no tembloroso la obligó a calentarle un vaso de leche en el fogón más despejado de grasa que pudo hallar en la cocina. Tuvo que sostenerle el vaso como a un niño porque temblaba tanto que la leche bailaba salvaje junto al borde. La mujer lagrimeaba y hacía gestos de dolor. Miró a la vecina del tercero y le sugirió en un susurro llamar al médico.

-Dirá que no.

-No le pregunte. Llame y cuando lleguen ya veremos.

Lo que vieron fue la transformación de una anciana desvalida en una caricatura de sí misma, gritona y malhablada.

-¡¡¡ No quiero ir a morirme al hospital!!! ¡¡¡ Quiero morirme aquí en mí casa!!! ¡¡¡¿ Por qué los has llamado, mala p…?!!!

Los dos de la ambulancia la calmaron para examinarla pero cuando acabaron y expusieron la necesidad de ingresarla para ver en profundidad el estado de las caderas y otros huesos volvió a enloquecer. La acarrearon hasta el vehículo de todas formas y no volvió a saber más del asunto hasta cinco días después, cuando la del tercero bajó a informar de la muerte de la anciana.

-Fuí a verla todos los días, los tres primeros aún me insultaba pero al cuarto ya ni me conocía.

-¿ Le dijo algo el especialista que la llevaba?

-Que sufrió una parada cardíaca.En paz descanse.

-Sí, en paz descanse.

Volvió a entrar mientras la del tercero emprendía el ascenso a su casa, con un punto de tristeza y la pregunta a medio formar en su cerebro.

¿Puede una persona, estresada y fuera de su escenario cotidiano, apagar su vida como quien apaga una luz? Las hormigas pueden parar su corazón si se ven en una situación de peligro. ¿Puede hacerlo una persona? ¿Es posible?

Wiskott


 

El extraño caso de Sara de la Poer 22 enero 2010

Archivado en: Amigos autores — Jaume Moreso i Mallofré @ 22:36



EL EXTRAÑO CASO DE SARA DE LA POER

El otro día, consultando diarios viejos de épocas ya pasadas, me encontré con un artículo sumamente curioso y extraño. Tan sólo diez líneas hablaban de ese suceso. ¡Tan poco espacio para un caso tan grave y sobrecogedor! Me pareció demasiado extraño, y quise curiosear un poco más. Busqué por otros diarios y revistas, y no encontré nada… nada de nada que contara lo más mínimo de ese asesinato múltiple tan escalofriante…

La escasa información que revelaba ese artículo era simplemente que una doncella joven, de buena casta y posición social, había enloquecido matando a plena luz del sol, y en medio de la calle, a doce transeúntes inocentes de tal demencia.

Nada más pude encontrar, y nada más pude saber de esta doncella que, debido a esta insensata causa, se convirtió en la protagonista principal de un teatro macabro y entrevisto. Por eso, me quedé ansioso por indagar en el asunto, por saber más de este comportamiento enajenado, por saber sus motivos y lo que pasó en la vida de esta doncella para transformarla en un monstruo asesino…

Si bien estos casos no son muy frecuentes, es seguro que cada uno de ellos marca un hito y deja impresa una huella de terror y de misterio en los corazones de la gente que habita y habitará el lugar donde se propició la locura. Por eso, me extrañó tanto que nada se supiera del asunto, pues su magnitud es tan ancha que, sin duda alguna, el entendimiento de la razón debe y tiene que apelar a la comprensión general de la Humanidad.

Ahora bien, cada uno de nosotros sabemos con certeza que, nunca jamás, perpetraríamos una idea semejante, aunque el subconsciente o la fantasía a este camino nos incitaran. No obstante, no es descabellada la idea de que quizá, otra persona sí que lo haría… Por eso, en mis meditaciones, sale muy a menudo esta idea, suscitándome asombro y afán de comprender cómo puede ser que una chica joven, una doncella con una vida que la mayoría de la gente deseamos, se lanzara al asesinato y la mutilación con una potente escopeta de caza.

De acuerdo, llegados a este punto debo confesar, para qué engañaros, que lo que más mueve mi afán de conocimiento es una curiosidad mórbida y enfermiza que me empuja a descifrar todos los pormenores y los detalles del asunto. Y creo que vale la pena indagar en ellos, pues cuando un tema afecta la mente con tanto vigor, siempre vale la pena dedicar un tiempo a pensarlo.

Si el lector quiere, que haga su propia meditación, saque sus propias ideas y conclusiones y, así, concluya satisfactoriamente su interés por el caso que nos ocupa. Yo, por mi lado, no estoy para nada satisfecho e invito, a los que sientan esta misma inquietud, a vagar conmigo por los quince años de la vida de esa doncella asesina.

Si aún estáis aquí, os doy la bienvenida y os notifico que mis vacilaciones han avanzado satisfactoriamente.

Bien, empecemos por el inicio, o sea, por la infancia de la desventurada doncella de rizos dorados. Supongamos, por un momento, que su familia no tenía nada de particular o de extraño. Era la típica y ordinaria familia, rica y acomodada, de la burguesía neoyorquina. Por tanto, lo especial de este asunto es de bien seguro que deberíamos buscarlo en los vericuetos más ocultos y dificultosos del alma de la doncella… podríamos llamarla… Sara.

Entonces… figurémonos de tal modo su infancia, que podamos identificarnos con ella; pues en el psiquismo humano no hay mayor herramienta de comprensión que la empatía hacia sus cónyuges o sus semblantes.

Bien, tomando como partida la riqueza de su familia y su buena posición social, podemos suponer que Sara vivía rodeada de todas las comodidades que uno pueda desear. Era una muchacha consentida, que siempre conseguía lo que se le antojaba. Pero no por eso dejaba de lado las responsabilidades de su vida o se comportaba de maneras impropias. Todo lo contrario. Sara era una chica responsable, que se comportada de manera ejemplar y enorgullecía, seguramente, a su padre y madre. Sin duda alguna, hacía honor al apellido que llevaba.

Sara no tenía muchas amistades, pues se dedicaba la mayor parte del tiempo al estudio y a las labores de su hogar. Seguía al pie de la letra las órdenes de sus padres y su vida se caracterizaba por el riguroso estudio, el temple y la seriedad con las que llevaba a cabo todas sus acciones, el esfuerzo para llegar a conseguir sus metas y sus objetivos o su dedicación a las tareas del hogar y de la familia.

La doncella se hacía mayor. Pasaban los años y cada vez era mejor considerada y su estampa era reconocida en todas las familias relacionadas con los De la Poer. Pero, con la llegada de su adolescencia, también llegaron otros intereses, otras inquietudes… y otros deseos.

Sara estaba ansiosa por ver mundo. Por abrir sus alas y volar… volar a lo más alto, allí dónde ningún avión pudiera llegar. Hacer cosquillas a las nubes y verlo todo desde una nueva perspectiva, singular y sin obligaciones. Pues era esto lo que más le empezó a molestar, las obligaciones.

Estaba harta de seguir las órdenes de sus padres, de pasarse el día estudiando, limpiando la casa o haciendo la comida. Ella quería salir a jugar, a divertirse, a conocer gente, a hacer amigos y amigas… y a conocer chicos. Sobre todo eso, sobre todo conocer chicos… pues cuando llega esta edad, una chica se siente inquieta y algo en su interior revolotea y la hace vibrar. Su sangre hervía, su corazón se desbocaba, su imaginación soñaba… y soñando, quiso empezar a vivir por ella, no por sus mayores.

Creo que todo cambió entonces, cuando su interés por los hombres despertó por primera vez, inocente e incauto. Ella no entendió por qué sus padres se enfadaron tanto por sus actos y tildaron su conducta de impropia y de vergonzosa. ¡Si ella sólo quería ser feliz! ¡Seguir sus sentimientos, puros y sinceros y hacer cosas bonitas!

Y empezaron a llegar las primeras disputas, y con éstas, el corazón indomable de una mujer soñadora y rebelde estalló en medio del universo en una infinitud de nebulosas crepusculares, preñadas de sueños, de ambiciones, de deseos y de placeres.

Sus padres, conducidos por la codicia, por los materialismos y las banalidades de una época de exultante pomposidad, negaron a la joven soñadora a convertirse en mujer, y lo que es peor, a luchar por sus sueños y sus deseos.

La pobre Sara se quedó encerrada en una vida gris y monótona. Justo cuando empezaba a vislumbrar la vida dorada y bella, cuando empezaba a ver la luz del amor y de la alegría, sus padres, sus superiores, sus mayores, sus amos; encarcelaron su felicidad y la encerraron en la vida que ellos mismos creían la correcta, según sus propias ideas cerradas y cortas de miras.

¡Qué detestable! ¡Qué odioso por su parte! Una chica debe actuar y decidir lo que le dicte el corazón, ¡no lo que le dicten los demás! Sus padres actuaban pensando en el buen camino de la chica, siguiendo unas ideas y unos dictámenes aprendidos en horas oscuras, cuando cualquier cosa era suficiente. ¡Pero eso no era asaz ni benévolo para una chica llena de luz y de alegría! Sara necesitaba cumplir sus propios deseos, llevar su propia vida y empezar a actuar cómo una mujer, ¡empezar a tomar las riendas de su destino!
Pero ellos no entendían que esas maneras eran sólo las suyas, las que ellos mismos habían inventado y habían impuesto a su dorada doncella… unas maneras anticuadas y carcomidas por lo artificioso y lo inflexible.

Entonces, cuando Sara cumplió los quince años, se vio envuelta por una segunda oscuridad más triste que las mismas tinieblas nocturnas. Su vida transcurría apenada entre horas bajas que caían cómo gotas de un rocío melancólico. Se pasaba las horas mirando a través de la ventana, viendo cómo la vida exterior bullía y circulaba sin ella, sin ella… ¡sin ella! Y de pronto, todos sus instantes perdidos, todos sus huecos objetivos, todos sus gritos mudos estallaron en un abanico de grises y negros que gritaban gemidos de odio y de envidia a los demás seres vivientes de la maldita ciudad.

Su corazón se ahogó entonces, y ahogadas todas sus ilusiones y esperanzas su vanidad empezó a crecer dentro de su alma, ansiando, envidiando, deseando la vida de los demás.
Envidiaba el paso firme de los hombres de negocios que cruzaban la calle. Envidaba los paseos elegantes y dulces de las señoritas solteras que coqueteaban con los mozos más apuestos. Envidiaba los sombreros que flotaban por debajo de su ventana, coronando las cabezas pomposas de viejas impostoras que vivían una vida robada. ¡Pues ella se la robaría!

Un día, ya no pudiendo aguantar más, ya no pudiendo soportar la envidia que oprimía su corazón, escapó de las prisiones de su hogar amparada por la masa ruidosa, viva y pegajosa, de una ciudad hirviente de leprosa existencia. Se mezcló entre esta masa vital, invisible, impersonal, sin nombre, sin significado… nadie la miraría, nadie le haría caso, podría llevar a cabo su terrible plan sin que nadie se diera cuenta de sus intenciones.

Pero entonces, cuando se acercaba hacia la tienda de armas, de entre la confusa multitud y el maremágnum de pasos, le pareció oír unas pisadas muy diferentes a las demás, unas pisadas con un ritmo adecuado y particular que la seguían. Se asustó. Su mirada brincó de un lado a otro, buscando quién la acechaba. Empezó a correr, huyendo de su propia paranoia y se asomó al portal de la tienda, sintiéndose protegida entre la oscuridad de unas pilastras anchas y profundas.

Ay Sara, ¡qué ilusa eres! ¡¿Por qué tienes miedo?! No debes temer nada, soy yo quien te sigue… no te preocupes, entra, ¡entra! Y coge lo que necesitas para satisfacer tu odio, tu venganza ¡y la envidia que te corroe!

Y Sara no dudó. Cómo conducida por un poder perverso y satánico, la blanca doncella entró corriendo al interior de la tienda, dejando tras de sí un susurro sinuoso llevado por el viento.

Entonces dentro ella compraría la escopeta más poderosa de la que dispusieran. No habría tenido ningún problema en adquirirla, ya que en esa ciudad, con dinero se puede conseguir cualquier cosa.

Con el arma en los puños Sara se sintió poderosa, y sus ansias de venganza rugían como leones enfurecidos. Sus pasos salieron vigorosamente, como un arrollo de agua que cae salvajemente por una catarata de aguas tenebrosas.

Entonces vinieron los estruendos, y un estallido final de horror. Mientras vacilaba, seguramente no me dio tiempo a percibir el primer trueno, el que anunciaba la tormenta. Pero el segundo… el segundo seguramente que todo el mundo lo oyó… y entre la terrible barahúnda pudieron escuchar el tercero, y el cuarto, y el quinto, y el sexto… y así hasta doce despiadados estruendos escupidos por la endemoniada arma de fuego que una doncella, frágil y bella, manejaba como la misma guadaña de la Muerte.

Si yo hubiera podido presenciar esa lujuria de asesinato… ¡por el cielo! Que seguramente me hubiera quedado diabólicamente maravillado, como por un poder perverso y satírico de una diablesa rubia, blanca y brillante como un ángel. Y seguramente, esa imagen se hubiera quedado grabada en mi retina para siempre: la imagen de doce cuerpos despedazados, contorsionados como un circo… y el humo… también el humo emanando de sus cuerpos y del arma de Sara… la lluvia, roja… salpicando el asfalto, la humedad mojando los cuerpos… y una doncella, blanca y pura, rubia como el oro, con la mirada hueca, con la vista perdida en el infinito, ignorando la sangre que salpicaba sus pálidas mejillas… ignorando la escopeta que se balanceaba inquieta, pendida en sus brazos finos y delicados…

Jaume Moreso i Mallofré


 

El profeta loco 13 enero 2010

Archivado en: Amigos autores — Jaume Moreso i Mallofré @ 21:43


El Profeta loco.

-Jajajaja!!!- una risa trastornada, llena de demencia y de sonoridad inhumana irrumpió repentinamente en la oscuridad muerta.
-jajajaja!!!- la risa continuaba, frenética, febril, enfermiza; como una locura, como una hecatombe de sacrificios y de muerte. Por donde pasaba, unos gritos de horror y de desolación repondían al pavor vaporoso que invadía todo el lugar.

De pronto, una voz -si se le puede llamar voz a eso que oí- profirió un anuncio que me llenó de terror y desconcierto -yo soy Abdul Zaann el Profeta! El más grande de toda su estirpe y el que alcanzará el don de la inmortalidad…! Yo..!- repentinamente un gruñido visceral y sardónico salió de la garganta de ese ser. Sus gritos cesaron, su locura se apaciguó. Pero solo fue un instante… pues en un arrebato de cólera sus gritos volvieron a estremecerme.
Quién demonios eres tu?!- escupió con fingida sorpresa.
Y entonces mis ojos contemplaron algo que nunca he podido olvidar. Esa detestable imagen, impuramente anormal… Era un ser impío, antinatural, una falacia de la realidad. Su imagen, lejos de inspirarme estupefacción, me recordaba perversamente a algún monstruo horroroso de las profundidades estigias de mi mente.

-Yo, soy tú. Mírame bien! No me reconoces?- pronunció el nuevo ser, con un sonido gutural.
La respuesta que vino a continuación y que me heló la sangre, solo fue el principio de un holocausto caníbal más allá de toda imaginación. La primera bestia profirió un aullido tan terrorífico que perdí la cabeza. Mi cuerpo se estremeció y perdí el control. Quizá no lleguéis a entender lo que os contaré, o no me creáis, pero os juro que es la pura verdad. Y no fue por lo que vi u oí lo que hace que mis noches estén plagadas de pesadillas extravagantes, sinó por lo que “sentí”…:

No podría decir si era de un perro, de un lobo o de un coyote; quizá una mezcla de todos ellos. Pero el aullido que vomitó la primera bestia me transmitió perversamente lo innominable de su procedencia. La bestia respondió al segundo ser, al cual estaba mirando fijamente:
-Bastaaaaardo…! Tu no eres yo, yo soy único! Yo soy Abdul Zaann, quién ha vuelto de la tierra de los Dioses, quién ha viajado por infinitas latitudes prohibidas y ha vuelto para contarlo…! Yo… yo he visto a los Dioses, regocijarse de su poder… y me he reido de ellos! He hollado en las inmensidades cenicientas, y he visto colores y luces que ningún mortal jamás imaginará! Y pronto me convertiré en un Dios!
Y en ese preciso instante, cuando terminó de esputar esas blasfemias innombrables, se avalanzó como un demonio pesadillesco sobre el otro ser. La muerte goteante hizo acto de presencia, untando de rojo y carmesí los brazos asquerosamente retorcidos de la primera bestia. Ésta rió insensatamente mientras de todos lados llegaban, como atraídos por el líquido del mismo Hades, una ingente cantidad de criaturas amorfas, de contornos grotescos y cuerpos deformados.
Sus ojos, habían enloquecido. Rojos como el ocaso huían de sus concavidades, delirando en serpenteantes giros espasmódicos. Entonces empezó a proferir ciertos gruñidos y un conjunto indefinible de sonidos acompasados. Abdul Zaann, el Profeta, el Único, saltó frenéticamente sobre ese torrente de aullantes sombras torrenciales de una demencia roja y viscosa. Devoró la carne, los huesos y los jugos abominables y caleidoscópicos en medio del pandemonio nebuloso. Y entonces en medio de sombras burlescas pude ver, como su cuerpo ensangrentado, caía lánguidamente en el eterno vacío del estéril averno.

Cuando recobré la cordura, me encontraba en la cama de un hospital. Me dijeron que había tenido un accidente en un parque temático y que había perdido mucha sangre por culpa de un corte con un cristal de la “sala de los espejos deformadores”. Entonces me acordé de Abdul Zaann y de todas sus palabras, y me di cuenta, aterrado, de que no habían sido esos diablos peludos, deformes y blanquecinos los que habían asesinado al loco profeta. Quién había acabado con su vida había sido él mismo, reflejado en la locura de decenas de espejos de silencioso secreto.

Jaume Moreso i Mallofré


 

El soldadito de plomo 13 enero 2010

Archivado en: Amigos autores — Jaume Moreso i Mallofré @ 21:41

El Soldadito de Plomo
(Canción de la Hada Iria)


Oh…! Oh, oh…!

Cuán terrible es la desdicha del ser
desprovisto de corazón para sentir…!

Cuán terrible es la desdicha del ser
desprovisto de alma para amar…!

Oh…! Oh, oh…!

Esta historia, cual epopeico lance
e más terrible infortuno desenlace
canta las hazañas de tan insólito
héroe que en mi cuer un hito

marcó como la luz marca el zenit
de la más brillante estrella fénix
de nuestra celeste bóveda jalbegante
de rosas, morados, ¡y un turquesa elegante!

Pan de trastrigo era aquél ser
¡de lo más exquisito que uno puede ver…!
quizá de frío metal estaba hecho por fuera
mas su interior ¡el cálido botete era…!

Bravo guerrero que contra todo mal
luchó con valentía ¡e vigor inmortal…!
consiguió más con una sola cama
que todo un ejercito en su aclamada fama.

Quizá no tesoros, ni rubíes ni plantino;
ni joyas ni placeres carnales ni el lino más fino…
¡y qué mas daba! Él consiguió lo que más amaba,
el amor y la paz; ¡la libertad de la esclava!

Oh…! Oh, oh…!

Cuán terrible es la desdicha del ser
desprovisto de corazón para sentir…!

Cuán terrible es la desdicha del ser
desprovisto de alma para amar…!

Oh…! Oh, oh…!

Pues un día enamórese de una doncella
pura como el agua, ¡como una rosa bella!
mas sus inocentes sentimientos pudieron
ni siquiera expresarse yuso la dulce timidez.

Mas las perspicacia no faltaba en la doncella
e sin ninguna dificultad, ¡se dio cuenta ella!
agarráronse de las manos, y a la Luna llena
a visitar fueron en el umbral de la ventana siena.

Y así pasaron las noches,
cantando al son de la Luna
¡Lara-la, lirín liró! ¡Lara-la, lirín liró!

Hasta que un día la caja se abrió
e un dedo impío al soldadito señaló
¡oh no! Era el demonio, ¡el farsante!
¡El que no tiene sombra ni semblante!

Mas el soldadito de plomo no se asustó
¡ni cuando el demonio artero le azuzó!
pues bravo como el agua era nuestro soldado
¡e jamás en su vida de nada se había asustado…!

Cogiose su espada de plomo y al trapisondista
venció con una proeza que ¡cantaba a la vista!
la mano de su amada cogió
e a la plateada luz de la Luna cantó…

¡Lara-la, lirín liró! ¡Lara-la, lirín liró!

¡Lara-la, lirín liró! ¡Lara-la, lirín liró!

Pero,

Oh…! Oh, oh…!

Cuán terrible es la desdicha del ser
desprovisto de corazón para sentir…!

Cuán terrible es la desdicha del ser
desprovisto de alma para amar…!

Oh…! Oh, oh…!

La más inmunda bajeza a cernirse volvió
a la espalda del heroe que jamás se imaginó
que la maldad tuviera forma humana, e humana
fuera la mismísima maldad, ¡material  e mundana!

La mano humana llególes de su umbral, privándoles
de la felicidad, del cariño, ¡de la nobleza…!
e le separó del regazo de su amor e lo tiró, al barro
a los lodazales mugrientos del callejón ¡guarro…!

El pobre soldado lo perdió todo, mas en su corazón
remanire la esperanza que lo guiara el monzón,
de nuevo al puerto del amor de su amada
y por los mares intempestivos ¡le guiara su espada…!

Largos fueron los años que el pobre soldado vagó
por los océanos hasta que un pez curioso se lo tragó
y en las entrañas de ese ser aún más ¡lloró y lloró!
“¿es qué mis sentimientos no importan?” gritó,

¿por qué son tan malvados esos seres que llaman humanos?
¡lirí, liró!
¿por qué…? ¿a caso no tenemos corazón las figuritas de plomo?

¡Ohhhhhhh…! ¡lirí, liró!

Cuán terrible es la desdicha del ser humano
desprovisto de corazón para sentir…!

Cuán terrible es la desdicha del ser humano
desprovisto de alma para amar…!

¡Ohhhhhhh…! ¡lirí, liró!

E luego las sombras se lo llevaron y perdido
entre las tinieblas donde toda la luz se había ido
escuchó una voz fablar, ¡con distinguido sonido…!
Era ella, ¡su doncella! Desde el baül ¡inhibido…!

¡Ohhhhhhh…! ¡lirí, liró!

Su doncella le llamaba e ¡él llegaría hasta ella…!
luchó durante incontables edades con la mella
marcada en la hoja de su espada, ¡que nunca se quebrantaba!
e de pronto, otra voz llegó a sus oídos, esta vez, ¡humana…!

¡Oh no! ¡lirí, liró! ¡Cuánta maldad! ¡lirí, liró! ¡Humana, de verdad…!

En el frío metal de las cuchillas e los hornos se encontró
de nuevo en el seno del horror, donde él nació.
La desesperación anegada a su cuello le quería matar
¡mas de nuevo la voz de su doncella escuchó fablar…!

Cató a su alrededor, ¿y cual fue su sorpresa?
Era la misma casa donde vivió, sin duda ¡era esa!
¡Desdicho sea el destino, que a esa casa lo llevó por primera vez!
¡Afortunada sea la casualidad, que lo devolvió ahí, en la barriga de un pez!

Actuó rápido e con premura, e après de los peldaños del infierno
con su dama se reencontró, e la guarió al borde de la desolación del averno,
huyeron los dos, bajo la juguetona e burlona luz de la Luna
más los ratoniles dedos de ese niño infernal trajeron de nuevo… ¡la bruna!
La infamia a la rematacina les empujó
e la judiada lengua de fuego relamió
sus cuerpos y sus almas de amor preñadas
volviéronse grises en esas cenicientas humaredas…

A los ojos del humano ratonesco, de mejillas sonrosadas;
del monstruo de pelos encrespados y asesino de hadas;
el plomo de sus cuerpos se fundió, en la hoguera invernal
y de sus cuerpos, ¡un corazón se dibujó de la luz inmortal!

¡Oh no! ¡lirí, liró! ¡Cuánta maldad! ¡lirí, liró! ¡Humana, de verdad…!

Oh…! Oh, oh…!

Afortunados sean los dos enamorados de metal,
la bailarina de plomo, y el soldadito de plomo, ¡también…!
que por fin librados de sus cuerpos mundanos han sido
e prisists encarnaçión con luz e magia ¡en dos grandes maravillas!
ahora, por siempre jamás, el soldado y la bailarina
liberados de sus prisiones de plomo, en luz e magia
¡han venido a vivir a la tierra de las hadas, las ninfas y los gnomos!

Oh…! Oh, oh…! ¡lirí, liró!

Oh…! Oh, oh…!

¡lirí… liró…!

Nota del autor:

En este cantar he utilizado palabras del castellano antiguo las cuales, seguramente, a la vista y oido de la mayoría de vosotros y vosotras no significarán nada. Por eso, anoto a continuación los significados para vuestro interés o diversión:

Jalbegante: que pinta
Pan de trastrigo: algo excelente, pan mejor que el de trigo.
Botete: un lugar ideal para los niños, para sus juegos y sus fantasías.
A la rematacina: “a ver a dónde/hasta dónde llega”
Llególes: Les alzó
Cató: Miró
Prisists encarnaçión: Se han encarnado
Fablaba: hablaba
Après: Cerca
Cama: pierna
Yuso: abajo
Remanire: Quedó
Cuer: corazón
Guarió: salvó

Jaume Moreso i Mallofré


 

Última carta desesperada 13 enero 2010

Archivado en: Amigos autores — Jaume Moreso i Mallofré @ 21:37

Última carta desesperada.

Amado mío:

Escribo esta carta bajo una terrible desesperación que ha anegado hasta el último rincón de mi alma. Tú no la conoces, esta desesperación, esta fatalidad que me ha perseguido desde el día en que nací. Es el miedo que acecha, el terror con un nombre propio, pero que de cualquier identidad carece. Es el sino del horror, de la pesadilla que me ha tocado vivir y que me convierte los días en noches oscuras y vacías.

Estoy harta. Ya no puedo más. Ya no aguanto más…

Esta noche, cuando la luz de la luna asome por vez primera entre los cristales de mi ventana, habrá llegado mi fin. No me atrevo a decirte cómo será o qué ocurrirá, sólo sé que esas malditas nubes que flotan impasibles en el cielo lo anuncian, mofándose de ello, riéndose de mí.

No trataré de convencerte de nada, ni de juzgar ni de denunciar nada. Tan sólo espero, que cuando leas esta página, atropelladamente garabateada, llegues a entender porque deseo tanto el olvido o la muerte.

>> El verdadero horror empezó cuando mis padres me obligaron a casarme con un hombre rico que me sacaba el doble de edad y que no conocía de nada. Yo sólo tenía diecinueve años, era una niña, indefensa y sola, y mis palabras o deseos no significaban nada.

Era el año 1940. La Guerra Civil por fin había acabado. Fue el acontecimiento más importante y decisivo de nuestra historia, tal y cómo dijo el authentique et sincère George Orwell con su gran “Homenaje a Catalunya”. Pero después de ella no vino nada nuevo, ni hubo ninguna buena voluntad de mejorar las cosas.

Fue la dictadura su gran legado, una dictadura larga y cruel dónde las mujeres sólo cumplíamos un papel: el de la esclava para el marido. Y ése era el rol que me tocó interpretar ya desde temprana edad. Todo era una farsa, un montaje, una obra de teatro puesta en escena con vil perversión y nefastas consecuencias.

Creo que de haber podido elegir, habría elegido poder morir de rodillas o tirada sobre el sucio barro con un tiro en la cabeza. Quizá juntamente con el gran García Lorca, o al lado de cualquier otro artista injustamente odiado y despreciado por ejercer sus propias libertades o, simplemente, por ser diferente.

Pero eso no podía ser, y ojalá me hubieran asesinado de esa manera, y me hubieran liberado de vivir este tormento, este Hades de desesperación donde es un hombre, un sólo y único hombre el que lleva los cuernos y la cola del diablo.
No me asesinaron de esa manera, no… pero me han estado asesinando todos estos años, hasta hoy…

Mi vida no significa nada, nunca he tenido expectativas, ni objetivos ni nada qué hacer. Mis ilusiones -si de lo que me ha ilusionado se le puede llamar ilusión- fueron aplastadas como apestosas cucarachas bajo pesadas botas. Mis sueños -¿qué es eso, dime, qué es eso?- creo que nunca han existido, han sido una sombra de lo que quedó de mi alma después del día de mi boda.

Desde entonces, me he pasado mi vida suplicando al cielo un poco de clemencia, un poco de amor y de estima. En mis pesadillas se han mezclado fugaces rayos de luz anunciando mi príncipe azul. Pero él nunca ha llegado. Y yo lo he llamado, y he gritado. Pero la inmensidad azul me ha ignorado.

En su lugar, y a su antojo, otro hombre me desposa cada noche, me viola y me tortura bajo la fría y maldita mirada de un astro herido. La luz mortecina esconde estas agresiones, y el maquillaje hace el resto. Nunca salgo de casa, nunca salgo a la luz del sol. Yo sólo cocino, limpio, cocino, y sangro cuando me viola.

¡Maldito sea todo! ¡Maldito seas tú que no has venido! ¡Maldito sea el cielo, que ignora mi dolor! ¡Maldita sea la luna, con esa detestable giba garfiosa que atormenta mi alma! Maldito sea todo… malditas sean las nubes, que cuando oigan el ruido seco de la tierra cuando me abrace, ¡seguirán danzando impasibles en el cielo! <<

Ya no puedo más. No logro ni contener mis lágrimas.

Ya no me queda nada.

Así que voy a poner fin a todo esto, ahora que te he contado lo que jamás he expresado a nadie. No sé cómo lo haré, y tengo mucho miedo, pero debo hacerlo, necesito hacerlo. Necesito morir ahora… saltando a la sórdida calle de abajo, dónde probablemente mi cuerpo pase varios días destrozado y roto antes de que nadie sienta un poco de lástima por mí.

Ha llegado el momento, ya no tengo dudas.

¡¿Qué?!

¡¿Qué ha sido ese golpe?!

Oigo pasos, se acercan…

Puedo sentir un cuerpo pesado golpeando contra la puerta…

…algo forcejea con el pomo…

…no, no quiero, no quiero…

¡Dios mío! ¡Esa mano! ¡Aléjate, por favor! ¡No! ¡No…!

¡La ventana! ¡La ventana…!

Jaume Moreso i Mallofré


 

Mastín del bosque 13 enero 2010

Archivado en: Amigos autores — Jaume Moreso i Mallofré @ 21:36

Mastín del bosque

No sabría deciros mi nombre, pues nunca nadie me ha puesto uno, ni tampoco lo he necesitado. Tampoco sé si nací, ni tengo conocimiento del tiempo que pasé ahí, ni de mi edad. Sólo sé, que cómo cada día, me levantaba del regazo del ser con el que vivía. Éste también se levantaba y salíamos a correr en medio de un paraje habitado por seres de pelo verde y piel marrón, sin intercambiar sonido alguno, palabra alguna; pues tampoco necesitaba hablar, ni tampoco conocía el lenguaje.

Después de correr nos acercábamos a un lugar donde fluía un líquido azulado como el cielo, pero a su vez, parcialmente transparente. Era un líquido que siempre manaba fresco y el ser que existía a mi lado, me enseñó a metérmelo en la boca y hacer que me entrara en el cuerpo. Luego supe que eso que bebía era agua, y era vital e imprescindible para mi existencia.

Jamás me pregunté qué habría más allá de ese lugar sembrado de seres de corteza marrón y de pelo verde, de criaturas que flotaban en el aire con una incansable agitación de sus extremidades membranosas o de otras que se arrastraban por el suelo, contorsionándose y tambaleándose extrañamente.

Lo único que hacía era sobrevivir, alimentarme y dormir.

Con el transcurso de las comidas fui conociendo nuevas cosas. Conocí lo que era el dolor y el sufrimiento, la angustía y luego la agonía. Más adelante conocí el significado de la muerte; y llevados por su mano, sentí el miedo y el temor; y también la pena.

Con cada nueva víctima en nuestras fauces, conocí más de cerca eso que sentía, y que ahora sé que es la misericordia. Por eso, en ese preciso momento, sentí la necesidad de hablar, de poder comunicarme con el ser que me cuidaba. Pero como no conocía las palabras, sólo pude emitir gruñidos rasposos y huecos gimoteos. También le hice gestos con mis dos extremidades delanteras; las puse en mi rostro y luego en el pecho, emitiendo un leve lloriqueo. Creo que me entendió, y yo también entendí algo: que eso que amartillaba en mi interior me anunciaba la excitación.

Con el tiempo fui aprendiendo cosas nuevas. Aprendí que yo y “el ser” éramos sumamente diferentes. Su rostro era alargado y huesudo, con las facciones remarcadas. En cambio mi rostro era mucho más redondeado y fino, con una piel muy lisa, la cual mi compañero le encantaba lamer con una lengua mucho más grande y abultada que la mía.
Su mandíbula también era mucho más prominente que la mía, y en vez de boca, un hocico se alargaba profusamente siendo coronado por una nariz chata de orificios que no paraban de olfatear con ahínco. Yo, en cambio, no tenía esa capacidad de saber tanto mediante el olfato. Sí que sabía percibir vagamente según qué cosas, y distinguía el olor que emanaban esos seres inmóbiles de pelaje verde y voluminoso que rodeaban hasta el infinito nuestro hogar; pero no llegaba, ni por asomo, a las capacidades de mi compañero peludo.
En efecto, su cuerpo estaba recubierto totalmente de pelo, y encima de sus extremidades traseras una larga y juguetona cola despuntaba siempre alerta y vigilante. Yo no tenía esta cola tan risueña, ni sus divertidas orejas coronando su cabeza; pero estos detalles que podrían parecer insignificantes en ese lugar salvaje, a mí me revelaron esa diferencia esencial que había entre nosotros dos.

Un día fuimos a trotar entre verdes pelos gigantes que brotaban del suelo y sujetaban infinitas cantidades de redonditas y esferas de multitud de colores entre un vasto e inacabable paisaje llano que se prolongaba hasta el infinito. Trotábamos alegres y hasta en algún breve instante llegué a galopar a dos patas. Esos instantes de luz y de felicidad, del más radiante y maravilloso esplendor me llenaron el cuerpo. Pero quién iba a pensar que ese momento de gloria iba a irse tan rápido para dejar paso a la confusión y al horror posterior.

Pues de pronto mi compañero se paró, y sus aullidos juguetones fueron sustituidos por un gruñido amenazador. Y ahí estaba, el objeto y el motivo de la indignación de mi acompañante perruno.

Era un ser pequeño y aparentemente frágil. Estaba en una posición muy rara, alzado hacia arriba con sólo las dos patas traseras en el suelo, y levantado con el cuerpo recto y erguido. No obstante, estando levantado no era mucho más alto que yo o mi amigo peludo.

Sus dos patas delanteras le cubrían la boca y me fijé que le temblavan ridículamente. Sus ojos estaban fíjamente posados sobre mi compañero, pero cuando me acerqué andando normalmente a cuatro patas, su expresión aún se agravió mucho más. Sus ojos se llenaron de ese miedo que yo ya había conocido tiempo atrás y me miró con una expresión de terror mezclada con pena y con otros inescrutables instintos imposibles de descifrar.

En ese momento me asaltaron unas sensaciones imposibles de describir. Mirando a ese ser, vi tantas similitudes conmigo que me tambaleé confuso. Me di cuenta que era muy semejante a mí aunque llevara encima de su cuerpo unas pieles extrañas de diferentes colores. Entonces me fijé atentamente en su rostro desencajado por el miedo, en su pelo que le cubría la cabeza, igual que a mí; y en su postura, sobre todo en su postura a dos patas… y pensé en cómo yo también había podido levantarme a dos patas durante unos breves instantes.

Lentamente me preparé y me fui alzando, sin la intención de parecer agresivo, pero sus ojos aún se abrieron más y la criatura cayó al suelo, sentada en una posición un tanto rara. Me acerqué aún más a ella, avanzando torpemente a dos patas, con pasos vacilantes y toscos. Entonces no aguanté más el equilibrio y me abalancé de nuevo a mi postura original, cayendo de cuatro patas a escasos centímetros del rostro de la criatura.

Tan cerca de ella pude sentir el olor de su piel y me ruborizé. En ese momento se acercó gruñendo mi compañero y, de pronto, de la boca del ser salió un sonido cambiante y complejo. Al principio más fuerte y uniforme, pero se apagó lentamente en un chillido. Pero no era un chillido normal como los nuestros, me di cuenta que era algo mucho más complejo… entonces vi que de sus ojos salía un líquido transparente como aquél que bebíamos, y se deslizaba por su rostro hasta caer al suelo.

En ese momento me perdí en su rostro, en ese líquido y en ese sonrosado color de sus mejillas… mi dedo tocó su piel y sentí una descarga que jamás olvidaré… y tan sumido estaba en mi fascinación, que el estruendo ensordecedor que estalló a mi lado a duras penas me pudo sacar de mi ensoñación. Era parecido al de una tormenta, pero sólo fue una vez, y vi como el ser de rosadas mejillas gritó y el líquido de sus ojos aún emanaba con más intensidad.

Cuando me giré, el horror y el caos invadieron ávidamente mis visiones. Mi compañero se encontraba tumbado en el suelo, con su cuerpo sangrando entre espasmos y agonía. Me lancé a él, con un grito desesperado, buscando la fuente de su herida y cuando la encontré, la lamí y le chupé el mal que tenía ahí dentro.

Chupé y escupí, chupé y escupí…

Hasta que no pude más y me abrazé a él… y acaronando su rostro en el mío vi cómo su expresión de dolor moría y se extingía con él el último gruñido de sus fauces.

Grité y grité y grité…

Hasta que la misma conmoción llegó a mí, anunciada por el estruendo ensordecedor.

Cuando desperté me encontraba en un sitio muy diferente al cual había vivido siempre, llevaba pieles de extraños colores encima y la criatura de mejillas sonrosadas estaba ahí, con muchas otras criaturas parecidas a ellas, y parecidas a mí…

Con el tiempo me enseñaron muchas cosas y ahora creo saber qué soy… pero, ¿es eso seguro? ¿soy eso que dicen que soy? un… ¿un humano..?

No sé qué pensar, pues abajo, detrás de mi cintura, una prominente protuberancia peluda está empezando a asomar… y cuando la acaricio sólo recuerdo a mi compañero perruno, a mi amigo peludo que me cuidó y ahora que conozco el lenguaje, puedo decir que le amé y que jamás le olvidaré…

Jaume Moreso i Mallofré


 

La Cosecha 13 enero 2010

Archivado en: Amigos autores — Jaume Moreso i Mallofré @ 21:31



LA COSECHA.

La mujer estaba sentada en el columpio, con la mirada perdida hacia el lago, que ese día resplandecía con la fantasmagórica luminosidad que le enviaba una Luna menguante y perversamente garfiosa.
De pronto, un pícaro haz de luz se le escapó al astro frío. Burlón y dionisíaco, incidió maliciosamente sobre una lacerante y ponzoñosa hoja de metal empuñada por la mujer. Ella percibió el destello blanquecino, helado y mordaz. Segura de sí misma, sabiendo que su vida había llegado al final, cerró los ojos y dejó volar su mente en fútiles cavilaciones. Levantó el cuchillo a la altura de su rostro, y el impulso de su muñeca lanzó el puñal con malvada intención hacia su garganta. Y mientras la vil hoja empezaba a sesgar la piel de su cuello, algo brilló en el horizonte, y se produjo un destello tan fuerte que obligó a la suicida a abrir los ojos. Y en ese preciso instante, cuando la sangre empezaba a derramarse por su cuello, y los gestos espasmódicos de su rostro dibujaban un gorgoteo suplicioso, sus ojos llegaron a contemplar el horror cósmico de las estrellas, el indecible e inimaginable horror del universo que estaba cayendo en el mundo. En ese último momento, cuando la vida abandonaba su endeble cuerpo y sus ojos contemplaban el caos absoluto, sintió pánico. No pudo contener las lágrimas e incluso en la muerte, siguió llorando de horror, de un horror más insondable que el abisal pozo de Demócrito, y que en los últimos momentos la poseyó, para siempre.

Los rayos de luz siguieron cayendo sobre el lago, mofándose del cuerpo inerte de lo que antes había sido una hembra humana saludable y nutritiva. Y el mundo entero, sintió el impacto cósmico, la llegada del averno y de la estéril desesperación. Y en un fugaz instante que pareció eterno debido a la ausencia de oscuridad, el planeta entero hirvió de chispeantes chorros luminosos de una energía secreta y recelosamente guardada.

La cortedad se adueñó del corazón de los humanos, y al ver la mefistofélica miríada de luces que brillaba en el cielo, por todas partes, por todo el universo; se encogieron sobre si mismos, llorando y gritando patéticamente poseídos por el horror absoluto. Sus ojos se negaban a contemplar el caos astral que se derramaba y se vertía a través de la inmensidad, pero sus voluntades son débiles y se quiebran con facilidad. Y no tardaron en hundirse en la más desesperada perdición, cayendo en el Hades de la fatalidad esteral en medio de burbujeantes y orgásmicos chapoteos de un océano universal de energía cósmica.

La tierra se resquebrajaba, se agrietaba y se rompía incesantemente, liberando unos gases mohosos que revelaban fugazmente las mismísimas entrañas del planeta. Los mares crepitaban con furia, saltando encrespados y lamiendo vertiginosamente las ciudades humanas en medio de la más terrible hecatombe sideral. Y entonces, el fondo oceánico, poseído por la salvajería de Pan, emergió fantásticamente desatando el más terrible de los pandemoniums.

Ninguna pesadilla humana podría llegar a transmitir el indecible caos infinito que rebasa cualquier tipo de imaginación. La Humanidad no era nada, no significaba nada. Su existencia había sido irrisoria; y ante el poder absoluto y caótico del cosmos, todo se hundió en la más terrible miseria. La tierra se rompió, estallando en medio de los fuegos del purgatorio. Los océanos estallaron y, evaporándose instantáneamente, sacaron a la luz regiones que durante millones de años habían estado ocultas bajo insondables profundidades de agua.

Entonces fue cuando aparecieron…

Millones de grotescas máquinas voladoras emergieron de los negros y tenebrosos lodos oceánicos, y ascendiendo cuales demonios alados a través de remotas regiones de tinieblas, cazaron uno a uno a los endebles y patéticos humanos que corrían y se contorsionaban en un ridículo intento por huir. El mundo entero se anegó de la barbarie metálica de esas máquinas. Por dónde aparecían, la vida entera dejaba de existir. El planeta mismo estaba siendo asesinado, por unas crueles y malditas ansias de destrucción.

Lo arrasaron todo a su paso y ningún humano pudo escapar de sus diabólicas garras. Los pocos seres supervivientes que consiguieron esconderse, no tardaron en quemarse vivos en los mismísimos fuegos del infierno. Mamíferos, aves, anfibios, reptiles e incluso los insectos y las bacterias… Y entonces fue cuando la quimera de fuego lo consumió todo, y el espectáculo galáctico conjuró su mejor actuación:

>>La conmoción empezó repentinamente, emitiendo con una locura desenfrenada una vibración bulliciosa que emergió desde el centro del planeta. La Naturaleza luchó contra ello, desatando las mayores fuerzas volcánicas y los más devastadores tornados en medio de una universal tormenta de rayos. Pero nuestra gran madre Gaia no tardó en sucumbir y en ser aplacada por el horror que se vertió desde las estrellas, las cuales observaban con expectación y parpadeaban al compás de las explosiones.
Lo que antes había sido un planeta lleno de vida, se había convertido en una nube polvorienta y nauseabunda que se esparció por la oscura galaxia como la ceniza soplada por el viento. Con la misma facilidad con la que un humano aplasta con sus botas a una hormiga, esos seres destruyeron todo el planeta, arrastrando todo tipo de vida hacia la locura del horror.<<

Entonces, millones de naves manchadas con la pútrida muerte negruzca, regresaron como un maldito enjambre de muerte hasta el interior de sus naves nodrizas, las cuales se encontraban en detestable formación alrededor de lo que antes había sido la Tierra.

Había miles de ellas. Colosales, imponentes, repugnantes… como gigantescos gusanos interestelares que flotan en la monótona e ininterrumpida inmensidad negra. Dentro de ellos, algo latía con vida propia. Una forma de vida detestable y cruel, destructiva y portadora de todos los horrores. Los seres se encontraban en la sala de control, observando con ojos llameantes y viles su trofeo de caza. Las bestias reían -o al menos eso es lo que parecería, si no fuese por el movimiento incansable de sus lenguas escamosas, relamiéndose unos colmillos enormes y punzantes como ganzúas- y se movían con bruscos gestos alrededor de una máquina infernal preparada para saciar el apetito de unos seres más crueles que cualquier demonio del reino de Satanás.

