Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Allí Donde Nacen Los Sueños · Capítulo 8 20 febrero 2013

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El Único

AlliDondeNacenLosSueños P8• (El único)

La Sra. Santa, se retuerce en su lecho, presa de una pesadilla reincidente, que extiende sus tentáculos por su psique, como raíces virulentas contaminando hasta las fibras más finas de sus enlaces neuronales. Cada noche que la padece, se ve más inmersa en ella, hallándose peligrosamente incapaz de liberarse. Agita sus brazos en busca de una fuente de luz, un destello de esperanza que la libere de ese horrible reino al que se ve irremediablemente avocada. Empapada en sudor, abre los ojos desorbitadamente, emitiendo un angustioso grito de terror. Al instante, sus seguidoras de confianza, irrumpen en el aposento. Consternadas, por el evidente deterioro psíquico de la elegida, se apresuran a protegerla de si misma. Ésta, aturdida pero despierta, ordena con tono áspero que la dejen sola. Lo cual hacen sin rechistar, salvo una, que antes de partir, se le aproxima reverente y le susurra al oído: – Ntra. Sra. Santa, ha de saber que la cuidadora de la bestia la espera en la Capilla Poligonal. – Un aire de satisfacción ilumina levemente su rostro, dibujando una estúpida mueca, a modo de sonrisa, en la comisura de sus labios. Pero no se pronuncia, inmóvil, observa como sus seguidoras abandonan la estancia.

Una vez se acallan los pasos de éstas, tras el leve zumbido de las puertas mecánicas, se pone en pie animada, recordando, el placentero momento vivido al hacer gala de su poder ante la estirada mosquita muerta de El Pilar del Cielo.

Transcurrida una hora, se persona en la Capilla Poligonal, como si tal cosa, acompañada de su sequito habitual.
Sara, la aguarda con sosiego, ensimismada en la apreciación de un bello fresco, situado en una de las paredes de la misma. En él, se observa a un ser, similar a Damian, precipitándose al vacío. Superpuesto, sobre varios rostros femeninos, en el centro de un coro de manos que, se diría, lo acogen de algún modo: – Un hallazgo fascinante – deja escapar de sus labios, abstraída en él. Sujetando, inconscientemente, sus sicodélicas gafas de pasta por una de sus patas con una de sus manos, al tiempo que analiza la textura de los trazos con la nariz casi pegada a la obra.
La Sra. Santa, convencida de que ésta se halla desprevenida, arremete verbalmente con arrogancia desmedida: – ¿Te interesas por el arte o por las leyendas antiguas?… – Pero Sara, haciendo gala de la inexpresividad que tanto la caracteriza, no se inmuta. Limitándose a sugerirle, sin despegar la mirada del fresco: – Conviene que hablemos a solas. – Esto la descompone, ya que en su primer encuentro, era evidente, que su mera presencia la contrariaba.
Tras hacer una pausa, sumida en un inquietante silencio, ordena a sus Harimaguadas que se retiren con un gesto aburrido de su mano, sin perder de vista a su misteriosa visita.
Una vez solas, Sara, rompe el hielo, dejando caer con la mayor naturalidad: – Que hermoso era bailar desnudas bajo la lluvia. – Dicho comentario, se ensarta en el pecho de la Sra. Santa como una afilada daga. Pálida, hace un amago de volverse en busca del apoyo de sus protectoras, pero al instante, recuerda que hizo que se retiraran. Terriblemente incomoda, siente palpitar su corazón de un modo denigrante para su estatus, y arrastrada por una bocanada de pura cólera, agrieta el rictus de enfado perpetuo en su bello rostro, hasta el punto de cortar el aire, inexplicablemente contenida.
Sin variar la modulación serena de su voz, Sara, continúa: – ¿No soportas ser vulnerable?… Cálmate, todas lo somos. – ¡No voy a calmarme! ¡Exijo que aclares tu insinuación! – Deja escapar la Sra. Santa encolerizada. – No insinúo, era hermoso bailar juntas bajo la lluvia, pero claro, después de someterte a tantas renovaciones, ya no lo recuerdas. – La Sra. Santa, hace un esfuerzo en observar con detenimiento el rostro de Sara, sin hallar en él, nada que le resulte familiar, por lo cual, aclara: – Ese es uno de mis recuerdos más íntimos. Siempre dance sola, nunca en compañía. ¿Qué intentas conseguir con este juego? – No tiene sentido seguir hablando. – Finaliza Sara, acercándose a ella y deteniéndose a un palmo de su bello rostro. La Sra. Santa retrocede un paso notablemente desconcertada, pero Sara avanza igualmente, manteniendo la intima distancia, mientras le hace saber: – Lamento enormemente que no me recuerdes. No obstante, deseo que sepas, que tus secretos siempre han estado a salvo conmigo – Luego, cogiéndole la mano con ternura, deposita en ella una mini-cápsula de información y se aleja, dirigiéndose a la salida. Sin embargo, antes de abandonar la Capilla Poligonal definitivamente, se vuelve y le pregunta: – ¿Aún sigues con tus pesadillas? – La Sra. Santa, se ve incapaz de gesticular palabra. Si la intención de la mosquita muerta, era la de devolverle el mal trago que le hizo pasar en El Pilar del Cielo, podía darse por satisfecha. Pero Sara, no solo, no da muestras de disfrutar con su humillación, sino, que no se detiene ahí, añadiendo a lo expuesto: – Lamentablemente, San, nunca te dejara en paz. Te recomiendo que visiones la mini-cápsula en la más estricta intimidad. Me pediste que te la entregara, una vez hubieses vuelto de tu décimo-quinta renovación, y así lo he hecho. – ¿Y quién me asegura que no la has visionado?… – Interroga la Sra. Santa, observando la mini-cápsula en la palma de su mano. Pero solo obtiene un silencio prolongado como respuesta. A razón del cual, alza la mirada con una chispa inquisidora en sus pupilas, dispuesta a taladrar el rostro imperturbable de la mosquita muerta, pero ésta, ya no está.

En tanto, en el otro extremo de la mega acrópolis Centauro, Damian, se debate en un mar de incógnitas, que arremeten contra él, haciendo añicos su sosiego. Desde la desaparición de Madre, su situación, se ha tornado susceptiblemente peligrosa. Las Harimaguadas no le gustan, y Sara, no le tiene aprecio. Por primera vez en su vida, siente pánico. – ¡Madre! ¡Madre! ¡¿Por qué me has abandonado?! – Grita con todas sus fuerzas, dejándose caer de rodillas, incapaz de apaciguar el nudo que le oprime el pecho. No comprende porqué se siente tan mal. Abrumado por esta sobrecarga de emociones desconocidas para él, se despoja de su kimono blanco, dejándolo caer al suelo y se mete en la ducha termal. Permitiendo, que el agua salada a presión de la misma, le rocíe de arriba a bajo con fuerza, despejando, momentáneamente, su castigada mente.

Acto seguido, la puerta hexagonal se abre, pero… para su sorpresa, no es Sara la que entra. Raudo, sale de la ducha y se esconde en una zona poco iluminada de la estancia. – ¿Hola?… – Pregunta una voz femenina – ¡¿Quién eres?! – Interroga Damian desde las sombras. La atmosfera de la estancia, se enralece con un tenso silencio sostenido, que es moderado, por el quebrado sonido de la voz tímida y atolondrada de la inesperada visitante: – ¡No me haga daño! ¡Me han ordenado que le entregue su dosis diaria de licor de vida!… – Damian, dando unos tímidos pasos, sale de su improvisado refugio, desnudo y empapado. Con cientos de gotas cristalinas de agua salada descendiendo por su cuerpo, ajeno por completo al pudor inherente a la madures y clavando, sus inocentes y analíticos ojos claros, en la nueva portadora del licor.
La carga erótica de la escena, genera en la susodicha, un shock de lo más inesperado. Ruborizada y temblorosa, comienza a gritar sin tregua, dejando caer la bandeja con el licor de vida al suelo. Torpeza, que la descompone aun más, por temor a un posible castigo. Por lo que, patéticamente encogida, en una de las esquinas laterales de la puerta hexagonal, dobla su histeria, gritando con más fuerza y cubriéndose la cabeza con ambos brazos.
Damian, percatándose de que ésta, inconscientemente, obstruye con su cuerpo el cierre automático de la citada puerta, no lo duda. Suma ese fortuito detalle al desconcertante y confuso comportamiento de la misma, y saca partido del resultado. Huyendo, velos, de su prisión dorada. Perdiéndose, en un sin fin de pasillos, diáfanos, acolchados y solitarios, con el eco de sus pies descalzos y su acelerada respiración, como única compañía.

