Explotó mi corazón,
mi ser se convirtió en sangre,
mi alma se derramó como si fuera agua.
El sol, el fuego y las estrellas,
sin dejar de cantar su canción,
me dieron la espalda.
—–
El dolor quiso saber
si el sol, el fuego y las estrellas
llegaron a ofrecerme, en algún momento, sus lágrimas.
No, dije yo, sólo cantaban,
y aguardaban la llegada del alba.
—–
Dijo el dolor: has de curar esta herida.
Debes recorrer la ruta del Norte
para aprender una vez más tu canción antigua.
Luminosa gema tallada,
tu trono aguarda, esculpido en luz,
rodeado de nubes y blanquísima escarcha.
——
Niña risueña fui, dije yo,
ingenua y llena de esperanza,
abrí las puertas de par en par,
y el rojizo huracán, avieso y tenaz,
se adueñó de mi casa de plata.
——-
El dolor dijo: aún son tuyos
esos prados en los que florecen la música y las palabras.
No te apures, dije yo,
esta noche no saldré a recorrer el cielo,
me quedaré soñando en calma.
El dolor sonrió,
y la luna plateada
que gobierna las mareas del alma
se tornó, de repente, tibia y rosada.
——-
Y, como dios en llamas, apareció el sol en el alba,
y se asomó a un vacío lecho de rocío y madrugada.
Ansiaba contemplar su fiero reflejo,
en el dulce espejo de un alma pálida.
Y encontró
unos ojos llenos de luz y de nieve,
los blancos dedos de unos pies
sobre la falda de la montaña;
una flor abierta entre las nubes,
que le mostraba, despierta y gentil,
una luminosa y rotunda espalda.
——–
El rey del sueño y de las mañanas
se deshizo sobre su llama apagada,
y abandonó el reino del nácar rosado y la altiva escarcha.
Se marchó con un hostil viento helado;
dejó algo de lluvia en el alba.
Y yo, como un músico errante,
camino ahora en pos de una nueva luna.
——–
Camino aprendiendo mi canción,
escuchando la voz del dolor,
añorando tontamente el calor del indigno sol
enjugando, como niño infeliz,
unas inútiles lágrimas.
Claudia Aynel Agosto 2010


























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