Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

El tiempo y el olvido son amantes 28 septiembre 2011

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El tiempo y el olvido son amantes,
los he visto bajo las sábanas.
Las lágrimas y el dolor con sus cómplices.

En apasionado beso los he visto,
enredados en la oscuridad del alma.
Jugando a secretos y mentiras,
enredando los cuerpos en antigua danza.

El tiempo y el olvido son amantes,
juntos en tiernas caricias se enlazan,
Días llenos de luz en la tiniebla hunden,
la noche más oscura en yesca arde.

El tiempo carácter traidor,
el olvido caprichoso y conveniente.
En un susurro comparten silencios.
El amor herido esta de muerto.

 

El Angel de la Muerte

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EL ANGEL DE LA MUERTE
PROLOGO

-De seguro si te portas bien te irás al infierno.- Fueron las tranquilas palabras de Tristan justo antes de hacer que el Trolls que tenía enfrente se convirtiera en cenizas.
Los demás criaturas se echaron para atrás casi como si fueran un solo ente. En realidad entre unos y otros no había mucha diferencia. Criaturas infames con cuerpos deformes, colmillos que se salían de las grotescas quijadas, ojos grandes de color rojo sangre. No eran criaturas muy altas, pero con músculos suficientes para abrazar un oso y partirlo en dos.
-Ya que aclaramos este punto.- Habló Tristan como si tal cosa fuera su pan diario.- ¿Alguien más qué quiera cometer la estupidez que lo saque de su miseria?
Las criaturas se miraron unos a otros francamente asustadas. En un mundo oscuro donde cualquiera podía encontrar la muerte, ya sea rápida o cruelmente , Tristan era algo a tomarse en cuenta.
Sus ojos azules tan fríos como las aguas del Lago del Olvido que recibía a los incautos viajeros que se adentraban en Avalón. Su rostro de rasgos finos que lo hacían ver tan hermoso como ningún hombre tenía derecho a ser. El cuerpo alto y flexible como los grandes árboles del bosque. En fin, el emisario de la muerte. Las orejas puntiagudas, el largo cabello negro y lacio hasta llegar a media espalda dejaban claro que por sus crueles venas corría sangre Elfica.
-Ya que no tengo más voluntarios.- Casi pareció decepcionado.- Váyanse antes de que el tedio me haga querer divertirme con los que aún respiran.
La explanada donde los Trolls habían comenzado su revuelta quedó desierto como por arte de magia. Tristan se encontró solo, cobijado por aquel cielo que en las horas del día estaba entre gris y escarlata. Un reino perdido donde la luz del sol jamás se dignaba a alumbrar.
-¡Amor!- Escucho la llamada sin voz de su ama.- Me siento sola…Ven a hacerme compañía.
Si la palabra amor siempre le había parecido vana y bacía, usada por Morgana era una abominación.

Parte 1°
A las cinco de la mañana el pan llenaba de olores tentadores la aldea. Las ventanas abiertas de la panadería permitirán que el encantamiento del pan recién horneado fuera arrastrado por el aire atrayendo a los primeros clientes.
La menor de siete hermanos, la séptima hija de la séptima hija. Como si ya no fuera un estigma su lugar en la familia, el hecho de que su madre muriera al darla a luz la convertía en una completa paria.
Estaba segura de que no la habían vendido a los singaros por el hecho práctico de que el pan que ella hacía era famoso en varias aldeas a la redonda; hasta los nobles enviaban a sus pajes con el único fin de comprar el producto de sus pequeñas manos.
Dos de sus hermanos se encargaban de que el calor de los hornos fuera el correcto. Su padre cargaba la carreta que debía llegar al castillo antes de que sirvieran el desayuno en el salón.
Mirando las llamas que crepitaban entre los grandes troncos que mantenían el calor de los hornos, le parecía ver pequeñas criaturas de fuego que saltaban de un lado al otro.
Hacía mucho tiempo su padre le había dejado claro, después de haberle dado una buena paliza, que nunca más debía mencionar las cosas extrañas que veía. La amenaza de ser llamada loca y echada fuera de la aldea la hacía temblar de miedo.
-¡Baja de las nubes y has algo de provecho!- Le había gritado su hermana mayor. Una mujer rolliza de cabello desordenado y rostro con una eterna mueca de fastidio.
Era irónico que de todos los miembros de la familia fuera a ella a la que más le gritaban acusándola de desocupada, era como si todos la vigilaran para que en el momento preciso en que se sentara alguien le reclamara su falta de actividad.
El castigo por haber nacido era diario, el que su pan fuera el que mantuviera a la familia era el pago en abonos que ella debía hacer por cada bocanada de aire que se atrevía a respirar.
Las pequeñas siluetas de fuego pararon sus juegos, como si de pronto hubieran sido consientes de que eran observadas. Sus risas se confundían con el sonido del crepitar de las llamas al alimentarse con la madera. Haciéndoles un guiño cómplice se retiró a seguir con sus labores de la mañana.
-¡Moza haragana!- Le gruño de nuevo su hermana mayor.
Sin atreverse a responder fue hasta donde uno de sus hermanos más jóvenes acercaba la carreta cargada de leña. Aunque había amasado pan toda la madrugada, esperaban sin duda que también llevara la madera hasta el viejo galerón.
Su pequeño cuerpo de recién cumplidos dieciocho años, oculto bajo la ropa vieja y holgada que sus hermanas mayores escogían darle antes de tirarla a la basura, era delgado de cintura estrecha, caderas redondas y busto que no era ni muy grande ni muy pequeño. Lo único que llamaba la atención, para su desgracia, eran su cabello pelirrojo del que sus hermanas parecían tener fijación por jalar.
Una brisa fresca levanto las hojas secas que dormían bajo el viejo roble. Ninguno de sus hermanos lo había notado, pero el aire tomo gusto dulzón como a rosas.
El grito de Cora, una de sus hermanas más jóvenes, rompió el hechizo.
-¡La ropa!… ¡La ropa!- Grito haciendo segunda la hermana mayor.- Este maldito viento arrancó la ropa del tendedero.
Por estar del otro lado de la casa no pudo ver lo que ocurría. Aunque no necesitaba estar allí para imaginar que los espíritus del bosque estaban aburridos y ya habían encontrado un modo de pasar el rato acosta de sus hermanas.
Temiendo que fuera a ella a quien enviaran a lavar de nuevo la ropa, se apuro con la última carga de leña. Limpiándose las manos en la desteñida tela azul de su vieja falda se dirigió tratando de no llamar la atención hacia dentro de la casa.
-Padre.- Le hablo con voz temblorosa al encontrarlo sentado en un taburete en la cocina.- Muchas de las hiervas curativas se han acabado… Puedo ir al bosque a recoger más.
Un gruñido fue la única respuesta que obtuvo, al menos era mejor que un bofetón.
Antes de que alguna de sus hermanas notara que su “hácelo todo” no estaba, tomo el canasto y corrió fuera de la casa lo más rápido que pudo.
Cuando ya llegaba al lindero del bosque pudo escuchar los alaridos de su hermana mayor.
-¿Dónde esa moza malagradecida?… Toda esta ropa en el suelo y no se digna a aparecer a recogerla.-
Sin mirar atrás cruzó el viejo camino como lo haría un venado perseguido por una jauría de perros. Los árboles parecían extender sus ramas para darle protección. Por experiencia sabía que una vez llegado al bosque nadie se atrevería a buscarla.
En su estampida, más que carrera, la moza no alcanzó a notar a un joven hermoso vestido con armadura negra montando un caballo del color de la noche más oscura. Al verla pasar se quedó tan quieto como los mismos árboles del bosque.