Por puro azar del destino, coincide con un corredor que le brinda una posible salida. Al final del mismo, se planta anta una nueva puerta hexagonal de mayor tamaño, la cual, al captar su presencia, se abre sin más. Sin dudarlo, sale por ella desbocado, colisionando con algunas personas que transitaban al otro lado. La luz solar le ciega momentáneamente. Oye gritos de histeria a su alrededor, siente, que los que le rodean, se apartan de él como si portase un virus letal. Se detiene para recuperar el aliento, consciente de que es minuciosamente observado. Una vez sus ojos se adaptan a la luz, se arma de valor para afrontar su nuevo entorno. Aturdido, se descubre en el centro de un improvisado círculo de mujeres que le rodean, guardando una prudente distancia de seguridad. Alza la vista, hallando, hileras de pasillos abalconados ascendiendo por los edificios colindantes, desde los cuales, es igualmente observado por más mujeres. De hecho, mire donde mire, solo hay mujeres observándole. – ¡¿Hembras?!… ¡Aquí solo hay hembras! – Deja escapar con asombro. Consecuentemente, un silencio opresor se adueña del momento. Cientos de rostros femeninos clavan sus miradas en él, trasluciendo emociones confusas e inestablemente favorables para su persona. Anticipándose a lo que pudiera pasar, se afana en hallar el modo de abrirse camino entre ellas y escapar. Siendo, imprevisiblemente interrumpido, por una de las presentes, que oculta entre el resto, se dirige a él telepáticamente: – “¡No te muevas!” – “¿Madre?… ¿Has vuelto?” – Pregunta Damián con un atisbo de esperanza. – “No debiste abandonar El Pilar del Cielo” – Le reprocha la voz. – “Pero Madre, me sentía solo y tú…” – Se justifica Damian antes de que ésta le interrumpa bruscamente: – “Llámame Novoa. Es tarde para explicaciones. Ahora, voy ha acércame a ti.” – Abriéndose paso entre la multitud, una mujer esbelta y morena, de labios carnosos y ondulada melena negra, se adelanta imperturbable. Se acerca incómodamente a él, y alzando cautelosamente el brazo, acaricia su velluda barbilla con la mano, declarando en voz alta con la más absoluta tranquilidad: – ¡He aquí un hombre! – Esta desafortunada revelación, genera algunos gritos histéricos y alguna que otra exclamación de asombro y desprecio radical. – ¿Qué está pasando? – Pregunta Damian, horrorizado, a su interlocutora. Ésta, regalándole la expresión de compasión más sincera y hermosa que pudiese haber visto, se acerca más a él, y apoyando sus calidas manos en sus desnudos y varoniles hombros, continua hablándole telepáticamente: – “Sé más discreto, solo tú puedes oírme.” – “¿Porqué tengo la sensación de que me has sentencia a muerte?” – Le amonesta Damian. – “Al contrario, aquí y ahora, eres una anomalía, y las anomalías son eliminadas sin contemplaciones. Al decirles lo que eres, he ganado tiempo a tu favor. Nunca han visto a nadie de tu sexo, salvo en los tratados de la vieja historia. Mientras la curiosidad las envélese, tienes una oportunidad para elegir” – Aclara Novoa con tranquilidad – “¿Para elegir qué?”… – Pregunta Damian intuyendo la respuesta – “El modo de morir, por su puesto. Para mí, eres una bendición, un regalo, que éstas criaturas no están preparadas para apreciar. Oí tu reclamo y vine ha ayudarte, pero tu ansia de libertad a complicado las cosas. Ya no puedo protegerte. Tal como lo veo, solo te queda elegir, entre morir a manos de estas arpías, o quitarte la vida tu mismo.” – Damian, mira unos segundos al exceso de mujeres que le rodea, asumiendo, a golpe de vista, que no hay puntos débiles en el férreo círculo que forman. Deja escapar un suspiro descorazonador, que le hace sentirse abducido por un contradictorio halo de sosegante resignación. El cual, le induce, inexplicablemente, a abrazar a la mujer morena, embriagado por un desconcertante sentimiento de gratitud. Y en dicho acto, a modo de compensación, se toma la libertad de dejarse embriagar por el grato aroma que ésta desprende, susurrándole con un sutil pensamiento: – “Dame un rumbo y pondré fin a esto” – “Gírate, cierra los ojos y corre” – Le sugiere Novoa, antes de despegarse de él y, simulando indiferencia, zabullirse en el mar de hostilidad que le retiene.

Ahora, más que nunca, comprende los motivos por los que Madre le mantenía apartado en su refugió. Es tarde para arrepentimientos. Tomó una decisión, y muy a su pesar, ha de ser consecuente con ella. Viendo, que las atónitas y encolerizadas mujeres tardan en salir del asombro que las paraliza, se da la vuelta y echa a correr lo más rápido que puede en la dirección aconsejada. Mientras, sus despóticas observadoras, incapaces de reaccionar ante lo que consideran un acontecimiento inimaginable, se limitan a gritar histéricas apartándose de él por miedo a ser rosadas.
Así, nuestro desafortunado personaje, corre a ciegas sin obstáculos, en línea recta, hasta colisionar con un barandal, sobre el que se deja caer, precipitarse consecuentemente al vacío.

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Allí Donde Nacen Los Sueños · Capítulo 7 27 septiembre 2012

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La Esfera

Como una blanca muñequita de papel desplazándose velos sobre una cartulina negra, corre una niña asustada por una superficie inexistente de una realidad inconclusa, en un punto indeterminado de la fría oscuridad.
En su cabecita, aun resuenan los ecos de las últimas palabras que intercambió con su madre:

“– ¡Corre pequeña, corre y no mires atrás! – ¡Pero yo quiero estar contigo! – ¡NO! ¡MI CIELO, NO! ¡AHORA CORRE!…”

Sin aliento, cae de rodillas, respirando aceleradamente mientras mira a su alrededor en busca de alguna señal que le sirva de referencia para huir de estas tinieblas. Desafortunadamente no halla nada. Desalentada, se tumba en el frío y oscuro suelo, tarareando una melodía que aprendió de su madre y fantaseando, como solo los niños saben hacer, con la compañía de su progenitora en un universo de risas y afecto más allá de este reino desolador.

En un momento dado, ve por el rabillo del ojo, un destello diminuto, casi imperceptible, desvanecerse en la distancia. Receptiva, gira la cara y clava la mirada en la densa oscuridad. Espera unos tensos segundos y ¡voilá!, el destello vuelve a aparecer. Sin titubear, se pone en pie, y sin apartar la vista del objetivo, reanuda su carrera, rumbo a su encuentro.

Incombustible, acelera su marcha desbordando ilusión e ingenuidad ante la expectativa de libertad que esta le brinda. No obstante, al menguar notablemente la proximidad entre ambas, la citada posibilidad se evapora. Revelándole, que el origen de dicho destello, no es otra cosa, que una enorme esfera cristalina que levita suspendida en las tinieblas.

Decepcionada, se derrumba, llorando amargamente por todo lo acontecido. – ¡MAMÁ! ¡MAMÁ! – Grita desahogando el cúmulo de tensión que la carcome por dentro.

– ¿Que sucede criatura? ¿Te has perdido? – Pregunta una voz femenina dulce y melodiosa, procedente del interior de la esfera. La niña, quedándose inmóvil como si así no pudiesen verla, cesa su llanto al instante. – No te asustes, no voy a hacerte daño. – Aclara la voz. – ¿Quién eres?… – Interroga la pequeña. – Soy una prisionera, la semilla que dio origen a este lugar, el núcleo del Nexus, la Reina Madre de las especies que han brotado en él. – responde la voz sin hacer pausas. – ¡Cuantas cosas…! – Murmura la niña con asombro y añade: – Yo tuve una mamá, pero un hombre malo la mato… – Lo lamento. – Apura la voz, interrumpiendo como si estuviera al corriente de ello y prosigue: – ¿Por eso vagas sola por mí reino? – ¡Sí!… – Responde la niña desconcertada. – Yo también estoy sola – Confiesa la voz – Pero eres una mamá y las mamás tienen hijos. – Deduce la niña en voz alta con suspicacia, a la vez que intenta, en vano, averiguar quien se esconde en el interior de la esfera. – Sí, así es, pero yo no puedo concebir hijos del modo en que quisiera y eso me hace sentir muy sola. – Se reprocha la voz con profunda tristeza… – No estés triste, eres buena y dulce, si quieres puedes ser mi mamá. – Concluye la pequeña conmovida, dejando de tantear a su interlocutora – ¡Ja, ja, ja…! – Ríe la voz antes de declarar satisfecha: – Tu inocencia es una delicia, para mí sería todo un honor tenerte como hija. ¡Ven! entra conmigo en la esfera. – Ante el entusiasmo de la invitación la pequeña duda, y frunciendo el ceño pregunta: – ¿No me harás daño, verdad? – No, no te lo haré. – Le asegura la voz con simpatía – ¡Vale! – Acepta la niña como si tal cosa y agrega: – Deja que te vea antes de entrar. – De acuerdo… – Dice la voz mientras la esfera se enciende como una bombilla, exhibiendo en su interior, a una mujer desnuda de una belleza sin parangón. La cual, sentada en posición de loto, despliega, para mayor lucimiento, dos enormes y coloridas alas con forma de hojas de parra.

