Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

Cuaderno de Sucesos del Dr. Corso Kane · 1 29 noviembre 2010

Archivado en: Últimos post,Participa — Yolanda Tamarit @ 23:23


Dr. Corso Kane


-¡¡¡Maldito hijo de la gran puta…!!!- dijo.

Vi su puño venir con fuerza directo hacia mi rostro, e incluso tuve el gran privilegio de estar consciente al momento de sentir el duro golpe impactar contra parte de mi pómulo derecho y el hueso de mi nariz. Después de eso no recuerdo mucho más de aquella noche, sin embargo lo que ocurrió al día siguiente no se borrará de mi memoria ni aun después de muerto ya que hasta el día de hoy siguen sufriéndose las consecuencias de mis actos…

No recuerdo la fecha exacta pero sí sé que tenía yo veintiún tiernos años. Les hablo del año 1879, cuando en una fría mañana de Enero el destino de toda Europa y el resto de naciones del globo, quedó sellado para siempre.

La realidad no era nada nítida, todo lleno de formas nublosas y borrosas que danzaban a mi alrededor. La mitad derecha la veía más rojiza que la izquierda, pero ambas mitades daban vueltas y más vueltas sin querer frenar. Me sentí montando en uno de esos estúpidos caballitos de tío vivo, esos tan ridículos que había en las ferias y sobre los cuales los chicos del pueblo se peleaban por montar para demostrar su hombría ante las indiferentes miradas de las niñas…

-¿Es así como se sienten los niños después de montar en esa estúpida atracción de feria?- pensé medio mareado –… ¿O quizá es la sensación de un borracho después de haberse hecho amigo íntimo de una botella de Beaujolais…?- Qué penoso me sentía, nunca de niño había montado en un dichoso carrousel. A pesar de haberlo deseado con tantas fuerzas nunca pude, siempre ese algo innombrable tan dentro de mí me había impedido siquiera acercarme al famoso armatoste metalizado y lleno de luces espantosas que no paraba de rotar sobre su propio eje. Estoy seguro que el artífice de tan tétrico espectáculo fue el mismísimo Diablo. Yo sólo quise demostrar que era igual o más digno que el resto de muchachos del pueblo de ser llamado “machote”, ya que la única atención que había recibido de ellos eran sus fervientes gritos entonando todos al mismo son la palabra “marica”. Sí, me daban pánico esas atracciones, verdadero terror, puro miedo. Patético, ¿eh?, lo sé. Pero más patético era el no haberme cogido jamás una dichosa borrachera cuando adulto. Así miden su virilidad la mayoría de los tipos… -¿Se es más hombre por montar en los caballitos de feria sin mearse de pánico en los pantalones, y después haberse agarrado la mayor de las borracheras de la historia del mundo mundial?…

-¡Eh, maldito bastardo, despiértate!, vamos a rendir cuentas ahora mismo…- dijo una voz muy varonil a mi lado. Seguro que el tipo había montado muchas veces en los ridículos caballitos y además sería un maldito borracho. ¡Hijo de…! Fuera quien fuera me había mandado a dormir calentito anoche y por su culpa tenía ahora este endemoniado dolor de cabeza, y rotos la nariz y el pómulo… 

Abrí un ojo, el izquierdo, con el que mejor veía, y ahí estaba sentado al borde de mi cama. Tenía el ceño muy fruncido y sus ojos negros clavándose en los míos mientras jugueteaba haciendo círculos invisibles con sus pulgares que parecían ir a atropellarse el uno al otro en cualquier momento. Su rostro denotaba cansancio y nerviosismo al mismo tiempo y parecía insistente en que despertase.

Jean Baptiste Leslie. Ex médico de profesión, frustrado de vocación, y actual combatiente como afición. De nacionalidad francesa, cerrada, muy cerrada, me van a permitir decirles. Ambos nos conocimos durante la guerra franco-prusiana allá por 1871 en una mugrienta y fría trinchera en la ciudad de Forbach, una región situada al noreste de Francia. Yo tenía tan sólo trece años y él rondaba los veinte, veintiuno, quizá veintidós, poco más. Había sacrificado sus estudios de medicina para ingresar en las tropas del ejército de Carlos Luis Napoleón Bonaparte, más en concreto en la división liderada por el general Frossard. Durante la guerra luchamos codo con codo, fuimos camaradas, compañeros de armas e incluso algo así como hermanos, o más bien como padre e hijo, hasta que un 6 de Agosto, en la batalla de Froeschwiller-Woerth las tropas francesas fueron derrotadas por el ejército alemán y ambos, junto a otros muchos, tuvimos que abandonar el frente.

