Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Allí Donde Nacen Los Sueños · Capítulo 8 20 febrero 2013

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El Único

AlliDondeNacenLosSueños P8• (El único)

La Sra. Santa, se retuerce en su lecho, presa de una pesadilla reincidente, que extiende sus tentáculos por su psique, como raíces virulentas contaminando hasta las fibras más finas de sus enlaces neuronales. Cada noche que la padece, se ve más inmersa en ella, hallándose peligrosamente incapaz de liberarse. Agita sus brazos en busca de una fuente de luz, un destello de esperanza que la libere de ese horrible reino al que se ve irremediablemente avocada. Empapada en sudor, abre los ojos desorbitadamente, emitiendo un angustioso grito de terror. Al instante, sus seguidoras de confianza, irrumpen en el aposento. Consternadas, por el evidente deterioro psíquico de la elegida, se apresuran a protegerla de si misma. Ésta, aturdida pero despierta, ordena con tono áspero que la dejen sola. Lo cual hacen sin rechistar, salvo una, que antes de partir, se le aproxima reverente y le susurra al oído: – Ntra. Sra. Santa, ha de saber que la cuidadora de la bestia la espera en la Capilla Poligonal. – Un aire de satisfacción ilumina levemente su rostro, dibujando una estúpida mueca, a modo de sonrisa, en la comisura de sus labios. Pero no se pronuncia, inmóvil, observa como sus seguidoras abandonan la estancia.

Una vez se acallan los pasos de éstas, tras el leve zumbido de las puertas mecánicas, se pone en pie animada, recordando, el placentero momento vivido al hacer gala de su poder ante la estirada mosquita muerta de El Pilar del Cielo.

Transcurrida una hora, se persona en la Capilla Poligonal, como si tal cosa, acompañada de su sequito habitual.
Sara, la aguarda con sosiego, ensimismada en la apreciación de un bello fresco, situado en una de las paredes de la misma. En él, se observa a un ser, similar a Damian, precipitándose al vacío. Superpuesto, sobre varios rostros femeninos, en el centro de un coro de manos que, se diría, lo acogen de algún modo: – Un hallazgo fascinante – deja escapar de sus labios, abstraída en él. Sujetando, inconscientemente, sus sicodélicas gafas de pasta por una de sus patas con una de sus manos, al tiempo que analiza la textura de los trazos con la nariz casi pegada a la obra.
La Sra. Santa, convencida de que ésta se halla desprevenida, arremete verbalmente con arrogancia desmedida: – ¿Te interesas por el arte o por las leyendas antiguas?… – Pero Sara, haciendo gala de la inexpresividad que tanto la caracteriza, no se inmuta. Limitándose a sugerirle, sin despegar la mirada del fresco: – Conviene que hablemos a solas. – Esto la descompone, ya que en su primer encuentro, era evidente, que su mera presencia la contrariaba.
Tras hacer una pausa, sumida en un inquietante silencio, ordena a sus Harimaguadas que se retiren con un gesto aburrido de su mano, sin perder de vista a su misteriosa visita.
Una vez solas, Sara, rompe el hielo, dejando caer con la mayor naturalidad: – Que hermoso era bailar desnudas bajo la lluvia. – Dicho comentario, se ensarta en el pecho de la Sra. Santa como una afilada daga. Pálida, hace un amago de volverse en busca del apoyo de sus protectoras, pero al instante, recuerda que hizo que se retiraran. Terriblemente incomoda, siente palpitar su corazón de un modo denigrante para su estatus, y arrastrada por una bocanada de pura cólera, agrieta el rictus de enfado perpetuo en su bello rostro, hasta el punto de cortar el aire, inexplicablemente contenida.
Sin variar la modulación serena de su voz, Sara, continúa: – ¿No soportas ser vulnerable?… Cálmate, todas lo somos. – ¡No voy a calmarme! ¡Exijo que aclares tu insinuación! – Deja escapar la Sra. Santa encolerizada. – No insinúo, era hermoso bailar juntas bajo la lluvia, pero claro, después de someterte a tantas renovaciones, ya no lo recuerdas. – La Sra. Santa, hace un esfuerzo en observar con detenimiento el rostro de Sara, sin hallar en él, nada que le resulte familiar, por lo cual, aclara: – Ese es uno de mis recuerdos más íntimos. Siempre dance sola, nunca en compañía. ¿Qué intentas conseguir con este juego? – No tiene sentido seguir hablando. – Finaliza Sara, acercándose a ella y deteniéndose a un palmo de su bello rostro. La Sra. Santa retrocede un paso notablemente desconcertada, pero Sara avanza igualmente, manteniendo la intima distancia, mientras le hace saber: – Lamento enormemente que no me recuerdes. No obstante, deseo que sepas, que tus secretos siempre han estado a salvo conmigo – Luego, cogiéndole la mano con ternura, deposita en ella una mini-cápsula de información y se aleja, dirigiéndose a la salida. Sin embargo, antes de abandonar la Capilla Poligonal definitivamente, se vuelve y le pregunta: – ¿Aún sigues con tus pesadillas? – La Sra. Santa, se ve incapaz de gesticular palabra. Si la intención de la mosquita muerta, era la de devolverle el mal trago que le hizo pasar en El Pilar del Cielo, podía darse por satisfecha. Pero Sara, no solo, no da muestras de disfrutar con su humillación, sino, que no se detiene ahí, añadiendo a lo expuesto: – Lamentablemente, San, nunca te dejara en paz. Te recomiendo que visiones la mini-cápsula en la más estricta intimidad. Me pediste que te la entregara, una vez hubieses vuelto de tu décimo-quinta renovación, y así lo he hecho. – ¿Y quién me asegura que no la has visionado?… – Interroga la Sra. Santa, observando la mini-cápsula en la palma de su mano. Pero solo obtiene un silencio prolongado como respuesta. A razón del cual, alza la mirada con una chispa inquisidora en sus pupilas, dispuesta a taladrar el rostro imperturbable de la mosquita muerta, pero ésta, ya no está.

En tanto, en el otro extremo de la mega acrópolis Centauro, Damian, se debate en un mar de incógnitas, que arremeten contra él, haciendo añicos su sosiego. Desde la desaparición de Madre, su situación, se ha tornado susceptiblemente peligrosa. Las Harimaguadas no le gustan, y Sara, no le tiene aprecio. Por primera vez en su vida, siente pánico. – ¡Madre! ¡Madre! ¡¿Por qué me has abandonado?! – Grita con todas sus fuerzas, dejándose caer de rodillas, incapaz de apaciguar el nudo que le oprime el pecho. No comprende porqué se siente tan mal. Abrumado por esta sobrecarga de emociones desconocidas para él, se despoja de su kimono blanco, dejándolo caer al suelo y se mete en la ducha termal. Permitiendo, que el agua salada a presión de la misma, le rocíe de arriba a bajo con fuerza, despejando, momentáneamente, su castigada mente.

Acto seguido, la puerta hexagonal se abre, pero… para su sorpresa, no es Sara la que entra. Raudo, sale de la ducha y se esconde en una zona poco iluminada de la estancia. – ¿Hola?… – Pregunta una voz femenina – ¡¿Quién eres?! – Interroga Damian desde las sombras. La atmosfera de la estancia, se enralece con un tenso silencio sostenido, que es moderado, por el quebrado sonido de la voz tímida y atolondrada de la inesperada visitante: – ¡No me haga daño! ¡Me han ordenado que le entregue su dosis diaria de licor de vida!… – Damian, dando unos tímidos pasos, sale de su improvisado refugio, desnudo y empapado. Con cientos de gotas cristalinas de agua salada descendiendo por su cuerpo, ajeno por completo al pudor inherente a la madures y clavando, sus inocentes y analíticos ojos claros, en la nueva portadora del licor.
La carga erótica de la escena, genera en la susodicha, un shock de lo más inesperado. Ruborizada y temblorosa, comienza a gritar sin tregua, dejando caer la bandeja con el licor de vida al suelo. Torpeza, que la descompone aun más, por temor a un posible castigo. Por lo que, patéticamente encogida, en una de las esquinas laterales de la puerta hexagonal, dobla su histeria, gritando con más fuerza y cubriéndose la cabeza con ambos brazos.
Damian, percatándose de que ésta, inconscientemente, obstruye con su cuerpo el cierre automático de la citada puerta, no lo duda. Suma ese fortuito detalle al desconcertante y confuso comportamiento de la misma, y saca partido del resultado. Huyendo, velos, de su prisión dorada. Perdiéndose, en un sin fin de pasillos, diáfanos, acolchados y solitarios, con el eco de sus pies descalzos y su acelerada respiración, como única compañía.

Por puro azar del destino, coincide con un corredor que le brinda una posible salida. Al final del mismo, se planta anta una nueva puerta hexagonal de mayor tamaño, la cual, al captar su presencia, se abre sin más. Sin dudarlo, sale por ella desbocado, colisionando con algunas personas que transitaban al otro lado. La luz solar le ciega momentáneamente. Oye gritos de histeria a su alrededor, siente, que los que le rodean, se apartan de él como si portase un virus letal. Se detiene para recuperar el aliento, consciente de que es minuciosamente observado. Una vez sus ojos se adaptan a la luz, se arma de valor para afrontar su nuevo entorno. Aturdido, se descubre en el centro de un improvisado círculo de mujeres que le rodean, guardando una prudente distancia de seguridad. Alza la vista, hallando, hileras de pasillos abalconados ascendiendo por los edificios colindantes, desde los cuales, es igualmente observado por más mujeres. De hecho, mire donde mire, solo hay mujeres observándole. – ¡¿Hembras?!… ¡Aquí solo hay hembras! – Deja escapar con asombro. Consecuentemente, un silencio opresor se adueña del momento. Cientos de rostros femeninos clavan sus miradas en él, trasluciendo emociones confusas e inestablemente favorables para su persona. Anticipándose a lo que pudiera pasar, se afana en hallar el modo de abrirse camino entre ellas y escapar. Siendo, imprevisiblemente interrumpido, por una de las presentes, que oculta entre el resto, se dirige a él telepáticamente: – “¡No te muevas!” – “¿Madre?… ¿Has vuelto?” – Pregunta Damián con un atisbo de esperanza. – “No debiste abandonar El Pilar del Cielo” – Le reprocha la voz. – “Pero Madre, me sentía solo y tú…” – Se justifica Damian antes de que ésta le interrumpa bruscamente: – “Llámame Novoa. Es tarde para explicaciones. Ahora, voy ha acércame a ti.” – Abriéndose paso entre la multitud, una mujer esbelta y morena, de labios carnosos y ondulada melena negra, se adelanta imperturbable. Se acerca incómodamente a él, y alzando cautelosamente el brazo, acaricia su velluda barbilla con la mano, declarando en voz alta con la más absoluta tranquilidad: – ¡He aquí un hombre! – Esta desafortunada revelación, genera algunos gritos histéricos y alguna que otra exclamación de asombro y desprecio radical. – ¿Qué está pasando? – Pregunta Damian, horrorizado, a su interlocutora. Ésta, regalándole la expresión de compasión más sincera y hermosa que pudiese haber visto, se acerca más a él, y apoyando sus calidas manos en sus desnudos y varoniles hombros, continua hablándole telepáticamente: – “Sé más discreto, solo tú puedes oírme.” – “¿Porqué tengo la sensación de que me has sentencia a muerte?” – Le amonesta Damian. – “Al contrario, aquí y ahora, eres una anomalía, y las anomalías son eliminadas sin contemplaciones. Al decirles lo que eres, he ganado tiempo a tu favor. Nunca han visto a nadie de tu sexo, salvo en los tratados de la vieja historia. Mientras la curiosidad las envélese, tienes una oportunidad para elegir” – Aclara Novoa con tranquilidad – “¿Para elegir qué?”… – Pregunta Damian intuyendo la respuesta – “El modo de morir, por su puesto. Para mí, eres una bendición, un regalo, que éstas criaturas no están preparadas para apreciar. Oí tu reclamo y vine ha ayudarte, pero tu ansia de libertad a complicado las cosas. Ya no puedo protegerte. Tal como lo veo, solo te queda elegir, entre morir a manos de estas arpías, o quitarte la vida tu mismo.” – Damian, mira unos segundos al exceso de mujeres que le rodea, asumiendo, a golpe de vista, que no hay puntos débiles en el férreo círculo que forman. Deja escapar un suspiro descorazonador, que le hace sentirse abducido por un contradictorio halo de sosegante resignación. El cual, le induce, inexplicablemente, a abrazar a la mujer morena, embriagado por un desconcertante sentimiento de gratitud. Y en dicho acto, a modo de compensación, se toma la libertad de dejarse embriagar por el grato aroma que ésta desprende, susurrándole con un sutil pensamiento: – “Dame un rumbo y pondré fin a esto” – “Gírate, cierra los ojos y corre” – Le sugiere Novoa, antes de despegarse de él y, simulando indiferencia, zabullirse en el mar de hostilidad que le retiene.

Ahora, más que nunca, comprende los motivos por los que Madre le mantenía apartado en su refugió. Es tarde para arrepentimientos. Tomó una decisión, y muy a su pesar, ha de ser consecuente con ella. Viendo, que las atónitas y encolerizadas mujeres tardan en salir del asombro que las paraliza, se da la vuelta y echa a correr lo más rápido que puede en la dirección aconsejada. Mientras, sus despóticas observadoras, incapaces de reaccionar ante lo que consideran un acontecimiento inimaginable, se limitan a gritar histéricas apartándose de él por miedo a ser rosadas.
Así, nuestro desafortunado personaje, corre a ciegas sin obstáculos, en línea recta, hasta colisionar con un barandal, sobre el que se deja caer, precipitarse consecuentemente al vacío.

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Allí Donde Nacen Los Sueños · Capítulo 7 27 septiembre 2012

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La Esfera

Como una blanca muñequita de papel desplazándose velos sobre una cartulina negra, corre una niña asustada por una superficie inexistente de una realidad inconclusa, en un punto indeterminado de la fría oscuridad.
En su cabecita, aun resuenan los ecos de las últimas palabras que intercambió con su madre:

“– ¡Corre pequeña, corre y no mires atrás! – ¡Pero yo quiero estar contigo! – ¡NO! ¡MI CIELO, NO! ¡AHORA CORRE!…”

Sin aliento, cae de rodillas, respirando aceleradamente mientras mira a su alrededor en busca de alguna señal que le sirva de referencia para huir de estas tinieblas. Desafortunadamente no halla nada. Desalentada, se tumba en el frío y oscuro suelo, tarareando una melodía que aprendió de su madre y fantaseando, como solo los niños saben hacer, con la compañía de su progenitora en un universo de risas y afecto más allá de este reino desolador.

En un momento dado, ve por el rabillo del ojo, un destello diminuto, casi imperceptible, desvanecerse en la distancia. Receptiva, gira la cara y clava la mirada en la densa oscuridad. Espera unos tensos segundos y ¡voilá!, el destello vuelve a aparecer. Sin titubear, se pone en pie, y sin apartar la vista del objetivo, reanuda su carrera, rumbo a su encuentro.

Incombustible, acelera su marcha desbordando ilusión e ingenuidad ante la expectativa de libertad que esta le brinda. No obstante, al menguar notablemente la proximidad entre ambas, la citada posibilidad se evapora. Revelándole, que el origen de dicho destello, no es otra cosa, que una enorme esfera cristalina que levita suspendida en las tinieblas.

Decepcionada, se derrumba, llorando amargamente por todo lo acontecido. – ¡MAMÁ! ¡MAMÁ! – Grita desahogando el cúmulo de tensión que la carcome por dentro.