Sin dejar de observar a la niña, con unos hermosos ojos rasgados de pupilas color rojo encendido, le pregunta con ternura: – ¿Te gusta el aspecto de esta Reina Madre?… – Y la pequeña le responde encantada – ¡Sí! ¡Eres muy bonita, me gusta mucho tu melena verde, y tu piel blanca, es como el color de la luz! – Ja, ja, ja… – Vuelve a reír, la Reina, mostrando unos enormes y afilados colmillos – No sabía que la luz tuviera color. – Comenta a su nueva hija – ¡Pues ahora lo sabes! – Sentencia la pequeña orgullosa de si misma: – ¡Creo que tienes mucho que aprender! ¡Pero no te preocupes, he disidido quedarme contigo, ahora no estarás sola, yo cuidaré de ti! – Continúa la pequeña haciendo que las risas de la Reina se eleven y retumben en lo alto como si se hallaran bajo una bóveda – Es usted muy gentil señorita y le estoy muy agradecida por ello. – Le corresponde la Reina alagada. – ¡Lo sé! – Finaliza la niña, metida en su papel de infanta, antes de preguntar: – ¿Cómo entro en la esfera?… – Pues, entrando… ¡Dame la manita! – Responde la Reina extendiendo el brazo hacia ella. Encogiéndose de hombros, la niña, atraviesa la pared de la esfera con su corto y tierno brazo, como si esta no existiera, y estrecha su manita regordeta con la pálida mano de dedos afilados de la Reina, la cual, tira de ella con suavidad, ayudándola a entrar.

Una vez dentro, su entorno cambia. Ni por asomo resulta ser lo que esperaba. Sentada en el regazo de la Reina, lo observa todo sin perder el más mínimo detalle. Lo que creía que sería un espacio esférico, reducido y claustrofóbico, se muestra ante ella como una enorme y esplendorosa sala circular. Formada por doce portales góticos, de cuyos arcos brota una sustancia líquida que desciende por los mismos a modo de cascada de agua cristalina. Divididos entre si, por unas gruesas columnas corintias que se elevan suntuosas, desdibujándose, por momentos, en un ligero vaho aromático omnipresente en la estancia, y sosteniendo sobre sus relucientes ábacos, una gigantesca cúpula románica completamente cubierta de coloridos frescos de una belleza celestial.

– ¿Quiénes son? – Pregunta la niña con la mirada clavada en ellos. – Melíferas, cientos de ellas, felices en su entorno natural, desempeñando funciones propias de sus vidas cotidianas. Ecos de un pasado glorioso hoy perdido en la alborada de los tiempos. – Responde la reina con la mirada ausente. – ¿Y esas fuentes que nos rodean? – Continúa la niña sin perder la espontaneidad. – Son los doce portales del Nexus. Tú, pequeña mía, has entrado por ese, el portal de la Oscuridad. – Le cuenta la Reina señalando un portal en el que la sustancia líquida brota turbia. – La chiquilla, maravillada, sin cerrar sus enormes ojos verdes ni para parpadear, susurra. – Si ese es el portal de entrada ¿cual será el de salida? – y la Reina le aclara arrullándola entre sus brazos: – ¿Que te hace pensar que hay una salida?…

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Allí Donde Nacen Los Sueños · Capítulo 6 21 septiembre 2012

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El Experimento

Damian Beta 0.1, ataviado con un kimono blanco como única vestimenta, observa la mega acrópolis Centauro desde una de las diáfanas y enormes ventanas del edificio más alto de la ciudad. Desde dicha posición se entretiene viendo pulular a cientos de figuras diminutas por las vías peatonales de la urbe y no puede evitar preguntarse cómo seria vivir ahí abajo, inmerso en ese bullicioso hormiguero de entidades ajetreadas en sus quehaceres cotidianos.

– ¿Qué aspecto tendrán? ¿Serán como yo? – Se pregunta intrigado. – “No, no son como tú” – Le responde una cariñosa voz en su cabeza. – ¡¿Madre?! ¡¿Has vuelto?! – “No, aun sigo en la incursión espacial. Me desconcierta tu apremio para que retorne, sabes de sobra que siempre estoy contigo.” – Espiritualmente sí, pero físicamente no, añoro estrecharte entre mis brazos. – “Eres una criatura extraña. No negaré que experimento agrado al oír tus palabra, sin embargo, ese apego a mi parte física hace que te repela.” – ¿Por qué? ¿Tú no sientes deseos de estar junto a mí? – “No, ¿Por qué habría de sentirlo?” – Tus palabras me hieren – Termina diciendo Damian, dejando escapar un profundo suspiro.

Apesadumbrado se tumba en un amplio sofá de cuero blanco y formas curvas. – ¿Cuándo me podré marchar, Madre? – “Ya lo hemos hablado cientos de veces, no te puedes marchar.” – ¿Pero no lo comprendo? Deseo salir de aquí. Quiero bajar a esas calles. Unirme a esas personas. Reír, ser feliz con ellas. – “Eres un soñador Damian, eso no va a pasar, de hecho, si supieran que estás aquí, te matarían.” – ¿Tan horrible soy? – “¡Ja, ja, ja,…! No eres horrible, eres diferente…”

Tras él se abre una puerta automática hexagonal a modo de recogida de abanico, y acto seguido, entra una mujer de elegante figura, piel pálida y mirada gélida, enfundada en un ceñido batín blanco. – No te cansas de hablar solo – Le comenta con desden a Damian. – ¿Por qué me odias tanto Sara? – Le pregunta él incorporándose y quedándose cómodamente sentado en el sofá. – Porque eres una aberración. Tú no deberías existir. Si por mí fuera ya estarías muerto. – Gracias Sara, a mi también me agrada verte. – Añade Damian con ironía. – No seas necio, agradece el hecho de que me digne a pasar por aquí a traerte tu dosis diaria de licor de vida. – ¡Licor de vida! Vaya una forma de disfrazar un mejunje intragable. – ¡Desagradecido! ¡Ese mejunje, como tú lo llamas, es el mayor hallazgo de la ciencia de nuestro siglo! ¡Quién podía imaginar en los pasados milenios que un censillo compendio de nutrientes básicos aportarían los complementos necesarios para brindar longevidad y juventud a toda una generación!… – Si, si, lo sé, no me repitas otra vez esa cantinela de la generación elegida… – Interrumpe Damian deseando que le vuelva a dejar solo. – “Se paciente, solo hace su trabajo, no conviene alterar al personal” – Le amonesta tiernamente Madre con un susurro. Este, aprovechando la circunstancia le pregunta a Sara: – ¿Has oído esa voz? – ¿Qué voz? Yo no he oído nada. ¿Te burlas de mí? – No me hagas caso, quizá el estar encerrado aquí me esté volviendo loco. – Los ojos de Sara parpadean, y por unos segundos, un vestigio de compasión parece anidar en su mirada, no obstante, sin dar muestras de ello, deposita el recipiente con el licor de vida en una superficie circular que levita junto al sofá y se retira con el ligero sonido de su calzado acolchado sin volverse a despedirse.

– “Veo que empiezas a mostrar inteligencia.” – Alude Madre. – ¿A caso dudabas de ella? ¿Cómo es que yo puedo oírte y ella no? – Interroga Damian – “Porque al nacer te implanté un microchip en el cerebro” – Sorprendido con dicha revelación, preguntar con la voz ahogada: – ¿Qué soy yo para ti? – “Un experimento… ¡Debo dejarte!… ¡Han saltado las alarmas y…!”