Nos separamos y yo volví a mi casa extrañando los gritos, discusiones y palizas que mi padre le propinaba a mi madre cuando éste llegaba todo perfumado de sexo y alcohol acompañado de bellas señoritas con las cuales mi madre tenía que luchar a vida o muerte para echar de su casa. Cuando mi familia murió fui a buscar a Jean, sabía que por ese tiempo estaba en la ciudad de las luces: París, y en efecto allá lo encontré. Me acogió en su casa y en el seno de su familia como un verdadero hijo, y me presentó, sin una maldita idea de lo que en años siguentes acontecería, a su encantadora esposa: la señora Leslie, una preciosa espeleóloga irlandesa afincada en Francia, de tez pálida y cabellos negro azabache que hacían resaltar sus dulces ojos azul verdoso como el mar. Ambos cuidaron de mí hasta que decidí ingresar en un colegio para futuros médicos y más tarde en una de las facultades de medicina de París.

Desde el día en que me marché de aquella casita a orillas del Sena hasta el día de hoy, me había mantenido en contacto con Jean-Baptiste sólo por carta. Al comienzo nos contábamos sobre nuestra vida y planes de futuro, un día comenzé a contarle sobre unos compañeros de facultad que pertenecían a un grupo privado de investigadores y cuyo grupo era presidido por un matemático, un alquimista moderno, y un místico. Eran interesantes las investigaciones que ese grupo llevaba a cabo, y muy pronto me convertí en el alumno predilecto de aquellos tres genios que impartían esas extrañas clases privadas. Eran finales de 1875, un año después de mi ingreso en la facultad de medicina, y todo iba bien hasta que un par de señores vestidos de impoluto negro se presentaron en mi habitación para proponerme una oferta que no podría rechazar. Todo aquello se lo conté a Jean pues confiaba en él, incluso él mismo se ofreció para investigar por su cuenta y ayudarme con aquel extraño encargo pues decía que andaba demasiado ocioso y eso le iba a volver loco.

Nuestras cartas comenzaron a centrarse en la investigación de aquel encargo hasta que llegó un momento en que obtuve algunos resultados e invité a Jean a la facultad para que los presenciara. Jean quedó horrorizado con la investigación y se marchó sin decir más detalles salvo que partiría nuevamente al frente. No volví a saber más de él. Era el año 1877, dos años antes de esta fría noche de 1879.

-Vamos, ¡levántate joder!, sólo fue un puñetazo, un simple puñetazo…- dijo.

--¡Me rompiste el pómulo y la nariz!, ¿¿sólo un puñetazo?? ¿Y qué forma es esa de venir a saludar a un viejo amigo después de haber estado dos años perdido en una guerra sin saber si volverías vivo o no…? Me dejaste preocupado después de cómo te largaste aquel día…- dije incorporándome. Maldito dolor de cabeza…

-¿Desde cuándo te importa si estoy vivo o no? En estos dos años no recibí una mísera carta tuya. Yo te seguí escribiendo y no obtuve una triste contestación, si quiera avisándome de que sí te llegaban…- dijo. Y era cierto, de todas las cartas que me había escrito Jean desde que partió al frente de nuevo, ni una le había contestado. Siempre surgían imprevistos con mis investigaciones y encargos, o simplemente a veces no tenía ganas de ponerme a escribir. ¡Pero claro que él me importaba!. Y ¡hey!, somos amigos, ¿no se supone que esas cosas de la importancia mutua van, obviamente, implícitas en la amistad?

-¿¿¿CÓMO???…- dije haciéndome el indignado a pesar de saber que él llevaba razón.

-Esto es serio, maldita sea… ¡Enid está muerta!- dijo levantándose de golpe de la cama mientras se pinzaba el entreceño con el dedo índice y el pulgar.

-¿¿¿QUÉ???- dije alarmado. Enid, la señora Leslie, así se llamaba. Enid…

-¿Cómo que “¿¿¿QUÉ???”?

