Dentro del reducido habitáculo, con la respiración agitada por el esfuerzo, recobran poco a poco la tranquilidad.
Ajenos al gélido clima que congela la avenida donde su coche está aparcado furtivo en la noche, al perihelio, a los vecinos que duermen tras las persianas. Otra noche más han decidido darse calor bajo la luz de una tenue farola, se visten despacio con la soltura del que repite movimientos aprendidos.
El asiento de atrás, el vaho en los cristales y fuera la niebla.
La voz sugerente de Javier Alvarez enmarca la consabida escena. El enciende un cigarro y mira a Lucia con ojos vidriosos, ella suspira y le devuelve la mirada . Añorando una acogedora habitación, una cocina donde preparar platos exóticos, armarios repletos de ropa interior.
David, piensa en sus amigos que andaran mordiendo la noche en cualquier tugurio y teme atarse, caer en las redes de seda que subrepticiamente ella teje. Trás el sentimentalismo preamatorio la realidad se le antoja estrecha y algo asfixiante…
A la mañana siguiente ambos madrugan, Lucia aprovechará la tregua de la salita del café para contarle a su compañera lo enamorada que está, mientras se sacude las telarañas del sueño que anidan en sus párpados cansados, deseando que en el reloj de la oficina, den las tres.
David en el taller, con una sensación similar a la resaca, anda preocupado y temeroso. Como decirle, como contarle…
Adolfo Gasca Pascual
Basado de forma libre en “Un muerto encierras” de Ismael Serrano
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