De pronto, uno de ellos levantó su garra y pulsó algún tipo de control. El ruido que se reverberó entonces hasta la saciedad, tiñó de roja sangre las miradas ansiosas de los seres. Dentro de la cámara que ellos observaban se encontraban los millones de humanos cazados. Algunos ya habían muerto de horror, otros habían conseguido suicidarse, aunque la inmensa mayoría continuaba viva entre los líquidos execrables de su propio cuerpo. Sus miradas enloquecidas salieron de sus órbitas cuando vieron por vez primera esas titánicas palas dentadas que se les acercaban desde todos lados con maliciosa gula. Desde arriba bajaban con horripilante parsimonia unos taladros gigantes cuyas púas superaban ámpliamente el tamaño de un humano medio.

Y el horror llegó por fin cuando el primer grito fue arrancado de una de las gustosas gargantas de un humano macho. No tardó ni un segundo en llenarse la cámara de gritos enloquecedores y alaridos demenciales de dolor y de tormento. En inundarse toda la nave del ruido de los huesos al romperse, de los cráneos al ser triturados, de las columnas vertebrales al ser arrancadas de los cuerpos, o de las caderas al ser totalmente resquebrajadas y hechas puré. La sangré anegó toda la gigantesca sala, densificándose cada vez más, a medida que se mezclaba con la carne y los huesos triturados. Y de unos orificios gigantescos, por dónde podría pasar un camión, empezaron a salir con un movimiento vago y lánguido unos gusanos asquerosamente carnosos de un color rosado, que se enroscaban como fetos recién nacidos.

La comida estaría lista pronto.

Entonces el general Kilm-ab levantó la garra y profirió un jubiloso grito de victoria. La cosecha había sido un éxito, y ya tenían comida suficiente para proseguir su viaje.

Los motores se encendieron con vigorosa energía, los fuegos de plasma emergieron alrededor de las naves. Una nube crepuscular y preñada de millones de colores cual nebulosa jalbegante rodeó toda la expedición, y en un instante vertiginoso, todas las naves se lanzaron a la velocidad de la luz al curso de su camino, dejando tras de si, la vacía y estéril inmensidad de la muerte.

Jaume Moreso i Mallofré


 

El Vendedor de Miserias 13 enero 2010

Archivado en: Amigos autores — rarevalo @ 19:27


- Por favor, colóquense en sus puestos y aguarden la señal -informó una voz por la megafonía.

Los dos hombres, que esperaban en el extremo de la sala, se miraron fijamente con el rostro afligido y el pulso tembloroso, y caminaron hasta el otro lado, donde se suspendían dos cámaras digitales y dos micrófonos en sendos atriles de madera. Se pusieron enfrente de ellos y esperaron con un débil llanto que intentaban disimular.

- Hola, bienvenidos al Vendedor de Miserias -irrumpió de nuevo la voz de megafonía- En primer lugar ¿Están aquí voluntariamente? -y los dos asintieron levemente- Bien, recordemos las reglas. Los dos han entrado en esta sala para ser evaluados por todos nuestros internautas. Dispondrán de quince minutos para decirle a nuestro público por qué deben ganar. Transcurrido ese tiempo, los navegantes decidirán quién gana. El vendedor se llevará de premio cien mil euros, el perdedor se verá obligado a donar uno de sus órganos. Hoy se pone en juego el corazón. ¿Entendido? -y uno de los hombres echó varios pasos hacia atrás, arrepintiéndose de haber entrado– Recordad que sólo pueden decir la verdad. El tiempo empezará una vez se encienda la luz roja dispuesta arriba. Suerte.

Y con las miradas detenidas en la bombilla aún apagada, los dos hombres esperaron con un nudo en la garganta, el corazón latiendo a mil por hora y sintiendo como el sudor resbalaba por sus frentes. Hasta que entonces, la luz se encendió y los dos corrieron a coger sus respectivos micrófonos, y con los ojos fijos en los objetivos de sus cámaras, los hombres confesaron su vida:

- Yo necesito dinero… con urgencia. Tengo cincuenta y ocho años, me despidieron del trabajo hace tres y aún no encuentro nada. Nadie quiere contratar a un hombre tan mayor. No sé manejar las nuevas aplicaciones y en consecuencia siempre contratan a la gente joven.
- Mi mujer me abandonó hace diez años -interrumpió el otro hombre- Tengo un hijo con ella al que no veo desde entonces. Él cree que no le quiero y hace unos meses me escribió una carta horrenda para pedirme que no intentase llamarle, que no quería verme. Y todo por ella, por que le puso en mi contra desde el día que nos divorciamos.
- Estos son mis tres hijos -comentó el otro mientras se palpaba el tejano, sacaba la cartera y enseñaba una fotografía a la cámara con el pulso tembloroso -David, José y Ángela… ella es la pequeña y está enferma. Tiene el síndrome de Arnold Chiari y no puedo ayudarla. Han descubierto un nuevo tratamiento en un hospital de Bélgica, pero es muy caro.
- Caí en una fuerte depresión por culpa del abandono de mi esposa y por mi traumática separación de mi hijo. Ahora sólo tengo el apoyo de mi madre, con quien vivo, pero ya está mayor y tengo que estar muy pendiente de ella, pues hace un año le diagnosticaron Alzheimer. Sólo me tiene a mí.
- Mi mujer falleció en un accidente laboral -espetó el primer señor con los ojos llenos de lágrimas- Se le cayó un palé encima hace dos años… Trabajaba mucho para intentar subsanar el jornal que yo no metía, doblaba turnos para sacar un poco más para curar a Ángela… pero un despiste le costó la vida. Desde entonces he vivido con el subsidio que me da el gobierno y la indemnización que me dieron entonces. Pero ya no me queda nada y vivo de la caridad de la parroquia de mi barrio.
- Hace unos meses recibí un comunicado del Ayuntamiento. Me van a expropiar mi casa para construir una carretera. Di todo mi dinero a unos abogados que prometieron resolver el asunto, pero luego no han hecho nada. ¡Y encima no quisieron devolverme el dinero! Por lo que tengo que coger a mi madre y marcharme a una habitación de alquiler, pues no me llega para otra cosa con mi jornal. Apenas me llega para cubrir mis necesidades con lo que tengo que pasar de pensión a mi exmujer.
- Cuando era adolescente me enganché a la heroína -apostilló con severidad- Les robaba dinero a mis padres para poder comprar más droga y cometí diversos delitos menores. Mi madre sufrió mucho, hasta que me metió en el proyecto Hombre y pude salir.
- Cuando era más pequeño mi padre me pegaba auténticas palizas -sentenció su contrincante-Era un alcohólico empedernido que llevaba una vida frustrada y lo pagaba conmigo y mis hermanos, hasta que un día me harté y le maté. Pero mi hermano no dejó que me entregase a la policía y se confesó como el autor del crimen. Ahora está cumpliendo condena y la única visita que tiene es la mía. Estoy en deuda con él desde aquel momento.
- Me han atracado en tres ocasiones. La última vez iba con mis dos hijos mayores y a uno le clavaron una navaja… Tuvieron que operarle a vida o muerte.
- Mi padre no sólo nos pegaba, sino que también abusaba de nosotros. Me metía en una habitación oscura y me agarraba de la mano para que le masturbase… A veces llegaba a mayores y mi madre ni siquiera lo sabía, o mejor dicho, no quería saberlo.
- ¡Esta es la segunda vez que acudo a este lugar y ya he perdido un riñón!- gritó enfurecido.
- ¡No puedo abandonar a mi madre y mi hermano!
- ¡Mis hijos dependen de mí!
- Lo suplico.
- Por favor.

Y entonces la bombilla se apagó. Los quince minutos habían transcurrido y los dos permanecieron en silencio sin mirarse, con la cabeza gacha y susurrando oraciones para sus adentros mientras aguardaban el veredicto.

Al otro lado, los ordenadores empezaban a computar los votos de los internautas que estaban participando en aquel juego ilegal, decidiendo quien de ellos volvería a su casa con el premio, mientras que el otro debía quedarse ahí, a la espera de entregar lo que hoy había en juego: Su propio corazón.

Sin embargo, hubo algo con lo que no contaba la organización: Un empate… Necesitaban desempatar… ¿A quién votas tú?


Roberto Arévalo Márquez


 

Y mamá besó a Gaspar 5 enero 2010

Archivado en: Amigos autores — rarevalo @ 9:40
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En la década de los 50, hubo un villancico inglés que popularizó Tommie Connor que se titulaba ‘I saw mommy kissing Santa Claus’. Era un villancico muy corto que hablaba de un niño que pillaba a su madre besando al gordo de la barba.

Permitidme que hoy haga una adaptación de ese villancico y lo convierta en un relato para celebrar la víspera de reyes, pero llevándolo a nuestras costumbres.



Y MAMÁ BESÓ A GASPAR

Era una noche de reyes de mucho frío. El viento soplaba fuerte y se respiraba un ambiente húmedo, como si fuera a llover en cualquier momento y nos fuera a estropear aquella cita tan especial. Iba de la mano de mamá, quién me llevaba al centro para ver la cabalgata de los Reyes Magos, algo que llevaba esperando desde el inicio de la Navidad, y que era lo que más ilusión me hacía.

No obstante, mamá parecía bastante enfadada. No dejaba de mirar su reloj y suspiraba muy a menudo cuándo, tras mirar por los alrededores, veía cómo papá llevaba tarde otra vez. Y eso que este año lo había prometido, asegurando varias veces que por fin estaría conmigo para ver a los Reyes.

A mí, sin embargo, me daba igual. Yo sólo quería ver a Gaspar. Mi rey favorito, el mejor de tres, con esa barba larga y marrón, y lleno de caramelos para regalar. Era el más simpático, para mí el más gentil, y el más alto y de camello más hermoso. Verle aquella noche, momentos antes de empezar a entregar regalos, era lo más bonito que me podía pasar, y tenía muy claro que el enfado de mamá no me lo iba a estropear, ni mucho menos la ausencia de papá.

Las calles estaban llenas de gente, de otras mamás y otros papás con sus niños a cuestas mientras desfilaban los carromatos, los camellos y los elefantes… Los pajes lanzaban caramelos y desde los tronos, los tres reyes saludaban y lanzaban besos. Pero para mí, sólo había ojos para uno de ellos: Gaspar.

A veces me volvía hacia mamá llena de ilusión y ella me dedicaba una sonrisa forzada mientras comentaba algo sobre papá. Pero yo no respondía. Sólo asentía para volver a mirar al frente y continuar viendo a mi rey favorito, a quien sólo podía ver en ese momento hasta el año siguiente.

Al final, papá no llegó a tiempo. El desfile había terminado y las dos ya nos disponíamos a irnos cuándo él llamó por teléfono. Entonces, mamá le dijo que estaba harta, que siempre la misma excusa y que había tenido que ver a los reyes otro año sin él. Y aunque yo le tiraba de la manga para decir que no pasaba nada, ella continuó reprendiéndole con la misma dureza que hacía conmigo cuándo no me terminaba la comida.

Tras colgar a papá, mamá me llevó a dar una vuelta antes de volver a casa. Nos paramos en un puesto para comer un churro y hablamos durante un rato. Seguía con la expresión extraña, pero parecía más distraída. Me preguntó si estaba nerviosa, si había pedido muchas cosas y si pensaba si el rey me lo traería todo. Claro, que a esa pregunta vino la de siempre:

- Si has sido buena, seguro que te lo trae… aunque no sé yo –me decía, pero a mí me daba igual. Con haber visto a Gaspar era suficiente.

Me comí el churro llena de felicidad. Había sido una tarde grandiosa, había visto a Gaspar, a mi Rey favorito, y ahora sólo tenía que irme a dormir para esperarle, aunque mi mayor ilusión, más incluso que los juguetes que me dejase a los pies del árbol, era poder verle y estrecharle entre mis brazos.

Cuál fue mi sorpresa que al entrar en casa, las luces de colores estaban encendidas y sentado en el sofá de mi casa ¡Estaba Gaspar! Yo me quedé helada, inmóvil sobre el sitio sin soltar la mano de mamá, mientras ella por fin sonreía de oreja a oreja. La miré y me soltó, animándome a correr tras Gaspar para darle ese abrazo que tanto había pedido. Y así lo hice. Corrí todo lo que pude hasta que me dejé caer en su regazo. Él sonreía y me llamaba por mi nombre. Me preguntaba si me había gustado el desfile y después me pidió que le diera un beso, algo que no dudé en hacerlo y, vaya, ¡Olía cómo papá!

Estuvo conmigo a solas durante más de una hora, mientras mamá hacía la cena sin dejar de sonreír, y lo hacía como nunca había visto. Y es que, claro, Gaspar estaba en nuestra casa. No era para menos.

Cuando acabó de hacer la cena, me la puso sobre la mesa y Gaspar se quedó conmigo viendo cómo comía sin dejar de contarme aventuras de su largo viaje junto a Melchor y Baltasar, y cuándo terminé, me llevó a la cama y me arropó. Fue entonces cuándo me dijo que tenía que irse. Él y sus dos amigos debían empezar a entregar regalos y no podía demorarse más. Yo asentí obediente, le di un beso y traté de dormir un poco. Pero si normalmente no dormía durante aquella noche ¡Cómo iba a hacerlo después de haber visto a Gaspar! Estaba tan emocionada que no dejaba de dar vueltas en la cama y por mi mente sólo pasaba un pensamiento. ¿Seguiría Gaspar en casa?

Fue en aquel momento cuándo, a pesar de haber prometido que me quedaría en la habitación sin moverme, salí y me asomé por la puerta del pasillo con timidez. Pero, no podía ser. Mis ojos estaban viendo algo que no podía creer. ¡Mamá estaba besando a Gaspar! Pero no un beso en la mejilla, cómo podía darle yo… ¡No!, era un beso de ésos como los que daba a papá, y el rey se reía intentando no hacer ruido, quitándole la ropa a mamá poco a poco y yo, escondida detrás de la puerta, no podía pensar en otro que no fuera papá.

Mamá le quitó la túnica, los zapatos y la corona, y le pidió que se quedase con la barba, algo que no entendí pero que imaginé que sería cosa de mayores, y cuando mamá se reclinó sobre el sofá, Gaspar se echó encima de ella… fue cuando ya no pude aguantar más, y corrí despavorida de nuevo hasta mi habitación, con los ojos abiertos de par en par sumida en la oscuridad azulaba que invadía mi habitación y pensando por qué tardaba tanto papá.

No pude dormir aquella noche. Me quedé en el silencio tratando de adivinar cuándo se iba Gaspar y llegaba papá, pero no llegué a saberlo. Cuándo el sol trajo el día de Reyes, salí con timidez de la habitación, andando con sigilo hasta la cama de mis padres. Sólo estaba mamá, dormida plácidamente, y ni rastro de papá. Salí de allí despacio y poco a poco llegué al salón. El árbol estaba encendido, con las luces parpadeando como a mí me gustaba. Sobre la estantería, mi bota estaba a rebosar de caramelos y a los pies de árbol había una gran cantidad de regalos, aunque no todos eran los míos. Había algunos de Gaspar que eran para papá… ¡Y yo me enfadé aún mucho más!

De pronto oí ruido en la cocina. Había alguien cocinando, haciendo el desayuno posiblemente, y yo corrí por si acaso todavía estaba el Rey. Pero no, era papá. Con su pijama azul y sus zapatillas con forma de garras de oso. Estaba despeinado, cómo todos los días nada más despertarse, por lo que había entrado y no le había escuchado. Me miró sonriente y yo me quedé contemplándole sin saber qué hacer o decir… ¡Y encima, él estaba más feliz de lo normal!

- ¿Qué pasa, pequeña? ¿No vas abrir los regalos? –me preguntó levantándome del suelo para darme un beso en la mejilla- un pajarito me ha dicho que ayer te visitó Gaspar ¿eh?

Y yo asentí, sin saber que hacer o decir… Y es que ¡¿Cómo le digo a papá, que ayer mamá besó a Gaspar?!


Roberto Arévalo Márquez


 

La hora 17 diciembre 2009

Archivado en: Amigos autores — dajeto75 @ 14:45



La hora


Su nombre es Cenicienta. Sí, es ella. Aquella noche era la noche esperada. Llegó en un magnífico carruaje tirado por asombrosos caballos. ¿Y qué decir de ella? Un vestido resplandeciente, brillante, amoldado a su esbelta figura. Al salir del carruaje los invitados quedaron maravillados por esos zapatos de cristal tan bellos. Y finalmente estaba su cara. Lisa, aterciopelada, una piel suave, unos labios finos, su pelo brillante recogido en una corona.

Al entrar en el salón, su respiración quedó suspendida en sus pulmones. Sus ojos absorbieron el momento: las luces en grandes lámparas de cristal, los tapices, las alfombras y, cómo no, los invitados. Príncipes y princesas, reyes y reinas. Y ella estaba allí. Respirando el mismo oxigeno que ellos. El hada madrina no le había engañado. Miró de nuevo el reloj. Debía estar atenta a la hora, esa hora en que todo cambiaría. Las doce de la noche. Mientras tanto, ella era de aquel mundo.

Notó cómo todos la miraban y hacían comentarios preguntándose de dónde había salido. Siguió paseándose por el castillo. De pronto, sonaron unas trompetas y se hizo el silencio. Se anunciaba el baile. Empezó a ver cómo los príncipes solicitaban el baile a las princesas. Todas aceptaban, claro está. Cenicienta seguía mirando la escena maravillada de tanta belleza, cuando de pronto, una figura se plantó delante de ella. Su corazón se detuvo. ¿Qué hacía el príncipe del castillo delante de ella? Alargó la mano y con una sonrisa dulce, le pidió que bailara con él. Aquello era un sueño hecho realidad. Aunque bien mirado todo era posible a partir del momento que una calabaza se convirtió en el carruaje que la esperaba fuera.

Bailaron una canción tras otra y Cenicienta tuvo la sensación de que volaba. Se lamentó de que todo tuviera que acabar a las doce de la noche. ¡La hora! Se había olvidado de mirarla. Las diez y cincuenta minutos. Respiró tranquila. Además, por lo visto no tendría que preocuparse demasiado de la hora, ya que la ceremonia iba bien de tiempo, tanto, que se acabaría dentro de poco.

Daban vueltas y más vueltas, siguiendo la música del vals, notando la mano del príncipe en su espalda. Miró el reloj de nuevo, las once. Cerró los ojos y se dejó llevar por el príncipe. De repente se pararon. Y era extraño, pues la música seguía sonando. Al abrir los ojos observó que el príncipe, un tanto distanciado de ella, la miraba con el rostro contraído. ¿Qué le ocurría? Pero no era el único que la miraba. Notó como cada una de las parejas había detenido el baile y la miraba a ella. ¿Qué les pasaba a todos? Dio un paso adelante y se detuvo al momento. Algo había cambiado. No notaba en su pie aquel zapato de cristal. Miró abajo y vio dos chanclas que cubrían sus pies, unos pies con un poco de suciedad. Entonces fue tomando conciencia de su ser. Ya no tenía aquel vestido brillante, si no algo parecido a un saco de patatas sucio. Su cara ya no estaba reluciente y el pelo era una lucha caótica por tener una forma concreta. Sus uñas estaban negras de haber limpiado durante toda una semana seguida.

¿Qué había pasado? El hechizo se había acabado, pero antes de hora. ¿Por qué? Empezó a temblar y no sabía qué hacer. Tenía que salir de allí, pero sus piernas, sin las medias de seda que tenía antes, no respondían. Empezó a murmurar algo. Nadie oía bien lo que decía. La misma pregunta se repetía en su boca: ¿por qué? Y dejó de ser un murmullo para convertirse en un grito. Y así fue como todos en el salón oyeron el lamento.

-  ¿Por qué? ¿Por qué si aún son las once de la noche?

Una mujer se acercó a ella y le dio unos toquecitos en el hombro para que se girara. Cenicienta la miró.

- Perdona, pero son las doce.

- No, son las once. – Cenicienta le señaló su reloj de pulsera.

- Veras, ayer sábado, a las tres de la madruga se retrasó la hora a las dos para cambiar a horario de invierno como cada año y me parece que no cambiaste tu reloj.

No quiso oír nada más. Salió corriendo con todas sus fuerzas. Bajó la gran escalinata a trompicones. Notó en su pie izquierdo la frialdad del mármol. Se dio cuenta de que tenía el pie descalzo. Miró detrás de sí y vio la chancla. Volvió y la recogió. Sí, la recogió. No podía dejar una chancla en el suelo y que lo vieran todos. Diferente sería que perdiera ese zapato de cristal que llevaba antes.


Relato perteneciente al libro “Relatos tendidos”
de Daniel Jerez Torns


 

Una portería en la pared 16 diciembre 2009

Archivado en: Amigos autores — dajeto75 @ 14:50



Una portería en la pared



Hans y sus amigos buscaban un lugar donde poder jugar a la pelota. Herman traía una tiza robada de la escuela. Frank protegía su pelota ferozmente. Intentaron en varias plazas concurridas, pues su madre le decía que siempre se moviera por lugares transitados, pero fueron increpados por varios vecinos y comerciantes al intentar pintar la portería en algunas paredes.
- Me parece que hoy no vamos a jugar a fútbol – dijo Herman mientras jugaba con la tiza en sus dedos.
Sin embargo, Hans no se daba por vencido.
- Vamos, sigamos buscando.
Anduvieron durante una hora y cuando ya se daban por vencidos encontraron el lugar perfecto. Se miraron todos con una gran sonrisa en los labios. Ha nadie le importará que pintemos en esta pared, pensó Hans.
- Parece que todo el mundo viene a pintar aquí. – dijo Herman. Y así era. Toda la pared estaba llena de dibujos con muchos coloridos y palabras escritas.
Herman, el encargado de custodiar la tiza, llevó a cabo con gran destreza la tarea de dibujar en la
Portería por Daquella manera.pared los dos postes y el travesero de la portería, acción que requirió de la ayuda de Hesse subiéndolo a hombros. Al finalizar tenía las manos totalmente blancas.
Al ser siete hicieron dos equipos de tres y uno haría de portero. Frank, que aún mantenía la pelota en sus manos, espero la señal para lanzarla al aire y comenzar el partido.
Transcurridos unos minutos Hans pudo darse cuenta de que la gente les miraba de una forma extraña, pero le daba igual, disfrutaba jugar a fútbol con sus amigos.
Al día siguiente la portería aún seguía allí dibujada.
- ¿De qué será esta pared? – Preguntó Frank con la pelota en sus brazos.
- ¿A qué te refieres?
- Pues que es muy grande, ¿no?
Hasta ese momento Hans no se había parado a pensar en la pared y ahora que se fijaba realmente tenía un tamaño fuera de lo normal.
- No sé. Será la casa de alguien importante. – contestó Hans.
- ¿Ah sí?
- Claro, esto debe ser el jardín y más adentro estará la mansión. A lo mejor un castillo.
- ¡Ostras! Pues allí dentro si que podríamos jugar a fútbol.
- Es verdad. Mientras aquí jugamos en la calle, seguro que al otro lado lo hacen sobre la hierba y con porterías de verdad. – Al oír la reflexión de Herman, Hans tuvo envidia de los que vivían en el jardín y pensó que no era justo que el jardín solo lo disfrutaran unos pocos.
- Venga, juguemos de una vez.
El partido fue todo un éxito, ya que Hans marcó tres goles, pero al haber lloviznado el suelo de la calle con fina capa de barro y suciedad que las ropas de los chicos se encargaron de absorber.
Al llegar a casa su madre miró alarmada los pantalones de Hans.
- ¿Se puede saber que has hecho?
- Hemos jugado a fútbol, mamá.
- ¿Y se puede saber dónde? Mira como tienes los pantalones de sucios.
- Pues hemos encontrado una pared muy larga con dibujos y allí hemos jugado.
- Aja… – Las noticias de la radio centraron la atención de su madre. De repente, ésta lanzó al suelo los pantalones sucios y se dirigió al teléfono. Hans veía que algo importante había pasado. Se fue a su habitación y decidió dibujar para distraerse. Al cabo de una hora su madre abrió la puerta.
- Vamos Hans, abrígate que nos vamos.
- ¿A dónde mamá?
Su madre no respondió. Raramente salían de noche, así que aquello tenía que estar relacionado con las llamadas.
Una vez en la calle quedó aún más extrañado al ver la cantidad de gente que caminaba alrededor suyo. Todos parecían ir en la misma dirección. Se encontró con Herman y sus padres.
- ¿Sabes que está pasando? – le preguntó éste.
- No lo sé. Mi madre oyó algo por la radio y luego el teléfono no paró de sonar. Oí algo de que por fin iba a caer.
- ¿Y qué caerá?
De forma inesperada todas las personas empezaron a chillar y a empujarse los unos a los otros. A trompicones y cogidos de la mano de sus padres, los dos amigos se situaron en primera fila del espectáculo que iba a darse esa noche. La imagen que vieron les dejó boquiabiertos. Justo enfrente de ellos estaba la portería que Herman había pintado esa mañana en la pared. El miedo se apoderó de él al pensar que les habían llevado allí para castigarle por haber pintado la portería en la pared. Sin embargo no entendía que hacía tanta gente allí. Al mirar la cara de su amigo Herman apreció que él también estaba asustado y que seguramente pensase que los iban a castigar por aquello.
Le sorprendió ver encima de la pared a mucha gente la gente. Y todas parecían estar contentas, cantando, bailando, con botellas en la mano. Todo el mundo parecía estar muy contento. Y sucedió lo más inesperado. Una gran grúa empezó a despedazar la pared. Trozos y más trozos iban cayendo. Este el castigo: dejarnos sin portería, pensó Hans.
Los dos amigos miraban con gran expectación lo que les depararía el otro lado de la pared. A medida que la pared se deshacía, un sentimiento de confusión invadió a Hans y Herman. Vieron que al otro lado no había ningún jardín, si no que estaba repleto de edificios y gente, mucha gente.
- ¿Y ahora dónde jugaremos a fútbol? – le preguntó preocupado Herman. Pero Hans no le oía debido a los gritos de la gente que repetían una y otra vez: “A caído el muro”.


Berlín, 9 de noviembre de 1989

Daniel Jerez Torns


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De amantes 13 noviembre 2009

Archivado en: Amigos autores — tiberiocesar @ 19:23


PRIMER PREMIO DEL XX CERTAMEN BISEMANAL DE BUBOK



Si alguien en la ciudad de Roma
Ignora el arte de amar, lea mis páginas, y ame
Instruido por mis versos…

Publio Ovidio (El arte de amar)




Cuando mis pies pisaron por primera vez el magnífico escenario del anfiteatro, mi preceptor Arelio Fusco, afirmó:
-Roma, la puta que te hará llegar al clímax para después abandonarte hecho jirones a orillas del Tiber. No lo olvides nunca Ovidio: jamás ames a una ramera.
Yo era joven, y por ende inexperto en cualquier cosa que no fuera seguir a pies juntillas a mi maestro; Sulmona quedaba lejos y había tanta belleza que abarcar que apenas si tenía tiempo de respirar.
Habíamos huido de la intransigencia de mi padre, el cual deseaba hacer de mí un hombre de provecho, en contra de mi deseo de convertirme en poeta; con nuestras actuaciones a lo largo del camino conseguimos reunir lo suficiente para arrendar un cubiculum maloliente, en una de las muchas insulae que jalonaban el discurrir del Tiber a su paso por Roma. En aquellos días empecé a escribir; aprovechaba las horas nocturnas, cuando el bueno de Arelio Fusco salía para no regresar hasta altas horas de la madrugada, y esbozaba ideas que venían a mi mente, más bien de forma inconexa. Algunas veces un verso, otras un ripio, incluso alguna vez dejaba que mi imaginación divagara a su aire por los vastos páramos de la épica. Jamás pensé que un día mis escritos pudieran gozar del beneplacito del público. Menos aún de ella.
A medida que los días y las semanas iban pasando, el ambiente pútrido en el que nos movíamos a diario iba infectando el alma de mi maestro. Que triste sinrazón la del querer y no poder; a menudo regresaba a casa con la mirada perdida en si mismo, con sus pergaminos debajo del brazo y el ánimo encorvado sobre su espalda. Él, que tanto empeño había puesto en emprender aquella aventura, flaqueaba en su voluntad y parecía querer dejarse ir a merced de la derrota.
Pero hay que comer todos los días; ése fue el sino inmutable que me impulsó a cometer un acto del cual mucho después tendría que arrepentirme.
Una noche, después que Arelio volviera a nuestro cubiculum, borracho y ahíto de desesperación, colé entre sus papeles una de mis poesías. No era gran cosa, una estúpida oda al amor, palabras que apenas engarzaban las unas con las otras. ¿Quién sabe si el designio de las musas no acabaría por sonreírnos? Fue así como la conocí; Livia, la mayor embaucadora que jamás conoció la Ciudad Eterna, la esposa del Divino Augusto.
Recuerdo aquellos versos como si los hubiera escrito hoy mismo, en el ocaso decrépito de mis días:

Si alguien en la ciudad de Roma
Ignora el arte de amar,
Lea mis páginas, y ame instruido por mis versos

Continuaba de igual modo, en rimas de medida más o menos nítida. Hablaban de barcos cuyas velas hinchaba el viento del amor, de remos que herían las límpidas aguas de un mar sereno; un melifluo canto que acabó embriagando el alma de Livia. Aquella noche Arelio regresó con el ánimo renovado. Su semblante tétrico y mortecino había cambiado, se sentó en el suelo y junto al débil fuego del hogar escribió sin parar hasta quedar extenuado. Cuando se durmió repasé sus notas. El mismo estilo rígido y falto de armonía de siempre; suspiré y me dejé llevar de nuevo en alas de la emoción.

-¿Qué valor tiene la palabra? –Declamó Arelio Fusco; parecía el mismísimo Cicerón. Se plantó en mitad del escenario con el cetro en la mano y la mirada perdida en la lumbre de los hachones que iluminaban la escena. -¿Qué esencia esconde la poesía, capaz de moldear el espíritu?–Aquella noche me había llevado con él. Estaba nervioso y se movía sin parar de un sitio a otro.
-Mis papeles Ovidio, no olvides mis papeles. –Repetía una y otra vez.
-Quizás esta noche cambié nuestro destino, mi buen Ovidio. La fama me espera a las puertas del anfiteatro. Saldré en triunfo de su mano y Roma entera me aclamará por fin. Yo sonreí para mis adentros y accedí a acompañarle; la función debía continuar.
El pueblo se acomodaba en graderías de césped; como abejas que acudieran a libar el polen de las flores, hombres y mujeres de toda condición se amontonaban para deleitarse con aquellas palabras declamadas en la noche.
Ella estaba allí, como una diosa –Venus riéndose desde su templo –que se deleitara de placer.

Ya nos marchábamos cuando el pretoriano interrumpió a mi preceptor. Arelio levantó la cabeza; el pelo hirsuto y enmarañado le daba el aspecto de un fauno despistado.
-¿Eres tú el poeta? –Preguntó sin apenas mover su cuadrada mandíbula.
Mi preceptor asintió.
-Acompáñame.

Livia era una mujer elegante, o tal vez la elegancia hecha mujer.
-Dime, poeta. ¿Sabes cuanto daño pueden hacer tus palabras? –Arelio enmudeció. De repente se sentía un ser pequeño, diminuto; sus ojos vivaces miraban alrededor buscando una salida.
-¿El orador elocuente ha perdido el don de la palabra? ¿No parecías mudo hace unas horas? –Livia se aproximó como una serpiente, buscando enroscarse entre las piernas de su víctima inocente.
-No se que quieres decir. Si no te ha gustado mi recital, puedo hacer los cambios que desees. Mira, aquí mismo tengo mis papeles.
-No necesito leer tus papeles, llevo tus palabras grabadas a fuego en mi alma. “Si alguien en la ciudad de Roma…” –Livia deslizó sus dedos entre el vello revuelto que adornaba el pecho de Arelio. No era un hombre atractivo al sexo femenino, pero aquella noche de primavera romana, el triunfo parecía haberlo transformado en el mismísimo Apolo.
-¿Quién es el muchacho que aguarda en el peristilo? –Quiso saber.
-Se llama Ovidio, es mi pupilo. Es el hijo de un noble caballero de la ciudad de Sulmona. –Como bien había dicho Livia yo aguardaba a Arelio en el peristilo de la casa, jugando con unos peces de extraños colores que jugaban al escondite entre los nenúfares del impluvium.
-Despídelo. Entrégale unas monedas; ya es un muchacho, no le costará hacerse un hombre con alguna mujer en el barrio de las meretrices.
Un criado vino a buscarme; ni siquiera abrió la boca, dejó sobre la palma de mi mano unas monedas de oro, las más grandes que jamás había visto en mi vida, y se marchó tan sigilosamente como había venido.

El cuerpo desnudo de Livia era como un laberinto. Con el lenguaje de los dedos trazó su mensaje en la espalda de Arelio, el cual se estremeció con una mezcla de temor y pasión desenfrenada.
-Recita para mí, poeta. Embriágame con el dulce néctar de tus palabras. –Livia deslizó un murmullo de lujuria en los oídos de mi preceptor.
El vino predispone el ánimo. Y las frecuentes libaciones disipan la maraña de la vergüenza con suma facilidad.
-…la frescura de tú tez y las gracias de tú cuerpo ¿Habría de enumerar las virtudes que te ensalzan? Antes contaría las arenas del mar… -Arelio Fusco continuó, ebrio ante la desnudez de Livia, herido de pasión y frenado por la mano invisible de la cordura.
La noche se fue deslizando con pereza; Roma, la puta desdeñosa, amaneció. Las aguas del Tiber resbalaban cenagosas y pútridas bajo los puentes. Los que hallaron el cuerpo de Arelio Fusco dijeron que tenía una expresión idiota. Yo lloré a mi preceptor como el niño que era, pero más aún lloré por la desgracia que le habían supuesto mis palabras. Oculté el verso envenenado y seductor que le arrojó a lecho ajeno, lo escondí en la memoria y lo enterré bajo cientos de pergaminos que el tiempo fue acumulando sobre su recuerdo. Pobre Arelio Fusco que tan sólo quiso ser poeta, agradar a la puta de Roma con su lírica. Siempre he recordado sus palabras, incluso ahora que el mundo me reconoce como el gran Publio Ovidio. Nunca ames a una ramera, nunca ames a Roma.


Diego Castro Sánchez


 

Disculpas a tiempo 5 noviembre 2009

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Disculpas a tiempo

Cuando terminé de arreglarme el cuello de la camisa, y tras asegurarme de haberme embadurnado del perfume que tanto te gustaba, me dispuse a salir bien acicalado hacia la puerta de tu casa. No era una distancia especialmente larga, aunque con mi ritmo pudiera hacerse pesada. Y es que tenía que pensar bien lo que iba a decir, memorizar las palabras de un discurso elaborado que consiguiera tu perdón.

Por suerte era un día soleado, de brisa suave y agradable, y que invitaba a dejarse embriagar por la alegría que flotaba en el ambiente. Y yo, envuelto en ese furor mañanero, empecé a andar, un paso tras otro, estando cada vez más cerca de ese momento tan temido.

De camino me detuve en el rosal que había sido testigo de nuestros encuentros furtivos en más de una noche cuando ya nadie caminaba por las calles. Me recliné dispuesto a oler una de esas flores y, sin pensarlo, arranqué una para ti, no sin evitar pincharme logrando que maldijese como si fuera un perro gruñón.

Ya con ella en mi mano izquierda, mientras me chupaba la poca sangre que emanaba de la otra, continué hasta tu casa pensando en mi disculpa. Porque por fin había descubierto lo importante que eras para mí, y de ahí que aquella mañana caminase, de tu casa a la mía, desconcertado y temeroso, pero seguro de lo que hacía y de lo que pretendía.

Me planté en la puerta de tu casa, cogí aire y anduve los últimos pasos. El corazón me latía tan rápido que pensé que se iba a desbocar del pecho y sentí cómo me temblaba la voz. Incluso llegué a pensar que me quedaría mudo en cualquier momento, pero aun así no iba a retroceder. Acaricié el timbre, dudando si apretar o esperar un poco más, y tras pensarlo dos veces, le di y escuché su agudo sonido que te avisaba que estaba ya aquí.

Tú tardaste en abrir, no supe si era porque no me querías recibir o si era porque estabas igual de nerviosa que yo, pero esperé paciente aprovechando esos minutos para recordar el discurso preparado. ¡Maldición, lo había olvidado! Entonces palidecí, lleno de dudas, miedo y vértigo, sensaciones que aumentaron cuando al fin noté tu presencia al otro lado de la puerta, y supe que mirabas por la mirilla, dudando si abrirme o hacerme pensar que no te encontrabas en casa.

Pero finalmente lo hiciste y tu mirada, seria y compungida, se fijó en la mía, asustada y temblorosa. Yo extendí la rosa para que la cogieras entre tus manos, susurrando un débil ‘Te quiero’ mientras en mi cabeza me decía a mí mismo que eso era lo que tenía que decir al final del discurso olvidado, y no al principio como había hecho.

Tú suspiraste, mirando hacia mis pies y después de nuevo a mis ojos. Entonces esquivaste la mirada, evitando que notase cómo la comisura de tus labios había hecho un amago de sonrisa. Y tras mirar al interior de tu casa, y recuperar la compostura, te volviste de nuevo: seria, firme, convencida que no había notado cómo habías bajado la guardia.

http://www.epaworld.net/blog/images/calimero_triste.jpgSin embargo me encontraste una vez más, y esta vez con esa mueca de niño triste, de perro abandonado: cabizbajo, con mi labio inferior doblado, los ojos achicados y la rosa sobre mi pecho. Era lo que llamabas la mirada de Calimero, a quien nadie quiere y al que todos abandonan. Entonces reíste, te sumergiste en miles de carcajadas y supe que esta vez la disculpa había llegado a tiempo, y susurré un casi imperceptible perdón.

Aún dudaste un poco. Pero al final saliste de tu casa y cogiste la rosa. Te la llevaste a tu nariz y respiraste un poco. Pero una avispa salió de entre los pétalos y empezó a revolotear entre tu pelo. Te pusiste nerviosa, tirando la flor y gritando como una loca implorando que se fuera, mientras yo intentaba cazarla al vuelo, entre saltos torpes que me hicieron caer de bruces contra el suelo.

Aquello hizo que te olvidases de la avispa y te rieras de mi torpeza con más ganas que antes. Te quedaste ahí enfrente, sin ayudar a levantarme, sólo riendo a carcajadas aún más sonoras que las otras, viéndome en el césped de tu entrada, como una cucaracha con las patas arribas intentando darse la vuelta, y yo sin entender lo que provocaba tanta risa, esperé a que acabaras. Pero no podías. Se te habían saltado las lágrimas y yo, divertido y derrotado por una avispa, confié en que al final tu compasión se apiadase de mi torpeza.

Tus risas se convirtieron en el escenario de aquel momento, hasta que moví mi pierna izquierda con rapidez, provocando que te cayeses encima de mí y aplastando la rosa que había cogido para ti. Entonces tus risas cesaron inmediatamente, y con tus ojos bien abiertos, me miraste desconcertada. Luego te volviste hacia la rosa, la cogiste del tallo y la miraste desolada.

- ¿Ves lo que has hecho? –me preguntaste con cierto tono recriminatorio mientras me enseñabas la rosa espachurrada.

- Lo siento –contesté yo, otra vez expectante y temeroso.

Pero entonces volviste a reír… la disculpa había vuelto a llegar a tiempo, tirados en tu jardín, con la rosa ya fuera de este encuentro. Entonces, abrazados, sentí cómo tus manos acariciaban mi rostro antes de que tus labios se posasen en los míos, recibiendo tu perdón en forma del dulce de tu lengua saboreando mi boca.

Aquella mañana conocimos lo mejor tras una discusión; una reconciliación intensa que no hizo otra cosa que reforzar los lazos que antes nos unían. A partir de entonces, nuestros pasos en este mismo camino compartido se hicieron más firmes y seguros… pero claro, esto sólo sucede así cuando las disculpas llegan a tiempo.


Roberto Arévalo Márquez


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Una familia normal 19 octubre 2009

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RELATO GANADOR DEL 2º PREMIO EN EL VI CERTAMEN DE RELATO CORTO AMFE-MUJER 2007 de Castilleja de la Cuesta. Sevilla

 

LOLA MONTALVO CARCELÉN

 

 

Los libros me permitieron, cuando era pequeña, que sus historias me llevaran lejos,
que la fea vida que me tocó vivir fuera menos espantosa y que un soplo de esperanza
iluminara mi corazón.
Os doy con este relato un trozo de mí.
Lola

UNA FAMILIA NORMAL

Anita cerró el libro. Su madre ya le había llamado tres veces y por el tono de voz se evidenciaba su enorme enfado. Papá se retrasaba otra vez para comer y Anita debía ir a buscarlo. La novela que había NIÑA LEYENDOcomenzado a leer esa mañana debía esperar. Suspiró con fastidio y ajustó mejor el papel de periódico que había utilizado para forrar el libro; mamá pocas veces se preocupaba de supervisar las lecturas que devoraba a un vertiginoso ritmo, pero debía ser cautelosa. No dudaba que su eterno mal humor empeoraría en segundos si comprobara que estaba leyendo Cumbres borrascosas, de E. Brontë. <<¡Una mocosa de once años no debería jamás posar sus ojos en esas sucias historias…!>>. Meses atrás la castigó durante dos semanas sin salir a la calle porque la había sorprendido leyendo La Dama de Blanco, de W. Collins. En un arranque de furia, su madre había roto el libro y no sólo no había podido saber en qué culminaba tan fascinante y misteriosa historia, si no que aún estaba ahorrando para poder sustituirlo por otro y devolvérselo a Paqui, su vecina. Anita todavía se sonrojaba al recordar el bochorno que había sentido al explicarle lo sucedido. Su madre era una ignorante y se avergonzaba por ello.

Un nuevo grito de su madre hizo respingar a la niña. Con temblorosas manos decidió esconder su nuevo libro bajo el colchón de su cama. Arregló la colcha y corrió a la cocina.

Eran más de las dos y media y hacía un calor insoportable. La calle estaba desierta. <<¡Normal –pensó Anita-, a estas horas y con este calor la mayor parte de la gente estaría comiendo al fresco de sus cocinas!>>. Por la empedrada calle sólo correteaban algunas lagartijas y cuatro moscas revoloteaban sobre unos restos de basura. Anita entornó los ojos en un intento vano de evitar el resplandor cegador del sol. A través de una ventana abierta le llegó el sonido amortiguado de un noticiario radiofónico y una chicharra chirriaba entre las macetas de los balcones. El sudor le empapaba la espalda y la cara. ¡Cómo odiaba el calor, el implacable sol! ¡Cómo odiaba tener que ir a buscar a su padre por los bares del pueblo! Fermín, que así se llamaba, solía frecuentar cinco tascas distintas, cada una en una punta de la población. Cuando estaba con sus amigotes y con un tinto en la mano se le olvidaba que tenía mujer e hijos y era capaz de pasarse horas y horas sin molestarse en regresar a casa. Marisol, su madre, se negaba a dejarle hacer su santa voluntad y a la hora de comer o de cenar, si no había vuelto –lo que pasaba una vez sí y otra también- enviaba a uno de sus hijos a buscarlo. Marisol luchaba por tener una familia normal y una familia normal come y cena junta, por lo menos las escasas veces que su trabajo como sirvienta se lo permitía. Poco le importaba que, las contadas ocasiones que se sentaban todos a la mesa, Fermín no probara bocado y apartara el plato de guiso con gesto de asco y hastío y dejara caer la cabeza sobre el mantel, anestesiado por los vapores del alcohol.

Anita asomó la cabeza por la puerta del bar Ambrosía. La fresca penumbra del establecimiento fue un agradable alivio para su congestionada carita. Tardó unos segundos en poder ver entre las sombras. La barra estaba vacía y Bruno, el dueño, comía sentado en una de las mesas al tiempo que veía el noticiario en uno de los escasos televisores que existían en el pueblo. <<Tu padre hace rato que se fue>>. El hombre no apartó ni un momento la vista de la pantalla mientras le hablaba con la boca llena. Anita volvió a sumergirse en el aplastante calor de la calle. El sol era cada vez más insoportable.