-¿¿Enid muerta??

-“¿¿Enid muerta??”…- dijo haciéndome burla –Maldito… tú lo sabías y no me lo dijiste. Tú eras el encargado de cuidarla en mi ausencia. ¡¡Maldita sea!! Y no me avisaste ¿Por qué? ¡Bastardo!…

-Jean, frénate… Yo no tengo una maldita idea de lo que le ha ocurrido a tu esposa en estos dos años que tú te marchaste… Por amor a Dios, ¿de qué me estás hablando?- me miró incrédulo cual asesino mira a su presa sin creerle una palabra de la piedad que ruega.

-Te dije que partiría al frente nuevamente. Te lo dije aquel mismo día en que… ¡Dios!- se detuvo y su rostro se desencajó de terror. Ese rostro, el mismo que tenía hace dos años cuando salió aterrado de mi facultad después de presenciar el primer avance del experimento que aquellos desgraciados me encargaron.

-Pero Jean, entiéndeme…- dije sin poder terminar la frase.

-Luego de eso te escribí una carta desde el frente relatándote todos los detalles de mi decisión. Necesitaba que cuidaras de Enid por mí. ¿No la recibiste?…

-Sí, pero…

-¿Sí, pero qué? ¿Qué maldita excusa tienes?, dime.

-¡¡Maldita sea, habla!!…- gritó.

-Jean en tu carta no decías nada de que necesitabas que cuidara de Enid en tu ausencia…

-¡¡¡Pero qué coño!!!- gritó enfadado -…Somos amigos, ¿no?, se supone que esas cosas van implícitas en la amistad…- dijo. Parecía leerme el pensamiento ahora, maldito ex médico frustrado…

-Por favor Jean, ¡basta!, no sé de qué me hablas…

-¡¡Hijo puta!! Tú debiste cuidarla…- se abalanzó sobre mí.

-Jean, ¡para!… ¡Ah, maldita sea!… ya basta, mi pómulo… ¡ah! mi nariz… ¡¡basta, basta, demonios!!…¡BASTA!…

-Enid… Enid, mi Enid, mi esposa está muerta y tú no me avisaste, ¡¡cabrón!!…

-¡Basta, Jean! No he sabido nada de ella desde que te largaste, lo juro, ¡LO JURO!… ¡¡Basta Jean, por Dios, basta!! Jean… mi paciencia, mi paciencia se está agotando…, y tú, tú sabes lo que ocurre cuando…, yo…, yo…, YO…- Jean no paraba de golpear mi rostro desfigurado por los huesos rotos y demacrado por los hematomas que me había causado la noche anterior. Sentía la sangre resbalar por mi faz como un bálsamo tibio y aceitoso. Jean no parecía querer detenerse, iba a matarme a causa de su rabia, y ante dicha situación sólo vi una única salida para salvar mi vida cuando uno de esos malditos frascos cayó al suelo de sobre mi mesa y rodó para situarse al alcance de mi mano izquierda.

-Perdóname, Señor…- pensé.

Saqué fuerzas de flaqueza y conseguí apartar de una patada a Jean, cosa que sólo me dio tiempo para tomar el frasco y beberme esa asquerosa y nociva sustancia blanquecina tan adictiva que contenía antes de que Jean volviese a situarse sobre mí para seguir descargando su ira contra mi rostro hecho papilla. Jean no había visto lo que había hecho, si lo hubiese visto se hubiese retirado al instante pues conocía lo que el ingerir esa sustancia significaba. Él me ayudó a crearla, ahora que Dios se apiade de su alma…

Los golpes ya no me importaron, sabía que sólo era cuestión de tiempo que el líquido blanquecino aquel hiciese efecto en mi organismo. Sus puñetazos eran simplemente una excusa para volver a sentir…

…Sentir esa maldita sensación tan adictiva corriendo acelerada en mi interior. La presión arterial y el ritmo cardíaco aumentaban por segundos, sentía las venas querer estallarme y el corazón irse a salir de mi pecho por la boca. Todo corría más y más rápido a medida que los segundos pasaban. Sentía las extremidades tensas y cómo los dientes me chirriaban provocándome heridas leves en la lengua y boca. Era una sensación asquerosa de enajenación, de no sentirme dentro de mi propio cuerpo ni de mi débil mente, ni si quiera sentirme criatura de Dios.