Repentinamente, la voz de Madre desaparece. Quedando solo un silencio asfixiante, acompasado por el acelerado palpitar de su corazón. – ¡MADRE! ¡MADRE! ¡¿SIGUES AHÍ?! – Grita asustado sin obtener respuesta. Un zumbido electrónico capta su atención y dirige la mirada, velos, hacia una pequeña esfera de cristal oscuro, en una de las esquinas del techo de la sala. Extiende el brazo, coge el recipiente con el licor de vida y lo lanza con fuerza, estrellándolo, certero, contra la esfera, mientras grita: – ¡DEJA DE ESPIARME!

Derrotado, se deja caer nuevamente sobre el mullido sofá. Una lágrima solitaria escapa de uno de sus ojos y recorre lentamente su mejilla antes de precipitarse al vacío. Con la mirada perdida, murmura: – Te equivocas, no soy un experimento, soy una persona. – Luego, se sumerge en su reino de fantasías. Único consuelo en esta confortable prisión, a la cual, ignora como llegó.

Transcurridas unas horas, unas voces alteradas, al otro lado de la puerta hexagonal, truncan su sosiego haciendo que se levante del sofá alarmado. La citada puerta se abre, he irrumpen en la sala un grupo de mujeres encapuchadas, ataviadas con sotanas blancas y seguidas por la, hasta la fecha, inmutable Sara, notablemente alterada con los hechos.

La comitiva, presidida por una mujer especialmente hermosa, luciendo una lustrosa y dorada cruz barroca sobre el pecho, con una llamativa gema roja en forma de corazón incrustada en su centro, se detiene en seco ante la inesperada apariencia física de Damian.
– ¿De donde habéis sacado este engendro? – Comenta la llamativa cabecilla con una insultante expresión de repudio en su cara.
– No tenéis derecho a estar aquí. Estáis violando la intimidad de Madre. – Advierte Sara con moderación, conteniendo su malestar y evitando mirar a los ojos de la representante de la inesperada visita. La cual, le sermonea exaltada: – ¡¿La intimidad de Madre?! ¡¿Pero que blasfemia es esa?! ¡Hablas de ella como si fuera una entidad física! ¡¿He de recodarte que Madre es una fuerza espiritual que vela por el bienestar de nuestra fructífera comunidad?! ¡¿Insinúas que puedes oír su voz?! ¡¿Acaso eres tú la última persona con la que estableció contacto?!
– No… – Contesta Sara, con un tono casi inaudible, notablemente intimidada.
La prepotente portavoz, regodeándose con la situación, se dirige hacia Damian sin titubear y deteniéndose a una distancia prudencial, comenta a sus subordinadas, mirándole de arriba abajo con desprecio: – Estáis seguras de que la última manifestación de Madre proviene de este lugar. – Sin duda alguna Ntra. Sra. Santa. – Le responde una de ellas.

Damian, que hasta el momento no se había pronunciado, pregunta: – ¿Quiénes sois?… – ¡Madre Santa! ¡La abominación habla! – Exclama escandalizada la Sra. Santa mientras sus seguidoras retroceden asustadas.
– “Son las Harimaguadas, las elegidas por la entidad Madre para transmitirnos sus designios. Por favor, no las provoques.” – Le susurra Sara, tras posicionarse discretamente a su lado.
– ¡Que no vuelva a hablar! ¡No sé que está pasando aquí, pero pienso llegar al fondo del asunto! ¡Sedad a la bestia y precintad la fachada hasta nueva orden! – Sentencia fuera de sí la Sra. Santa. Y antes de que Damian pueda replicar, siente un latigazo en el cuello, se lleva la mono instintivamente al punto de dolor y extrae un pequeño dardo azul antes de perder el sentido.

Sumido en la oscuridad, cae a un pozo sin fondo, y en el descenso sin fin, alguien le abraza por la espalda deteniendo su caída. – ¡Hola! ¿Estás bien? – Murmura una voz femenina en su oído. – Ah, eres tú. La chica oscura de alas verdes. – Sí, no sufras, pronto te sacaré de ahí – Claro, bello sueño, lo que tu digas.

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Allí Donde Nacen Los Sueños · Capítulo 5

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La Pesadilla

Eva, grita reiteradas veces, dolida por su pérdida, pero no consigue apaciguar la angustia que devora su alma. Sin percatarse de que ya no es arrastrada por la misteriosa entidad, llora sin consuelo, hecha un ovillo sobre un frío suelo negro azabache. El absoluto silencio reinante solo es roto por su gimoteo. Tomando conciencia de ello, calla. Se recompone poniéndose en píe, sin que el nudo que oprime su pecho afloje un palmo. Mira a su alrededor, pero no ve mas que oscuridad. No sabe expresarlo, pero se siente distinta, ligera, ingrávida. Incomoda se mira y ruborizada exclama: – ¡Estoy desnuda!…
– “¡Silencio!” – Oye en su cabeza. Se gira buscando con la mirada en todas las direcciones, hasta localizar una figura humanoide, igualmente desnuda, con una piel lechosa reluciendo, tal cual faro, en medio de tanta oscuridad. Esta, de espaldas, se inclina con cautela como si estuviese observando furtivamente tras una esquina. Así lo piensa Eva, pero al segundo lo descarta por absurdo. – Aquí no hay nada, solo oscuridad. – Cavila dando unos pasos dispuesta a aproximarse. Pero la entidad, a pesar de no tener oídos, intuye su movimiento girando veloz su cara hacia ella con cierto recelo. Mirándola, con unas turbadoras luces rojas, que emulando a unas pupilas, flotan suspendidas en las huecas y oscuras cuencas de sus ojos, a modo de luciérnagas danzando a la par en la boca de sendos orificios.
Eva, queda petrificada, no se atreve a mover un músculo mientras el rostro plano de la criatura, ausente de rasgos faciales, salvo los ojos ya citados, se dirige hacia ella. Luego, atraído por algo que reclama su atención con mayor apremio, recupera su postura de mimo callejero, caracterizando a un mirón tras una esquina, indiferente a su presencia.
– “¡Pero qué demonios…! – Masculla armándose de valor mientras se aventura decidida a acercarse. Con la fortuna, de que en este segundo intento la susodicha no se inmuta, permitiéndole acercarse hasta casi tocarla.
Poniéndose de puntillas, hecha un vistazo por encima de su hombro, mientras le pregunta: – ¿Qué miras?… – Pero no responde, inalterable en su incomprensible conducta.
Con reparo, apoya sus manos en el hombro desnudo de la misma para no perder el equilibrio, apartándolas sobre la marcha como si hubiera tocado una bombilla encendida. Sin embargo, no experimentó quemazón al tacto, sino una especie de vahído, algo así como un tirón al interior de la materia que le da forma.
– “¡No vuelvas ha hacerlo!” – Le amonesta sin volverse a mirarla.
Cohibida, asiente con la cabeza y prueba a inclinarse igual que él, asomándose, esta vez, por el lateral de su brazo derecho.
En principio no ve nada, pero al rato, se materializa una imagen, una ventana a otro lugar. Dentro de ella, un individuo enfundado en un traje de neopreno negro, se esmera en afilar un reluciente juego de cuchillos de carnicero. – Esto no me gusta. – Advierte, retrocediendo por temor a ser vista – ¿Por qué estamos aquí? – interroga con un susurro a la criatura. – “Tú rescate me ha debilitado, necesito alimento” – Le responde sin perder de vista al individuo de la proyección.
Inquieta con el giro que están tomando los acontecimientos, continúa indagando con cautela: – ¡¿Alimento?! ¿Qué clase de alimento? ¡No tienes boca!…
– “¿Boca?… No necesito esa desagradable apertura en la cara. Yo me alimento de lo que ves ahí.” – Le responde señalando con el dedo a la proyección.
– No te entiendo. – Continua Eva con un hilo de voz.
– “Me nutro de la luz que proyectan los durmientes en la oscuridad. Eso que vosotros llamáis sueños. Localizo las brechas que se crean en el velo del Nexus, absorbo toda la luz que estos me puedan dar y continúo mi camino. Nada fuera de lo normal. ¡Ahora deja de hacer preguntas, necesito concentración!”
– ¡Uf! ¡Pues si que me ha salido antipático el caballero andante! – Se comenta con ironía mientras se sienta sobre sus rodillas con los brazos cruzados, intentando cumplir con lo que le pide.
Amodorrada por el aburrimiento, deja escapar un bostezo en lo que vuelve a asomarse por el lateral de la entidad movida por la curiosidad. En un vistazo rápido, se percata de la existencia de unas jaulas de hierro de mediana estatura tras el individuo que afila cuchillos. Estas acaparan al instante toda su atención, la sensación de aburrimiento se esfuma y su mirada se agudiza esforzándose en descubrir lo que se mueve en su interior. En esto, una pequeña mano infantil se deja ver por uno de los barrotes de la tenebrosa prisión. Eva se sobresalta, por su cabeza pasan infinidad de ideas, a cual más terrible, y sentencia con un palpitar de corazón que le golpea dolorosamente el pecho: – ¡Tenemos que hacer algo! – El ser, se vuelve repentinamente hacia ella, agarrándole el brazo con violencia y le grita – “¡No vas a intervenir! ¡Es mi alimento! ¡Lo necesito! ¡Sin el, no podré salir de esta oscuridad!” – Pero ella, sin escucharle, le replica: – ¡Va ha matarlos! ¡Hay que detenerlo! – El ser, zarandeándola un poco, insiste: – ¡Lo que ves, no es real! ¡Solo es un sueño!…
En esto, el llanto histérico de un niño les interrumpe. Ambos, miran al acecino, que en ese preciso instante está sacando a una de sus víctimas de la jaula. Eva, aprovechando la distracción del ser albino, se zafa de su zarpa y corre como una exhalación al rescate del pequeño.
– “¡NO!” – Grita con contundencia el ser en su cabeza. Ella se tambalea dolorida, como si le hubiese dado un mazazo en la sesera, pero en un acto de valentía sin parangón, transforma en fuerza su dolor, se estabiliza y arremete en una durísima embestida contra el desprevenido sádico.
Este, suelta al niño cayendo aparatosamente contra una pared y perdiendo el conocimiento con el impacto. Eva, sin desperdiciar un segundo, abre las jaulas y va lanzando, uno por uno, a los niños al otro lado de la brecha. Cuando se hace cargo del último, este, pillándola desprevenida, la abraza con fuerza diciéndole: – ¡Gracias, Mamá, sabia que me encontrarías! – Sorprendida con la dulzura de dichas palabras siente que se desmorona, no obstante, reprimiendo esa emoción dedica unos segundos a observarlo. Viéndose, gratamente recompensada por el candoroso rostro de una niña pelirroja, que fulminándola con sus inmensos ojos verdes, persiste en seguir abrazándola. Conmovida, le devuelve el abrazo recordando al hijo que perdió. Dejándose seducir por la magia del momento, hasta ser bruscamente interrumpida por una enorme sombra que eclipsa la tierna escena con sus sórdidas palabras. – ¡Sorra! ¡Me has robado los juguetes! – Le amonesta un individuo alto y delgado de rostro encendido y desfigurado por la ira. Ella, cogiendo a la niña en brazos, huye saltando a modo de gacela al otro lado de la brecha. Dándose de bruces contra el frío suelo azabache, a causa, de una atenazadora mano que la agarra por el tobillo. – No vas a ir muy lejos pajarito. Nadie le roba los juguetes a San sin pagar un precio. – Le hace saber luciendo una cínica y babeante sonrisa. Eva, suelta a la niña para que pueda huir: – ¡Corre pequeña, corre y no mires a tras! – ¡Pero yo quiero estar contigo! – Le replica la niña llorando. – ¡NO! ¡MI CIELO, NO! ¡AHORA CORRE! – Grita imperativa mientras propina varias patadas seguidas en la cara de su agresor con la pierna que le queda libre. La niña corre desconsolada y se pierde en las sombras. Sintiendo que no le circula la sangre en el tobillo y que le flaquean las fuerzas, mira al ser albino reclamando ayuda. Pero este, ajeno a los hechos, se retuerce de placer, revolcándose por el suelo, con su cuerpo irradiando una hermosa luz blanca y riendo sin poder parar a carcajadas histéricas. Ante semejante panorama, Eva, se ve pedida.
Cuando vuelve a mirar al individuo del traje de neopreno, asume que es su fin. Este, recuperado de las patadas que le asestó en la cara, empuña un enorme, reluciente y afilado cuchillo dispuesto a abrirla en canal.
– ¡NOOOO…! – Grita, contrayéndose y tapándose la cara..