– ¿Que sucede criatura? ¿Te has perdido? – Pregunta una voz femenina dulce y melodiosa, procedente del interior de la esfera. La niña, quedándose inmóvil como si así no pudiesen verla, cesa su llanto al instante. – No te asustes, no voy a hacerte daño. – Aclara la voz. – ¿Quién eres?… – Interroga la pequeña. – Soy una prisionera, la semilla que dio origen a este lugar, el núcleo del Nexus, la Reina Madre de las especies que han brotado en él. – responde la voz sin hacer pausas. – ¡Cuantas cosas…! – Murmura la niña con asombro y añade: – Yo tuve una mamá, pero un hombre malo la mato… – Lo lamento. – Apura la voz, interrumpiendo como si estuviera al corriente de ello y prosigue: – ¿Por eso vagas sola por mí reino? – ¡Sí!… – Responde la niña desconcertada. – Yo también estoy sola – Confiesa la voz – Pero eres una mamá y las mamás tienen hijos. – Deduce la niña en voz alta con suspicacia, a la vez que intenta, en vano, averiguar quien se esconde en el interior de la esfera. – Sí, así es, pero yo no puedo concebir hijos del modo en que quisiera y eso me hace sentir muy sola. – Se reprocha la voz con profunda tristeza… – No estés triste, eres buena y dulce, si quieres puedes ser mi mamá. – Concluye la pequeña conmovida, dejando de tantear a su interlocutora – ¡Ja, ja, ja…! – Ríe la voz antes de declarar satisfecha: – Tu inocencia es una delicia, para mí sería todo un honor tenerte como hija. ¡Ven! entra conmigo en la esfera. – Ante el entusiasmo de la invitación la pequeña duda, y frunciendo el ceño pregunta: – ¿No me harás daño, verdad? – No, no te lo haré. – Le asegura la voz con simpatía – ¡Vale! – Acepta la niña como si tal cosa y agrega: – Deja que te vea antes de entrar. – De acuerdo… – Dice la voz mientras la esfera se enciende como una bombilla, exhibiendo en su interior, a una mujer desnuda de una belleza sin parangón. La cual, sentada en posición de loto, despliega, para mayor lucimiento, dos enormes y coloridas alas con forma de hojas de parra.

Sin dejar de observar a la niña, con unos hermosos ojos rasgados de pupilas color rojo encendido, le pregunta con ternura: – ¿Te gusta el aspecto de esta Reina Madre?… – Y la pequeña le responde encantada – ¡Sí! ¡Eres muy bonita, me gusta mucho tu melena verde, y tu piel blanca, es como el color de la luz! – Ja, ja, ja… – Vuelve a reír, la Reina, mostrando unos enormes y afilados colmillos – No sabía que la luz tuviera color. – Comenta a su nueva hija – ¡Pues ahora lo sabes! – Sentencia la pequeña orgullosa de si misma: – ¡Creo que tienes mucho que aprender! ¡Pero no te preocupes, he disidido quedarme contigo, ahora no estarás sola, yo cuidaré de ti! – Continúa la pequeña haciendo que las risas de la Reina se eleven y retumben en lo alto como si se hallaran bajo una bóveda – Es usted muy gentil señorita y le estoy muy agradecida por ello. – Le corresponde la Reina alagada. – ¡Lo sé! – Finaliza la niña, metida en su papel de infanta, antes de preguntar: – ¿Cómo entro en la esfera?… – Pues, entrando… ¡Dame la manita! – Responde la Reina extendiendo el brazo hacia ella. Encogiéndose de hombros, la niña, atraviesa la pared de la esfera con su corto y tierno brazo, como si esta no existiera, y estrecha su manita regordeta con la pálida mano de dedos afilados de la Reina, la cual, tira de ella con suavidad, ayudándola a entrar.

Una vez dentro, su entorno cambia. Ni por asomo resulta ser lo que esperaba. Sentada en el regazo de la Reina, lo observa todo sin perder el más mínimo detalle. Lo que creía que sería un espacio esférico, reducido y claustrofóbico, se muestra ante ella como una enorme y esplendorosa sala circular. Formada por doce portales góticos, de cuyos arcos brota una sustancia líquida que desciende por los mismos a modo de cascada de agua cristalina. Divididos entre si, por unas gruesas columnas corintias que se elevan suntuosas, desdibujándose, por momentos, en un ligero vaho aromático omnipresente en la estancia, y sosteniendo sobre sus relucientes ábacos, una gigantesca cúpula románica completamente cubierta de coloridos frescos de una belleza celestial.

– ¿Quiénes son? – Pregunta la niña con la mirada clavada en ellos. – Melíferas, cientos de ellas, felices en su entorno natural, desempeñando funciones propias de sus vidas cotidianas. Ecos de un pasado glorioso hoy perdido en la alborada de los tiempos. – Responde la reina con la mirada ausente. – ¿Y esas fuentes que nos rodean? – Continúa la niña sin perder la espontaneidad. – Son los doce portales del Nexus. Tú, pequeña mía, has entrado por ese, el portal de la Oscuridad. – Le cuenta la Reina señalando un portal en el que la sustancia líquida brota turbia. – La chiquilla, maravillada, sin cerrar sus enormes ojos verdes ni para parpadear, susurra. – Si ese es el portal de entrada ¿cual será el de salida? – y la Reina le aclara arrullándola entre sus brazos: – ¿Que te hace pensar que hay una salida?…

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Allí Donde Nacen Los Sueños · Capítulo 6 21 septiembre 2012

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El Experimento

Damian Beta 0.1, ataviado con un kimono blanco como única vestimenta, observa la mega acrópolis Centauro desde una de las diáfanas y enormes ventanas del edificio más alto de la ciudad. Desde dicha posición se entretiene viendo pulular a cientos de figuras diminutas por las vías peatonales de la urbe y no puede evitar preguntarse cómo seria vivir ahí abajo, inmerso en ese bullicioso hormiguero de entidades ajetreadas en sus quehaceres cotidianos.

– ¿Qué aspecto tendrán? ¿Serán como yo? – Se pregunta intrigado. – “No, no son como tú” – Le responde una cariñosa voz en su cabeza. – ¡¿Madre?! ¡¿Has vuelto?! – “No, aun sigo en la incursión espacial. Me desconcierta tu apremio para que retorne, sabes de sobra que siempre estoy contigo.” – Espiritualmente sí, pero físicamente no, añoro estrecharte entre mis brazos. – “Eres una criatura extraña. No negaré que experimento agrado al oír tus palabra, sin embargo, ese apego a mi parte física hace que te repela.” – ¿Por qué? ¿Tú no sientes deseos de estar junto a mí? – “No, ¿Por qué habría de sentirlo?” – Tus palabras me hieren – Termina diciendo Damian, dejando escapar un profundo suspiro.

Apesadumbrado se tumba en un amplio sofá de cuero blanco y formas curvas. – ¿Cuándo me podré marchar, Madre? – “Ya lo hemos hablado cientos de veces, no te puedes marchar.” – ¿Pero no lo comprendo? Deseo salir de aquí. Quiero bajar a esas calles. Unirme a esas personas. Reír, ser feliz con ellas. – “Eres un soñador Damian, eso no va a pasar, de hecho, si supieran que estás aquí, te matarían.” – ¿Tan horrible soy? – “¡Ja, ja, ja,…! No eres horrible, eres diferente…”

Tras él se abre una puerta automática hexagonal a modo de recogida de abanico, y acto seguido, entra una mujer de elegante figura, piel pálida y mirada gélida, enfundada en un ceñido batín blanco. – No te cansas de hablar solo – Le comenta con desden a Damian. – ¿Por qué me odias tanto Sara? – Le pregunta él incorporándose y quedándose cómodamente sentado en el sofá. – Porque eres una aberración. Tú no deberías existir. Si por mí fuera ya estarías muerto. – Gracias Sara, a mi también me agrada verte. – Añade Damian con ironía. – No seas necio, agradece el hecho de que me digne a pasar por aquí a traerte tu dosis diaria de licor de vida. – ¡Licor de vida! Vaya una forma de disfrazar un mejunje intragable. – ¡Desagradecido! ¡Ese mejunje, como tú lo llamas, es el mayor hallazgo de la ciencia de nuestro siglo! ¡Quién podía imaginar en los pasados milenios que un censillo compendio de nutrientes básicos aportarían los complementos necesarios para brindar longevidad y juventud a toda una generación!… – Si, si, lo sé, no me repitas otra vez esa cantinela de la generación elegida… – Interrumpe Damian deseando que le vuelva a dejar solo. – “Se paciente, solo hace su trabajo, no conviene alterar al personal” – Le amonesta tiernamente Madre con un susurro. Este, aprovechando la circunstancia le pregunta a Sara: – ¿Has oído esa voz? – ¿Qué voz? Yo no he oído nada. ¿Te burlas de mí? – No me hagas caso, quizá el estar encerrado aquí me esté volviendo loco. – Los ojos de Sara parpadean, y por unos segundos, un vestigio de compasión parece anidar en su mirada, no obstante, sin dar muestras de ello, deposita el recipiente con el licor de vida en una superficie circular que levita junto al sofá y se retira con el ligero sonido de su calzado acolchado sin volverse a despedirse.

– “Veo que empiezas a mostrar inteligencia.” – Alude Madre. – ¿A caso dudabas de ella? ¿Cómo es que yo puedo oírte y ella no? – Interroga Damian – “Porque al nacer te implanté un microchip en el cerebro” – Sorprendido con dicha revelación, preguntar con la voz ahogada: – ¿Qué soy yo para ti? – “Un experimento… ¡Debo dejarte!… ¡Han saltado las alarmas y…!”

Repentinamente, la voz de Madre desaparece. Quedando solo un silencio asfixiante, acompasado por el acelerado palpitar de su corazón. – ¡MADRE! ¡MADRE! ¡¿SIGUES AHÍ?! – Grita asustado sin obtener respuesta. Un zumbido electrónico capta su atención y dirige la mirada, velos, hacia una pequeña esfera de cristal oscuro, en una de las esquinas del techo de la sala. Extiende el brazo, coge el recipiente con el licor de vida y lo lanza con fuerza, estrellándolo, certero, contra la esfera, mientras grita: – ¡DEJA DE ESPIARME!

Derrotado, se deja caer nuevamente sobre el mullido sofá. Una lágrima solitaria escapa de uno de sus ojos y recorre lentamente su mejilla antes de precipitarse al vacío. Con la mirada perdida, murmura: – Te equivocas, no soy un experimento, soy una persona. – Luego, se sumerge en su reino de fantasías. Único consuelo en esta confortable prisión, a la cual, ignora como llegó.

Transcurridas unas horas, unas voces alteradas, al otro lado de la puerta hexagonal, truncan su sosiego haciendo que se levante del sofá alarmado. La citada puerta se abre, he irrumpen en la sala un grupo de mujeres encapuchadas, ataviadas con sotanas blancas y seguidas por la, hasta la fecha, inmutable Sara, notablemente alterada con los hechos.

La comitiva, presidida por una mujer especialmente hermosa, luciendo una lustrosa y dorada cruz barroca sobre el pecho, con una llamativa gema roja en forma de corazón incrustada en su centro, se detiene en seco ante la inesperada apariencia física de Damian.
– ¿De donde habéis sacado este engendro? – Comenta la llamativa cabecilla con una insultante expresión de repudio en su cara.
– No tenéis derecho a estar aquí. Estáis violando la intimidad de Madre. – Advierte Sara con moderación, conteniendo su malestar y evitando mirar a los ojos de la representante de la inesperada visita. La cual, le sermonea exaltada: – ¡¿La intimidad de Madre?! ¡¿Pero que blasfemia es esa?! ¡Hablas de ella como si fuera una entidad física! ¡¿He de recodarte que Madre es una fuerza espiritual que vela por el bienestar de nuestra fructífera comunidad?! ¡¿Insinúas que puedes oír su voz?! ¡¿Acaso eres tú la última persona con la que estableció contacto?!
– No… – Contesta Sara, con un tono casi inaudible, notablemente intimidada.
La prepotente portavoz, regodeándose con la situación, se dirige hacia Damian sin titubear y deteniéndose a una distancia prudencial, comenta a sus subordinadas, mirándole de arriba abajo con desprecio: – Estáis seguras de que la última manifestación de Madre proviene de este lugar. – Sin duda alguna Ntra. Sra. Santa. – Le responde una de ellas.

Damian, que hasta el momento no se había pronunciado, pregunta: – ¿Quiénes sois?… – ¡Madre Santa! ¡La abominación habla! – Exclama escandalizada la Sra. Santa mientras sus seguidoras retroceden asustadas.
– “Son las Harimaguadas, las elegidas por la entidad Madre para transmitirnos sus designios. Por favor, no las provoques.” – Le susurra Sara, tras posicionarse discretamente a su lado.
– ¡Que no vuelva a hablar! ¡No sé que está pasando aquí, pero pienso llegar al fondo del asunto! ¡Sedad a la bestia y precintad la fachada hasta nueva orden! – Sentencia fuera de sí la Sra. Santa. Y antes de que Damian pueda replicar, siente un latigazo en el cuello, se lleva la mono instintivamente al punto de dolor y extrae un pequeño dardo azul antes de perder el sentido.

Sumido en la oscuridad, cae a un pozo sin fondo, y en el descenso sin fin, alguien le abraza por la espalda deteniendo su caída. – ¡Hola! ¿Estás bien? – Murmura una voz femenina en su oído. – Ah, eres tú. La chica oscura de alas verdes. – Sí, no sufras, pronto te sacaré de ahí – Claro, bello sueño, lo que tu digas.

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Allí Donde Nacen Los Sueños · Capítulo 5