La sustancia hizo efecto y mis piernan lo empujaron de un golpe dejándolo incrustado en el borde de la cama que se movió unos metros más allá de su ubicación habitual. Era algo similar a sentirte figuradamente descuartizado pero a la vez que todas tus partes pertenezcan a un mismo ser.

-Pero, ¡joder!…- dijo –… ¿Tú no dejaste aquellas drogas?…- dijo temblando y mirándome perplejo. Sabía que Jean me sentía fuera de mí, él conocía los efectos de la droga y sabía que hiciera lo que hiciera, dijera lo que dijera, nada iba a detener esta cosa que corría por mi organismo.

-- agarré su cuello para estrangularlo.

Podía oírlo chillar de pánico, real pánico o más bien puro terror ya que él había colaborado conmigo en la creación de este maldito monstruo y en más de una ocasión presenció qué le ocurría a las víctimas de esta cosa cuando caían en sus manos. No había piedad para nadie, Jean lo sabía. Éstas eran las manos de un monstruo que no atiende a razones y en cuyo vocabulario no existía la palabra “misericordia” ya fueras hombre, mujer o niño…

Gritaba mi nombre, podía oírlo como una voz lejana, pero yo ya no tenía fuerzas, simplemente no las tenía. No era yo. Lo escuchaba gemir de dolor, suplicar por su vida, suplicarme a mí, a su mejor amigo y compañero, a lo más parecido a un hijo que él tenía, me suplicaba y yo simplemente observaba desde otra dimensión cómo la sangre brotaba por su rostro, sólo sangre, sangre y más sangre…

Jean se escurrió por entre mis brazos y salió corriendo escaleras abajo destrozando todo el mobiliario a su paso. Maldito médico frustrado, tenía ahora madera de soldado luchador. Salió a la calle y bajo la lluvia pretendió huir río abajo. Eran altas horas de la noche y corría sin detenerse por la húmeda calle buscando llegar hasta el borde del río o toparse en el camino con un alma caritativa dispuesta a morir de forma brutal por él. Yo por mi parte, o mejor dicho este monstruo, lo perseguía con paso firme y la mirada con los ojos inyectados en sangre clavada en el blanco de su diana.

-Maldito monstruo…- decía con la voz grave mientras lo sujetaba por la garganta cuando lo intercepté –…¿Qué harás, matarme?, ¿como a todos esos borrachos y depravados sexuales de los burdeles de poca monta?, ¿como a todas esas putas que secuestramos para nuestros experimentos fallidos?, ¿es eso?, ¿seré uno más de ellos, un muerto más al cual nadie echará de menos? Yo que te acogí en el seno de… agr… de mi familia. Yo que te llamé “hijo”…

Algo extraño pasaba por mi mente, las palabras de este hombre, no…

-…Yo que te tomé como mi hijo, yo que te di un techo, un suelo, una cama caliente y un plato de comida para que te alimentaras. Yo y mi ahora difunta esposa que te acogimos como parte de nuestra familia…

-¿Te daña, hijo? Mi hijo…

-…Mi hijo. Lo fuiste… Para Enid y para mí lo fuiste… Un hijo, nuestro hijo…

Sentí las mejillas arder, ruborizarme. Algo en el interior me descubrió completamente, me sentía desnudo de sentimientos, en carne viva ante las palabras de este hombre. Realmentese algo dentro de mí se escondió avergonzado, me abandonó literalmente. Y como consecuencia de ello, las piernas me flaquearon haciéndome caer hincado de rodillas al suelo llorando desconsolado aferrado a las piernas de Jean.

-… ¡Dios bendito, Dios bendito ayúdame!- repetía yo temblando. Sus brazos me tomaron abrazándome con fuerza y me colocó su chaqueta por sobre mis hombros.

-Shhh… cálmate Corso, ya pasó…

(Continúa…)

Yolanda Tamarit

 

El fantasma Igor

Archivado en: Últimos post,Participa — cebolledo @ 12:31

El fantasma Igor



“¡Cómo voy a creer yo en fantasmas!” Enrique es una persona racional a tope. De las que siempre son capaces de encontrarle la respuesta lógica a cualquier fenómeno paranormal.