Parte 2°
Los ojos azules, fríos como pedazos de cristal, miraban a la joven que corría con la gracia propia de las criaturas del bosque.
Por alguna extraña razón se quedó allí, quieto sobre la montura de su caballo. La mano enguantada que no sostenía la rienda, acariciaba perezosamente el rubí engarzado en la empuñadura de su espada. Aunque no lo admitiera así mismo, quizás esperaba al que había hecho correr tan asustada a la joven de cabellos de fuego. Una escusa para terminar con la miseria de alguien, era siempre una buena escusa.
Jinete y caballero en lo que dura una exhalación desaparecieron como una imagen en un espejo de agua.
Ojos sin pupila ni retina seguían a la joven que dedicaba el tiempo a recoger hierbas, frutos y raíces. La brisa fresca acariciaba su cabello, enredando las suaves hebras color rojo fuego. La ropa demasiado holgada para el grácil cuerpo se enredaba entre los espinos, que asemejaban traviesos dedos de juguetón amante.
El bosque entero parecía una gran catedral de techo verde esmeralda y de columnas talladas en roca café. El mismo sol se unía a su juego, ya que sus rayos se filtraban entre las ramas y hojas recordando la mágica belleza de exquisitos vitrales.
Se sentó la joven sobre una suave alfombra de hojas, bajo un enorme árbol rugoso y viejo, como si hubieran pasado por él eras enteras. Recordaban su magnificencia a los antiguos Ends.
De entre su canasta tomo una manzana, la blancura de su piel contrastaba contra el rojo de la fruta. El suave rose de la brisa en su rostro le hizo sentir las tiernas caricias que nunca había conocido. Mordió la fruta saboreando cada bocado, sus hermanos siempre guardaban para sí las frutas más dulces. En un descuido ella había tomado esta del tazón en la cocina. Sabía que se lo harían pagar, pero ciertos placeres de la vida bien merecían el castigo.
Tristan la observaba sin perder detalle, desde el pulso que palpitaba en su sien hasta el letárgico movimiento de sus manos, el suave color rosado de sus labios, la delicadeza de los rasgos de su rostro, para ser una campesina tenía las maneras de una reina. El joven Elfo poco a poco estaba cayendo en un encantamiento tan viejo como el tiempo.
Convertido en viento, en brisa, en aire, jugó con su pelo, toco su mejilla, meció su falta descubriéndole los tobillos. Un suspiro salió suave de entre los labios entre abiertos de la joven, su aliento dulce lo atrajo con cadenas de seda. Ella serró los ojos como quien se entrega a la pación de un amante, demasiado para un Elfo de sangre ardiente. Aprovechando que ella era víctima del mismo encantamiento, la empujó suavemente hasta hacerla caer de espaldas sobre la hojarasca.
Por primera vez, desde que tenía memoria, sintió deseos de sentir contra sus labios la ternura de otra boca. No como el sádico placer que Morgana la Fey llamaba beso, que encendía el cuerpo por el mismo principio que el fuego enciende la paja, un simple acto mecánico e inevitable. Su alma oscura, su corazón vació se llenaba de anhelos sin nombre, tan naturales como el sol que calienta o el río que corre.
El bosque entero, la esencia que da vida a las cosas impulsando cada latido, cada fluir de sangre y sabia, se había confabulado a favor de los nuevos amantes.
El ser medio humano, medio Elfo, hijo de una cruel traición, no lo líbero de ser dominado ahora por las mismas fiebres que habían hecho de su padre un muerto. Su corazón tan negro como la fosa más profunda del tártaro, cedía milímetro a milímetro ante la inocente doncella que con los ojos cerrados soñaba con su beso.
Sin poderlo evitar dejó de ser viento y brisa, tomando forma física se recostó junto a la joven. Vestido de negro como una sombra, sus ojos azules la miraban anhelantes. Ella con los ojos serrados parecía soñar. Con una mescla de miedo y ternura el Ángel de la Muerte tocaba la esencia misma de la vida.
Un suspiro profundo salió del pecho de la joven haciendo que él retrocediera. Al ver que ella continuaba con los ojos serrados se acerco de nuevo para continuar el peligroso juego. Quitándose uno de sus guantes negros, que protegían una mano de dedos largos y fuertes por el uso de la espada, acarició la mejilla como solo las alas de una mariposa podría hacerlo.
Despacio, como si temiera ser herido de muerte. El alma entera temblando al sentir la calidez del cuerpo suave de la joven. Los labios del Elfo se posaron delicadamente sobre los de ella que lo esperaban entreabiertos.
Un rose… el simple rose la hizo darse cuenta de que no era un dulce sueño. El Elfo de nuevo se convirtió en viento, en aire huyendo a refugiarse en las copas de los arboles.
¿Qué había hecho?… Era igual a su padre cuya estupidez había maldecido casi tanto como a la maldad de su madre.
Por fin habían entendido como su padre, un príncipe Elfo, un Dane, había caído en las redes de una hermosa hechicera humana. La que porciento le había dado como regalo la más horrible de las muertes para un hijo nacido de la magia.
Sintió miedo… El más crudo y helado terror sacudió su ser. Estaba maldito, aún más que antes. La hechicera humana había tocado lo que ni siquiera la maldad de Morgana había podido. Aún cuando la Fey lo había rescatado de entre los pordioseros de la Ciudad del Rey para enseñarle las artes oscuras, ni siquiera ella lo había hecho doblegarse como la doncella de cabellos de fuego.
-¡Debería darte vergüenza!- Hablo la joven con una voz cantarina de tono dulce, tan dulce como la cálida expresión de sus ojos verde esmeralda.- Un árbol viejo como tú robándole besos a inocentes doncellas que duermen a su sombra.
Al Elfo le pareció ver como el viejo árbol sonreía. Más le valía a ese montón de leña mantener la boca serrada, sino el mismo se encargaría de convertirlo en yesca.
Lo humanos no solían entender el idioma de las cosas, pero con esa doncella era mejor no arriesgarse. En ese preciso instante tomo la decisión de nunca más volver a poner sus pies sobre esas tierras, aunque su vida dependiera de ello. Con la resolución hecha regreso al oscuro reino de Ávalon.
Lamentablemente el secreto encuentro no fue testificado solo por las criaturas del bosque. La maldad encarnada lo había visto todo. Morgana furiosa se mordió los labios hasta sangrar, por sus venas la sangre se convertía en lava hirviente. Temiendo que Tristan apareciera en cualquier momento, le dio la espalda al espejo para que la imagen del bosque se desvaneciera. Su venganza sería terrible.
-“El mismo Tristan será víctima y herramienta”- Se juró Morgana a sí misma.