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La Pesadilla

Eva, grita reiteradas veces, dolida por su pérdida, pero no consigue apaciguar la angustia que devora su alma. Sin percatarse de que ya no es arrastrada por la misteriosa entidad, llora sin consuelo, hecha un ovillo sobre un frío suelo negro azabache. El absoluto silencio reinante solo es roto por su gimoteo. Tomando conciencia de ello, calla. Se recompone poniéndose en píe, sin que el nudo que oprime su pecho afloje un palmo. Mira a su alrededor, pero no ve mas que oscuridad. No sabe expresarlo, pero se siente distinta, ligera, ingrávida. Incomoda se mira y ruborizada exclama: – ¡Estoy desnuda!…
– “¡Silencio!” – Oye en su cabeza. Se gira buscando con la mirada en todas las direcciones, hasta localizar una figura humanoide, igualmente desnuda, con una piel lechosa reluciendo, tal cual faro, en medio de tanta oscuridad. Esta, de espaldas, se inclina con cautela como si estuviese observando furtivamente tras una esquina. Así lo piensa Eva, pero al segundo lo descarta por absurdo. – Aquí no hay nada, solo oscuridad. – Cavila dando unos pasos dispuesta a aproximarse. Pero la entidad, a pesar de no tener oídos, intuye su movimiento girando veloz su cara hacia ella con cierto recelo. Mirándola, con unas turbadoras luces rojas, que emulando a unas pupilas, flotan suspendidas en las huecas y oscuras cuencas de sus ojos, a modo de luciérnagas danzando a la par en la boca de sendos orificios.
Eva, queda petrificada, no se atreve a mover un músculo mientras el rostro plano de la criatura, ausente de rasgos faciales, salvo los ojos ya citados, se dirige hacia ella. Luego, atraído por algo que reclama su atención con mayor apremio, recupera su postura de mimo callejero, caracterizando a un mirón tras una esquina, indiferente a su presencia.
– “¡Pero qué demonios…! – Masculla armándose de valor mientras se aventura decidida a acercarse. Con la fortuna, de que en este segundo intento la susodicha no se inmuta, permitiéndole acercarse hasta casi tocarla.
Poniéndose de puntillas, hecha un vistazo por encima de su hombro, mientras le pregunta: – ¿Qué miras?… – Pero no responde, inalterable en su incomprensible conducta.
Con reparo, apoya sus manos en el hombro desnudo de la misma para no perder el equilibrio, apartándolas sobre la marcha como si hubiera tocado una bombilla encendida. Sin embargo, no experimentó quemazón al tacto, sino una especie de vahído, algo así como un tirón al interior de la materia que le da forma.
– “¡No vuelvas ha hacerlo!” – Le amonesta sin volverse a mirarla.
Cohibida, asiente con la cabeza y prueba a inclinarse igual que él, asomándose, esta vez, por el lateral de su brazo derecho.
En principio no ve nada, pero al rato, se materializa una imagen, una ventana a otro lugar. Dentro de ella, un individuo enfundado en un traje de neopreno negro, se esmera en afilar un reluciente juego de cuchillos de carnicero. – Esto no me gusta. – Advierte, retrocediendo por temor a ser vista – ¿Por qué estamos aquí? – interroga con un susurro a la criatura. – “Tú rescate me ha debilitado, necesito alimento” – Le responde sin perder de vista al individuo de la proyección.
Inquieta con el giro que están tomando los acontecimientos, continúa indagando con cautela: – ¡¿Alimento?! ¿Qué clase de alimento? ¡No tienes boca!…
– “¿Boca?… No necesito esa desagradable apertura en la cara. Yo me alimento de lo que ves ahí.” – Le responde señalando con el dedo a la proyección.
– No te entiendo. – Continua Eva con un hilo de voz.
– “Me nutro de la luz que proyectan los durmientes en la oscuridad. Eso que vosotros llamáis sueños. Localizo las brechas que se crean en el velo del Nexus, absorbo toda la luz que estos me puedan dar y continúo mi camino. Nada fuera de lo normal. ¡Ahora deja de hacer preguntas, necesito concentración!”
– ¡Uf! ¡Pues si que me ha salido antipático el caballero andante! – Se comenta con ironía mientras se sienta sobre sus rodillas con los brazos cruzados, intentando cumplir con lo que le pide.
Amodorrada por el aburrimiento, deja escapar un bostezo en lo que vuelve a asomarse por el lateral de la entidad movida por la curiosidad. En un vistazo rápido, se percata de la existencia de unas jaulas de hierro de mediana estatura tras el individuo que afila cuchillos. Estas acaparan al instante toda su atención, la sensación de aburrimiento se esfuma y su mirada se agudiza esforzándose en descubrir lo que se mueve en su interior. En esto, una pequeña mano infantil se deja ver por uno de los barrotes de la tenebrosa prisión. Eva se sobresalta, por su cabeza pasan infinidad de ideas, a cual más terrible, y sentencia con un palpitar de corazón que le golpea dolorosamente el pecho: – ¡Tenemos que hacer algo! – El ser, se vuelve repentinamente hacia ella, agarrándole el brazo con violencia y le grita – “¡No vas a intervenir! ¡Es mi alimento! ¡Lo necesito! ¡Sin el, no podré salir de esta oscuridad!” – Pero ella, sin escucharle, le replica: – ¡Va ha matarlos! ¡Hay que detenerlo! – El ser, zarandeándola un poco, insiste: – ¡Lo que ves, no es real! ¡Solo es un sueño!…
En esto, el llanto histérico de un niño les interrumpe. Ambos, miran al acecino, que en ese preciso instante está sacando a una de sus víctimas de la jaula. Eva, aprovechando la distracción del ser albino, se zafa de su zarpa y corre como una exhalación al rescate del pequeño.
– “¡NO!” – Grita con contundencia el ser en su cabeza. Ella se tambalea dolorida, como si le hubiese dado un mazazo en la sesera, pero en un acto de valentía sin parangón, transforma en fuerza su dolor, se estabiliza y arremete en una durísima embestida contra el desprevenido sádico.
Este, suelta al niño cayendo aparatosamente contra una pared y perdiendo el conocimiento con el impacto. Eva, sin desperdiciar un segundo, abre las jaulas y va lanzando, uno por uno, a los niños al otro lado de la brecha. Cuando se hace cargo del último, este, pillándola desprevenida, la abraza con fuerza diciéndole: – ¡Gracias, Mamá, sabia que me encontrarías! – Sorprendida con la dulzura de dichas palabras siente que se desmorona, no obstante, reprimiendo esa emoción dedica unos segundos a observarlo. Viéndose, gratamente recompensada por el candoroso rostro de una niña pelirroja, que fulminándola con sus inmensos ojos verdes, persiste en seguir abrazándola. Conmovida, le devuelve el abrazo recordando al hijo que perdió. Dejándose seducir por la magia del momento, hasta ser bruscamente interrumpida por una enorme sombra que eclipsa la tierna escena con sus sórdidas palabras. – ¡Sorra! ¡Me has robado los juguetes! – Le amonesta un individuo alto y delgado de rostro encendido y desfigurado por la ira. Ella, cogiendo a la niña en brazos, huye saltando a modo de gacela al otro lado de la brecha. Dándose de bruces contra el frío suelo azabache, a causa, de una atenazadora mano que la agarra por el tobillo. – No vas a ir muy lejos pajarito. Nadie le roba los juguetes a San sin pagar un precio. – Le hace saber luciendo una cínica y babeante sonrisa. Eva, suelta a la niña para que pueda huir: – ¡Corre pequeña, corre y no mires a tras! – ¡Pero yo quiero estar contigo! – Le replica la niña llorando. – ¡NO! ¡MI CIELO, NO! ¡AHORA CORRE! – Grita imperativa mientras propina varias patadas seguidas en la cara de su agresor con la pierna que le queda libre. La niña corre desconsolada y se pierde en las sombras. Sintiendo que no le circula la sangre en el tobillo y que le flaquean las fuerzas, mira al ser albino reclamando ayuda. Pero este, ajeno a los hechos, se retuerce de placer, revolcándose por el suelo, con su cuerpo irradiando una hermosa luz blanca y riendo sin poder parar a carcajadas histéricas. Ante semejante panorama, Eva, se ve pedida.
Cuando vuelve a mirar al individuo del traje de neopreno, asume que es su fin. Este, recuperado de las patadas que le asestó en la cara, empuña un enorme, reluciente y afilado cuchillo dispuesto a abrirla en canal.
– ¡NOOOO…! – Grita, contrayéndose y tapándose la cara..

De pronto, se hace el silencio. Eva, dejando de contener la respiración aparta las manos de su cara. Desconcertada, se mira el tobillo, hallando la mano sesgada del sádico aun agarrada a el. Sacudiendo nerviosa varias veces la pierna con brusquedad consigue apartarla y acto seguido, neurótica, se limpia el tobillo con las manos con expresión de desagrado en la cara..

Malamente se pone en pie, y al girarse, se topa de frente con el ser albino, sobresaltándose con el imprevisto. – “¡Ha sido intenso! Tenemos que repetirlo…” – comenta satisfecho, siendo bruscamente interrumpido por Eva – ¡¿Qué?! ¡Apártate de mi, monstruo! ¡Me mentiste! ¡Me dijiste que no era real! – “Bueno, aquí, en el Nexo, sueño y realidad son una misma cosa.” – Aclara, encogiéndose de hombros como si tal cosa. Al oírle decir eso, envenenada por la ira, se abalanza sobre él. Pero, envés de colisionar con su pecho, penetra en la materia que lo forma, sin que a este le de tiempo de impedirlo. Viéndose, sin más, tumbada boca abajo en un suelo cubierto de césped.

Refunfuñando, escupe algunas briznas y se incorpora contrariada, encontrándose, para colmar su irritación, ante dos de esos cargantes seres albinos, estupefactos con su llegada.

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Allí Donde Nacen Los Sueños · Capítulo 4

Archivado en: Últimos post — marcoasantanas @ 22:09

La Huida

Oscuridad, abandono la oscuridad, atraído por el trinar de unas risas lejanas. Abro los ojos extraviado y exclamo: – ¡Me he dormido! – Incorporándome precipitadamente, con la desconcertante sensación de haber llegando tarde a una cita. Me pongo en pie, observando con incomodidad el color de mi piel. – “No recuerdo que fuera tan blanca” – Cavilo, moviendo la cabeza de un lado a otro. Alzo la mirada y me quedo boquiabierto con el panorama que me brindan mis ojos. Una esplendorosa y tupida plantación de dorados girasoles gigantes se extiende ante mí, en toda su amplitud. Sobrevolada, allí donde mire, por enjambres de criaturas idénticas a Ébano. Revoloteando, como abejas laboriosas recolectando néctar, saltando de un girasol a otro, orquestadas por la musicalidad de sus risas. Atónito, ante esta alucinógena visión, que sobrecoge y deleita a la vez, me desperezo varias veces, frotándome los ojos, no sea, que aun esté dormido.

Bañado por un rocío vaporoso, que desdibuja la presencia de una barrera en la distancia, y dificulta, la apreciación de unas figuras humanoides, acurrucadas en posición fetal, en cada una de las copas de los citados girasoles, me dejo acariciar por una ligera brisa. La cual, tras pasearse por mi rostro, me susurra al oído, antes de partir: – “Si sigues las corrientes de aire que genera la Gran Cúpula, te será fácil encontrar la salida”. – Llevándome la mano a la cara, para limpiar las gotas de rocío, que esta viajera fugas deposita en ella, repito en voz baja: – Las corrientes de aire… encontrar la salida…

– ¡Oh, no! ¡Tenia que haberme ido de los Campos! ¡Que desastre! ¡Por qué me habré dormido! – Me lamento, golpeándome la frente con la palma de la mano, completamente despejado y mentalmente reubicado en la fabulosa realidad en la que ahora habito.

Agobiado por el despiste, me ahogo en un mar de confusión. Al tiempo, descargo algo de tensión, desentumeciéndome el cuello en lo que miro hacia arriba. Descubriendo, fortuitamente, una insospechada bóveda semioculta por los vapores con una oscura abertura en su centro. Contrayéndose y dilatándose, al compás de las idas y venidas de las corrientes de aire, arrastra consigo la humedad condensada en la atmosfera. Haciéndola descender sobre mí como una ligera lluvia de verano, y alejándola, con la misma, rumbo a los límites del vergel. Dejando tras de si, un ligero balanceo en la superficie de musgo dorado que se haya baja mis pies.

Con el arrullo, me vienen a la mente imágenes de una mujer pelirroja de mejillas sonrosadas. Me abraza llena de felicidad, pero no consigo recordar el motivo de tanta dicha.

Nuevamente, las risas intervienen. Remplazando mi pasado sesgado por la presente proximidad de dos de las extrañas criaturas. Estas, suspendidas ante mí, me observan risueñas con su incesante batir de alas. Comentándose cosas con susurros similares a zumbidos, se tapan las bocas, con sus intimidadoras manos, antes de reanudar sus risas. Menean sus caderas al ritmo de las mismas, inmersas, en una desconcertante y frenética danza, que alerta al resto de mi presencia.

– Esto me da muy mala espina… – Me digo, retrocediendo unos pasos, que hacen, que estas, huyan despavoridas, volando en direcciones opuestas. Receptivas a mis movimientos, se detienen en pleno vuelo a una distancia prudencial. Sin perderme de vista, coordinan sus movimientos con complicidad, abren sus bocas desmesuradamente, y emiten, a la par, un desagradable y agudo grito sostenido, que penetra como agujas incisivas en mis tímpanos, haciendo que me retuerza de dolor.

Indefenso, pierdo el equilibrio, precipitándome a un inesperado vacío, que me hace comprender, al instante, que me hallaba en la copa de uno de los girasoles gigantes. Por lo que extiendo mis brazos a la desespera, con el fin, de agarrarme a lo que sea posible.

Afortunadamente, consigo aferrarme a una de sus enormes hojas. Que amortigua mi caída, plegándose, a causa de mi paso, y depositándome, sano y salvo, en un suelo irregular, cubierto por una maraña de agresivas raíces que se disputan el escoso espacio que les queda libre.

Tan pronto toco el suelo, salgo disparado como alma que lleva el diablo. Corro, sin rumbo definido, entre tallos equivalentes a troncos de árboles, con la idea fija, de alejarme lo antes posible de ese lugar. Abriéndome camino con desmaña, entre raíces, ramas y hojas secas de tamaño sobrenatural. Mientras, sobre mi cabeza, a una altura considerable, el crujir de los tallos al balancearse con la brisa y el nervioso revoloteo de las extrañas criaturas en su frenética actividad, acompañan mi huida.

Me eternizo en alcanzar la periferia de la plantación. Allí, los girasoles se dispersan, y el suelo, cubierto de hierbajos y pequeños guijarros blancos, se eleva, en pendiente ascendente, hacia una zona más verdosa, donde se aprecia con claridad el nacimiento de la cúpula.

Remonto la pendiente con cautela, encontrándome, al final de ella, una explanada cubierta de cientos de margaritas tamaño natural. Todo un descanso para los sentidos, después de tanta anormalidad. Me deleito recorriéndolas con la mirada, hasta detenerme, en una figura tumbada junto a una aglomeración de las mismas. Raudo, termino mi ascenso y voy a su encuentro.

A poca distancia de ella, me detengo en seco, comprobando, que se trata de una de esas impredecibles criaturas aladas, a las que llevo horas eludiendo. Aparentemente, parece abatida, vulnerable, no obstante, no me fío. Me aproximo, midiendo cada uno de mis movimientos, y una vez ante ella, me percato de que está de parto.

Al verme, se sobresalta, hablándome en una legua que no acierto a comprender, mientras agita sus brazos indicando que me vaya.

– Tranquila, no voy ha hacerte daño. – Me apresuro a decir – ¿Necesitas ayuda? – Insisto.

Aterrada, me mira como si hubiese profanando algún tipo de ritual. Dudo, no sé si irme o quedarme. Ella, sacando partido de mi confusión, se pone en pie e intenta agredirme con uno de sus gritos, pero no surte efecto. Está demasiado débil, lo sabe, pero admirablemente, no se rinde.

Asumiendo que no soy bien recibido, me hecho a andar, con la desagradable sensación de no estar haciendo lo correcto. – Esto no está bien, debería ayudarla, aunque no quiera. – Me digo, volviendo sobre mis pasos. Pero la criatura, lejos de agradecérmelo, se abalanza sobre mí a la velocidad del royo, sin darme tiempo a reaccionar. No hunde sus poderosas garras en mi piel por milímetros. Otra criatura de su especie, surgida de no sé donde, se interpone entre nosotros, asestándole incontables zarpazos en mitad de su inesperada embestida. Pero mi atacante, sin amedrentase, se los devuelve con saña. Enzarzándose, ambas, en una cruda y sangrienta lucha de garras y dientes. Paralizado por el miedo, no sé donde ponerme, para no ser arrollado o desmenuzado accidentalmente.

En mitad del combate, la embarazada expulsa un huevo, que rueda por el suelo y se pierde entre las flores. Reacciono, corriendo tras él, con el propósito de protegerlo. Para cuando consigo alcanzarlo, este, ya ha eclosionado, y un bebe albino, de aspecto humanoide, yace inerte sobre una alfombra de vegetación aplastada. Hago ademán de cogerlo, pero me quedo con la intención, su cuerpecito, comienza a convulsionar y a crecer, alcanzando la edad adulta en un abrir y cerrar de ojos. Retrocedo alucinado, siendo repentinamente apartado, en plena confusión, por un brusco empujón, propinado por una de las combatientes bañada en sangre. Acto seguido, esta, con la pericia del que ha hecho algo con anterioridad. Sostiene la cabeza del ser vegetativo, le da un tierno beso en la frente, y con un rápido movimiento de brazos, le rompe el cuello.

Abandonándolo, sin más, se vuelve hacia mí, y me grita: – ¡Te dije que salieras de Los Campos! ¡Así cómo voy a ayudarte! – ¡¿Ébano?!… – Pregunto sorprendido. – ¡Sígueme! – Ordena echándose a andar. Y yo, visto, lo visto, la sigo sin rechistar. Reprimiendo el impulso de comprobar si aun queda algún vestigio de vida en los desafortunados seres que yacen maltrechos a nuestros pies.

Tardamos algunas horas en llegar al nacimiento de la cúpula, tras realizar un trayecto sin contratiempos, a paso ligero y en el más absoluto de los silencios.

Parados ahora frente a su muro, que se eleva diluyéndose con los vapores acumulados en la atmosfera. Veo, maravillado, una magnifica sucesión de monumentales esculturas, esculpidas en alto relieve, a lo largo del mismo.

Ébano, alza el brazo y señala una de ellas. Paradójicamente, representa a una diosa con las piernas abiertas como si fuera a parir. Nos dirigimos hacia ella, encontrándonos, con un desconcertante y enorme portal gótico, que se erige, justo, en la entrepierna de la susodicha. Este, parece estar relleno de una atrayente sustancia liquida, que brota del centro de su arco y desciende a modo de cortina. Como una mansa cascada de agua cristalina.