De pronto, se hace el silencio. Eva, dejando de contener la respiración aparta las manos de su cara. Desconcertada, se mira el tobillo, hallando la mano sesgada del sádico aun agarrada a el. Sacudiendo nerviosa varias veces la pierna con brusquedad consigue apartarla y acto seguido, neurótica, se limpia el tobillo con las manos con expresión de desagrado en la cara..

Malamente se pone en pie, y al girarse, se topa de frente con el ser albino, sobresaltándose con el imprevisto. – “¡Ha sido intenso! Tenemos que repetirlo…” – comenta satisfecho, siendo bruscamente interrumpido por Eva – ¡¿Qué?! ¡Apártate de mi, monstruo! ¡Me mentiste! ¡Me dijiste que no era real! – “Bueno, aquí, en el Nexo, sueño y realidad son una misma cosa.” – Aclara, encogiéndose de hombros como si tal cosa. Al oírle decir eso, envenenada por la ira, se abalanza sobre él. Pero, envés de colisionar con su pecho, penetra en la materia que lo forma, sin que a este le de tiempo de impedirlo. Viéndose, sin más, tumbada boca abajo en un suelo cubierto de césped.

Refunfuñando, escupe algunas briznas y se incorpora contrariada, encontrándose, para colmar su irritación, ante dos de esos cargantes seres albinos, estupefactos con su llegada.

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Allí Donde Nacen Los Sueños · Capítulo 4

Filed under: Últimos post — marcoasantanas @ 22:09

La Huida

Oscuridad, abandono la oscuridad, atraído por el trinar de unas risas lejanas. Abro los ojos extraviado y exclamo: – ¡Me he dormido! – Incorporándome precipitadamente, con la desconcertante sensación de haber llegando tarde a una cita. Me pongo en pie, observando con incomodidad el color de mi piel. – “No recuerdo que fuera tan blanca” – Cavilo, moviendo la cabeza de un lado a otro. Alzo la mirada y me quedo boquiabierto con el panorama que me brindan mis ojos. Una esplendorosa y tupida plantación de dorados girasoles gigantes se extiende ante mí, en toda su amplitud. Sobrevolada, allí donde mire, por enjambres de criaturas idénticas a Ébano. Revoloteando, como abejas laboriosas recolectando néctar, saltando de un girasol a otro, orquestadas por la musicalidad de sus risas. Atónito, ante esta alucinógena visión, que sobrecoge y deleita a la vez, me desperezo varias veces, frotándome los ojos, no sea, que aun esté dormido.

Bañado por un rocío vaporoso, que desdibuja la presencia de una barrera en la distancia, y dificulta, la apreciación de unas figuras humanoides, acurrucadas en posición fetal, en cada una de las copas de los citados girasoles, me dejo acariciar por una ligera brisa. La cual, tras pasearse por mi rostro, me susurra al oído, antes de partir: – “Si sigues las corrientes de aire que genera la Gran Cúpula, te será fácil encontrar la salida”. – Llevándome la mano a la cara, para limpiar las gotas de rocío, que esta viajera fugas deposita en ella, repito en voz baja: – Las corrientes de aire… encontrar la salida…

– ¡Oh, no! ¡Tenia que haberme ido de los Campos! ¡Que desastre! ¡Por qué me habré dormido! – Me lamento, golpeándome la frente con la palma de la mano, completamente despejado y mentalmente reubicado en la fabulosa realidad en la que ahora habito.

Agobiado por el despiste, me ahogo en un mar de confusión. Al tiempo, descargo algo de tensión, desentumeciéndome el cuello en lo que miro hacia arriba. Descubriendo, fortuitamente, una insospechada bóveda semioculta por los vapores con una oscura abertura en su centro. Contrayéndose y dilatándose, al compás de las idas y venidas de las corrientes de aire, arrastra consigo la humedad condensada en la atmosfera. Haciéndola descender sobre mí como una ligera lluvia de verano, y alejándola, con la misma, rumbo a los límites del vergel. Dejando tras de si, un ligero balanceo en la superficie de musgo dorado que se haya baja mis pies.

Con el arrullo, me vienen a la mente imágenes de una mujer pelirroja de mejillas sonrosadas. Me abraza llena de felicidad, pero no consigo recordar el motivo de tanta dicha.