Por fin, la niña encontró a Fermín en el cuarto bar en el que buscó. Estaba recostado en el mostrador con un vaso de vino en una mano y un cigarrillo en la otra. El rizado pelo le caía en descolocados y grasientos mechones sobre la frente, los oscuros ojos entrecerrados por efecto del humo y de la borrachera, los pantalones medio caídos y la camisa fuera del cinturón. Estaba solo. El dueño se había cansado de esperar a que se largara y le había dejado el vaso lleno de vino mientras almorzaba con su esposa en la trastienda de la tasca. Anita les vió a través de una cortinilla de cintas de plástico que había clavada en el dintel de la puerta de la cocina, sentados alrededor de una mesa demasiado baja y comiendo en silencio.

Antes de mirar a su hija, Fermín tiró el cigarrillo al suelo y apuró el vino de un sólo trago. Anita pensó que se atragantaría, pero su capacidad de trasegar alcohol parecía infinita y lo tragó sin dejar escapar ni una gota entre sus húmedos labios. <<Me extrañaba que no hubiera llegado aún mi perro guardián>>. Su lengua se negaba a responder a sus deseos y las palabras salieron de su boca pastosas y torpes; susurrantes y roncas. Dejó el vaso en la mesa con un estrepitoso golpe. Hizo un gesto con la mano a modo de despedida dirigido al dueño y a la mujer y, sin mediar palabra, apoyó su manaza en el hombro de Anita. La niña tropezó por efecto de la inesperada carga por lo que decidió agarrar a su padre por la cintura. Salieron del bar y se encaminaron a casa. Anita recordó agradecida que el trayecto hacia su calle sería todo cuesta abajo. Su padre caminaba con paso torpe, tropezaba constantemente y daba zancadas demasiado largas. La niña no podía adaptar su paso al de Fermín y éste se dejaba caer cada vez más sobre ella. El hombre resopló. Anita sintió un inmenso asco al llegarle a la cara el rancio y ebrio aliento. Pensó con alivio que la mayor parte de sus vecinos estarían sesteando o descansando en los frescos interiores de sus hogares y su penosa estampa, zigzagueando agarrada a su padre, escaparía de sus críticas miradas. Se avergonzaba de él y odiaba que la vieran así. Su vida era un asco y su casa un infierno. Menos mal que se podía permitir ciertos ratos de libertad leyendo sus novelas.

Apretó los brazos alrededor del corpachón de su padre y se enderezó lo que pudo bajo su excesivo peso; un nudo le agarrotaba la garganta y las lágrimas pugnaban por salir.

Una vez en casa la bronca fue inevitable. Marisol estaba harta de tanta ausencia y de tanta borrachera. Los gritos y los insultos brotaron del menudo cuerpo de la mujer pero traspasaron a Fermín sin afectarle lo más mínimo, como si de Rayos X se tratara. Anita estaba segura de que la mayoría del vecindario estaría enterándose de todo; las ventanas estaban abiertas de par en par y en la calle el silencio era desolador. Los vecinos comentarían con pesar el drama de Marisol y su marido el borracho <<¡Pobre mujer y pobres niños!>>, exclamarían con exagerados aspavientos. Mientras, el marido borracho, ajeno a todo y pasando de largo a su enfurecida esposa, se dejó caer como un saco de patatas sobre el desvencijado sofá de la salita, ignorando la mesa que estaba dispuesta para comer desde hacía varias horas. Fermín se encontraba ya inconsciente segundos antes de que su cabeza se posara con sordo rebote sobre uno de los cojines.

Anita sabía que debía apartarse de la furia de su madre. Se sentó a la mesa del comedor y engulló a toda prisa el gazpacho y el pescado guisado, ya frío y gelatinoso. Retiró todos los platos de la mesa y quitó el mantel. Marisol se encontraba en la cocina fregando los cacharros mientras lloraba y sorbía por la nariz, a la vez que murmuraba su eterna retahíla de asco y dolor. Ni se fijó en la pequeña que aprovechó la ocasión para escabullirse a su cuarto y poder seguir con la única diversión que le hacía soportable su existencia. Leer.

Dani escuchó toda la trifulca acostado en su cama. Cualquiera podría pensar que estaba dormido; en camiseta y calzoncillos sobre la colcha, los brazos bajo la cabeza, los ojos cerrados. Sólo su agitada respiración y sus mandíbulas fuertemente apretadas delataban el enorme esfuerzo que estaba realizando para impedir que el llanto hiciera convulsionar su cuerpo y su alma. Odiaba a su padre; odiaba a su madre por permitir que siguiera amargándoles la existencia y odiaba su vida. Sólo existía una pequeña luz entre tanto pesar. Anita. Por ella aguantaba ese infierno, sólo por ella seguía en la casa. Él era el único que se ocupaba de que su hermana llevara una vida medianamente normal. La llevaba al colegio y la recogía, se encargaba de que comiera y de que se bañara todos los días. El trabajo de Marisol la alejaba de casa durante más de doce horas al día e impedía que se cuidara de la niña. Su padre ignoraba a todos y se dejaba llevar por su vicio. Dani no recordaba cuándo fue la última vez que trabajó más de una semana seguida, pero seguro que hacía mucho, mucho tiempo. Aparte de borracho era un vago; una sanguijuela que se bebía sin pudor los pocos duros que entraban en la casa gracias a su trabajo y al de su madre. Dani se lo decía a la cara cuando tenía ocasión y a cambio recibía los erráticos pero contundentes golpes de su padre, a los que jamás correspondía. No dudaba que si él no estuviera en casa sería su pequeña hermana la que se llevaría la tunda el día que tocara bronca. Desde que se levantaba hasta que se acostaba tenía que contener unas irresistibles ganas de largarse y mandar a sus padres al infierno, pero sabía que no debía hacerlo; no, sin su hermana no. Él no debía irse de aquella casa sin llevarse a Anita y el ridículo sueldo que recibía como aprendiz de mecánico no era suficiente para costear sus planes. Debía esperar.

El joven escuchó a su madre coger las llaves y salir a la calle, cerrando tras de sí con un portazo que hizo temblar las endebles puertas y los cristales de las ventanas. No se despidió de nadie. Hacía tiempo que nunca lo hacía. Ya no recordaba cuándo fue la última vez que le dio un abrazo, un beso o le regaló una sonrisa. Dani se giró en la cama, colocándose de lado, y se abrazó las piernas. Algo debía hacer. Algo podría hacer para posibilitar que esta situación terminara. Así no se podía vivir.

Harto de estar acostado, se levantó de la cama y se puso el pantalón. Su habitación daba directamente a la salita, así que lo primero que vió al abrir la puerta fue a Fermín acostado en el sofá, roncando. El hombre giró la cabeza con gran esfuerzo y el sonido cesó como por arte de magia. Dani evitó mirarle y se aproximó al cuarto de Anita. La puerta estaba cerrada, pero aseguraría que se oían voces en el interior. Se aproximó y aplicó la oreja en la desgastada y roída madera. ¡Sí, sí, Ana estaba hablando en susurros y sola! Quizá estaba leyendo en voz alta. Pegó lo más que pudo la oreja a la puerta. Se asombró al comprobar que su hermana dirigía preguntas a alguien, pero lógicamente nadie le daba la réplica. Tras un breve instante la niña rompió el sepulcral silencio de la casa con una sonora y alegre carcajada; el sonido era hermoso y sería muy deseado si no fuera por que seguidamente añadió: <<¡Qué ocurrencias tienes! Sabes cómo hacerme reír>>.

Dani se estremeció y sintió cómo se le ponía la carne de gallina aún teniendo en cuenta que ese día de julio era especialmente caluroso y bochornoso. Llamó a la puerta con pequeños golpes de los nudillos. <<¡Pasa, Dani!>>. Anita estaba sentada en su cama con las piernas cruzadas y un libro sobre la almohada. Sonreía de oreja a oreja y estaba completamente sola.

Subió la empinada cuesta corriendo. Su hermana estaba al final de la calle. Eran casi las diez y media de la noche y no había apenas nadie; sólo algún que otro parroquiano tomaba el fresco sentado a la puerta de su casa. La mayoría de los habitantes del pueblo se dedicaban a las tareas del campo y tan dura labor obligaba a irse pronto a la cama. Dani apretó el paso. Estaba claro que la pequeña iba a buscar una vez más a su padre. La había visto a lo lejos cuando regresaba a su casa tras dar una vuelta al salir del taller. Su menuda figura resaltaba a la pálida luz de las pocas farolas que había en la calle, saltando y jugando en la acera. Cuando el muchacho consiguió alcanzarla y se acercó a ella escuchó, una vez más, cómo Anita hablaba sola. Sí, sin lugar a dudas estaba manteniendo una animada charla con alguien; pero Dani no veía a nadie. ¿Se estaría volviendo loca? Quien sabe, pero quizá su madre estaba en lo cierto y tanto leer la estaba llenando la cabeza de paja. Anita se giró al escuchar a su hermano llamarla, mientras corría hacía ella casi sin aliento. Su hermosa sonrisa iluminó lo que las farolas dejaban en sombras.

- ¿Con quién hablas? -, preguntó Dani.

- Contigo -, respondió sin perder la sonrisa, pícara.

- Y antes, ¿con quién hablabas antes de llegar yo? -. Su sonrisa se ensanchó aún más.

- Con un amigo, pero ya se ha ido.

Anita no dio a su hermano ninguna explicación y él no quiso preguntar. Quizá no se había fijado bien y esa persona torció por la bocacalle que habían dejado atrás. Dani miró a su espalda intentando, deseando más bien, dar forma al hilo de su pensamiento.

Juntos recorrieron los bares que su padre solía frecuentar pero no lo encontraron. En el último establecimiento, La Bodega Rage, la dueña, una mujer muy guapa y muy resuelta, les dijo con los brazos en jarras que Fermín se había ido y que le dijeran que no se le ocurriera volver hasta que no hubiera pagado la cuenta, que ya pasaba de varios duros. A su padre hacía tiempo que nadie le fiaba y debía abonar cada consumición al marcharse. A Dani le extrañó que en este bar le hubieran dado de beber a crédito.

Decidieron regresar a casa. Anita ya no reía ni saltaba y, con temblorosos dedos, tomó la mano de su hermano que encontró fría y sudorosa. Unidos por un nefasto presentimiento, se miraron y echaron a correr a su casa todo lo rápido que las cortas piernas de Anita les permitían. Al llegar a la entrada de su casa encontraron la puerta abierta. Se pararon en seco. Dentro se escuchaban gritos y objetos chocar contra el suelo y las paredes. Su padre rugía ciego de furia y su madre le insultaba con voz chillona y desesperada. Anita, sin soltar la mano de su hermano tiró de él hacia el interior de la casa, cerrando tras de sí. Dentro, en la sala de estar, la imagen era desoladora. Marisol y Fermín; sangre, cristales rotos, furia y odio. Consiguieron separarlos. Fermín, lleno de ira cogió la pata de una silla rota y se abalanzó sobre ellos. Marisol se interpuso entre la bestia y sus hijos, empujándoles fuera de la salita. La mujer resbaló y cayó al suelo. La puerta de la calle estaba cerrada así que los jóvenes se metieron en la habitación de Dani. Anita empezó a llorar y a gritar histérica, mientras su padre golpeaba la puerta del cuarto haciéndola zarandear. El muchacho sujetaba por dentro las embestidas pero aguantaría poco. A cada golpe la puerta se abría un poco más. Pero, cuando creía que no resistiría un nuevo empellón, la puerta se cerró súbitamente. Fermín empujaba y pateaba, pero no se abrió ni un milímetro. Dani se quedó de piedra y dio un paso atrás. ¡Él no estaba sujetando, ni siquiera estaba apoyado y la puerta no se movía bajo la brutal fuerza de Fermín! Miró a su hermana, asombrado, asustado. Anita miraba al frente, hacia una pared vacía. Y sonreía.

Los ruidos cesaron.

Al poco, una pareja de la guardia civil se llevaba a Fermín esposado al cuartelillo y una blanca y destartalada ambulancia se llevaba a Marisol a un hospital de la ciudad. Dani y Anita pasaron la noche en casa de Paqui, la amiga de la niña.

Todo había acabado.

<<Aún hoy, si cierro los ojos y me dejo llevar por los recuerdos, veo a mi hermana sentada junto a mí en un banco de la estación de autobuses. Nuestra maleta descansa entre nosotros. Mamá está muy enferma y no puede ocuparse de nosotros, así que nos envían a casa de la tía Nati. No sabemos si volveremos a casa. Pero yo creo que no.

<<Anita casi no habla desde aquella noche y no quiere separarse de mí, por lo que Paqui se vió obligada a dejarnos dormir en el cuarto que tenía preparado para sus hijos, una bonita habitación empapelada con alegres colores y con dos camitas. Ana no quiere contestar a mis preguntas. No contestó tampoco las de los médicos. Todos insisten en que esa reserva es efecto del miedo que pasó y que se curará con el tiempo. Sólo habla de cosas banales, de libros, de cómo será la casa de tía Nati.

<<No para de leer. Paqui le ha regalado varios tomos de una colección de niños llamada Los cinco. La pobre mujer se siente culpable y me asegura que se arrepiente de haberle prestado novelas más propias de mayores que de niños de su edad. Yo no creo que ese haya sido el problema. El verdadero problema ha sido vivir en una casa con un padre borracho y violento. Nada más.

<<Sigue hablando sola; yo la escucho a veces, pero ya no le pregunto. Sólo temo que haya perdido la razón y no se recupere nunca. Una vocecilla en mi interior, insistente y quisquillosa, me repite una y otra vez que algo ocurrió aquella noche en mi habitación. Pero he decidido no escucharla, no pensar; no quiero entender.

<<El autobús entra en el andén. Paqui mete nuestra maleta en el maletero y ayuda a Anita a subir. Nos da un beso y nos asegura que nos escribirá. Yo sé que es sincera y que nos ha cogido cariño. Ella nos ha dado en una semana los besos que no hemos recibido en meses. Nos sentamos en la parte trasera del vehículo. No viaja apenas nadie y los asientos están prácticamente vacíos. Paqui nos saluda con la mano y se va. El autobús arranca. Anita se asoma por la ventanilla y yo pego mi cara a la suya. No hay nadie en los andenes, pero mi hermana hace un gesto con la mano, saluda y se despide de alguien. <<¡Adiós, adiós!>>, dice sonriendo pero con lágrimas en los ojos. Dirijo mi mirada hacia donde creo que se dirige la suya. Pero no hay nadihttp://ceaugmas.files.wordpress.com/2009/08/viajar-en-bus-01.jpg?w=280&h=210e. Aún así, creo que mi hermana en verdad está hablando con algo real, así que me sumo a su gesto y a su despedida. El autobús gira y se mete en la carretera nacional, aumentando la velocidad con un intenso rugido. Mi mano coge la de mi hermana y nos dejamos llevar.

<<Si cierro los ojos y me abandono a los recuerdos, soy capaz de sentir como si fuera hoy mismo, la felicidad que me embargaba y que fluía por nuestras manos entrelazadas al alejarnos de nuestro pueblo, aquélla cálida y luminosa mañana de julio de mil novecientos setenta>>.

FIN

Lola Montalvo Carcelén


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Si tú me cuidas 24 septiembre 2009

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SI TÚ ME CUIDAS


La vida puede empezar cualquier día, en cualquier momento


El hombre estaba acostado en el ataúd. Tenía las manos entrelazadas sobre el pecho. Los ojos cerrados. El gesto grave. El tono marfil de los satenes contrastaba con la hermosa y pulida madera oscura, bellamente trabajada. Una lejana música religiosa, interpretada al órgano, proporcionaba al ambiente un tono de melancolía y recogimiento como sólo la música sacra es capaz de lograr. Tras un silencio en el hilo musical el hombre del ataúd abrió los ojos. Se incorporó con inesperada agilidad y se puso en pie. El vendedor le ayudó a salir de la caja sujetándolo por los brazos mientras sonreía satisfecho.

- No me diga, Paco, que no es cómodo. Paco se ajustó el pantalón y la chaqueta. Sacó un peine del bolsillo de la camisa y se atusó el cano cabello con un coqueto gesto hasta que todo estuvo en su sitio. El peine desapareció nuevamente en el bolsillo.

- Sí. La verdad es que es muy cómodo. Pero también es muy caro y no sé yo si me lo puedo permitir.

- Paco, ya sabe que se le puede financiar con unos plazos muy cómodos y…

- Sí, sí, ya me lo has explicado. Pero yo no creo que me quede mucho tiempo para tanta letra. Lo necesito ya. No me queda mucho tiempo, no. El vendedor se acercó a Paco y le pasó un brazo por el hombro. Le dio un cariñoso apretón y le zarandeó suavemente.

- Paco, usted no tiene ninguna enfermedad grave y está como un roble. ¡Si no tiene ni sesenta y cinco años, por Dios! ¡Cómo puede decir que no le queda tiempo, hombre! ¡Tiene mucha vida por delante!

- Yo me entiendo, Blas, yo me entiendo. La tristeza. Esa es la enfermedad que tengo y sé de buena tinta que se ha llevado a muchos… ¡y me llevará a mí! Desde que me dejó mi querida Clara la vida se me hace muy cuesta arriba. ¡Si por lo menos hubiéramos tenido hijos…! Ya no trabajo, ya no hago nada, ¡ya no sirvo para nada!

Blas palmeó con calidez la espalda de su amigo. Era muy evidente la falta de ilusión que dominaba a ese hombretón de metro noventa. Arrastraba las palabras al hablar y arrastraba su enorme corpachón al caminar. No quedaba casi nada de la impresionante vitalidad que siempre había manifestado desde que Blas le conoció, cuando ambos eran niños. Únicamente sus hermosos ojos verdes dejaban ver un resto de emociones cuando algo le fastidiaba o se le contradecía. Por lo demás, era muy notable el cambio que Paco había sufrido tras la muerte de su esposa, un año atrás. Blas se negaba a darle por perdido y, siempre que le veía, intentaba inyectarle unos ánimos y una alegría que hacía muchísimo tiempo había enterrado junto con su amada compañera.

Se dirigieron a la salida de la tienda. Ya continuarían la venta en otro momento. A Blas no le agradaba atender a su amigo en estos negocios. Y dos veces en menos de un año, dos ataúdes en tan poco tiempo, eran demasiado. Paco necesitaba un poco de ánimo, algo en lo que demostrar que todavía le quedaba muchas cosas por hacer en esta vida. Aún se sentía triste, pero sólo era cuestión de tiempo, de algo más de tiempo.

Paco se pasó por la tienda de doña Elvira para comprar algo de fruta y algo de pan para la comida. Cuando pagó a la dueña, no fue consciente de que Lola, su vecina de dos casas más arriba en su misma calle, se acercaba rauda a saludarlo con un brillo especial en los ojos. Paco salió del comercio sin escuchar el saludo que la pobre mujer le dedicó junto con una amplia sonrisa, que no pasó en absoluto desapercibida para Elvira que la miró con un brillo burlón mientras le preguntaba:

- ¿Te cobro ya, Lola?

Doña Elvira se zambulló en sus pensamientos mientras con la mirada seguía el caminar lento y pesado de Paco dirigiéndose a su casa. Desde que se había quedado viudo muchas mujeres le observaban bajo una luz diferente. Era un hombre bueno y se había quedado solo. Indiscutiblemente era un objetivo estupendo para tanto corazón solitario como había en aquel pueblo de la sierra de Madrid. Paco, ajeno a tanto interés por su persona, subió la empinada calle hasta su casa, en la parte más alta de la población, cerca de la iglesia y de la plaza vieja. Esa zona del pueblo estaba quedándose deshabitada. Se trataba de casonas viejas y frías, sin los adelantos y las comodidades que hoy día deseaban las personas más jóvenes cuando buscaban un hogar para empezar una vida con sus parejas, con sus hijos. Por el contrario, cerca del valle, junto al río que nacía en la hermosa sierra que coronaba aquél bello paraje, las casitas adosadas no paraban de crecer. Interminables hileras de pequeñas construcciones siamesas estaban haciendo muy rentable el suelo urbanizable del pueblo, que rápidamente se había llenado de coches nuevos, de jardincitos de diseño y de sillitas infantiles. Pero en la parte alta, donde Paco había compartido más de cuarenta años con su esposa, las abandonadas viviendas se estaban empezando a caer por el descuido y el olvido. En poco tiempo, la vieja iglesia sería la única construcción útil de esa zona. Sólo los gatos campaban por aquellas ruinas aprovechando los huecos en los cristales de las ventanas que infantiles manos habían horadado con enormes pedruscos. Debía ser un entretenimiento muy divertido porque no había ni un cristal indemne en toda la calle. Únicamente la casa de Paco y la de la señora Lola permanecían sorprendentemente vivas y luminosas por el encalado reciente y por las macetas con geranios. Parecían dos faros de color y pulcritud en medio de tanto abandono y tristeza gris.

Paco se acercó a su casa con la llave preparada para abrir. Por el rabillo del ojo le pareció ver algo que se movía en la casa contigua a la suya. No pudo evitar el impulso de pararse y mirar. Cuando pensó que se encontraría con uno de los miles de gatos que haraganeaban por las vacías casas, se encontró con una carita que le miraba a través de uno de los resquebrajados cristales de la casona. Unos bonitos ojos rasgados le sostuvieron la mirada durante unos segundos y después se perdieron en la oscuridad. Paco se sorprendió. No había sido una ilusión, había visto la cara de un niño a través de esa ventana. Bueno, no era nada extraño que los niños del pueblo, que cada vez eran más gracias a las nuevas construcciones, se divirtieran entrando y explorando en las viejas viviendas. Seguro que estarían recopilando tesoros y viviendo aventuras. Terminó de cenar y lavó su plato en el fregadero de piedra. Clara le había acostumbrado a lavar y guisar durante el tiempo que habían vivido juntos. Y, la verdad, siempre estaría agradecido por esa insistencia que, en esos días de soledad y tristeza, tanto le estaba ayudando a sobrevivir. Aún recordaba a su Clara con los brazos en jarras, los puños sobre las orondas caderas, mientras le reñía sonriendo por dejarse los platos sucios con restos de comida y fruta. <<Tienes que aprender, Paco. Si algún día me pongo mala o, Dios no lo quiera, falto tienes que saber valerte y hacer las cosas>> Quizá ella siempre supo que sería la primera en marcharse y necesitaba estar tranquila al saber que su querido marido se bandeaba a las mil maravillas con las tareas de casa. El sonido de un llanto sacó a Paco de sus recuerdos. Era un llanto infantil, sin duda. Se escuchaba en el patio de la cocina. Se acercó a la puerta y aguzó el oído. Un susurro impaciente acabó con el llanto. Una ventana se cerró de golpe dejando los cristales temblando. <<Bueno –pensó Paco-, está claro que aquí viven algo más que gatos>>. Recordó la carita infantil que esa mañana le había observado. Ruido de sillas al ser arrastradas y otra vez el gimoteo del niño. La puerta principal se cerró de golpe haciendo respingar a Paco. Y nada más. Escuchó con atención por si captaba algún otro ruido. Dos, tres minutos. Nada. Eran las diez de la noche. No le apetecía ver la televisión, así que decidió irse a dormir. No tenía nada mejor que hacer. Sentía cómo su solitaria casa, antes tan alegre y vital, le aplastaba y le hacía el aire casi irrespirable. Con el pijama ya puesto se sentó en el borde de la cama. No pudo evitar una mirada al otro lado del lecho, vacío y frío. Se le llenaron los ojos de lágrimas y se le atenazó la garganta. Abrió el cajón de su mesilla y sacó una caja de medicamento. Sacó del envase una pequeña pastilla. Tras dudar un instante, sacó otra. Se las tragó con un buche de agua. Se recostó, apagó la luz de la mesilla y se tapó con las frescas y limpias sábanas que había puesto esa mañana. Clara estaría muy orgullosa de él. Se giró hacia el vacío que hasta hacía un año había ocupado su gran amor. Lo acarició y, dejando la mano sobre la inmaculada almohada, como si acariciara su tan anhelado rostro, cerró los ojos y se durmió. Las lágrimas no dejaron de rodar por sus mejillas hasta que la respiración fue acompasada y relajada por el medicamento.

Por la mañana salió temprano. Tenía cita a primera hora con el médico de cabecera. Siempre dejaba la Cartilla de Largo Tratamiento en el buzón de la consulta, pero esta vez don Pedro, a parte de las recetas, le había incluido una nota con una cita y un escueto mensaje: No te receto más hasta que vengas a verme. Y allá se dirigía. Sabía lo que el médico le iba a decir. Desde el primer día que le pidió pastillas para poder conciliar el sueño le había insistido en que debía ser visto por un psicólogo. Paco se había negado en redondo. ¡Ni hablar, él no iba a un loquero, sólo necesitaba dormir! Pedro lo había dejado pasar y no había insistido hasta después de varias recetas. El ultimátum llegó el pasado viernes con la nueva remesa de medicamentos.

Cerró la puerta de su casa. Quitó un par de hojas marchitas de los geranios de la ventana y se anotó mentalmente no dejar de regarlos cuando regresara. Ya iba haciendo calor y la tierra estaba muy seca. Al pasar junto a la ventana de sus nuevos vecinos, miró buscando la cara infantil. Acercó la cara al roto cristal y se hizo pantalla con las manos. No vio nada. Cuando se erguía para irse a su cita una vocecita le asustó.

- ¡Hola!

Volvió a asomarse por la ventana. Nada.

- ¡Hola, hola!

Giró la cabeza y vio la carita asomando por la puerta principal. Un bonito rostro infantil le miraba sonriendo de oreja a oreja. Tenía los claros ojos rasgados como los de los orientales. El pelo lacio, rubio muy claro y muy sucio se le pegaba a la frente y las mejillas. No debía tener más de cinco o seis años. Paco no supo calcularlo con certeza. Su contacto con niños había sido muy limitado. No estaba seguro de si era un niño o una niña. Los roñosos mechones de cabello no bajaban más allá de las orejas y aparecía desgreñado y cortado como a mordiscos.

- ¡Hola, gigante!- asomó el resto del cuerpo por la puerta.

No tenía zapatos y se cubría con un sucio y andrajoso vestido de tirantes. <<Debe ser una niña… si lleva vestido>>. La niña estaba ahí plantada delante de él y parecía una muñeca abandonada. Pero a ella parecía no importarle demasiado. Estaba encantada de hablarle y de estar frente a él.

- ¿Cómo te llamaz? Yo me llamo Lucía.- Se señaló con el pulgar.

- Paco, mi nombre es Paco.- Asomó lo que pudo la cabeza por la entreabierta puerta y comprobó que la pequeña estaba, aparentemente,    sola – ¿Dónde está tu mamá?

La niña entró corriendo, entre risas, en la casa y cerró la puerta de golpe. Paco se quedó ahí plantado sin saber muy bien qué hacer. Se fijó en que la madera necesitaba un buen lijado y una mano de pintura y que la cerradura aparecía oxidada y agrietada. Con un brusco gesto miró el reloj. ¡Era tardísimo, perdería el turno y después los muchos pacientes que a diario se agolpaban a la puerta de la consulta de don Pedro le sacarían las entrañas si intentaba entrar con la hora pasada! Apretando el paso y olvidando instantáneamente su encuentro se encaminó al Centro de Salud. La bronca, por un lado o por otro, estaba asegurada.

Esa tarde decidió sentarse en su patio y leer un rato. Los días ya eran más largos y cálidos, por lo menos mientras duraba la luz del sol. Sin duda se trataba de un mes de marzo extraño. Casi no hacía frío por las noches y los días eran bastante calurosos. Al fondo, en su cocina, se escuchaba la radio de la que salían unas cálidas y hermosas notas. No era un experto en música clásica pero sabía lo que le gustaba y lo que no. Celebraban algún evento relativo a Mozart y todos los días emitían una obra de este compositor. Indudablemente esa música le extasiaba. Sabía que si Clara pudiera escucharla estaría completamente de acuerdo y…

- ¡Hola, gigante!

La carita asomaba por el borde del tabique que separaba ambos patios. Estaba algo más limpia y alguien intentó recoger los cabellos hacia un lado con una horquilla. Paco la miró con algo más de detenimiento y entendió el porqué de esos ojos rasgados. La niña no sonreía. No había visto muchos casos pero entendió que se trataba de uno de esos críos que nacían con el Síndrome de Down. Lucía era muy guapa. Apoyaba la barbilla sobre las manitas y éstas descansaban sobre el borde del muro.

- ¿Qué haces? ¿Qué lees? ¿Un cuento? ¿Me lo puedes leer?

- ¿Estás sola? –Paco se asomó por encima de la gastada piedra y vio todo el destartalado patio de la casa vecina. La niña estaba sobre cajas apiladas unas sobre otras en peligroso e inestable equilibrio- ¿Y tu mamá, no está contigo?

- No. Ha ido a hacer cozaz.- La sonrisa iluminó nuevamente la carita- ¿Me lees el cuento?

- Creo que será mejor que te bajes de ahí o te caerás

La agarró por debajo de las axilas y la levantó, haciéndola pasar sobre el muro y bajándola al suelo de su patio. La niña, aún sonriente, lo agarró la mano y tiró de él hasta la mesa donde descansaba el librote que Paco había estado leyendo. Lo tocó con un dedito sucio y levantó la vista hacia él. Desde su enorme altura era evidente que la niña era muy menuda. Se sentó en la única hamaca que estaba junto a la mesa. Tomó el libro y le enseñó la portada. Se trataba de El Señor de los anillos. La niña se sentó en el suelo y, sin dejar de mirarle, apoyó la barbilla sobre las rodillas flexionadas mientras que se abrazaba ambas piernas. Paco leyó en voz alta desde el punto en el que lo había dejado. A Lucía no pareció importarle demasiado que fuera por la página quinientos veinticuatro. La niña no perdía palabra y estaba extasiada, los ojos de par en par, casi redondos, la boquita abierta. Una hora más tarde ambos tomaban leche con galletas en la fresca cocina de Paco. Ninguno hablaba. Sólo se escuchaba el masticar desordenado de Lucía y los grandes sorbos que le daba a la leche, que le goteaba sin control por las comisuras de la boca, la barbilla y el cuello. Cuando acabaron le explicó a la niña la importancia de dejarlo todo recogido. La enseñó a fregar los vasos y a recoger las migas y guardar la servilleta. Después la llevó al baño y, subida en una banqueta, le mostró cómo debía lavarse la cara y las manos con agua calentita y jabón. La niña miraba con adoración a Paco. Todo le parecía bien y todo lo repetía hasta que conseguía hacerlo correctamente. Cuando la luz del sol hacía rato que se había ido, Paco llevó a Lucía a su casa. La puerta de la calle estaba entreabierta y no había nadie. La niña se metió en la casona y mirándole se despidió con su cantarina voz hasta el día siguiente, cerrando la puerta tras de sí. Esa noche Paco estuvo un buen rato despierto en la cama, boca arriba, con las manos bajo la cabeza. Lucía pasaba mucho tiempo sola. Iba desaseada y andrajosa. Estaba un poco descuidada, sin duda. No sabía si sería prudente, pero tendría que hablar con su madre al día siguiente sin falta. Apagó la luz de su lamparita de noche, se giró en la cama hacia el lado vacío y cerró los ojos. Esa noche sólo tomó una pastilla. Estaba cayendo en un agradable sopor cuando un llanto le volvió bruscamente a la conciencia. Un llanto infantil. El llanto de Lucía se escuchaba al otro lado del tabique. La escuchaba suspirar lastimeramente. Un pellizco le atenazó el corazón. ¿Estaría sola? ¿Tendría miedo? Se la oía con sorprendente cercanía, como si no hubiera una pared por medio, un lloriqueo agudo, con hipo, angustioso. Paco se incorporó y hablo a la pared:

- ¡No llores, nena!- su voz le sonó extraña y estridente en la noche- ¡No llores, Lucía, mañana seguiremos con la historia de Frodo y de Trancos y de los elfos! ¡No llores, nena!

Al poco, el llanto cesó. Paco se descubrió acariciando el papel pintado de la pared como si de la entrañable carita se tratara. Se recostó nuevamente y lanzó a la noche:

-¡Duerme, Lucía, duerme y buenas noches! ¡Yo estoy aquí, estoy aquí!

Lucía tenía los párpados apretados, arrugados, en un vano intento de que no le entrara jabón en los ojos. Era evidente que no estaba acostumbrada a la sensación del champú y el agua en su cabeza y se removía mientras palmoteaba a Paco en los brazos. El suelo del cuarto de baño estaba anegado de agua jabonosa y un agradable perfume a flores rebosaba en el ambiente. La niña daba pataditas en las patas de la banqueta en la que estaba subida para que llegara al lavabo. No lloraba, pero chillaba con tal intensidad que a Paco le pareció que le estallaban los tímpanos. Media hora después, Lucía sonreía al ver su reflejo en el espejo mientras la peinaba con la raya al lado y le sujetaba el sedoso pelito rubio con un pasador en forma de osito que esa mañana le había comprado cuando pasó frente al escaparate de la mercería de la señora Consuelo. La dependienta le vendió el pasador sin dejar de sonreírle y aguantándose unas irrefrenables ganas de sondearle, de interrogarle, sobre la destinataria de tan sorprendente compra. Paco salió del establecimiento sin dar ni la más mínima explicación, caminando con una soltura y una agilidad desconocidas en él desde hacía mucho tiempo y apretando en su manaza su bonito regalo. La niña estaba preciosa. A parte de la mugre del pelo le había liberado también de la suciedad de la cara, manos y pies. Descubrió que la nena tenía la piel blanca y llena de pequeñas pequitas rosadas. Con los días se fueron haciendo inseparables. La niña no contestaba ninguna pregunta referente a su madre o a algún otro familiar. Pero era evidente que, a parte de la voz de mujer que escuchaba a través del tabique todas las noches, Lucía estaba totalmente sola. La niña hablaba muy mal y ceceaba. En un par de días Paco consiguió que usara las letras de forma más o menos adecuada y que fuera aseada y peinada. Leyeron todo el libro del Señor de los Anillos y empezaron con avidez La Historia Interminable. Lucía tenía una memoria impresionante. Se acordaba de todos los personajes y de todas las historias y todos los lugares en los que las aventuras se iban sucediendo. Adoraba a Paco. Lo abrazaba y lo agarraba como si no se creyera la suerte que tenía de haberle encontrado. Casi nunca le llamaba por su nombre sino que se refería a él como Gigante. Todos los días la daba de desayunar y de comer. Si a alguien le molestaba que la niña estuviera con él, no lo hacía saber. La compró unas zapatillas de lona y varios pares de calcetines que él mismo fue cambiándole y lavándole. Poco a poco la niña fue tomando un aspecto más saludable gracias a la variada alimentación que Paco le iba proporcionando. En sólo una semana desde su primer encuentro la transformación de Lucía era asombrosa. E, indiscutiblemente, la transformación de Paco también.

Lola fue testigo desde el primer día de la amistad de Paco y la niña. Vio cómo se hicieron amigos inseparables y fue escuchando cómo, poco a poco, un mar de venenosos rumores arrasaba todos los rincones del pueblo. Eso a ella le causaba un enorme malestar dado el gran aprecio –y algo más, para qué negarlo- que sentía por su vecino. Se había divorciado hacía cinco años y sabía perfectamente lo penoso y desagradable que resultaba ser el objeto de los cotilleos y los comentarios dañinos que la gente soltaba sin pudor, agigantándolos y retocándolos al gusto del maledicente de turno. Nadie parecía entender que su vida personal le pertenecía sólo a ella y que, además, no tenía por qué soportar a un tarugo que la pegaba e insultaba cuando le parecía. Sabía lo que era sufrir los juicios errados de sus vecinos y el ostracismo consecuente. Y eso mismo estaba pasándole a su vecino Paco. Los rumores que le llegaban como puntas de flecha ponzoñosas hacían referencia a una amistad no muy sana entre un viejo –verde- y una tierna niña discapacitada. Sabía a ciencia cierta que las personas que actuaban como mensajeras disfrutaban soltándoselo a Lola como quien no quiere la cosa. Estaba claro que la atracción que ella sentía por su vecino era más intuida que conocida, pero el gremio cotilla del pueblo había dado de pleno en el clavo. Lola no podía soportar que despellejaran a Paco con esos comentarios malintencionados y embusteros por lo que decidió tomar cartas en el asunto.

Esa mañana, antes de que Paco pasara a la casa de al lado para ir a recoger a la niña, Lola ya estaba preparada en su puerta, atenta a la salida de su vecino. Se notó nerviosa como una adolescente esperando ver al hombre que no podía quitarse de la cabeza. La relación no era fluida entre ambos. Ella llevaba poco tiempo en el pueblo, sólo tres años. Él había estado muy ocupado atendiendo a su mujer en los años que estuvo enferma hasta su fallecimiento. Desde ese día, Paco se había encerrado en sí mismo y no había reaccionado como Lola hubiera deseado ante sus estériles intentos de iniciar una amistad. Sin explicarse cómo, sabía que él era una buena persona, le gustaba su porte enorme y robusto y sus inteligentes ojos verdes dejaban mostrar muchas cosas, pero ninguna era parecida a la maldad o a la mentira. Siempre miraba de frente y eso era muy importante para ella.

Los cerrojos de la puerta de Paco resonaron al abrirse desde dentro y Lola sintió cómo le latía el corazón con una fuerza rabiosa en el pecho, en la garganta. Cuando le vio aparecer, afeitado y arreglado, estuvo tentada de meterse de nuevo en su casa y en sus asuntos. Pero, no, se dijo, debía intentar explicarle a ese buen hombre lo que estaba pasando.

- ¡Paco!-. Escuchó su voz y no se reconoció. Él giró la cabeza y la miró. Lola creyó que no le saldría la voz- ¡Buenos días! ¿Podría hablar un momentito con usted?

La voz se le quebró en un gallo y notó cómo se ruborizaba. Él la miró dudando. Hizo un gesto hacia la casa vecina, pero no se movió. Lola decidió ser ella la que se acercara. A su lado se sintió demasiado menuda y acogotada, pero nada en el gesto de Paco la hizo echarse atrás en su decisión. Él se mostraba intrigado y, quizá, algo incómodo, pero no molesto o enfadado.

- Buenos días, señora Lola. –su voz sonaba amable y tranquila.- Usted dirá.

- Bueno… la verdad es que se trata de algo delicado y no deberíamos hablar en medio de la acera. Si usted lo desea podemos pasar a mi casa y le invito a un café.- Lola enrojeció hasta quemársele las mejillas. Lo que había dicho podía sonar muy mal… Como él dudaba, añadió: – Se trata de la niña.

Paco hizo un gesto defensivo inconsciente. Con voz apagada espetó:

- Preferiría que habláramos en mi casa, si no le importa.

Lola asintió. Entraron en el recibidor y dejaron la puerta de la calle abierta. Si alguien les veía, allí de pié, no podría murmurar memeces. Decidió explicarle sin tapujos lo que estaba pasando en el pueblo, los rumores que le afectaban de una forma tan injusta. Le explicó que ella sabía quién era la madre de la niña. La había ayudado el día que se mudó y había podido hablar unos momentos con ella. Esa mujer era evidente que estaba enferma. Tuberculosis en tratamiento, dijo ella. Alcohol o drogas, dedujo Lola por la delgadez extrema, por el color y aspecto de su piel, por los ojos vacíos y la mirada ausente, por la lengua pastosa y las palabras caídas, por la torpeza de sus movimientos y la falta de equilibrio… Paco la escuchó sin interrumpirla. Sus ojos iban arrugándose o entrecerrándose según asimilaba la información, pero en ningún momento se apartaron de la cara de Lola.

- Es evidente que la niña está mal cuidada por su madre -continuó Lola consciente de que su vecino no mediaría palabra hasta que terminara su explicación-. Aparece sucia y mal alimentada, mal vestida para la época que estamos, está sola en la calle todo el día y quién sabe qué más. Usted la está atendiendo en lo que puede, eso es evidente, pero quizá no sea suficiente. Es una niña con necesidades especiales, debería ir al colegio. En definitiva, quizá, se debería advertir a las autoridades para que se hagan cargo y la atiendan como es debido. Estamos obligados a denunciar todo maltrato o abuso a un niño y este caso puede que lo sea.

Paco bajó la mirada a sus zapatos. Estaba sopesando todo lo que esa vecina, con la que nunca había cruzado más de tres palabras, le estaba soltando, así, de sopetón. Y le había cogido desprevenido. Nunca se habría imaginado que la gente del pueblo interpretara de una forma tan repugnante su interés por una niña pequeña. Debía haber mucha mente retorcida. Todos le conocían de toda la vida y eran capaces de juzgarle tan mal. Volvió a mirar a Lola a la cara. Esta mujer parecía sincera, parecía realmente preocupada, pero Paco no sabía qué decir. Iba a intentar explicarle a la mujer lo que creía que debían hacer cuando, de repente, escucharon un estruendo de cristales y de algo metálico al caer. Inmediatamente, un grito desgarrador les llegó como un mazazo. Paco supo inmediatamente de dónde procedía. Lola también. Como movidos por un resorte salieron corriendo a la calle y se encaminaron a la casa de al lado. La puerta de la calle se abrió temblando por la patada que le dio y fue a golpear la pared rebotando y volviéndose a cerrar. Paco golpeó otra vez y la sujetó con el pie. Cuando entraron se encontraron a la niña bajo una estantería metálica y rodeada de cristales rotos. Paco se aturulló por los gritos sin control de la niña. Estaba sentada entre dos baldas del mueble de aluminio y con varios reguerillos de sangre corriéndole por la cara, el pecho y los brazos que agitaba como una loca. Cuando Lucía vio a Paco se levantó y corrió hacia él. Lola suspiró aliviada. Parecía que, más que graves heridas, la niña sólo se había llevado un gran susto. Tomó una toalla aparentemente limpia que había sobre una silla y abrigó a la nena, que sólo llevaba un fino camisón de tirantes. Él cogió a Lucía en brazos y salió por la puerta como una exhalación hacia su propia casa. Lola no lo dudó y le siguió, a su vez. Él no cerró la puerta de la calle al entrar, pero la mujer no pudo evitar cierta vacilación a entrar sin ser invitada. Paco la llamó desde una zona interior de la casa pidiéndole ayuda, que trajera no sé qué del mueblecito del cuarto de baño. Lola entró y cerró la puerta tras de sí.

Por la tarde la niña dormía tranquila en la habitación principal. Paco y Lola tomaban café en la sala contigua, sentados alrededor de una mesa camilla. Habían hablado durante horas. Él había aceptado el prudente criterio de la mujer. Curaron las superficiales heridas que Lucía presentaba por diversas partes del cuerpo, la habían bañado y la habían acostado tras darle un vaso de leche calentita con galletas. Inmediatamente se había dormido y así seguía. Habían decidido esperar a que la madre regresara y hablar con ella. Ese día no pasaría sin que Lucía tuviera una solución adecuada. Eran las cuatro de la madrugada. Lola y Paco se habían quedado dormidos. Ella en el sofá. Él, en el sillón de orejeras. El ruido de la puerta vecina les despertó bruscamente. Retirando con un súbito movimiento la manta de cuadros que la tapaba y desprendiéndose a duras penas del espeso velo del sueño, Lola salió junto a Paco a la calle. En la acera vieron cómo se encendían las luces de la casona de al lado. Llamaron a la puerta. Escucharon una voz de mujer pero no entendieron lo que decía. Volvieron a llamar. La mujer gritó con lengua pastosa varias palabrotas. Paco golpeó la puerta con los puños. Estaba impaciente y sentía cómo una rabia desconocida le instaba abrirla a patadas. Lola se mantuvo cerca de la casa abierta de su vecino por si la niña se despertaba o lloraba. Al fin, la desvencijada puerta se abrió. Ambos vieron un espectro. Debía ser una aparición porque no podía tratarse de un ser humano. Era una mujer muy alta, esquelética. La ropa, demasiado grande, colgaba de su cuerpo como de una percha pequeña y estaba sucia, raída. En la boca le faltaban varios dientes y presentaba en cara y brazos varias manchas marrones, quizá alguna herida tras un muy posible tropiezo. Se encontraba bajos los evidentes efectos de alguna droga o de un exceso de alcohol. Casi no podía abrir los ojos que aparecían como dos ranuras escamosas. Se tambaleaba de tal manera que tuvo que sujetarse al quicio de la puerta para no caer. Ladró algún improperio e, inmediatamente, cayó al suelo. Paco intentó sostenerla y ella manoteó con torpe desdén. Intentó volver a levantarse pero fue del todo imposible. El hombre tuvo que alejarse porque pateaba con una violencia increíble en un cuerpo tan desmadejado, mientras balbucía y escupía. Paco y Lola se miraron sin saber qué hacer. La mujer se quedó quieta de golpe. Ambos la miraron acercándose con prudencia. Parecía inconsciente. Él se agachó para recogerla. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para vencer la repugnancia que esa criatura le producía. La tomó en brazos y se giró hacia Lola. Parecía dudar a dónde debía llevarla. Ella le hizo un gesto silencioso hacia la casa de Paco, que sin mediar palabra entró con ella. Lola le siguió y, nuevamente, cerró la puerta tras ella. La madre de Lucía entró en un sueño profundo e inquieto. Lola se preocupó cuando comprobó que le había subido la fiebre. Tras retirar el termómetro, vio que tenía más de treinta y nueve y medio. La habían acostado en una cama pequeña que Paco tenía en un cuarto que aparecía abarrotado de estanterías con libros. La desnudaron y la lavaron con agua fresca. Tenía el cuerpo flaco, descarnado, lleno de úlceras en diversos grados de curación. Tenía marcas de pinchazos en los brazos, en las piernas y los pies, en el abdomen. No debía tener más de cuarenta o cuarenta y cinco años y parecía una anciana de cien. Paco llamó al Servicio de Urgencias del Centro de Salud. Al poco rato apareció Pedro, su médico de cabecera, que esa noche estaba de guardia. No dejó de mostrar cierta sorpresa ante la presencia, en casa de Paco, de una paciente en esas lamentables condiciones, pero, inmediatamente, se encontraba explorando y auscultando con delicadeza y atención. Al poco, les extendió un informe para Urgencias y un volante para la ambulancia. Debía enviarla al Hospital. Su situación era muy grave y extrema. Lola se ofreció a acompañarla. Una hora más tarde la mujer, aún inconsciente, era introducida en una ambulancia. Paco cerró la puerta de su casa tras observar cómo las luces anaranjadas se perdían al fondo de la calle.