Mi compañera de viaje, sin dejar de mirar el portal, comienza a hablar: – No me juzgues a la ligera… Mira nuestros reflejos en el portal… ¿Crees que siempre hemos sido así? Una criatura albina y una criatura oscura. Piensa… ¿Por qué hablo tu idioma?…

Llegué aquí del mismo modo que tú. Despertando en el corazón del reino de las Melíferas. Estas, me acogieron y educaron según sus costumbres. Llevo tanto tiempo en este lugar, que apenas recuerdo de donde vengo. Ahora, este es mi hogar… no sabría vivir de otro modo.

De forma cortante, calla. Se acerca al portal, y con uno de sus dedos, le da un ligero toque, haciendo nacer unas ondas en su superficie. Luego, se limita a observar como desaparecen al fundirse con el pétreo contorno gótico que lo enmarca.

– ¿Por qué los mataste? – Me atrevo a preguntar circunspecto.
– Solo la Reina Madre puede engendrar. – Responde despreocupada, sin dejar de jugar con el velo del portal.

Acto seguido, impredecible, se vuelve, aproximándose a mí sin dejar de mirarme con sus ojos penetrantes. Me besa en los labios, dejando, una vez más, su embriagador aroma a flores silvestres tras de sí. Y sonriendo con un guiño, me indica el portal, haciendo brotar sus alas. – Esa es la salida – Comenta, antes de volver a abandonarme.

Sin mediar palabra, me aproximo a él, hundo mi mano en sus aguas, y soy absorbido por ellas en un parpadeo.

 

Allí Donde Nacen Los Sueños · Capítulo 3 3 julio 2012

Archivado en: Últimos post — marcoasantanas @ 22:36

La Brecha

Oscuridad, fría y silenciosa oscuridad plagada de estrellas. Que junto a escasos pigmentos gaseosos, diseminados y distantes, dan un parco toque de color a esta desabrida nebulosidad. Armonía primigenia, en la que el único cambio perceptible, lo genera, la intrusión de algún cometa ocasional. Salvo hoy, en el que una súbita sacudida en la membrana del espacio profundo profana este lienzo ancestral. Dando lugar, a la repentina aparición de una barcaza estelar.

Nebular-578, en su ronda número 7499, ralentiza su marcha silenciosa e imponente. Acomodando, con precisión matemática, la velocidad de crucero a las nuevas e inhóspitas corrientes espaciales. Mientras, los tripulantes, ajenos a su meticuloso ritual de recopilación y transmisión de datos, viajan dormidos en sus correspondientes capsulas de animación suspendida.

Tras su expeditiva adaptación al nuevo entorno, se centra en realizar varias tareas rutinarias en el cuadrante. Transcurridas unas horas, localiza un potente destello en una coordenada, en la que supuestamente, no debería haber nada. Por lo que, siguiendo los protocolos establecidos en su programación, reconfigura los controles de navegación y se dirige a la supuesta anomalía.

En breve, avista una enorme brecha en el espacio, de la que emanan  incontables rayos electromagnéticos. Sin detener su marcha, activa el código de reanimación en las capsulas de crionización. Acto seguido, amplia al máximo su potente escáner, haciendo un barrido más detallado de la escena. Consiguiendo con ello, detectar algunos cuerpos inertes que se cruzan en la trayectoria de los citados rayos.

Ya próxima al suceso, constata, que dichos cuerpos son naves abatidas. Por lo cual, activa las alarmas, y eficiente, invierte los propulsores para detener su avance. Pero no se detiene. Consecuente, incrementa, a demanda, la potencia de los reactores de tracción. En los paneles de la cabina de mando se encienden un centenar de luces rojas. Estas, alertan una peligrosa subida de los niveles de radiación. Las capsulas de los tripulantes se van abriendo por pares, siguiendo un orden cronológico, en paralelo, de un lado a otro de un largo pasillo acolchado de blanco; como si los hechos que acontecen no repercutieran en ellas en modo alguno.

Con los reactores a plena potencia, la barcaza estelar comienza a vibrar violentamente. Evidenciando, que el arrastre gravitatorio de la brecha la supera. Aun así, persiste en su empeño, cruza el límite de sus capacidades en un acto de heroísmo impropio de una máquina, y reconduce toda la energía existente en su ser hacia los propulsores. Pero estos, que ya no pueden dar más de si, explotan generando enormes grietas en su casco. El frío espacial no duda en abrirse paso al interior de la misma. Petrificando, con una gélida y arrolladora corriente de aire, a los incautos tripulantes, que se desperezaban del letargo, en mitad de su metódico proceso de reanimación.

Por azar del destino, una de las capsulas no llego a abrirse. En ella, una testigo muda, no da crédito a sus ojos: – ¡¿Será verdad lo que estoy viendo o es una ensoñación?! – Se pregunta sobresaltada.

La nave, a pesar de poseer un magnifico repertorio de probabilidades para hacer frente a estos imprevistos, se ve colapsada por el exceso y la rapidez de los mismos. El frío espacial, ahora asentado en sus placas y procesadores, merma sus capacidades, impidiéndole detectar las señales de vida procedentes de la única capsula intacta.

La Oficial Científica, Eva.M52, atrapada en su interior, se afana en teclear una serie de códigos en la pantalla táctil situada en la tapa de su capsula. Desesperada, persiste en acceder al ordenador central para liberarse de su prisión. Pero este no responde. Impotente, se deja arrastrar por un ataque de histeria, que la lleva a gritar, patalear, llorar, y finalmente, reír con ironía; recordando, con lágrimas recorriendo sus mejillas, cuanto deseaba en la Academia Espacial vivir situaciones limite, como esta, en el espacio profundo.

Nebular, irreversiblemente dañada, envía mensajes de ayuda en todas las frecuencias, hasta ser alcanzada por uno de los tentáculos electromagnéticos de la brecha. Sumándola al instante, al conjunto de cuerpos inertes adheridos a la telaraña encendida de este tétrico cementerio espacial.

Eva, siente descender los generadores de energía de la nave. El silencio y la oscuridad sepulcral que les preceden encogen su alma. Viéndose perdida, se deja abrazar por la resignación. Suspira angustiada y acaricia con suavidad su vientre, lamentando, enormemente, que la vida concebida en él se vea truncada de esta manera.

Así pues, se ve pasando sus últimas y largas horas de lenta agonía, hablando con su hijo no nacido. Contándole, con ternura, todas las cosas que podrían haber hecho juntos, lo feliz que podría haber sido, lo mucho que le entristece haberle expuesto a estos peligros. Cuando ya no le queda nada más que decir, tararea una nana hasta enmudecer aletargada.

Siente que se le va la vida. Pero antes de que sus ojos vidriosos terminen de apagarse, ve, a través del cristal de la tapa de su capsula, una forma borrosa que se le aproxima.

Demasiado sedada para cuestionar nada, oye una voz en su cabeza que le dice: – ¡No queda tiempo! ¿Quieres venir conmigo? – ¿Qué sentido tiene? Si abres la capsula moriré igualmente. – Piensa ella. – Sentí tu dolor. He hecho un gran esfuerzo plegando el plano de la realidad para llegar a ti. En segundos seré reclamado por mi lugar de origen. ¡Decide! ¿Quieres venir conmigo? – Apremia – Pero… ¿Y mi hijo? ¿Qué será de la criatura que crece en mí? – Interroga sin gesticular palabra. – ¡No hay tiempo! – Apura la voz en su mente.

Un tenso silencio expectante la abruma. Duda, ama a su hijo, quiere vivir, se devanea flagelada por un agudo sentimiento de culpa antes de rogar: – ¡Sí! ¡Por favor! ¡Sí! ¡Sácame de aquí!

Acto seguido, siente que la cogen de la mano y que un poderoso remolino tira con fuerza de ellos. Arrastrándolos a una velocidad vertiginosa por un túnel de luz cegadora. A penas puede girar la cara para ver quién o qué la guía en este viaje. Solo puede mirar atrás, y ver, como la nave se pierde en un círculo negro que disminuye hasta desaparecer. Percatándose, con ello, de una pequeña figura que les sigue a cierta distancia.

Unos ligeros tirones en el ombligo, le hacen mirar y descubrir, que de él, brota una cuerda dorada y transparente que se extiende, alejándose, hacia la curiosa figura. Su avispado instinto, le dice, que ha abandonado su cuerpo, y que el alma de su hijo es la que les sigue, enlazada, al otro lado de la cuerda. Desbordada por la alegría, no duda en usar la mano que le queda libre para ir enrollando la cuerda en su muñeca, con la esperanza de atraerlo hacia ella lo máximo posible. Pero repentinamente, la cuerda desaparece llevándose al niño con ella. – ¡¡NOOOO!! – Grita quedando en estado de shock. Pero el ser que la transporta, indiferente, no detiene su marcha.

 

Allí Donde Nacen Los Sueños · Capítulo 2 26 junio 2012

Archivado en: Últimos post — marcoasantanas @ 12:34

La Criatura Oscura

Oscuridad, voces lejanas, zumbido de insectos, calor en mis labios y un flash cegador me catapulta al reino de la vida. Abro los ojos de par en par y me incorporo como si tuviera un resorte. Aturdido, me llevo la mano a la cien mientras pienso:  ¡Uf! ¡Que pesadilla!

Tardo unos segundos en estabilizarme, alzo la mirada aleatoriamente incapaz de enfocar nada, deteniéndola, certero, en un par de pupilas de un color rojo encendido que me observan penetrantes.

Retrocedo en un acto reflejo, frente a la imagen nítida de una extraña criatura que se halla arrodillada ante mí, con un impactante y exuberante paisaje de fondo.

¿Quién eres? – balbuceo sin obtener respuesta.

Inalterable, aparta, con una intimidadora mano de dedos afilados, su larga y lacia melena verde, dejando al descubierto, un semblante negro, en el que difícilmente se distinguen los rasgos.

¿Hablas mi idioma? – Pregunto, en un nuevo intento de entablar comunicación.

Sonríe mostrando unos dientes blancos como el marfil, en los que destacan, un par de colmillos largos afilados como cuchillas. Sin saber ha que atenerme, y con la extraña certeza de haberla visto con anterioridad, continúo en mi empeño de limar asperezas.

¿Me has besado? ¿Por qué lo has hecho?

Sus pupilas centellean, y sin perder la sonrisa, responde con un timbre de voz metálico: – ¿No te ha gustado?

Ahora soy yo el que no responde. Ensimismado, la estudio de pies a cabeza, hasta que un rubor inesperado se enciende en sus mejillas, delatando, la incomodidad que ha suscitado en ella mi extraño comportamiento. Avergonzado, desvío la mirada preguntando con una repentina aspereza en la garganta: – ¿Qué eres?

Aderezando su sonrisa con un toque de picardía, acerca sus labios a los míos hasta casi rozarlos, y susurra: – Soy lo que tú quieras que sea. – Alejándose al instante con una sonora risa burlona y dejando en el ambiente un embriagador aroma a flores silvestres. Abatido por el exceso de acontecimientos insólitos vividos hasta el momento, guardo cautela. No percibo hostilidad hacia mi en esa criatura, no obstante, todo en ella indica que es un depredador en potencia. Se me ocurre pensar, que quizá, solo esté jugando conmigo antes de degollarme.

Como si pudiera leer mis pensamientos, detiene su risa en seco, me observa compasiva, y prosigue, titubeando antes de apoyar su mano en la mía: – No soy una amenaza para ti. Si es eso lo que te preocupa. – Es evidente que capta mi miedo, sin embargo, no saca partido de ello. – No, no es eso… – Apuro a decir simulando indiferencia. – Estoy desorientado ¿Dónde me encuentro? – Interrogo, por una parte, para ganar tiempo, y por otra, por hacerme una composición de lugar.

– Te hallas en el Nexus. Fuente primigenia de toda forma de vida. Aquí confluyen todas las almas que abandonan su mortaja. Es un lugar de transito o perdición según la semilla que portes en tu núcleo. 

– Me cuesta entender lo que me cuenta. Una insoportable migraña me taladra el cerebro desde que recuperé la conciencia. -¡No consigo recordar nada! – Protesto atolondradamente.

 No recuerdas nada, porque no tienes nada que recordar. Cuando mueres, tus recuerdos mueren contigo, y al revivir, naces limpio, vació de todo vestigio de tu vida anterior. – Me explica con calma.

¡¿Estoy muerto?! – Grito asustado. – Quizá si o quizá no, es difícil saberlo. – Añade ella. – ¡¿Pero que clase de razonamiento es ese?! ¡O estoy muerto, o no lo estoy! ¡No hay término medio! – Respondo algo alterado.

La criatura guarda silencio, baja la mirada y su sonrisa se desvanece. Con los parpados caídos, como si no pudiera aguantar mi mirada, alza la barbilla en un intento de recuperar su posición de ventaja en este “tête à tête” delirante y me pregunta: – ¿Qué te hace creer que no deseo ayudarte?

Un silencio incomodo nace entre los dos. Suspiro pasándome la mano por la cabeza. Observo su desnudes, su delgadez, su mediana estatura y me percato de la feminidad de sus formas. Desde un principio, vislumbraba que la criatura podía ser hembra, pero su torso plana, sin vestigios de poseer pechos, me hacia dudar. Incluso llegué a pensar, que quizá, solo fuera una niña, pero las definidas curvas de su cuerpo echaban por tierra dicha teoría. El hecho, es que, al margen de su aspecto sobrenatural, he de constatar, que es una criatura hermosa y, aparentemente, parece preocupada por mí. Dicho razonamiento, me hace sentir mal por haber reaccionado de un modo tan poco cortés. Así que, tomo aire, admito mi falta y rompo el hielo con una disculpa: – Lo siento, no he podido evitar sentir pánico, la idea de estar muerto no es precisamente reconfortante. – Su rostro se ilumina como si nada hubiese pasado, haciéndome entender que acepta mis disculpas, lo cual, me anima a seguir afianzando nuestro entendimiento: – ¿Cómo te llamas? – Le pregunto sonriendo afable. – ¡Ébano! – Declara con orgullo. Al oír su nombre, no puedo evitar pensar que con una piel tan negra como la suya el nombre le viene como anillo al dedo. Esta impresión es interrumpida por un fluir de imágenes confusas en mi mente. Posibles ecos de una vida anterior o simples residuos de recuerdos inhibidos. Me dejo llevar por ellos y exclamo entusiasmado: – ¡Estas en mi mente! ¡El recuerdo se muestra turbio como un sueño diluido al alba, pero me consta que eres tú! En él, me besas antes de alzar el vuelo con unas curiosas alas… No sé que significa, pero intuyo que puedes ayudarme a entenderlo.

Ella vuelve a reír. – No hay mucho que entender. – Comenta, mientras brotan de sus omoplatos unas ramificaciones que se distribuyen en un entramado perfecto. Sobre el cual, se despliegan y afianzan un conjunto de membranas que dan lugar a dos enorme alas, similares, en forma y color, a dos gigantescas hojas de parra.

Me quedo perplejo: – ¡Tú no puedes existir! – Exclamo –¿Por qué no? – Replica ella con el ceño fruncido. – ¡Porque eres producto de mi imaginación! – Sentencio convencido. – Soy algo más que eso. – Masculla molesta.

– ¡Debo estar soñando! ¡Creía haber despertado de la pesadilla pero sigo atrapado en ella! ¡¿Qué me está pasando?! – Me lamento en voz alta.

No te atormentes. Las cosas pasan por algún motivo. Ahora estas aquí y eso debería bastarte. Soy consiente de que no sirve de consuelo, pero has de admitir, que el simple hecho de existir ayuda a adquirir cierta seguridad. La conciencia es una herramienta poderosa si haces buen uso de ella. A fin de cuentas, que otra cosa te queda. Ya habrá tiempo de plantearse otras cuestiones. Dime, ¿Qué recuerdas?…

A pesar de no estar en uno de mis mejores momentos, advierto, que el espíritu de la contradicción anida en sus palabras. Por otro lado, su timbre de voz, ha ido dejado de ser metálico, progresivamente, a medida que se ha ido desinhibiendo. Sorprendiéndome, gratamente, con una refrescante tonalidad femenina que aporta cierto toque de normalidad a esta alucinación.