No obstante, no siempre fue así. En sus años mozos le atraían profundamente todo tipo de magias y misterios: ovnis, espiritismo, tarot etc. En aquella época de su vida leyó toneladas de libros. En uno de ellos se detallaban pormenorizadamente los poderes mágicos de los lamas tibetanos.


De aquello sólo se quedó con dos trucos: uno llamado “tumo”, o algo así, que consistía en generar, por medio de la concentración, un gran calor interno. ¡Y tanto! Puesto que los adeptos hacían concursos para ver quién derretía un círculo mayor de nieve a su alrededor. Con sólo sentarse en el suelo y concentrarse.


El otro truco era el de la creación de fantasmas. Todo es cuestión de concentración. Si te empeñas, puedes hacer que tu energía se condense en un espíritu. Luego empezarás a notar su presencia: te desaparecen cosas, no las encuentras o cambian de sitio. Obviamente no las ves volar por el aire, porque el fantasma las mueve cuando tú no miras. (¡Por supuesto!).


Estos espíritus son un poco inestables. Si no les prestas atención, simplemente se desvanecen. Así que la clave está en perseverar. Practicando todos los días lograrás que se instale en tu vida, con un poco más de esfuerzo harás que se materialice y no sólo tú lo veas sino que se hará visible para más gente. Pero eso es más difícil.


Si te quedas en la fase intermedia obtendrás una especie de esclavo personal. Porque si logras controlarle, igual que mueve cosas para perderlas, puede moverlas para que las encuentres; razonaba Enrique.


Realmente, ¿a quién no le ha pasado eso de dejar algo en la cocina y que le aparezca en el baño? Yo, continuamente pierdo las llaves de casa, para encontrarlas en el sitio más insospechado. No es la primera vez que me las meto en el bolsillo y al cabo de unas horas aparecen en la cerradura del buzón. Y no hablemos de bolígrafos…


Todo cuadra, objetos de un tamaño manejable para un fantasma.


Así que se decidió a crearse su propio fantasma. Lo primero el nombre: Igor (a él le gustaría que le llamaran ‘Aigor’). Concentración, concentración y en seguida empezó a notar las travesuras de Igor. Las llaves, el billetero, el móvil… le encantaba esconderlos. Y le tuvo que hablar claro.


–Igor, –le dijo, muy serio– si quieres seguir existiendo como tal, tienes que serme útil. Si no, me olvidaré de ti. Y desaparecerás.


Parece que lo entendió. Y se pusieron a entrenar. Enrique le preguntaba dónde estaba algo y el fantasma se lo decía. No es que se le oyera muy bien, pero bueno, era cuestión de practicar. Un truco que entrenaron mucho es el de las llaves. “Cuando meta la mano en el bolsillo, la primera llave que tengo que encontrar es la del portal”. No siempre funcionaba, y es que Igor se distraía con facilidad.


La cosa iba de perlas, así que orgulloso, quiso mostrárselo al mundo. Pero necesitaba público para realizar el truco. Descartó de inmediato el presentárselo a un adulto. “¡A ver a quien le cuento que tengo un fantasma sin que se ría de mí!” Preferible, la inocencia y candidez de un niño.


–Mira Pedrito, te voy a contar una cosa… –Y le explicó todo, en versión para niño de ocho años.


–¡Papáaa! –le contestó el niño– si yo hace años que ya no tengo amigos imaginarios…

Cebolledo


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Dejar de fumar

Archivado en: Últimos post,Participa — cebolledo @ 8:51

Dejar de fumar



Dejar de fumar es imposible. O, al menos, muy difícil. Todos nacemos no-fumadores pero en cuanto nos pica el veneno del doctor Nicot, estamos perdidos.


Yo dejé de fumar oficialmente el 13 de agosto de 2002, cuando nació mi segundo hijo. Me prometí a mi mismo no volver a fumar nunca, y lo conseguí… durante casi un año. Luego una fiesta, un amigo, te ofrecen un cigarro, por cortesía y dices: “total, por un cigarro…”. Pero es uno, y luego otro y otro y otro.


Luego la cajetilla. Las dos primeras las compro y las fumo a escondidas. A partir de la tercera ya es oficial.


Desde entonces alterno temporadas de fumador y de no-fumador. Como Jekyll y Hyde.


Javi dice que soy “semifumador”.