Parte III
Eran ya las dos de la tarde, sabía lo que le esperaba al llegar a su casa.
Con un suspiro y una sonrisa reconoció que hacía mucho tiempo no se sentía tan feliz. Era increíble que un simple sueño le hiciera ver el mundo menos cruel de lo que era.
Mery, su hermana mayor la esperaba con los brazos en jarras, con una expresión más cruel que la de costumbre. Por desgracia para entrar a la casa debía hacerlo precisamente por esa puerta. Levantando los hombros se preparó para lo inevitable.
Sin esperar que llegara, Mery se adelanto y como único saludo la tomo por el cabello halándoselo sin ninguna piedad.
-¡Moza estúpida!- Le gruñó su hermana con ese tonito chillón que lastima los oídos.- ¿Dónde te has metido?… Tuvimos que recoger la ropa y lavarla nosotras mismas porque no te dignaste a aparecer.
Su padre lo veía todo desde el patio donde ensillaba un viejo rucio. Estaba segura de que moriría antes de ver a su padre defendiéndola de los constantes maltratos a los que era sometida. En el mejor de los casos era ignorada o sobrecargada de trabajo, en el peor de los casos Mary desataba todas sus frustraciones sobre ella.
Como tantas veces se trago las lágrimas. En sus dieciocho años de vida había aprendido que llorar o tratar de defenderse solo avivaba el placer sádico de su hermana. Podía maltratarla, pero jamás quebrarla.
Su bien programada faena la mantuvo ocupada por todo el resto de la tarde. Cuando por fin pudo recostar la cabeza sobre los tablones recubiertos de paja que llamaba cama, su mente bolo al bosque. Ya no era paja, sino hojas secas, ya no era un viejo techo de tablas y argamasa, ahora era un domo construido con el verde de la vida que fluye por los árboles. La presencia cálida que había sentido en el bosque le hizo menos dura la realidad de su vida. Ahora cuando menos tenía con quien soñar, por fin un recuerdo alegre. Bien era cierto que el viento le había robado un beso, que nunca vio a nadie, pero sus sentidos nunca la engañaban, si otra vez estuviera delante a ese ser sabría de inmediato quién.
Con esos dulces pensamientos comenzó su día. Con cuidado de no despertar a sus hermanos se dirigió a la habitación que hacía las veces de panadería. Allí sobre la mesa la esperaba la harina y la levadura. Con el mayor cuidado abrió la puerta suavemente para que esta no chirriara. La madrugada estaba aún oscura, el sol no era ni siquiera una línea en el horizonte de árboles.
Caminando con cuidado de no tropezarse se dirigió al patio. Las estrellas en el cielo era gotas de roció que titilaban como si le guiñaran un ojo invitándola a una travesura, como cuando era niña. El frio de la madrugada traspasaba el chal que se había puesto sobre sus hombros, pequeñas agujas que traspasaban su piel. Respiro profundo llenando sus pulmones, el aire frio de la madrugada limpiaba todos los tristes pensamientos.
Cuando ya se preparaba para regresar dentro una presencia la hizo volverse para ver quién estaba a su espalda… Nada… no había nadie. La sensación de ser vigilaba era persistente, como tener la punta de un cuchillo picando en la espalda. En un instante el aire bajo varios grados, los animales nocturnos desaparecieron junto con sus sonidos habituales. No le paso desapercibido que los perros lloriqueaban buscando sus casas.
La aldea estaba en silencio. Ella sin duda era la persona que se levantaba más temprano en el lugar. Lo peor de todo era que algo malo, realmente malo, rondaba por allí y ella estaba sola en medio de la oscuridad.
-¡Ven pequeña!- Una voz clara y dulce de mujer la llamaba.- No tengas miedo… Solo ven… Acércate a mí.
Sus pies, como si tuvieran vida propia, dieron: uno, dos, tres pasos al frente. En ese momento fue consciente de lo que ocurría. Alguna criatura siniestra estaba usando un encantamiento en ella.
-¡No gracias!- Le respondió la joven.
Sin esperar la réplica de la siniestra presencia se volvió y corrió a la panadería.
Sintiendo que el corazón se le salía del pecho comenzó con su trabajo. No había como un buen susto para darle vigor al amasado del pan.
Durante el resto del día no pudo apartar de su cabeza lo ocurrido… Entre el episodio del bosque y la visita nocturna los nervios la estaban matando. A la primera oportunidad se escaparía para ir a visitar a la vieja comadrona. Ella era la única persona a la que le confiaría ese tipo de cosas.
-“No todas las criaturas mágicas son buenas, y no todas las criaturas nocturnas son malas… Al igual que decir que todas las séptimas hijas de las séptimas hijas son brujas”.
La vieja comadrona vivía al otro lado de la aldea en una deteriorada choza. Nadie se atrevía a llamarla bruja en su cara. De hacerlo tendrían que decirle al carnicero que trajera sus hijos al mundo. La anciana tenía fama de temperamental y al ser la única hierbera del lugar sabía cómo usar esa ventaja. Esa mujer le había enseñado a no tener miedo y a saber guardar sus secretos. De no ser por ella estaba segura que hubiera terminado volviéndose loca.
-Alegres los ojos que te ven niña.- La saludo la vieja apenas la vio asomarse por el camino. -Ven y acompaña a esta pobre vieja.
-¡Pobre vieja!…- No pudo evitar mofarse al ver la inteligencia de esos pequeños ojos enmarcados en un rostro lleno de arrugas.- La mitad de las mujeres que te conocen te envidian y la otra mitad acabará haciéndolo tarde o temprano.
Una carcajada alegre, desenfadada emergió de su viejo pecho. Esa mujer lucía sus más de setenta años, no necesariamente los cargaba.
-¡Niña respondona!- Se quejó Mara fingiéndose ofendida.
No se consideraba así misma una niña, tenía sus dieciocho años que mucho le había costado llegar a cumplir, pero en la boca de esa vieja esas palabras eran como las de la madre que nunca conoció. Obediente se sentó en la banca de madera junto a la vieja.
-Apenas si logré salirme de casa.- Se explico sin poder disimular que se traía algo entre ceja y ceja.- Pero tenía que hablarte. Esta madrugada algo me dio un buen susto.
-¿A tí?… Tienes la sangre más fría que muchos hombres que he conocido.
Para la vieja no había más verdad que esa. La niña era una belleza de metro setenta, ojos verdes como esmeraldas y un cuerpo grácil que haría muy entretenidas las noches de invierno de un esposo que se preciara de ser hombre, pero bajo toda esa delicadeza había una fortaleza que era delatada por el intenso rojo de su cabello. Estaba segura de que no había que o quien pudiera quebrar a esa pequeña criatura.
-Fue muy temprano, en la madrugada…- Trato de explicarse la joven.- Salí a tomar aire antes de empezar con el trabajo… Te juró que jamás había sentido una presencia tan siniestra que se preciara tanto de mostrarlo.
-¿Viste qué era?- Pidió explicaciones poniéndose sería.
-¡No!… Pero por poco… Trato de hechizarme o algo… Quería que entrara en el bosque.
-Tienes razón… Eso es malo.- Hablo la mujer con aire preocupado. -¿Antes de eso te ocurrió alguna otra cosa más extraña de lo normal?
-¡Sí!…- Por más que intento disimularlo no pudo ocultar el rubor que le cubrió las mejillas.- Algo un tanto extraño… supongo.
-Me asustas niña.- La riño la vieja.- Habla de una vez, soy demasiado vieja para ser paciente y tu demasiado joven para ser prudente, así que explícate.
-Alguien me beso en el bosque.- Hablo la joven visiblemente avergonzada.
Mara no pudo más que reírse de ver la incomodidad de su joven pupila. Era aún tan inocente…
-Eres linda pequeña… Que un joven te robe un beso no es extraño… Yo diría que ya era hora… ¿Pero cómo le hiciste para escurrirte de las comadrejas de tus hermanos?
-Fue en el bosque, mientras recogía hierbas medicinales…-
-¡Bueno!…Eso no es extraño… Ahora tengo que decirte que fue demasiado atrevido…- La mujer parecía más curiosa que enojada.- ¿Quién fue?
-Eso es lo extraño… Me quedé dormida bajo el viejo roble… Sentí una presencia intensa, no puedo decirte que clase de ser era, solo sé que me despertó su beso. Cuando abrí los ojos había desaparecido, por completo, ni rastro.
-No es por minimizar lo que te ocurrió, pero eso puede aplicarse a la mayoría de los hombres que he conocido en mi vida.-
-No te burles…- Se quejó soltando el aire poco elegantemente.
-No lo hago… Es solo un hecho de la vida…- La mujer se acomodo en la banca, más con la intensión de acomodar sus ideas que a su vieja espalda.- No entiendo muy bien en que se relacionan ambos hechos, pero créeme, algo tienen que ver. No te quedes sola, ahora que teniendo seis hermanos, eso no será tan difícil.
Si pensaba tranquilizarse con la visita a Mara no lo logró. Ella no se tomaba a broma los consejos de esa vieja mujer y si ella estaba preocupada era por alguna buena razón.
Mujeres y hombres, campesinos cada uno ocupados en los suyo la saludaban amablemente. La aldea era humilde, pero las personas allí eran agradables. Chismosos y metidos como los que más, pero gente buena en el fondo.
El camino a su casa se le hizo eterno, desde que abandono el sendero principal comenzó a sentirse vigilada. Era una sensación extraña, un hormigueo que le recorría el cuerpo. Sabía que no era una persona, ni siquiera era algo que estuviera cerca.
El miedo le serraba la garganta, era de día, las tres de la tarde, pero eso no mitigaba la sensación de oscuridad que le rodeaba.