– No sé… Recuerdo la oscuridad que me trajo aquí, antes de eso, nada.

 ¿Estas seguro? Eso no es del todo cierto. Te has acordado de mí. Si no tienes memoria ¿Cómo puedes recordarme? – Calla, me analiza, y luego, con una chispa de tristeza en los ojos, prosigue:  –  Es posible que recuerdes más de lo que crees. Tiempo al tiempo. La mente posee engranajes complejos. No conviene forzarlos. Por lo pronto, si quieres seguir vivo, te sugiero que salgas de los Campos lo antes posible. Las Recolectoras no tardarán en llegar. Si sigues las corrientes de aire que genera la Gran Cúpula te será fácil encontrar la salida.

Sus palabras me alarman. – ¡No te entiendo! ¿Vas a dejarme? ¿Por qué te vas? – Pregunto con el corazón en un puño. – ¡No me estas escuchando! – Me reprocha ella. – ¡Es que no vas a ayudarme! – Pregunto con desesperación, sin entender porque me siento tan vulnerable. – ¡Ya te he ayudado! – Responde clavándome la mirada. – ¿Qué quieres decir? – Insisto – ¡Yo te saqué de las entrañas de la oscuridad! – Termina aclarando, desviando la mirada con gesto incomodo.

El corazón me da un vuelco, y con un hilo de voz acierto a decir: – No fue un mal sueño…

La criatura se pone en pie, y por razones obvias, si quedaba en mi alguna duda sobre su sexo, desaparece al instante. Se da la vuelta y camina unos pasos bamboleando sus caderas. Se detiene, se gira para mirarme por última vez, y asintiendo con la cabeza, recalca, ante mi incredulidad: – Sí, todo fue real. – Y aun sabiendo, que a estas alturas debería haberlo asumido, no salgo de mi asombro. ¡Es todo tan inverosímil! ¡No puede estar pasando!

– ¡No olvides que no debes quedarte en los Campos! – Me recuerda antes de alzar el vuelo con sus curiosas alas de aspecto vegetal. Dejándome atrás, sentado en un mullido lecho de musgo dorado, con la mirada fija en su graciosa figura disminuyendo en la distancia, y una sensación de abandono difícil de ignorar.

Resignado, la veo fundirse en un perfecto horizonte de tonos violáceos, y acto seguido, me desplomo, despaldas, sobre el lecho natural por puro agotamiento, sin oponer la más mínima resistencia al sopor que lo acompaña.

Oscuridad, solo veo oscuridad…

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Allí Donde Nacen Los Sueños · Capítulo 1 12 junio 2012

Archivado en: Últimos post — marcoasantanas @ 16:44

El Despertar

Oscuridad. Allí donde miro sólo veo oscuridad. Como si un inmenso y tupido manto lo cubriera todo. Envuelto en él, a tientas, intento desplazarme, adherirme a algo, lo que sea, que me aporte sensación de estabilidad. No siento el suelo bajo mis pies, pataleo en vano, consumo tiempo y energía sin obtener nada a cambio. No sé dónde me encuentro e ignoro cómo he llegado aquí. Floto a la deriva en un espacio vacío, huérfano de luz, enemigo del calor. Limitado por una resistencia parecida a la que ejerce el agua al ser atravesada por un cuerpo, sin embargo, al margen del malestar que experimento, respiro, luego… no estoy sumergido aunque pudiese jurar que así fuera.

Suspendido en el vacío, oigo susurros plagados de palabras que inducen al sosiego. Siento la imperiosa necesidad de dejarme seducir por ellas, y a pesar, de no poder evitar sentirme como un insecto atrapado en un jugo dulzón, bajo cuya superficie inocua, se prevé un fondo oscuro de naturaleza cruel, mi tenaz instinto de supervivencia me hace prevalecer.

Los susurros se tornan voces y con inquietante amabilidad, me invitan a cerrar los ojos y sumergirme en el olvido. No obstante, el atractivo inducido en dicha sugerencia no consigue persuadirme, por lo que, las susodichas, receptivas a mí firmeza, optan por sincronizarse y aumentar el tono.

Mi corazón se acelera. Siento sus latidos golpear con fuerza contra mi pecho. Me cuesta respirar. ¡Necesito salir de aquí! Con los ojos desorbitados, escudriño en el vacío, y aún siendo consciente de la futilidad de mis intentos, reanudo mi pataleta, dando zarpazos al vacío hasta perder la noción del tiempo.

A punto de desfallecer, este desesperado empeño por alcanzar la libertad, se ve milagrosamente recompensado por mi, olvidado, sentido del tacto; el cual, asentado en la yema de mis dedos, me transmite la certeza de haber rozado algo. Gracias a esa nimiedad, se reaviva en mí la chispa de la esperanza.

Procurando mantener la calma, cambio de estrategia. Abandono las pataletas y me aventuro a desplazarme. No resulta fácil. Me muevo con lentitud aunque no sea esa mi intención. Es como ir contra corriente en el sentido más estricto y literal de la expresión.
La ausencia de luz y el entorno insólito, entorpecen notablemente la incursión, sin embargo, no ceso de dar interminables brazadas hasta colisionar, en un momento dado, con una inesperada barrera. Con ciertas reservas, extiendo el brazo arriesgándome a tocarla. Palpo con timidez su superficie. Al tacto, se muestra blanda, rugosa y calida. Intuyo que es de materia orgánica aunque dicha sospecha sea perturbadora.

Curiosamente, las voces, cambian de actitud, acorde con los acontecimientos suben una octava y se tornan imperativas. Por mi parte, ajeno a sus apremios, medito unos segundos antes de continuar. Concluyendo, en deslizarme paralelamente a la citada barrera, alentado por el anhelo de hallar alguna grieta o fisura que me proporcione la libertad.

Sumido en este periplo tenebroso, buceo cauteloso procurando eludir la densidad de esta sustancia, la cual, parece aumentar por segundos. No es que el líquido, o lo que sea, que me rodea, se esté condensando, simplemente, me fallan las fuerzas.

Cuesta horrores mantener el ritmo. Transcurrido un tiempo me percato de que la barrera parece no tener fin. Quizá esté dando vueltas en círculo. ¿Pero cómo saberlo con certeza?

Las voces vuelven a cambiar, se tornan gritos, estos, se pisan unos a otros, en un galimatías frenético y ensordecedor, que pasa del acoso verbal a la intimidación en cuestión de segundos. Siento la imperiosa necesidad de taparme los oídos, pero no sirve de nada, es como si estos brotaran de lo más recóndito de mi cerebro. ¿Por qué reaccionan así? ¿Tal vez esté cerca de la salida? Lamentablemente, mis cavilaciones se ven interrumpidas, sin previo aviso, por un dolor agudo en el pecho, que me paraliza y me hace perder la conciencia. Experimento una intensa sensación de descenso, y en el proceso, la algarabía de gritos, que acribillaban mis tímpanos, disminuyen el volumen, dando paso al silencio más absoluto. Fundido con la nada, el dolor desaparece, la respiración se detiene y la luz de mis ojos se apaga clavando el vacío de sus pupilas en el infinito. El silencio y la ausencia de sensaciones parecen ralentizar el tiempo, exhibiendo mi cuerpo inerte, despojado de su chispa vital, flotando, esperpéntico, a la deriva, en algún punto indeterminado de esta oscuridad.

Del silencio surge una voz nueva. Su vibración, suave y dulce reconforta:

- Tranquilo. Todo va a salir bien. – Con el eco de esas palabras vuelvo en mí. Todo parece transcurrir con extrema lentitud, como si fuera a cámara lenta. Abro los ojos al tiempo que voy recuperando la conciencia. – Oscuridad, sólo veo oscuridad…

De súbito, todo se acelera frenéticamente, bombardeándome con imágenes de una crudeza repulsiva, producto de mi pasado más inmediato. Colocándome, irónicamente, justo en el mismo lugar en el que me hallaba antes de desvanecerme. Con la excepción, de que ahora, las escurridizas barreras se ciernen sobre mí.

No sé cómo, al perder la conciencia, el oscuro lugar en el que flotaba, menguó hasta retenerme en una especie de burbuja con tendencia a seguir disminuyendo, a pasos agigantados, el escaso espacio que queda a mí alrededor.

El pánico se apodera de mi, sin perder tiempo, apoyo brazos y piernas en sus paredes, con la previsible e ingenua intención de detenerlas. Mis miembros se hunden en su superficie como si fuera de goma. Esta elasticidad inesperada me sobrecoge, se diría, que, la omnipresente membrana que me envuelve, acelera su contracción acorde con la intensidad de mis estímulos.

No consigo mantenerme erguido. Intento ganar tiempo, flexionando las piernas y clavando las rodillas por un lado mientras hago presión con las manos y los codos por otro, pero sólo consigo acabar de rodillas con la cabeza gacha sin que la esfera deje de disminuir.
Tras incontables intentos fallidos, termino en posición fetal, completamente aprisionado en un envoltorio que no me permite mover ni un dedo, y aun así, sigue oprimiéndome sin piedad. Quiero gritar, pero el pánico y la escasez de espacio me lo impiden. Esa sustancia elástica y carnosa está tan pegada a mí que se diría que somos una misma cosa.
Como una desmedida anaconda, relamiéndose ante su festín, ciñe el envoltorio hasta no poder más. Los codos se me clavan en las costillas haciéndolas crujir. La caja torácica se resiente y los pulmones pierden espacio para dilatarse. La presión ejercida por este organismo alcanza límites insospechados. – Ha de haber un modo de salir de aquí. – Los huesos comienzan a sonar, uno tras otro, armonizando este espectáculo macabro. Demasiado agotado y aturdido para poder reaccionar. Un predecible sonido seco en mi nuca anuncia el golpe de gracia y finaliza el sufrimiento. Se repite el estado de paz interior. Vuelvo a caer en el pozo sin fondo y en dicho descenso imploro…: – ¡Déjenme morir!
Milagrosamente, después de haberlo deseado hasta la saciedad y haber perdido toda esperanza, diviso una luz distante, minúscula, parecida a una estrella. Esta, a pesar de la lejanía, hace uso de una poderosa atracción gravitatoria, atrapándome y atrayéndome hacia ella.
Dicha situación acelera mi caída libre, ganando velocidad progresivamente a medida que el vacío que me separa de ese faro en mitad de la nada disminuye, dejando tras de mí, una estela de vida sin vivir que se desintegra a modo de cola de cometa solitario predestinado a colisionar irremediablemente con el destino que le impone su trayectoria.

La citada luz minúscula crece y crece a medida que me acerco a ella. Pasa de ser un punto en la distancia a convertirse en un sol descomunal que casi lo cubre todo. Su luz intensa, cegadora por momentos, emite ondas calidas. Grata brisa que reconforta a este cuerpo erosionado por las inclemencias del frío de las tinieblas.
Atrás, casi difuminado por el espacio, se adivina un punto oscuro y diminuto del que nada quiero saber. Ante mi nace un nuevo horizonte, en el cual se materializa un agujero demencial del que emana una luz tan poderosa que atraviesa la membrana de mis parpados, obligándome a apartar la cara.
Llegado a este punto, poco o nada puedo decir, los acontecimientos se desarrollan a demasiada velocidad, no hay tiempo para pensar o sentir nada. Ese inmenso remolino de luz incandescente que se halla ante mi, se abre como una gigantesca boca que absorbe todo lo que se encuentra a su paso engulléndome con la mayor de las simplezas.

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Y La Luz Se Hizo 24 febrero 2012

Archivado en: Últimos post — marcoasantanas @ 0:44

Brotó del diáfano, limpio y blanco suelo de la imaginación. Tomo conciencia de sí misma al minuto de haber nacido. Se deleitó con el vacío que la rodeaba y sintió deseos de llenarlo. Abrió su boca y de ella surgió una bella, envolvente y delicada canción. Sorprendida, se dijo en voz alta: – ¡Sé crear canciones! 

Tan pronto terminó de hablar, brotó a su alrededor un grupo de entidades similares a ella. Aprisionándola dentro de un coro en forma de círculo perfecto e infranqueable. Y antes de que pudiera asimilar los acontecimientos, las criaturas que la rodeaban, tomaron conciencia de sí mismas, exclamando al unísono: – ¡Nosotras también! 

Del mismo modo, antes de que las entidades del coro en forma de círculo perfecto hubiesen terminado de hablar; brotaron tras ellas, otras entidades, en mayor número, aprisionándolas dentro de otro coro en forma de círculo perfecto e infranqueable. E igualmente, antes de que pudieran asimilar los acontecimientos, las criaturas que las rodeaban, tomando conciencia de sí mismas, exclamaron al unísono: – ¡Nosotras también! 

Así, uno tras otro, fueron brotando grupos de entidades en este páramo diáfano, limpio y blanco de la imaginación. Doblando su número cada nueva generación, aprisionando al grupo anterior dentro de un coro en forma de círculo perfecto e infranqueable, y entonando al unísono la reiterada exclamación “¡Nosotras también!” una vez adquirían conciencia de sí mismas. Extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista y más allá. Como si el eco de la exclamación de la primera entidad, aportara, de algún modo, los nutrientes requeridos para hacer brotar al grupo posterior. 

Incontables veces rodeada por esa multitud inmersa en un ciclo de expansión constante, sintió debilidad, aturdimiento, miedo. Vulnerable, se vio pequeña, diminuta, insignificante ante esa aglomeración apabullante. Se arrugo, se encogió y se desplomó indefensa a los pies de esta. Encerrada en sí misma, lloró avergonzada por su atrevimiento. – ¡Esto me pasa por creer que había hecho algo único, algo especial! – y sin más, se lanzó en picado al oscuro pozo del olvido. 

Pero cuando todo parecía perdido, se percató de una presencia luminosa que se abría camino entre sus raptores en dirección a ella. Una vez esta atravesó la última barrera, se animó tímidamente a alzar la vista para verla, pero la luz que proyectaba era tan cegadora que tuvo que apartarla. La presencia luminosa se aproximó a ella, se inclinó, cogió su mano y acercando los labios a su oído, susurro con una voz celestial: – Sí, ellas también crean canciones. Pero nunca serán como las tuyas. Las de ellas, son fruto de una extraña admiración por tu ingenio. Una peligrosa devoción, en la que se intuye una suplantación inconfesada de tu persona. Copias mediocres incapaces de definir un estilo propio, y sin embargo, seguidoras incondicionales de tu doctrina.  Porque tú creas tendencia, y ellas se nutren de ella. No lo dudes. Eres un ser único, excepcional, y en consecuencia, todo lo que proviene de ti también lo es. Ahora levanta. Es hora de brillar. 

Embriagada por la emoción, se puso en píe reconfortada. Miró a su alrededor, deteniéndose a observar cada uno de los rostros de las entidades que la rodeaban, hasta llegar, finalmente, al rostro de la presencia luminosa, que no dejaba de observarla. Gratamente sorprendida, al comprobar que su luz ya no la cegaba, le regaló una hermosa sonrisa y la presencia luminosa le obsequio con una igual. Acto seguido, se puso a danzar de alegría, entonando su canción con toda la fuerza de su corazón, sin percatarse, de que entre más se entregaba a su obra, más luz irradiaba su ser. 

En un momento dado, su luz, eclipso el destello de la presencia luminosa que la había rescatado del oscuro pozo del olvido. Marcándose un antes y un después, entre lo  que era y lo que fue. Dejándose arrastrar por un poderoso aumento de su autoestima, sitio consolidarse la seguridad en sí misma, y  en consecuencia, aumentar la intensidad de su destello. Llegando a un punto en el que era imposible mirarla sin ser abrazado por su calor. Las entidades que la rodeaban, cegadas, se protegían usando sus brazos como escudo y apartando el rostro con los ojos fuertemente cerrados. Tal fue el nivel de energía alcanzado, que no pudo contenerlo en sí misma. Por lo cual, viéndose desbordada, se detuvo en seco y guardo silencio. Generando con este simple acto, una detonación descomunal de pura incandescencia, que vapuleo el delgado plano de esa curiosa y nítida realidad, y dio lugar a una poderosa bocanada de aire caliente; cuya onda expansiva arrasó con las entidades opresoras. Impactando de lleno contra las primeras filas de las mismas. Haciéndolas salir despedidas hacia atrás, proyectadas como misiles contra las que tenían a sus espaldas. Creando un inmenso y pirotécnico efecto domino, que se extendió hasta donde alcanzaba la vista y más allá. Como una flor colosal abriéndose esplendorosa y cegadora al firmamento. 