Nuevamente, las risas intervienen. Remplazando mi pasado sesgado por la presente proximidad de dos de las extrañas criaturas. Estas, suspendidas ante mí, me observan risueñas con su incesante batir de alas. Comentándose cosas con susurros similares a zumbidos, se tapan las bocas, con sus intimidadoras manos, antes de reanudar sus risas. Menean sus caderas al ritmo de las mismas, inmersas, en una desconcertante y frenética danza, que alerta al resto de mi presencia.

– Esto me da muy mala espina… – Me digo, retrocediendo unos pasos, que hacen, que estas, huyan despavoridas, volando en direcciones opuestas. Receptivas a mis movimientos, se detienen en pleno vuelo a una distancia prudencial. Sin perderme de vista, coordinan sus movimientos con complicidad, abren sus bocas desmesuradamente, y emiten, a la par, un desagradable y agudo grito sostenido, que penetra como agujas incisivas en mis tímpanos, haciendo que me retuerza de dolor.

Indefenso, pierdo el equilibrio, precipitándome a un inesperado vacío, que me hace comprender, al instante, que me hallaba en la copa de uno de los girasoles gigantes. Por lo que extiendo mis brazos a la desespera, con el fin, de agarrarme a lo que sea posible.

Afortunadamente, consigo aferrarme a una de sus enormes hojas. Que amortigua mi caída, plegándose, a causa de mi paso, y depositándome, sano y salvo, en un suelo irregular, cubierto por una maraña de agresivas raíces que se disputan el escoso espacio que les queda libre.

Tan pronto toco el suelo, salgo disparado como alma que lleva el diablo. Corro, sin rumbo definido, entre tallos equivalentes a troncos de árboles, con la idea fija, de alejarme lo antes posible de ese lugar. Abriéndome camino con desmaña, entre raíces, ramas y hojas secas de tamaño sobrenatural. Mientras, sobre mi cabeza, a una altura considerable, el crujir de los tallos al balancearse con la brisa y el nervioso revoloteo de las extrañas criaturas en su frenética actividad, acompañan mi huida.

Me eternizo en alcanzar la periferia de la plantación. Allí, los girasoles se dispersan, y el suelo, cubierto de hierbajos y pequeños guijarros blancos, se eleva, en pendiente ascendente, hacia una zona más verdosa, donde se aprecia con claridad el nacimiento de la cúpula.

Remonto la pendiente con cautela, encontrándome, al final de ella, una explanada cubierta de cientos de margaritas tamaño natural. Todo un descanso para los sentidos, después de tanta anormalidad. Me deleito recorriéndolas con la mirada, hasta detenerme, en una figura tumbada junto a una aglomeración de las mismas. Raudo, termino mi ascenso y voy a su encuentro.

A poca distancia de ella, me detengo en seco, comprobando, que se trata de una de esas impredecibles criaturas aladas, a las que llevo horas eludiendo. Aparentemente, parece abatida, vulnerable, no obstante, no me fío. Me aproximo, midiendo cada uno de mis movimientos, y una vez ante ella, me percato de que está de parto.

Al verme, se sobresalta, hablándome en una legua que no acierto a comprender, mientras agita sus brazos indicando que me vaya.

– Tranquila, no voy ha hacerte daño. – Me apresuro a decir – ¿Necesitas ayuda? – Insisto.

Aterrada, me mira como si hubiese profanando algún tipo de ritual. Dudo, no sé si irme o quedarme. Ella, sacando partido de mi confusión, se pone en pie e intenta agredirme con uno de sus gritos, pero no surte efecto. Está demasiado débil, lo sabe, pero admirablemente, no se rinde.

Asumiendo que no soy bien recibido, me hecho a andar, con la desagradable sensación de no estar haciendo lo correcto. – Esto no está bien, debería ayudarla, aunque no quiera. – Me digo, volviendo sobre mis pasos. Pero la criatura, lejos de agradecérmelo, se abalanza sobre mí a la velocidad del royo, sin darme tiempo a reaccionar. No hunde sus poderosas garras en mi piel por milímetros. Otra criatura de su especie, surgida de no sé donde, se interpone entre nosotros, asestándole incontables zarpazos en mitad de su inesperada embestida. Pero mi atacante, sin amedrentase, se los devuelve con saña. Enzarzándose, ambas, en una cruda y sangrienta lucha de garras y dientes. Paralizado por el miedo, no sé donde ponerme, para no ser arrollado o desmenuzado accidentalmente.

En mitad del combate, la embarazada expulsa un huevo, que rueda por el suelo y se pierde entre las flores. Reacciono, corriendo tras él, con el propósito de protegerlo. Para cuando consigo alcanzarlo, este, ya ha eclosionado, y un bebe albino, de aspecto humanoide, yace inerte sobre una alfombra de vegetación aplastada. Hago ademán de cogerlo, pero me quedo con la intención, su cuerpecito, comienza a convulsionar y a crecer, alcanzando la edad adulta en un abrir y cerrar de ojos. Retrocedo alucinado, siendo repentinamente apartado, en plena confusión, por un brusco empujón, propinado por una de las combatientes bañada en sangre. Acto seguido, esta, con la pericia del que ha hecho algo con anterioridad. Sostiene la cabeza del ser vegetativo, le da un tierno beso en la frente, y con un rápido movimiento de brazos, le rompe el cuello.

Abandonándolo, sin más, se vuelve hacia mí, y me grita: – ¡Te dije que salieras de Los Campos! ¡Así cómo voy a ayudarte! – ¡¿Ébano?!… – Pregunto sorprendido. – ¡Sígueme! – Ordena echándose a andar. Y yo, visto, lo visto, la sigo sin rechistar. Reprimiendo el impulso de comprobar si aun queda algún vestigio de vida en los desafortunados seres que yacen maltrechos a nuestros pies.

Tardamos algunas horas en llegar al nacimiento de la cúpula, tras realizar un trayecto sin contratiempos, a paso ligero y en el más absoluto de los silencios.

Parados ahora frente a su muro, que se eleva diluyéndose con los vapores acumulados en la atmosfera. Veo, maravillado, una magnifica sucesión de monumentales esculturas, esculpidas en alto relieve, a lo largo del mismo.

Ébano, alza el brazo y señala una de ellas. Paradójicamente, representa a una diosa con las piernas abiertas como si fuera a parir. Nos dirigimos hacia ella, encontrándonos, con un desconcertante y enorme portal gótico, que se erige, justo, en la entrepierna de la susodicha. Este, parece estar relleno de una atrayente sustancia liquida, que brota del centro de su arco y desciende a modo de cortina. Como una mansa cascada de agua cristalina.

Mi compañera de viaje, sin dejar de mirar el portal, comienza a hablar: – No me juzgues a la ligera… Mira nuestros reflejos en el portal… ¿Crees que siempre hemos sido así? Una criatura albina y una criatura oscura. Piensa… ¿Por qué hablo tu idioma?…

Llegué aquí del mismo modo que tú. Despertando en el corazón del reino de las Melíferas. Estas, me acogieron y educaron según sus costumbres. Llevo tanto tiempo en este lugar, que apenas recuerdo de donde vengo. Ahora, este es mi hogar… no sabría vivir de otro modo.

De forma cortante, calla. Se acerca al portal, y con uno de sus dedos, le da un ligero toque, haciendo nacer unas ondas en su superficie. Luego, se limita a observar como desaparecen al fundirse con el pétreo contorno gótico que lo enmarca.

– ¿Por qué los mataste? – Me atrevo a preguntar circunspecto.
– Solo la Reina Madre puede engendrar. – Responde despreocupada, sin dejar de jugar con el velo del portal.

Acto seguido, impredecible, se vuelve, aproximándose a mí sin dejar de mirarme con sus ojos penetrantes. Me besa en los labios, dejando, una vez más, su embriagador aroma a flores silvestres tras de sí. Y sonriendo con un guiño, me indica el portal, haciendo brotar sus alas. – Esa es la salida – Comenta, antes de volver a abandonarme.

Sin mediar palabra, me aproximo a él, hundo mi mano en sus aguas, y soy absorbido por ellas en un parpadeo.

 

Allí Donde Nacen Los Sueños · Capítulo 3 3 julio 2012

Filed under: Últimos post — marcoasantanas @ 22:36

La Brecha

Oscuridad, fría y silenciosa oscuridad plagada de estrellas. Que junto a escasos pigmentos gaseosos, diseminados y distantes, dan un parco toque de color a esta desabrida nebulosidad. Armonía primigenia, en la que el único cambio perceptible, lo genera, la intrusión de algún cometa ocasional. Salvo hoy, en el que una súbita sacudida en la membrana del espacio profundo profana este lienzo ancestral. Dando lugar, a la repentina aparición de una barcaza estelar.