Antonia seguía un reposo obligado en cama. No sabía cómo había llegado al hospital, no recordaba nada coherente. Se encontró a una mujer, a la que recordaba vagamente, sentada a su lado con ojos cansados pero amables. Le explicó que su hija estaba a cargo de un vecino y que no debía preocuparse. Dedujo que debía de tratarse del hombre gigante del que su hija no cesaba de contarle cosas, el que la cuidaba mientras que ella se ausentaba. No le conocía pero Lucía estaba muy contenta y eso la tranquilizaba. Su hija tenía un sentido especial para las almas buenas y no se fiaba de cualquiera. Cerró los ojos y recordó su hermosa carita, mientras se le llenaban los ojos de lágrimas.

Antonia sabía que iba a morir. Lo sabía desde hacía mucho tiempo y por eso había dejado de luchar. Todos los días esperaba que fuera el último. No, no lo esperaba. Intentaba que fuera el último, pero se veía incapaz de hacerlo por ella misma. Hasta llegar a ese pueblo, a la que fue la casa de unos tíos lejanos, había intentado salir del infierno y cuidar de su hija. Trabajar, luchar y darle a Lucía lo que necesitaba, en forma de un centro especializado que la estimulaba adecuadamente y la educaba. Pero no había sido suficiente. La enfermedad la había vencido y la roía lenta pero mortalmente. Un día se abandonó. Las drogas la ayudarían a acabar con todo. Perdió el trabajo, perdió su casa, perdió su dignidad. No podía caer más bajo. Pero, ¿y su hija Lucía? No tenía familia. Todos habían fallecido y nunca tuvo hermanos. El centro privado en el que la tenía interna se la envío a casa con una nota, muy amable eso sí, en la que le recordaban que si no pagaba las cuotas no podía volver a matricularla después de las vacaciones de Navidad… bla, bla. Se encontró sin trabajo, sin casa, con una hija querida pero desconocida, y cayendo en un infierno en el que no había retorno y en el que sólo había una salida: la tan anhelada muerte.

El mismo día que llegó a la vieja casa del pueblo su hija le hablo del gigante. Quien fuera ese personaje la alimentaba, la cuidaba y la mantenía limpia. ¿qué mas podía desear? Ella salía a diario con la esperanza de no volver. Pero siempre volvía y había un día más. Y ahora estaba en un hospital. ¡No podía más!

Se despertó cuando una enfermera la avisó, rozándole ligeramente las manos, que tenía una visita. Abrió los ojos y se encontró junto a su cama a un hombre enorme. Peinaba el cano cabello con la raya al lado. Tenía unos hermosos y francos ojos verdes. Se le notaba nervioso y se pasaba compulsivamente la mano por el pelo, intentando que un rebelde mechoncillo volviera a su sitio. Tras un eterno instante de duda se sentó en la única silla cercana a su cama, mientras susurraba una obsoleta solicitud de permiso por tomarse tal libertad ante una señora. El hombre esperaba por parte de Antonia alguna pregunta de curiosidad, pero ella no abrió la boca. Sólo lo miraba expectante. Sabía el motivo de tan inesperada visita. Lucía.

Tras unos incómodos minutos de silencio Paco se decidió. Le contó cómo estaba su hija. En ningún momento le hizo referencia a que la pequeña la echase de menos. Sabía que no era así. La explicó su deseo de ocuparse de la niña y de cuidarla. Necesitaba saber si Antonia estaba de acuerdo.

- Claro que estoy de acuerdo. Mi hija es lo único bueno que tengo en mi vida –articulaba las palabras trabajosamente. -Pero no sé si usted sabe que yo me voy a morir- una fría pausa. Paco la miraba a los ojos y a Antonia le costaba mantener esa mirada. ¡Claro que sabía que le quedaba poco tiempo, por eso estaba allí!-. Cuando yo muera no creo que la dejen que se quede con usted.

- Por eso estoy aquí, señora. Lola, nuestra vecina, me ha dicho que la niña no tiene padre. ¿Es eso cierto?- su voz era suave, amable.

- Sí, soy madre soltera. Mi vida ha sido algo complicada. Ni siquiera recuerdo quién podría ser el padre…

- No vengo a juzgarla, señora- la cortó Paco con educación.- He cogido mucho cariño a Lucía y creo que ella también me lo ha cogido a mí. Yo puedo darle todo lo que precisa, puedo ocuparme de ella, pero necesito saber si usted desea que ella se quede conmigo cuando usted…, cuando usted falte.

Antonia le miró con curiosidad. ¿Qué se le habría ocurrido a este hombre? No medió palabra. El silencio era insoportable. Pero decidió esperar a que Paco dijera todo lo que tenía que decir. No le ayudaría a soltarlo. A ver cómo se las apañaba…

- Señora…

- Prefiero que me llame Antonia.

- Antonia –Paco tragó saliva con evidente nerviosismo-. Si a usted le parece bien yo podría reconocer legalmente a Lucía. Si yo fuera su padre adoptivo de forma legal, cuando usted…

- … me muera…

- … falte nadie podrá llevársela porque no estará sola, me tendrá a mí.

Antonia reconoció, con cierto gustillo interno, que la había sorprendido. ¡No se esperaba esa salida por parte del viejo! ¡Reconocerla, adoptarla! ¡Qué ingenioso, qué tío más listo!, pensó. Guardó nuevamente silencio haciendo ver que sopesaba la respuesta. Tenía delante de ella una fabulosa solución para su hija. Nunca lo habría imaginado pero podría morirse con ese problema resuelto. El hombre la miraba mucho más seguro de sí mismo que hacía unos instantes. Sabía que le había planteado una posibilidad difícil de rechazar si realmente le importaba la niña. Eso le daba un aplomo hasta entonces ausente. La mujer se revolvió en la cama ajustando su cuerpo y buscando una postura más cómoda. Estaba haciendo tiempo. Estaba buscando las palabras más adecuadas para decirle lo que realmente deseaba su corazón y no asustar al viejo. No, no, asustar no era la expresión adecuada, más bien era no provocar su rechazo. Las palabras pugnaban por salir de su boca y le quemaban en los labios.

- Paco, ese es su nombre, ¿verdad? –El otro asintió con un gesto-. Me parece una idea muy buena. Ahorraría muchas molestias en muchos aspectos. Creo que usted puede ser una buena persona, pero en mi fuero interno podría tener ciertas dudillas ¿no cree? –Paco hizo un gesto de protesta, pero ella le cortó con un movimiento de su mano-. No se ofenda, por favor. Mire, le voy a ser sincera: yo no quiero morirme en una aséptica cama de hospital, sola. Me gustaría poder irme a mi casa y acabar mis días allí. Sin médicos, sin pinchazos. Me gustaría estar cerca de ella, de mi niña, y de personas conocidas. Creía que no iba a ser así, pero tengo miedo. Si a usted no le importara ocuparse de mí para que no tenga que volver a ingresar en el hospital… -se le quebró la voz- yo le conocería y vería lo que mi hija ve en usted. Hoy me doy cuenta de que necesito no estar sola. Quiero tener lo que Lucía ha tenido y tendrá cuando yo no esté. Por favor…

Fueron tres meses de mucho ajetreo llenos de abogados y notarios, de papeles y documentos. Todo fue solucionado con solicitud y cierta premura. Aún así, sobraron semanas para hablar, para entender y para conocer. El aspecto de Antonia mejoró considerablemente y su cara y sus ojos aumentaron en luminosidad, como la luz de una vela antes de apagarse para siempre. Una mañana ya no se despertó. Su muerte fue mucho más benévola de lo que había sido su vida y se la llevó con cuidado y sin despertarla. Amaneció con un gesto relajado que dejó tranquilos a Paco y a Lola. Lucía lo comprendió todo y lo vivió todo con total naturalidad. La velaron y la acompañaron en su última salida de la casona los tres juntos, abrazados.

Y así, los tres juntos, se fueron de aquél bello pueblo de la sierra. Dejaban muchas cosas tras ellos. Optaron como nuevo destino por una gran ciudad que tuviera todo lo preciso para las necesidades de la pequeña. Lola formó parte de la vida de Paco y de Lucía como si se conocieran de toda la vida y les amó como si desde siempre lo hubiera hecho. Ella estaba junto a ellos porque ahí es donde debía estar. La vida puede empezar cualquier día, en cualquier momento. La vida de Paco comenzó, otra vez, cuando Lucía le eligió aquél día. Y con esa elección le dio la oportunidad de cuidar de ella y de quererla. Paco siempre supo que recibió mucho más de lo que dio. La niña, al tomarle de la mano aquella tarde, le dio la esperanza que creía definitivamente perdida. Le dio una hija, le dio un amor, le dio una nueva vida.


FIN

Lola Montalvo Carcelén



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Chispi 22 septiembre 2009

Archivado en: Amigos autores — carveves @ 19:47


En un lugar lejano de lo que conocemos como civilización, perdido entre las montañas, existía un poblado, al cual llamaban Chiposo. Era muy pequeño pero sus habitantes eran felices.

Una vez al mes pasaba cerca de allí un tren, los niños se subían al campanario para verlo descender entre las montañas.

Un día nuestro amigo Marti decidió acercarse al lugar donde pasaba para verlo mejor y recogiendo sus pocas pertenencias en un autillo emprendió su viaje.

Por el camino iba cantando una canción:

- Caminito, caminito, que me acercas a mi destino, no seas malo conmigo…

Ya se habían pasado dos días desde que abandono su casa y apenas le quedaba comida, estaba muy cansado, el camino se abrió y apareció un manto verde ante sus ojos, decidió descansar un rato.

Al poco tiempo de quedarse dormido, soñaba con su mama, delante del fuego preparando algún delicioso manjar, justamente cuando lo iba a saborear algo turbo su sueño, despertándolo, miro a su alrededor y vio un cachorrillo de lobo a sus pies. Siguió mirando en busca de sus padres, pero no estaban.

El cachorrillo con carita triste se acerco y cuando lo tuvo cerca, le susurro en un lamento:

- Llévame contigo, me he marchado de casa para ver mundo. Pero estoy muy triste por andar solo. ¿A donde te diriges?.

Marti, fijo sus ojos en aquellos que le observaban lastimeros y sintiendo simpatía por el cachorro le dijo:

- Voy a las colinas, a ver una maquina negra, que los mayores de mi poblado llaman tren.

- ¿Una maquina negra?

- Sí, dicen que sirve para viajar y ver muchas cosas. ¿Quieres venir conmigo?

- Si -contesto feliz cachorrillo.

Y poniéndose de pie empezaron a caminar por el sendero, cachorrillo se perdía por los prados para aparecer un poco más adelante.
Al cabo de un rato desapareció por unos matorrales al ver que no volvía Marti empezó a llamarle:

-Cachorrillo, ¿donde estas?. Cachorrillo, Cachorrillo… – como respuesta el eco de su propia voz lo contestaba- Cachorrillo, vuelve.

Al volver un recodo del camino, allí estaba cachorrillo, corrió hacia él y lo abrazo.

- Cachorrillo, me asustaste.

- No te preocupes por mi. Soy joven y como Mama dice, alocado.

- Bueno entonces no me preocuparé. A propósito mi nombre es Marti, ¿tú como te llamas?.

- Nosotros los lobos no tenemos nombres.

- Pues de alguna manera te tengo que llamar, no puedo estar gritando continuamente cachorrillo, es muy largo.
A ver déjame pensar. ¡Ya se!, te llamaré Chispi, como eres tan travieso te pega mucho.

- Chispi, Chispi – repetía cachorrillo- De acuerdo, me gusta, a partir de ahora me llamaré Chispi.

Y siguieron caminando.

Al cabo de dos días más llegaron a su destino. Decidieron asentarse en una loma cercana a esperar la llegada del tren.

- Chispi, ven aquí, mira estas tablas del suelo. ¿Que raro para que serán? -Marti nunca había visto algo así y mucho menos en medio de un monte, no podía saber lo que era.

- Si es extraño -corroboro Chispi- Pero, ¿para que es eso que hay encima?.

- Seguro que está relacionado con el tren. -afirmo más animado Marti- Cuando lo veamos sabremos exactamente que es.

Volvieron a la loma y mientras esperaban se dedicaron a inspeccionar el terreno.

Ya no les quedaba nada de comida y no sabían cuanto tenían que esperar.

- Marti, tengo una idea, mama me enseño algunas plantas comestibles, vamos a ver si hay alguna por aquí.

- De acuerdo, Chispi, así no nos moriremos de hambre.

Y así es como aprendió Marti a sobrevivir de lo que la naturaleza les ofrecía.

Ya llevaban allí nueve días cuando de pronto, Chispi empezó a gritar:

- Marti, Marti, mira, mira. Sale humo de la montaña y se mueve. – Empezó a olisquear – es un olor raro, no es fuego.

Marti se acerco lentamente y miro en la dirección que le indicaban.

- ¡Es cierto!. – exclamo.

De entre las montañas apareció una nube de humo grisáceo que parecía acercarse, se miraron y echaron a correr hacia las vías, no se acercaron mucho les asustaba un poco lo desconocido. Y poquito a poco empezaron a distinguir en el horizonte una inmensa máquina negra.

- ¡Es el tren!, ¡es el tren! – gritaba Marti.

Para sus ojos era algo nunca visto. Cuando llego hasta ellos ambos estaban mudos del asombro, era mayor de lo que esperaban. El maquinista al verlos hizo sonar el silbato en forma de saludo. Los dos se sobresaltaron y abrazaron asustados, pero no podían quitar la vista, entonces empezaron a llegar los vagones y los viajeros les saludaban con la mano.
- Mira Chispi, va gente dentro.

Y como apareció se perdió entre la nada.

Ellos se miraron y cuando estuvieron repuestos de su asombro, Marti dijo:

- Chispi, tu has escapado de casa para ver mundo. Y yo he viajado hasta aquí para ver el tren. ¿Qué te parecería si seguimos este sendero haber donde nos lleva? – pregunto dudoso de la respuesta de su interlocutor- Según los ancianos con los que he hablado, el tren se detiene en algo llamado estación.

- Me parece bien. -contesto Chispi- Y a lo mejor podemos montarnos en él, como las personas que hemos visto.

Y así fue como nuestros amigos, Marti y Chispi, empezaron la aventura de conocer mundo. Pero eso lo contaremos en otro momento.

Carmen Vera


 

Estrellas 18 septiembre 2009

Archivado en: Amigos autores,Últimos post — Pedro Marchán @ 22:04




Dos, tres, cuatro, cinco, seis…

Mi madre se llamaba Sara, tenía treinta y cinco años y le gustaba la astronomía. Amaba la estela de los cometas, ésa que arrastraban a través del espacio y se desvanecía como se desvanece un helado en verano. Quizás por ese motivo se compró el telescopio y se puso a observar las estrellas y los planetas y las constelaciones, sentada en la terraza con aquellas gafas gruesas de pasta, contemplando cada noche el infinito mientras mi padre dormía en el sofá a oscuras y el resplandor de la televisión rebotaba en las paredes.

Por algún motivo que desconozco mi madre parecía buscar en el cielo la luz que mi padre le arrebataba cada día, a eso de las once, después de haber cenado tras una dura jornada de trabajo.

Mi madre buscaba esa luz con el afán con el que un atleta olímpico busca el oro, como si, una vez que la encontrase, pudiera enroscarla en la lámpara del comedor.



Trece, catorce, quince, dieciséis, diecisiete, dieciocho…

Mi padre se llamaba Ramón, tenía treinta y ocho años y le gustaba el bricolaje. Una madera allá, otra aquí, atornillaba y la estantería estaba lista para ser colocada. Su taller era el garaje de casa, con todos aquellos utensilios esparcidos junto al automóvil, colgando de paredes y anaqueles, formando un galimatías de objetos que durante años había estado conservando. Aunque su pasión principal era la frutería de la calle Sagunto que con tanto esfuerzo había levantado gracias en parte a una subvención del Ayuntamiento. Cuando se vestía con el delantal y vendía naranjas y melocotones se olvidaba de su hobby, del roble y la haya, de la pulidora. Pero a cambio, le recompensaban con chascarrillos y habladurías, con gracias y rumores, con divertidas anécdotas. El día a día le hacía sentir feliz, el contacto con la gente le llenaba el alma como un néctar que se volvía imprescindible a cada trago, un néctar que sin duda alguna le iluminaba la vida.

Luego llegaba a su hogar, exhausto y rendido, y aquella luz parecía desaparecer de su interior y le adormilaba en el sofá, mientras su queda esposa miraba estrellas en la terraza y la noche le envolvía en sueños.



Veinte, veintiuno, veintidós, veintitrés, veinticuatro…

-¿Vais a venir al concierto? –preguntó mi tía Lucía asomando la cabeza por la ventanilla del automóvil.

Yo miré a mi madre con el entusiasmo con el que un preso saborea la libertad, luego asentí satisfecho y mi prima, que había estado marcando en el mapa el recorrido hasta Tortosa, me guiñó el ojo tras la luna trasera del coche mientras mostraba una carpeta con fotos del cantante.

-Así que compro cuatro, ¿no? –resolvió- Porque Ramón no viene…

-No, Ramón se quedará viendo el partido del Barça, prefiere estar junto a Ronaldinho que junto a su familia –contestó mi madre con una liviana sonrisa.

-Bueno, piensa que el día once te tocará a ti quedarte en casa. He leído que hay una lluvia de meteoros, las Perseidas, que va a ser bastante intensa. Además dicen que es un buen año para observarlas.

-Pero si precisamente lo que yo no quiero es quedarme en casa –sentenció Sara.

Mi madre temía quedarse sola. Como si aquella oscuridad que desprendía el corazón de Ramón pudiera apoderarse de sus sentimientos, de sus miradas, de sus sueños. A menudo ella me susurraba al oído que era feliz y yo sentía en sus vacilantes palabras y, a decir verdad, también en sus heridas, que mentía. ¿A quién quería engañar?

Todos sabíamos que la felicidad en mi casa era como una nebulosa, tan distante que había que imaginársela.

Tan distante que parecía imposible llegar a ella…



Veintisiete, veintiocho, veintinueve, treinta…

Mi madre apareció con un libro de Alejandro Sanz titulado “Por derecho”, una completa biografía que regaló a mi prima convirtiéndola en la mujer más contenta del universo.

-Para que te lo firme cuando vayamos a Tortosa –dijo sin convicción.

Estábamos en el chalet de mi tía Lucía recostados sobre una toalla estampada con estrellas de mar y refugiados bajo la sombrilla, justo después de haber estado nadando en la piscina, cuando trajeron el libro y los bocadillos.

-Déjame ver las fotos y los poemas –le pedí a mi prima, tirando del libro hacia mí.

Pasamos las hojas y observamos las fotografías de aquel jovencísimo cantante. Luego leímos en voz alta algunos versos inéditos que acompañaban el escrito.

-Mamá, ¿Alejandro Sanz es un músico o es un poeta? –preguntó mi inocente prima, queriendo resumir los quehaceres del polifacético artista en una palabra.

-Ambas cosas –contestó Lucía sin dilación- Ese hombre es como un avión, le hace ver el cielo a mucha gente… ¿Qué le dirías si tuvieras la ocasión?

Mi prima se encogió de hombros y se estiró sobre la toalla, escuchando las canciones de su artista preferido en el discman.

-No lo sé –resolvió con esa facilidad que los niños tienen para salirse airosos de cualquier apuro- De verdad que no lo sé.

Decidí enfundarme las sandalias y regresar al interior del chalet, pensando que encontraría a mis padres jugando a cartas o dándole de comer a los perros.

Pero me equivocaba. Mi madre lloraba en un rincón, desconsolada en el recibidor de la estancia con un golpe en la sien, amoratado, que le tiznaba el rostro de un color púrpura, seco, maldito. Corrí hacia ella y me tiré en su regazo, la abracé, y yo también lloré y enseguida me sentí impotente e inútil al mismo tiempo.

“Ojalá existiera un libro que te hiciera tan feliz como a la prima”, le susurré entre sollozos, “para poder regalártelo”. Luego agarré un destornillador que estaba a sus pies, seguramente era el arma con la que Ramón, ése que decía ser mi padre, se había deshecho de Sara, y lo arrojé lejos, con un odio infinito, un odio tan profundo como un pozo.

Por supuesto mi madre no quiso denunciarle porque decía que había aprendido a perdonar.

-¿Qué es el perdón? –pregunté traumatizado por aquella horrenda y triste experiencia.

-Perdonar es darle las gracias a tu verdugo después de que te haya cortado la cabeza –dijo satíricamente.

Eso es lo que ella dijo.

No lo entendí. En mi mente, la imagen de un destornillador golpeando a Sara daba vueltas como si fuera la visión de un calidoscopio.

No un destornillador cualquiera, no, sino uno de ésos con un asterisco en el extremo, un destornillador con la punta de estrella, claro está.



Cuarenta y una, cuarenta y dos, cuarenta y tres, cuarenta y cuatro…

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Fue el once de agosto, en una noche despejada y de estelas luminosas, cuando la lluvia de estrellas conocida como “Las lágrimas de San Lorenzo” inundaron el horizonte, mostrando hasta tres meteoros por minuto. Mi madre, que agudizaba la vista sobre la mira de gran precisión, vio una de ésas estrellas fugaces y se dispuso a pedir un deseo, pero siempre he pensado que tardó demasiado en hacerlo. Ahora, las partículas que sobrevolaban el espacio se podían contar con los dedos de las manos, una tras otra, como gotas de lluvia:



Cuarenta y cinco, cuarenta y seis, cuarenta y siete, cuarenta y ocho y cuarenta y nueve.

Cuarenta y nueve. Cuarenta y nueve puñaladas que enterraron el brillo que mi madre tuvo la esperanza http://4.bp.blogspot.com/_1kDFK7W7ZVg/SXfHOAqCqEI/AAAAAAAAAKE/J7-d1Lb5Wxk/s400/ojosrojos.jpgde encontrar algún día, sin saber que ella, como la mayoría de mujeres, estaba dotada de luz propia. Resulta que Ramón ya no era él, sino un maniquí poseído que aguantaba un cuchillo ensangrentado y se echaba las manos a la cabeza, como maldiciéndose. Ramón era el silencio personificado de una realidad miserable.

Dicen que la ironía forma parte de las desgracias. Dicen que San Lorenzo lloró más lágrimas que nunca aquella fatídica velada de agosto, dicen que curiosamente era un mártir, dicen que en su tumba rezaba una reveladora inscripción: “Sólo la fe de Lorenzo pudo vencer los golpes, los verdugos, las llamas, los tormentos y las cadenas”, y también dicen que era el patrón de los cocineros.

En cualquier caso, mi madre estaba muerta y esas ironías no iban a devolverle la vida.

Horas después, en el chalet, mi prima y mi tía, sentadas frente al televisor, escuchaban las noticias y se hacían eco del asesinato de una madre de familia.

-¿Ya va otra? –preguntó Lucía, obviando quién era la víctima, con gran naturalidad.

-Sí, ya va otra –respondió cruelmente una niña de diez años, acostumbrada injustamente a la barbarie humana.

Luego, los convincentes clientes de una frutería de la calle Sagunto aseguraban con perplejidad que el dueño era una persona bondadosa y encantadora, incapaz de engendrar el mal. Mi prima sintonizó otro canal, estaban hartas de contemplar guerras, hambre, miseria y pobreza. Desde luego, era bastante curioso cambiar los avatares del mundo con sólo apretar un botón llamado “Program”, pensó.

Angulo centró para que Mista rematara limpiamente a gol. Lucía imaginó que Ramón estaría frente al televisor, empinando la cerveza, disfrutando de la dosis semanal de fútbol.

Eran partidos de pretemporada. La liga de las Estrellas pronto engalanaría la galaxia.

-La vida sigue –me repetían mis familiares, tristes como cipreses, quizás para recordarme que no era yo el muerto. Quizás también por ese motivo viajé hasta Tortosa una semana después, un día de intensa lluvia, pensando en que la vida consistía precisamente en vivir. Pero a cada paso que daba veía a mi madre en una esquina, en una ventana, entre el gentío. Y todo me recordaba a ella.

Incluso un trozo de papel doblado en mi bolsillo, su fútil entrada del concierto, era como tenerla de nuevo a mi lado.

A pesar de mis ánimos, tuvimos suerte. El Hotel Corona estaba repleto de técnicos, operadores y empleados del staff de la gira. Mi prima, siguiendo los consejos de los simpáticos trabajadores, se personó a las siete en punto de la tarde, junto a Lucía, en la puerta trasera del Estadio Municipal donde tendría lugar el evento, momento en que llegaba un autobús gris como la plata, de escasa discreción y cristales tintados. No supo qué hacer cuando Alejandro Sanz apareció saludando al aire y se acercó generosamente a la valla metálica, mostrando su canosa perilla, vestido con un abrigo negro, gafas oscuras y una gorra en la que rezaba la frase: “Beachwear”.

A mi prima le temblaron las piernas y las manos y los dedos y los labios. Entonces, cuando ya estaba tan cerca que pudo tocarlo, y sólo entonces, con el alma encogida en un libro y la deidad resplandeciente sonriendo frente a ella, pronunció cuatro torpes palabras:

“Tú… eres mi estrella”, le dijo espontáneamente mientras se echaba a llorar.

Pero… ¿Qué eran las estrellas? La fascinación que mi madre sentía por ellas me empujó a estudiar astronomía para descubrir después que la ciencia no tenía nada que ver con la magia que desprendían. Era una energía repleta de esperanza, una estepa de humanidad por conquistar que pululaba en el interior de todas ellas como motas de polvo. Las estrellas nos recuerdan que hay una luz inquebrantable que no se puede extinguir, la luz de la libertad, cuyo fulgor se renueva con cada sonrisa, con cada abrazo, con cada beso. Las verdaderas estrellas son víctimas que se van sumando en el oscuro tapiz de la violencia, un universo tan apagado como las indolentes excusas que lo perpetran.

Y allí, en la expansión de la nada, en el lado más salvaje del alma humana, perdió Ramón su cordura, su palabra, su corazón y su familia.

A decir verdad, perdió tantas cosas que terminó por perderse a sí mismo.

Durante el espectáculo, advirtiendo mi desolación, Lucía intentó convencerme de que en el espacio, sobre nuestras cabezas, había otro cuerpo celeste que era eterno y brillaba con más intensidad que sus hermanos: se llamaba Sara, tenía treinta y cinco años y le gustaba la astronomía.

-Está allí arriba –dijo señalando al cielo.

-No es lo mismo ser que estar… –recitaba Alejandro Sanz, en ese mismo instante, sobre el escenario…

Pedro Marchán

 

Tras los cristales de aquel balcón 17 septiembre 2009

Archivado en: Amigos autores — lolamontalvo @ 19:00
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Este relato se lo dedico a tantas personas que sufren

el infierno en vida que supone la soledad y el aislamiento.

Cuidemos de nuestros mayores.

Lola Montalvo



Tras los cristales de aquel balcón



Le habían acercado al balcón y podía ver el mundo a través de los impolutos cristales. La tarde era espléndida. El parque aparecía muy hermoso con sus doradas galas otoñales. Unos niños jugaban con el barro, resultado de la lluvia del día anterior; tenían sus sonrientes caritas embadurnadas, las manos pringosas. Un perrillo correteaba a su alrededor esperando ser incluido, sin éxito, en el infantil ritual. Una bicicleta reposaba inerte en la hierba esperando a que su dueño se acordara de ella y la hiciera volver a la vida.

El pálido sol de octubre iluminaba sin calentar; sus tenues rayos se posaban sobre la piel de sus rugosas manos, su calidez era casi una caricia. ¡Cómo añoraba su resplandor en los cabellos, la brisa en la cara!

Emilia necesitaba cambiar de postura. El mullido asiento de silicona, recubierto de suave felpa, resultaba un duro sillar de granito cuando llevaba más de una hora sobre él. Habían olvidado alisar del todo la tela y una arruga le estaba mortificando los glúteos, dificultando que pudiera concentrar su atención en la lectura que Elisa desgranaba con voz monótona e irritante, atascándose en las sílabas, asesinando las palabras.

Emilia intentó tragar sin éxito. A veces su lengua, sus labios y su garganta se negaban a coordinarse de forma voluntaria. Una pequeña cantidad de saliva se le escurrió por la comisura de sus paralizados labios. Elisa le limpió con un brusco movimiento utilizando un pañuelo de perfumado algodón, mientras protestaba entre dientes. Estaba claro que su objetivo en esta vida era mantener todos los enseres de la casa limpios como una patena y eso incluía a la anciana de la silla de ruedas.

La anciana sólo tenía dos o tres años más que Elisa, la mujer que se encargaba de su cuidado, pero esta mínima diferencia de edad no impedía que, de forma reiterada, se refiriera a ella llamándola abuela o anciana o vieja, las escasas veces que la familia de Emilia llamaba por teléfono interesándose por su salud o por el devenir de su monótona y asquerosa vida.

El cuerpo de Emilia era una cárcel. Su alma se encontraba encerrada en una carcasa vacía e inerte, pero su espíritu gritaba anhelante de libertad y de vida. En su interior no balbuceaba sonidos sin sentido, no gemía, no babeaba, no se hacía sus necesidades encima. En su interior gritaba reclamando su libertad robada por un coágulo de sangre que, sin aviso, sin piedad alguna, había paralizado su cuerpo y la había dejado tirada en una fría celda para siempre. Para siempre.

De eso hacía ya tres años.

Elisa dio por terminada su mortificante lectura y cerró el libro con un golpe sordo. Emilia suspiró aliviada. Cada día le resultaba más difícil soportar la hora que dedicaban a esa tarea. Las pocas ganas que su cuidadora le ponía a tan sencilla labor hacían que el bello relato resultara un tormento a sus oídos.

Era evidente que los libros nunca habían sido uno de los entretenimientos de primera elección para esa mujer. Consideraba esta faena una obligación rutinaria, imprescindible para estimular el encogido cerebro de la vieja y como tal lo llevaba a cabo. Por ello el resultado no pasaba de ser un ronroneo monótono e irritante.

Los niños del parque se levantaron del suelo, se sacudieron las sucias ropas y se fueron corriendo. Uno de ellos cogió la bicicleta y, con la agilidad propia de su edad, se fue pedaleando a toda velocidad, dejando un rodal en el húmedo barro del suelo. La mujer sentada en la silla de ruedas envidió a la bicicleta. Unos segundos antes estaba olvidada en el suelo y ahora era un elemento enérgico y fuerte, casi con vida propia. Emilia sintió cómo se le atenazaba la garganta por el llanto, pero de su torpe glotis no salió sonido alguno. Sólo sus húmedos ojos dejaron caer tibias lágrimas de sufrimiento y dolor, que no escaparon a la atención escrupulosa de Elisa; la mujer sacó su siempre presente y perfumado pañuelo y la limpió mientras indicaba en voz alta su intención de no olvidar que debía pedir cita para el oftalmólogo. Tanta lágrima sólo podía deberse a una rija. ¡Como si la vieja le diera pocas cosas que hacer, encima, una más!

Elisa retiró los frenos de las ruedas y llevó la silla al salón; la situó al lado de uno de los mullidos sillones y encendió la televisión; subió el volumen del aparato dejándolo demasiado alto. Jamás se había molestado en saber que el ictus había dejado a la anciana paralizada, no sorda. Ése era el motivo por el cual nunca se preocupaba de contener su verborrea delante de ella, y por ello la criticaba o la reñía cuando lo creía necesario. Emilia ignoró el absurdo programa que llenaba la enorme pantalla. Cerró los ojos y se abandonó a sus recuerdos. Era lo único que le quedaba de su vida. Era lo único que podía controlar a su antojo haciéndolos volver una y otra vez.

Recordó el amado rostro de Santiago, su esposo. En su mente recreó cada detalle, cada gesto, cada arruga del añorado rostro del que fue su único y más auténtico amor. En su imaginación le devolvió la vida y la sonrisa. Le devolvió la capacidad de abrazarla y hacerla sentirse excepcional, hermosa, inteligente. Junto a él volvió a ser joven, esbelta y ágil. Agarrada a su brazo saltó, bailó, corrió y amó como cuando, muchos años atrás, Santiago rebosaba vida y Emilia era la persona más feliz del mundo.

Recordó a sus hijos cuando eran pequeños. En su memoria le decían a cada instante que la querían. Abrazaba sus prietos cuerpecitos y aspiraba su dulce fragancia a jabón y caramelo. Las pequeñas manitas, siempre pringosas, acariciaban su rostro con tacto de terciopelo…

La televisión enmudeció de repente y la mujer abrió los ojos. Le costaba volver a la cruda realidad que su cuerpo le imponía. Elisa volvió a limpiarle las lágrimas refunfuñando. ¡Dichosa rija!; no debía olvidar pedir cita al oftalmólogo. Una enorme servilleta de cuadros fue colocada alrededor de su cuello y otra cubrió su regazo. Apareció ante su cara una cuchara que le acercó una humeante pasta grumosa de color verde a la boca. Emilia la abrió mecánicamente. De nada serviría resistirse. Otras veces lo intentó y su implacable cuidadora no dudó en utilizar las más variadas armas ofensivas hasta que consiguió abrirle la boca y apretarle los labios, de tal forma que no tuvo más remedio que tragar el repugnante mejunje que solía prepararle como comida. A Emilia le encantaría decirle, si pudiese, que los purés que le cocinaba a diario tenían un sabor muy desagradable, pero eso a Elisa le habría traído sin cuidado. Su obligación, entre otras muchas, era alimentarla; y eso es lo que hacía. Mezclaba varios ingredientes en una olla, los cocía, los trituraba y los ponía en un plato. En ningún momento se planteaba si su comida era o no sabrosa.  Emilia recordó lo mucho que le gustaba saborear las fresas en primavera, los aterciopelados melocotones en verano…

Otra cucharada de grumoso puré y sus recuerdos fueron bruscamente relegados a un recóndito e inhóspito rincón.

La dura tarea de acostar, lavar y cambiar de ropa a Emilia la realizaba Elisa sola. Se ayudaba de una grúa electrónica que le permitía levantarla y girarla casi sin esfuerzo. Por la noche, antes de acostarla, la aseaba y le colocaba un pañal limpio. Masajeaba con crema hidratante las zonas enrojecidas en la piel de los glúteos, piernas y talones, resultado de las horas de presión sobre el asiento de la silla de ruedas, y la acostaba en la cama de lado, sujeta entre almohadones. Esta ardua labor la realizaba murmurando entre dientes, increpando a Emilia, riñéndola por no moverse o por no colaborar en su aseo y su cuidado. ¡Como si ella fuera capaz! La giraba hacia un lado y hacia otro como si su cuerpo fuera un saco de patatas, con indiferencia, casi con desprecio. Cuando por fin su cuidadora se marchaba y la dejaba sola en el cuarto, Emilia lloraba sin control intentando lavar su desesperación, su rabia y su dolor. Rogaba para que un milagro la librara de su tortura. Rezaba a Dios pidiéndole que se la llevara. Estaba segura de que la vida, su vida, no mejoraría nunca y que su única salida era morirse. Sabía que muerta estaría mucho mejor que de esa manera tan horrenda.

Una mañana Emilia presintió que algo nuevo pasaba. Elisa estaba más nerviosa de lo normal. No la había sacado a pasear por el parque, como solía hacer a diario, porque estaba muy atareada, según se dignó a explicarle. Trajinaba de un lado a otro como una locomotora; su enorme trasero esquivaba a duras penas las esquinas de los muebles y los marcos de las puertas. La escuchó canturrear mientras trabajaba largo tiempo en la habitación del fondo, la de las dos camas, que nunca se usaba y que llevaba cerrada más de cinco años. ¿A qué se debería? ¿Qué estaría pasando? Elisa no se molestaría en explicarle el motivo de tanto movimiento y tanta furia limpiadora. Ella tampoco podía preguntar, así que esperó.

Pronto saldría de dudas.

Sonó un timbre. Emilia escuchó cómo abrían la puerta de la calle. Unas voces lejanas le llegaron por el largo pasillo. Varios pies acompañaron a los de Elisa hasta la sala. Una fresca vaharada de perfume impregnó el aire de la amplia estancia. Era un aroma delicioso, familiar. Nadie hablaba. Emilia no podía ver de quienes se trataba, ya que su cuidadora le había colocado ante el balcón para que pudiera disfrutar de la hermosa vista del parque.

Un par de pies se acercaron a su silla. Una voz de mujer susurró a su oído. Su aliento olía a menta. <<Abuela>>. Un reconocimiento instantáneo. Elena. Un beso en la mejilla con unos labios firmes y carnosos. Una piel suave y fresca. Un roce con la fibrosa bufanda que le había protegido del frío de la mañana otoñal. <<¿Cómo estás, abuela?>>

Su nieta se arrodilló colocándose frente a ella. Cogió sus manos y las apretó. Era un gesto cálido y sincero. Hacía tanto tiempo que nadie le había tocado así. Elena estaba muy hermosa. La piel de sus mejillas aparecía enrojecida por el frío de la calle. Aún conservaba unas pequitas en la nariz, de las muchas que habían poblado su rostro durante la niñez. Los ojos color miel, de dulce mirada, enmarcadas por tupidas pestañas negras. Había crecido mucho y ya era toda una mujer. Una vocecilla llamó desde atrás; apenas un susurro. <<¡Mamá!>> Emilia se quedó helada. ¡Elena tenía un hijo! ¿Se habría casado? La anciana fue consciente de que su estéril y lacio gesto no reflejaba la sorpresa y la curiosidad que le reconcomían por dentro. ¡Habría deseado preguntar tantas y tantas cosas! <<Abuela, esta es mi hija, Estrella>> Una carita se asomó por encima del brazo de Elena, mostrando, apenas, unos ojillos negros y un mechón de pelo rubio y rizado.

Emilia fue consciente de que su vida iba cambiar por completo desde ese momento. Sintió una inmensa calidez en los inquietos ojos de la pequeña, al tiempo que un torrente de esperanza se abrió por su ajado cuerpo, guiado por la mano de su nieta que apretaba la suya con fervor; un gesto que, muy a su pesar, no pudo corresponder.

Se habían levantado muy temprano. Elisa no estaba acostumbrada a su nueva carga de trabajo y necesitaba desentenderse lo más pronto posible de la vieja. Así se lo hizo saber cuando encendió la potente luz del techo de su cuarto con malicioso rictus, cegándola por unos instantes. Desde su cotidiana ubicación ante el balcón del salón pudo escuchar cómo su nieta se iba a trabajar. Volvería tarde y no vendría a comer. Elisa puso la radio y se perdió por los dormitorios mientras acompañaba con agradables gorgoritos las canciones. Era una mujer ignorante y una cruel sargentona, pero cantaba muy bien. A Emilia casi le resultaba que Elisa se transformaba con la música, volviéndose casi humana. La vieja copla le trajo recuerdos rancios y tristes.

Algo la sobresaltó. Algo había caído sobre su regazo. No podía bajar la cabeza para mirar qué había sido. No fue necesario. Una manita cogió sus dedos y empezó a acariciar su piel. La niña se puso en su campo de visión. Sonreía de oreja a oreja. La habían peinado y perfumado y estaba muy bonita. <<Mamá se ha ido a trabajar. ¿Puedo quedarme contigo?>> El silencio de Emilia fue interpretado como un mudo asentimiento, así que Estrella desapareció momentáneamente trayendo consigo un taburete, que colocó a sus pies y en el que se sentó.

Observaron en silencio la mañana, el parque, la gente ir y venir. <<Tengo seis años y ya sé leer>> Como por arte de magia apareció entre sus menudas manos un libro con unos bonitos dibujos de animales en la portada. Lo abrió y comenzó a leer. La niña separaba las sílabas y se equivocaba con algunas letras y palabras; Emilia comprobó que su atención no podía despegarse del cantarín desgranar del relato infantil. <<¿Te ha gustado, abuelita?>> Una vez más, su silencio fue interpretado al gusto de la pequeña. <<Me alegro, a mí también. Es mi cuento preferido>>

A media mañana salieron a dar un paseo. La niña agarró la mano de la anciana y así caminó a su lado. Ignorando la impertérrita presencia de Elisa que empujaba la silla, le contó historias utilizando a los gorriones del parque como protagonistas. Le explicó cómo eran las casas de las hormigas. Le indicó  cuales eran los pensamientos de las lagartijas cuando se quedaban paradas bajo el sol. Le desveló el secreto nunca contado de las abejas: susurraban bellas canciones a las flores a cambio de su néctar.

Emilia se vio inmersa en el fabuloso mundo de Estrella. Comprobó que durante las horas que llevaban juntas no se había entristecido ni una sola vez. Se reía en su interior de las ocurrencias y de la imaginación de su bisnieta. Habría dado media vida por poder sentarla en su regazo y abrazarla y besarla y acariciar su inocente cabecita. Por su parte, Estrella, aún consciente de la inmovilidad y del silencio de la anciana, le hacía participar de su mundo como si dispusiera de su vitalidad y su fortaleza. No pareció amedrentarse ante el gesto afásico de Emilia, su boca torcida y su ojo derecho medio cerrado; su parálisis no representaba ningún obstáculo para permitirle compartir sus juegos y para hacerle viajar con ella por su fantasioso universo. Interpretaba, muy acertadamente, por cierto, sus silencios en completas respuestas y aseveraciones. Emilia disfrutaba mucho y casi –solo casi- olvidaba su odiosa parálisis. Su situación había cambiado con la llegada de la niña. Y se sentía muy feliz y agradecida por tan enorme regalo.

Pasaron los días. Estrella empezó a ir al colegio; Emilia ansiaba que llegara la hora en que la niña regresaba. Las mañanas no cambiaron, pero las tardes se transformaron en un fantástico bullicio de meriendas con chocolate caliente, lecturas de cuentos, deberes de lengua y matemáticas y juegos. Estrella lo compartía todo con la anciana. A escondidas de Elisa, le dio galletas y batidos de variados y desconocidos sabores. Sus días comenzaban y terminaban con la carita de la niña y con sus tiernos besos. Apenas veía a su nieta. Su intensa jornada laboral restringía su presencia en la casa. Gracias a las explicaciones de la niña pudo enterarse de que la joven se había quedado sin trabajo en su ciudad natal, que no estaba casada pero que mantenía contacto con el padre de Estrella al que veía cada quince días. Elena no había considerado oportuno explicarle a su abuela su situación o, quizá fuese lo más acertado, lo más probable es que pensara que la anciana no entendería sus explicaciones.

Así pasó un año y, para sorpresa de Emilia, pasó volando.