Del mismo modo que brotaron del diáfano, limpio y blanco suelo de la imaginación, las entidades opresoras, fueron absorbidas sin dejar rastro. El silencio, dueño y señor de ese lugar, retorno de su momentáneo destierro  volviendo a reinar con su poderosa presencia. 

Sólo dos figuras se alzaban en el lugar. Una junto a la otra, a cual más luminosa, se fundían en un intenso y afectuoso abrazo. Seguidamente, cogidas de la mano, se dispusieron a marchar, pero antes, la protagonista de nuestra historia se detuvo, y con gesto infantil, frunciendo el ceño con la cara ladeada, preguntó a la entidad que la acompañaba: – ¿Qué acaba de pasar aquí? – y esta le respondió con suma tranquilidad: – Nada, solo ha nacido una estrella. 

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El Paladín Que No Llegó

Archivado en: Últimos post — marcoasantanas @ 0:27

Sé que soy un amasijo de defectos, pero si por unos segundos pudieras ver, en su justa medida, lo que siento por ti, me verías de otro modo. 

Sé, que no cubro tus expectativas. Que mi incapacidad para intuir esos pequeños detalles que tanto anhelas rompe todos tus esquemas. Pero, si pudieras abrir las puertas de mi mente y acceder a su mundo interior, comprenderías lo mucho que significas para mí, y te sentirías enajenada por mi amor. 

Sé que no es fácil creer lo que te digo. Que las palabras son solo eso, palabras. Pero si fueras capas de entender, que en mi caso, las palabras son un reflejo palpable de las emociones que residen en mí; quizá, solo entonces, comprenderías lo que representas para mí. 

Aun así, sé que siempre va a haber algo que nos separe. Algo que nos prive de nuestra mutua atención. La vida es compleja y sus constantes bombardeos de acontecimientos imprevistos, distraen y distancian más de lo estrictamente expuesto en el guion. 

Creerme cuando te digo, que no puedo hacer nada al respecto. Que no tengo poder para detener la vida en un instante, aunque sueñe con hacerlo. Pues, que bello sería regalarte un te quiero sincero, sin el ensordecedor ruido de fondo del extraño universo que ha modelado nuestra sociedad moderna. Sin nada que lo enturbie. Sin mayor resonancia que el eco de mi voz arropada por el silencio de un mundo que se nos antoja lejano. Ajeno a la tempestad que nos azota día tras día sin descanso. 

Que más podría añadir, salvo que soy, simple y llanamente, lo que ves. Un amasijo de defectos que se esfuerza en no ser la sombra del paladín que siempre esperaste, pero que nunca llego. 

Más, déjame aclararte, sin abrigar mala intención, que es probable, que el citado paladín se haya perdido en el camino de tu búsqueda. Que no poseyera ni la fuerza, ni el empuje, requeridos para subsistir en el mudo en el que habitamos tú y yo, lejos del atractivo y tentador reino de los sueños. Y añadiría para acabar, que cabe la posibilidad, de que yo, sea el individuo facultado para acometer dicha empresa. No, no aprovecho para echarme flores, pues, no sabría decirte, a ciencia cierta, si es real lo que te digo. Sin embargo, si que puedo asegurar, sin miedo a equivocarme; que yo siempre he estado aquí, a tu lado, y él, el eterno ausente, a día de hoy, simplemente, no se ha manifestado.

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La Roca 29 noviembre 2011

Archivado en: Últimos post — marcoasantanas @ 17:38

Esta es la historia de un vinicultor que vivía al pie de un volcán. Sus tierras tenían la particularidad de nacer en la base del mismo y extenderse algunas hectáreas en ascensión al cráter. Justo en la mitad de las susodichas había una enorme roca de piedra caliza que se elevaba como un gigantesco menhir, marcando la línea divisoria que delimitaba las tierras cultivadas de las que aún no lo estaban. Y es que, el vinicultor, no estaba dispuesto a ceder ante la citada roca. Soñaba con dejar sus tierras diáfanas antes de terminar de cubrirlas de vides, pero el obstáculo anteriormente expuesto enturbiaba sus aspiraciones, por lo que le había declarado la guerra encarecidamente. 


Todas las madrugadas, antes de salir el sol, dedicaba una buena parte de su tiempo a picotear la base de la roca, con la esperanza de que ese tronco pétreo cediera en cualquier momento y cayera vencido al suelo. Cuanto deseaba que llegase ese día. El día del fin del adversario. El día en el que sus tierras no se vieran mutiladas por ese miembro hostil para el cultivo.

Su esposa, una mujer humilde y trabajadora, llena de supersticiones, pensaba que la roca era propiedad de los duendes del fuego (unos personajes surgidos de las leyendas populares del lugar) y que su marido, con esa actitud, los estaba ofendiendo, por lo que el día menos pensado se vengarían por su osadía. 


Así transcurrían sus días. Él plantando cara a golpes de pico a su odiada roca y ella pidiéndole que dejase las cosas como estaban, que si los duendes la habían puesto ahí, seria por algo. Enzarzados en posturas irreconciliables convencidos de estar en posesión de la verdad, se distanciaban absurdamente uno del otro, inmersos en sus rutinas cotidianas.


Un buendía el volcán se levantó gruñón. Puestos a discutir él tenía todas las de ganar. El vinicultor, a pesar de oír el tronar de sus rugidos no se amedrentó, se apoyó el pico en el hombro (tal cual soldado de plomo) y partió de madrugada, desfilando rumbo a su obsesión. Haciendo oídos sordos a las suplicas de su mujer, que estaba convencida de que su marido había provocado la ira de los duendes del fuego.


El sonido del pico contra la roca apenas era audible debido a los crujidos del volcán. No obstante, indiferente a los acontecimientos, nuestro tozudo protagonista no cedió ni un ápice en su fijación y continuó picando con las miras puestas en las hectáreas que iba a recuperar.


De súbito, la tierra tembló con una violencia tal, que el inmenso menhir se doblego como una brizna al viento, cayendo, a plomo, sobre el vinicultor, sepultándolo por completo. Cuando el seísmo cesó nadie podría haber dicho que alguien había estado ahí.


Las horas transcurrieron y el volcán se calmó. Un silencio repentino pareció apoderarse de todo durante unos minutos; hasta ser roto por el canto de unos pájaros y el susurro de la brisa. Haciendo retornar a la sosegada atmosfera que acostumbra reinar en estos parajes.


Llegada la tarde, la mujer del vinicultor, viendo que no volvía, se aventuró a ir en su busca.


Al llegar a la zona de la roca se sobresaltó al verla derribada. Miró en todas las direcciones buscando a su marido pero no lo hallo. Guardó silencio un tiempo, hasta que una expresión de horror se dibujó en su cara, y con la misma, salió corriendo. Huyendo del lugar como alma que lleva el diablo.


Un mes más tarde, volvió al lugar acompañada por dos hombres. Se detuvieron delante de la roca abatida y ella les comento algo en voz baja señalando un costado de la misma.


Los hombres, que venían con unos fardos, sacaron de ellos sendos escoplo y martillo, y acto seguido, esculpieron en la piedra, acorde con los ecos de sus golpes en la distancia, el siguiente escrito:


“AQUÍ FUE ABDUCIDO POR LOS DUENDES DEL FUEGO EL HOSTINADO DE MI MARIDO.

EL DÍA QUE SEA LIBERADO, ESPERO QUE LEA ESTO, Y ENTIENDA,

QUE YO TENIA RAZÓN Y EL NO” 


 

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Una Luz Tenue 8 octubre 2011

Archivado en: Últimos post — marcoasantanas @ 17:21

Una luz tenue, a un paso de la extinción, se desplaza en la noche. Podría ser mí luz, o tú luz, o la luz de cualquiera. Se desplaza sin rumbo, oprimida por un eterno nudo en el pecho, presa de la incertidumbre, interrogante ineludible de aquellos que han perdido el control de su destino; lamentándose, de que, en este corto espacio de tiempo que llamamos vida, nada tiene sentido.


¿De qué sirve ser luz en la oscuridad si se desconoce el camino a seguir? Nutriéndose de un sin fin de frases hechas, cargadas de optimismo y buenas intenciones (que a fin de cuentas, no son más que máscaras de diversos colores para lucir según la ocasión, a razón de cómo se presente la mañana) anhela desde lo más recóndito de su ser, huir de este reino. Parasito insaciable que se nutre de su ser, debilitándola, hasta casi hacerla desaparecer. Ojalá pudiera dar un inmenso abrazo al espíritu de la felicidad, para así, brillar con la incandescencia que tanto la caracteriza.


No lo admite abiertamente, pero necesita encontrarla a toda costa. Aun sabiendo, que para hallarla, tendría que hacer borrón y cuenta nueva. Tendría que romper con todas las decisiones que la han catapultado a la prisión emocional en la que se encuentra. Pero… ¿Cómo hacer semejante cambio sin ocasionar daños colaterales?… ¿Qué culpa tienen los demás de las decisiones que ella, voluntariamente, ha tomado?…


Toda su vida ha procurado actuar con corrección. Es una entidad de principios y no puede hacer oídos sordos al reclamo de estos. Desearía, ser lo suficientemente egoísta como para cerrar el quiosco, echarse el petate al hombro y marcharse sin pensar en las consecuencias. Pero claro, si hiciera eso, ya no seria ella, seria otra cosa, y a esta luz, que baga solitaria en la noche, le gusta saber quien es. No podría mirarse al espejo y no reconocer su reflejo. En consecuencia, cuando llueven los gritos, cuando le persiguen las acusaciones, los reproches y las amenazas. Cuando nada de lo que hace es suficiente… Desconecta. Se transporta a otro lugar. Un lugar modelado a su antojo. Un refugio donde tiene la capacidad de cambiarlo todo sólo con un pensamiento. Un universo al que sólo puede acceder su forma etérea. Y en ese refugio insonorizado, aislado del mundo, se reescribe. Se reescribe por reescribirse. Sin pretensión alguna. Sin ambición. Sin doble intención. Sólo se reescribe. Porque al reescribirse se siente mejor. Porque es una buena terapia. Le ayuda a engañarse ha sí misma. Le da sentido a lo que no lo tiene. Es la inercia que tira de ella. Arrastrándola a seguir adelante sin cuestionarse los pormenores de su eterno desencanto.


Hay días, en los que, al reescribirse, se ve con fuerzas para encarase con el portal del destino, pararse ante él, y con la determinación que ha sido capaz de reunir, incitarse a cruzarlo. No obstante, duda… ¿Sería capaz de marchar sin haber abrazado a la felicidad?… ¿Sería capaz de marchar y dejar atrás sus responsabilidades?… Así pues, cerrando sus ojos inundados de lagrimas, se da la vuelta, dispuesta a retirarse a su prisión. Pero antes de retornar, vuelve la vista atrás, y durante unos segundos, observa el portal. Pues sabe, que en él, en alguna parte, hay otra entidad luminosa en las mismas condiciones que ella, un alma gemela que la necesita tanto como la necesita ella. Y susurrando, ruega, que esa entidad sea lo suficientemente fuerte como para romper sus cadenas y venir a rescatarla de las suyas.


Suspira y se aleja despacio de las prometedoras expectativas que le sugiere el portal. Reubicándose en su periplo rutinario y carente de estimulo, sin rumbo definido en las oscuras vías de la extinción. Cumpliendo con lo que se espera de ella, en la medida, en que se ve capaz de cumplir, y aferrada a la esperanza de que una entidad semejante la aleje de ese lugar.


Curiosamente, mientras todo esto sucede, al otro lado del portal del destino, una entidad llamada, Felicidad, espera paciente, con los brazos abiertos, a que la luz tenue, que podría ser mí luz, o tú luz, o la luz de cualquiera, se decida a cruzar la delgada línea que las separa.

yrunay

 

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Marco Santana 13 septiembre 2011

Archivado en: Amigos autores,Página de autor — marcoasantanas @ 18:47
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Marco Santana


Autor de relatos, cantautor y diseñador gráfico, descubriréis el refugio de este soñador en su blog
Un hombre en una botella (http://marcoasantanas.blogspot.com/).


Soy un despistado avispado. Un desmemoriado que recuerda sólo lo que le llama la atención. Un inculto enamorado de la cultura. Así, podría seguir y seguir definiendo esa especie de disfunción “defecto-virtud” que anida en mi desequilibrado universo interior. Pero tranquilos, no lo voy ha hacer. Sí, es verdad, soy un desastre, pero siempre llevo el icono de “Estamos mejorando” pegado en la frente.



Mis relatos en este blog:

-Un entrañable amigo

-La pala

-Un hombre en una botella

-Caída y resurrección


 

La Botella Herida 20 agosto 2011

Archivado en: Últimos post — marcoasantanas @ 0:13

Tiempo atrás, hubo un naufrago, en el mar de la vida, que lanzaba a las corrientes del destino mensajes en botellas. Anhelando, que dichos envíos fueran correspondidos. Cosa que nunca sucedió. Por lo que, harto de esperar, decidió, un buen día, aventurarse, personalmente, a buscar las respuestas que tanto ansiaba.


Así pues, quedándole sólo dos botellas de las muchas que tuvo, extendió el brazo hacia ellas al azar, (sin siquiera mirarlas, sin sopesar cual seria la más apropiada para embarcarse en tan arduo viaje) escogiendo una botella hermosa, alta y estilizada, cubierta de motivos florales en relieve. Y sin más, se lanzo al mar, se introdujo en ella, y dejó que las olas les arrastrasen al interior.


La botella restante, de aspecto ordinario, liza, de cuello largo y cuerpo abombado, tirando a fondón. Arropada por el abrazo de la arena, y acariciada por el ir y venir de las olas, quedó sola con el alma rota. Mirando como las corrientes alejaban a su compañera, portando en su seno, a la fuente de su amor.


Sintiéndose traicionada, ahoga su desazón con el silencio de su llanto, y se tortura preguntándose, reiteradas veces, por qué no la escogió. ¿Cómo no pudo ver que ella contenía un alma, y la otra estaba hueca?


¿Qué se supone que debe hacer ahora que la persona amada ha destruido sus expectativas? ¿Cómo seguir adelante cuando siente que no puede confiar en nadie? Ojalá pudiese encontrar a alguien que la amase del mismo modo en que ella es capaz de amar. Alguien que tuviese principios parecidos a los suyos. Que fuera fiel sólo porque la fidelidad es lo propio cuando se ama de corazón.


El amor es injusto, y la dedicación a él ingrata. Después de permanecer tanto tiempo a su lado, escuchando sus mensajes embelesada, no concibe el hecho de que la haya abandonado; y menos de ese modo tan frío. Sin la gentileza de despedirse de ella. Sin el más mínimo detalle. – ¡Si se hubiese dado cuenta del amor que le procesaba! –Se lamenta suspirando. 


Se siente tan sola. La vida se le muestra como una pesada carga. Sin expectativas. Sin rumbo a seguir, ni un lugar al que ir, ni un objetivo por el que luchar. Desalentada, se deja llevar, porque la nada se le presenta como la única e ineludible alternativa.


¿De que sirve amar a quien no sabe amar en igual medida? ¿Cómo no pudo ver que se rezagaba premeditadamente? Que se escondía tras las otras con el fin de pasar el mayor tiempo posible a su lado. Anhelando ser la última botella que lanzara al mar. La última en adorarle. La última en portar sus mensajes de esperanza.


No se siente bien. Le duele el alma y no consigue sanar ese dolor. A la vez, la rabia le consume. Odia sufrir por culpa del egoísmo de su amado.


Decepcionada, se deja rodear por una inesperada corriente de aire, que, en forma de pequeño remolino, penetra en ella como una exhalación, y sale del mismo modo. Dejándola hueca, al tiempo, que hace sonar su boca al partir, como lo haría la sirena de un barco al hacerse a la mar.