Nebular-578, en su ronda número 7499, ralentiza su marcha silenciosa e imponente. Acomodando, con precisión matemática, la velocidad de crucero a las nuevas e inhóspitas corrientes espaciales. Mientras, los tripulantes, ajenos a su meticuloso ritual de recopilación y transmisión de datos, viajan dormidos en sus correspondientes capsulas de animación suspendida.

Tras su expeditiva adaptación al nuevo entorno, se centra en realizar varias tareas rutinarias en el cuadrante. Transcurridas unas horas, localiza un potente destello en una coordenada, en la que supuestamente, no debería haber nada. Por lo que, siguiendo los protocolos establecidos en su programación, reconfigura los controles de navegación y se dirige a la supuesta anomalía.

En breve, avista una enorme brecha en el espacio, de la que emanan  incontables rayos electromagnéticos. Sin detener su marcha, activa el código de reanimación en las capsulas de crionización. Acto seguido, amplia al máximo su potente escáner, haciendo un barrido más detallado de la escena. Consiguiendo con ello, detectar algunos cuerpos inertes que se cruzan en la trayectoria de los citados rayos.

Ya próxima al suceso, constata, que dichos cuerpos son naves abatidas. Por lo cual, activa las alarmas, y eficiente, invierte los propulsores para detener su avance. Pero no se detiene. Consecuente, incrementa, a demanda, la potencia de los reactores de tracción. En los paneles de la cabina de mando se encienden un centenar de luces rojas. Estas, alertan una peligrosa subida de los niveles de radiación. Las capsulas de los tripulantes se van abriendo por pares, siguiendo un orden cronológico, en paralelo, de un lado a otro de un largo pasillo acolchado de blanco; como si los hechos que acontecen no repercutieran en ellas en modo alguno.

Con los reactores a plena potencia, la barcaza estelar comienza a vibrar violentamente. Evidenciando, que el arrastre gravitatorio de la brecha la supera. Aun así, persiste en su empeño, cruza el límite de sus capacidades en un acto de heroísmo impropio de una máquina, y reconduce toda la energía existente en su ser hacia los propulsores. Pero estos, que ya no pueden dar más de si, explotan generando enormes grietas en su casco. El frío espacial no duda en abrirse paso al interior de la misma. Petrificando, con una gélida y arrolladora corriente de aire, a los incautos tripulantes, que se desperezaban del letargo, en mitad de su metódico proceso de reanimación.

Por azar del destino, una de las capsulas no llego a abrirse. En ella, una testigo muda, no da crédito a sus ojos: – ¡¿Será verdad lo que estoy viendo o es una ensoñación?! – Se pregunta sobresaltada.

La nave, a pesar de poseer un magnifico repertorio de probabilidades para hacer frente a estos imprevistos, se ve colapsada por el exceso y la rapidez de los mismos. El frío espacial, ahora asentado en sus placas y procesadores, merma sus capacidades, impidiéndole detectar las señales de vida procedentes de la única capsula intacta.

La Oficial Científica, Eva.M52, atrapada en su interior, se afana en teclear una serie de códigos en la pantalla táctil situada en la tapa de su capsula. Desesperada, persiste en acceder al ordenador central para liberarse de su prisión. Pero este no responde. Impotente, se deja arrastrar por un ataque de histeria, que la lleva a gritar, patalear, llorar, y finalmente, reír con ironía; recordando, con lágrimas recorriendo sus mejillas, cuanto deseaba en la Academia Espacial vivir situaciones limite, como esta, en el espacio profundo.

Nebular, irreversiblemente dañada, envía mensajes de ayuda en todas las frecuencias, hasta ser alcanzada por uno de los tentáculos electromagnéticos de la brecha. Sumándola al instante, al conjunto de cuerpos inertes adheridos a la telaraña encendida de este tétrico cementerio espacial.

Eva, siente descender los generadores de energía de la nave. El silencio y la oscuridad sepulcral que les preceden encogen su alma. Viéndose perdida, se deja abrazar por la resignación. Suspira angustiada y acaricia con suavidad su vientre, lamentando, enormemente, que la vida concebida en él se vea truncada de esta manera.

Así pues, se ve pasando sus últimas y largas horas de lenta agonía, hablando con su hijo no nacido. Contándole, con ternura, todas las cosas que podrían haber hecho juntos, lo feliz que podría haber sido, lo mucho que le entristece haberle expuesto a estos peligros. Cuando ya no le queda nada más que decir, tararea una nana hasta enmudecer aletargada.

Siente que se le va la vida. Pero antes de que sus ojos vidriosos terminen de apagarse, ve, a través del cristal de la tapa de su capsula, una forma borrosa que se le aproxima.

Demasiado sedada para cuestionar nada, oye una voz en su cabeza que le dice: – ¡No queda tiempo! ¿Quieres venir conmigo? – ¿Qué sentido tiene? Si abres la capsula moriré igualmente. – Piensa ella. – Sentí tu dolor. He hecho un gran esfuerzo plegando el plano de la realidad para llegar a ti. En segundos seré reclamado por mi lugar de origen. ¡Decide! ¿Quieres venir conmigo? – Apremia – Pero… ¿Y mi hijo? ¿Qué será de la criatura que crece en mí? – Interroga sin gesticular palabra. – ¡No hay tiempo! – Apura la voz en su mente.

Un tenso silencio expectante la abruma. Duda, ama a su hijo, quiere vivir, se devanea flagelada por un agudo sentimiento de culpa antes de rogar: – ¡Sí! ¡Por favor! ¡Sí! ¡Sácame de aquí!

Acto seguido, siente que la cogen de la mano y que un poderoso remolino tira con fuerza de ellos. Arrastrándolos a una velocidad vertiginosa por un túnel de luz cegadora. A penas puede girar la cara para ver quién o qué la guía en este viaje. Solo puede mirar atrás, y ver, como la nave se pierde en un círculo negro que disminuye hasta desaparecer. Percatándose, con ello, de una pequeña figura que les sigue a cierta distancia.

Unos ligeros tirones en el ombligo, le hacen mirar y descubrir, que de él, brota una cuerda dorada y transparente que se extiende, alejándose, hacia la curiosa figura. Su avispado instinto, le dice, que ha abandonado su cuerpo, y que el alma de su hijo es la que les sigue, enlazada, al otro lado de la cuerda. Desbordada por la alegría, no duda en usar la mano que le queda libre para ir enrollando la cuerda en su muñeca, con la esperanza de atraerlo hacia ella lo máximo posible. Pero repentinamente, la cuerda desaparece llevándose al niño con ella. – ¡¡NOOOO!! – Grita quedando en estado de shock. Pero el ser que la transporta, indiferente, no detiene su marcha.

 

Allí Donde Nacen Los Sueños · Capítulo 2 26 junio 2012

Filed under: Últimos post — marcoasantanas @ 12:34

La Criatura Oscura

Oscuridad, voces lejanas, zumbido de insectos, calor en mis labios y un flash cegador me catapulta al reino de la vida. Abro los ojos de par en par y me incorporo como si tuviera un resorte. Aturdido, me llevo la mano a la cien mientras pienso:  ¡Uf! ¡Que pesadilla!

Tardo unos segundos en estabilizarme, alzo la mirada aleatoriamente incapaz de enfocar nada, deteniéndola, certero, en un par de pupilas de un color rojo encendido que me observan penetrantes.

Retrocedo en un acto reflejo, frente a la imagen nítida de una extraña criatura que se halla arrodillada ante mí, con un impactante y exuberante paisaje de fondo.

¿Quién eres? – balbuceo sin obtener respuesta.

Inalterable, aparta, con una intimidadora mano de dedos afilados, su larga y lacia melena verde, dejando al descubierto, un semblante negro, en el que difícilmente se distinguen los rasgos.

¿Hablas mi idioma? – Pregunto, en un nuevo intento de entablar comunicación.

Sonríe mostrando unos dientes blancos como el marfil, en los que destacan, un par de colmillos largos afilados como cuchillas. Sin saber ha que atenerme, y con la extraña certeza de haberla visto con anterioridad, continúo en mi empeño de limar asperezas.

¿Me has besado? ¿Por qué lo has hecho?