Aquélla mañana Emilia se despertó sobresaltada. Abrió los ojos y se encontró a Estrella acostada a su lado. La pequeña la miraba. <<Abuelita, mamá dice que el domingo nos vamos para siempre>>

La separación fue horrible. Estrella lloró desconsolada durante horas. Elena con el gesto compungido recogió sus pertenencias en dos enormes maletas; para sorpresa de la anciana, le explicó que volvía con su pareja, el padre de Estrella. Se iban a una nueva ciudad para empezar una nueva vida, sin lastres, sin recuerdos, dijo. Emilia gritaba en su interior enloquecida. Las lágrimas rodaron por su rostro sin freno ni control. Por primera vez en años, Elisa no la criticó al limpiarle el rostro con su impoluto y siempre presente pañuelo. Por su gesto se podía entender que ella también sentía en lo más profundo de su rocoso corazón la imprevista partida. Elena bajó las maletas al taxi que las esperaba. Estrella se abrazó a Emilia. Entre sollozos, hipidos y besos le aseguró que no la olvidaría, que la llamaría todos los días, que la nombraría en voz alta al acostarse y al levantarse para que los pájaros pudieran llevarle el sonido de su voz nada más despertarse… Elena tuvo que soltar, por la fuerza, sus pequeñas manitas de los brazos de la abuela. La besó y aseguró que la quería, con voz rota y queda, mientras la pequeña forcejeaba y gritaba histérica. Los pasos y las voces se alejaron por el largo pasillo. La puerta de la calle se cerró. El frescor del salón se tornó rancio y espeso. El silencio de la casa fue sepulcral.

Emilia vio cómo se alejaba el taxi por la avenida. La carita de Estrella pegada al cristal de la ventanilla trasera mientras que con las manitas le decía adiós y le tiraba besos. Las copas de los árboles que engalanaban la vía engulleron el coche. La anciana mujer dirigió su mirada al parque.

Los vacíos columpios se mecían perezosos con la brisa de otoño. Algunos gorriones picoteaban entre los bancos de madera. Un perrito solitario se acercó corriendo y los pajarillos salieron volando en desordenada bandada. Aburrido y sin saber dónde ir olisqueó el aire frío. Levantó la vista al cielo y buscó, quién sabe el qué. Al pasear la mirada por el edificio de enfrente no encontró nada de su interés; sólo se topó con la mirada húmeda y triste de una anciana que se tapaba las piernas con una gruesa manta de cuadros y que le miraba con gesto vacío e inerte a través de los cristales de su balcón.

FIN

Lola Montalvo Carcelén



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Camino 14 septiembre 2009

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CAMINO



El hombre joven alzó la mirada. A lo lejos todo era yermo; un páramo inhabitable que sin embargo debía cruzar a toda costa. Que extraño, cada vez que pensaba en aquel hecho inaudito se le secaba la boca.

¿Cuál es el motivo que le obligaba a semejante peripecia? No debe haber en todo el mundo un hecho más rocambolesco. Al final del duro camino se encontraba la misteriosa ciudad de sus sueños. Era un lugar atravesado por canales cenagosos, en donde flotaban los restos eviscerados de unos seres desconocidos para él.

Había comentado aquella inquietante ensoñación con el hombre sabio; éste, al oír la historia, abrió mucho los ojos y se quedó mirando al vacío.

-Debes atravesar el páramo. –Le había dicho mientras se hurgaba las narices.

-Pero el invierno se acerca. Nadie puede atravesar el páramo. – Contestó el hombre joven desesperado.

-Si quieres conocer el origen de tus sueños, sin duda debes partir cuanto antes.

Después de darle muchas vueltas al asunto, el caminante recogió sus pertenencias, las guardó en un hatillo y se las echó a la espalda. No tenía mucha gente de la que despedirse, así que se fue con la amanecida; el páramo, bajo la luz incierta del amanecer, aún era un lugar hermoso.

Mientras caminaba, el hombre joven reflexionaba sobre lo que debía hacer cuando alcanzara su objetivo.

No tengo más que caminar, a fin de cuentas es lo que llevo haciendo toda la vida, al menos desde que tengo uso de razón. No debe ser más difícil que caminar sobre el hielo quebradizo del lago o subir por las escarpadas laderas.

Nada más empezar se dio cuenta de que el iba a ser un largo viaje, por las mañanas, la hierba congelada por las heladas nocturnas se quebraba bajo sus pies. El hombre joven pensó que tal vez debería dar la vuelta y regresar al abrigo del campamento de invierno; a fin de cuentas tan sólo se trataba de un sueño, unos seres extraños que viajaban en manadas y recorrían las grandes aguas no debían existir más que en su imaginación. El hombres sabio tampoco lo era tanto, no sería la primera vez que se equivocaba con sus consejos; la gente del poblado aún lo aguantaba porque no sabían que hacer sin alguien que les indicase el camino correcto.

El inmenso silencio de las tierras yermas vertía rumores de inquietud en sus oídos. ¿A qué se debía la insatisfecha necesidad de conocer el origen de sus sueños? ¿Merecían la pena semejantes tribulaciones con tal de satisfacer aquella comezón? Sólo lo sabría si conseguía llegar al final del camino –“Cuando veas pájaros de grandes picos y níveo plumaje” –le había dicho el hombre sabio. El caminante se dijo a sí mismo que tales seres, al igual que los gigantes acuáticos de sus pesadillas, tan sólo existían en la delirante imaginación del hombre sabio, el cual jamás había salido de su choza más que para husmear el aire en las noches de tormenta.

Al cabo de muchas jornadas de viaje, la brisa lo envolvió con un extraño olor desconocido para él. A cada dura jornada que dejaba atrás, los seres de sus pesadillas se hacían más evidentes ante su perpleja mirada, preñada de ensoñación. Eran enormes y navegan orgullosos sobre las grandes aguas dominando a los seres que habitaban en las mismas sin hacer distinción alguna. El aire se daba trazas desconocidas a cada paso que daba, incluso se diría que sabía distinto…salado.

Cuando por primera vez vio uno de aquellos pájaros no fue capaz ni de parpadear. Había cientos de ellos; graznaban histéricos sobre una gran montaña, algo hedía a muerte en varios kilómetros a la redonda. Cerca, muy cerca, estaban las grandes aguas. Tan sólo a unos metros de aquel gran montón de tripas y piel podridas. ¿Era aquel uno de aquellos seres? Desde luego se asemejaba mucho; sin embargo carecía del lustre brillante de su ensoñación y distaba mucho del majestuoso aspecto de los seres que imaginaba cada noche.

Pero, por otro lado, hay estaban los pájaros de grandes picos, con su níveo plumaje manchado de restos apestosos. Ellos, sin duda, eran los pájaros que el hombre sabio había mencionado. Entonces, ¿habría llegado al final de su camino?

Decidió seguir caminando y dejar atrás la montaña de piel y tripas; los pájaros lo miraban al pasar con una expresión de indiferencia -¿Qué haces aquí? –parecían querer preguntarle.

Transcurrieron dos jornadas más de aquel extraño viaje; nuevamente la soledad se apoderó del entorno. Caminó recorriendo la lengua del agua. Una orilla gris y sin luz, cubierta de un cielo siempre encapotado y amenazando lluvia; a lo lejos, sobre un gran farallón que caía a pico sobre las olas, estaba su ciudad. Había llegado al final del camino, al ansiado encuentro con la respuesta que ansiaba. Por fin iba a descubrir el verdadero significado de aquel persistente sueño.

Alcanzó las puertas de aquella ciudad; nadie las vigilaba y estaban abiertas de par en par. Lo primero que descubrió fue el origen de los canales con los que soñaba. La marea alta se colaba por los muros derruidos y el agua se colaba por entre las calles estrechas y pendientes. Observó con más detenimiento y comprobó que el mar arrastraba cientos de cuerpos, que se amontonaban los unos sobre los otros formando un todo. El olor era insoportable. De nuevo pudo ver como las bandadas de pájaros de níveo plumaje se aferraban a lo más alto de las almenas, enseñoreándose del horizonte con sus graznidos. No había nadie, no había quedado nadie; la ciudad era un inmenso montón de ruinas y muerte. El hombre joven abandonó aquella pesadilla y volvió a la orilla; una ligera llovizna le salpicó el rostro. Se sentó sobre el manto de conchas que cubría la arena y se entretuvo contemplando el horizonte.

El hombre joven caviló en silencio; aquel había sido el viaje de su vida, la experiencia vital que lo acabaría de convertir en hombre, y sin embargo tan sólo había encontrado a su paso muerte y destrucción. ¿Qué le contaría al hombre sabio cuando regresara? ¿Qué pensarían de él cuando descubrieran que había partido en busca de una esperanza, y regresaba con su hatillo repleto de frustración?

El hombre joven resopló resignado; se acababa de percatar de que aquella no era una sensación nueva. Cada minuto, cada hora, cada día de su existencia se topaba con aquellas contradicciones, sin embargo, se veía obligado a continuar el camino, a dar un paso más y continuar en busca de la próxima decepción, ¿qué podía hacer si no?

Se incorporó, miró a derecha e izquierda intentando grabar en su retina hasta el más nimio detalle, y emprendió de nuevo el largo regreso a casa. El páramo era un desierto yermo y sin vida… Al abrigo de la bahía, los restos de una antigua flota, desarbolada y al pairo, se mecían al albur de un viento que cada vez arreciaba con más fuerza.


Diego Castro Sánchez


 

Lo que Alejandra no sabía 10 septiembre 2009

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Lo que Alejandra no sabía

Hola, mamá. ¿Te acuerdas de Alejandra? Sí, esa muchacha joven, de piel morena y pelo oscuro que había venido de Argentina a España con su familia y que estaba estudiando en la Universidad Complutense. Se pagaba los estudios cuidando niños. Así la conocimos ¿La recuerdas?

Alejandra era una chica simpática, con ese inconfundible acento tan característico, muy risueña. Era muy inteligente y nos enseñó muchísimas cosas, aunque hoy sólo nos acordemos de aquel momento en el que, jugando, David amenazó con cogerla y ella se ruborizó. Claro, luego nos explicó que, en su país, coger era follar.

Esta muchacha llegó a nuestras vidas en un momento muy complicado. Ella tenía que venir a casa a las ocho de la tarde y se quedaba a dormir durante toda la noche, cuidando de los cuatro niños varones, porque, según explicaste, tú trabajabas en los servicios de limpieza de Metro de Madrid y las jornadas eran nocturnas. Claro, ante este panorama, no tenías a nadie que se quedase con tus niños y de ahí la necesidad de contratar a una niñera.

Lo que Alejandra no sabía era que tú no trabajabas por las noches en ningún sitio. Tú no podías quedarte a dormir en casa porque dormías en otro lado, en la casa de ese borracho, al que luego dejaste por su hermano, y que no quería saber nada de unos hijos que no fuesen los suyos.

Alejandra durmió durante muchos meses en nuestra casa, de domingo a jueves, para así poder garantizar que hubiera algún adulto por la mañana que nos prepararse para ir a la escuela. Ella pensaba que eran los días que trabajabas, pero lo que no sabía era que, si tenía que hacer esa jornada, era para evitar que recibieras otra carta del colegio avisando que tus hijos iban a clase con síntomas de abandono familiar, con la consiguiente amenaza de avisar a los servicios sociales. Antes nos cuidaba mis hermanas, las mayores. Pero claro, ellas eran malas, o eso decías. La mayor se había marchado para vivir una vida llena de libertinaje y la otra se había convertido en tu Satanás. Ya no quería ayudarte. Lo que no nos contaste era que ellas se habían cansado de jugar a ser mayores, y que te habían pedido que te quedases en casa, con tus hijos, para ellas poder ser las adolescentes que aún eran. Y durante muchos meses estuvimos los cuatro solos, sin más control que el que nos prestábamos los unos a los otros… Hasta que recibiste la carta y llamaste a Alejandra.

Ella sabía que teníamos unas hermanas mayores. Le distes unas instrucciones por si ellas aparecían, y eso era algo que no entendía. No obstante, para Alejandra lo importante era cobrar, que tenía que ayudar a su familia y pagarse la carrera. Así que nunca preguntó. Ella; ¡A mandar!

Posiblemente Alejandra no entendía muchos de los avatares de la casa. No entendía cómo me podía estar pegando con mis hermanos pequeños a todas horas, y exigirles el pago de una deuda que ascendía a un millón de pesetas, y que habían contraído conmigo debido a una apuesta. Claro, entonces mis tres años de diferencia eran suficientes cómo para poder ganarles en retos que para ellos eran imposibles, y luego, cuál matón por el patio de recreo, exigirles un tributo como si fuese un canon sobre la paga de veinticinco pesetas. Luego crecieron y, por supuesto que se me quitaron las ganas de seguir exigiendo. Tampoco entendía por qué David no quería hacer los deberes, quién se negaba en rotundo a tocar un libro si no era bajo una amenaza, como tampoco entendía por qué no había día donde Daniel no llorase tras el cristal de la ventana mientras observaba cómo te marchabas y José, en su línea de siempre, le decía que ya te vería mañana, como siempre.

Alejandra no entendía muchas cosas que le contábamos, a pesar de tu insistencia en no decir nada, cómo ese miedo que habitaba en nosotros respecto a la abuela. Repetíamos como loros que ella era mala, “que mamá nos lo había dicho” y le contábamos las aventuras que teníamos que pasar cuando ella, así, sin avisar, se presentaba en la puerta del colegio. Claro, ella no subía a casa. No quería verte… bueno, no queríais veros. Aunque lo cierto era que jamás os hubierais encontrado. Tú sólo venías a las ocho de la tarde, traías la compra, recogías un poco y te marchabas: A tu otra casa, con tu otra familia.

Alejandra nos cuidó durante varios meses. Llegaba a casa, se sentaba con nosotros para ver si teníamos problemas con los deberes del colegio, nos pedía que nos fuésemos a la ducha (Que si no íbamos, nos duchaba ella y nos daba mucha vergüenza), nos daba la cena y después conversaba con nosotros un poco antes de pedirnos que nos fuéramos a la cama. Nos daba dos besos y hasta mañana. Y era muy curioso para mí, porque no guardaba el recuerdo de que tú hicieses este proceso que repetimos durante el tiempo que ella estuvo en casa. Era extraño, me decía a mí mismo.

Ella solía quedarse hasta tarde viendo la televisión y después se iba a la cama, a tu cama, siempre vacía, aunque entonces pasó a ser ocupada por ella. Decías que así, al menos, nadie usaría tus sábanas para fornicar y ya por aquel entonces, que empezaba a convertirme en tu nuevo confidente, supe por qué lo decías… o mejor dicho, por quién. Y aunque Alejandra jamás subió un chico delante de nosotros, diría que una noche, en el silencio donde todo se escucha, cierto ruido de muelles llegó hasta mi habitación. Al despertar no había nadie con ella, pero siempre pensé que Alejandra usó tus sábanas para algo más que dormir. Una extraña usando tu cama… aunque en realidad a ti te daba igual, aquella queja que tanto acuñabas, sólo era tu instrumento para protestar.

El tiempo que estuvo Alejandra con nosotros, no lo recuerdo muy bien. Creo que fueron cinco meses. Hasta que un día le dijiste que te habían cambiado de centro de trabajo y ya no necesitabas a alguien que se quedase por las noches. La liquidaste y ella se marchó. Lo que Alejandra nunca supo fue que, en realidad, habías roto tu relación con el borracho (y ya germinaba la otra, con el hermano), que ya podías volver a tu cama olvidada y que por tanto no necesitabas de sus servicios. Se marchó sin entender muchas cosas, las mismas que aún hoy yo no entiendo… pero claro, ella sólo era la niñera y yo el niño que dejabas en casa.


Roberto Arévalo
http://rarevalo.es.tl
http://esperandoserleido.blogspot.com


 

No deseado 9 septiembre 2009

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RELATO GANADOR DEL 2º PREMIO EN EL V CERTAMEN DE RELATO CORTO AMFE-MUJER 2006 de Castilleja de la Cuesta. Sevilla

 


LOLA MONTALVO CARCELÉN


 

NO DESEADO


La sala de espera de la consulta estaba llena de mujeres. Sólo había un señor, al fondo, leyendo el periódico. Cati deseó que no se tratara de otro abogado con ganas de pleitos y denuncias. Últimamente habían recibido dos y, reconoció muy a su pesar, esto le había producido una inmensa molestia y le había quitado bastante de la confianza profesional de la que siempre hacía gala. Cruzó la sala lo más rápidamente que le permitieron sus gruesas botas mientras saludaba con un gesto a las mujeres que repetían visita. Cerró la puerta de su consulta tras de sí. El hombre del periódico no se movió ni levantó la vista de su lectura. Bueno, ya afrontaría el problema cuando se le planteara… ¿Para qué adelantarse? Quizá sólo estaba resguardándose del frío y la lluvia que arrasaba la ciudad aquella horrorosa mañana. Paco no había llegado aún. Con un gesto de fastidio recordó que le había dado permiso para que asistiera a un curso que organizaba el Hospital Comarcal. No iba a ser un buen día, seguro que no.

Se dispuso a preparar su consulta para empezar a visitar a sus pacientes. Todo estaba muy limpio. Un agradable olor a jabón y desinfectante le garantizó que el hombre que había contratado para que se ocupara de las labores de limpieza había cumplido con su trabajo la tarde anterior. Un examen riguroso de los suelos, las mesas y demás enseres le confirmaron que todo estaba impoluto. Estaba claro que Emilio, que así se llamaba, no la había engañado cuando le aseguró tres días atrás que sabía limpiar y que le gustaba hacerlo. Además, le había ordenado los libros de la estantería y le había regado todas las macetas. Puso una sábana limpia en la camilla de exploración ginecológica. No le agradaba utilizar esos grandes rollos de papel de celulosa. Consideraba que ese material es excesivamente rígido y áspero a la piel. Además, las sabanillas de algodón se podían lavar miles de veces y no ponían en peligro los bosques. Su espítiru ecologista estuvo absolutamente conforme con su sentido común.

Suspiró profundamente mientras se colocaba la bata blanca. Comprobó que la habían lavado y planchado. Desde luego este hombre no tiene desperdicio, pensó con satisfacción. Pero, ¿cuando lo ha hecho? ¿El fin de semana? Aún asombrada, se sentó en el borde de la mesa de despacho mientras hojeaba las historias de las pacientes que visitaría esa mañana. Paco, el auxiliar de enfermería que, además, llevaba las tareas administrativas, le había pegado unos papelitos amarillos en las carpetas que correspondían a las pacientes nuevas. Había tres papelitos, tres nombres nuevos. Tres caras por conocer. Tres vidas por descubrir. Ellas eran las primeras en su registro de visitas. Esa jornada vería a más de veinte mujeres. Su trabajo en la consulta de Ginecología, Obstetricia y Planificación Familiar, perteneciente a una conocida ONG, lejos de menguar, aumentaba cada día más. Cogió la primera carpeta y se dirigió a la puerta. Al estar ausente Paco, debería encargarse ella de ir llamando a cada una de las mujeres. Bueno, no pasa nada.

- ¿Adoración Castro?-una mujer se puso de pie-. Por favor, entre.

Dori había llegado pronto. Dejó los niños en casa de su hermana y tomó el tren que la llevaría a la ciudad. http://newsimg.bbc.co.uk/media/images/45166000/jpg/_45166576_02embarazo.jpgEn el mostrador de atención le indicaron muy amablemente que la doctora se retrasaría un poco. El tráfico, la lluvia, hoy es lunes… ya sabe. Se sentó en la concurrida sala de espera. Estaba muy nerviosa. Una enorme preocupación se le había agarrado en las vísceras desde que había tomado la decisión. Y Arturo no podía enterarse nunca. ¡Nunca! Los ataques de miedo y angustia le aceleraban dolorosamente el corazón. Estuvo a punto de irse varias veces. Se hallaba ya de pie dispuesta a hacerlo cuando vió entrar a una mujer madura. Vestía vaqueros y un gigantesco jersey que le llegaba a la mitad de los muslos. Al verla entrar con decisión en una de las salas supo que se trataba de la doctora. Se sentó otra vez.

Arturo nunca le había tratado mal pero era inmensamente egoísta. No la ayudó jamás con los niños ni con nada de la casa y eso que trabajaban los dos fuera. No la chillaba nunca. No la insultó jamás. Pero la ignoró desde el mismo día de la boda. Una vez a la semana, con absoluta puntualidad, los sábados por la noche, le bajaba la ropa interior y desahogaba en ella todo lo que llevaba acumulado sin preocuparse de si la persona que estaba bajo él sentía o penaba. Una vez que había terminado se giraba en la cama dándole la espalda y se quedaba dormido. Así desde hacía diez años. Y así había tenido cinco hijos y un aborto.

Dori no deseaba tener más hijos. Alguna vez se había atrevido a insinuárselo. Había reunido todo el valor que encontraba en su débil espíritu y se lo había soltado cuando creía que Arturo estaba más tranquilo: tras una buena comida o cuando su equipo de fútbol favorito ganaba. Y lo único que había recibido por respuesta fue una espantosa mirada de desprecio. Era capaz de dejarla paralizada cuando la miraba de esa forma. Y al sábado siguiente durante los diez minutos que duraba el asalto sobre su flaco cuerpo notaba toda la rabia y toda la furia que sus palabras habían provocado en él. A veces, incluso, sangraba varios días a consecuencia de la violencia de sus acometidas. No, nunca le había pegado, ni gritado, ni insultado pero le tenía tanto miedo, su sola presencia le causaba tanto espanto, que la anulaba y la esclavizaba con solo mirarla u ordenarla algo.

Cuando Dori vió que otra vez se le retrasaba el periodo supo que ya no podría soportar otro embarazo. En el último casi pierde la vida por las muchas complicaciones que sufrió. Cuando por fin tuvo a su querido Pepín, Arturo la vigiló estrechamente para que no tomara medicación anticonceptiva ya que la religión de ambos lo prohibía expresamente. Además, el farmacéutico era su hermano y no le dispensaría nada similar. A ella no. Sería inevitable que otra vez la preñara y, efectivamente, así sucedió.

Estaba aterrorizada ante el nuevo embarazo. No sabía que hacer. La angustia le impedía dormir o comer. Su marido la vigilaba estrechamente oliéndose algo. Una mañana, nunca podría recordar si por accidente o si fue que ella, inconscientemente, buscó la ocasión, se cayó rodando por la escalera de la azotea al terminar de tender una colada de ropa blanca. Estuvo inconsciente en el suelo del pasillo más de una hora. El resultado, miles de hematomas, una brecha en la ceja, otra en la barbilla y un legrado de urgencia. Eso fue hace quince días. Al día siguiente de que le dieran el alta llamó a la ONG que le había recomendado una enfermera en el hospital, en los únicos diez minutos que Arturo la había dejado sola para ir a comprar el Marca. Sabía que no debía dar marcha atrás y seguir adelante con su decisión. Cuando despertó de su accidente sólo tenía en mente una cosa. Liberarse. Y eso pasaba, necesariamente, por evitar otra posible preñez. Iría paso a paso. Cada día le echaría un poco más de valor. Otros, sabía que flaquearía. Otros muchos, el terror no la dejaría pensar o moverse. Pero un día se liberaría de su yugo.

Para llegar a esa sala de espera había sufrido mucho. Y, aún ya sentada, había estado a punto de volver a casa dejándose llevar por el temor. Pero la puerta de la consulta se abrió y aquella mujer de los vaqueros y el enorme jersey la llamó por su nombre. Se levantó. Agarró su paraguas, su bolso y su abrigo y con paso lento se dirigió a la puerta que la doctora mantenía abierta mientras la miraba a la cara y la sonreía abiertamente. Entró y la puerta se cerró tras ella. Ya estaba hecho.

Ascen vió cómo la doctora cerraba la puerta tras la demacrada mujer. Ella sería la siguiente. Sabía que tardaría un buen rato en llamarla. Ya se sabe, las consultas de ginecología son así. Mientras tanto decidió ponerse a leer un ratito la novela que Marian, su hermana, le había recomendado. Pero cuando llevaba la mitad de la primera página se dio cuenta de que no se estaba enterando de nada de lo que leía. Las palabras corrían ante sus ojos pero su mente estaba en otro sitio. Intentaba mantener la calma pero estaba muerta de miedo.

Las fiestas de su barrio fueron un estupendo paréntesis en la rutina de sus estudios en la universidad. Le encantaba estudiar pero, la verdad, una alegría al cuerpo de vez en cuando no le sentaba nada mal. Además, le vendría de perlas para poder retomar las clases con energías nuevas. Su amiga Paqui estaba entusiasmada hasta rozar la histeria. Había conocido a un buen mozo que correspondía a sus atenciones y le devolvía las llamadas con solicitud. Quería presentárselo en una de las fiestas privadas que sus amigos celebrarían y, de paso, le llevaría al amigo de su amigo para que no estuviera sola y se divirtiera y… Bueno, ¡tú me entiendes!, Le decía mientras su sonora risa llenaba el cable del teléfono y casi toda la casa. Total, que tenía un plan aceptable para las fiestas. La cosa prometía bien, sobre todo cuando Paqui le había asegurado que el chico en cuestión estaba de muy buen ver.

La noche del sarao fue tal y como se la había imaginado. El joven era tal y como estaba previsto que fuera. Carlos era su nombre. A las pocas horas Paqui y su pareja decidieron buscar un sitio más cómodo para seguir su cálida conversación. Eso no molestó a Ascen en absoluto, más bien al contrario. Su nuevo amigo era muy divertido, agradable y de inteligente conversación, no como los mentecatos que había conocido en los últimos meses. La música era genial. El ambiente electrizaba. Y el alcohol que había ingerido sin parar bajó su cota de alerta a niveles bajo cero. Cuando se quiso dar cuenta, estaban los dos en un coche. En el de Carlos. Su ropa descolocada y sus prisas le hicieron perder el control. Pero, aún seriamente afectada por los vapores etílicos, algo se disparó en su conciencia. Oye, Carlos, tendrás protección, ¿verdad? El otro murmuró, quizá demasiado deprisa, eso lo supo después, que sí, que sí, todo está bajo control. Cuando terminó se dio cuenta que el estupendo muchacho que creía haber encontrado era un impresentable más. No sólo no había usado ningún medio ni nada, si no que, casi en cueros, la dejó en plena calle, a altas horas de la noche, medio ebria y ahumada por la porquería que salía de su tubo de escape. Lo último que vió de él fue las luces de su coche cuando se alejaba a toda velocidad.

No servía de nada lamentarse ni tampoco sentirse ridícula como una mema. Pero, la verdad, era así como se sentía. Cuando por fin llegó a su casa se lavó, se metió en la ducha y se restregó con la esponja hasta casi arrancarse la piel. Aun así, sabía que no serviría de nada. De nada. Y lo peor no era sólo que en quince días no le bajara la regla. Lo peor era que ese…, ese don Juan tuviera alguna infección que se pudiera contagiar por esa vía. ¡Qué boba, pero que lío más gordo, pero qué tonta soy!

A la mañana siguiente evitó mirarse al espejo. Se avergonzaba de su propia sombra y temía con espanto la llamada de su querida Paqui. La jaqueca y la resaca no la ayudaban demasiado. No sabía qué le diría ni cómo se lo explicaría. Justo después de comer sonó su móvil. Era su amiga. Con manos temblorosas apretó el botón verde del aparato y, casi sin tener conciencia de ello y en un trabalenguas inconexo, le relató su penosa experiencia, su vergüenza y su miedo. Las lágrimas de pesar se mezclaban con las de una creciente rabia. Paqui lo solucionó todo en quince minutos. Llamó a su amigo Paco, un auxiliar de enfermería que trabajaba en la consulta de Ginecología de una ONG, y le consiguió una cita de urgencia para el día siguiente, lunes, a primera hora. Ascen, aún se pueden intentar muchas cosas antes de preocuparse. Todo irá bien, ya verás.

La puerta de la consulta se abrió y salió la mujer. Estrujaba unos papeles en su mano. La doctora la apretó con calidez el hombro y ella asintió con decisión. Se giró y se dispuso a salir de la sala de espera. No parecía la misma que había entrado unos momentos antes. La doctora llamó:

- Ascensión Ríos, por favor.- Ascen se levantó y, casi corriendo, se dirigió a la puerta abierta.

http://1.bp.blogspot.com/_l8m5z6ZAGHM/STvp25RIGdI/AAAAAAAAAHg/SdUmgP3QGso/s320/embarazo_adolescente_3.jpgElisa vió cómo una joven pelirroja muy alta se ponía rápidamente en pie y trotaba con agilidad hacia la consulta, cuya puerta la doctora mantenía abierta. Ella entraría detrás de la pelirroja. Deseaba que todo pasara rápido. Se tocaba el vientre con movimientos mecánicos. Creía notar que algo caracoleaba en su interior. Quizá era demasiado pronto.

Una semana atrás tomaba el sol en la terraza de su amplio cuarto. Acababa de hacerse el test de gestación que había comprado en una farmacia y el resultado habían sido dos rayitas. No hacía falta ninguna prueba. Lo supo desde el mismo momento en que se le había retrasado la regla, hacía mucho más de un mes. Recostada en una cómoda tumbona acolchada, cerró los ojos mientras contenía las lágrimas que le escocían tras los párpados. Su amiga Charo le había asegurado que la primera vez que lo hacías era imposible quedarse preñada. Según ella, lo había leído en una de las revistas de su madre. Su novio también le aseguró que tenía experiencia en la marcha atrás, método infalible según su concurrido círculo de amigos, ya que a ninguno le había fallado jamás. Los preservativos, aseguró con tonillo de superioridad, tenían el grave peligro de quedarse dentro y hacer necesario acudir a un centro de urgencias. No, insistió, no debía estar preocupada, él sabía lo que hacía y no pasaría nada. Además, si después de todo se lavaba con agua fría a chorro durante diez minutos ningún espermatozoide sería capaz de soportarlo ni sobrevivir. Elisa lo recordaba todo con asco y rabia.

Cuando supo que la cosa era ya un auténtico y enorme problema, navegó por Internet y comprobó que toda la información que habían manejado estaba totalmente equivocada. ¿Por qué no habría hecho eso antes? ¡Todo, todo lo que le habían asegurado como una verdad demostrada, estaba establecido científicamente que se trataba de métodos ineficaces e inútiles para evitar un embarazo! Tenía quince años y toda su vida se había fastidiado para siempre, por crédula e ignorante. ¡Con la de planes que había hecho para su futuro! ¡Ella debía dedicarse a estudiar para su carrera universitaria, no dar biberones, ni cambiar pañales!

Mientras tomaba el sol escuchaba cómo su madre trajinaba de un lado a otro. La mujer asomó la cabeza por el balcón buscándola. Tenía el pelo lleno de rulos y sobre su labio superior una gruesa capa de crema depilatoria. Ella y su padre pasarían el fin de semana fuera y Elisa quedaría al cargo de Nati, la mujer que se ocupaba de la casa y que, se podría decir, había sido siempre casi su segunda madre.

- ¡Elisa, Elisa, ven, anda, que necesito que me ayudes! –asomó otra vez la cabeza por la puerta de la terraza y, haciendo visera con la mano sobre sus bonitos ojos, le dirigió un gesto nervioso. Elisa dejó a un lado la revista que había intentado leer y se levantó. Un ligero mareo amenazó con hacerla caer. Su madre no se dio cuenta de nada ya que se encontraba otra vez trasteando con la maleta.- Búscame en el cajón los gemelos de tu padre, nena. Me acabo de pintar las uñas…

Elisa contuvo a duras penas un suspiro de fastidio. Buscó en uno de los cajones de la cómoda y sacó una cajita de terciopelo verde. Su madre la tomó con la punta de los dedos y la dejó caer en uno de los bolsillos interiores de la maleta.

- Mami, necesito hablar contigo.

- Nena, ahora no puede ser. Tu padre vendrá en una hora y mira cómo estoy todavía.- Miró el reloj situado sobre la mesilla – ¡Pero qué tarde es, anda cielo vete a tomar el sol y no te pongas en medio!

- Mamá – insistió Elisa agobiada – es que me pasa algo muy, muy gordo y necesito hablar contigo.-Su voz se apagó en un susurro. El llanto le cerraba con furia la garganta. Su madre se quedó paralizada. Sujetaba unas zapatillas con dos dedos y una bolsita de felpa con otros dos. Estaba graciosa, pensó Elisa.- Mamá, necesito que me ayudes… –el llanto tanto tiempo contenido reventó con furia. La madre dejó caer las zapatillas y la bolsita y se acercó a la niña. Le cogió la cara con las manos y le apartó el pelo. Elisa notó el olor a limpio que siempre tenía su madre, incluso cuando venía de jugar al tenis o de correr. La miró muy seria, preocupada. El ceño fruncido, la boca apretada. La joven empezó a contarle. Primero con palabras entrecortadas, poco después atropellándose y atragantándose con las lágrimas y la vergüenza. Su madre no la interrumpió. No la soltó ni dejó de mirarla. Cuando terminó, Elisa tenía la mirada fija en el suelo, en las zapatillas caídas. No podía afrontar los ojos que tanto temía y respetaba.

La mujer cogió a la niña de las manos y con ella se dirigió al despacho. Se limpió la cara con la toalla que llevaba al cuello mientras que con la mano libre buscaba un teléfono en la agenda que siempre llevaba en su bolso. Marcó un número. Esperó mientras miraba a su hija a la cara. Varios timbres después alguien contestó. Hablaron durante unos minutos y quedaron en un lugar concreto un día y a una hora. Ese fin de semana su mamá no acompañó a su padre a su compromiso. Estuvo con ella todo el tiempo. Se encargó de llamar primero y de hablar personalmente con la madre de Javi, su novio. Hubo palabras de reproche. Hubo desesperación. Hubo angustia. Pero ambas madres eran conscientes de que los dos jóvenes se encontraban en un serio apuro y había que afrontarlo con responsabilidad y sin ira.

Elisa miraba con ansiedad la puerta de la consulta. Tardaban demasiado. Su madre, sentada a su lado, le enseñó una foto de un conocido de la familia que aparecía en una revista de sociedad, intentando que se relajara. Sabía que la niña estaba aterrada. El hecho de saber que la ginecóloga era la prima de su marido no ayudó demasiado. Las dos familias habían acordado, tras una cena de conciliación la noche anterior, que harían lo que los jóvenes decidieran tras la visita médica. La muchacha estaba de casi tres faltas. Se temía que, en pocos meses, su papel como madre tomaría nuevos derroteros y debería afrontar responsabilidades ya olvidadas. Estaba claro que algo había fallado. Su hija había confiado en amigos que la habían convencido con estupideces y rancias leyendas. Nunca había mantenido con Elisa una conversación sobre métodos anticonceptivos. No creyó que fuera el momento. Era una niña. Cuando tuviera suficiente edad ya se encargaría de informarla. El resultado había dejado de manifiesto su gran error. Y el embarazo de su nena era su culpa y siempre lo sería. Por ello no la había reñido ni había consentido que lo hiciera su marido. No sentía vergüenza por su familia. Sentía pena por el trance que Elisa debía afrontar cuando aún era tan niña. Pero ella la ayudaría hasta el final. La puerta de la consulta se abrió.

Cati apagó las luces de la consulta. Ya había recogido todas las historias de las pacientes y metido el material usado en líquido desinfectante para que Paco lo esterilizara a primera hora. Mariano, su señor de la limpieza, llegaría en breve. Estaba deseando verle para felicitarle por su buen trabajo. La puerta de la consulta estaba entornada y la única luz que había era la de la sala de espera. Cogió su bolso y salió. La sala estaba desierta. Increíble. El hombre del periódico que había visto por la mañana había desaparecido sin dejar rastro. Estaba claro que se preocupaba en exceso y sin motivo alguno. No tenía por qué dudar de lo correcto de su trabajo. Atendía a toda aquella mujer que lo precisara. No traspasaba ningún límite legal y no hacía nada inmoral. Sólo ayudaba. Y aún así ciertos grupos y asociaciones de orden moral se abanderaban como defensores de la vida y de la familia contra ella. ¡Como si Cati no defendiera y respetara a la familia como un orden de valor incalculable!

Estaba muy cansada. Salió de la sala de espera. Saludó a la recepcionista de la sede de la ONG. ¡Hasta mañana! El martes tendría menos pacientes que ver e iría al centro cívico y cultural del barrio. Le pedían una vez al mes que impartiera charlas a jóvenes sobre relaciones sexuales responsables, sobre la prevención de enfermedades de transmisión por esa vía y sobre medios anticonceptivos. Llevaba haciéndolo más de siete años y cada día había más embarazos en adolescentes, más embarazos no deseados y más infecciones graves. ¿Qué es lo que falla, qué? ¡Mi voz es un susurro en el desierto! Los jóvenes siguen haciendo caso de estupideces y cuentos arcaicos, se siguen tirando al vacío sin red y … Suspiró con fastidio. Todos los días sentía el mismo hastío, lo reconocía con pena y tristeza, pero no dejaría de hacer su trabajo mientras creyera que servía de algo. Y de algo serviría, ¿no? Por lo menos las mujeres que salían de su consulta se iban algo aliviadas al ser entendidas y escuchadas. Y algunas aprendían de sus errores.

Cati salió del edificio y, caminando a paso vivo, se perdió entre la gente que abarrotaba la luminosa calle comercial. La multitud la engulló y se tragó sus pensamientos. El hombre del periódico la vió alejarse, tal y como llevaba meses haciendo. Se cerró el abrigo, se subió la bufanda tapándose media cara y se lanzó calle abajo, en dirección opuesta a la de Cati. Mañana, quizá mañana será el día.

Lola Montalvo Carcelén



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El Guardian del Lago (II) 8 septiembre 2009

Archivado en: Amigos autores — claudiaynel @ 11:16

(CONTINUACION de “El Guardián del Lago (I)”)

Y llegó el día esperado. Sarkan, Yuryl y una escolta de sus mejores soldados y caballeros se prepararon para emprender el viaje hacia Vyalar. Poco antes de partir, el señor de Voklat y su anciano consejero contemplaban la Torre desde la orilla del lago. Yuryl le dijo muy serio a su señor:

– He observado algunas cosas que me han hecho sentir inquieto. He visto, por ejemplo, que no guardáis en vuestra fortaleza ningún caballo.

–¿Para qué?—replicó Sarkan, mientras le ajustaban la armadura.–Mis caballos lo pasan mal cuando atraviesan el lago en barco. No les gusta el tremolar de las velas, ni los crujidos de la madera. Se vuelven nerviosos y difíciles. Prefiero tenerlos aquí, en la orilla, en el fuerte que guarda el camino hacia la villa de Karalya.

Yuryl frunció el ceño. Mirando de reojo a su señor, preguntó:

–¿No pensáis construir un puente para unir vuestra Torre con la orilla?

Sarkan rió a carcajadas.

–¿Un puente, Yuryl? ¡Esa sí que es buena!—exclamó—Fíjate: mi Torre está rodeada por el mayor foso natural que jamás se haya visto. Si quiero salir de ella, puedo hacerlo rápidamente en barco. No necesito puentes—terminó desdeñoso—Si construyo uno, estaré invitando a mis enemigos a tomar mi fortaleza por asalto.

–Mi señor —continuó Yuryl, algo enojado— es de alabar vuestra preocupación por mantener inexpugnable vuestra fortaleza. Sin embargo, con toda esa preocupación, parece que os habéis olvidado de vigilar la ladera norte de la montaña.

Sarkan suspiró impaciente. Estaba deseando partir de una vez hacia Vyalar. Allí le esperaban honores, un pacto que le haría poderoso y, lo que en el fondo más anhelaba encontrar: la bella princesa Heledya. De cabellos como el oro, esbelta como un junco, con la piel de alabastro y las mejillas del color de la aurora. Así se la habían descrito. Apenas podía esperar para conocerla. “Veintitrés años tengo ya”, se decía una y otra vez, molesto “ Si espero más para casarme, acabaré siendo demasiado viejo.” Se volvió ceñudo hacia su consejero y dijo:

–Mira, Yuryl: no necesito guardar la ladera norte. Sabes muy bien que es impracticable. Rocas afiladas recubiertas de hielo, simas profundas, grietas ocultas… haría falta tener muchísima fuerza y tesón para escalarla.

Yuryl no dijo nada. Se apoyó en su báculo y fijó la vista en las tranquilas aguas.

Algo más tarde, la comitiva del señor de Voklat dejaba atrás las estribaciones de la montaña. Sarkan recordó de pronto que debían pasar una vez más frente al molino de Klarvan. El joven guerrero se encogió, como dolorido. Pues Klarvan era para él como una dolorosa espina clavada en su costado. Consciente del poder que tenía sobre su señor, el molinero se entretenía jugando con Sarkan como se entretiene jugando con el ratón el gato. “El miserable bastardo”, pensaba furioso el señor de Voklat, “sabe muy bien cómo herirme sin desangrarme. Cómo torturarme sin llegar a matarme. ¿Cuál fue la última que te hizo, Sarkan?”, trató de recordar. Esbozó una sonrisa torcida. La última jugarreta de Klarvan tuvo que ver con sus caballos. El vencido rey de Kravok, como prueba de buena voluntad, había enviado a Iznir un valioso regalo: dos destreros de pura sangre, dos palafrenes bien entrenados para los caminos de montaña y dos esbeltas yeguas alazanas. Sarkan sonrió cuando le mostraron aquellos hermosos animales. Se fijó de inmediato en uno de los destreros: un corcel magnífico, de color azabache, de sangre caliente y temperamento fiero. “Este será, a partir de ahora, mi caballo de guerra”, pensó el señor de Voklat emocionado. Ya había pedido que se lo ensillaran, cuando descubrió que tenía a su lado a un mensajero.

–Vengo del molino de Klarvan, mi señor—dijo el muchacho—Me pidió que os hiciera llegar cuanto antes unas palabras.

Sarkan, nada más oír aquello, sintió en el corazón una terrible punzada. Un mensaje urgente de Klarvan solía tener para él los mismos efectos que una violenta herida de lanza. Para disimular, se retiró con la mano unos cabellos de la frente.

–Habla—dijo ceñudo. El joven continuó:

–Klarvan dice que ha visto pasar hace rato un hermoso caballo negro frente a la puerta de su casa. Le ha gustado mucho. Dice que vos ya se lo habéis reservado, y que será un buen animal para emplearlo en la labranza.

Sarkan apretó los puños, furioso. Contempló por última vez a aquel inigualable destrero, que trotaba brioso frente a sus ojos. Respiró hondo. Se preparó, como tantas otras veces, para soportar la humillación y la rabia. Después se volvió hacia el mensajero.

–Dile a Klarvan—murmuró—que se lo haré llegar antes de que termine la mañana.

El señor de Voklat apretó los dientes al recordar aquello. Lo que había ocurrido después había sido incluso peor de lo que esperaba. Klarvan, en su tremenda maldad, había sacrificado aquel hermoso corcel, y, junto a la pared del molino, había puesto a secar al aire su carne. Así, Sarkan, cada vez que pasaba frente a la casa de Klarvan, no podía evitar ver lo que había quedado de su maravilloso corcel de guerra. “Hijo de perra”, pensaba el señor de Voklat, con la sangre hirviéndole en las venas. Mientras escuchaba el sonido de las palas, cada vez más cerca, sentía su corazón latir desbocado. Sarkan el Grande, dueño de Voklat, de Iznir y de Kravok, conquistador de Zokar, vencedor de tantas batallas, se encogía como un niño asustado cada vez que oía el batir de aquellas palas bajo el impulso de la cascada.

Se envaró tenso cuando pasaron frente a la puerta despintada. Mas esta vez tuvo suerte. Nadie asomó por la puerta su mugrienta cabeza. Sarkan enarcó las cejas. Se volvió hacia Yuryl, que se encogió de hombros. Sarkan esbozó una sonrisa. Tal vez algo terrible le había sucedido a Klarvan. “¿Y si ha muerto, Sarkan? ¿Qué será de ti?”, se preguntó preocupado el joven guerrero. Porque, a pesar de todo el daño que le causaba, Sarkan necesitaba de veras a Klarvan. La protección de su Lago Sagrado dependía enteramente de la habilidad inigualable de aquel cruel y miserable molinero.

No pensó más en Klarvan, ni en su dolor y su rabia. Sonrió feliz todo el camino hacia Vyalar, con la mente y el corazón puestos en lo que allí le esperaba. Cuando la comitiva del rey Arwan salió a recibirles, Yuryl dejó escapar un grito de sorpresa. Oro, plata, piedras preciosas, refulgían en las ropas y en los arreos de los caballos de aquellos que les aguardaban. El rey Arwan quería impresionar al joven señor de Voklat. Aunque, por el momento, no lo lograba.

Pues Sarkan no se fijaba en sus joyas o sus riquezas. Sólo tenía ojos para una persona: la princesa Heledya. Nada más verla, se sintió extraño, apocado. Ninguna descripción de las que le habían hecho hacía justicia a la hermosura de aquella doncella. Sarkan, por primera vez en su vida, bajó los ojos al saludar a una dama. Cuando tomó sus manos suaves entre las suyas, sintió que el corazón le palpitaba con fuerza.