El alma, que habitaba en ella, sin oponer resistencia, se dejó arrastrar por el inesperado remolino. Y al alejarse, envuelta en el reconfortante abrazo de la citada corriente, vuelve la vista atrás, con la intención de despedirse de su botella, pero no lo hace. Conmovida, por verla transformada en un mero recipiente de vidrio; sola, hueca y abandonada, en la orilla de los límites del mar de la vida. Siente como se le encoge el corazón ante esa estampa. Cierra los ojos, da un hondo suspiro, y se lamenta de que los hombres (aún siendo al azar) siempre escogen por el frasco, no por el contenido.

 yrunay

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Raíces Profundas 10 agosto 2011

Archivado en: Últimos post — marcoasantanas @ 9:47

Asentada en el centro de una cuenca entre dos montañas, se hallaba una casita blanca de tejas rojas de arcilla orneada. Esta, junto con una pequeña y variada huerta (esmeradamente cuidada) que rodeaba la rustica propiedad, y algunas cabritas albergadas tras un vallado de madrera en uno de sus laterales; proporcionaban, sobrado refugio y sustento a su propietaria. Una anciana sexagenaria, cuyas raíces familiares en la citada propiedad, se perdían en los albores del tiempo. Por lo cual, gustaba de decir, que, hasta donde podía recordar, siempre había estado ahí.


Esta mujer, integrada en el entorno, pasaba el tiempo que le sobraba de sus tareas agrícolas, sentada en el porche, elaborando un nutrido conjunto de utensilios de paja, y sonriendo a las puestas de sol, maravillada por la magnitud de su belleza. Sin lugar a dudas, era feliz en su pequeño reducto natural, lejos del mundanal ruido, las aglomeraciones y las impurezas de las urbes.


Cierto día, el cartero del municipio le entregó una notificación, la cual dejó, (como era su costumbre) sobre un aparador de madera maciza labrado con hermosas florituras que tenia en su dormitorio. Junto al resto de la correspondencia que esperaba ser leída por su hijo, que solía venir a verla, como mínimo, una vez por semana.


Así fue, que este se personó, fiel a su costumbre, y le leyó con ternura todas sus cartas; dejando para el final el comunicado. El cual, ojeo por encima en silencio, y sin más, se lo guardo en el bolsillo. Le dio un tierno beso a su madre, y (tras bromear cariñosamente con ella) se marcho.


La anciana, sin darle mayor importancia al tema, continuó con su rutina, feliz de volver a estar sola, pues, aunque le agradaban las visitas de su hijo, adoraba el intenso vínculo que le unía a aquel lugar. Refugio del ritmo compensado de su alma, de su soledad en compañía de objetos y recuerdos, del goce de sus largos silencios arrullada por las transiciones cotidianas de luces y sombras, acompasadas, por tenues sonidos relajantes, brotando, aleatoriamente, de los infinitos recovecos de ese místico entorno natural.


Una tarde, su hijo, en una de sus visitas, la invitó a pasar una temporada en su casa, para que pudiera disfrutar de la compañía de sus nietos. La idea no le desagrado, pues adoraba a esos diablillos. Así pues, hizo una pequeña maleta y se fue con él.


Allí, fue tan dichosa, que perdió la noción del tiempo, para cuando empezó a sentir añoranza de su hogar ya habían transcurrido unos años, y pese a la adoración que sentía por los pequeños, no podía ignorar la persistente y sutil llamada que le inducía a volver a su pequeño reino.


Así se lo hizo saber a su hijo. Pero este, con el corazón en un puño, ya no pudo seguir ocultándole que sus tierras habían sido expropiadas por el estado, con la finalidad, de desviar el cause de un río cercano y hacer de la cuenca una presa. Se disculpó, por no haber tenido valor para decirle, que el comunicado que había recibido, era un aviso de desahucio, de inmediato cumplimiento, y que, en aquellos momentos, su pequeño universo se hallaba sumergido bajo las aguas, mientras las autoridades pertinentes, festejaban eufóricas la inauguración de la nueva presa por todo lo alto.


La anciana, viéndole tan perturbado, lo tranquilizó con voz tierna, como solía hacer cuando era niño. Luego se retiró a su dormitorio, del que no salió hasta el día siguiente. Con la luz del nuevo día filtrándose por la ventana, se dirigió nuevamente a su hijo, para recordarle que deseaba volver a su hogar. El joven, apesadumbrado, volvió a disculparse relatándole lo sucedido, y tan pronto terminó de hablar, ella, sistemáticamente, dio la vuelta, retirándose a su dormitorio y permaneciendo en él hasta el día siguiente.


Los días transcurrieron sin que el ritual dejase de repetirse. Madrugada tras madrugada. Una y otra vez, hasta que el alma de la anciana se evaporó, quedando sólo una mortaja ambulante, que se desplazaba por inercia, soltaba su discurso y se volvía a marchar.


Su hijo, sin fuerzas para seguir dándole explicaciones. La miraba con tristeza, la escuchaba con infinita paciencia y la acompañaba con delicadeza a su habitación.


Una mañana de verano dejó de hablar. Una tarde de otoño no se levanto más. Una noche de invierno dejo de respirar.


Tuvo un funeral sencillo, acompañada por todos sus allegados y amigos que tanto la estimaban. No obstante, en primavera, (la época que más le gustaba a la difunta anciana) su hijo, por iniciativa propia, solicitó exhumar su tumba e incinerar sus restos. Los cuales, llevó a la cuenca y espació sobre la presa, con la esperanza, de que las cenizas pudiesen hacer que, una parte de su madre, regresara a descansar al lugar que la vio nacer.


Lo curioso del caso, es que, el joven, nunca supo ver que el alma de su madre había abandonado su cuerpo mucho tiempo antes de morir. El amor por su hogar era tan intenso que no pudo esperar.


Hoy día, a varios metros de profundidad, sumergida en la presa, permanece intacta la casita blanca de tajas rojas de arcilla orneada. Y si pruebas a mirar con los ojos del corazón, quizá veas, que en su porche, se halla sentada, elaborando un nutrido conjunto de utensilios de paja, una anciana, que sonríe a unas prodigiosas puestas de sol, dignas de la visión de los Ángeles.

yrunay

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El Disléxico Cabalga Solo 7 agosto 2011

Archivado en: Últimos post — marcoasantanas @ 23:25

El disléxico cabalga solo. No es que no le guste estar con otras personas, sino que, la mayoría, no suelen tener, ni paciencia, ni ganas de estar con él. Así es la realidad. Lo normal, es que le despachen con un simple y apresurado: “Haber estudiado más”. Acto, que lo relega a los límites de la marginalidad, pues, es demasiado listo para ser “estúpido” y se siente demasiado estúpido para ser “listo”. De ese modo, este viajero accidental, se convierte en un “llanero solitario”, que cabalga en tierra de nadie, esquivando burlas y comentarios despectivos (de listos por un lado y de estúpidos por otro) con suma resignación.


Desde que tengo uso de razón he arrastrado esa pesada carga. Recuerdo, que, en el primer colegio en el que estuve, me mantuvieron en Párvulo, más tiempo del estipulado, por la pereza que les suponía tener que orientar a un niño que solo requería un enfoque diferente de los conocimientos a asimilar.
El caso, es que, los supuestos “Docentes” de ese centro, por increíble que parezca, se dejaron ir, la friolera de dieciocho largos meses. Cuando se percataron de su desastroso despiste, de que me habían dejado abandonado en el aula de Parvulario por pura ineptitud, se apresuraron a subsanar el “despiste” incorporándome, con carácter inmediato, en el Aula de 2º de EGB.
(Entiéndase, que yo, en todo ese tiempo, solo había realizado actividades propias de Párvulo. Es más, estos individuos, me incorporaron en el Aula de 2º a principios del tercer trimestre, por lo que podréis imaginar las desastrosas consecuencias).
El mismo día de mi incorporación, la “Docente”, me envió a la pizarra, junto con otros niños, para que realizara una sencilla división. Todos la hicieron, menos yo. Estaba aterrado, no sabía que debía hacer, nadie me lo había explicado.
Como es lógico, me eternice ante la pizarra observando la división, quizá, esperando que, por gracia divina, el conocimiento se depositara en mí. Cosa que no pasó.
La “Docente”, perturbadoramente molesta por mi falta de colaboración, cogió un palo, (que, en un tiempo, había formado parte de una silla) y sin mediar palabra, comenzó a asestarme golpes con él, mientras repetía al compás: – Divide, divide, divide…


Pues no, ese día no aprendí a dividir. Ahora bien, la idea de que la figura del profesor era sinónimo de castigo, quedo resonando en mis cavidades neuronales el resto de mi etapa escolar. Ese suceso, me convirtió en un niño que no confiaba en los profesores. Un niño, que aprendió a huir de ellos, a evitarlos a toda costa. Que jamás levanto la mano para hacer una pregunta por miedo a las consecuencias. Un niño, con un único objetivo, no llamar la atención, pasar desapercibido, no destacar, para no atraer la atención sobre si mismo. Que no reparasen en mí, se convirtió en mi única y constante prioridad.


Al finalizar aquella dolorosa jornada. Ya de noche. Arropado en mi cama. Le pedí a Díos, morir antes del amanecer, para no tener que despertar y volver a aquel horrible lugar. Pero no fue así… Tuve que soportar esa situación hasta acabar el curso.
Gracias a Díos, algunos padres supieron ver lo que pasaba y tomaron medidas al respecto. Consiguiendo que cerrarán el centro, pues, por lo visto, ninguno de los “Docentes” que componían el elenco del profesorado, disponía de la titulación pertinente para ejercer como tales.
Que se haga justicia siempre es de agradecer. No obstante, el daño ya estaba hecho. Quedé eternamente encasillado como VAGO, no importaba que sacara sobresalientes en el resto de las asignaturas. Si no era capaz de superar mis dificultades para desenvolverme con los números y las letras jamás dejaría de ser un VAGO. Créanme cuando les digo, que no es una tarea fácil. Llevo varios días revisando el texto que ahora leéis, y no importa el tiempo que empleé y las veces que lo relea, siempre encuentro errores. Es frustrante no tener control sabre algo que sabes que puedes hacer bien, es un autentico calvario, os lo aseguro. ¿Cuál es el secreto? ¿Por qué unos sí otros no? Llevo haciendo estas preguntas toda la vida sin obtener respuesta. El caso es que no soy del grupo de los que se proclaman “normales”. Pertenezco al de los raritos, los anómalos, y disimularlo no sirve de nada. Siempre va haber algo que me delate. Este blog es una buena prueba de ello. Lo concebí con la finalidad de obligarme a mejorar mis deficiencias. Consciente de que se me haría dura la batalla. En estos momentos, dudo de todo, hasta del lugar que ha de ocupar un punto o una coma. Demasiadas lagunas. Demasiadas cosas que debí aprender y no aprendí.


Aún hoy, después de haberme enfrentado, una y otra vez a mis recuerdos. Cuando alguien me coge con la guardia baja, haciéndome una pregunta directa con la que no cuento. Me bloqueo. Mi mente se queda en blanco. No importa si sé la respuesta o no. Simplemente, me bloqueo. Es una sensación extraña. Como si aquel niño asustado aún habitara en mí. Escondido en algún recóndito lugar, incapaz de salir por miedo a lo que pudiera pasar.


Nunca he ocultado, ni ocultaré, dichas dificultades. La intención, no es esconderlas, sino, tratar de corregirlas. Soy transparente. Aquel que no sepa verlas es porque no las quiere ver. Los hay, que se rasgan las vestiduras ante ellas, ignorándome, amplia y rotundamente, como si temieran que se les fuese a pegar algo. Otros, permanecen aparentemente impasibles. Amables y correctos, simulan no percatarse de ellas, sin embargo, la decepción se dibuja en sus miradas. Pero yo, no experimento mal estar alguno, pues sé muy bien quien soy. El error lo cometen ellos, dejándose arrastrar por sus prejuicios.


Vamos a ver, tal como lo veo yo, estoy tocado pero no hundido. Reboso optimismo. Esa ha sido siempre mi mejor baza. He procurado mantener siempre mi dignidad intacta. Autodidacta por necesidad, no me he privado de hacer las cosas que me gustan, aunque las haya tenido que hacer solo, adoptando la actitud, ya citada, de “Llanero Solitario”, que se parte de risa cada vez que ha de recitar la consabida frase de estos cowboys de medio pelo: “ ¡Yo cabalgo solo forastero!”.
Estoy convencido, de que, si hubiera recibido un mínimo de atención en mi infancia, ahora, brillaría con el doble de intensidad, y nadie notaría mi ineludible dislexia.


Al disléxico, le sobra empatía, es muy tolerante con los demás, pero terriblemente intolerante consigo mismo. No nos podemos permitir el lujo de pasar por alto nuestra anomalía, (si es que se le puede llamar así). Eso nos hace tener un afán de superación por encima de la media. Porque, el disléxico, se sabe inteligente, y ansia el reconocimiento y la aceptación que siempre le fue negado.


Hoy en día, embriagado por la dicha que reportan los hijos. No puedo evitar verme reflejado en ellos. No puedo evitar recordar al niño que fui. No puedo evitar adorarlos, pues, poseen mi vitalidad, mi brillantes, mi alegría, mi espontaneidad… en resumen, están llenos de mi persona. Por último, y no menos importante, no puedo evitar sentirme inmensamente agradecido de tenerlos; porque, a través de ellos, cuando los protejo, los educo, los quiero, los abrazo; estoy retrocediendo en el tiempo. Estoy derribando barreras. Estoy abriéndome camino hacia ese oculto lugar, donde mi niño interior permanece escondido y asustado. Me estoy acercando a él. Con cada gesto, con cada palabra. Hasta el punto de casi tocarlo. Hasta el punto de casi abrazarlo. Sé que el gran día se dibuja cercano. Y cuando ese día llegue, estrecharé con fuerza a ese niño entre mis brazos, y diré, (volcando en él toda la atención que no le supieron dar) – No sufras, pequeño mío, ahora todo va a salir bien, porque yo estoy contigo, siempre lo he estado, nunca has estado solo.


yrunay

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La Mejor De Tus Sonrisas

Archivado en: Últimos post — marcoasantanas @ 23:23

Una hermosa sonrisa, como defensa, es el escudo perfecto contra las lenguas mal intencionadas. Deslumbra a quien se acerca. Seduce, atrae, distrae miradas, desvía preguntas y disipa dudas si las hubiera. Se percata de sospechas infundadas y las aclara sin llegar a las palabras. De ese modo, tal pensamiento, si es que lo hubo, es relegado al olvido, dando paso, con alivio, a la discreción que irradia una sonrisa.


Defecto o virtud, no deja de ser un acto de sutil elegancia. A quien le importe, lo que digas o hagas, regálale una hermosa sonrisa. A fin de cuentas, igualmente, dirán de ti lo que les plazca. Transformaran todo a su antojo. Sólo requieren captar un fragmento, un resuello en la distancia, un simple retumbar, del eco lejano, de palabras fuera de contesto y la imaginación se les dispara; haciendo de un acto insignificante, un suceso desconcertante.


Sí, esa es la penosa actitud, de aquellos, que sólo escuchan lo que desean escuchar. Aquellos, para los que sólo existe su verdad. La cual, les hace, aprovechar cualquier descuido, subida de tono o comentario poco afortunado, para hacer de ti el objeto de sus tergiversaciones. Pero no importa. No dejes que los acontecimientos te abrumen. Mantén la cabeza bien alta, clava tu mirada en las suyas, y obséquieles con la mejor de tus sonrisas. Porque tu sabes, mejor que nadie, que lo que es saber, no saben nada. Que tu verdad esta a salvo. Y eso, te cura en salud, y mantiene limpia y firme tu mirada.