 

Memorías de una fugitiva

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Estaba sentada en el mismo lugar, haciendo lo mismo de siempre, rodeada de las mismas personas de siempre. Es más, quién me conoce sabe que eso no es exagerar.
La tarde estaba tranquila, una brisa fresca movía las hojas de los árboles mitigando el calor del verano. Por tardes así merecía la pena vivir. Cuando se vive sin grandes sobresaltos no se sabe lo feliz que sé es.
En la gloriosa hora del almuerzo estábamos reunidos bajo un gran árbol de almendro. Los recuerdo como si fuera ayer. Me pregunto dónde estarán ahora. Deyma, furiosa tratando de descubrir quién le había puesto dos enormes piedras en el bolso. Hayito y yo fingiendo no saber nada del asunto.
En un colegio rural, con no más de ochocientos estudiantes, amplia zona verde, pabellones bien distanciados, sin mencionar profesores que conocían a todo el mundo. Era un bastión del aburrimiento. Aquí se consideraba un héroe al que lograba salirse con la suya sin que lo pillaran infraganti. Algunos ni no nos molestábamos en intentarlo.
Mis padres estaban contentos con la institución educativa, era el lugar perfecto para aprender a socializar y de paso mantener el perfil bajo. ¿Quién nos buscaría en un país pequeño, en un pueblo ínfimo, en un colegio público?
La paranoilla de mi familia llegaba a tanto que tenía que transportarme con el resto de la plebe, en autobuses repletos de estudiantes. Estaba segura de que el chofer debía trabajar medio tiempo en una planta empacadora de atún. Nunca entenderé como nos acomodaba a todos en un espacio tan pequeño.
-¡Hey!- Llamó mi atención Deyma arrugando el ceño.- Es que ninguno de ustedes me está oyendo. Alguien puso dos malditas piedras en mi bolso y todos ustedes se hacen los sordos.
Hayito estaba acostada sobre la espalda, la melena negra risada ocultaba por completo la mochila donde apoyaba la cabeza. Al escuchar las quejas de nuestra ofendida compañera solo abrió un ojo y luego lo volvió a serrar. Por mi parte continué fingiendo que el libro que tenía en las manos era la octava maravilla. Todos conocíamos la capacidad de lograr una venganza memorable que ella tenía. Hayito y yo nos jugábamos el pellejo al hacerle la broma. Teníamos nuestra confianza puesta en la total ausencia de testigos. Ese era uno de esos casos donde la pereza te hace ser suicida.
La llegada de Jessica hizo que Deyma cambiara de sospechoso. Una miradita disimulada paso de Hayito a mí… Sí Deyma era Sherlock Holmes, Jessica era Garganta Profunda. Mala combinación para dos culpables como nosotras.
-¿Y ahora?- No pudo evitar preguntar Jessica al ver la cara de reina ofendida con que Deyma la recibió.

-¿Tiene alguna idea de quién me hizo esta broma estúpida?- Hablo Deyma señalando el bolso abierto donde dos piedras del tamaño de un puño asomaban por el zíper abierto.
Era increíble que una persona de solo metro cincuenta pudiera intimidar a todo el mundo. Para ser sincera ella tenía razón, nadie se atrevía a gastarle una broma y salir entero de eso. Con las manos en sus caderas, los ojos negros echando chispas y la arruga que se le formaba entre las cejas dejaban claro que las cosas se iban a poner feas.
Es curioso como son las cosas, todo depende de la perspectiva. En ese momento, bajo ese árbol de almendro, rodeada de mis mejores amigas, me parecía casi el fin del mundo que me descubrieran culpable de esa nimiedad. Olvidando por completo que había cosas peores y más definitivas que la simple perdida de una amiga muy querida.
Capitulo 2
Escribo mis memorias por intercesión de un querido amigo, solía decirme que cuando se escribe se purga demonios y se le da materia a la esencia de los recuerdos. Los amores perdidos recuperan pulso y aliento, los recuerdos dolorosos adquieren su verdadera dimensión al paso de los años.
A veces quisiera saber donde están esas personas que a mis dieciséis eran todo mi mundo. En realidad soy mejor que fasebook para buscar personas, pero un secreto temor me impide hacerlo. Sólo Dios sabe lo que habrán cambiado, quizás ya no sean ni por asomo lo que antes eran. A decir verdad yo tampoco soy esa niña de mis recuerdos.
Nuestra vida en esta pequeña ciudad era bellamente tranquila, habíamos llegado en las navidades pasadas y ya para septiembre habíamos dejado de ser novedad. En realidad estábamos en el país desde hacía un año, pero papá insistió en que no nos estableceríamos hasta asegurarnos de que nuestras identidades estuvieran bien afianzadas.
Un amigo de papá podía hacer creer a una calculadora que era un trasbordador espacial, en serio, no es exagerar. A cambio nosotros le hacíamos ciertos favores que solo criaturas como nosotros podríamos.
Mis padres se concentraban en que yo me sintiera segura, trataban de hacerme creer que todas las medidas de seguridad que tomábamos eran rutina. Lástima que el ser niño no lo haga a uno también ser tonto, en ocasiones eso puede hacer una gran diferencia.
Puedo decir sin temor a equivocarme que realmente nos sentíamos seguros viviendo allí, lástima que no pudiéramos quedarnos de por vida en ese pequeño pueblo al que sus habitantes insistían en llamar ciudad. Recuerdo que fue amor a primera vista.
Estando en la cocina de nuestra nueva casa Mamá me explico que si lográbamos formar parte de la comunidad podríamos quedarnos aquí el tiempo suficiente para que yo terminara la secundaria. Papá estaba sentado al otro lado de la mesa y me miraba con una sonrisa satisfecha.
Después de diez meses de vivir en la localidad y de seis de ir al colegio yo ya me sentía una parroquiana.
A mi mamá siempre le había gustado enseñar, así que consiguió un trabajo de medio tiempo en la escuela pública como docente de Música. Aunque para ser sincera mamá tenía una imagen de modelo más que de maestra, la cual trataba de disimular atando su llamativo cabello rojo en un moño apretado, unos lentes algo feos impedían apreciar el verde de sus ojos, ropa una talla más grande para cubrir sus curvas. Todo eso siempre lo consideré inútil, qué podría disfrazar una sonrisa dulce y un porte de reina. Siempre me divirtió ver la cara de bobo que ponía mi papá cuando mamá le sonreía, ni que decir cuando para colmo le guiñaba un ojo traviesa, el pobre estaba perdido.
Ya que hablamos de mis padres diré que papá tomo el trabajo del contador ya que él que tenía una de las oficinas más grades se había jubilado hacía poco. Hay que dejar claro que mi papá era el contador más guapo que alguien pueda imaginar. Solo para ilustrar diré que mis compañeras de colegio me pidieron como regalo en Navidad una foto de mi papá. Por supuesto eso estaba fuera de discusión.
De mí diré que había heredado un poco de ambos partes. De mi papá el cabello negro y los ojos azules, de mi mamá el cuerpo pequeño y menudo, esperaba que cuando fuera mayor también heredara las curvas de mi progenitora… ni quiera Dios las de mi padre.
La familia de origen de mi papá era italiana, así que tenía el cabello negro, rostro de ángulos distinguidos y una sonrisa como para morirse, o al menos eso siempre decía mamá. Sus ojos azules eran oscuros, de una firmeza que harían confesar cualquier culpa al más valiente.
A veces me pregunto qué habría pasado si ellos no se hubieran conocido, si yo no hubiera nacido. Desde el momento mismo en que se encontraron su destino estaba sellado. Cuando leí Romeo y Julieta en el colegio lloré tanto que tuve que llorar otro poco para que no llamaran a mi casa. Al menos mis padres si lograron fingir su muerte, renunciaron a tanto.

