Relatos sorprendentes

El rincón de los contadores de historias…

El extraño caso de Sara de la Poer 22 enero 2010

Filed under: Amigos autores — Jaume Moreso i Mallofré @ 22:36



EL EXTRAÑO CASO DE SARA DE LA POER

El otro día, consultando diarios viejos de épocas ya pasadas, me encontré con un artículo sumamente curioso y extraño. Tan sólo diez líneas hablaban de ese suceso. ¡Tan poco espacio para un caso tan grave y sobrecogedor! Me pareció demasiado extraño, y quise curiosear un poco más. Busqué por otros diarios y revistas, y no encontré nada… nada de nada que contara lo más mínimo de ese asesinato múltiple tan escalofriante…

La escasa información que revelaba ese artículo era simplemente que una doncella joven, de buena casta y posición social, había enloquecido matando a plena luz del sol, y en medio de la calle, a doce transeúntes inocentes de tal demencia.

Nada más pude encontrar, y nada más pude saber de esta doncella que, debido a esta insensata causa, se convirtió en la protagonista principal de un teatro macabro y entrevisto. Por eso, me quedé ansioso por indagar en el asunto, por saber más de este comportamiento enajenado, por saber sus motivos y lo que pasó en la vida de esta doncella para transformarla en un monstruo asesino…

Si bien estos casos no son muy frecuentes, es seguro que cada uno de ellos marca un hito y deja impresa una huella de terror y de misterio en los corazones de la gente que habita y habitará el lugar donde se propició la locura. Por eso, me extrañó tanto que nada se supiera del asunto, pues su magnitud es tan ancha que, sin duda alguna, el entendimiento de la razón debe y tiene que apelar a la comprensión general de la Humanidad.

Ahora bien, cada uno de nosotros sabemos con certeza que, nunca jamás, perpetraríamos una idea semejante, aunque el subconsciente o la fantasía a este camino nos incitaran. No obstante, no es descabellada la idea de que quizá, otra persona sí que lo haría… Por eso, en mis meditaciones, sale muy a menudo esta idea, suscitándome asombro y afán de comprender cómo puede ser que una chica joven, una doncella con una vida que la mayoría de la gente deseamos, se lanzara al asesinato y la mutilación con una potente escopeta de caza.

De acuerdo, llegados a este punto debo confesar, para qué engañaros, que lo que más mueve mi afán de conocimiento es una curiosidad mórbida y enfermiza que me empuja a descifrar todos los pormenores y los detalles del asunto. Y creo que vale la pena indagar en ellos, pues cuando un tema afecta la mente con tanto vigor, siempre vale la pena dedicar un tiempo a pensarlo.

Si el lector quiere, que haga su propia meditación, saque sus propias ideas y conclusiones y, así, concluya satisfactoriamente su interés por el caso que nos ocupa. Yo, por mi lado, no estoy para nada satisfecho e invito, a los que sientan esta misma inquietud, a vagar conmigo por los quince años de la vida de esa doncella asesina.

Si aún estáis aquí, os doy la bienvenida y os notifico que mis vacilaciones han avanzado satisfactoriamente.

Bien, empecemos por el inicio, o sea, por la infancia de la desventurada doncella de rizos dorados. Supongamos, por un momento, que su familia no tenía nada de particular o de extraño. Era la típica y ordinaria familia, rica y acomodada, de la burguesía neoyorquina. Por tanto, lo especial de este asunto es de bien seguro que deberíamos buscarlo en los vericuetos más ocultos y dificultosos del alma de la doncella… podríamos llamarla… Sara.

Entonces… figurémonos de tal modo su infancia, que podamos identificarnos con ella; pues en el psiquismo humano no hay mayor herramienta de comprensión que la empatía hacia sus cónyuges o sus semblantes.

Bien, tomando como partida la riqueza de su familia y su buena posición social, podemos suponer que Sara vivía rodeada de todas las comodidades que uno pueda desear. Era una muchacha consentida, que siempre conseguía lo que se le antojaba. Pero no por eso dejaba de lado las responsabilidades de su vida o se comportaba de maneras impropias. Todo lo contrario. Sara era una chica responsable, que se comportada de manera ejemplar y enorgullecía, seguramente, a su padre y madre. Sin duda alguna, hacía honor al apellido que llevaba.