Javi y yo nos vemos dos o tres veces al año. A mi mujer no le agrada mucho, porque Javi es un mujeriego. Javi es el típico solterón-ligón de mediana edad y con dinero. Soltero porque quiere, la mitad de la población femenina ha pasado por su “banco de pruebas”.


Cuando quedamos, copa tras copa hablamos de nuestros temas. Temas que no hablo con nadie más: los últimos discos, los libros que estamos leyendo, recuerdos lejanos de nuestra infancia y los amigos comunes que odiamos al unísono.


Copa tras copa, tema tras tema acabamos siempre en su casa. Y en su cama.


La gente no sospecha, nunca ha sospechado. A fin de cuentas Javi es un “playboy” reconocido y yo un soso padre de familia.


A eso de las cuatro me visto, para irme a mi casa.


–Te cojo el cedé de los Strokes, ¿vale?


–Llévate también el de Paul Weller, si quieres.


Recojo mis cosas. Desde la entrada, antes de cerrar la puerta, me despido.


–Javi, te llamo.


A veces suena como “Javi, te amo”. Pero no es así, no somos pareja ni lo seremos. Somos amigos, a Javi le gustan las tías, y a mí también.


Llego a casa con un sentimiento agridulce. Al día siguiente dejo de fumar otra vez más y me prometo no volver. Con Javi también.


Pero ya se sabe, dejarlo es imposible. O, al menos, muy difícil.


Cebolledo

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La búsqueda de la felicidad 26 noviembre 2010

Archivado en: Últimos post,Participa — cebolledo @ 19:46

La búsqueda de la felicidad


El otro día, haciendo zapping, encallé en un canal en el que entrevistaban a un famoso. El tema era la búsqueda de la felicidad. Y entonces recordé algo que me pasó hace tiempo.

Hubo una temporada en mi niñez en la que solía ir a jugar con un amigo. Un compañero de clase. Íbamos a su casa y su madre nos daba la merienda. En su casa había un desván, repleto de tesoros para unos preadolescentes como nosotros.

Un día encontramos un libro antiguo de matemáticas. Como yo iba por ciencias, mi amigo me lo dejó llevar a mi casa. A los dos días se lo devolví.

Pero lo que no le devolví fueron una hojas manuscritas que había en su interior. Supuse que era un secreto de algún antepasado de mi amigo y, por algún motivo, no dije nada.

En aquellas hojas escrito a pluma y con letra caligráfica había un relato. Por los tachones y anotaciones parecía que era la traducción de un texto escrito en otro idioma.

La historia trataba de un rey de un lejano país. Un rey justo y sabio, y muy querido por su pueblo. Que vivía feliz con su esposa, admirado por sus súbditos y en paz con los países vecinos. Para colmar su felicidad, Alá tuvo a bien obsequiarle con tres hijas, a cuál más bella y cariñosa.

Llegado el momento, el rey llamó a su hija mayor y así le habló.

- Alisa, hija mía. Tú eres la mayor de mi descendencia. Y, como ordena nuestra ley y nuestra tradición, estás llamada a sucederme en el trono. Como buen padre que soy, te quiero mucho, pero también quiero a mi pueblo del que soy responsable. Por eso quiero que seas la mejor de las monarcas. Y sé que para ello tienes que encontrar la felicidad. Yo no puedo darte ese tesoro, así que tu madre y yo hemos pensado en mandarte a tierras lejanas a buscar tu destino. Allá conocerás otras gentes y otros lugares y crecerás en sabiduría. Cuando consideres que estás preparada, volverás y recibirás el cetro de mis propias manos. Sólo una cosa más, en tu viaje no tendrás ayuda mía, ni por ser mi hija ni por mi fortuna, para que ello no sea un impedimento en tu aprendizaje. No obstante siempre tendrás la puerta de tu casa abierta, y cuando quiera que vuelvas serás recibida como la princesa que eres.

Alisa, la primogénita, recogió sus cosas y partió hacia tierras lejanas, llevando tan sólo lo estrictamente necesario.

Pasaron dos años y el rey no tuvo noticias de Alisa.

El rey llamó a su segunda hija y así le habló.

- Belisa, hija mía. Tú eres la segunda de mi descendencia. Como bien sabes, hace dos años tu madre y yo mandamos a tu hermana mayor a tierras lejanas a buscar la felicidad y encontrar su destino. Se fue despojada de todo privilegio, y ahora no sé si hice bien. Desconozco si no vuelve porque ha perecido en tierras lejanas o porque no se siente todavía suficientemente preparada.