Capitulo 3
Volviendo al asunto de las piedras en el bolso de mi amiga Deyma, diré que como era de esperar ella nos descubrió. En realidad fue Hayito la que no pudo soportar la presión y buscando un arreglo con la fiscalía me vendió.
Ahora me da risa el recordarlo, aunque en su momento no me hizo nada de gracia. Yo estaba sentada en una de las bancas conversando con un amigo de noveno, Antony. Ambos teníamos el mismo gusto por una serie de manga llamada Caballeros del Zodiaco. Era una de las pocas cosas que me tentaban a escaparme de lecciones para poder verla en la televisión de la soda.
Como dije, estaba yo disfrutando de la rara dicha de encontrar una conversación interesante, cuando llegó Deyma. Apenas verla supe que estaba perdida. Ella lo sabía todo. En una situación como esta solo quedan dos cosas por hacer, bajar las orejas o plantar la cara. Yo escogí lo último.
Mi amiga no era la más popular del grupo por ser la más bonita, ni por ser boxeadora, ni por el dinero de su familia, lo era por ser la más lista, de voluntad firme y rencorosa con memoria de elefante. Nadie se metía con ella, no importaba si pasaban horas, días, incluso meses, si ella te leía la sentencia, esta se cumplía por su mano o su influencia. De seguro ella se figuró que como Hayito iba a pedir clemencia, nada más lejos de la verdad. Si de todos modos me iban a mandar al infierno yo me iba a asegurar de hacer buenos méritos para eso. Le dije sus cuantas verdades, cosas que todos pensábamos pero que nadie se había atrevido a decirle en la cara.
Aquello tuvo público, muchos me miraban como si se estuvieran despidiendo de mí. Yo estaba apenas en décimo año, recién llegada al colegio y mi vida pública ya la había condenado sin remedio. De no ser porque les había jurado a mis padres jamás quitarme el medallón que escondía bajo la blusa celeste de mi uniforme, en ese momento lo habría hecho solo para conjurar un rayo que cayera directo sobre la cabeza de la troll que tenía enfrente.
Una vez dichas las palabras que me condenarían a la categoría de paria, la dejé allí de pie con la boca abierta, considero que quizás esa fue la primera vez en la vida que le ocurría algo como aquello. Me aleje con toda la dignidad que una hija de mi padre podría tener, dejando a todos de una pieza. Si hay que cometer un error, había que hacerlo a lo grande.
Eso había ocurrido en el primer receso de la tarde, todavía me quedaban algunas horas que sobrevivir antes de llegar a casa. Yo estaba tan furiosa que tenía las manos frías.
El grupo que siempre andaba junto lo conformábamos nueve personas, incluyéndome yo. Después del altercado nadie sabía en qué pie pararse. Durante las lecciones el trabajo fue individual, por lo tanto se postergó la toma de bando. Contrario a lo que le ocurre a la mayoría de las personas, el enojó me agudiza los sentidos, ese día por primera vez entendí algunas formulas en la clase de matemática. Al menos alguien estaría feliz.
Los días eran así de agradables. Cosas tan terribles como que la mitad de tus amigos te mirase como si estuvieras loca y la otra mitad te admirara por suicida, fueron la tónica durante dos semanas. No cambiaría un solo minuto de esos días.