DamaClaudia2¿Se había imaginado, acaso, que Heledya tenía una mirada tan serena como las aguas de su lago? ¿Había esperado que su sonrisa fuera tan dulce y tan bondadosa? ¿Le habían hablado de su voz, suave y amable? ¿O de sus manos, de dedos finos y tan pequeñas?

Mientras tenía lugar la ceremonia nupcial, Sarkan se dio cuenta. Acababa de comprender por qué él se había esforzado tanto por construir sobre el lago de sus antepasados una fortaleza. Era por Heledya. Nada más que por ella. Era para que aquella bellísima princesa pudiera vivir allí, y bendecir aquel lugar para siempre con su presencia. Una vez terminó la ceremonia, Sarkan le dijo a Yuryl:

–Volvamos a Iznir. Quiero llegar a mi Torre cuanto antes.

El anciano frunció el ceño.

–¿Por qué tanta prisa?—gruñó, y Sarkan resopló impaciente.

–Porque quiero pasar sobre el Lago mi primera noche con Heledya—dijo enojado– Es ella la que, tras pisar Iznir con su pie divino, lo convertirá para siempre en una sagrada tierra.

Yuryl abrió la boca sorprendido al oír aquello. Inclinó la cabeza. Le asaltó un presentimiento y dijo:

–Mi señor, no vayáis a Iznir todavía. Esperad unos días, aquí en Vyalar.

Sarkan se irguió en toda su estatura. Con las manos en la cintura, le dijo a Yuryl:

–Creo que mis palabras estaban claras ¿no te parece, consejero?

Yuryl sostuvo su mirada y suspiró. Se guardó las ganas de decirle a su señor lo que pensaba: que siendo Heledya tan bella, y estando Sarkan tan enamorado ¿Qué más le daba yacer con ella en Vyalar, en Karalya, en un bosque por el camino, o incluso en la misma cuadra donde guardaba su caballo? Prefirió callarse. Hacía tiempo que Sarkan había dejado de escuchar sus consejos. El señor de Voklat era cada vez más quisquilloso, engreído, caprichoso y descuidado. Preparándose para lo que les deparaba el destino, Yuryl se agarró fuertemente a su báculo.

De acuerdo con los deseos del señor de Voklat, una vez terminado el encuentro, Sarkan, Heledya, escoltas y séquitos se pusieron de inmediato en marcha. Aunque la jornada de viaje era larga, la princesa la aguantó bastante bien. Era fuerte, a pesar de su aspecto delicado. Sarkan, cabalgando junto a ella, la miraba de cuando en cuando y sonreía. Ella, algo azorada, le devolvía con ojos brillantes la sonrisa. Así transcurrió aquel viaje, que para Sarkan, fue una delicia. Tan embelesado estaba mirando a su princesa, que no se daba cuenta ni de por dónde pasaban. Hasta que escuchó una voz conocida.

–¡Mi señor!—dijo la voz, quejumbrosa, estridente e irritada.

Sarkan pegó un respingo. No se había percatado de que estaban ya junto al molino de Klarvan. El hombrecillo paseó sus ojos burlones por encima de la comitiva, y se plantó firmemente junto a Sarkan. El joven guerrero se estremeció al ver su sonrisa. Nunca le había parecido tan ruin, tan lasciva y tan taimada.

–Mi señor—murmuró el molinero, contemplando de arriba abajo a la bella princesa—Sois de veras afortunado. Viajáis siempre en muy buena compañía—se retorció las manos—Pero yo… estoy siempre solo. No sabéis lo abandonado que me siento…

Klarvan calló. Sarkan contuvo el aliento. Entonces, el molinero, dijo en tono socarrón:

–Ayudadme, señor—y señaló a Heledya—Concededme a esa doncella, para que venga a calentarme el lecho.

El silencio que siguió a la petición de Klarvan fue tan absoluto, que pareció que el tiempo se hubiera detenido. Yuryl miró hacia el cielo. Sentía, más que oía, el cantar de la cascada y el rumor de las hojas en el viento. Heledya, ruborizada, miró por un momento a su marido. Asustada al verle vacilar, se ocultó de inmediato tras su velo.

En cuanto a Sarkan, el joven señor no percibía el silencio. Mientras apretaba con fuerza la empuñadura de su espada, escuchaba las voces que corrían por sus venas. Eran las de sus antepasados guerreros, que le hablaban desde el fondo de su alma. Le gritaban que no esperara más, que sacara la espada de su vaina y que descuartizara con ella a aquel miserable hijo de perra.

No dijo nada. Tan sólo picó espuelas. La comitiva le siguió presta. Mientras se alejaban, Klarvan gritaba risueño:

–¡Antes de que caiga la noche, mi señor! ¡Esperaré tan sólo ese tiempo!

Sarkan avanzó un corto trecho en silencio. Súbitamente, detuvo el caballo. Se volvió hacia Yuryl y le dijo:

–¿Qué debo hacer? ¿Qué me aconsejas?

Yuryl se mordió los labios, sin atreverse a hablar. Por fin, con un hilo de voz, contestó:

–Lo más prudente sería darle lo que pide.

Sarkan clavó los ojos en los del anciano. Echando mano de su látigo, enloqueció de repente.

–¡Maldito bastardo!—gritó –¡Tú y tus consejos!

Yuryl trató de parar el golpe. No le sirvió de nada. Acabó en el suelo, dolorido y magullado, viendo cómo Sarkan se alejaba galopando camino abajo, mientras lanzaba su grito de guerra. Yuryl cerró los ojos. Se volvió compungido hacia la joven princesa. “El destino ya está cerrado”, se dijo el anciano. Se puso en pie y se sacudió el polvo. Examinó su hombro ensangrentado. Recogió su báculo. Se puso en marcha. La única que le vio partir fue la bella Heledya: una figura oscura que se perdía entre los árboles. Eso fue lo último que se vio del gran Yuryl, creador de la Torre y de la Isla del Lago. De aquel sabio anciano, que se desvivió por ayudar a su señor a conseguir honores y gloria, una vez se desvaneció entre las sombras del bosque, nunca más se escuchó una palabra.

En cuanto a Sarkan y Klarvan, el molinero recibió de manos del señor de Voklat la paliza de su vida. Sus poderes y su cargo de Guardián del Lago no le sirvieron de nada. Sarkan se lanzó contra él con la fuerza de un guerrero vencedor de batallas, con la ira de un hombre joven que ha sido afrentado, con la desesperación del prisionero que ha sufrido un tormento demasiado largo. Descargó su látigo sobre cada miembro del cuerpo de Klarvan. Lo descargó sobre su rostro, sobre su espalda, sus piernas y sus huesudas nalgas. Klarvan terminó por caer al suelo. Se arrastró gimiendo sobre el polvo. Sarkan detuvo su ataque y le dijo con voz tonante:

–Se acabó. No volverás a humillarme. Nunca más, hijo de perra, se te ocurra volver a pedirme nada.

Klarvan, a través de sus ojos hinchados, vio cómo su señor se alejaba. El maltrecho molinero rodó dolorido por el suelo. Mas, en medio de su dolor, sonrió satisfecho. Había conseguido de su incauto señor lo que tanto deseaba.

Se puso trabajosamente en pie. Se preguntó si podría hacer bien su trabajo. “Claro que podrás”, se animó. “Con lo mucho que te vas a divertir enseñándole a ese engreído Sarkan quién es el verdadero señor del Lago.”

Así, tomando de su cochambroso cobertizo una herramienta parecida a una pértiga, Klarvan caminó hacia la cascada. El agua cantarina caía por una pared escalonada de roca. Aunque a simple vista no se percibían, sobre aquella pared había múltiples aberturas, cubiertas por grandes trozos de piedra. Klarvan paseó su vista sobre ellas. ¿Por cuáles se decidiría? “La de más arriba primero”, pensó, “luego, la tercera empezando por la izquierda. Y, por último, esa pequeña que está toda cubierta de hiedra.” Haciendo un tremendo esfuerzo, trepó hasta donde estaba cada una de aquellas piedras. Con la ayuda de su herramienta, hizo que se desprendieran de sus huecos, y contempló cómo manaba el agua tras ellas.

Agua, pensó. La razón de su vida. ¿Cuándo supo por primera vez que tenía el don? Aun era muy pequeño. Recordó a los hombres del pueblo, poniéndole en las manos dos varas de avellano, y obligándole a caminar, mientras cruzaban sus apuestas. Klarvan, entonces, dejaba de ser un huérfano pobre y despreciado. Se convertía en el dueño del lugar. Caminaba sobre el llano, hasta que veía, como si corrieran sobre la tierra, vías de agua subterráneas, que brillaban como la plata. No necesitaba las varillas. Pero con ellas creaba cierta emoción. Cuando llegaba al lugar que mejor le parecía, del que manaría el chorro de agua más violento, se detenía y cruzaba las varas. Y, una vez que el pozo estaba terminado, todos le palmeaban con admiración la espalda y exclamaban “¿Cómo lo consigues Klarvan?”.

Tenía un don, eso era todo. Veía correr el agua bajo la tierra, como veía, con toda claridad, correr los pensamientos de los hombres dentro de las cabezas. El señor de Voklat era irresistible. Tan joven, tan fogoso, tan limpio de corazón, tan inconsciente. Cómo disfrutaba Klarvan hiriéndole. Cómo se vengaba en aquel guerrero afortunado y victorioso de su existencia miserable y doliente.

Una vez comprobó que su recién terminado trabajo estaba dando los resultados que esperaba, Klarvan se dispuso a emprender camino. Tomó su escuálida mula y, mientras se alejaba de su molino, sonreía taimado. “Mi joven señor, qué poco observador sois ¿no os habéis dado cuenta? La cascada que cae junto a mi casa nunca lleva mucha agua. Esa es mi tarea, señor, retener el agua en vuestro Lago, y es una tarea sagrada. Iznir existe porque soy yo el que detiene los torrentes que lo desaguan. Soy insustituible, señor de Voklat. Aunque os pese, debéis protegerme, cuidarme y hasta obedecerme. Debisteis contener vuestra ira, mi señor. Ahora vuestra suerte está echada.”

Klarvan era feliz. Ya no tenía que servir más a Sarkan. Ahora trabajaría para otros. Una espléndida recompensa le esperaba. “El señor de Zokar estará contento de verme”, pensaba, “a menos que se haya olvidado de su promesa.” Aunque viajó toda la noche, no llegó a la tierra de Zokar hasta el amanecer. Para cuando traspasó las murallas, se sentía deshecho. Hekli, el señor de Zokar, le recibió de inmediato. El viejo señor se quedó anonadado al ver su terrible aspecto.

–En nombre del Cielo, Klarvan ¿qué te ha ocurrido?

–El señor de Voklat y yo discutimos por una mujer. —contestó el molinero con un hilo de voz–No llegamos a ponernos de acuerdo.

Hekli sonrió ladinamente.

–Lo has conseguido ¿verdad?—dijo.

Klarvan asintió diciendo:

–Me ha liberado. Me ha atacado con violencia. Ya no tengo por qué respetar mi cargo.

Hekli se acarició la barbilla y preguntó:

–¿De cuanto disponemos?

–Tres días, mi señor—alcanzó a decir Klarvan antes de desmayarse. Hekli se dispuso a alistar a sus tropas de inmediato. No le interesaba perder el tiempo.

El amanecer entró a través del panel de alabastro de la ventana. El señor de Voklat abrió los ojos. Se incorporó en el lecho y, volviéndose hacia un lado, contempló lo que aquella luz tan pura iluminaba. Se preguntó extasiado “¿Habías visto alguna vez algo más hermoso que lo que tienes a tu lado, Sarkan?”.

La figura dormida que él contemplaba era tan cálida y real y, al mismo tiempo, tan etérea y tan pálida, que al señor de Voklat le pareció por un instante que no era sino un rastro de blanca luz sobre su cama. Acarició con suavidad los rizos rubios que cubrían las sábanas. Entonces se acordó. “¡Qué necio eres! ¡Lleváis tres días aquí y aun no le has mostrado ni las nubes ni las montañas!” Apartó algunos rizos para descubrir una oreja delicada. Susurró dentro de ella: “Despierta, amor mío. Quiero enseñarte algo.” La melena rubia se movió levemente. Sarkan sonrió. Se puso en pie y se cubrió con su manto rojo y dorado. Después envolvió el cuerpo de su princesa con una túnica celeste y plateada. Tomó a la joven, aun dormida, en sus brazos. Con mucho cuidado, comenzó a subir los escalones que llevaban a la alta plataforma almenada.

Se detuvo a mitad de camino, sin poder evitarlo, para besar los labios rojos, la frente blanquísima, las mejillas sonrosadas. Imaginaba la alegría de su esposa cuando él le descubriera todo lo que desde su Torre se dominaba. Le mostraría a Heledya una maravillosa vista de pájaro de su tierra natal, Vyalar. Le enseñaría todos sus dominios: Kravok, Voklat, Zokar. Le señalaría el mar lejano, y le diría que era del color de sus ojos. Por último, se besarían frente a los picos nevados, bajo el cielo azul y las nubes blancas, en el sagrado lago de sus antepasados. Y, si la mañana no era demasiado fría, Sarkan extendería sobre el suelo su manto rojo. Tendería sobre él a su bella esposa. Le pediría que contemplara las nubes y, echándose sobre ella, le haría el amor allí mismo, a salvo de cualquier mirada. Se abrazarían envueltos en sus mantos, rojo, oro, azul celeste, plata. Saltando ágilmente por encima del último escalón, Sarkan se acercó a las almenas, con Heledya en sus brazos. La muchacha, ya despierta, suspiró y se abrazó a él. Sarkan la dejó con cuidado en el suelo. La besó en los labios y le susurró:

–Te mostraré el lugar del que ahora eres dueña.

La tomó de la mano y la acercó a una de las almenas. Estuvieron a punto de caerse del susto. Sarkan ahogó un grito cuando vio que el sereno lago de sus antepasados ya no existía. La base de su Torre ya no descansaba entre las tranquilas aguas. Ahora su fortaleza inexpugnable era un inestable edificio encaramado a una colina de suaves laderas, fácil de acceder a caballo, atravesando aquel valle lodoso, en cuyo fondo agonizaba un parduzco y somero anillo de agua.

Deshaciéndose del abrazo de Heledya, Sarkan se acercó al lado sur de la plataforma. Escuchó voces, tambores, trompetas. Cuando vio de dónde procedían se mordió la mano. Los soldados de Hekli de Zokar ya estaban atacando el fuerte que protegía el camino de la villa de Karalya. Sarkan se preguntó ceñudo cómo se habían enterado tan rápido de lo que le había sucedido al Lago. “Llegarán aquí enseguida”, se dijo furioso y alarmado. Escuchó más sonidos, esta vez desde el lado norte de su fortaleza.

–No es posible… —murmuró. Se acercó lentamente hasta el tramo de almenas desde el que pensaba mostrar Vyalar a su princesa. No había duda. Los hombres de Zokar habían logrado lo que parecía imposible: habían alcanzado el lago desde aquella impracticable ladera.

Estaba atrapado entre el martillo y el yunque. No había gran cosa que pudiera hacer. No tenía caballos para él y sus hombres, allí en su fortaleza. “Mi espada”, se dijo,”Quiero morir con ella en la mano.”

Se volvió hacia Heledya y le dijo entristecido:

–Conviértete en pájaro, mi amor.

La besó por última vez y, con un grito de guerra, bajó corriendo las escaleras. Heledya, que ignoraba el verdadero significado de aquella frase tan antigua, no saltó desde la almena. Permaneció temblorosa en lo alto de la Torre, envuelta en su manto azul, preguntándose qué sería de ella.

Hekli, el señor de Zokar, daba saltos de alegría. Todo había salido a pedir de boca. Suspiró al recordar lo difícil que había sido convencer a sus hombres para que escalaran la montaña por el norte. Un saco lleno de monedas, otro, y otro más, hasta que aceptaron. Tremendo gasto. Pero había merecido la pena. Se habían esforzado de veras. Cumplieron a la perfección su cometido, bien pertrechados con sogas, ganchos, calzado recio, un duro entrenamiento, promesas de botín, deseos de venganza insatisfechos y el oro resonando en sus faltriqueras.

Así fue como Hekli, el señor de Zokar, conquistó la Torre de Iznir, el fuerte de la orilla del Lago, y el castillo y la villa de Karalya. Se adueñó de todos los dominios de Sarkan el Grande, aunque pronto perdió gran parte de ellos a manos de su nuevo enemigo, el padre de Heledya, el rey Arwan de Vyalar.

En cuanto a la infortunada Heledya, los narradores no se ponen de acuerdo sobre su destino. Muchos dicen que, animada por las palabras de su marido, invocó a los espíritus del lugar y se transformó en un pájaro blanco. Voló por encima de las almenas, del valle cubierto de barro y algas y de los picos nevados, hasta que alcanzó la orilla del mar en Vyalar, su bienamada tierra. Pero es una historia harto increíble. Lo más probable es que la desdichada acabara mal: en manos de Hekli de Zokar, metida en un carro, con la túnica hecha jirones y atada de pies y manos.

Klarvan, el molinero, no quedó contento con la recompensa que recibió por sus servicios. Se encaró con el señor de Zokar, primero con suavidad y prudencia, luego, creyéndose aun Guardián del Lago Sagrado, con altanería y violencia. Hekli no era como Sarkan. Su mente no era un valle abierto por el que fluía un manantial de aguas puras y rápidas. Era más bien un retorcido nudo de rocas duras, secas y afiladas. Klarvan no podía entrar tan fácilmente en aquella inhóspita mente. Decidió desistir y retirarse. Hekli, hombre desconfiado, muy ofendido por las palabras que un simple molinero le había dedicado, esperó a que Klarvan se diera la vuelta. Entonces cargó su ballesta con un dardo.

Klarvan murió. Nadie fue capaz de sustituirle. Las gentes de la villa de Karalya, bajo la dirección de su nuevo señor, Hekli de Zokar, trataron de recuperar el Lago Sagrado. Taparon las vías que Klarvan había dejado abiertas. Recorrieron las laderas en busca de nuevos manantiales. Nada de lo que hicieron sirvió de nada. Finalmente, se tomó una drástica decisión: el río que bajaba de la montaña fue contenido con un enorme dique. El molino dejó de girar y se silenció para siempre la canción de la cascada. Pasó el otoño. Todo parecía ir bien. Llegó el invierno con sus lluvias. “Para la primavera, tendremos agua en Iznir”, decían todos. Lo que realmente había de ocurrir, no se lo esperaban.

Una mañana, los habitantes de Karalya escucharon un gran estruendo. Cuando vieron Kjosfossen IIlo que se aproximaba, les faltó el tiempo para abandonar a toda prisa sus casas. El río, bien cargado de agua gracias a las lluvias invernales, había conseguido derribar el dique. Furioso, desbocado, impetuoso, bajaba como al galope desde lo alto de la montaña. “Es Sarkan”, decían algunos, “Viene contra Hekli, a cobrarse su venganza.”

La villa de Karalya resultó arrasada. Hekli de Zokar fundó otra villa no muy lejos, pero apenas disfrutó de sus nuevos dominios: no tardó en morir en batalla. En cuanto a la Torre de Iznir, el maravilloso lugar creado por Yuryl el Sabio a partir de una simple roca que apenas sobresalía de las aguas, no quedó incólume. La mezcla mágica de piedra, arcilla y polvo de su base, no soportó la exposición a la intemperie. Bajo la acción del sol y el viento, no tardó en secarse y resquebrajarse. Las grietas avanzaron sobre sus muros como si fueran heridas. La torre acabó desalojada y abandonada.

El lago sagrado jamás volvió a llenarse. La Torre de Iznir, sin embargo, aun no ha terminado de caer. Parte de sus muros siguen allí, en el centro del seco y desolado valle, para recordar a los narradores de historias que una vez existió Sarkan el Grande, el joven guerrero, de brazo aguerrido, corazón limpio y sangre fogosa. Recuerdan que en aquel lugar vivió sueños de grandeza, contempló orgulloso sus amplios dominios, ignoró las palabras de un sabio anciano y abrazó enamorado a una bella princesa.


Claudia Aynel


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Zapatos de Arena 7 septiembre 2009

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RELATO GANADOR DEL 1º PREMIO EN EL VII CERTAMEN DE RELATO CORTO AMFE-MUJER 2008 de Castilleja de la Cuesta, Sevilla

 

LOLA MONTALVO CARCELÉN



 

 

 

ZAPATOS DE ARENA





Le encantaba ver cómo las olas iban a morir a la playa. Le encantaba que las espumantes gotas de agua http://3.bp.blogspot.com/_CrwTUI6d4z4/SbQC1FzE9_I/AAAAAAAAAwE/kJufNC5IQrM/s400/pies+arena.bmpsalada arrastradas por el viento le salpicaran la cara y el pelo. Las gaviotas cabalgaban sobre la superficie rizada del mar a la espera de coger una presa. Estaba sentado en la orilla, los dedos de los pies enterrados en la fresca tierra húmeda. Sus mejores zapatos. Sonrió. Ella siempre le decía eso. ¡Qué pena que uno no se los pudiera llevar puestos!

El cielo, plomizo, pesado, amenazante de lluvia. El aire espeso, perfumado de sal, cálido unas rachas, fresco, otras.

Hacía rato que los bañistas se habían marchado. El increíble sol con el que se habían levantado esa mañana se había dejado vencer por la fuerza hercúlea de las nubes, macizas, potentes, llenas de lluvia. Pero Pascual seguía allí sentado. Necesitaba pensar, recordar. Necesitaba ensordecer su dolor. Tenía miedo a olvidarla, a que un día se despertara por las mañanas y su primer pensamiento no fuera para ella; no fuera ella.

Con mimo, con extrema delicadeza, acarició la urna que recogía lo que ahora era su esposa. Descansaba a su lado, sobre la arena, como otras miles de veces había estado ella mientras que juntos veían al mar ir y venir, subir y bajar, agitarse fervoroso en un juego eterno al que Pascual y Mara asistían con las manos entrelazadas o hablando o riendo o sin hacer otra cosa que ver y sentir.

Su amada Mara.

Pascual cerró los ojos intentando contener el llanto que le atenazaba la garganta, pero las lágrimas fueron capaces de escapar y rodar por su arrugado rostro y escocerle en el alma. Gotearon sobre la arena mezclándose con el agua de ese mar que siempre había amado tanto.

Y recordó.

Recordó cuando una hermosa tarde de verano la vio por primera vez, hace ya más de cuarenta años. Flacucha y desgarbada, recogía conchitas que metía en una cesta. Sus bellos ojos azules como el cielo, enmarcados en unas pestañas casi blancas, como su cabello rubio ceniza. Miles de pecas en una piel lechosa, rosada, y una enorme boca con labios de cereza cerraban el conjunto de un rostro no hermoso, fascinante. Al verla Pascual supo que ya no podría separar su vida de la de ella.

http://www.artdulac.com/blogs/artdulac/images/cogidos_de_la_mano.jpgHablaron cosas de adolescentes. Ella reía sin parar, de una forma algo boba, queriendo ser coqueta, mientras enterraba los pies en la arena. Sus mejores zapatos, dijo, los zapatos de arena de playa, con ellos te calzas el mundo.

Se vieron durante ocho veranos más hasta que pudieron casarse. Pascual nunca tuvo que convencerla para que vivieran en el pueblo, junto al mar. Ella lo dejó todo en la ciudad sin quejarse nunca, sin explicar nada. La playa era su casa; el mar era su alma.

Con los años supieron que no podrían tener hijos. Con el paso de la vida se fueron quedando solos en el mundo. Con cada pérdida, con cada mala noticia, cogían una cesta con pan, queso y vino y se iban a la playa a ver, a contemplar el mar. Se pasaban horas mirando las olas ir y venir, acariciando la orilla, espumando unas veces perezosas; arañando con furia, otras. Volvían a casa cuando ya el sol se había marchado, abrazados y renovados. Pasara lo que pasase se tenían el uno al otro, para siempre.

Mara dedicó toda su vida a cuidar y atender a Pascual. Él, por su parte, trabajaba faenando en un barco. Cuando se quedaba sola se pasaba las tardes en la playa, sentada en la orilla imaginando las aguas por las que estaría navegando su marido. Pascual, cuando terminaba sus tareas, dejaba vagar su mirada hacia el punto del horizonte en el que estaría la costa y su casa y se imaginaba a su querida Mara sentada en la arena de su playa, jugueteando con las conchas y enterrando los pies en la arena.

Un día, quince años atrás, Mara se sintió indispuesta. Todo se resolvió con una sencilla intervención quirúrgica y varios días en el hospital. Sin saberlo algo tan sencillo, tan banal, fue la causa de la enfermedad que la llevaría a la muerte. Por una transfusión se contagió de un virus mortal, asesino. Poco a poco se fue debilitando, se fue consumiendo. Los medicamentos, en fase de experimentación, no le hacían nada. Los análisis fueron empeorando más y más. La batalla estaba perdida y Mara se moría sin remedio.

<<Mi vida se apagaba con ella. La besaba y abrazaba con la esperanza de contagiarme de ella. La amé sin protegerme deseando enfermar de su veneno. No podía soportar ver cómo la Muerte me la iba arrebatando, día a día, año tras año. No había esperanza y el tiempo se acababa.

>>Su sufrimiento ató más aún mi corazón al suyo. Nunca se quejó o protestó y procuró siempre, con increíble dulzura, aplacar la ira que me dominaba cada vez con más asiduidad, por la desesperación y la impotencia. En los últimos meses ingresaba en el hospital cada vez con más frecuencia. Pero un día mi querida Mara me pidió no ir nunca más. Y yo acepté.

>>Una madrugada su respiración empeoró. De eso hace sólo una semana. La fiebre abrasaba su ajada piel, un día blanca y hermosa. Apenas había carne sobre sus huesos y el cabello hacía tiempo que había desaparecido. Los ojos de un azul metálico se encontraban escondidos en unas cadavéricas cuencas. Pero para mí seguía siendo la más bella, la más fascinante de las criaturas. Mi amada Mara. La envolví en la colcha que ella había tejido para nuestro lecho nupcial y la llevé a nuestra playa. La senté en la arena como miles de veces había hecho y me acurruqué a su lado intentando impregnarme de su olor y de la vida que se le iba a chorros y que yo no podía contener con mis callosas manos entrelazadas a las suyas. No hablamos. Sólo esperamos a que la aurora nos diera la vida una vez más. Cuando el sol se asomaba como un mínimo gajo de luz sobre el horizonte sentí cómo mi querida Mara daba el último suspiro. Agarré su rostro y lo besé en un intento vano de retener su último hálito de vida. Palpé su pecho intentando contener los latidos que se apagaban. Mis lágrimas bañaron su piel intentando dar calor a su carne casi fría. Arrebatado por el llanto, enloquecido, la atenacé con mis brazos intentando meterla bajo mi piel para que jamás me dejase sólo. El sol despuntó por el horizonte, redondo y dorado, iluminando sus apagados ojos. El mar suavizó su empuje sobre la playa para no molestar ni alterar su eterno reposo. Enterré sus desnudos y huesudos pies en la fresca arena de la playa y me tumbé a su lado>>

Encontraron a Pascual tumbado en la playa junto a su esposa muerta. Lo llevaron al hospital, pero la herida mortal que le ahogaba se encontraba en su alma, no en su carne. Odiaba los latidos de su corazón que le mantenían vivo. Unos vecinos le ayudaron a arreglar el funeral e incineración de su esposa. Le dieron de comer. Le ayudaron a arreglar sus cosas. Pero Mara no estaba a su lado y la necesitaba.

Pascual abre los ojos. Las lágrimas hace rato que brotan sin control y el llanto domina su cuerpo vencido. La lluvia, en un principio suave y ligera, golpetea rabiosamente contra su cuerpo y arrastra su dolor mezclándolo con el agua del mar que ya cubre sus pies enterrados. Toma la urna que descansa a su lado y la besa con ternura. Se pone de pie. No podría decir cuanto lleva sentado en la arena de la playa, pero ya está declinando la luz del día. La lluvia arrecia furiosa; el viento sacude su fatigado cuerpo, haciendo aletear su ropa y su cabello. Sujetando junto a su corazón el amado objeto, avanza hacia la inmensa profundidad. No siente frío. No tiene miedo. Sólo lamenta la torpeza de su envejecido cuerpo que no le permite avanzar con más soltura y rapidez. Se le hunden los pies en la arena, el agua lo envuelve en un frío abrazo y se deja llevar.

Antes de que la mar le cubra por completo y silencie su aliento, Pascual escucha, si eso es posible en medio de tan furiosa tormenta, la risa cantarina y feliz de su amada Mara. Y sonríe.

Lola Montalvo Carcelén





 

Frontera de Agua 6 septiembre 2009

Archivado en: Amigos autores — lolamontalvo @ 18:39
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RELATO GANADOR DEL 1º PREMIO EN EL I CERTAMEN DE RELATO CORTO DE LA EMPRESA MANOCUMNADA DEL ALJARAFE. ALJARAFESA. 2005. Tomares. Sevilla.


LOLA MONTALVO CARCELÉN



FRONTERA DE AGUA


Estaba muy oscuro. La noche sin luna le engullía. El furioso viento le cortaba la cara, haciéndole muy difícil mantener los ojos abiertos. Pequeñísimas gotas de agua salada, lanzadas sin piedad por el frío aire criminal, se le metían en la boca y la nariz y se mezclaban con sus ardientes lágrimas de miedo y desesperación. No podía mover los pies y un hormigueo que rayaba en dolor le latía en las pantorrilas. Estaba arrodillado en el suelo de la embarcación. Las grietas del suelo se le clavaban causándole una intensa quemazón. Otros cuerpos, apretujados al suyo, le empujaban y zarandeaban al ritmo de las rugientes olas amenazando con hacerle caer por la borda.

¿Cuántas horas llevaba en ese barcucho? No sabía calcular el tiempo que había transcurrido desde que http://periodicopg.com.ve/files/imagenes_noticias/inmigrantesaltamar.jpgtreinta anónimos fantasmas se habían encajado en el suelo de un temible cascarón lleno de grietas con intenso fetor a pescado podrido. ¿O sería a carne podrida?

El mar rugía cada vez más amenazando con volcar la barca y tragárselos sin piedad. Un temblor eléctrico le traspasó haciéndole respirar con dificultad. No sabía nadar. Nunca había sido capaz de meter su cuerpo en el mar más allá de su ombligo. Un terror indescriptible le paralizaba las piernas y le hacía volver sobre sus pasos hacia la orilla con un regustillo de vergüenza en la boca, potenciado por la risilla burlona de sus hermanos. Pero eso había quedado muy atrás. Lejos.

http://4.bp.blogspot.com/_dh-DtDUp8WI/STLnG14UVVI/AAAAAAAACU0/5UisAKe4Rug/s400/mujer_inmigrante.jpgDe rodillas sobre el irregular suelo rezaba, rezaba sin parar llevado por la desesperación y el terror. Deseaba que terminara de una vez. Deseaba que el mar le dejara llegar a su destino. Sus manos se aferraban como tenazas al borde de un pequeño banquillo de madera. Las lágrimas y el llanto le atenazaban la garganta.

Un niño pequeño empezó a llorar. El patrón les ordenó con susurros de desprecio que guardaran silencio. ¡Que alguien callara a ese niño de una maldita vez! El bebé se vió silenciado con murmullos y arrullos procedentes de una hermosa voz de mujer, tan quedo que casi parecía un sueño, medio apagada por el rugido feroz del viento y las olas.

Una peste a gasoil le cerró la nariz obligándole a respirar por la boca. Alguien empezó a vomitar y no tardó en seguirle otro y otro. La furia del patrón rompió los murmullos con gritos e insultos. Escupió horrorosas órdenes y todo el mundo se agachó. ¡Las patrullas costeras estaban muy cerca, silencio!

Alguien había muerto, por el frío, por el agotamiento, por el miedo. El cadáver fue arrojado al mar que se lo tragó con un sordo chapoteo, más supuesto que escuchado. El mar rugió y atronó ante tan esperado y previsto presente.

Unas pequeñas lucecillas titilaron al fondo de la inmensa oscuridad. ¡La costa! ¡Dios mío, la costa, gracias, gracias, Dios! El patrón escupió sus órdenes, mientras murmullos de incredulidad recorrían la embarcación. Según se acercaban, la embarcación se zarandeaba más y más impulsada por las espumosas olas.

¡Silencio! ¡Las patrullas que vigilaban las costas podrían aparecer en cualquier momento! La barcaza se acercó a la orilla, pero no lo suficiente. El patrón les escupió sus órdenes: ¡desembarcad, ya! Algunos no dudaron en lanzarse fuera de ese ataúd con movimientos ansiosos. Chapoteaban con más decisión que arte, acercándose trabajosamente a tierra. El agua les llegaba al cuello y más de uno se hundió antes de poder hacer algún avance.

Miró por encima de la borda. Se quedó paralizado. ¡No sería capaz, no sabía nadar! Varias cabezas oscilaban al ritmo de las olas, algunas eran engullidas por la espuma antes de romper contra la arena. El terror no le dejaba respirar. El patrón le zarandeó e insultó, empujándole. Todos habían saltado ya. La madre agarró a su bebé por encima de su cabeza en un inútil intento de que no se mojara, de que no se congelara. El bebé, casi consciente del esfuerzo y de la gravedad de la situación, estaba inmóvil y calladito, esperando a que su madre le abrazara otra vez.

El patrón le empujó nuevamente. O se lanzaba al agua o le cortaba el cuello y le lanzaba él. Impulsado por una decisión que no sentía se puso de pie. La barcaza se movía con violencia. Tropezó. Puso un pié sobre la borda y, sin creer lo que hacía, se lanzó al mar. Se hundió. Tocó la arena del fondo. Una parte de su cerebro se asombró de lo suave que era al tacto, fina como talco. Pasaron unos eternos segundos hasta que fue capaz de posar los pies y, con fuerzas que nunca creyó tener, se impulsó hasta la superficie del agua. Las espumosas olas jugaron con su cuerpo, el agua le entró en los ojos, la nariz, la boca. Sin entender cómo, se vió impulsado hacia la orilla. La embarcación había desaparecido. Estaba completamente oscuro. Las luces que antes vieron en el horizonte se habían escondido tras las dunas. Otros cuerpos, silenciosos, reptaban a su alrededor respirando con dificultad. Escuchó un intenso quejido, un estridor. Tardó unos minutos en darse cuenta de que ese ruido lo hacía él en un ansia infinita de meter aire en sus pulmones. Caído en la arena, agotado, dolorido, aterido de frío, temblando, casi convulsionando, fue consciente de estar vivo. Vivo y libre. El mar, ese engullidor de esperanzas, esa frontera de vidas mejores, le había perdonado. Había mirado hacia otro sitio. Le había dejado pasar.

Con gran esfuerzo se incorporó. Sus pies le pesaban como bloques de granito. Cerca de él escuchó el zureo del bebé. Los hermosos murmullos de la mujer le acunaban. La adivinó en la oscuridad. La tocó un hombro, la agarró del brazo y la ayudó a ponerse en pie. Hay que salir de aquí, le susurró. Comenzaron a caminar, sin saber dónde ir, pero sabiendo que a partir de ese momento todo sería distinto.

Como movido por un resorte volvió una última vez la vista al mar. La música de las olas le despidió con su monótono vaivén. Suerte.

Lola Montalvo Carcelén


http://img38.imageshack.us/img38/2903/01835918dbfe7560d3035a8.jpg

 


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Patrulla de rescate 5 septiembre 2009

Archivado en: Amigos autores — Pedro Avilés @ 19:43


Eva consiguió pulsar el botón de alarma del móvil a duras penas.http://lacomunidad.elpais.com/blogfiles/antonio-pampliega/noticia_2006-08-21_iEETGu8q.jpg

— Mírame —dijo él.

Silencio.

— Que me mires, joder.

Silencio.

— ¡Mírame, coño!

Silencio.

El camión de la basura, a las dos, puntual, carraspeó cansino en la madrugada triste del barrio popular. La luz de la farola de enfrente, intermitente, titilante, aliada del frío, penetrando los vidrios rotos de la ventana de la cocina, iluminaba el sombrío rostro del hombre.

Estarían al llegar.

— No me hagas esto.

Silencio.

— ¡¡Que me mires, hostia!!

Qué miedo.

Evahttp://cms7.blogia.com/blogs/m/mo/mot/motrildigital/upload/20051030101633-dfffffff-jpg obedeció. Levantó la mirada desde el suelo hasta la cara congestionada de él.

El cuchillo en la encimera.

Llegarían a tiempo.

— No me hagas caso, mi amor —cambió él de registro, una mano levantada hacia el rostro de ella en ademán de caricia inconclusa—. Voy a cambiar. Te lo juro.

Silencio.

— ¡Mírame a la cara!

Ya vendrían de camino, raudos a salvarla.

— ¿Qué tienes escondido en la mano, so puta?

Eva escondió el móvil.

Tenían que estar en el portal; ya subían, seguro.

— ¡¡Les has llamado, cagondiós!! —repitió él, cuchillo en mano.

Llegaron a las siete. La sangre coagulada de Eva irisaba el linóleo del piso de la cocina cuando entraron.

Ya no respiraba.http://blogs.librodearena.com/myfiles/cglima/SUICIDI1.jpg


(C) Pedro Avilés, octubre 2008

http://lacomunidad.elpais.com/antonio-pampliega/2008/7/30/londres-propone-las-mujeres-maltratadas-maten-sus
 

Día del baño 4 septiembre 2009

Archivado en: Amigos autores — Tio Antonio @ 19:40


Ese era un día como otro cualquiera, y Pancho, el travieso perro de la familia López, correteaba a sus http://3.bp.blogspot.com/_B3zqLQT4SFA/R4kpqXSS5II/AAAAAAAAAW8/Taz_8pgnMm0/s320/perros+0024+-+perro+corriendo.jpganchas por el campo.

Qué buena vida se pegaba; todo el día correteando, jugando con los hijos del matrimonio, gastándole bromas a Tigris, el gato, ladrándole a los coches y asustando al cartero.

Pero ¡Ay! Cuando más confiado estás, es cuando suelen ocurrir esos desagradables sucesos que te rompen el día.

Mientras perseguía a Tigris, tropezó con un bidón de aceite, derramándolo por el suelo y llenándose las patas. Pero eso no detuvo su alocada carrera, de hecho era una anécdota más en su abultado currículum de gamberro. No pensó así Manoli, la señora de la casa, que lo presenció.

-¡Mira lo que has hecho asqueroso perro. Ahora por tu culpa tendré que limpiar todo el suelo de la cocina!

Pancho se detuvo asustado, y se escondió en un rincón ¡Vaya! La señora se ha puesto hecha una fiera. Mal asunto, eso no es bueno.

Tras un largo rato dale que te pego con la fregona, terminó. Pancho no estaba tranquilo, conocía bien a su dueña. No sería nada extraño que lo castigase sin comer, o algo parecido. Esta entró en la sala de estar, donde estaban su marido y sus hijos, viendo la tele.

-¡Estoy harta de ese perro! Cada día hace alguna travesura. La semana pasada rompió la maceta esa tan bonita, hoy ha tirado el aceite ¿Qué hacemos con el?

Eduardo, el marido que estaba presenciando el fútbol, no tenía muchas ganas de complicarse la vida, y se limitó a decirle:

-Eh…bueno, el pobre se aburre. Es normal que se porte así, todavía es un cachorrito. Cuando crezca se portará mejor, y será un buen perro guardián. Ya lo verás.

-¡Si tú lo dices! Pero si algo no le consiento a esa alfombra con patas, es que me ensucie la casa, y lleva las patas pringosas de aceite. Dale un baño que falta le hace.

Al oir eso, se le pusieron los pelos de punta, lo mismo que las orejas ¡Un baño! ¡Horror, temor, pavor! No le gustaban los baños. Además, pronto sería de noche y hacía frío. Decididamente ¡No! Nada de baños, se negaba a colaborar.

Lo primero que hizo Pancho, fue ir a toda pastilla al cuarto de las herramientas y sacar la manguera. La escondió debajo del coche. Si tenía que soportar un baño, al menos que fuera de día.

El astuto Tigris, se había subido a una de las ventanas, y lo vió todo. Sonrió maliciosamente. Esa era la http://jovialiste.files.wordpress.com/2009/05/gato-malo.jpg?w=224&h=168ocasión que esperaba para vengarse de ese pesado perro.

En cuanto a su dueño, Eduardo, de nada le valieron sus protestas, diciendo que lo dejara para mañana, ya que después de todo, el perro dormía fuera, en su caseta. Su esposa fue tajante.

-Mañana se te va a olvidar, y cuando nos acordemos, habrá puesto todo el suelo lleno de aceite, y los niños pueden tropezar y lastimarse. Así que ya sabes, dúchalo ahora.

¡Los niños! ¡Siempre los niños! Pensó Pancho ¿Porqué las mujeres cuando quieren que les hagan caso sus maridos meten a sus hijos por medio? Y ese calzonazos de Eduardo ¿Porqué no da a valer su hombría y se queda viendo el partido sin hacerle caso?

Este se levantó. “Cuanto antes empiezo, antes termino”, pensó. En consecuencia se puso a buscar la manguera, sin éxito. Viendo los apuros de su marido para encontrarla, su esposa le preguntó.

-¿Qué, aparece o no?

-Pués no. Qué raro, creía que estaba aquí.

-Tu siempre tan desordenado. Anda, mira bien.

Entonces se escuchó un maullido, era Tigris que se había puesto debajo del coche. Al oirlo, Manoli miró, y vió la manguera escondida.

-¡Ay mi gatito bonito! Ha encontrado la manguera. No busques más “Edu”. Aquí la tienes, ahora coge a Pancho y lávalo.

“Miserable chivato”, pensó el perro. “Encima ella lo llama su “gatito bonito”. Lo que faltaba”.

-¡Panchooo! ¡Ven, es hora de ducharse!

“Ni hablar, que se duche tu padre, pués no te jode”. Pensó el perro mientras corría de un lado a otro con la intención de cansar a su amo, y que éste lo diera por imposible.

-¡Ven aquí ahora mismo! Dijo el enojado marido, que veía pasar el tiempo, y temía llegar tarde para ver la segunda parte del partido.

Tigris, en lo alto del coche, se reía de los apuros del pobre perro, al que circunstancias ajenas a su voluntad, obligaban a ir limpio y aseado.

Corre que te corre, Edu, salió detras del can. Este era más rápido, y empezaba a cansarlo. Entonces recibió ayuda de sus hijos Pepe y Paco.

-Vamos papá, te ayudaremos.

“¡Vaya! ¿Y a mí quién me ayuda?” Protestó el perro para sus adentros.

Pepe y Paco, lo agarraron por las patas. Eran pequeños, y por separado Pancho era más fuerte, pero cuando estaban juntos, no. Forcejeó, aulló, protestó. Todo fue en vano. De inmediato vino el padre y los ayudó. Era una fría noche, pero para Pancho lo iba a ser más aún.

-Venga, hijos, sujetadlo mientras voy por la manguera.

Pancho, dejó de resistirse, y como imaginó, los niños se relajaron y no lo sujetaron con fuerza. Momento que aprovechó para pegar una carrera y escapar.

-”¡Edu!” ¡Que se escapa! Dijo su mujer.

“Maldita bruja, bien podría callarse, pero por suerte no le servirá de nada.”

Fue una larga persecución. Los niños, más que perseguir al perro, jugaban a adelantarle, y eso dificultaba la colaboración entre padre e hijos. Este recibió una ayuda inesperada. Tigris, se lanzó en lo alto de la carretilla, la cual se deslizó rodando, bloqueando el paso al horrorizado Pancho.

“¡Traidor, más que traidor! ¡Siempre igual! Al final es Judas el que gana. Este no iba a ser una excepción.”

Finalmente, Pancho fue cogido entre los tres. Para que no escapara, Manoli cogió un barreño, en el cual lo ducharían.

-¡Pancho, estate quieto! Va a ser peor. Deja de protestar que es por tu bien, verás que guapo vas a quedar en un momento.

“Sí, sí, muy guapo ¿Porqué no te duchas con agua fría tú, a ver si quedas también guapo, te buscas a otra mujer mejor, y te separas de ésta bruja?”.

-Venga, coged la esponja y el jabón. Cuando yo abra el grifo, frotad fuerte ¿Preparados?

“Carguen, apunten….¡Ay, ay, ay! Venga tío, dispara de una vez y acabemos pronto.”

Al abrir el grifo, salió un chorrito de agua, que fue disminuyendo de tamaño. Entonces sonó el reloj de pared del interior de la casa. Eran las 22,00 horas. Ya no se acordaban de que a esa hora, la cortaban para ahorrar.