Hoy a llegado tu hora, y es tu turno para viajar a países desconocidos. Allá conocerás otras gentes y otros lugares y crecerás en sabiduría. Sin embargo, en tu viaje tendrás toda mi ayuda. Irás acompañada de tu séquito y dos de mis ministros de mayor confianza. Ellos te aconsejarán y protegerán. Visitarás todos los países en mi nombre y conocerás a todos sus dirigentes en persona. Cuando consideres que estás preparada, volverás y serás recibida con honores de rey. No obstante siempre tendrás la puerta de tu casa abierta, y cuando quiera que vuelvas serás recibida como la princesa que eres.

Belisa, la segunda, recogió sus cosas y partió hacia tierras lejanas, llevando su séquito consigo.

Pasaron otros dos años y, considerando apropiado el momento, el rey llamó a su hija pequeña y así le habló.

- Carlisa, hija mía. Tú eres la menor de mi descendencia. Como bien sabes, hace años tu madre y yo mandamos a tus hermanas a tierras lejanas a buscar la felicidad y encontrar su destino. Se fueron a condición de volver cuando estuvieran suficientemente preparadas.

Hoy a llegado tu turno, y es tu hora de partir. No sé si hice bien enviando a tus hermanas al extranjero. Por eso tu viaje será por nuestro querido país. Allá conocerás otras gentes y otros lugares y crecerás en sabiduría. Visitarás todas las ciudades y aldeas y conocerás a mis súbditos en persona. Cuando consideres que estás preparada, volverás y serás recibida con honores de rey. No obstante siempre tendrás la puerta de tu casa abierta, y cuando quiera que vuelvas serás recibida como la princesa que eres.

Carlisa, la pequeña, recogió sus cosas y partió, llevando a Alá consigo.

Llegados a este punto, no pude seguir leyendo. La siguiente hoja de papel estaba muy deteriorada. La tinta estaba borrosa y a penas se podía distinguir alguna frase. Lo poco que pude descifrar me dio a entender que las tres hijas volvían y que el rey había muerto.

No lo comenté con mi amigo, al principio porque me daba vergüenza admitir que le había robado unas hojas. Después, no sé por qué.

Nunca llegué a saber el final del cuento. Si Alisa, Belisa o Carlisa habían encontrado o no la felicidad. Si la había encontrado el antepasado de mi amigo. Ni siquiera si había copiado la historia o se la había inventado. O si mi amigo la conocía y sabía su final.

Con el paso del tiempo, las vidas de mi amigo y la mía siguieron rumbos separados, perdimos el contacto y nunca más volví a saber de él. Pero el cuento de las hijas del rey ha vuelto a mi memoria con cierta periodicidad. Pero no tanto como para haber marcado mi vida.

El otro día, haciendo zapping, me acordé de mi amigo de la infancia. Tal vez haya encontrado la felicidad o tal vez no. Yo, por mi parte, vivo una vida tranquila y, curiosamente he tenido tres hijas: Alicia, Isabel y Carlota.

Cebolledo

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El Nudo Windsor

Archivado en: Últimos post,Participa — cebolledo @ 19:38

El Nudo Windsor


Pipipipíiii

Juan Antonio apagó el despertador. Ya llevaba unos minutos despierto, como siempre. Siempre se despierta antes de que suene el despertador. Un pequeño y viejo despertador de pilas que alguien le trajo hace años de Canarias. Con la esfera blanca y la palabra QUARTZ en negro.

Retiró las sábanas, sacó las piernas y se incorporó. Como siempre, se quedó unos instantes sentado en la cama, mirando a través de la ventana. Era un día lluvioso.

Le gustaba dormir con la persiana levantada. Para ver las estrellas mientras se quedaba dormido. Cuando el cielo estaba despejado podía ver Orión desde su cama. Las estrellas cuyos nombres conocía: Rigel, Betelgeuse, Bellatrix.

Bellatrix, “la guerrera”. Siempre le recordaba a aquella chica que conoció de chaval: Beatriz. Fue casi su amor platónico ¿qué habrá sido de ella? A veces sueña que la vuelve a ver, que se encuentran por casualidad, que recuerdan “viejos tiempos”.