Capitulo 3
Nuestra casa estaba a cuarenta minutos del centro, para llegar a ella había que salir de la ciudad, tomar por la pista, luego desviarse subiendo por un camino de graba que llevaba hasta lo alto de lo que aquí llamaban montaña. Por ser un lugar tan llano cualquier cosa eran alturas. A cada lado de la calle habían árboles, conforme se iba subiendo el clima refrescaba, la flora de este sitio estaba muy protegida, ya que allí estaban las nacientes de agua que proveían de agua potable a toda la ciudad. Era como estar en otro mundo, nuestra casa era la última, para transitar hasta allí se necesitaba un carro doble tracción en invierno.
La casa era preciosa, de dos pisos, estilo cabaña. Grandes ventanales, mucha madera oscura y un olor rico a árboles. En el segundo piso cada habitación tenía su propio balcón, solo de recordarlo me hormiguea el corazón. El jardín no era muy grande, era un manto verde esmeralda salpicado por pequeñas plantas con flores. Al fondo los grandes árboles eran un muro natural que nos protegía del mundo exterior.
Papá se había asegurado de que mamá tuviera acondicionado un enorme piano al fondo de la sala principal, todavía recuerdo el buen beso que se ganó de premio. A pesar de estar lejos de la ciudad contábamos con lo último en tecnología, si no se podía usar la magia al menos eso lo compensaría un poco.
Una de tantas noches me había ido temprano a mi cuarto, me esperaba al menos dos asignaciones en fila sobre mi escritorio. Cuando eran las diez de la noche me mordió el hambre, así que baje para buscar un bocadillo a la cocina. Como tenía puestas mis pantuflas de conejo no hacía ruido al caminar. Al pasar frente a la puerta cerrada del estudio escuche voces. Eran mis padres, de eso no cabía duda. La malsana curiosidad me llevo a acercarme un poco más, en ocasiones uno mismo busca perder la paz de espíritu sin ninguna necesidad.
-¡Cálmate amor!- Escuche la dulce voz de mi madre, con ese tonito que usaba cuando yo era bebé y quería hacerme dormir.- Todo estará bien.
Un silencio incomodo reino durante algunos segundos, luego papá habló.
-Lo sé …. Pero odiaría tener que marcharnos de aquí pronto. Le prometí a Arianna que nos quedaríamos aquí el tiempo suficiente para que terminara la secundaria.
-Entonces así será…- La risita coqueta de mamá me dejó claro que era hora de que yo me metiera en mis propios asuntos.
-¿A ti no te han preguntado como siendo tan joven tienes una hija de dieciséis años?- Preguntó papá sin poder disimular su preocupación.
En ese momento entendí la clave del problema, era algo en lo que nunca me había detenido a pensar. Fui menos hambrienta y bastante más preocupada a la cocina. Siendo objetiva era algo que la gente podía preguntarse. Papá decía tener treinta y tres años y mamá treinta, pero para ser sincera parecían más jóvenes, con la ropa adecuada podrían parecer diez años menores. Dentro de tres años tendrían que acudir a todo tipo de trucos para parecer los orgullosos padres de una adolescente de diecinueve años. Quise llorar, nada era fácil para nosotros.
El traidor pensamiento me asalto de nuevo, como un salteador de caminos estrujándome el corazón. Mi papá debería ser el nuevo Patriarca de una de las familias más poderosas de nuestra raza, mi madre una bruja blanca, una hija de la naturaleza tan libre como el viento. En cambio vivían lejos de la protección de los clanes, condenados a estar atados por unos medallones que les impedían utilizar sus habilidades sobrenaturales. Si no puedes ver, tampoco te ven, o al menos eso me había explicado mamá.
Objetivamente podía decirme a mí misma que eran felices a pesar de todo, que se amaban tanto que estando a su alrededor uno sentía que nada más importaba. Pero quién le explica eso a un adolescente que siente que su existencia fue la maldición de sus padres.
Cuando cumpliera veinte años mi crecimiento se desaceleraría, de allí en adelante parecería hermana de mis padres. Algo de esa verdad me hacían sentir como si me fuera a quedar huérfana.
Capitulo 4
Eran las cinco de la tarde, todos estábamos esperando los autobuses. El que transportaba estudiantes hasta el centro llenaba a toda su capacidad, luego hacía otra ronda, en cuestión de veinte minutos aquello quedaba desierto.
Después de quince días de intensos dimes y diretes la paz se estableció de nuevo. Me atrevo a pensar que cuando dos fuerzas iguales se encuentran solo tienen dos opciones, se destruyen o trabajan juntas.
Ahora la fuente de los chismes llegaba desde otra dirección. Desde hacía unos días Mar y Jess estaban muy extraños. Miraditas bobas, se iban a conversar solitos bajo los árboles de la plaza. Jamás pensé ver a una rompecorazones como Jess de manitas sudadas con Mar. Todas estábamos preocupadas por la integridad física y emocional de nuestro pobre compañero. Jessica era una completa arpía y eso ni una tonelada de amor lo iba a cambiar.
Jessica era rubia, de cabello rizado que le llegaba a media espalda, bajita como de metro cincuenta, algo rellenita y de caderas anchas. En realidad no era muy bonita, pero para la envidia de todas, la muy caradura tenía a los muchachos más populares haciendo fila. Esto llevó a ciertos comentarios mal intesionados acerca de que tal vez la gracia solo se le notaba sin ropa. A mí estos razonamientos me pusieron a pensar un tanto en mi situación. Yo tenía dieciséis y nunca había besado a un muchacho. Ni siquiera me había enamorado.
Es increíble como las personas dan por un hecho que las cosas buenas les van a ocurrir. Yo por mi parte sólo rezaba para que cuando la familia de papá nos encentrara fuéramos lo suficiente fuertes para enfrentarlos y no morir en el intento.
Mamá tiene un sexto sentido, un don de gentes diría yo. Para esos días yo me sentía muy nerviosa, las hormonas naturales a mi edad se revolvían y la ansiedad de separación casi se convertía en pánico. Todo se combinaba para que mis nervios estuvieran a flor de piel. Por más que intentaba no podía disimular mi mal humor.
Ese día mamá llego a buscarme en el auto de papá, eso casi me hace gritar del susto. Sé que me puse muy pálida por que hasta la despistada de Esmeralda, la barbie del grupo, lo noto. Antes de enredarme en preguntas me separé de los demás para poder averiguar qué sucedía. Por lo general nuestra rutina era que mamá iba a la oficina de papá y le ayudaba hasta las cinco, luego yo llegaba al centro en el autobús del colegio y juntos marchábamos a casa.
El Toyota doble tracción, amor de papá, después de nosotras claro, se estaciono junto a la cuneta.
-¿Qué pasa mamá?- Le pregunte sin poder evitar que me temblara la voz.- ¿Le ocurrió algo a papá?
Creo que en ese momento mamá se dio cuenta realmente de lo asustada que yo estaba. Comprendió que yo ya no era una niña y que entendía perfectamente los alcances de nuestra situación.
Ella bajó del auto, se acomodó los inútiles anteojos cuya única función era restarle belleza a su rostro. Hoy mamá se había acomodado el cabello en una trenza pegada a la cabeza que no dejaba escapar ni un solo mechón rojo. El pantalón de mezclilla holgado le restaba gracia a su cuerpo, ni que decir de la blusa de corte recto. Pero ni siquiera así alguien se atrevería a llamarla fea.
-No pasa nada bebe.- Habló mamá mientras me abrazaba.
Yo era unos cinco centímetros más pequeña que ella, así que podía recostar mi cabeza a su hombro cómodamente. Mi cabello negro contrastaba con el rojo del suyo.
-Es solo que como te vía en el carro de papá…- Logré hablar separándome un paso.
La sonrisa de mamá fue amplia, casi podría asegurar que contenía toda la energía del sol
-Tu papá está bien, es solo que estamos en sierre fiscal y hasta él tiene que trabajar horas extra. Pensé en venir por ti, hoy está haciendo demasiado calor para viajar en autobús.-
Me despedí con un gesto de mis compañeras, luego seguí a mamá hasta el auto. Me abroche el cinturón de seguridad y nos marchamos de allí.
-¿Quieres sentarte conmigo en el parque mientras tomamos un helado?- Fue la propuesta de mi madre.
Conocía lo suficiente a mi progenitora como para saber que esa invitación era solo la antesala de una conversación seria. Recuerdo que durante todo el viaje me la pasé haciendo examen de conciencia, no creía haber hecho nada malo como para que me llamaran a interrogatorio.
La tarde estaba preciosa, el sol no tardaría en ocultarse, pero mientras tanto hacía su mejor esfuerzo por bañar con sus últimos rayos el parque. Un helado de chocolate para mí, uno de vainilla para mamá. Nos sentamos en una de las bancas bajó un tupido árbol cuyo follaje daba una sombra fresca.
-¿No lo extrañas mamá?- Le pregunte sin poderlo evitar.
Ella de inmediato me entendió, siempre era así entre nosotras. –Algo… a veces… Aunque tengo que admitir que mis habilidades nunca me trajeron muchas alegrías que digamos. Gran parte de mi vida la dedique a negar ese aspecto… Fue tu padre quien me mostro como controlarlo, evitando acabar loca en el intento.
Sabía que estaba siendo cruel, pero necesitaba saber.
-Y papá…¿Crees que lo extrañe?… Ya sabes, el era alguien importante en la familia Fierazza… Era un guardián…- Las palabras me dejaban un gusto amargo, pero necesitaba hablar…- ¿Crees que él se arrepienta?… ¿Tú te arrepientes mamá?
Esperé cualquier reacción menos la que me encontré en el rostro de mi madre, era comprensión, amor y una gran seguridad que me hizo sentir pequeña.
-Puedo hablarte por mí…- Respondió mamá después de unos minutos, con gran delicadeza tomó mi mano como si todavía yo fuera una bebe.- Como ya sabes, cuando conocía a tu padre tenía tres años mayor que tu ahora. Era mi último año de colegio. Mis padres vivían para ese entonces y eran profesores donde yo estudiaba. Una vida absolutamente aburrida, recuerdo que ningún pretendiente se atrevía a acercárseme por miedo al rencoroso profesor de física matemática. Eso además del miedo que sentía de mi misma evitaba que me conectara a ese nivel con otra persona.
Por un momento mamá guardo silencio, como si pensará en las palabras exactas que debía decir. Con un suspiro y una sonrisa cómplice continúo. – Recuerdo cuando llegó tu papá como estudiante de intercambio de una afamada escuela privada italiana… Lo odié.
Esa parte de la historia si no me la sabía. -¿A papá?
-Claro que sí.- Me habló mamá despacito enfatizando cada palabra.- Oh si que lo odié. Tu papá llego con andares de nobleza. Viendo a todos por encima del hombro… Y para emporar la situación, con una mirada despectiva ponía de cabeza a todas mis compañeras, sospecho que hasta una que otra profesora suspiraba. Los chicos eran desgarbados, una mescla entre niño y hombre, pero tu padre ya tenía cuerpo de dios.-
-No seas tan descriptiva mamá…- Le advertí con una sonrisa, mamá seguía tan enamorada de papá que a veces era incomodo.
-En fin hija… Me enamoré de tu padre como una boba desde que lo vi la primera vez… Si la vida me diera a escoger de nuevo lo escogería a él… ¡Ah! Y no creas que fue solo por su tés bronceada, o sus hermosos ojos azules, fue por su buen corazón…-
-Sin duda mamá… sin duda.- No pude evitar mofarme de su rubor.- Con solo verlo notaste que era un dechado de virtudes.
La risa de mamá borro cualquier intento de seriedad por mi parte.
-Ni de cerca, como te dije tu padre hizo méritos para que yo lo quisiera muerto. No podía disimular su disgusto por que lo enviaran a un colegio lleno de niños para buscar a una joven bruja inexperta que desconocía su propio poder…
-¿Debía matarte?- No pude evitar preguntar
-Los Fierazza no admiten eslabones débiles, yo podría dar a luz a una poderosa hechicera, pero no había sido entrenada y nadie podía asegurar que desarrollara algún día mis habilidades al mismo nivel de tu padre. Una vez que tú nacieras mi niña, yo debía morir.
-Pero papá no lo hizo mamá.- No es que me gustará hacer ver lo evidente, pero necesitaba recordarme ese hecho.
-Nó…- Me aclaró apretando fuerte mis manos entre las suyas.- Tienes que comprender que tu papá es un Fierazza, un guardián, responsable junto con tus tíos de traer una nueva generación que hiciera aún más temida a la familia entre las criaturas del Inframundo… Tu papá había sido educado desde muy niño para conocer y cumplir con su deber… Aún no entiendo que lo llevó a correr tantos riesgos. Recuerdo que cuando por fin entendí cual era la situación no pude más que sentir terror, pero tu padre ahora tenía una nueva familia y la protegería con su vida. Una y otra vez me decía que no nos abandonaría. Amó a tu padre, y él me ama a mí, de ese amor Arianna naciste tú.
Apartando mis manos de entre las suyas me abracé a mí misma. Aún bajo el tibio sol de la tarde sentí frio.
-¿Crees que nos encuentre algún día?- Le pregunté poniendo por primera vez en mi vida, en palabras esa duda que me perseguía cada minuto.
-La pregunta no es si nos encontrarán. La pregunta es si estaremos preparados para enfrentarlos.- La convicción de mi mamá era contagiosa.- Tu papá no es un manso corderito, los Fierazza saben que de encontrarse de frente con él no la tendrán fácil, eso sumado a que tu y yo estemos listas para ayudarlo, hará que las posibilidades jueguen a nuestro favor.
-¡Estaré lista mamá!
Mi madre me tomo de la mano y me jaló para que nos pusiéramos de pie. Caminamos despacio hasta donde papá.
-¿Quién sabe?- Habló mamá cuando solo faltaba cruzar la calle para llegar a la oficina de contaduría de papá.- Tal vez podamos formar un nuevo clan que sea capaz de protegerse a sí mismo. Lo que trae el futuro es incierto. Claro que si me quitara este medallón… Habló mamá mientras jugueteaba con el talismán que colgaba de su cuello-
Papá estaba guardando su maletín en el asiento trasero del doble tracción. Su cabello negro se veía lustroso bajo los últimos rayos de sol de la tarde, en sus ojos azules se leían muchas preguntas.
Cada día lo amaba más, mi papá había sido capaz de darle la espalda a todo lo que conocía por amor a su familia, aún sabiendo que su propia madre lo había sentenciado a muerte por eso. Ella y el abuelo Dante creían que mis padres habían muerto según ellos lo habían ordenado, el dar las cosas por un hecho era un defecto que se podía encontrar aún en los Magos más poderosos. La mentirá se había sostenido por dieciséis años, era cuestión de tiempo para que todo se descubriera.