Sus pupilas centellean, y sin perder la sonrisa, responde con un timbre de voz metálico: – ¿No te ha gustado?

Ahora soy yo el que no responde. Ensimismado, la estudio de pies a cabeza, hasta que un rubor inesperado se enciende en sus mejillas, delatando, la incomodidad que ha suscitado en ella mi extraño comportamiento. Avergonzado, desvío la mirada preguntando con una repentina aspereza en la garganta: – ¿Qué eres?

Aderezando su sonrisa con un toque de picardía, acerca sus labios a los míos hasta casi rozarlos, y susurra: – Soy lo que tú quieras que sea. – Alejándose al instante con una sonora risa burlona y dejando en el ambiente un embriagador aroma a flores silvestres. Abatido por el exceso de acontecimientos insólitos vividos hasta el momento, guardo cautela. No percibo hostilidad hacia mi en esa criatura, no obstante, todo en ella indica que es un depredador en potencia. Se me ocurre pensar, que quizá, solo esté jugando conmigo antes de degollarme.

Como si pudiera leer mis pensamientos, detiene su risa en seco, me observa compasiva, y prosigue, titubeando antes de apoyar su mano en la mía: – No soy una amenaza para ti. Si es eso lo que te preocupa. – Es evidente que capta mi miedo, sin embargo, no saca partido de ello. – No, no es eso… – Apuro a decir simulando indiferencia. – Estoy desorientado ¿Dónde me encuentro? – Interrogo, por una parte, para ganar tiempo, y por otra, por hacerme una composición de lugar.

– Te hallas en el Nexus. Fuente primigenia de toda forma de vida. Aquí confluyen todas las almas que abandonan su mortaja. Es un lugar de transito o perdición según la semilla que portes en tu núcleo. 

– Me cuesta entender lo que me cuenta. Una insoportable migraña me taladra el cerebro desde que recuperé la conciencia. -¡No consigo recordar nada! – Protesto atolondradamente.

 No recuerdas nada, porque no tienes nada que recordar. Cuando mueres, tus recuerdos mueren contigo, y al revivir, naces limpio, vació de todo vestigio de tu vida anterior. – Me explica con calma.

¡¿Estoy muerto?! – Grito asustado. – Quizá si o quizá no, es difícil saberlo. – Añade ella. – ¡¿Pero que clase de razonamiento es ese?! ¡O estoy muerto, o no lo estoy! ¡No hay término medio! – Respondo algo alterado.

La criatura guarda silencio, baja la mirada y su sonrisa se desvanece. Con los parpados caídos, como si no pudiera aguantar mi mirada, alza la barbilla en un intento de recuperar su posición de ventaja en este “tête à tête” delirante y me pregunta: – ¿Qué te hace creer que no deseo ayudarte?

Un silencio incomodo nace entre los dos. Suspiro pasándome la mano por la cabeza. Observo su desnudes, su delgadez, su mediana estatura y me percato de la feminidad de sus formas. Desde un principio, vislumbraba que la criatura podía ser hembra, pero su torso plana, sin vestigios de poseer pechos, me hacia dudar. Incluso llegué a pensar, que quizá, solo fuera una niña, pero las definidas curvas de su cuerpo echaban por tierra dicha teoría. El hecho, es que, al margen de su aspecto sobrenatural, he de constatar, que es una criatura hermosa y, aparentemente, parece preocupada por mí. Dicho razonamiento, me hace sentir mal por haber reaccionado de un modo tan poco cortés. Así que, tomo aire, admito mi falta y rompo el hielo con una disculpa: – Lo siento, no he podido evitar sentir pánico, la idea de estar muerto no es precisamente reconfortante. – Su rostro se ilumina como si nada hubiese pasado, haciéndome entender que acepta mis disculpas, lo cual, me anima a seguir afianzando nuestro entendimiento: – ¿Cómo te llamas? – Le pregunto sonriendo afable. – ¡Ébano! – Declara con orgullo. Al oír su nombre, no puedo evitar pensar que con una piel tan negra como la suya el nombre le viene como anillo al dedo. Esta impresión es interrumpida por un fluir de imágenes confusas en mi mente. Posibles ecos de una vida anterior o simples residuos de recuerdos inhibidos. Me dejo llevar por ellos y exclamo entusiasmado: – ¡Estas en mi mente! ¡El recuerdo se muestra turbio como un sueño diluido al alba, pero me consta que eres tú! En él, me besas antes de alzar el vuelo con unas curiosas alas… No sé que significa, pero intuyo que puedes ayudarme a entenderlo.

Ella vuelve a reír. – No hay mucho que entender. – Comenta, mientras brotan de sus omoplatos unas ramificaciones que se distribuyen en un entramado perfecto. Sobre el cual, se despliegan y afianzan un conjunto de membranas que dan lugar a dos enorme alas, similares, en forma y color, a dos gigantescas hojas de parra.

Me quedo perplejo: – ¡Tú no puedes existir! – Exclamo –¿Por qué no? – Replica ella con el ceño fruncido. – ¡Porque eres producto de mi imaginación! – Sentencio convencido. – Soy algo más que eso. – Masculla molesta.

– ¡Debo estar soñando! ¡Creía haber despertado de la pesadilla pero sigo atrapado en ella! ¡¿Qué me está pasando?! – Me lamento en voz alta.

No te atormentes. Las cosas pasan por algún motivo. Ahora estas aquí y eso debería bastarte. Soy consiente de que no sirve de consuelo, pero has de admitir, que el simple hecho de existir ayuda a adquirir cierta seguridad. La conciencia es una herramienta poderosa si haces buen uso de ella. A fin de cuentas, que otra cosa te queda. Ya habrá tiempo de plantearse otras cuestiones. Dime, ¿Qué recuerdas?…

A pesar de no estar en uno de mis mejores momentos, advierto, que el espíritu de la contradicción anida en sus palabras. Por otro lado, su timbre de voz, ha ido dejado de ser metálico, progresivamente, a medida que se ha ido desinhibiendo. Sorprendiéndome, gratamente, con una refrescante tonalidad femenina que aporta cierto toque de normalidad a esta alucinación.

– No sé… Recuerdo la oscuridad que me trajo aquí, antes de eso, nada.

 ¿Estas seguro? Eso no es del todo cierto. Te has acordado de mí. Si no tienes memoria ¿Cómo puedes recordarme? – Calla, me analiza, y luego, con una chispa de tristeza en los ojos, prosigue:  –  Es posible que recuerdes más de lo que crees. Tiempo al tiempo. La mente posee engranajes complejos. No conviene forzarlos. Por lo pronto, si quieres seguir vivo, te sugiero que salgas de los Campos lo antes posible. Las Recolectoras no tardarán en llegar. Si sigues las corrientes de aire que genera la Gran Cúpula te será fácil encontrar la salida.

Sus palabras me alarman. – ¡No te entiendo! ¿Vas a dejarme? ¿Por qué te vas? – Pregunto con el corazón en un puño. – ¡No me estas escuchando! – Me reprocha ella. – ¡Es que no vas a ayudarme! – Pregunto con desesperación, sin entender porque me siento tan vulnerable. – ¡Ya te he ayudado! – Responde clavándome la mirada. – ¿Qué quieres decir? – Insisto – ¡Yo te saqué de las entrañas de la oscuridad! – Termina aclarando, desviando la mirada con gesto incomodo.

El corazón me da un vuelco, y con un hilo de voz acierto a decir: – No fue un mal sueño…

La criatura se pone en pie, y por razones obvias, si quedaba en mi alguna duda sobre su sexo, desaparece al instante. Se da la vuelta y camina unos pasos bamboleando sus caderas. Se detiene, se gira para mirarme por última vez, y asintiendo con la cabeza, recalca, ante mi incredulidad: – Sí, todo fue real. – Y aun sabiendo, que a estas alturas debería haberlo asumido, no salgo de mi asombro. ¡Es todo tan inverosímil! ¡No puede estar pasando!

– ¡No olvides que no debes quedarte en los Campos! – Me recuerda antes de alzar el vuelo con sus curiosas alas de aspecto vegetal. Dejándome atrás, sentado en un mullido lecho de musgo dorado, con la mirada fija en su graciosa figura disminuyendo en la distancia, y una sensación de abandono difícil de ignorar.

Resignado, la veo fundirse en un perfecto horizonte de tonos violáceos, y acto seguido, me desplomo, despaldas, sobre el lecho natural por puro agotamiento, sin oponer la más mínima resistencia al sopor que lo acompaña.

Oscuridad, solo veo oscuridad…

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