Se introduce en el baño con el aparato de radio. El transistor de pilas ¿cuántos años tiene? ¿treinta, cuarenta? Oye las noticias mientras se asea. Radio nacional.

Sobre la silla del dormitorio la ropa que preparó la víspera. Calcetines a juego con los zapatos. Zapatos a juego con el cinturón. Ropa interior blanca. Camisa blanca. Y la corbata.

Frente al espejo se anuda la corbata. Nudo Windsor, por el duque de Windsor. No “Wilson”, como lo llamaba su padre. Su padre le enseñó a hacer ese nudo triangular, plano, perfecto. Y él se lo enseñará a su hijo cuando llegue el día.

Todo tiene que estar perfecto: la camisa planchada, la muda limpia, el nudo Windsor. Juan Antonio desprecia a los que se hacen el nudo simple, el “for-in-jan” de los británicos. Ese nudo no tiene clase, lo hace cualquiera.

Otra cosa es el medio-Windsor o nudo español, algo más elaborado. Ya indica un poco más de preparación. De cultura. Un pase por detrás, una vuelta a la derecha, un pase por delante y ya está.

Pero nada como el nudo Windsor, el auténtico, el completo.

También Juan Antonio tuvo su época rebelde y experimental. Cuando se hacía nudos exóticos: el Platsburg o el Saint Andrew. Y se sentía diferente, esnob, intelectual.

Estira las sábanas y cierra la ventana, que había permanecido abierta mientras se aseaba en el baño. Un café soluble, con leche, en el microondas, ese es su desayuno. Y una galleta maría.

Los zapatos brillantes, impecables. “La elegancia de un hombre se mide por la limpieza de sus zapatos” recuerda.

Un día más, que irá andando a la oficina. Un día más o un día menos. Tal vez hoy pase algo. Tal vez se encuentre con Beatriz, sonríe. Y queden para tomar un café… y se casen… y tenga un hijo.

Y así pueda enseñarle a hacer el nudo Windsor.

Cebolledo

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Un entrañable amigo 23 noviembre 2010

Archivado en: Amigos autores,Últimos post — marcoasantanas @ 19:01

Si de verdad me amas, haz de mí un libro vagabundo. Deja que pasee libre con mis relatos por el mundo. Permite que me acaricien otras manos. No les prives de tenerme. Del goce de pasar mis páginas, abducidos por las emociones que anidan en las historias, que habitan en mí mundo interior. Esas residentes complacientes, que se prestan generosas, a compartir mis penas y alegrías, en el trayecto que me toca, del agridulce sendero de la vida.

No cometas la atrocidad, de olvidarme en un estante apartado. De relegarme al olvido. De convertirme en pasto de insectos, humedad y polvo. No permitas que envejezca de ese modo. Solo, sin compartir miradas, sin recibir caricias, sin transmitir afecto. Encausado, a ser reciclado antes de tiempo, sin la presunción de inocencia. Terminando mis días, triturado y compactado en otro cosa, que, aunque útil, nunca será igual de hermosa.

No me conserves como prueba irrefutable al merito de haberme leído. Trofeo inconsistente, si otros ignoran los secretos de mi contenido. Deja que me conozcan en otras tierras y que me lean en otras lenguas. Deja que la prolongada exposición solar amarillee mis páginas, decolore mí portada, exaltando la longevidad de los matices azules y plegando mis esquinas hacia afuera. Deja que me arrugue y deteriore por el uso desmedido en el transcurso de los años. Que, al cabo del tiempo, las experiencias adquiridas, superen a las narradas. Que la impronta de cada lector quede latente en mi fachada. Déjame ser lo que soy. Un mensajero de sueños. Un portador de realidades. Un recipiente de fantasías. Una entidad pasajera que te regala un pedazo de su vida.

Si haces lo que te pido, no me olvidaras nuca, estaré siempre contigo, en un punto indefinido, donde se cruzan: vida, alma y emoción. Y si por casualidad, se encuentran nuevamente nuestros caminos, al margen de mi aspecto erosionado y desvalido, revivirás con cariño las historias compartidas, y me veras, como lo que siempre he sido, un entrañable amigo.

yrunay

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© Marco Antonio Santana Suárez


 

 
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