 

Anatema 27 septiembre 2011

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Quiero presentarme como Anatema. Ya que en ocasiones es sumamente necesario aceptar el reto de ser lo que no se espera, aunque el precio para ello sea alto.
No me considero una rebelde sin causa, ya que la rebeldía abrumadora por el simple hecho de ser rebelde no es lo mío. Yo prefiero la sutil rebeldía que es más real, más honesta. La rebeldía de mi mejor amigo que se enamoró sin preguntarle a nadie si el género es importante o no. La inconformidad de la que se negó a vivir aislada y se decidió a conocer el nombre de sus vecinos más cercanos y compartir con ellos al menos un saludo cada mañana al dirigirse al trabajo
Me uno a todos aquellos que en un mundo donde todo está perfectamente clasificado y etiquetado se niegan a ser lo que se espera. En estos tiempos, que para muchos son más honestos, yo denuncio que hemos caído de la mojigatez a la frialdad científica, restándole magia, calor y alma a la vida misma.
Sobre todo recordemos que pensar en los demás no es pecado, ceder espacio para que otro se sienta bien no va a enviar a nadie al infierno. Decir no, aunque nadie más lo diga, por el simple hecho de que acabaré lastimando a alguien. El capitalismo nos ha enseñando que toda acción debe retribuir en ganancia. Tiempo es dinero…
Compartir un beso por amor es mejor que irse a la fría cama para llevar a cabo un acto mecánico de placer.
Sabiduría: Es el arte de vivir bien



Mis relatos en este blog:

Memorías de una fugitia

UNA NOCHE PROVECHOSA

El Angel de la Muerte

El tiempo y el olvido son amantes



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UNA NOCHE PROVECHOSA 21 septiembre 2011