Sara no tenía muchas amistades, pues se dedicaba la mayor parte del tiempo al estudio y a las labores de su hogar. Seguía al pie de la letra las órdenes de sus padres y su vida se caracterizaba por el riguroso estudio, el temple y la seriedad con las que llevaba a cabo todas sus acciones, el esfuerzo para llegar a conseguir sus metas y sus objetivos o su dedicación a las tareas del hogar y de la familia.

La doncella se hacía mayor. Pasaban los años y cada vez era mejor considerada y su estampa era reconocida en todas las familias relacionadas con los De la Poer. Pero, con la llegada de su adolescencia, también llegaron otros intereses, otras inquietudes… y otros deseos.

Sara estaba ansiosa por ver mundo. Por abrir sus alas y volar… volar a lo más alto, allí dónde ningún avión pudiera llegar. Hacer cosquillas a las nubes y verlo todo desde una nueva perspectiva, singular y sin obligaciones. Pues era esto lo que más le empezó a molestar, las obligaciones.

Estaba harta de seguir las órdenes de sus padres, de pasarse el día estudiando, limpiando la casa o haciendo la comida. Ella quería salir a jugar, a divertirse, a conocer gente, a hacer amigos y amigas… y a conocer chicos. Sobre todo eso, sobre todo conocer chicos… pues cuando llega esta edad, una chica se siente inquieta y algo en su interior revolotea y la hace vibrar. Su sangre hervía, su corazón se desbocaba, su imaginación soñaba… y soñando, quiso empezar a vivir por ella, no por sus mayores.

Creo que todo cambió entonces, cuando su interés por los hombres despertó por primera vez, inocente e incauto. Ella no entendió por qué sus padres se enfadaron tanto por sus actos y tildaron su conducta de impropia y de vergonzosa. ¡Si ella sólo quería ser feliz! ¡Seguir sus sentimientos, puros y sinceros y hacer cosas bonitas!

Y empezaron a llegar las primeras disputas, y con éstas, el corazón indomable de una mujer soñadora y rebelde estalló en medio del universo en una infinitud de nebulosas crepusculares, preñadas de sueños, de ambiciones, de deseos y de placeres.

Sus padres, conducidos por la codicia, por los materialismos y las banalidades de una época de exultante pomposidad, negaron a la joven soñadora a convertirse en mujer, y lo que es peor, a luchar por sus sueños y sus deseos.

La pobre Sara se quedó encerrada en una vida gris y monótona. Justo cuando empezaba a vislumbrar la vida dorada y bella, cuando empezaba a ver la luz del amor y de la alegría, sus padres, sus superiores, sus mayores, sus amos; encarcelaron su felicidad y la encerraron en la vida que ellos mismos creían la correcta, según sus propias ideas cerradas y cortas de miras.

¡Qué detestable! ¡Qué odioso por su parte! Una chica debe actuar y decidir lo que le dicte el corazón, ¡no lo que le dicten los demás! Sus padres actuaban pensando en el buen camino de la chica, siguiendo unas ideas y unos dictámenes aprendidos en horas oscuras, cuando cualquier cosa era suficiente. ¡Pero eso no era asaz ni benévolo para una chica llena de luz y de alegría! Sara necesitaba cumplir sus propios deseos, llevar su propia vida y empezar a actuar cómo una mujer, ¡empezar a tomar las riendas de su destino!
Pero ellos no entendían que esas maneras eran sólo las suyas, las que ellos mismos habían inventado y habían impuesto a su dorada doncella… unas maneras anticuadas y carcomidas por lo artificioso y lo inflexible.

Entonces, cuando Sara cumplió los quince años, se vio envuelta por una segunda oscuridad más triste que las mismas tinieblas nocturnas. Su vida transcurría apenada entre horas bajas que caían cómo gotas de un rocío melancólico. Se pasaba las horas mirando a través de la ventana, viendo cómo la vida exterior bullía y circulaba sin ella, sin ella… ¡sin ella! Y de pronto, todos sus instantes perdidos, todos sus huecos objetivos, todos sus gritos mudos estallaron en un abanico de grises y negros que gritaban gemidos de odio y de envidia a los demás seres vivientes de la maldita ciudad.