Vaya caritas que tenían el “calzonazos” de Edu y la gruñona de su mujer. De un salto, Pancho salió del barreño, corriendo a galope tendido, y ladrando alegremente en homenaje a la libertad. Tras un rato de silencio, mirándose ¡Cómo no! Empezaron a discutir.

-”¡Edu!” ¡Tu siempre igual. Si te hubieras espabilado, ese pulgoso perro estaría limpio!

El marido, se hizo el sordo, y se sentó frente a la tele para seguir viendo el fútbol, pero su mujer, se puso delante, y le soltó un discurso del que no se enteró ni de la mitad. Se limitaba a asentir pacientemente, esperando a que se callara de una vez y se quitara de delante del televisor.

Los niños, se fueron a su cuarto a jugar, y Tigris, se subió a una ventana alta. Temía que Pancho le estuviera buscando para darle las “gracias” por su “ayuda”. Pero el can, estaba demasiado ocupado en celebrar su victoria, como para molestarse en perseguir al felino.

Antonio Pedro Grande Rey

 

China ha despertado 3 septiembre 2009

Archivado en: Amigos autores,Últimos post — Pedro Marchán @ 23:11

CHINA HA DESPERTADO

-¿La has visto? ¿La has visto, Darko?

Las manos le temblaban. Estaba cansada y necesitaba reposo. El médico cogió al retoño en brazos. Un médico atento, como un árbitro. Ella me dijo que fue él quien acertó a resolver la controversia del aborto. Claro que el problema no era suyo, el problema era nuestro. El matasanos se limitó a expresar su criterio, eso es lo que hizo. Ahora el problema era grácil, pesaba tres kilos doscientos y se llamaba Naomi.

-Está llorando.

-Es lo que hacemos todos al nacer.

-¿Tú lloraste?

-Todos lo hicimos.

Luego el doctor cerró las cortinas y envolvió al bebé en una toalla. Los instrumentos quirúrgicos pendían de una vara colgada en la pared. Afortunadamente, los neones verdes disimulaban la estancia sin decoro, carente de higiene. Ella, recostada sobre la camilla, buscaba a su hija con la mirada. Había escuchado todos esos rumores de las adopciones y la venta de órganos infantiles. Estaba preocupada. No se fiaba de estos lugares ni de los asiáticos.

-Hemos tenido suerte, ¿verdad?

-No lo creo.

-¿Por qué lo dice?

-Ha sido niña.

Abandoné el almacén con la criatura recién nacida entre mis manos. Enseguida subí a un taxi y el coche arrancó.

-Al Sheraton Hotel de Tianjin, en el camino de Zi Jin Shan.

Cuando el automóvil hubo desaparecido, las patrullas de control de natalidad se personaron en la zona con sus insignias y sus fusiles.

No tuvieron piedad.

Después de disparar, mi mujer y el doctor eran como la agobiante visión de un calidoscopio, una horrenda obra de arte.

En el hotel, que era nuestra casa, teníamos un televisor y me di perfecta cuenta de que el locutor del noticiario hablaba de un gran edificio y de un quirófano y de partos ilegales, y alrededor del presentador había un vaso de agua e informes, y detrás, una imagen.

Mi inerte esposa se tocaba el vientre con anhelo.

Cuando llegó Hu Zeming al poder instauró la ley del aborto. Por supuesto todos los emigrantes nos manifestamos en la plaza de Tian’An Men, en Pekín. Se nos había prohibido tener hijos. No cualquier hijo, ni mucho menos, los chicos eran aptos para los centros industriales. La ley preveía el aborto obligado de un feto de sexo femenino. Decía el jefe de Estado en sus discursos que la superpoblación iba a ser controlada pero no iba a estancarse en la china oriental. No sé si está bien eso del monopolio de la descendencia, pero supongo que a pesar de vivir en el país más multirracial del planeta una vida extranjera era considerada una mercancía más. Al parecer, perder una vida en estas tierras era tan irrelevante como contar estrellas en el firmamento. Dijera lo que dijera el secretario general del Partido, ahora mi hija me miraba con unos ojos azules, transparentes como el celofán, y sonreía…

Por cierto, siempre quise viajar al Tibet pero nunca lo había hecho. Cuando planeábamos las vacaciones quería volar hasta el Himalaya y conocer a los gurkha, pero nunca disponíamos de dinero suficiente.

Tras unas semanas de reflexiones, organicé una mochila con varios enseres del hotel. Mi mujer había muerto y yo escapaba con mi hija hacia el Nepal, una tierra sin leyes poblada por agricultores analfabetos. Allí sobreviviría. O eso creía.

No era una situación muy nohttp://farm4.static.flickr.com/3136/2733260304_e28c82c395.jpgrmal pero nunca pretendí que lo fuera. Tenía que atravesar la Meca del capitalismo mundial para encontrar en el pueblo sherpa el futuro más apropiado para Naomi.

Después de comer algo de teppan en el restaurante, salí del Sheraton y caminé hacia la estación de autobuses. Anochecía y el diamante del golfo de Bohai dejó de brillar.

Tianjin mientras tanto era la ciudad más irónica.

Miles de personas mendigaban hambrientas por sus calles y un holograma de Giorgio Armani invitaba a comprar corbatas de seda sobre sus cabezas.

UNO

Cuando me marché de Croacia, Europa ya era una caricatura de sí misma. El desarrollo, el trabajo y el crecimiento económico se centraban en Asia y, a decir verdad, hasta allí se desplazaban futbolistas, empresarios, cantantes, delincuentes y prostitutas. China estaba tan aislada de la escena internacional que quiso aprender a caminar por sí sola y así, Zeming había aprobado, con orgullo seguramente, la construcción de ciudades flotantes que albergasen la expansión de los habitantes del curtido país.

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-La prioridad a corto plazo es la ocupación inmediata del mar. Las Ciudades-Nenúfar se alzarán en los próximos años para asegurar la continuidad de nuestra población –dijo Zeming alzando la voz en la cúpula- ¡Nuestra cultura milenaria se abre al futuro!

Eso es lo que dijo, en la cúpula, alzando la voz.

Mi mujer estaba ilusionada pero yo sabía que las ilusiones eran sólo eso. Un engaño. Cuando quise darme cuenta ella estaba preñada en Shanghai y yo colgando de una cuerda a dos mil metros de altura sobre un gigantesco mural de titanio, recostado en mitad del océano, peleando por unos cuantos yuans que nos diesen de comer.

El cielo no era un buen lugar para arrepentirse.

DOS

Llevaba una camisola y un peto infantil. Naomi descansaba entre mantas en el interior de una bolsa de deporte, realmente no encontré ningún escondite mejor para ocultarla. El autocar atravesó un polígono industrial en Tanggu, junto al río Hai He. Era un vasto complejo de centrales nucleares y fábricas químicas con toda esa gente que hacía horas extras: mongoles, hans, turcos, españoles, rumanos, hindús… Ellos miraron el autobús como si la respuesta a todas sus preguntas viajase en él, yo les miré a través de la ventana como si pudiera comprender la desolación de sus ojos. Por supuesto Naomi miraba al techo mientras balbuceaba y reía.

En China, cuando las cosas iban mal, la ignorancia era la mayor de las virtudes.

TRES

Eran las once de la noche. El conductor estaba delante, con un micrófono en sus manos. Detrás los pasajeros, con los ojos desorbitados y apoyados en el cristal como orangutanes de un zoo. La impresión era maravillosa. Nadie volvía a ser el mismo después de visitar Pekín. La megaciudad de los zeppelines, los trenes magnéticos, los rascacielos multicolor, el tráfico colapsado, las guarderías bioclimáticas. La metrópolis era como un anuncio publicitario con vida propia. Quiero decir que uno tenía que mirar al suelo y ver que no estaba pisando un camino de baldosas amarillas para salir del asombro.

Naomi mientras tanto dormía en la bolsa de deporte. Inocente y exótica como una edelweiss. Era feliz porque no era consciente de que entonces ya nos perseguían. Nos habíamos apeado en la avenida de Chang’an, en el centro, desde aquí se divisaba el templo del Cielo, Tantan, y la Ciudad exterior, antaño hogar de emperadores, y más allá los magnificentes rascacielos gigantes que bosquejaban la urbe.

Una urbe de colores, neón, hologramas y pantallas de video.

Caminé entre miles de personas sin rumbo, vacíos como sombras. Miraba a un lado y otro sin parpadear. Los automóviles eran flashes de luz, estelas iridiscentes que atravesaban la carretera de punta a punta. Los puentes colgantes se habían multiplicado a diferentes niveles. Dibujos animados me asaltaban sobre el intransitable asfalto para invitarme a éste o aquél centro comercial. Robots autómatas limpiaban las calles y vigilaban los parquímetros. Pekín era el escaparate de la modernidad y el consumismo, del futuro. Claro que también era el símbolo de la libertad perdida, del fin de la Madre Naturaleza, el símbolo, a pesar de muchos, de la deshumanización.

Porque no sólo los árboles, sino las plantas, toda la flora había desaparecido.

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Empezó con la contaminación de las fábricas y el efecto invernadero. Por supuesto el efecto invernadero alteró el monzón, y luego la lluvia ácida penetró en el suelo y se filtró en las raíces y lo destruyó todo y sus resultados también se palpaban en los pequineses: quien no era alopécico ya había perdido la totalidad de su pelo. Hasta hace poco, los ciudadanos lucían bigote porque se había convertido en una moda.

En cualquier caso los que decían que la capital era fría e insensible no se equivocaban. Decían que era un negocio rentable que había sustituido al amor. Decían que el carácter humano había naufragado en la mercadotecnia de la robotización, que la sensación de libertad era ilusoria, todo era artificial.

Cuanta verdad.

Por cierto, también decían que los ojos eran el espejo del alma y que quizás, por esa razón, el alma de los chinos era rasgada y chiquita, como guiones…

CUATRO

-Me llamo Wu Jiang –dijo mostrándome su acreditación.

-Darko. Darko Kalajdjic. Quiero ir hasta el Nepal –me apresuré a responder.

-Vaya, amigo, eso está lejos, muy lejos. China es tan grande que cuando uno se aleja tanto luego ya no regresa.

-China es tan grande que lejos sigue siendo China.

Seguidamente el taxista emprendió la marcha, miró por el retrovisor interior y ojeó con recelo la bolsa de deporte que descansaba en mi regazo. Era un hombre de tez morena, menudo, sencillo, llevaba un abrigo naranja de felpa, una gorra roja y sostenía el volante con una mano. Hablaba diez idiomas, como casi todos los de su profesión. Por supuesto era calvo y lucía su distinguido bigote como el que enseña un tatuaje.

-Mire todos esos turistas, allí, a su derecha, saliendo del metro. No hay que ser chino para darse cuenta de que la Ciudad Prohibida ya no es tan prohibida. Hemos querido relacionarnos tanto con el exterior que hemos regalado nuestras costumbres, nuestro honor y nuestro respeto a los foráneos. Dentro de poco los templos serán una atracción de feria.

No respondí. Sí que observé a los turistas, a los de mi derecha, claro, consultando sus planos y persiguiendo antigüedades como un bibliotecario. Pero también estaba pendiente de los guardias del mercado de la seda, camuflados entre la muchedumbre.

-¿Qué le trae por Pekín?

-El transporte. Me dijeron que desde aquí uno puede viajar a cualquier punto del país sin problemas.

Y así era. Pero yo quería evitar el aeropuerto y los dirigibles. Naomi no tenía registro ni documentación y un coche era más seguro cuando había millones de ellos, casi iguales, repartidos por las concurridas autopistas. Además, entre los pueblos de China no existían las fronteras y yo viajaba allí donde mi hija no necesitase de una identidad para poder crecer.

-Es un bebé lo que lleva ahí dentro, ¿verdad?

La sinceridad y el disimulo se disputaban mis palabras, como una balanza.

-Es algo que puedo explicarle –susurré avergonzado.

Aparté la manta y levanté en volandas a Naomi, que estaba despierta y sollozando. Le hice un par de gracias. Ahora vacilaba con la misma facilidad con la que conseguía dibujarle una sonrisa a cualquiera de su entorno, con ese ridículo y gracioso mechón rubio de su cabeza.

-No tiene que darme explicaciones, amigo, pero le están buscando –aseguró sintonizando la televisión- Dicen que si quiere esconder algo, debe dejarlo a la vista de todos. Es sólo un consejo.

Durante horas estuve conversando con el taxista, contándole cómo era mi mujer, tan romántica y detallista, y el carnaval en que se disfrazó de Campanilla y perdió la varita mágica, supongo que en la discoteca, así como las dificultades para aprender el idioma en clase de la Srta. Gao Bo, el día en que nos asignaron un hotel de protección oficial porque no podíamos pagar ni un alquiler ni una vivienda, las ampollas en los pies cada vez que recorríamos la Gran Muralla y los mareos producidos por el ascensor gravitacional, no en el Sheraton, ni mucho menos, sino en el Tomorrow Square, elevándonos a través de un tubo celeste hasta llegar a los trescientos metros de su azotea piramidal.

Un rato después la consola marcaba los cuatrocientos kilómetros hora cuando todos los controles se anularon como un misil defectuoso.

-¡Mierda! –exclamó- Ha saltado el automático, me han quitado el control. ¡Esto va a pararse, debe huir http://advantage-environment.com/wp-content/uploads/2009/03/nanikstudio-skycab-mirrored.jpglo antes posible! –dijo alarmado el taxista, mientras los paneles se apagaban y el automóvil aminoraba sobre las guías por las que circulaba.

El coche se paró por completo y salí corriendo con la bolsa de deporte. Las sirenas susurraban en la lejanía, las motos y las patrullas estaban cada vez más cerca, y los accesos a los peajes fueron sellados inmediatamente. Cada paso que daba y cada respiración y cada mirada atrás por encima del hombro lo hacía por proteger a Naomi, por su derecho a vivir.

Apresuradamente atravesé el arcén y salté al foso de la autopista.

Sin pensármelo dos veces, me introduje en el espeso y frondoso bosque de Lanzhou, una provincia de familias agricultoras que se había inundado tres veces en los últimos años y que limitaba con la vía rápida, corriendo y huyendo como un fugitivo, como una liebre de carreras, con todos esos perros merodeando a su presa. Así me sentía. Como un conejo que no logra salir nunca de su chistera.

Los campesinos de las comunas populares, alertados por el zumbido de las motos y el pulular de los agentes, se asomaron a las ventanas de sus aldeas y, al ver que su producción corría peligro, apuntaron con sus arcos a las flagrantes unidades que sobrevolaban sus campos de cultivo. Hubo un tiempo en que la demanda era escasa, pero ahora el trigo y el arroz transgénicos se exportaban a todo el planeta, un producto mutado que alcanzaba los siete metros de altura y a través del cual intenté camuflarme para no ser encontrado. Luego, las flechas volaron por decenas, como estorninos desamparados.

De cuclillas, sumido entre las gigantescas espigas, aproveché la confusión para activar un robot ganadero que restaba dormido a los pies de los canales de irrigación. Medía cinco metros de altura y era como un simio metálico, de gran rendimiento, con esos brazos hidráulicos que le llegaban al suelo y ese mentón pronunciado. Sin duda alguna era un prototipo arcaico, ni siquiera hablaba, encargado de arar la tierra y hacer las veces de espantapájaros, pero me aventuré a conectarlo y dejar que sus torpes manos taladraran el terreno destruyendo los valorados alimentos, cosa que acabó por enervar a los labradores que echaron mano de sus carcaj y multiplicaron sus lanzamientos hasta que los guardias caían abatidos de sus helicópteros monoplaza como caen los libros de una estantería tras la sacudida de un terremoto.

Entre las montañas de Gaolan y Baita, en Lanzhou, una unidad de la patrulla de Control de la Natalidad se enfrentaba a una familia de destripaterrones mientras un gorila plateado destrozaba los vastos campos de trigo y yo, consciente del poco tiempo del que disponía para despistarlos, con todas mis esperanzas puestas en la salvación de mi hija y aferrado a una mochila de deporte, me dirigí corriendo hacia la montaña de la Pagoda Blanca y en consecuencia hasta la que antaño fue la mayor fuente de vida de las regiones del norte: el río Amarillo.

CINCO

El río Amarillo era el símbolo de la autodestrucción de China. Por supuesto el río Amarillo ya no era amarillo, sino cyan, gracias en parte a los vertidos químicos y la contaminación, al desastre medioambiental, a la falta de conciencia ecológica. En la televisión dijeron una vez que la tecnología era el progreso. Resultaba que la tecnología sin humanidad era un retroceso. ¿Cuándo advertirían los dirigentes del país más poblado del mundo que los sentimientos eran imprescindibles para evolucionar?

Estaba en el puente de hierro, que se llamaba Zhongshan, con un pilar de hierro a mi lado y apoyado sobre una barandilla de hierro. Desde aquí, mirando hacia abajo, contemplaba un espléndido panorama del río y de las curvas de su cauce, de los torrenciales de sus canales y de las balsas de piel de vaca. La mano del agente seguía apuntándome a la cabeza. Sus dedos palpaban el gatillo del fusil, suave como el terciopelo, y a medida que los otros guardias me rodeaban su pulso era más firme y, después, seguro. Habían interceptado mi huída hacía media hora y yo me sentía entumecido, acabado.

-Retírese del borde. Si se entrega su hija no correrá peligro –dijo sin convicción

-¿¡Por qué mataron a mi mujer!? –pregunté sollozando- ¿¡Por qué!?

-Porque si no encontramos a la bastarda, eliminamos a la madre. De esa manera mantenemos el equilibrio entre la natalidad y la mortalidad.

Mis pies acariciaban el abismo, mis puños apretaban con fuerza las asas de la bolsa de deporte. “Perdóname, Naomi” pensé aferrando la bolsa a mi pecho y a mi corazón. El llanto explotó en mi interior.

Di un paso atrás y luego pensé en el consejo del taxista y me lancé al vacío, como un dragón libre y sabio que busca con su vuelo la libertad…

Hay un proverbio chino que afirma que no es la bala lo que nos mata, sino la velocidad a la que ésta se dirige. En mi caso, mientras muchas de ellas me atravesaban por los disparos de los agentes, pensé que eran las balas más endiabladamente rápidas del universo, tan rápidas que entraron y salieron casi al mismo tiempo, tan rápidas que poco tardé en perder el sentido y olvidarme de ellas para siempre.

Muchos dicen que fue en aquel preciso instante, mientras mi cuerpo y la bolsa de deporte se precipitaban hacia el río Amarillo, cuando Zeming quiso ver los problemas de la República cara a cara, cuando advirtió que una vida tenía más poder que cualquier elección porque una vida formaba parte del destino común de un pueblo. Dicen que la presión de las Naciones Unidas y el rechazo de los ciudadanos hacia la pena de muerte, de cualquier tipo, sirvió para cambiar el régimen comunista y la vanagloriada ley del aborto. También dicen que fue entonces, y sólo entonces, cuando China empezó a prosperar como nación…

SEIS

Regresaron al hospital y los ancianos se sentaron en la sala de espera. El médico les dio la bienvenida estrechándoles la mano.

-¿Son ustedes los abuelos, los Sres. Jiang?

-Sí, somos nosotros. Hemos tenido suerte, ¿verdad?

-Ya lo creo. Ha sido niña.

Entraron empujando levemente la puerta de la habitación. Allí estaba Naomi, exhausta, junto a su marido. Los dos señalaron con un movimiento de cejas la cuna como si fuera un gran tesoro punteado en un mapa pirata. Los abuelos observaron a la niña que dormía impasible. El Sr. Jiang se acercó a ella y le acarició la sonrojada mejilla.

Una niña preciosa que le recordaba a la que encontró recostada en el asiento trasero de su taxi, treinta años antes, cuando Darko salió corriendo del coche con una bolsa de deporte vacía.

La recién nacida abrió sus ojos, negros como pozos sin fondo, esperanzadores y exultantes de vida.

-China ha despertado –dijo Naomi, por fin, entre lágrimas.

Pedro Marchán

 

EL AÑO DE “LA JAMBRE” 27 agosto 2009

Archivado en: Amigos autores — tiberiocesar @ 15:36

EL AÑO DE “LA JAMBRE”


Era el día de la Virgen del Carmen y la ciudad lucía sus mejores galas.

Javierín Buitrago había dejado la pensión por la mañana, justo cuando las cornetas y tambores de la banda militar se dejaron caer bajo la ventana de su habitación. La señora Mariana, una cuarentona entradita en carnes, viuda de guerra para más señas, le había echado un guiño antes de despedirlo.

-Hasta luego buen mozo, ¿a dónde iras con tan buena planta? –Javierín sonrió con amabilidad; la señora bien podría ser su madre.

Llevaba las tripas pegadas desde el día anterior, así que echó mano de su cuadernillo de notas y carboncillo suficiente como para echar el día. La gente iba y venía con aire sonriente, como si los sones de fiesta alejaran por un momento la hambruna y la penuria que a diario asolaban las calles.

La Plaza Mayor estaba abarrotada de mujeres, que se peleaban en las esquinas para ver quien se quedaba con el mejor sitio; puestos de flores, de barquillos o de almendras garrapiñadas. El mercado de abastos era un hervidero. Los mayetos de las pedanías cercanas exponían sus productos en plena calle, en una exultante sinfonía de colores y olores.

A Javierín se le caía la baba con los tomates reventones, a punto de explotar de maduros que estaban; poco a poco se fue internando en el intrincado laberinto de calles del centro. Llegó a las puertas de “El Cafetín”; el Sinforio estaba en la puerta, con su cara colorada y su expresión siempre alegre; el olor a churros recién hechos le pegó un pellizco en la boca del estómago.

De camino a la Plaza de Las Galeras se cruzó con el “Sebas”; el viejo “limpia” estaba dale que te pego al lustre, liado a fondo con las botas de un señor mayor de aspecto estirado.

-Este al menos saca para llenar el buche. –Cavilaba Javierín, mientras continuaba caminando en dirección a los muelles.

-Buenos días “Sebas”. –Saludó al pasar.

-Con Dios chavalote. –Contestó el limpiabotas sin levantar la vista de los botines.

-Tú a lo tuyo “Sebas”. –Le recriminó el señor mayor, en medio de una vaharada de humo azul, procedente del enorme cigarro habano que estaba fumando.

-A mandá. –

Las campanas de la Prioral tañían por alegrías, justo cuando la banda del Tercio de Infantería de Marina se abrió paso desde las explanadas del puerto pesquero; los aburridos soldados llevaban formados desde por la mañana, con un café aguado y un par de churros en el estómago.

-¡Ya vienen, ya vienen! –Las cornetas se unieron a los sones de los tambores, como uno solo –un, dos, marchen, un dos, marchen –con el soniquete monocorde de las marchas militares.

-Y yo sin comer desde ayer. –Pensó Javierín, al pasar junto a las cajas de pescado que se amontonaban en el cantil del muelle; los ojos desmesuradamente abiertos de las brótolas de Conil, le hicieron agudizar el ingenio. En los tinglados del muelle, apoyados sobre unos tendejones, un grupo de guardiamarinas conversaba con indiferencia. El buen porte de los militares le hizo albergar esperanzas.

-Si me camelo a estos, hoy lleno la panza. –Aún le quedaba, que no era poca cosa, la opción de aferrarse a las hambrientas caderas de la señora Mariana; cuando el hambre aprieta y uno no tiene un mal chusco que echarse al gañote, más vale gallina vieja que retortijón de tripas.

-Buenos días, señores guardiamarinas. ¿Hacen unas caricaturas? A sus novias les van a encantar; también puedo dedicarles alguna rima; no son gran cosa, pero dan el pego.

-Mira tú el pintamonas ¡pues no nos quiere inmortalizar! –El comentario del más avispado fue seguido de una sonora carcajada. De repente, la imagen de la señora Mariana, deslizándose libidinosa entre las sábanas de su catre, se hizo realidad en la imaginación del pobre Javierín.

Siguió su camino, preso ya de la desesperanza.

El Barquillero

-¡Camarones, mojama! ¡Prueben el jamón del mar! –Anunciaban a voz en grito los vendedores ambulantes, adueñándose de las esquinas más concurridas de la ciudad. La gente pudiente, con sus estiradas levitas, sus chisteras y pamelas, se encaminaban con evidente buen humor hacia las tabernas de la ribera; hasta Javierín llegaba el aroma del arroz caldoso que se cocía en las perolas de cada tasca.

-Y yo sin un real. –Se lamentaba en silencio, cada vez más compungido. El agujero de su estómago crecía cada vez más. Javierín rebuscó en su faltriquera y comprobó que estaba tieso; más que la mojama que vendían por las esquinas.

La procesión de aquel año iba a ser la comidilla durante mucho tiempo; o al menos ese era el parecer general de la concurrencia. Javierín pasó de refilón frente a la puerta de la conocida Casa del Marqués de Purullena –éste si que puede –reflexionó mientras asomaba la cabeza al patio con curiosidad.

Con más hambre que un lagarto detrás de una pita husmeó el aire y cogió al volapié la fragancia dulzona del azafrán, adornado quizás con una pizca de perejil, lo justo para dar color. Entró de puntillas procurando no hacer ruido.

Al fondo del corredor se distinguía el entrechocar de cacharros y un alboroto inusual.

Acuciado por la curiosidad penetró hasta la cocina. La mulata no había visto una cosa como aquella en la vida. El animalito daba tumbos por la cocina intentando dar con una salida, mientras el agua borboteaba en la cazuela, anunciando que había dado el primer hervor.

-¡Ay señor! Tenga usted cuidado. –La criada dio un respingo echando el cuerpo hacia atrás. –La enorme langosta chasqueaba sus pinzas con aire amenazador.

-¡Tríncala ahora! –Animó Javierín, al tiempo que cortaba el paso del huidizo bicho. -¡Semejante barbaridad! ¡¿De dónde ha salido?! –Exclamó admirado por la presencia del crustáceo. La mulata se abalanzó sobre él por detrás; en menos de un santiamén estaba hirviendo en la perola, no sin antes haberse defendido a brazo partido.

-¡Ay señor, que me ha mordido la muy p…! –Se lamentaba la mulata, mientras le enseñaba un feo corte en el antebrazo.

-No te preocupes guapetona, esto no es ná. –Dijo llevándose la herida a los labios, a la vez que chupaba con fruición los bordes de la herida. Ya no sabía de que tenía más hambre, si de hembra o de hambre.

-¡Quita pa ya, ladrón! –La mulata se alejó meneando las caderas.

-Por lo menos déjame que pruebe el arroz, huele que alimenta. –La criada volvió al poco, con un plato de guiso humeante entre las manos.

-Anda “esmayao”, come a gusto, come contento, pero luego… -Javierín se arrellanó en la silla de esparto y echó mano de la cuchara. El caldo espeso y amarillo, preñado de tropezones, resbaló por la comisura de sus labios. Comió con avaricia hasta “jartarse”, con un instinto atávico, como el que arrastra un hambre centenaria. Aquella era “la jambre” de la que había oído hablar tanto a su madre en las cuevas de la Sierra San Cristóbal, y antes que a ella a su abuela, ni se sabe donde. Hambre de pobre, de miserable, de la que te seca por dentro.

Javierín Buitrago masticaba con miedo a perder bocado, como si le fueran a quitar la comida de la boca; mientras la mulata se reía a carcajadas apoyada en el umbral de la cocina.

-¡Come muerto de hambre, come que mañana Dios dirá!

FIN


Diego Castro Sánchez

 

La dama del viento 25 agosto 2009

Archivado en: Amigos autores — rarevalo @ 19:35


Habían caminado por un largo recorrido hasta llegar a su destino. Un camino que no había sido fácil, ni mucho menos divertido. Selena, acompañada de dos de sus siervos, Faustino y Claudio, no se había detenido en ningún momento. Su obsesión era llegar cuanto antes a la cima de la montaña y atender a la llamada de esa voz que había tronado en su mente en las últimas semanas y que le decía: Ven. Toma el cristal. Libera el aire.


Ella no sabía qué significaba, ni quién hablaba, pero instintivamente supo adonde debía dirigirse. Por supuesto que no iba a ir sola, bien sabía los peligros a los que podía estar expuesta caminando por lugares tan inhóspitos como aquél, y por eso llamó a sus siervos, con el fin de protegerla aunque ahora, al borde de lo que podía ser el fin del mundo, Faustino y Claudio estuvieran tan asustados que poca protección podían ofrecer a su dueña.


Era una montaña muy alta, rocosa, de tonos marrones y grises, y que se exhibía a la intemperie sin que ninguna otra la resguardase. A su alrededor una ráfaga corría envolviéndola, como si anunciase una tormenta de aire que pronto desencadenaría en un huracán que arrastraría a los tres intrépidos a una muerte segura. Pero por más que los dos hombres imploraban a Selena a volver, ella continuaba su ascenso como si no escuchase las suplicas. En realidad no las oía, pues en su mente, la voz dulce de otra mujer, que durante mucho tiempo le había rogado que acudiera hasta allí, continuaba retumbando como si de un hechizo se tratase y que impedía que retrocediese y no cumpliera el cometido para el cual le había llamado.


- Selena… Mi señora… Debemos volver. Más arriba el viento podrá con nosotros –gritó Faustino intentando hacerse oír entre el ruido del viento, al tiempo que luchaba por mantenerse en pie. El vendaval era tan fuerte que, aunque se habían agarrado con fuerza a las rocas, todos sentían como se venían hacia atrás sin remedio. Y aunque el hombre volvió a insistir, Selena prosiguió el ascenso, adelantando a sus dos siervos, y finalmente se volvió hacia ellos con la mirada helada, casi diabólica, y con los ojos iluminados de un verde vivo.


- Seguiremos hasta el final –ordenó y los dos hombres se miraron asustados. Selena parecía diferente.


Continuaron el ascenso muy pendientes de ella, quién había logrado un inyección de fuerzas sobrehumana que hizo que se fuera distanciando de ellos. Era como si el viento sólo los frenase a los dos hombres y ella, como si levitara mecida por el aire, ascendía sin mayor problema.


Momentos antes de llegar a la cima, Selena encontró una cueva con un gran techo por donde prosiguió su camino sin esperar a los dos hombres. Sentía una gran atracción por ese lugar y respondía a la llamada de la voz de su mente con una gran satisfacción. Minutos después, Faustino y Claudio aparecieron, mirándose asustados por el lugar por donde caminaban ahora; una cueva llena de piedras verdes que desprendían un haz de luz uniforme que la convertía en un lugar bastante tétrico. Al menos en el interior no soplaba el aire. Anduvieron aligerando el paso y siguieron la silueta de Selena que se perdía en la lejanía.


Finalmente los hombres alcanzaron a su dueña, quién se había detenido enfrente de un pedestal que sujetaba un cristal ovalado de ese mismo tono de las rocas que iluminaban el lugar. Era casi mágico, muy hermoso, y provocaba una atracción inusitada a todo aquél que lo mirase. Sobre todo en Selena, que permanecía de pie, con la boca abierta y embriagada por la sensación que la inundaba. Sus dos hombres se quedaron unos pasos atrás, también hechizados por la belleza del cristal, pero asustados al mismo tiempo.

De repente, la voz que sonaba en la mente de Selena se pudo oír en toda la cueva. Una voz de una mujer dulce, pero a su vez fuerte y dominante.


- Selena, coge el cristal –ordenó la voz-. Tómalo y libérame. Conviértete en mi aliada. Juntas seremos las dueñas del mundo.


Y Selena, sin vacilar, caminó hacia el altar dispuesta a tomar el valioso objeto entre sus manos. Claudio corrió hacia ella, interponiéndose entre el altar para impedir que obedeciera la voz de aquella mujer, y la agarró de los hombros cortándole el camino.


- Mi señora, no lo haga –imploró con la voz quebrada-. Marchémonos de aquí de inmediato.


- ¡Apártate de mi camino! –gritó ella y él negó levemente.


- No, mi señora. Estoy aquí para protegerla. –respondió asustado. Entonces los ojos de Selena volvieron a teñirse de un verde intenso y con una fuerza sobrenatural lanzó a su siervo contra las rocas.


- ¡No toques a la dama del viento! –gritó Selena, pero con la voz de aquella otra mujer.


Faustino se quedó perplejo, asustado, y contempló cómo Selena se acercaba al pedestal y tomaba el cristal entre sus manos, acariciándolo suavemente. Entonces el aire que soplaba afuera se detuvo y un gran silencio invadió el lugar, hasta que, de repente, Selena empezó a sentirse extraña, cómo si estuviera recorriendo por sus venas algún tipo de energía. Notaba cómo los músculos palpitaban, su respiración se aceleró y fue entonces cuando sucedió.


Claudio y Faustino fueron testigos de cómo Selena se convertía en una extraña criatura. Sus delgadas piernas se alargaron y se hicieron más corpulentas rompiendo sus vestimentas, sus pies se transformaron en unas garras, de la espalda empezaron a nacer unas fuertes alas de gran plumaje de color rojo y verde, las orejas se alargaron, las manos desarrollaron unas afiladas uñas y de su cara emergió un enorme pico de águila mientras su piel se llenaba de plumas. Los ojos cobraron intensidad y ella emitió un alarido de ira y furia.


Selena se había convertido en la bestia de aquella mujer, el instrumento con el que se valdría para someter al mundo, y ahora tenía enfrente a sus dos primeras víctimas; esos hombres asustados que contemplaban la figura la nueva criatura levitando sobre sus cabezas. Emitió un leve alarido, se cubrió con sus alas y empezó a girar sobre sí misma invocando el poder que le confería aquella diosa, absorbiendo todo el aire sin que ellos lo percibieran. Hasta que finalmente abrió las alas con fuerza extendiendo los brazos y dejando que la cueva se volatilizara. Se rompieron todas las paredes provocando el desmembramiento de esos infelices, partiendo la montaña en dos y dejando libre a la criatura que se erguía de un modo insinuante sobre un cielo teñido de rojo.


Y la diosa habló a su creación


- Ve, Garuda, a recuperar nuestro mundo. ¡Mátalos a todos!


Y Selena chilló iniciando su camino, preparada para cumplir su misión. La dama del viento había despertado.


Roberto Arévalo Márquez


 

Pregunte a los solitarios 25 agosto 2009

Archivado en: Amigos autores — rarevalo @ 19:30


Era una noche oscura, de ésas que no tienen luna y las estrellas parecen haber desaparecido del firmamento, con el cielo encapotado por una densa nube que impregnaba el aire de los olores que avisan de una próxima lluvia. Las calles estaban desérticas. Ya nadie caminaba por ellas. Permanecían vacías, inertes, ajenas a las historias de las personas que solían transitar a plena luz del día. Ahora todas estaban en sus casas; descansando, durmiendo, y sólo estaba yo, caminando sin rumbo definido, como un vagabundo que intenta encontrar el lugar idóneo para resguardarse antes de qué las primeras gotas empapen el empedrado de las calles.


A mí me daba lo mismo que la lluvia empezase, que mojase mi cuerpo y lo enfriara. Tal vez así, al menos podría sentir una sensación diferente a la que entonces me anegaba, o quizás, si la tormenta me encontraba, podría caminar con un motivo, una misión, algo que me evadiera de ese pensamiento atroz que se cernía sobre mí cómo el virus más violento jamás inventado por los hombres… Pero ¿Acaso ya no estaba enfermo de él? ¿No estaba sufriendo en mi propia piel ese mal que tan extendido estaba en el mundo? Esa pandemia a la que muchos llamaban soledad.


Los primeros truenos rompieron el silencio de la noche y los destellos de los relámpagos me iluminaron un camino aún por definir. Todo indicaba que sería una gran tormenta, que lo lógico sería que me resguardase. Pero no quería quedarme en casa. Al menos en la calle el silencio parecía menos denso y no había nada que evocase a la verdadera tormenta que me ensombrecía, la que tenía lugar en mi interior. Porque, ¿Cómo vive uno en soledad cuando jamás ha estado solo? Y en la oscuridad de aquella noche, caminaba con la esperanza de encontrarme con el resto de solitarios para poder preguntarles.


Anduve largo rato hasta donde quisieron llevarme los pies, sin pensar en nada en concreto. Sólo me dejé llevar por el ambiente húmedo y la tranquilidad propia de las altas horas de la madrugada, hasta que al fin rompió a llover. Me empapé en muy poco tiempo, el agua caía con gran virulencia, pero proseguí sin acelerar el ritmo hasta que me topé con la entrada de un bar que aún permanecía abierto.


Entré, sacudiéndome previamente para evitar mojar el suelo, y observé el local con sumo detenimiento. Había poca iluminación, tan sólo dos lámparas y una serie de velas rojas dispuestas en cada mesa, pero la suficiente cómo para reparar en la amplia gama de marrones que coloreaba el ambiente: Con grandes cuadros de paisajes en tonos sepia con marcos dorados dispuestos en las paredes, ceniceros oscuros, y mesas y sillas de madera maciza.


Sólo había dos personas; el camarero y una mujer sentada en la barra, abandonándose en el fondo de su vaso de whisky, sin intercambiar palabra alguna y dejando que el leve susurro del televisor prevaleciera a cualquier otro sonido. Yo me acerqué, me senté en uno de los taburetes y alcé la mano para llamar al hombre vestido de camisa blanca y mandil y pajarita negra. Pedí un ron y permanecí ahí sentado en compañía de esos dos desconocidos con quienes compartí el silencio que nos separaba. Era como si hubiera encontrado la sede de algún club de solitarios, aquéllos a los que buscaba para preguntarles cómo se vivía sin alguien a su lado.


Así estuvimos bastante rato, no reparé cuanto tiempo pasó, hasta que al final surgieron las palabras entre nosotros, emergiendo desde lo más hondo de nuestras almas para poner en manifiesto lo que ya todos sabíamos. Éramos tres solitarios; mujer y camarero ya muy experimentados en estos menesteres, mientras yo me estrenaba en este nuevo estado, estigma en tiempos pasados.


Y les pregunté y ellos respondieron con tristes historias de almas desoladas, de amores perdidos que abandonaron a su suerte confiando en que otros nuevos aparecerían, aunque éstos todavía no habían llegado. Me dijeron que jamás te acostumbras, que cuando te crees lo suficientemente fuerte y grande para hacerlo todo sin ayuda, te das de bruces contra el suelo. Afirmaron conocer el dolor y la angustia, algo que emergía con frecuencia: Al ver cómo en la mesita de noche del otro lado de la cama seguía sin haber nada más que una triste lámpara, al comprobar que otra vez les ha salido comida para dos, al no tener con quién salir en las fotos de los viajes que hacían solos, al alzar la copa al viento para desearse un feliz año nuevo…


Escuché atentamente hasta que los hielos de mi vaso quedaron completamente deshechos. Me bebí el ron aguado y regresé a mi casa cuando todavía no había salido el sol, horrorizado por los testimonios de la mujer y el camarero, unos testimonios que me atormentaron durante todo lo que quedó de noche, pues al volverme en la cama reparé en el hueco que había quedado libre. Pensé en todo lo que me habían dicho y al día siguiente no pude hacer otra cosa que volver para que me dieran la respuesta que no me habían dado.


Ya han pasado diez años desde entonces y aún sigo sentado en la barra de este bar en las altas horas de las noches oscuras. Ahora eres tú quien ha entrado por esa puerta. Te has sentado en el mismo taburete y has pedido al camarero que te sirva del mismo tipo de ron que yo bebí entonces, dejando que el silencio nos acompañase de nuevo, hasta que lo has roto para preguntarme cómo viven los solitarios. Y esta ha sido mi respuesta, la misma que me dio la mujer que está sentada en el fondo del bar, la misma que le dio el camarero cuando ella se sentó por primera vez en esta barra.


Ahora ya sabes donde encontrarnos: Ésta es nuestra sede y éste nuestro club. Recuerda que el bar sólo abre por las noches, de doce a cuatro de la madrugada. A esta ronda invito yo. Te veré mañana.


Roberto Arévalo Márquez



 

El septimo sello 18 agosto 2009

Archivado en: Amigos autores — tiberiocesar @ 22:56

EL SÉPTIMO SELLO


El sacerdote se entretuvo todavía unos instantes en la sacristía; antes de salir asomó la cabeza, como un hurón curioso antes de abandonar su madriguera. Miró el calendario que colgaba en la pared, justo al lado de una imagen de la Virgen María sonriente. Era cinco de agosto de 2001.

Se ajustó el alba y fijó la estola sobre sus hombros. Echó un último vistazo a su aspecto, y cuando quedó conforme, penetró en el templo.

-Pocos corderos hay en este rebaño. –Reflexionó mientras se dirigía hacia el altar. Cuando llegó a su altura, realizó una leve genuflexión.

Se situó frente a los feligreses, y se lamentó de la vasta soledad que lo acompañaba cada tarde. Apenas unas viejas que parecían rumiar sus oraciones en silencio, componían la exigua parroquia; carraspeó, y sus gruñidos llenaron el silencio del templo, a través de la megafonía. Una de las viejas salió de su sopor de forma repentina, y bostezo con pereza, mientras abría los ojos con estupor.

-En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; el Evangelio, según San Juan… por la Señal de la Santa Cruz… -Desgranó el sacerdote con desgana. –Hermanos, hoy voy a hablaros del Apocalipsis… -Los ojos de los feligreses parecieron tomar renovado interés.

-…Cuando el tercer ángel tocó la trompeta, cayó del cielo una gran estrella, la cual ardió sobre la tercera parte de los ríos y las fuentes de las aguas.

El anciano se ocultaba entre las columnas que jalonaban el ábside de la iglesia, como si quisiera huir de las miradas recriminadoras, que en su cabeza, lo perseguían desde hacía ya más de cincuenta años.

-¿Qué demonios sabía aquel cura del Apocalipsis? –Se dijo a si mismo; el lo había presenciado, es más, lo había provocado. Aquellas pavorosas imágenes de destrucción, lo torturaban cada maldito día de su despreciable existencia. El viejo cerró los ojos, y la pesadilla tomó forma de nuevo en su mente.

Alamogordo, primeros días de agosto de 1.945. El desierto es espantoso, un abrumador terreno vacío que se extiende hasta el infinito; el coronel Paul Tibbets detiene la marcha del jeep, al vislumbrar a lo lejos la torre de acero que cobija al artilugio. Echa mano de sus prismáticos de campaña y otea el horizonte. Allí está, enorme, cubierta con un toldo que oculta su compleja naturaleza a los ojos de cualquier curioso. Tibbets intenta tragar saliva, pero tiene la boca seca –puto polvo del desierto– maldijo entre dientes, antes de reanudar la marcha.

Tibbets sólo ha podido ver al físico Oppenheimer una vez, desde que fuera trasladado al mando del 509 Air Group; no le tiene simpatía, para él no es más que un jodido nazi renegado, pero a pesar de todo admira su inteligencia, el destello especial que brilla detrás de sus destartaladas gafas, y que lo sitúa a años luz de cualquiera de los mortales que conoce.

Hace apenas unas horas que ha recibido la orden, y todavía no ha tenido tiempo de digerir la magnitud de su misión, tan sólo de llamar por teléfono a sus subordinados. El único que ha titubeado un poco ha sido Parsons; antes de iniciar el vuelo tendrá que encargarse de que se encuentra en condiciones de realizar el trabajo que se espera de él, en esta ocasión no caben vacilaciones.

Las islas del Japón parecen un montón de cagarrutas de mosca esparcidas sobre el mapa de campaña. Los componentes de la misión se miran unos a otros disimuladamente, ninguno quiere mostrar temor, pero es evidente, por la lividez de sus rostros, que conocen de sobra a lo que se enfrentan.

Hay poco que contar, las instrucciones ha sido repetidas una y otra vez, hasta la saciedad, de forma que cada uno de los miembros del equipo, conoce su cometido a la perfección.

Todavía no ha amanecido sobre Alamogordo, y los motores de los B-29 ya han comenzado a rugir; antes de embarcar en su aparato, Tibbets se ha entretenido en retocar la inscripción que luce el bombardero en su morro: Enola Gay, en honor a su madre. Ha notado un cierto temblor en su mano derecha, apenas perceptible, pero está ahí.

-Cielo despejado sobre Hiroshima.- El control meteorológico llega de forma nítida a la escuadrilla. Ya es día seis, el desierto de Nuevo México va quedando atrás poco a poco, y la ciudad secreta de El Álamo, es apenas una mancha en medio de la vastedad del páramo.

Tibbets es un hombre duro, no en balde ha visto morir a mucha gente, está seguro de que no habrá problemas, cumplirá la misión sin vacilar, igual que en Dresde o Berlín. Sin embargo, no puede quitarse de la cabeza los cientos de miles de personas que va a desintegrar en apenas unas horas. “Desintegrar”, la palabra retumba en su mente, con el martilleo constante del remordimiento.

