Las olas, enfurecidas, se chocaban contra el barco. El cielo estaba encapotado y llovía a cántaros, junto con granizo del tamaño de puños de bebé. El sol había desaparecido hacía tiempo, como dos días. Los truenos resonaban como gritos de titanes.
Una ola, más grande que las demás se chocó contra el barco con furia. La espuma inundó la cubierta y con ella, la esperanza de David, el capitán del barco.
-¡Tranquilos, todo saldrá bien!-intentó animar-¡Conseguiremos salir de esta!
La tripulación estaba exhausta. Llevaba dos días trabajando contra el mar, y, en vez de con agua, se ahogaban en desesperación: tristeza por el terrible paraje, cansancio por el trabajo y deseperación por sobrevivir y no ahogarse entre las grises olas.
Otra gran ola azotó el barco. David no aguantaba más. Deseaba morir. Ya no podía seguir sobreviviendo de forma exhaustiva, cansada, monótona.
La ola más grande jamás vista se chocó contra el barco,, volcándolo. Él no hizo nada para evitarlo. Aquella era su oportunidad. David hizo un último esfuerzo y sacó la cabeza para ver por última vez el mundo y, entre las olas, el oxígeno se acababa, el pulso se detenía, David moría, su cuerpo vagaba en la masa de agua salada…
David despertó. Estaba en su camarote, en su cama. Lo primero que oyó fueron los truenos que resonaban como gritos de titanes.



























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