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Hablando De Fútbol

Archivado en: Últimos post — marcoasantanas @ 23:21

Hace un año. Me hallaba medio-tumbado o medio-sentado, según se mire, en el sofá del salón de mi casa viendo el telediario. Cuando comenzó la sección de deportes, apareció mi segundo hijo, que en aquella apoca tenia dos años aproximadamente, apoyándose en el marco de la puerta que daba acceso al salón y quedándose extasiado mirando el televisor. Tras compilar la emisión durante unos segundos, giró su pequeño y candido rostro hacia mí, y abriendo como platos sus enormes ojos luminosos, me miró, diciendo algo así como… ¨Fubo¨. Yo, sonriendo con ternura y asintiendo con la cabeza respondí: “Sí cariño, es fútbol”. Este, satisfecho por la notable conversación padre e hijo y escarranchado como un cowboy, debido a la incomodidad del pañal, se alejó de la seguridad que le proporcionaba la sujeción del marco de la puerta y se acercó a mi, tambaleándose, como un mini borracho harto de “biberón”. Sin dejar de supervisarlo de reojo, continué viendo la tele hasta sentir sus manitas apoyarse, a plomo, en mis rodillas. Bajé la mirada y ahí estaba ese gordito de ojos relucientes mirándome con una sonrisa destornillante. ¨Fubo” repitió con una carcajada alegre y limpia. Volví a sonreírle con ternura y nuevamente asentí con la cabeza diciendo: “Sí, es fútbol”.


Más feliz que unas pascuas, trepó por mis piernas hasta quedarse sentado a horcajadas sobre ellas, plantado su cabecita justo delante de mi campo de visión. “Fubo” repitió una vez más pegando su naricilla a la mía. Algo incomodo, por no poder ver las noticias, recurrí a la diosa de la paciencia y respondí: “Sí pequeñín, es fútbol”.


Él, levantando sus bracitos, sostuvo mi cara, apoyando las palmas de sus manitas regordetas en mis mejillas, alejó su carita y me mira con esa inocencia, propia de los niños, que te hace perdonarles lo que sea.


“Fubo” Repitió por cuarta vez. Resignado, miré sus pupilas limpias y sin perder la sonrisa, me dispuse a darle, una vez más, la misma respuesta. Pero antes de que brotase el más leve sonido de mis labios, “el dichoso enano” arremetió su cabecilla contra mi frente. Dándome un cabezazo de los que hacen historia, con toda premeditación y alevosía. Arrastrándonos, a ambos, a un universo oscuro, donde el mareo, el dolor y el desconcierto habían edificado su reino. No exagero si les digo, que me quedé sudando con el solemne machangazo. El infante, igualmente dolorido, lloró a lágrima viva, mientras me señalaba con el dedito, acusándome de ser un papa malo, por lo que, aun estando confuso y aturdido, no pude hacer otra cosa, más que abrazarlo y consolar su llanto.


En fin, que injusta es la vida a veces, gracias a Dios, a día de hoy, el incidente no se ha vuelto a repetir. Eso sí, todavía me sigo preguntando que le impulso a propinarme semejante sacudida, y es evidente, que nunca lo sabré. Por otro lado, conviene aclarar, que desde el suceso hasta la fecha, mi hijo y yo, no hemos vuelto a hablar de fútbol.

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Una Demostración De Amor

Archivado en: Últimos post — marcoasantanas @ 23:18

Érase una vez, una madre que no sabía como demostrar el inmenso amor que sentía por su hijo. Es más, le incomodaba ver a las otras madres exhibiéndose, premeditada y públicamente, con exageradas carantoñas a sus pequeños, cosa que su marido no entendía a pesar de amarla. Ella, ante el más leve reproche por dicha actitud, se cerraba en banda, ignorando a su esposo por completo. Lo cual entristecía mucho al hombre, pues, le hacia dudar de los sentimientos de su esposa hacia su hijo.


El caso, es que, dando una elegante fiesta en el jardín de su casa, justo en un momento en el que se disponía a salir por la puerta del porche con una bandejita de canapés en la mano, vió como el 4×4 de su marido rodaba sin control, de culo y cuesta a bajo por la pendiente de acceso al garaje. Sin inmutarse pensó: “Ahí va el cacharro de mi marido, una vez más, a hacerse pedazos contra el muro” pero, tan pronto terminó la frese, vio a su hijo jugando, justo, en la misma pendiente, en mitad de la trayectoria del citado vehículo. Dándole un vuelco el corazón, soltó la bandeja de canapés, la cual, se estrello contra el suelo esparciendo los bocaditos por doquier, y sin dudarlo, se lanzó al rescate.


Desgraciadamente, los tacones y la falda ajustada que había escogido para la ocasión, jugándole una mala pasada, la hicieron caer de bruces contra el suelo, golpeándose e hiriéndose en el codo, la barbilla y la rodilla. No obstante, sin dar muestras de dolor, se recompuso con presteza, se quitó los zapatos de tacón, se rompió la falda con las manos, y ensangrentada, corrió, velos como una gacela, con la mirada fija en su niño.


Su marido y el resto de los invitados al verla correr se percataron de la fatalidad que se avecinaba, sin embargo, no supieron reaccionar, todos, inmovilizados, se quedaron absortos, mirando como se desenvolvían los acontecimientos.


Ella, negándose a malgastar fuerzas pidiendo ayuda. Atravesó, como una exhalación, el trecho que le separaba de los asistentes y se abrió camino a empujones entre ellos. Inclusive, se vio obligada a pasar por encima de la mesa donde habían depositado, con un gusto exquisito, las bebidas y de más degustaciones, esparciéndolas por el suelo.


Corrió como nunca lo había hecho, sin que nadie hiciera otra cosa más que mirarla. Cuando el vehículo estaba a poca distancia de su hijo, se interpuso velos entre ambos, cogió a su retoño y viendo que no le quedaba tiempo para más, se medio giró sobre él a modo de escudo y extendió, en un acto reflejo, uno de sus brazos hacia el 4×4, en ademán de pararlo.


Niño y madre murieron arrollados por el todo terreno sin que se pudiera hacer nada. Su marido, cegado por el dolor y la impotencia, e incapaz de emitir palabra, se desmoronó llevándose las manos a la cabeza. Los que le rodeaban se apresuraron a atenderle. El resto de los presentes, aterrados, en silencio y con lagrimas en los ojos, no salían se su asombro.


En un momento dado, una voz masculina, se atrevió a romper el silencio para decir con la voz quebrada: “¡Dios mío! Eso ha sido una insensatez”. A lo que una voz femenina le repuso, embargada por la emoción: “¡No! te equivocas, eso ha sido una demostración de amor.

Yrunay

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Caída y Resurrección 27 marzo 2011

Archivado en: Amigos autores,Últimos post — marcoasantanas @ 18:32

No es nada fácil emular al ave Fénix. Resurgir de las cenizas en proyección ascendente al firmamento envuelto en llamas purificadoras. La resurrección no es tarea sencilla. No basta con lamerse las heridas. Recomponerse requiere tiempo. Reunir los pedazos esparcidos y hacer que encajen del mismo modo es imposible. Una vez te has roto nunca vuelves a ser el mismo. Te transformas en otra cosa. Te reinventas por pura necesidad de supervivencia y el resultado consecuente no deja de sorprenderte. Aunque tu aspecto físico no se aleje de lo que siempre ha sido, no te reconoces ante el espejo. ¿Quién será ese que habita ahora en tu cuerpo?… Nuevamente, deberás aprender a conocerte, a saber hasta donde puedes llegar, no sea que vuelvas a caer y tus pedazos se esparzan por doquier.

Vivir es cambiar, evolucionar de un modo u otro, marcar objetivos, metas a alcanzar, dicho de otro modo, tener razones para existir. Lo curioso del caso, es que esas mismas razones suelen ser las causantes de nuestras caídas en picado al vació. Por ello, recomiendan que establezcas metas a corto plazo y, a ser posible, no demasiado ambiciosas, ya que el grado de decepción se mide por el tamaño de la aspiración. Supongo que esa premisa dependerá del nivel de aguante de cada uno. Si eres capaz de resistir los impactos de las caídas con entereza podrás afrontar retos mayores que si te hundes a la primera de cambio. Aun así, si un Dios joven tarda tres días en resucitar… ¿Cuanto se supone que tarda un mortal?…

Que gran proeza esa de resurgir de las cenizas, sacudirse el polvo del camino y sonreír como si no hubiese pasado nada. Ante esa perspectiva quién se reprime a la hora de alcanzar sus sueños. Los más inalcanzables suelen ser los más atrayentes. Cuesta ignorarlos. Sus sugerentes propuestas nos atraen como insectos a la miel, eso si, siempre con la sombra de la frustración siguiéndonos los pasos. Repulsiva ave carroñera que se relame ante la posibilidad de un nuevo fracaso, momento en el cual, aprovecha para nutrirse con nuestro dolor, ralentizando la ascensión del purgatorio al que somos catapultados según nuestro grado de ambición.

No, no es nada fácil emular al ave Fénix, pero tampoco lo es ignorar la seductora llamada de nuestros sueños. Somos títeres de nuestros anhelos, pero sin ellos, somos cascarones insulsos, amasijos de células desplazándose por inercia en un mundo plagado de sugerentes expectativas. Así pues, nunca dejare de soñar, de estrellarme y caer para luego resurgir envuelto en llamas purificadoras, felizmente preso en este bucle hasta el fin de mis días.

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Un hombre en una botella 11 diciembre 2010

Archivado en: Amigos autores,Últimos post — marcoasantanas @ 1:49

Érase una vez, un naufrago en el mar de la vida, que movido por una intensa necesidad de romper con su soledad, comenzó a lanzar a las corrientes del destino mensajes en botellas. Anhelando, en lo más profundo de su ser, que estos, llegaran a las manos de alguien que se dignase a leerlos. Pero sus envíos, embarcados en un viaje sin retorno, desaparecían sin más, aumentando, en demasía, su soledad. Harto ya de no obtener respuesta, decidió enviarse así mismo en una botella, ya no para ser escuchado, si no, más bien, para tener constancia de la existencia de otros seres como él en el citado mar.

Tras soportar una travesía larga y tortuosa, sometido a las inclemencias del inconstante de venir de los tiempos, quedó varado en una playa. Quiso salir de la botella pero no pudo. Había pasado tanto tiempo dentro de ella que había acabo formando parte de la misma. Triste y solo se resigno a vivir en ese estado.

Una tarde, con una puesta de sol magnifica, una mujer que paseaba descalza por la orilla se topo con la botella, y en consecuencia, con el hombre que había en su interior.

- ¡Que suerte! ¡Un genio en una botella! ¿Has venido a solucionar todos mis problemas? – Dijo la mujer con el rostro iluminado por la alegría. A lo que el respondió con tono apagado: – No soy un genio, sólo una víctima de la soledad. No puedo solucionar tus problemas, pero, si puedo ayudarte a soportar el peso que generan.

Ella, sin perder la sonrisa, lo observó durante un rato. Luego, sin mediar palabra, rompió la botella, estrecho la mano del hombre y mirándole a los ojos le dijo: – Acepto tu propuesta.

De ese modo, el naufrago, dejo de estar solo.

La última vez que le vi, iba abrazado a su compañera, a la deriva pero felices, porque, amigos míos, en el mar de la vida, se navega mejor en compañía.

yrunay

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La Pala

Archivado en: Últimos post — marcoasantanas @ 0:59

Cuando mi hijo tenía cuatro años lo lleve a pasear por la playa. Era una tarde fría, por lo que no fuimos preparados para meternos en el agua. Eso si, él tenia que llevar su cubo y su pala para jugar con la arena. La tarde transcurrió tranquila, hasta que sonó mi móvil. Era mi mujer, que aprovechando un descanso en su trabajo, llamó para charlar un rato. Mi hijo, sintiéndose desatendido, empezó a tirar de mí, por lo que tuve que decirle que esperase un rato a que terminara de hablar, cosa que no le gustó en absoluto. En un arrebato de furia, cogió la pala y la lanzó, con todas sus fuerzas, al mar, quizá esperando que yo soltase el teléfono de inmediato y me lanzase al agua a buscarla, cosa que no hice. Me limité a comentarle, sin inmutarme, que luego le compraba otra, total, esas palas de plástico no son caras. Él se quedo en silenció, algo desconcertado. Para cuando comprendió lo absurdo de su acción, la pala ya cantaba el “bye, bye, my friends”, arrastrada por las olas. De súbito, mi hijo, comenzó a gritar, como si en ello le fuera la vida: – ¡SOCORRO! ¡SOCORRO! ¡MI PALA! ¡MI PALA! ¡QUE ALGUIEN HAGA ALGO!…

Yo, la verdad sea dicha, me quedé patidifuso. En cuestión de segundos todos los que se encontraban en la playa en aquel momento se acercaron a ver qué sucedía. Mientras, mi hijo seguía gritando y llorando a moco tendido: -¡SOCORRO! ¡MI PALA! ¡MI PALA!…

¡Que vergüenza!, no tenia donde escabullirme. Los curiosos, prácticamente, nos habían rodeado. No sabia que hacer. Los acontecimientos, habían tomado un rumbo de lo más inesperado. Contrariado, pero manteniendo el tipo, me dispuse a descalzarme, para zambullirme, en busca de la dichosa palita, pero, antes de que pudiera hacerlo, una amazona, surgida de no sé donde, se lanzo al mar, nadó hasta la pala, la cogió y con la misma regresó. – Toma, mi niño – Le dijo a mi hijo, mientras le entregaba la pala y me fulminaba con una mirada de desprecio.

En todo momento, permanecí con el móvil en la oreja, transmitiendo los acontecimientos, según iban pasando, a mi mujer, como si fuera un reportero cubriendo un suceso en directo.

Sin dejar de hablar, cogí a mi hijo de la mano y me abrí paso, como pude, entre los bañistas, alejándome sin volver la vista atrás, sintiendo sus miradas de desaprobación, clavándose en mi espalda como puñales.

En el trayecto de vuelta, fui rumiando maldiciones por el mal rato que me había hecho pasar. Una vez en casa, me percaté de que el dichoso chiquillo sólo tenía el cubo en la mano… por lo que le pregunté: “Cariño, ¿dónde está la pala?” Mirándome, con la inocencia propia de los niños, se encogió de hombros y, como si tal cosa, respondió: “No lo sé.”

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Un entrañable amigo 23 noviembre 2010

Archivado en: Amigos autores,Últimos post — marcoasantanas @ 19:01

Si de verdad me amas, haz de mí un libro vagabundo. Deja que pasee libre con mis relatos por el mundo. Permite que me acaricien otras manos. No les prives de tenerme. Del goce de pasar mis páginas, abducidos por las emociones que anidan en las historias, que habitan en mí mundo interior. Esas residentes complacientes, que se prestan generosas, a compartir mis penas y alegrías, en el trayecto que me toca, del agridulce sendero de la vida.

No cometas la atrocidad, de olvidarme en un estante apartado. De relegarme al olvido. De convertirme en pasto de insectos, humedad y polvo. No permitas que envejezca de ese modo. Solo, sin compartir miradas, sin recibir caricias, sin transmitir afecto. Encausado, a ser reciclado antes de tiempo, sin la presunción de inocencia. Terminando mis días, triturado y compactado en otro cosa, que, aunque útil, nunca será igual de hermosa.

No me conserves como prueba irrefutable al merito de haberme leído. Trofeo inconsistente, si otros ignoran los secretos de mi contenido. Deja que me conozcan en otras tierras y que me lean en otras lenguas. Deja que la prolongada exposición solar amarillee mis páginas, decolore mí portada, exaltando la longevidad de los matices azules y plegando mis esquinas hacia afuera. Deja que me arrugue y deteriore por el uso desmedido en el transcurso de los años. Que, al cabo del tiempo, las experiencias adquiridas, superen a las narradas. Que la impronta de cada lector quede latente en mi fachada. Déjame ser lo que soy. Un mensajero de sueños. Un portador de realidades. Un recipiente de fantasías. Una entidad pasajera que te regala un pedazo de su vida.

Si haces lo que te pido, no me olvidaras nuca, estaré siempre contigo, en un punto indefinido, donde se cruzan: vida, alma y emoción. Y si por casualidad, se encuentran nuevamente nuestros caminos, al margen de mi aspecto erosionado y desvalido, revivirás con cariño las historias compartidas, y me veras, como lo que siempre he sido, un entrañable amigo.

yrunay

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