Su corazón se ahogó entonces, y ahogadas todas sus ilusiones y esperanzas su vanidad empezó a crecer dentro de su alma, ansiando, envidiando, deseando la vida de los demás.
Envidiaba el paso firme de los hombres de negocios que cruzaban la calle. Envidaba los paseos elegantes y dulces de las señoritas solteras que coqueteaban con los mozos más apuestos. Envidiaba los sombreros que flotaban por debajo de su ventana, coronando las cabezas pomposas de viejas impostoras que vivían una vida robada. ¡Pues ella se la robaría!

Un día, ya no pudiendo aguantar más, ya no pudiendo soportar la envidia que oprimía su corazón, escapó de las prisiones de su hogar amparada por la masa ruidosa, viva y pegajosa, de una ciudad hirviente de leprosa existencia. Se mezcló entre esta masa vital, invisible, impersonal, sin nombre, sin significado… nadie la miraría, nadie le haría caso, podría llevar a cabo su terrible plan sin que nadie se diera cuenta de sus intenciones.

Pero entonces, cuando se acercaba hacia la tienda de armas, de entre la confusa multitud y el maremágnum de pasos, le pareció oír unas pisadas muy diferentes a las demás, unas pisadas con un ritmo adecuado y particular que la seguían. Se asustó. Su mirada brincó de un lado a otro, buscando quién la acechaba. Empezó a correr, huyendo de su propia paranoia y se asomó al portal de la tienda, sintiéndose protegida entre la oscuridad de unas pilastras anchas y profundas.

Ay Sara, ¡qué ilusa eres! ¡¿Por qué tienes miedo?! No debes temer nada, soy yo quien te sigue… no te preocupes, entra, ¡entra! Y coge lo que necesitas para satisfacer tu odio, tu venganza ¡y la envidia que te corroe!

Y Sara no dudó. Cómo conducida por un poder perverso y satánico, la blanca doncella entró corriendo al interior de la tienda, dejando tras de sí un susurro sinuoso llevado por el viento.

Entonces dentro ella compraría la escopeta más poderosa de la que dispusieran. No habría tenido ningún problema en adquirirla, ya que en esa ciudad, con dinero se puede conseguir cualquier cosa.

Con el arma en los puños Sara se sintió poderosa, y sus ansias de venganza rugían como leones enfurecidos. Sus pasos salieron vigorosamente, como un arrollo de agua que cae salvajemente por una catarata de aguas tenebrosas.

Entonces vinieron los estruendos, y un estallido final de horror. Mientras vacilaba, seguramente no me dio tiempo a percibir el primer trueno, el que anunciaba la tormenta. Pero el segundo… el segundo seguramente que todo el mundo lo oyó… y entre la terrible barahúnda pudieron escuchar el tercero, y el cuarto, y el quinto, y el sexto… y así hasta doce despiadados estruendos escupidos por la endemoniada arma de fuego que una doncella, frágil y bella, manejaba como la misma guadaña de la Muerte.

Si yo hubiera podido presenciar esa lujuria de asesinato… ¡por el cielo! Que seguramente me hubiera quedado diabólicamente maravillado, como por un poder perverso y satírico de una diablesa rubia, blanca y brillante como un ángel. Y seguramente, esa imagen se hubiera quedado grabada en mi retina para siempre: la imagen de doce cuerpos despedazados, contorsionados como un circo… y el humo… también el humo emanando de sus cuerpos y del arma de Sara… la lluvia, roja… salpicando el asfalto, la humedad mojando los cuerpos… y una doncella, blanca y pura, rubia como el oro, con la mirada hueca, con la vista perdida en el infinito, ignorando la sangre que salpicaba sus pálidas mejillas… ignorando la escopeta que se balanceaba inquieta, pendida en sus brazos finos y delicados…

Jaume Moreso i Mallofré


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