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UNA NOCHE PROVECHOSA
Una jauría de al menos tres Licant la venían siguiendo desde hacía tres calles. Los muy idiotas se creían capaces de emboscarla. No había sobrevivido cincuenta años por ponérsela fácil a nadie.
Saco el celular del bolsillo de su pantalón de mezclilla azul desgastado, amaba esos aparatos tan útiles.
-¡Sasha!… ¿Qué tal todo?
-Como siempre… Dos baleados, tres accidentes de tránsito y la cuota de rigor para la funeraria.- La voz de su hermano sonaba algo cansada…- ¿Y a tí?-
-Tu con tus humanos y yo con mis animales… La misma cosa, solo que a mí un paciente trato de morderme… ¿puedes creerlo?
La risa de su hermano era contagiosa, por un momento casi olvida a los tres imbéciles que insistían en morir “en una caliente noche de verano en la ciudad”. La idea era casi poética.
-Pues a mí me pellizco el trasero una dulce ancianita en silla de ruedas…- Aclaro su hermano cuando paró de reír- Creo que eso nos empata… ¿no?
-Supongo… Ahora que recuerdo… Llamaba para avisarte que llegaré un poco tarde, cuando llegues a casa pon la carne en el horno para mientras llego.
-¿Alguna cita?- No pudo evitar preguntarse qué humano o supernatural había sido tan valiente o tan estúpido para meterse con su hermanita.
-Algo así…- Respondió evasiva.- Tres chicos quieren saber si muerdo también como gruño.
-¿Arika…?- Más que pregunta tenía cierto tono de advertencia. Por haber nacido unos minutos antes que ella en ocasiones le daba aires de hermano mayor.- ¿En qué andas…?
-Sobre mis dos pies…- Quiso hacerse la simpática. Antes de que su hermano gemelo comenzara con sus sermones se despidió. – ¡Nos vemos después!
Sabía que a esa distancia sus perseguidores podían escuchar perfectamente la conversación que tuvo con su hermano. Si ellos insistían en sus intensiones de cazarla, ella no los iba a defraudar. Contrario a lo que la mayoría pensaba de ella, no disfrutaba matando sin una buena razón, les estaba dando una oportunidad para pensárselo mejor.
Acomodando su mochila en su espalda se desvió de la calle principal hacia un callejón oscuro. Nadie caminaría por un lugar como ese, a menos que buscara suicidarse, era el lugar perfecto para conocer a sus nuevos amigos.
La luz mortecina de una lámpara cansada alumbraba pobremente haciendo más notorio la decadencia del callejón. Como la mayoría de ese tipo de lugares, era la parte de atrás de la cara bonita de la ciudad. Para darle una apariencia más teatral al encuentro se paró bajo la luz de la lámpara. Era como una cena servida bajo la luz de un candelabro, ahora solo faltaban los invitados.
Esperando a ver que decidían hacer sus perseguidores, puso la mochila en el suelo, era su favorita, definitivamente no quería que se ensuciara. Ahora que si le pasaba algo a sus pantalones de mezclilla desgastados, no era algo que le quitara el sueño, ni que decir de su ridícula camiseta de “Los perros también lloran” .
La única razón por la que no la había quemado la horrible camiseta desde el primer día había sido por que se la regaló Nicky, la secretaría de la veterinaria donde trabajaba. Una mujer muy noble de cincuenta años de edad que la había adoptado desde el primer día como si fuera la hija que nunca tuvo. Pobre mujer. Si supiera que eran de la misma edad, claro que el tiempo transcurría de distinta manera para ambas mujeres. Para Arika sus cincuenta años eran el ansiado fin de su adolescencia, pero para Nicky era el comienzo del ocaso de su vida. Sea como sea le tenía cariño, siempre que intentaba tirar la camiseta acababa recogiéndola al recordar la cara de alegría de la mujer el día que se la vio puesta al entrar a la clínica.
- ¡Maldita conciencia traidora!- No pudo evitar mascullar en voz alta.
Un gruñido interrumpió el tren de sus pensamientos. Los invitados por fin se decidían a presentarse.
Al verlos acercarse no movió ni un musculo. Con suerte su camiseta se echaría a perder con la sangre de esas bestias y podría tirarla a la basura sin remordimientos de conciencia. Aunque estaban en la parte más oscura del callejón ella podía verlos perfectamente, sus ojos de were lobo, aún en forma humana tenían una excelente visión nocturna.
No era que los Deminio Licant fueran algo bonito de ver, en realidad eran una abominación aun entre las criaturas supernaturales e inmortales por igual. Sus cuerpos transformados eran mitad lobo mitad humanos. El cuerpo cubierto totalmente de un pelo largo de color gris sucio, desde la cara hasta las patas era igual. Se paraban erguidos, aunque tuvieran las manos y las patas la forma de garras. Los ojos rojos y el hocico largo donde sobresalían los largos y filosos colmillos terminaban de darle el encanto de grotescos.
-Ya que su capacidad intelectual no da para tanto… – Hablo Arika sin apartar su espalda de la pared de ladrillo.- es mi deber advertirles que si siguen con esto ninguno de ustedes verá otra noche.
Las bestias gruñeron, estaban a menos de cuatro metros de su presa, el instinto los ponía frenéticos, pero aún no se decidían a atacar. Dudando olfateaban el aire, buscando el menor rastro de miedo en su víctima. El macho más alto, el que bien podía medir dos metros quince avanzó amenazadoramente mostrando los dientes, esperando que ella corriera o chillara. La reacción de la joven were lo tenía desconcertado. Ella lo miraba como si fuera un cachorro de jiguagua o algo así.
-¡Bien!..- Habló Arika alejándose de la pared. – Le prometí a mi hermano que hoy cocinaría y no quiero decepcionarlo, a él le encanta mi filete en salsa especial. No voy a plantarlo solo porque ustedes quieren estarse aquí parados hasta que amanezca. Yo tengo una vida ¿saben?
Diciendo esto hizo aparecer una espada en su mano. Muchos centinelas preferían un arma de fuego, pero ella tenía debilidad por lo clásico. Garras contra metal era más justo.
Los tres Licant gruñeron mostrando los colmillos, de seguro no se podían creer que la joven were lobo los estuviera enfrentando. Aunque no se les podía culpar, el más bajo de ellos medía dos metros de alto y tenían el físico de un jugador de futbol americano. Un solo brazo de esas criaturas era tan grueso como la cintura de la muñequita rubia que tenían enfrente, ella no medía más de un metro ochenta de alto, no había comparación posible entre ambas partes.
El más pequeño de las bestias se decidió atacar sin esperar la orden del que parecía ser el macho alfa. Con un desgarrador grito medio humano medio lobo se abalanzó sobre la mujer lanzándole zarpazos violentos, de seguro si alguno la hubiera tocado le abrían abierto el vientre.
Ella no era ningún cachorrito indefenso, cosa de la que no tardó en darse cuenta su atacante. Con un limpio golpe de espada le corto la garra derecha, girando su cuerpo dándole mayor impulso al corte le cerceno la cabeza de un tajo al Licant.
Ese fue el fin de la paciencia de las bestias restantes. El macho alfa se abalanzo sobre ella apenas dándole tiempo de esquivar sus dientes dirigidos a arrancarle el cuello de un mordisco. Ella le agradeció el gesto haciéndole un profundo corte en el hombro desde donde emanaba una gran cantidad de sangre. El otro quiso sacar ventaja atacándola por la espalda, pero ella se agachó aprovechando que era mucho más baja que ellos y los esquivó sin problema.
Rodando sobre si misma se aparto de sus atacantes, con la agilidad propia de un felino más que de un lobo se encontró sobre sus pes lista para otra ronda. Con un movimiento que había visto en una película de Bruce Lee llamó a las bestias con la mano que no sostenía su espada. Eso hacía enfadar hasta el más cuerdo, especialmente cuando anteriormente él que te llamaba te había pateado el trasero magistralmente.
-Vamos bonitos…- Los reto con una sonrisa coqueta. Los iba a matar, no había por qué ser grosera.- Solo tengo unos rasguños y la noche aún es joven… ¿Así qué me podrían explicar que esperan?
Si era posible los ojos de los Licant estaban aún más rojos, de sus hocicos salía una espuma blanca que dejaba claro que estaban más allá del límite de la furia. Estaba segura de que tanto gruñido acabaría llamando la atención de algún humano curioso. El jueguito debía terminar pronto. Le gustaba demasiado esa ciudad para tener que marcharse, la otra opción era matar a cualquier testigo, pero no quería tener que sacar de su miseria a alguien solo por estar en el lugar y el momento equivocado.
La furia ciega era la caída de los Demonios Licant, eso era algo que cualquier centinela bien entrenado sabía y ella pretendía sacarle el máximo provecho a ese conocimiento.
Como se imagino las bestias estaban rabiosas, la atacaron sin piedad, era cuestión de tiempo para que cometieran errores tontos, La apuesta era fuerte, pero ella sabía cómo jugar sus fichas. Con la elegancia pulcra de una danza esquivo cada golpe devolviendo el gesto con el mismo ardor. Ellos eran fuertes, pero la velocidad era su ventaja.
Por fin el error que esperaba, el macho alfa lanzo una garra intentando arrancarle el hombro dejando desprotegido su vientre, ella aprovecho el momento haciéndole una profunda herida en el pecho. El otro se adelanto buscando su cuello, pero ella logró sacar la espada del cuerpo del Licant para cortarle con el impulso el brazo. Las bestias no tardarían en sobreponerse, era propio de ambas especies de supernaturales sanar rápido, así que ella con dos rápidos movimientos separó la cabeza de ambos cuerpos. Inmediatamente recuperaron su forma humana, luego se deshicieron de modo que ni las cenizas quedaron como prueba de su existencia.
Como esperaba su ropa estaba perdida de sucia. La camiseta estaba desgarrada en varias partes, las heridas en su piel sanaban rápido, pero la tela no.
-¡Genial!- Exclamo Arika a punto de dar saltitos de alegría.- Una mala noche para los Demonio Licant, todo un éxito para los were lobo obligados a usar una ridícula camiseta por culpa de su conciencia traidora.

 

 
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