A las ocho de la mañana, Hiroshima aparece con nitidez ante los ojos del coronel; los B-29 de reconocimiento, ya han dado el visto bueno. Tibbets reza un padrenuestro, es algo íntimo, no sabe muy bien si pide por el alma de los que van a morir, o por la suya propia.

Las compuertas del sollado se abren, y la bomba comienza su caída libre, en apenas cuarenta y cinco segundos, se habrá desatado el Apocalipsis sobre Japón, ni tan siquiera San Juan Evangelista, hubiera podido imaginar semejante devastación. Liberado del peso del artilugio atómico, el Enola Gay sufre un impulso que le hace remontar altura rápidamente; 42, 43, 44, los segundos van cayendo sobre la conciencia del coronel Tibbets, que ni tan siquiera se atreve a mirar hacia abajo.

Un fulgor prodigioso se abre paso ante sus ojos, la luz lo inunda todo, sin embargo todo es silencio. Un hongo atómico, de dimensiones pavorosas, se levanta desde el suelo. Tibbets está ciego, o al menos eso piensa, mientras intenta calibrar la magnitud de la explosión. Por mucho que lo intenta no puede hacerse una idea exacta del resultado de la misión, la luz rojiza procedente de la fusión atómica, se dispersa rápidamente por el cielo, al tiempo que un arrasador ciclón de fuego se abate sobre Hiroshima, reduciendo la ciudad y a sus confiados habitantes, a cenizas; calcinados sin tan siquiera una oportunidad para reaccionar, como si realmente, la ira divina hubiese caído sobre ellos.

-O.K. –Repiten una y otra vez desde la escuadrilla de reconocimiento. –Regresamos a casa. –Tibbets todavía está perplejo, incapaz de reaccionar. El Enola Gay emprende el largo regreso, dejando a su paso la mayor devastación que el hombre haya conocido jamás. Tibbets dedica un pensamiento a su familia -¿Dónde estarán ahora?– cavila con un pellizco de angustia atenazándole las tripas.

Ya es de día sobre Alamogordo; los B-29 se precipitan como aves de presa sobre la pista de aterrizaje, arrancada al desierto por los ingenieros del ejército. Si mira hacia atrás, parece que no ha sucedido nada, el cielo es luminoso sobre el desierto de Nuevo México, el inmenso secarral parece incluso hermoso.

Tibbets desciende del aparato, y se reúne con el resto del equipo, todos guardan un sepulcral silencio, como si se hubiera tratado de una misión cualquiera sobre cielo enemigo. Nada fuera de lo normal. El coronel tiene la boca seca, y escupe un gargajo entre sus pie, el cual se desparrama sobre una hilera de hormigas rojas, que queda atrapada entre la mucosidad blanquecina. Tibbets las estruja con la punta de la bota, y cuando aparta el pie del suelo, contempla horrorizado el amasijo apelmazado de diminutos cadáveres, envueltos en sus propios mocos. Por un instante su imaginación vaga sin control sobre los rescoldos de Hiroshima, sabe que las imágenes que acuden a su conciencia, como mudos espectros, ya no le abandonaran jamás.


Diego Castro Sánchez



 

Extracto de “Cartas desde Paraguay” 18 agosto 2009

Archivado en: Amigos autores,Últimos post — tiberiocesar @ 22:52

III


Un mes antes había desembarcado en Buenos Aires. La travesía desde Nápoles había sido apacible, aún así, Krebbs no era amante de la vida marinera, y en cuanto pudo, puso pie en tierra, jurándose a sí mismo no volver a embarcarse en semejante aventura. Los viejos mamparos de su desvencijado camarote, rezumaban humedad por los cuatro costados, y las ratas bodegueras pronto se hicieron asiduas de su compañía, acudiendo cada noche a visitarlo. Las oía roer en la oscuridad, y desplazarse con sus pequeñas patitas de un lado a otro. Durante el día, buscaba con ahínco el recóndito lugar por donde accedían al cuarto; llegando al punto en que decidió reservar parte de su ración diaria, para alimentar a los únicos amigos, que por lo visto tenía a bordo del carguero “Isabelita”.

Los marineros usaban continuamente una jerga ininteligible para Krebbs, una lengua deformada y plagada de extrañas expresiones, que era incapaz de descifrar. Los domingos, el capitán, un hombre de cristianas costumbres, le solicitaba que ejerciera para la tripulación el sacramento de la eucaristía; entonces Krebbs, se colocaba el alba, que llevaba plegada cuidadosamente en su maleta, y recitaba la misa. Lo hacía en latín, ya que era el único idioma en el que podía comunicarse con aquellos hombres, que lo miraban con una expresión cercana a la devoción, y que pocas veces habían contado con la fortuna de viajar con un sacerdote a bordo.

Al principio, pedía perdón entre dientes, cada vez que cometía el sacrilegio de mancillar el Cuerpo de Cristo. Después, poco a poco, fue entrando de tal manera en su papel, que nadie hubiera dicho que se trataba de un falso sacerdote, de hecho, ya no lo era.

Cuando por fin pudo despedirse de sus compañeros de travesía, reconoció en sus expresiones de afecto, verdadero agradecimiento, tanto que no dudo en darles su bendición, y rogar a Dios para que gozaran de un agradable regreso al hogar; aunque dudaba mucho, que ninguno de ellos considerara su casa a algún lugar, más allá de la cubierta del “Isabelita”.

No pasó mucho tiempo en Buenos Aires, lo justo para contactar con un empleado de la embajada de Paraguay, el cual había recibido instrucciones para organizar el viaje de Krebbs, al interior del Gran Chaco –una tierra inhóspita y cenagosa, de donde Dios se ha marchado hace mucho tiempo. –según las palabras del encargado de negocios de la embajada paraguaya, Don Natal Maluenda.

Krebbs tenía serías dudas de que la aparente bondad de Don Natal, no fuera en verdad más que una actitud fingida, un burdo artificio, mediante el cual, intentaba disimular el verdadero impulso que le movía a ayudarle, y que no era otro que las ingentes sumas de dinero, que alguien o algo desconocido, se estaba encargando de proporcionarle bajo cuerda.

-No tiene que preocuparse de nada. Todo está resuelto, en unos días cruzaremos la frontera; yo mismo iré con usted. –A Don Natal le sudaban las manos cada vez que hablaba del tema; se movía nervioso, mientras se secaba el sudor en un pañuelo amarillento, que siempre llevaba colgando del bolsillo de su chaqueta, y que al tercer día, emanaba una hedionda fragancia difícil de encubrir.

Si la travesía a bordo del “Isabelita”, fue toda una aventura, el viaje a lo largo de la frontera entre Argentina y Paraguay, en busca del páramo chaqueño, fue toda una odisea.

-Yo de usted me quitaría esa ropa. –Sugirió Don Natal, con aire risueño, refiriéndose a la sotana, la cual se había convertido en su segunda piel. –El terreno es difícil, y a menudo tendremos que caminar, cruzar arroyos, quebradas… –Krebbs recordó por un fugaz instante el invierno ruso, las largas marchas en retirada, acosados por las emboscadas de los partisanos rusos, y los ataques de la aviación.

Después de varias semanas de recorrer tortuosos caminos, carreteras polvorientas, de dormir al raso, bajo un cielo que Krebbs, jamás había contemplado de forma tan nítida, avistaron los márgenes del Río Pilcomayo; recreándose en la grandiosidad del universo, que se mostraba ante sus ojos, tal cual, por un momento estuvo a punto de reconciliarse consigo mismo. Pero no lo suficiente como para evitar que las sombras de su pasado, aquellas que afloraban cada noche desde algún lugar de su mente, se recostaran junto a él, impidiéndole conciliar el sueño.

-Ya casi estamos. –Afirmó Don Natal, sacando el cuerpo por la ventanilla de la camioneta.

-¡Venga pues! ¡Apúrese! –Exclamó, llamando la atención de Krebbs, que parecía ensimismado con el lento discurrir de la corriente. En la otra orilla, un grupo de capibaras parecía juguetear entre los juncos de la orilla.

A pesar de sus reticencias, no tuvo más remedio que embarcarse en la desvencijada barcaza; el hombrecillo que la dirigía, los miró con ojos curiosos, antes de estirar la mano abierta.

-Indios. –Escupió Don Natal con despreció. El hombrecillo pareció ignorar el comentario, se guardó las monedas bajo el poncho, y comenzó a perchar con indiferencia. La barcaza comenzó a moverse con lentitud, provocando pequeñas ondas en la superficie del agua, que acababan lamiendo la orilla, oculta detrás de una densa marisma.

-¿Queda mucho? –Quiso saber Krebbs, sin poder disimular la aprensión que sentía por el medio acuático.

-No mucho, padrecito, a la vuelta de la esquina. –Krebbs miró al horizonte, que se adivinaba como una estrecha franja sobre amplios esteros, e isletas cubiertas de quebrachales*.

El Pilcomayo se doblaba hasta el infinito, en un largo meandro que arrojaba una gran llanura aluvial a lo largo de su cauce. De vez en cuando, el indio mascullaba algo entre dientes, abandona la percha, y echaba mano de una vieja carabina. Los disparos provocaban una gran algarabía en la marisma, y bandadas de garzas y patos serruchos levantaban el vuelo, para perderse entre los lapachos.

El mes de Marzo tocaba a su fin, y con él la estación lluviosa; apenas unos chaparrones dispersos rompieron la monotonía del viaje; una lluvia cálida, que no calmaba el calor sofocante del humedal.

Por las noches, el indio se aproximaba a tierra firme –por llamarlo de alguna manera –cavilaba Krebbs mientras buscaba un pedazo de tierra seca en donde recostarse. Después de rebuscar en medio de la frondosa galería que formaba la vegetación, el indio regresaba con un cargamento de retama y retales de quebracho, con los que encendía una buena candela. El crepitar de las llamas sobre los rescoldos apaciguaba el inquieto espíritu de Krebbs, y el aroma del capibara asado despertaba sus ansias por seguir viviendo; entonces aparecía de nuevo ella, sentada junto la lumbre, calentándose los pequeños pies, y con su pálido rostro alumbrado por las volutas incandescentes que formaban remolinos entre su pelo.

*(Quebrachales: Arboledas compuestas fundamentalmente por quebrachos; árboles típicos de la fauna del Gran Chacó, en la frontera entre Argentina y Paraguay.)


Diego Castro Sánchez



 

Hieródula 10 agosto 2009

Archivado en: Amigos autores — Díaz de Tuesta @ 14:51
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La estatua de oro de la diosa mostraba un semblante serio.


En sus hermosos y fríos rasgos casi podía detectarse una acusación; los labios, que hubieran debido resultar apasionados, formaban una línea inflexible, y los ojos de metal muerto provocaban una impresión de eterno reproche.


Al menos, así lo percibía Sae, hija de Luen, hieródula en el pequeño templo, y la mejor de todas sus prostitutas sagradas, en opinión de los fieles que acudían asiduamente al lugar. Había sido entregada al servicio de la diosa a la edad de doce años, cuando su cuerpo abandonó las líneas tiernas de la infancia para curvarse suavemente en las de una joven mujer. Su conversión en hieródula no fue algo premeditado. Luen, campesino ignorante, viudo resignado, y hombre de poca suerte, siempre manifestó el temor y la reverencia debidos a la diosa, pero la razón principal que le llevó a sumir a su hija en aquella esclavitud perpetua, fueron las deudas. El pequeño campo que labraba se mostró poco agradecido con las miles de horas de trabajo que enterró en él, y sólo ofreció a cambio hambre y miseria. Luen no tuvo opciones. La dejó en la entrada del templo, apartando los ojos con vergüenza…


Pobre Luen, qué poco conocía a su hija.


Claro que, era lógico que temiese por ella, y se sintiera culpable. Más allá del brillo de los rituales y las parafernalias del templo, y de las palabras una y otra vez repetidas hasta perder todo sentido, las prostitutas sagradas no dejaban de ser eso, prostitutas. Gozaban de una vida cómoda, pero el servicio sagrado no lo soportaba bien todo el mundo. Los fieles acudían a recibir el amor de la diosa a través de sus esclavas, y ellas no tenían capacidad de elección posible. Había que atenderlos a todos, darles aquel remedo de amor a todos, altos, bajos, viejos, jóvenes, guapos, feos, gordos, delgados…


Sin embargo, Sae guardaba un secreto: a ella le gustaba el papel que le había deparado el destino. Le gustaba de verdad. Se sentía una mujer afortunada, y, de alguna manera, una triunfadora. Habían intentado utilizarla, siempre, todos: su padre para alejar su miseria, la diosa para usar su cuerpo como medio para llegar a los fieles, el templo, para enriquecerse con los pagos por sus servicios, los creyentes, para liberar su lujuria… ¿No resultaba tremendamente satisfactorio, y sutilmente irónico, que, en realidad, ella fuera la que los manipulase a todos?


La diosa no la utilizaba para dar amor, era ella la que utilizaba a la diosa, y todo lo que suponía, para liberar sus inagotables apetitos, y su pasión.


Y la diosa lo sabía.


Cada caricia entregada por Sae en su nombre, era una mentira. Cada beso, un engaño. No había comunicación entre los fieles y su divinidad, Sae no se consideraba un vínculo, sino un fin en sí mismo. Nada llegaba a la diosa, nada surgía de la diosa; todo empezaba y terminaba en el anhelante tacto de Sae, en los deliciosos escalofríos de su piel, en el lánguido crepitar de su carne, en el largo y glorioso ascenso que la llevaba una y otra vez a las siempre codiciadas alturas de lo voluptuoso, al erótico mundo de los sentidos, de los deleites carnales.


Todas las bocas podían dar placer, si sabías buscarlo, todas las manos eran capaces de arrastrarte en el lento, armónico fluir del deseo, si sabías dejarte llevar. Por eso, no le importaba que, muchas veces, los fieles fueran hombres viejos, o poco agraciados, en su mayoría campesinos de dedos callosos y carnes marchitas, quebradas por el trabajo duro y la pobreza. Además, no podía quejarse. Ocasionalmente, disfrutaba de algún premio inesperado, soldados o aventureros que estaban de paso por la zona, hombres de armas acostumbrados a buscarse la vida rondando la muerte. Entre sus brazos, enérgicos, entendidos, incansables, Sae ardía como una tea, como las brasas de los incensarios sagrados, perdiéndose jubilosa en aquella marea eterna, eternamente buscada…


Pero, el día en que llegó Meren, el mundo perfecto en el que vivía Sae, dio un brusco vuelco.


Al contemplar la figura elegante, gallarda y atractiva, de aquel extranjero, el corazón se aceleró en su pecho como nunca antes le había ocurrido. Sintió que los dedos se le crispaban por el puro afán de tocar esa piel, esa, exactamente esa, y ninguna otra. Sintió la boca reseca, agrietada, sedienta, ansiosa de recibir los besos de esos labios. Su cuerpo se tensó, totalmente alerta, esperando recibirle, mezclarse con él en esa inacabable danza atávica en la que ambos llegaría a ser puro gozo, carne que palpita.


Meren era un hombre hermoso, alto, bien proporcionado, con aire digno y noble.


Y Sae iba a tenerlo…


Avanzó hacia él, contoneando las caderas con suavidad, muy segura de sí misma, de su belleza, de la ciencia meticulosamente aprendida entre los susurros de sus sábanas. Sólo se oyó el tintineo de sus largos zarcillos, de los mil abalorios y cadenillas que adornaban su cabello, tobillos, brazos, y la túnica dorada de hieródula. Los rasgos de su rostro permanecieron inmóviles observando a Meren, fijamente, manteniendo su mirada; nada dejó entrever cuánto deseaba arrancarle la capa, y la armadura de cuero blando, cómo suspiraba por apartar el último rastro de ropa y aferrarse con uñas y dientes a su piel, probar su sabor, contaminarle con aquella abrumadora necesidad…


– ¿Deseas recibir el amor de la diosa, creyente? – preguntó, siguiendo el ritual. Los ojos de Meren se deslizaron un segundo hacia la estatua de la diosa, luego volvieron a ella… Agitó la cabeza.


– No, creo que no – dijo, sorprendiéndola – No temas. No seré yo quien se aproveche de tu triste situación muchacha, ni quien te tome, cuando me consta que no puedes rechazarme. Debe ser terrible tener que prostituirte de esta manera, perder… la dignidad, perder el respeto que todo el mundo debe poder sentir por sí mismo, sin ni siquiera quedarte con el oro ganado a costa de tu humillación – Sae se quedó tan desconcertada, que no supo qué replicar. Él le entregó una bolsa, bien nutrida – Toma. Este oro, que sea para ti, y sólo para ti. Escóndelo – alzó una mano, y le acarició la mejilla. El roce provocó una sensación devastadora, una descarga absolutamente deliciosa de dolor y calor que recorrió con furia su cuerpo. Sae se estremeció. Él no pareció darse cuenta, sumido en su propia lucha – Y no creas, no resulta fácil, renunciar a disfrutar de tus encantos. Eres una joven muy hermosa. Quizá, en otras circunstancias… Pero soy un hombre de honor, y debo tratarte con el respeto que te mereces.


Respeto… El hambre de sensaciones que tensaba dolorosamente su cuerpo, que hacía arder por completo su alma, la inducía a revelarle la verdad, y de inmediato. Quería decirle que no tenían por qué negarse la satisfacción que ambos deseaban, porque ella, ella en concreto, no era una víctima. Muy por el contrario, se consideraba un ser tremendamente dichoso, situado por la vida en el lugar donde más libre podía sentirse. De haber seguido en la casa de Luen, hubiese terminado casada con cualquier campesino, un hombre áspero, rudo, y sólo inspirado por su propio placer. Un único hombre, al que hubiera pertenecido, al que se hubiera visto sujeta, limitada a sus momentos y sus caprichos, sin posibilidad de desatar sus apetitos en otras pieles…


Pero, no, no…


Sae titubeó, sintiéndose atrapada en una absurda broma del destino. Si no le sacaba de su error, aquel extranjero se iría, dejándola con su espejismo de virtud, su deferencia, y sus brazos vacíos; pero, si le decía la verdad, perdería aquel inesperado respeto, aquella emoción peculiar que nunca nadie le había regalado, y que se sentía inclinada a conservar. Incluso, quizá, llegara al desprecio. No podría soportarlo… Era capaz de irse, de todos modos, y ella se quedaría sin la satisfacción carnal, y sin su respeto.


Contuvo el intenso deseo que pugnaba por estallar en su interior, y le dejó marchar, apretando disimuladamente los puños. No podía librarse de la incómoda idea de que, ya, nada sería como antes, nunca. A partir de ese momento, buscaría el aroma de Meren en otros aromas, el sabor de esa piel que ni siquiera había probado, en otros cuerpos, el frenesí devastador que había desatado aquel roce en su mejilla…


Y le dio la impresión de que, la estatua de la diosa, sonreía.


Yolanda Díaz de Tuesta

 

Flores para los Muertos 10 agosto 2009

Archivado en: Amigos autores — Díaz de Tuesta @ 14:48
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Para Jorge, era un trabajo sencillo.

La vieja no pagaba mucho, cierto, pero saltar la tapia del cementerio suponía un esfuerzo mínimo, y el traslado de las flores, las grandes coronas, los hermosos ramos, no dejaba de ser un agradable paseo. Incluso le permitía sonreír, en el camino de vuelta, a la chica que había empezado a hacer la calle junto a la tasca de Alberto. Siempre llegaba con las sombras, como si la noche tomara forma en su piel oscura. Era morena, de grandes ojos y largas piernas, líneas cimbreantes que hubieran debido tener mejor destino que el de ser tocadas por toda clase de pieles a cambio de unas pocas monedas. No hablaba su idioma, lo supo la tercera noche, al preguntarle su nombre y recibir una risita nerviosa por respuesta, y él jamás pagaba por un servicio; era una cuestión de principios que no pensaba romper, ni siquiera por ella.

No les quedaba, por tanto, más que la sonrisa, el lenguaje internacional de las expresiones luminosas. En eso, se entendían perfectamente.

Jorge no podía decir cuándo aquel encuentro se había vuelto importante. Quizá lo fue desde el principio, desde el mismo instante en que se hicieron reales el uno para el otro, llenándose de color, de facetas y detalles, superponiéndose al gris decorado que formaba el mundo. Adoraba la sonrisa de aquella muchacha, era su única conexión con esa parte de las relaciones humanas que tan extraña le parecía. Amor, afecto, amistad, cariño… Muchas veces se había preguntado qué sensación provocaban realmente aquellos términos tan valorados por la mayoría de la gente, y sólo ahora empezaba a intuirlo. Antes pensaba en ellos con desdén; ahora, con auténtica codicia. ¡Le resultaban tan raros y fascinantes! Él se había criado en la calle, había tenido que luchar duramente por cada bocado, por cada noche bajo techo, por huir del frío y de la miseria. No es que en esos momentos fuera rico, ni mucho menos, pero se estaba haciendo un hueco en el mundo, la clase de huecos que se buscan por la fuerza los que nada tienen. Hubiera podido conseguir mucho más, en menos tiempo, pero no era tonto y sabía que los vivos eran muy celosos de sus pertenencias.

Él prefería robarle a los muertos.

Las flores. Las deliciosas, aterciopeladas, perfumadas flores de los muertos…

Alguna vez, se había acercado a los ramos de rosas, en la floristería de Elvira, a sus jazmines, a sus crisantemos, a sus gladiolos solitarios. No olían igual, en absoluto. Estaban allí, a disposición de cualquiera; eran flores iluminadas fieramente por la luz del sol, destinadas a festejar cumpleaños o la existencia de una pasión, o para adornar un templo, o cualquier otra cosa que atañía únicamente a los vivos. Sólo las Elegidas, las arrastradas por la fuerza del destino a la oscuridad de las sombras, las obligadas a traspasar la línea entre mundos, eran capaces de emitir aquel perfume único que le envolvía en sus paseos nocturnos, del cementerio a la casa de la vieja.

Y en la casa de la vieja.

Allí, a la luz de las dos velas que apenas conseguían contener las hambrientas sombras contra las esquinas, las flores tenían un perfume más intenso todavía, de ser posible. Virulento, penetrante, denso… brutal. Tras pagarle con las monedas que sacaba sigilosamente del armario situado en el centro de la habitación, arrastrada por aquel anhelo, aquella urgencia incomprensible, la vieja hacía caso omiso de su presencia, y empezaba a arrancar los pétalos, a llevar a cabo su extraño ritual, mirando de vez en cuando hacia el armario, como vigilando que siguiera allí.

Jorge la observaba en silencio, entre fascinado y repelido, intentando deducir las razones de tal proceder. ¿Sería algún conjuro? ¿Alguna clase de magia insólita? A su pesar, Jorge, Catedrático de las Calles, Doctorado en Puños, Experto en Todas las Formas del Dolor, temía a la vieja. Temía sus ojos blancos que parecían ciegos pero que lo veían todo. Temía su tacto reseco, sus uñas rotas siempre manchadas de tierra negra, y el olor dulzón que emitía. Era como si las flores la envolvieran, sofocantes, y se pudrieran lentamente sobre su piel, fermentándose en una esencia tan odiosa como sugestiva. Más de una vez se había preguntado si no estaría ya muerta, si no sería la tierra de sus uñas tierra de su propia tumba, prueba de haber escarbado con desesperación para escapar y volver al ámbito de los vivos. Pero era tan absurdo… Jorge creía firmemente en la línea, en la zona de nadie que separaba los mundos. Sólo las flores podían traspasarla.

La vieja arrancaba uno a uno los pétalos de las hermosas coronas, con cuidado exquisito, tratando de no romperlos. Los iba pegando en la pared, asegurándose de no dejar nunca espacios vacíos, usando como engrudo su espesa saliva. Jamás, ningún pétalo osó soltarse tras ser añadido al grupo con aquel pegamento repugnante. Y ella, murmuraba con su voz rasposa, llena de espinas: “Flores para los Muertos. Flores para las Almas Perdidas. Flores para Aquellos de los que Nada queda…”.

A la luz del día, recordarlo hasta le inspiraba algo de hilaridad. Bajo el tembloroso palpitar de las velas, resultaba total y absolutamente aterrador. Así, sin más, sin términos medios, sin palabras que pudieran suavizarlo. Aterrador por lo tétrico, por lo inexplicable, por lo absurdo que era todo. Las paredes, las cuatro paredes del pequeño cuartucho, estaban casi completas. Podía haber terminado al menos tres, de hecho, pero seguía una línea, igual que seguía un ritual, y cuidaba de continuar las hileras por los cuatro lados, con precisión milimétrica.

Jorge se sentía enfermo, y se iba.

Era un trabajo, se decía, y trataba de no pensar más en ello. Pasaba el día en la Oficina del Paro, la versión mortal del Purgatorio de las Almas en Pena, en la tasca de Alberto, el Cielo Ilusorio para quienes sólo quedaban los sueños distorsionados en el fondo de un vaso vacío, y en la calle, el mundo hostil del asfalto y de la espalda, donde nadie conocía a nadie, donde todos buscaban la manera de ser más fuertes que el contrario.

Y, con la llegada de una nueva luna, reiniciaba su rutina.

Una noche, al regresar con las flores, vio a la chica apoyada contra la pared, junto a su esquina habitual. Supo que estaba llorando por la forma suave en que vibraban sus hombros, aunque algo le dijo que lo hubiera intuido en cualquier caso. Jorge cargaba con una enorme corona en la que una cinta juraba que NUNCA TE OLVIDAREMOS. Estaba formada por decenas de pequeñas rosas blancas, que habían sido puras, inmaculadas bajo la luz del sol, pero que ahora mostraban los colores del hueso, la esencia de la muerte, el perfume intenso del otro lado. ¿Acaso no pertenecía ella también, en parte, al otro lado? Era un ser como él, sin lugar en el mundo de los vivos pero aún no aceptada entre los muertos, una criatura mixta, perdida en la estéril tierra de nadie. Vivían porque sí, y morirían porque sí, y nadie les recordaría. Sólo se tenían el uno al otro.

Jorge sintió una extraña congoja. Extrajo una rosa de la corona, y se acercó a la muchacha. Piel negra, golpeada, un labio roto, un ojo morado. Durante unos segundos, ella le miró sin verle, luego, al reconocerle, sorbió las lágrimas y sonrió. Jorge hubiese querido matar con sus propias manos a quien le había hecho eso, pero no tenía sentido preguntar. Quizá, ni aunque hubiese sabido el nombre, ni aunque hubiese conocido su idioma, se lo hubiera dicho. Cada uno tenía su parcela de realidad, perfectamente delimitada, ella, con sus clientes, él, con sus flores, sólo enlazados por la sonrisa.

Jorge le tendió la flor.

La chica parpadeó, sorprendida. Sus ojos de ébano brillaron como cristales. Una nueva lágrima se deslizó por su mejilla, y la sonrisa se extendió, trémula, algunos milímetros más. No dijo nada. No era necesario que dijera nada. Sólo cogió la flor, casi reverente, y la olió, cerrando los ojos, sumergiéndose en el perfume, y en la sensación de sublime maravilla que le producía aquel inesperado obsequio. Jorge la dejó así, y prosiguió su camino.

Si la vieja echó de menos la flor, no lo dijo. No es que tuviera mayor importancia, pero todo lo relacionado con ella resultaba tan extraño que no le hubiera sorprendido verla furiosa, exigiendo su restitución, o un nuevo viaje al cementerio, gratis. Pero, no, se limitó a temblar de gozo anticipado al ver el estupendo material logrado esa noche, y Jorge quedó convencido de que en medio de la profusión de rosas, su ausencia había pasado completamente desapercibida. Cobró, y se fue.

Apenas pudo dormir esa noche, sintiéndose sumamente inquieto, y durante el día, en la Oficina del Paro, en la tasca de Alberto, en la calle, pensó en el labio roto de la chica, en sus sensibles ojos de ébano, y en aquella lágrima solitaria. Pensó tanto en todo ello, que sus principios cambiaron, y decidió que si no podía convencerla con su sonrisa, pagaría por tocar aquella piel y tratar de alcanzar, más allá, su luz oscura. Alcanzarla, y atraparla, a ser posible, y arrancarla de la esquina en la que vivía, y ser dos en la misma lucha, ahuyentando definitivamente la soledad. Les unía una sonrisa, una sonrisa auténtica y resplandeciente. Era mucho más de lo que había unido a otros.

Pero, esa noche, la chica no estaba.

No era la primera vez, todo dependía de un cliente, de un momento de buena fortuna, de una concatenación de circunstancias. Jorge dudó un instante, aun sabiendo que no había lugar para las dudas. Tenía que verla esa misma noche, y llegar a un acuerdo sobre su futuro. Dejó la corona que había conseguido bien oculta tras unas cajas y entró en la abarrotada tasca de Alberto, a preguntar por ella.

Entonces, supo lo que había pasado.

La habían encontrado al amanecer, con el cuello roto, en uno de los callejones cercanos al muelle. Mala suerte, dijeron todos, agitando tristemente las cabezas, con la resignación propia de quienes saben que la vida es algo que te puede ser robado en cualquier momento, como todo lo demás. Fue una noche de pura mala suerte. El cliente anterior, la había pegado con saña, con esa violencia de la que sólo son capaces los más cobardes, los que tienen que liberar sus frustraciones con quienes saben que no pueden defenderse, pero según la policía, para entonces aquel hombre tenía una coartada oportuna en su mundo socialmente aceptable de próspera clase media. Nadie sabía con quién se había ido, después. Y nadie sabía nada de una rosa.

Jorge se sintió absolutamente desolado, como nunca, jamás, en toda su vida hasta entonces. Había perdido la sonrisa, había perdido los ojos de ébano, la brújula con la que había querido orientar el resto de su existencia. Tuvo miedo de llorar, y quizá lo hizo, porque Alberto, que no era dado a semejantes muestras de generosidad, le invitó a la primera copa, a la que siguieron dos más, y luego una tercera, tratando en vano de alcanzar ese punto en el que toda pena produce una risotada vacía. Para cuando recogió de nuevo la corona, se tambaleaba torpemente sobre los pies.

La vieja estaba ya fuera de sí cuando llegó. Se había retrasado respecto a su horario habitual, cierto, pero tampoco parecía tan importante. La mente de Jorge, embotada por el alcohol, no podía entender su angustia, ni su furia. Ella le arrebató la corona, y en vez de pagarle de inmediato, como hacía siempre, empezó a arrancar pétalos con manos temblorosas, a humedecerlos con una lengua ennegrecida por los encantamientos, a pegarlas en su línea exacta con fuertes golpes llenos de desesperación. “Flores para los Muertos. Flores para las Almas Perdidas. Flores para Aquellos de los que Nada queda…”.

El olor, la podredumbre, el cambio… Todo estaba teniendo lugar de forma acelerada, para intentar recuperar unos segundos vitales. Jorge sintió que se mareaba. El amargor de la bilis ascendió hasta su boca.

– Págueme – pidió, conteniendo la náusea, las ganas de vomitar, de expulsar de sí el alcohol y el espanto. Pero la vieja no le hizo caso. Siguió con su sonsonete, con su pegar pétalos enloquecido, arrancándolos de la corona a puñados, sin el cuidado con el que habitualmente llevaba a cabo el proceso.

Decidido a irse cuanto antes, Jorge se dirigió hacia el armario del que la vieja siempre sacaba las monedas. Estaba situado en el centro mismo de la habitación, para mantener despejadas las paredes y poder llenarlas por completo de pétalos, y él siempre lo había visto por su parte trasera. Por delante, resultaba un mueble igualmente anodino, de madera barata y diseño poco inspirado. Tenía cerradura, pero la llave no estaba echada.

La vieja había seguido sin prestarle atención, pero, en cuanto abrió las puertas, en cuanto descubrió el foco de aquel olor nauseabundo, en cuanto contempló, horrorizado, el cuerpo marchito que aguardaba dentro, colgando de una percha igual que ropa destrozada, chilló enloquecida. Dejó caer el puñado de pétalos que había tenido entre las manos, que revolotearon a su alrededor como si fuera la aberrante novia de una boda, y se lanzó a por él. Aturdido por la fetidez que había surgido del armario, Jorge no fue tan rápido como ella. Sintió que le clavaba las uñas rotas y negras, que tenían un tacto terroso y áspero; las clavó con saña, desgarrando piel y carne, derramando su sangre, buscando su completa destrucción. Jorge reaccionó de forma instintiva, lanzando el puñetazo que tantas veces le había salvado en otras ocasiones.

Notó cómo la carne se deshacía como algo viscoso y repelente bajo sus nudillos, cómo los huesos se astillaban igual que ramas secas, sin emitir un solo lamento. El impacto fue fulminante. Antes de tocar el suelo, cuan larga era, la vieja ya estaba muerta.

Jorge la miró sobrecogido, con un estremecimiento helado recorriendo su interior, atenazando sus articulaciones, impidiéndole respirar. No era la primera vez que mataba a alguien, bien lo sabían las calles y la siempre silenciosa noche, pero sí la primera en que no había deseado realmente matar, y en la que el otro no podía defenderse. Allí, tirada, inmóvil, la vieja parecía tan débil, tan absolutamente vulnerable…

Sintió un momento de vacío, de absoluta nada. Luego, los cabellos de su nuca se erizaron.

Lentamente, giró sobre sí mismo, enfrentándose al cuerpo guardado en el armario. Era poco más que un esqueleto, despojos irreconocibles, aunque los restos de su ropa, un traje de un negro sin más matices que los que le daba la suciedad, hacían suponer que se trataba de un hombre. No se había movido…

¿O sí?

¿Estaba antes la cabeza inclinada hacia ese lado? ¿La mandíbula había caído de ese modo, en aquella especie de burlona carcajada, como si acabase de presenciar algo realmente divertido? No estaba seguro, y, de alguna forma, saberlo era importante. Los ojos de Jorge recorrieron la figura, buscando cuidadosamente todos los posibles cambios.

Y entonces, vio la rosa.

La tenía aferrada entre los descarnados dedos de su mano derecha. Mano de huesos, firme y dura, mano capaz de arrebatar vidas, de romper cuellos… Jorge contuvo la respiración, horrorizado, culpable, enloquecido, sofocado por el olor, cada vez más fuerte, más intolerable, del cadáver y las flores.

Una sobrecogedora sensación de urgencia le embargó por completo. No sabía por qué, pero debía completar aquellas paredes, debía evitar… algo que, de tan horrible, no podía ni imaginar, no quería ni imaginar. Quizá fue en ese momento cuando se quebró su mente, aunque de ser así, no llegó a darse cuenta, porque ya no pensaba en nada, no pensaba en sí mismo, ya no existía. No tuvo mucho que ver tampoco con el hecho de que su cuerpo se moviera por la habitación, que se dirigiera a la corona, que empezara a arrancar pétalos convulsionado, mirando de vez en cuando al armario, con el alma en vilo.

– Flores para los Muertos – dijo una voz, que le costó reconocer como la suya, y su saliva era pegamento, y su lengua empezó a ennegrecerse con las sílabas del sortilegio – Flores para las Almas Perdidas. Flores para Aquellos de los que Nada queda…


Yolanda Díaz de Tuesta

 

El Flautista 10 agosto 2009

Archivado en: Amigos autores — Díaz de Tuesta @ 14:43
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Era extraño, aquel flautista… Olía a bosque, a tierra húmeda, a tormenta. Nunca llevaba zurrón, nunca compraba nada, nunca reverenciaba los lugares sagrados del pequeño reino, ni hacía las cosas que se presupone que hacen los seres vivos. Rondaba ocasionalmente la aldea que se alzaba junto al bosque, pero siempre a distancia, siempre evitando el contacto con los lugareños. Prefería la soledad y jamás hablaba.


Solía pasar su tiempo en lo más profundo del bosque, cerca de la negra montaña que marcaba, exactamente, el centro del reino mágico; un lugar que los aldeanos evitaban siempre que podían, como evitaban mirar la montaña. A él, sin embargo, no parecía importarle la sensación de magia demasiado antigua, demasiado agreste, que emanaba de aquella mole oscura. Sentado en una loma, junto al nacimiento del río, tocaba su flauta durante horas y horas, siguiendo el melódico rumor de la corriente, encadenando notas como otros encadenan palabras…


Decían que comía ratas. También decían que comía niños.


Nadie le vio, nunca, comer nada…


Lo único realmente vivo en él, parecían ser sus manos, una idea que surgía de su movimiento, no de su aspecto. Al igual que su rostro de ojos yermos, eran demasiado pálidas. La piel, translúcida, endeble como la de un pescado, daba la impresión de estar estirada hasta lo imposible sobre los finos huesos; y, en ella, se distinguía el ramaje de unas venas monstruosamente hinchadas, llenas de bultos y deformidades, que dibujaban signos perturbadores al entrecruzarse una y otra vez sobre sí mismas.


Sin embargo, esas manos se movían sorprendentemente ágiles, veloces, llenas de vital entusiasmo, por la larga flauta.


Nadie conocía el origen del flautista, nadie sabía qué había ido a hacer allí, qué podía haberle conducido a aquella parte recóndita del reino mágico, donde sólo había una aldea, un bosque, un río, y una oscura montaña; pero cuentan las leyendas que, una noche, la vieja Úrsula, la bruja que vendía pócimas, sacaba muelas y leía el futuro, le vio, en lo alto de su pequeña loma, recortado nítidamente contra una enorme luna llena. Y escuchó cómo empezaba a tocar su flauta, todo él inmerso en el ritmo lánguido de una música tensa, inquietante, angustiosa…


El bosque entero se puso en guardia cuando aquellas notas se extendieron por la maleza como un crepitar cansado, agitando los arbustos, multiplicando las sombras, dibujando a su paso runas extrañas, casi invisibles, en los troncos de los árboles. Los animales, las plantas, los seres mágicos, incluso los tremendamente antiguos, aquellos que vivían en el dibujo de las telarañas o reflejados en los charcos, intuyeron que había algo distinto en esa tonada, algo retorcido, y siniestro…


La música se acentuó y se quebró en una larga, larga nota.


Algo se oyó, en la vertiente del río, un gorgoteo pesado…


Entonces, la noche se llenó de sonidos, chillidos fuertes, histéricos, que llegaron acompañados de una multitud de movimientos bruscos entre el boscaje, de ruidos de piedras, de tierra removiéndose violentamente, de chasquidos de ramas… Y, de pronto, de todas partes, empezaron a surgir ratas, ratas grandes y pequeñas, ratas gordas, flacas, largas, deformes, ratas enfermas, jóvenes, viejas, y pequeños ratones. Decenas, cientos, una marabunta, una cascada interminable de movimientos convulsos. Los enloquecidos animales pasaron por los lados de Úrsula, esquivándola apenas, golpeándola a veces, y se lanzaron al río.


La vieja Úrsula, que conocía bien el olor de la magia, dijo que pocas ratas estaban vivas para cuando llegaron a tocar el agua. Esa música aberrante las había matado ya, o las estaba matando mientras se acercaban, atravesando un bosque alterado por los hechizos de aquella nota. Y contó cómo, en un solo segundo, todo el río se encontraba completamente cubierto de cuerpos peludos y sucios, un agitar continúo de miembros temblorosos, agónicos.


Ninguna rata llegó a hundirse; mucho antes de que les diera tiempo a hacerlo, algo fluctuó, separándose de las primeras peñas de la montaña, de la inquietante cascada en la que nacía el río.


Era… eso, nadie sabe decirlo, con certeza; sólo podría asegurarse que se trataba de algo más antiguo incluso que los que se reflejaban en los charcos, o los que vivían en los enrevesados dibujos de las telarañas. Ante los ojos mortales de Úrsula, se mostró como una masa negra y repugnante, una profunda oscuridad que se extendía desde la negra montaña, unida a ella como por un largo cordón umbilical que rezumara sombras. Alcanzó las ratas, las tocó, las envolvió en su negrura, reventando sus cuerpos, aspirando con gula sus fluidos estancados, reduciendo carne y hueso, convirtiéndolas en una pasta maloliente, rojiza y espesa, que cubrió como una manta la superficie del agua…


La criatura empezó a alimentarse, lentamente, lentamente, al ritmo de aquella cadencia angustiosa.


Todo fue sangre. Todo fue muerte. Todo fue oscuridad…


El tiempo se detuvo. El sonido se detuvo.


En la loma, el flautista se quedó muy quieto, los brazos en alto, la espalda arqueada hacia atrás, la flauta en los labios, iluminada en frío por la luna… Aquel silencio antinatural se extendió durante un segundo eterno, y, luego, se rompió en una nueva nota, distinta, terrible.


No había sido suficiente. Incluso Úrsula, acostumbrada a no mirar directamente la montaña, a no pensar en esas magias antiguas y perversas, pudo sentirlo. Las ratas no lo habían aplacado. El hambre, un hambre terrible, ansiosa, cegadora, se palpaba en el aire, en la música, en el negro del cielo, en los turbadores remolinos que formaban las aguas del río.


Y, mientras le veía dirigirse con paso firme hacia la aldea, Úrsula se preguntó qué nuevo alimento conseguiría el flautista, para su monstruo.


Yolanda Díaz de Tuesta

 

Me perteneces 6 agosto 2009

Archivado en: Amigos autores — rarevalo @ 19:32



Siempre te he querido. Esa es la verdad. Desde el primer momento que te vi, cuando entonces eras tan joven y yo tan vieja. Todavía recuerdo aquel día como si lo tuviera grabado a fuego en mi memoria. No sonreías y tenías una expresión triste, pues tenías que despedir a uno de tus amigos, y yo, desde ese asiento reservado, observaba cada centímetro de tu rostro, de tu cabello, de tu cuerpo… todo tú.

¡Cómo no iba a quedarme embelesada contigo! Era algo casi imposible. Tan joven, tan apuesto, tan gentil… y desde aquel día te estuve siguiendo a todas horas. Allá donde ibas; a tus fiestas, a tus trabajos, a tu casa. Te seguí sin que tú quisieras percatarte de mi presencia, y contemplé tus éxitos y fracasos desde el otro lado de la barrera, donde debía permanecer hasta que llegase mi momento.

Para mí era una desdicha no tenerte y muchos días los pasaba imaginándote a mi lado, viéndome del mismo modo en el que yo te veía, y deseándome como yo te deseaba. Era mi único consuelo, era mi única forma de poder sobrevivir en este día a día en el que tú no estabas, y soñaba con ese momento en el que al fin fueras mío, que me pertenecieras. Pero… tú no me querías. Eso lo he sabido siempre… y la verdad, no me importa. Estoy acostumbrada a que la gente no me quiera. No lo digo por decir, ni tan siquiera por cumplir.

Han sido largos años los que he pasado repudiada por todos y con el tiempo me he hecho fuerte. Por eso no me importó que te casases con otra, que tuvieras hijos con ella y que éstos te dieran nietos. De verdad, no me importaba, porque sabía que al final todo eso se desvanecería y sería conmigo con quien estarías. Estaba escrito en el destino, desde el primer día que nos cruzamos… y los dos lo sabíamos.

Distinto fue ver cómo todos ellos eran mucho más importantes que yo. Eso sí que me dolía más. Ver ya no sólo cómo amabas a tu esposa por encima de mí, o a tus hijos o a tus nietos… Sino ver cómo querías hasta a los simples desconocidos. Todos eran más importantes que yo, ¡Yo que he estado a tu lado desde el primer momento! Eso fue muy duro. Yo no te pedía que me quisieras, pero al menos que me tuvieras en cuenta. Y no. Tú actuabas como si yo no existiera. ¡Me negabas! Y eso me entristecía.

Ahora todo ha cambiado. Ya eres viejo, tu rostro se ha arrugado y el poco pelo que peinas es cano. Muchos de los que te acompañaban ya te han abandonado y ahora estás solo. Por eso te vuelves a mí con la esperanza de que te reciba… pero ¿sabes qué? Que te perdono. Perdono todas las veces que me has negado, perdono todo el afecto que no me has dado. Porque para mí no eres ese anciano enfermo que se postra en la cama, sino el mismo joven apuesto que vi hace años, y lo cierto es que cada día que transcurre me siento más feliz, más dichosa, porque siento cómo dejas que entre en ti, que fluya por tus venas.

Hoy es el mejor día de todos los que marca el calendario. Hoy es el día de mi recompensa, de obtener mi premio de tantos anhelos aplazados, porque por fin llegué a tu corazón para poder sentirlo, para poder acariciarlo y aferrarme a él hasta detenerlo, porque desde hoy en adelante… ahora ya sí… me perteneces para siempre.


Roberto Arévalo Márquez


 

 
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